domingo, 19 de octubre de 2014

El guardagujas culpable

Diario de Pontevedra. 18/10/2014 - J.A. Xesteira
Cuando una gran estructura se desmorona suelen buscar la causa en la parte más in-defensa; si el sistema se va a pique, la culpa se busca en los que no pueden tener decisión en el conjunto del mismo sistema, aunque formen parte de él; cuando sucede una catástrofe que hay que gestionar, se busca el motivo en un mínimo detalle; cuando se pierde la partida de tute se echa la culpa a una baza mal jugada por el compañero. El asunto es buscar la culpa en el otro y concretarla en el que menos se puede defender. Al respecto recuerdo un grave accidente, hace años, un choque de trenes con muchos muertos; los periodistas estu-vimos en el lugar, los fotógrafos hicieron las fotos, entrevistamos a los heridos en los hos-pitales y a las familias en las salas de los depósitos; los días siguientes fueron de relleno de anécdotas de la vida de las víctimass y asistencia a los entierros, hasta que, poco a poco, la noticia fue perdiendo fuelle y desapareció. Meses más tarde, la investigación y el juicio posterior determinaron que la culpa fue del guardagujas, que mandó los dos trenes por la misma vía. Alguien más veterano que yo en aquellas informaciones dijo que siempre era así: “La culpa es del guardagujas” No importaba que el sistema de la red ferroviaria fuera viejo, que las posibilidades de bloquear un convoy en vía equivocada no existieran porque todo era anticuado. El guardagujas, efectivamente, no había cambiado la palanca, por el motivo que fuese (no era más que un factor humano dentro de un sistema mecánico) pero él era el último eslabón, era la baza del tute que perdía la partida, aunque todas las demás bazas sumaran la derrota. Los delegados generales de la compañía, los presidentes, los in-genieros, los jefes, los mandamás, no eran culpables, porque ellos no manejan la palanca del cambio de vías (ahora sabemos que los jefes sólo manejan tarjetas de crédito) pero forman parte de un sistema, manejan el resto de las bazas de la partida que, juntas, llevan al desastre. Las alturas nunca son culpables, y la responsabilidad cae desde arriba como lluvia que solo moja al de abajo, al guardagujas. 
Si repasamos otros accidentes parecidos, vemos como el esquema es el mismo, y los responsables, muchos de ellos políticos, nunca salen manchados. Otro acdcidente, el siniestro de Angrois, con 80 muertos, lleva camino de tener un sólo culpable, el maquinista; el Gobierno (también conocido como la Administración) le culpa de haber tomado la curva a velocidad excesiva; no vale que todos los maquinistas hubieran avisado con anterioridad de que aquello estaba mal, que la señalización no era suficiente y el sistema de seguridad era precario. El resultado final será –seguramente– de culpabilidad para el maquinista y la Administración, a salvo de sus propios errores (el segundo del ministerio responsable de la seguridad en la circulación de trenes fue nombrado ministro de Justicia hace días) El mismo proceso es aplicable al accidente del Metro de Valencia (43 muertos); la culpa fue del conductor (fallecido) y no importó que ya hubiera un accidente en esa curva y nunca se tomaran medidas; nadie asumió responsabilidades políticas. 
La norma del Gobierno siempre es de que la culpabilidad es del último mono del sistema. La Administración, el mando en plaza, nunca tiene la culpa; es como si la derrota de Waterloo ocurriera por causa del cabo furriel. Así, los inmigrantes que intentaron llegar a España nadando y se ahogaran en Ceuta fue por su culpa, por meterse en el agua, no porque las fuerzas del orden (?) les dispararan desde la orilla botes de humo, pelotas de goma y otro material, ni que, después, mintieran los mandos de las fuerzas. No hubo responsabi-lidades. Como no las hubo en el accidente del Yak-42 en el que murieron militares españo-les que ya habían advertido de que las contratas eran una chapuza, que el avión era una chatarra y que los pilotos eran rusos borrachos. Ni de la posterior chambonada de mezclar los cadáveres y rellenar los féretros con restos al buen tuntún, sin respeto alguno. No hubo culpables y el ministro responsable es hoy embajador en el Reino Unido. 
No entraremos en otros casos similares, como el del Prestige, en el que la responsabi-lidad única es del capitan Mangouras, que sólo tenía un barco en peligro, y no de los que gestionaron todo el desbarajuste del chapapote, y que estaban, bien de cacería, bien en pa-radero desconocido. Sólo Mangouras. Ahora aparecen en una auditoría de la aseguradoras 11 millones de euros sin justificar en aquel siniestro, lo cual siempre nos lleva a lo mismo: las grandes catástrofes son rentables (ver Haití, ¿se acuerdan?) 
Pero el Gobierno (la Administración) siempre se afeita para el norte en cuanto surge un problema gordo y echan el balón fuera por la banda. Cualquier escándalo es inmediatamente imputado de inmediato a personal ajeno a la empresa; más tarde, según avancen las investigaciones, comienzan a aparecer imputados cercanos al poder, o personajes directa-mente relacionados con el poder, cuando no, el mismo poder. Pero el proceso siempre acaba en culpabilizar a los guardagujas. ¿Recuerdan cuando comenzó el Caso Gürtel? El primer culpable fue el propio juez investigador, Garzón; el resto fue cosa de chorizos que no tienen nada que ver con el partido del poder, aunque todos estuvieran en la boda de la hija del jefe en el Escorial y los fondos malversados financiaran al sistema en el poder. Como el Caso Bankia, ahora tan de moda con las visas negras: el primer culpable fue el juez que mandó a la carcel a Blesa, que acabó inhabilitado, mientras Blesa y Rato gastaban sus tar-jetas en safaris y vinos de marca. 
El Gobierno nunca es culpable. Ni siquiera en la gestión de la contaminación por ébola. Basta un fallo en el protocolo para que toda la culpa, de forma instintiva y compul-siva, recaiga sobre la propia auxiliar contaminada. Es la reacción clásica del poder. Los culpables son los otros, nunca los que mandan, aunque no tengan ni idea de lo que se traen entre manos.

lunes, 13 de octubre de 2014

Exportamos y pagamos

Diario de Pontevedra 11/10/2014 - J.A. Xesteira
En Portugal, que geográficamente está aquí al lado y para los españoles está en Nueva Zelanda, están muy preocupados porque los médicos se les van a Arabia Saudita, donde les pagan una pasta mora por su trabajo; el año pasado se marcharon trescientos y este año viene un representante del ministerio árabe a contratar al estilo jornalero, con contratos en la mano. Si tenemos en cuenta que Portugal es un país pequeño que carece de personal médico, no entendemos mucho la situación; pero si tenemos en cuenta de que a ese mismo personal le rebajaron el sueldo a la mitad desde que empezó la crisis, lo vemos más claro. El desconocimiento del país de al lado (junto con Galicia forma un territorio natural, políticamente es otra cosa) es grande en España. El sistema sanitario portugués, hecho a imagen y semejanza del español, no cubría las plazas médicas; sus facultades no “fabricaban” tantos profesionales como hacía falta; por eso surgió el boom de la contratación de personal sanitario español, que ofrecía puestos a profesionales que aquí tenían dificultad para encontrarlo. Muchos gallegos, animados por la vecindad y la familiaridad del idioma encontraron su empleo en hospitales de la parte norte, principalmente. Pero el sistema portugués, también a imagen del español, comenzó a “retallar” los sueldos y desviar la preferencia hacia la empresa privada, y la emigración vecinal dejó de ser interesante, Portugal dejó de ser destino emigratorio y sus propios profesionales son los que ahora emigran, los españoles se vuelven a sus casas o también emigran con los portugueses hacia otros destinos. Portugal y España vuelven así al pasado emigratorio, aunque ahora no van con la maleta de cartón a servir de mano de obra barata para las fábricas alemanas o los taxis de París. El problema, además de social, es económico. La vieja emigración, sin preparación alguna, era barata y rentable: el peonaje no requería inversión, equilibraba el mercado de trabajo, ahorraban para comprar una casa que se estaba construyendo en la burbuja naciente del ladrillo y, además, remitía divisas que ingresaban en las cajas de ahorros que años después tendrían que rescatar con su dinero. Pero formar un emigrante actual es muy caro. El Estado invierte mucho dinero en preparar un médico para la emigración, con su título, su conocimiento de inglés (obsesión política sólo comprensible si ese médico va a trabajar en el extranjero) y después, una vez preparado, lo exporta sin obtener beneficio alguno. Su plaza puede rellenarla con estudiantes, MIR o lo que sea, cobrando salario de becario, o desplazar el peso de la sanidad hacia la empresa privada, un terreno donde caben todas las posibilidades imaginables, con el beneplácito de las leyes y los políticosvigentes. La situación de precariedad emigratoria médica puede ser aplicable al resto de las licenciaturas. Los rectores de universidades se quejan de la situación: tenemos universidades suficientes para preparar un personal altamente cualificado que, una vez con el título en la mano tienen que buscarse el trabajo fuera. El deterioro de la situación es rápido: nuestras universidades bajan de categoría en las listas de las 400 mundiales (tres se cayeron de la lista, Vigo entre ellas, y sólo hay una entre las 200 primeras) y la investigación es un relleno de becarios. 
Resumiendo: nos gastamos una enorme cantidad de dinero en preparar emigrantes cualificados. Exportamos y, a la vez, pagamos por exportar. 
Pero, aunque parezca raro y no nos quepa en la cabeza (en los países a donde emigran nuestros jóvenes preparados se ahorran la inversión en formación) es que en España estamos acostumbrados a pagar sin pensar; hemos sustituido “la funesta manía de pensar” de los clericales integristas por el “¡a ver, que se debe aquí!” rumboso de taberna. Pagamos y no nos enteramos de lo que pagamos, o no queremos enterarnos, porque los periódicos publican cada día un nuevo desbarajuste que termina en un escote ciudadano para devolver los dineros que pierden unos empresarios, unos ejecutivos de banca, unos políticos en su hábitat natural o, simplemente el sistema de cosas que etiquetamos con el sello de democracia (y sabemos, como el filósofo, que “no es eso, no es eso”). 
Como cada semana hay una novedad imputable, hemos sabido que hay unas cosas que se llaman “tarjetas opacas”, que son como las de su cajero, pero a lo bestia. Las regalaba Caja Madrid a unos señores que “aconsejaban” a la entidad y que, por ello, podían gastarse 15,5 millones de euros en cualquier cosa. Se descubrió el pastel en medio de los papeles de Bankia, aquel banco que se rescató con dinero público que jamás veremos, pero que ya rinde beneficios a los ejecutivos actuales. Pagamos para mantener bancos. 
La semana pasada pudimos saber que España tiene el dudoso honor de ser el segundo país con la deuda externa más grande del mundo, detrás de Estados Unidos; es decir, que somos el segundo país con mayor dependencia de acreedores externos, que tienen nuestro pufo en sus manos. Pero mientras que para los americanos eso supone el 34 por ciento de su Producto Interior Bruto, para los españoles supone el 103 por ciento. Los USA producen y exportan bienes de consumo, y nosotros producimos y exportamos licenciados. 
Tercer pago: Gas Castor. Veamos; una empresa le pide permiso al gobierno para abrir un agujero en el mar y guardar allí el gas que comercializa; el Gobierno (Zapatero era) le autoriza; la empresa no hace bien los cálculos y el agujero provoca terremotos en la costa; el Gobierno (Rajoy es) ordena el cierre del agujero, pero la empresa había colado una cláusula por la cual el Gobierno debía devolverle el dinero invertido. Ahora, el Gobierno tiene que devolverle 3.000 millones de nuestros euros a la empresa, porque su negocio le salió mal. Una conocida y segura manera de hacer negocios: beneficios privados, perjuicios públicos. Es nuestro sistema. 
Probablemente un día nos despertaremos en la bancarrota, seremos una Argentina europea, y nos daremos cuenta de que somos un país pobre. Pero no pasará nada, ya estaremos acostumbrados, entrenados y preparados: lo pagamos entre todos, si es que para entonces nos queda algo suelto. jaxesteira.

domingo, 5 de octubre de 2014

Letras deportivas

04/10/2014 - J.A. Xesteira
En aquellos tiempos en los que los periodistas se formaban en unas escuelas, mucho antes de que se crearan las factorías universitarias en las que se dan títulos de científicos informativos (o comunicativos, no me acuerdo) a miles de ellos, destinados a un subempleo general; en aquellos viejos tiempos en los que los alumnos trabajaban en el verano como redactores en prácticas y cobraban por ello, en lugar de hacer másters pagando una pasta inútil; en aquellos viejos tiempos, digo, la enseñanza del audaz redactor en ciernes era un conglomerado de disciplinas que daban un barniz y una serie de normas. El periodista tenía que cumplir dos condiciones: primera, venir hecho de casa, segundo, acabar de hacerse en un periódico. Las dos condiciones siguen vigentes, aunque alguien piense lo contrario; el problema es que solo se puede cumplir la primera parte, la segunda es una hipótesis. En aquellos viejos tiempos no se contemplaba la necesidad de preparar a un periodista para las páginas de deportes, que venían a ser como la zona muerta de la redacción; los compañeros de deportes, todos muy queridos, eran una clase inferior, de verdad, no lo invento. El propio José María García, alias Butanito, dijo en una ocasión que a Deportes iban los más tontos; tiraba piedras contra su propio tejado. No era cierto, pero sí lo parecía; no hacía falta mucha prosa poética para escribir allí, sólo había que respetar la mécánica. A fin de cuentas, el deporte no es más que el fútbol y una guarnición variada de otras cosas ocasionales. El fútbol era y es el eje sobre el que giran las páginas deportivas. Y una vez que se adquieren los rudimentos para entenderlo, todo es aplicar la plantilla. Basta ver periódicos de hacer treinta o cuarenta años para ver que todo es una constante repetición con escasas variaciones: se gana, se pierde o se empata. Las razones siempre son las mismas y se repiten, que si el árbitro, el entrenador y sus tácticas, una mala tarde, un gol de suerte y todo el etcétera acostumbrado. En toda mi vida en las redacciones nunca fui redactor deportivo, salvo en alguna emergencia, pero trabajé junto a esa tropa amistosa de personas que pertenecían al gheto deportivo, donde no hacía falta muchos conocimientos superiores para mantener en pie las páginas de los futbolistas. Los colegas de deportes eran los suministradores de materia prima para discutir en los bares, y sus afirmaciones eran leyes, mucho más si eran de «la» Marca o de «el» As (siempre hubo una distinción de género que nunca entendí). Estas pautas funcionaron así durante muchos años, seguramente todo lo que duró el periodismo pre-digital.
 Pero ya no vale. El periodista de deportes (fútbol y restos de aparición ocasional) ya no puede ser el aficionado venido a más, conocedor de cuatro trucos y media docena de lugares comunes. El periodista de deportes –me atrevo a decir– tiene que ser ahora mismo el más completo de los periodistas, el hombre todo terreno, tiene que ser poseedor de una cultura que va más allá de la entrevista a un entrenador generalmente «superiorizado» por lo que cobra, el estatus de mandar en un equipo y, por encima, saber que va a durar lo que duren los triunfos de su equipo. Desde hace ya algún tiempo, el periodista deportivo tuvo que aprender a marchas forzadas todo un compendio de traumatología; las lesiones pasaron de ser una patada simple a un problema de abductores, tuvieron que saber los nombres de los músculos y los tendones, saber que podían jugar infiltrados y, además hacer un diagnóstico acertado de cuanto tiempo tendrían que estar de baja. Tuvieron que entrar de golpe en la medicina y hablar con conocimiento de causa. Pero la cosa no acabó ahí. Antes los bajos rendimientos podrían ser debidos a una juerga nocturna, o a una mala racha. Ya no, el que se atreva a escribir ahora de la personalidad de los futbolistas tiene que tener conocimientos extensos de psicología. ¿Cómo hablar del «momento Casillas» sin echar mano de un tratado de psicología aplicada? No vale decir que está de capa caída, sino que hay que dar datos, entrar en sus circunstancias personales, sentarlo en el diván de un reportaje dominical y analizar sus relaciones familiares, profesionales, de vestuario, con el mister y con la empresa que gestiona sus anuncios. 
Los tiempos en que el colega de deportes se sentaba después del partido, encendía un pitillo (si, antes se podía fumar en las redacciones de los periódicos) y comenzaba diciendo aquello de «no pudo ser» para justificar una derrota casera, han terminado. Además de dominar psicología y traumatología, también tiene que entender lo suficiente de economía de la rama fiscal. ¿Cómo, si no, puede contar que la FIFA prohibe que los fondos de inversión controle a los jugadores como si fueran productos financieros?¿Cómo explicar la situación anómala que mantiene la Agencia Tributaria con varios clubes deportivos? Hace falta un periodista experto en economía y finanzas que, al mismo tiempo entienda de deportes. ¿Y que decir de la parte de geoestrategia mundial? Porque, ahora cualquier equipo tendrá que enfrentarse den alguna competición internacional, de las muchas que hay por ahí, con un equipo de un país ignorado, del que hay que saber no sólo si hace frío, sino la situación económica y social. Por ejemplo Qatar, donde va a haber un mundial con temperaturas de asar churrasco en las gradas del estadio a pleno sol. 
El periodista deportivo, en otros tiempos tan denostado, tiene que saber de política española y mundial más que el resto de la redacción. Tiene que solucionar las grandes dudas: ¿cómo encajaría el Barça en una hipotética (ojo con las hipótesis: todo lo que se puede pensar es factible que suceda) independencia?¿podría jugar la liga y la Champions? Y el Español, ¿tendría que llamarse Catalán? Así podríamos seguir: en el deporte hay cotilleos del corazón, diseño de vestuario, investigación de nuevos materiales, delitos de corrupción, sobornos y mala praxis… Las páginas de deportes son ahora mismo las más interdisciplinares. Tanto que el resto del periódico, sobra.

domingo, 28 de septiembre de 2014

La decadencia y las convulsiones

Diario de Pontevedra. 27/09/2014 - J.A. Xesteira
La caída de los imperios no ocurrió de la noche a la mañana. A pesar de que en los viejos libros escolaresde Historia la cosa ocurría en un par de líneas de texto, la realidad era mucho más compleja y duradera. De hecho hay cantidad de mamotretos llenos de investigación erudita sobre la caída del imperio romano y análisis exahustivos sobre el caso. En mi libro escolar había una ilustración en la que los vándalos entraban a caballo por el foro romano, y por eso siempre creí que un día los habitantes del Imperio se acostaron imperialistas, y al día siguiente entraron los bárbaros a uña de caballo y se acabó el imperio, por culpa de esa barbaridad. La decadencia de los imperios, el romano, el otomano, el de Alejandro, el napoleónico, fue lenta, tardaron años en caer. Eran otros tiempos, los procesos eran lentos y, sobre todo, no había ruedas de prensa ni redes sociales. Los imperios decaían (vuelvo al tema de la pasada semana) porque el sistema se agotaba, los reyes ya no podían explotar a su pueblo más de lo que lo habían explotado y aparecían los bárbaros, del norte (de Europa o de África), gente nueva que barría con el estado de las cosas. Sobre todo eso hay toneladas de libros con títulos tan sugerentes como La Decadencia de Occidente o El Otoño de la Edad Media, que podrían servir para titular una tienda de ultramarinos o una película de chico-conoce-chica-en-la-Toscana. La caída del poder, o la transformación, o la evolución de los tiempos, como quieran, es el eterno retorno, el ciclo que se cierra y se abre otro nuevo. La pasada semana hablaba de las señales que preceden a la caída del Imperio o, para hablar con más propiedad, el Sistema. Mientras los bárbaros del norte ya nos han invadido en forma de turismo, nuestro estatus se tambalea, y a las señales suceden las convulsiones propias de la caída. Cuando se produce un hundimiento y las cosas se precipitan, bien sea por un choque contra un iceberg o las elecciones del año que viene, no vale decir que las mujeres y los niños primero; se produce un sálvese quien pueda en el que se pisan cabezas, se dan patadas y se roban los chalecos salvavidas; los capitanes pueden quedarse en el puente de mando como el del Titanic o saltar a la zódiac como el del Costa Concordia. Pero el personal busca su sitio y quiere salvar su culo. Mientras, van cayendo ilustres que serán mañana cadáveres exquisitos. Gallardón, sin ir más lejos. No bien acaba de presentar su dimisión y ya las manadas de expertos analistas lo colocaron en sus microscopios con lentes deformantes para dar un dictamen. 
Es todo un personaje digno de estudio, y su puesta en escena de la rueda de prensa, modelo dimisión, es impecable. No es corriente el hecho de que un ministro dimita, y eso es como colgarse la medalla de la dignidad dimisionaria (con pensión añadida de ex ministro) pero en momentos de decadencia, las dimisiones no son tan dignas, son como la cicuta de Sócrates: me muero antes de que me maten. Y en directo (¡qué no daría por ver el discurso de Marco Antonio a la muerte de César en rueda de prensa en el telediario!) Gallardón se fue diciendo frases marxistas (de Groucho) como “fue una experiencia inolvidable” o “no he sido capaz de cumplir el encargo”, lo cual lo deja en el territorio del ¿que-habrá-querido-decir-entre-líneas? Porque el ex ministro de Justicia no es tonto, fue capaz de dar el pego progresista en la oposición y de virar a sotavento en el Gobierno. Su caída no es culpa suya, simplemente le tocó vivir en tiempos de decadencia, en un sistema que tiene fecha de caducidad, y que se puede tomar como los yogures de Cañete, pero te arriesgas a una diarrea. No es el ex ministro la primera víctima, porque las convulsiones en su partido ya se han llevado por delante a otros y otras, curiosamente las mujeres que pasaron por el poder madrileño, Botella y Aguirre, y las convulsiones internas continúan, porque el año que viene toca votar y, aunque no lo parezca, ya estamos en campaña. Ahora sólo le queda a los expertos hacer balance del ministro caído: el tipo que consiguió algo difícil, cabrear a todo el mundo de la justicia, abogados, jueces, fiscales, funcionarios; el hombre que, como alcalde de la capital, consiguió dejar el mayor pufo que recuerda la Historia; consiguió que las leyes sólo funcionen para los ricos, aplicando unas tasas judiciales al derecho a la justicia, y privatizó el registro civil. Y para rematar se va dejándole un agujero electoral a su partido por la zona de la derecha de la derecha. No se puede hacer más en menos tiempo. 
Las convulsiones que seguirán estos días son de ver. Por una parte, el presidente, mientras viaja a China, que es un país que le va muy bien a su estilo, guarda en un cajón (¿o una caja china?) la ley del aborto, deja que el revuelo pose, y abre comercio en el capitalismo comunista de Extremo Oriente. Por otra parte, el Rey Felipe VI (no me acostumbro, siempre me parece una marca de coñac) se deja barba de ecologista y defiende a la Madre Tierra en el despacho de Obama. Y mientras, aquí, el partido en el poder comienza a considerar a los nuevos del PSOE como rivales de peso, y a revolverse para ganar el puesto a codazos en la salida de la maratón electoral del año que viene. Y todos siguen teniendole miedo a Podemos, que ya avisa que no va a las municipales, pero que sí apoyará a las alternativas vecinales que se correspondan con sus intenciones, porque ellos no son un partido, sino una tendencia, una especie de budismo, que no es religión, sino filosofía. Y eso les mete miedo a los partidos tradicionales, que ven como el imperio decae y la gente podría apuntarse a la novedad de los bárbaros del norte.

domingo, 21 de septiembre de 2014

La decadencia

Diario de Pontevedra. 19/09/2014 - J.A. Xesteira
Estamos en decadencia, el espacio de tiempo en el que se pasa de un estado de bonanza (real o ficticia) a un estado depauperado, tras doblar el pico de la crisis. De aquellas euforias pasamos a estos pesimismos; de nadar en la abundancia pasamos a naufragar con el barco en las piedras; del esplendor en la hierba entramos en el cuerpo a tierra; de agruparnos todos en la sociedad de bienestar llegamos al sálvese quien pueda de esta tropa. Y así. No es la primera vez ni será la última; la historia de los pueblos es una montaña rusa en  la que vamos hacia arriba y hacia abajo, continuamente. Pasamos de las edades de oro a las edades de plomo, y, por el medio, unas cuantas generaciones sufren o disfrutan, confirmando aquella frase filosófica de que la vida es una tómbola (ton, ton, tómbola). Vivimos y sobrevivimos (según el reparto de papeles) en una época de decadencia, que todavía está empezando y que ya muestra los síntomas, las claves, las señales de que se acercan tiempos oscuros y duros, mucho más de lo que estamos ahora contemplando con total impasividad, como si lo que está pasando no fuera más que una realidad virtual, una filmación enviada por whatsapp, una imagen de un juego de ordenador. Las señales del apocalipsis de la decadencia están ahí, a la vista, sólo hay que abrir bien los ojos y entender lo que pasa; ver las cosas que se derrumban con el análisis de Iker Jiménez (no Casillas) y su esposa Carmen en el Cuarto Milenio. Simplemente con ver, leer y oír a los Medios, con ánimo investigador, encontraremos las señales de la decadencia, las marcas de que estamos en la cuesta abajo y nos esperan tiempos oscuros. No serán números de la Bestia ni grandes cataclismos (nos olvidamos de los tsunamis y demás catástrofes naturalmente producidas por el cambio climático en cuanto volvemos de vacaciones) Son cosas normales, reales, noticias que todas juntas, son un panorama que en manos de Iker Jiménez (no Casillas) pueden dar mucho juego.
Vean: de repente, en Madrid, la ciudad con más zona verde del mundo (después de Tokio) se empiezan a caer los árboles, un día, un olmo, otro, un pino, y ya han causado varias muertes; es un síntoma, los árboles se derrumban, y no porque les venga mal dado un temporal, no, así, sin más: que me caigo, que me caigo. Puede ser coincidencia, o no, pero anunciar la alcaldesa Botella que no va a presentarse a las elecciones municipales (quizás viendo lo que preven las encuestas) y caerse los árboles, es todo uno. Después de los anuncios grandiosos de Eurovegas y la candidatura para la olimpiada (por tercera vez) fracasados, la capital entra en decadencia, y los árboles se caen para acompañar la depauperación madrileña. Y se mueren los grandes hombres, Botín del Santander y Álvarez del Corte; y se espera que sigan decayendo otros ilustres a quienes el clamor popular no echará de menos. Serán sustituidos por otra generación familiar, a imagen y semejanza de la Monarquía, que se renueva dentro de la firma comercial Borbón e Hijos S.L. 
La señal más palpable está en el terreno deportivo, que es nuestra manera de entender la patria, enarbolando banderas en los estadios y aplastando incruentamente a un enemigo en guerras de pago y pantalón corto. Primero, la Roja Nacional de Fútbol, que abochornó al país en Brasil; ahora, el baloncesto, que se hundió en Sevilla, y hasta nos echan de la Copa Davis porque los tenistas son de pago y no van por la patria. Ni siquiera los individuales nos dan motivos: Nadal, Alonso y demás atletas y competidores ya no están de moda (la excepción es el chaval de la moto). El ciclismo no brilló en el Tour, que es la carrera de verdad, y hubo que llegar una Vuelta para andar por casa, con final en el Obradoiro, lo cual es decadente, porque se rompe la tradición del sprint por la Castellana. Sólo las mujeres tuvieron importancia en el deporte, ellas, a las que nunca hacen caso, ganaron campeonatos mundiales en natación, atletismo, bádminton, waterpolo, pero, por ser mujeres, fueron noticia durante hora y media, después la noticia fue la baja forma de un jugador porque no está motivado, o el error táctico del entrenador del Madrid. Pura decadencia del país, que asiste pasmado a noticias que no lo son, tragando ruedas de prensa de deportistas como si eso fuera de verdad el deporte. Hasta Iker Casillas (no Jiménez) está en decadencia, al menos según el público y los expertos deportivos. 
La gran señal es el desconcierto político. Pasamos de la necesidad de renovación de los políticos (siempre estarán ahí, como los pobres del Evangelio y siempre harán falta –no estos, precisamente–) a una situación de alarma. De repente el partido en el poder se embarulla en sus propias contradicciones (se hace en la picha un lío, para decirlo de forma menos educada) y el partido en la oposición, que venía decayendo desde hacía tiempo, intenta transformarse en algo que no tiene claro; podría llamarse PS (Partido Sálvame) después de que su líder cambie el mitin por la tele-basura. Y todos se aterrorizan con la aparición de un partido pequeño, todavía sin definición y sin haber demostrado nada, que les mete miedo en el cuerpo, simplemente porque sus líderes hablan como las personas normales. Y para rebozarlo todo, esa caldeirada llamada soberanismo, del que todos hablan, para defenderlo o atacarlo, sin saber de lo que están hablando y sin explicarnos de qué va la cosa. Con Escocia al fondo y su referéndum divisor (nada va a ser igual a partir de ahora), Cataluña sale a la calle, más como sentimiento que como una alternativa clara y programada. 
Lo peor de la decadencia es que por el camino un par de generaciones se han perdido para el bien de todos: científicos, pensadores, médicos, técnicos, investigadores, políticos, deportistas… Todos han tenido que adaptarse “a lo que hay” o marcharse fuera. Lo mejor es que cuando la cosa decaiga hasta el fondo, todo lo demás será ir hacia arriba. 

domingo, 14 de septiembre de 2014

Números estadísticos

Diario de Pontevedra. 13/09/2014 - J.A. Xesteira
Nunca me gustaron las cifras estadísticas ni los datos de las encuestas; esos porcentajes que pretenden reflejar la realidad suelen estar manipulados. No es que mientan, y que las cifras sean falsas –que pudiera ser– sino que, una vez expuestos y colocados en su sitio, las conclusiones suelen ser diversas. Seguramente debe ser un defecto aprendido de aquel profesor que tuve, de estadística y opinión pública, que no confiaba ni siquiera en los datos que su propia oficina elaboraba. Las cifras suelen ser frías y planas, las consecuencias de las cifras tienen mil caras. Por ejemplo, los datos mensuales del paro, que solemos ver publicados en los periódicos; según el triunfalismo del medio informativo el titular varía para decir que vamos bien o vamos mal. Tomemos los datos más recientes: el paro descendió en no sé cuentos miles. ¿Que quiere decir eso? ¿que esos miles de personas numeradas tienen un trabajo como se suele entender la palabra trabajo? ¿o que el cómputo general de los que están apuntados a las oficinas del INEM descendió simplemente? Si contrastamos con las cifras de afiliados a la Seguridad Social, vemos que hay menos cotizantes, de lo cual se deduce que gran parte de ese descenso lo ocupan los que emigraron, los que murieron, los emigrantes que se volvieron a su país, o los que no tienen dinero para cotizar, aunque trabajen como mano de obra recortada y rebajada. Sin embargo, la noticia y el número siguen siendo lo mismo: el paro baja. Los números son materia de malabaristas y prestimanos; los agarra un ministro y nos lo explica, pero solo vemos como bailan las cifras sin llegar a entender el truco; sólo tenemos una cosa clara, al final tenemos que pagar el espectáculo.
     Hay cifras objetivas, las que no necesitan explicación y que se exhiben sin posibilidad de ser interpretadas: el informe de la OCDE sobre Educación, que asegura que España es el país de Europa con más jóvenes que no estudian ni trabajan, los llamados “ninis”, que no estudian porque ya estudiaron y acabaron sus carreras, y no trabajan porque no les dan la oportunidad de hacerlo (al respecto cabe recordar que los trabajos los tienen que generar los empresarios, porque el sector público está repleto y el Gobierno –dicen– promueve una política de favorecer a la empresa para que cree empleo). Los jóvenes preparados que si tienen trabajo lo tienen en un sitio distinto del que, por titulación, tendrían que tener. Ni se crea empleo ni se espera crear, y las cifras lo dicen. Como dicen otras cifras, frías y neutras, que España está a la cola de Europa en camas de hospital por habitante, pese a la paradoja de ser el país con mayor esperanza de vida (vivimos de milagro). Como lo dicen las cifras del analfabetismo (presumíamos de haberlo erradicado, como la viruela, que vuelve, a pesar de las vacunas) que afirman que tenemos a 730.000 analfabetos (un 60 por ciento, mujeres) en un país que presume de moderno y pretende estar a la altura de los más chulos de Europa. Son las cifras del descrédito, las que conocen en Europa y dejan a la Marca España como una pegatina para un bombo de fútbol. 
     Pero hay otras cifras que nos colocan en cabeza del mundo. Por ejemplo, el de los ricos, que no solo no lloran, sino que manejan unas cosas misteriosas, llamadas Sicav, con las que sus dineros crecen de forma maravillosa (al contrario del nuestro, por el que pagamos al banco porguardarlo, por pagar el recibo del agua o por hacer una transferencia) Los ricos, no, y las cifras lo dicen. El patrimonio de las grandes fortunas creció un 9,5 por ciento en el primer semestre, gracias a esos mecanismos que usted y yo ni controlamos ni tenemos acceso a ellos (somos los “ninis” de la economía) Todos los ricos de este país, los de verdad, esas ocho fortunas famosas, tienen entre todos unos tres billones (con “be”) de euros, que es una cantidad que equivale al triple del producto interior bruto español. ¿Y como se hacen ricos los ricos? Pues no lo sé, la verdad, no es mi caso ni creo que lo sea nunca, pero el viejo adagio de que “Nadie se hace rico sin traspasar la línea de la ley alguna vez”, ya no vale; ahora es más fácil mover de sitio la línea de la ley, o hacer una ley a beneficio de los intereses particulares del Capitalismo, que saltarnos la ley con traje de mafioso. Los ricos sólo tienen una característica común con los pobres, que se mueren, como Botín (para el que hicieron una ley y que murió entre los inciensos del periodismo agradecido, casi santo súbito), pero ese es un escaso consuelo para los que están en la lista de los “ninis” españoles, los que les han recortado las camas o los que son analfabetos, aunque hayan firmado una hipoteca con letra pequeña incluida.
     Las cifras no mienten, los que las utilizan, seguramente. La OCDE, el organismo que vela por el desarrollo de los países, ha recomendado a Rajoy (entre otras cosas que reflejan la fragilidad de las escasas mejoras) que apriete un poco más a los parados, porque los salarios son poco flexibles (entiéndase, que se pueden bajar más) y los contratos indefinidos tienen una alta protección por despido (entiéndase, que se pueda despedir a precio de saldo). Menos mal que por otro lado la propia OCDE reconoce que el servicio público de empleo es un ente “pasivo”, que está “a-velas-vir” y que no crea el empleo que se esperaba dado su nombre y su función. Todas estas noticias del informe pueden verlas publicadas en los pasados diarios, cada una a su estilo, para unos es un triunfo, para otros un palo al Gobierno, pero da lo mismo, nadie lee más allá de los titulares, y ahí es donde se hacen los trucos de magia. Las cifras son claras, pero no hay que creer mucho en ellas, porque cuando nos las explican preferimos olvidarlas al día siguiente, para no llenarnos la cabeza de números.

domingo, 7 de septiembre de 2014

La pinta y el aspecto

Diario de Pontevedra. 06/09/2014 - J.A. Xesteira
Cuando vemos fotografías antiguas lo primero que nos choca es que todo el mundo parece más viejo de lo que en realidad era. Lo achacamos a la forma de vestir. Vemos padres y abuelos con ropas que ahora llamaríamos vintage pero en ellos eran de estreno dentro de sus posibilidades (la sociedad de consumo de lo innecesario aún tardaría en llegar, y la gente se arreglaba con lo puesto). El aspecto de cualquiera de nosotros, e incluso de nuestros hijos, en las fotos de colores de la era predigital, marca una pinta que les horroriza; no hace tantos años que los pantalones de campana tipo el-del-medio-de-los-Chichos o las hombreras y calentadores de la más rabiosa actualidad ochentera marcaban tendencia. Aquellas tribus urbanas se identificaban por la pinta y el aspecto. No era nada nuevo, y la vestimenta siempre sirvió para identificar al grupo, desde aquella consigna nacional-sindicalista: “Los rojos no usan sombrero” hasta la dejadez hippie (antes de ser absorbida por el sistema y convertirse en moda cara) siempre estuvo ahí: el envoltorio define al contenido. No hace falta extenderse en la materia para definir cosas que todo el mundo tiene delante, no les voy a explicar como viste un heavy, un punky, un ejecutivo de medio pelo, un pijo, un político (en campaña, en vacaciones o en actividad parlamentaria) o un repartidor de butano. Los uniformes igualan y despersonalizan al indivíduo para incorporarlos al grupo, un lugar placentero, en el que todos podemos ir agrupados a la lucha final. Pero el cambio de la vida, acelerado de manera exponencial, crea una dimensión nueva al envoltorio que nos define, mátiza nuestra pinta y fija nuestro aspecto. Un ejemplo. Hace unos años, la gente que quería estar sana, corría (en los años 50 sólo corrían los deportistas, en los 60 corríamos delante de la Policía, y en los 70 surgió la moda del “streaking”, que consistía en correr en pelotas en un acontecimiento público) Pues bien, esa gente que corría para estar más sana, hacía “footing”, y la moda alcanzaba a presidentes de Gobierno, que hacían “footing” con guardaespaldas o al mismo papa de Roma; depués, se hacía lo mismo, pero se le llamó “jogging”, y ahora mismo se llama “running”, pero el objetivo y la función es la misma. ¿Qué ha cambiado? Básicamente la pinta, el envoltorio. El “footing” se hacía con una camiseta vieja, un pantalón corto y zapatillas baratas, con calcetines bancos de algodon, se solía ir conectado al “walkman”, aquel artefacto de casettes, con cascos. El “jogging” ya requería un vestuario más adecuado, no valía cualquier ropa vieja que tuviéramos por casa; incluso había que llevar el chándal con las rayas, y las zapatillas eran las recomendadas por los marcas de prendas fabricadas en Asia por esclavos; el corredor llevaban un lector de CD portátil. Los del “running” ya son otra cosa, otro estado evolucionado; la ropa, estudiada por los departamentos de tecnología de las grandes marcas, suele ser de licra adaptada a cada cuerpo, el calzado está estudiado para cada necesidad, y la actividad puede estar entre Gómez Noya y un gordo con colesterol, pero la pinta es la misma; los auriculares van conectados a un lector de MP3, que se confunde con el programa que mide ritmo cardíaco, distancias, presión sanguínea y unas cuantas cosas más. El corredor es el mismo, y el sudor es parecido, pero si comparamos las pintas, veremos que el tiempo pasa y lo que marca la diferencia es la ropa. Una comparación entre un abuelo en blanco y negro, un papá en colores desvaídos y un joven fotografiado ahora mismo en la discoteca está en las marcas. Es imposible no vestir una marca a la vista; desde un mínimo cocodrilo en la tetilla hasta un enorme caballista de polo argentino que nos cabalga desde el pescuezo hasta la ingle. El envoltorio nos trasciende; no sólo la camisa y los zapatos nos definen, también el coche (por alguna parte debe haber un estudio sobre la psicología del coche y la necesidad de un envoltorio gigante, poderoso todoterreno para compensar nuestra pequeñez existencial). La clasificación está ahora mismo más clara, al menos en apariencia. Al primer golpe de vista catalogamos a las personas que cruzamos en la acera, por sus vestidos, por el cochecito del bebé, por las gafas de sol, por la gorra de visera… Pero sabemos que las apariencias –a veces– engañan. Nadie diría que ese montañero canadiense con barba cerrada es gay, o que esa niña con aspecto de pequeña barbie está doctorada en filosofía pura,o que ese tipo con coleta y vaqueros medio rotos es notario; porque nuestro esquema está formateado para entender otro envoltorio. Algo así debió suceder en Sevilla, ciudad muy adoradora de imágenes de santos, cuando descubrieron que una Santa Lucía venerada por la ONCE en su capilla, resultó que era un San Juan Evangelista. La talla tiene valor artístico, pero engaña con su aspecto. Es cierto que a San Juan Evangelista siempre se le representa con un aspecto femenino (en tiempos de nuestro estudiantado iconoclasta había un chiste al respecto, cuando Cristo decía: “Pedro, ¿tú me amas?” y el otro contestaba: “Señor, el gay es San Juan”) En el mundo de las adoraciones es corriente disfrazar santos para representar papeles (en mi pueblo, como no había Cristo resucitado, vestían a San Juan Bautista con una túnica, a fin de cuentas, eran primos) Y la fe se mantiene, porque lo que importa es el aspecto. Las más furibundas adoraciones a vírgenes, vistas sin pasión ni fe, no son más que arrebatos hacia una imagen que sólo tiene una cara y unas manos de porcelana, el resto es un armazón de palos; muchas de las imágenes sagradas con fiesta grande (incluso con grado de capitán general con mando en plaza), son pequeñas figuras sin valor artístico alguno. Pero lo importante es la pinta. A fin de cuentas vivimos en un mundo en el que solo vemos caras y manos y el resto es la pinta que nos ofrecen en televisión; por dentro son de palo.