viernes, 15 de junio de 2018

Condenados y refugiados

J.A.Xesteira
Sigue cayendo gente que tenía que caer. Le toca el turno a los del caso Noos, con el cuñado del rey a punto de entrar en prisión. No soy de los que se regodean con la entrada en prision de los condenados, soy más de Concepción Arenal (“compadece al delincuente”) que de las gracias “políticas” del Twitter (una aplicación que no manejo). El encarcelamiento de Urdangarín era cosa esperada, restablece el estado de las cosas y condena (más o menos, según opiniones) a los que pasaron la raya legal para hacer negocios. No son los primeros ni serán los últimos. Así como hay un tiempo para cada cosa, decía el Eclesiastés, hubo un tiempo de investigación, un tiempo de juicio y un tiempo para la cárcel. Estamos en el tiempo de cosecha de delincuentes y siega de condenados. Al tiempo que la realeza niega haber conocido al reo y a su familia, por más que pertenezcan a la realeza, los poderes políticamente correctos tratan de desvincular cualquier posible contaminación de la corona con un presidiario. El intento es inútil y falso; Urdangarín cometió un delito por el que se le condena, no por ser campeón de balonmano, sino gracias a que era esposo de una infanta, yerno del rey y cuñado del siguente rey, no nos engañemos. No vale ahora decir que esos que salían en la foto oficial de las horas felices son unos desconocidos de las horas amargas. El hombre que entra en la cárcel (mis respetos para todos los encarcelados, una vez que lo son) es el cuñado del rey, esposo de una infanta de España (también condenada a una multa benevolente como beneficiaria del delito, aunque ella lo ignoraba todo) y yerno del rey emérito. No vale borrar a los condenados del album familiar ni del partido político (los condenados por delitos cometidos al amparo del PP por mucho que se les expulse del partido, fabricaron un delito dentro de la estructura y gracias a la estructura). Los negocios desde el poder democrático siempre levantan sospechas (casi siempre fundadas) y si se unen negocios y monarquía hereditaria, la cosa se pone en evidencia. Los espectadores (los ciudadanos no somos más que espectadores con un voto) vemos en los Medios de que va la cosa, y a poco que sepamos leer entre Medios, nos olemos muchas tostadas que al final nos dicen donde que quema la cosa. Urdangarín no es más que un pringado vanidoso que pensó que su posición le garantizaba unos negocios que nunca le llegarían fuera de su estatus real. A fin de cuentas el chaval tenía referencias en casa; su suegro antes rey y ahora emérito, siempre se manejó en negocios que su intendente real organizaba con los viejos amigos, las amistades peligrosas del mundo árabe. El trato de Juan Carlos con los sátrapas saudíes es antiguo y sus negocios y mediaciones no siempre parecieron legales (no olvidemos la guerra del Golfo y los grandes negocios de esa guerra, creada, visto desde ahora, para beneficio de los organizadores). El juez del caso Noos acaba de decir que Juan Carlos debería haberse sentado como imputado, si no fuera inviolable por ley.
La condena al campeón de balonmano llega pisando noticia de los refugiados (no son migrantes, como volo-voi-dicir, son huídos, escapados del horrror de guerras que monta Occidente, suministradora de armamento a dictadores y depredadores sin distinción de religiones) que Europa rechaza; al menos la Europa más fascistizada, que crece mes a mes (Hungría, Polonia, Austria, República Checa, ahora Italia, y es probable que aumente el censo de la fascistificación (¡toma palabra!) de la Unión Europea. ¿Y qué tienen en común las condenas del caso Noos y los refugiados a los que acogerá una España con el mínimo de decencia requerido? Nada, pero si queremos jugar a buscar conexiones, podemos encontrarlas. Para empezar, el caso Noos comenzó por una cuestión mallorquina-valenciana (que pagaron más de seis millones de euros a Noos), es decir, un caso mediterráneo, como el de los barcos rechazados por Italia; los barcos cargados de personas llegan a Valencia, a la misma Valencia que antes recibía a los barcos de la Ocean Race, más glamurosos y con más millones para repartir.
Al momento de saberse que el Gobierno español y el valenciano (éste, no el de la Ocean Race) acogerían a los refugiados pasaron dos cosas interesantes, muy propias de este país de maniqueos (seguimos peleándonos a garrotazos enterrados en mierda hasta las rodillas, como en el cuadro de Goya). Una, que todo el país se mostró solidario con el acogimiento, y otra, que todo el otro país se mostró indignado por acoger a los refugiados (el partido antes conocido como Gobierno y el partido de recambio de la derecha hablan de efecto llamada y que no hay que improvisar, pero con la boca pequeña). Nos olvidamos de que aquí todos descendemos de emigrantes, exiliados o refugiados, con más o menos antigüedad; nos olvidamos de cuando nosotros fuimos la mano de obra barata que levantó Alemania (el milagro alemán lo hicieron turcos, portugueses y españoles, mientras los teutones se jubilaban en Mallorca). A fin de cuentas, y esta es otra conexión real, Juan Carlos I nació en Roma, vivió en Portugal y llegó a España cuando un dictador le dejó entrar para estudiar y vivir del erario público hasta su jubilación. Un inmigrante, hijo de exiliado, si lo vemos con calma.
El problema, más allá de la euforia caritativa del acogimiento, un derecho que tienen los refugiados, recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que España suscribe e ignora constantemente, es de estructuras e hipocresías. Occidente sostiene situaciones de guerra en países africanos como salida al negocio armamentístico (España vendió el año pasado armas por valor de más de 4.000 millones de euros a países no democráticos como Arabia Saudí, que financia la guerra del Yemen, de donde salen miles de refugiados); la misma Europa firmó en su día un protocolo para acoger a miles de huídos de África, un protocolo que sólo sirvió para hacerse la foto, nada más. Refugiados y condenados solo son noticias que caducan en dos días.

viernes, 8 de junio de 2018

Panorama desde el puente

J.A.Xesteira
La perspectiva desde lo alto es la que permite ver el conjunto total, pero ralentiza los movimientos (por eso los dioses están en los cielos o en los montes) El panorama después de la gota fría política es, como no podía ser menos, incierto; una jugada imprevista, una confianza excesiva del Gobierno, un apoyo de fuerzas diversas a los atacantes, para ver que pasa, y un resultado que pilla a contrapié y en tiempo récord a los grandes expertos de Occidente, duchos en adivinar y vaticinar lo que nunca pasó. A partir de ese momento la confusión parece reinar en las grandes opiniones periodísticas, y cada cual atiende a su juego, pero las reglas de ese juego podrían variar y por eso todo se mueve en pura especulación, mientras las grandes voces sentenciadoras ya adivinan lo que va a pasar. La norma general es que, por un lado, una parte de expertos trata de minusvalorar al ganador, adivinándole problemas con sus apoyos y ninguneándole sus méritos, y por otra parte, otro grupo de expertos hace leña del Mariano caído y se apresura a enterrar (precipitadamente, supongo) a un PP con trasvase a Ciudadanos. La experiencia al respecto nos dice que los grandes expertos, que no adivinaron que el Gobierno caería por una moción de censura en la que nadie creía, pueden (y deben ) equivocarse con lo que puede pasar. Mejor esperar a que pase para acertar a toro pasado.
Desde el puente se ve mejor el panorama y eso permite no tirarse a adivinar y cagar la sentencia como tiradores de cartas de televisión (eso si, con habilidad y firma reconocidas en los grandes Medios). El panorama, en general es frío, impropio de estos meses en los que deberíamos estar en la playa, relajando la tensión política, y, sin embargo, estamos con anorak, resguardándonos de la que cae, tanto por la derecha como por la izquierda. El partido antes llamado Gobierno está, a lo que se ve, recomponiéndose en un box de urgencias, como es lógico. Pensemos que tanto el Gobierno como todos los ciudadanos estábamos instalados en una inercia rutinaria, salpicada de circunstancias anormales que se volvieron “normales”. Durante siete años (dos legislaturas) el aparato dominante se fue nutriendo de personas y personajes que controlaron todo, desde la cúpula gubernamental hasta los más recónditos rincones del Poder. Y, de pronto, sin que los mismos protagonistas se dieran cuenta, cambia el Gobierno entero y la pirámide se viene abajo. Ya han comenzado –supongo– las deserciones y las llamadas a la lucha (la parte más ultra del partido y la fundación Franco tocan corneta) mientras se disparan unos a otros (Margallo no se “ajunta” con Soraya; Aznar posa de superhéroe salvador, mientras Rajoy le dice que se vaya a salvar a otra parte, y desde Galicia se ofrece recambio presidencial en buen estado); es lo lógico en las horas malas.
 El partido ganador no lo tiene fácil, porque en estos casos se pasa del “¡Oeeé, oeeé oé, oé!” al “¿Qué hay de lo mío?”. El actual presidente de España, el muerto que gozaba de buena salud, mientras construye un Gobierno con sus ministras, ministros y sus nuevos ministerios, tendrá que atender, primero a sus partidarios (de su partido, quiero decir, que entre ellos había muchos que no eran sus partidarios), también tiene que negociar con los votos prestados, y, además, devolver ilusiones para unas elecciones que están cerca. El panorama desde el puente se ve interesante, y mucho más en cuanto desaparezcan las nieblas tempraneras.
  Los primeros pasos dados apuntan a cambios importantes. Sin entrar en especulaciones ni adivinaciones expertas, la actitud, aquello que en Zapatero se llamó “el talante”, es novedosa: fuera cristos y biblias. Aunque parezca poca cosa y moleste a muchos, no es un gesto gratuito, hay que saber donde se está y no apuntarse a una izquierda-que-puedan-votar-las-derechas, porque se corre el riesgo de que no te voten ni los tuyos. Hay una teoría amistosa de taberna que afirma que la izquierda comenzó a perder sus votos cuando empezó a ir en las procesiones, detras del cura y y el santo. O se es o no se es, pero no se puede ser indefinido; en política no hay comodines, hay palos, triunfos y malas cartas.
Pedro Sánchez (conocido como presidente Sánchez) presentó su selección nacional, con más mujeres que hombres y con personajes ajenos a la política rancia y rutinaria, muchas caras conocidas de otros sitios, lo cual ni es bueno ni es malo, simplemente es distinto. Sus méritos, sobre el currículo, están demostrados (salvo excepciones) y sus edades medias están de acuerdo con los tiempos. Pero una cosa es cambiar el personal y otra cosa es cambiar la empresa. Los retos están ahí, apuntados por los expertos: reformas educativa y sanitaria (base de toda democracia), reforma laboral que desreforme la reforma vigente; reforma del sistema judicial; reconstrucción del sistema financiero de las pensiones (abrir nuevas vías de financiación desde otros sectores gubernamentales); acometer en serio una política medioambiental; restaurar la Cultura perdida, única actividad que va a persistir cuando todo pase; restaurar los perdidos derechos de libertad de expresión e ideas; darle una patada en el culo a la Ley Mordaza…En fin, cuatro cositas de sentido común y justo que cualquiera tendría que afrontar.
Otra cosa es como lo hagan y como sean capaces de hacerlo. Quizás muchos izquierdistas de la vieja escuela piensen (y no seré yo quien les lleve la contraria) que, una vez que empiezas con cristos y biblias, continúes por ese camino, se reconsidere ese pacto con la Iglesia Católica (la multinacional con más privilegios económicos en este país) se recupere la ocasión perdida con Zapatero y se vuelva a buscar un electorado que perdieron en aquel proceso de “modernización” de aquella izquierda que acabó manipulada por los grandes trust. Quizás recuerden que el partido ahora en el poder fue fundado por un ferrolano pobre, hecho a sí mismo, marxista, laico y obrero anticapitalista. No se les pide tanto, pero si un detalle. Pase lo que pase, lo que si está garantizado es que no nos vamos a aburrir.

viernes, 1 de junio de 2018

Democracia, política y platos combinados

J.A.Xesteira
Alguien me dice que ha leído por ahí que algún experto en la materia afirmaba (categóricamente, supongo, porque los expertos lo hacen así) que uno de los problemas de la sociedad española es la excesiva politización y que eso se ve en los Medios, especialmente en las televisiones, que están repletas de políticos a todas horas, sobre todo de políticos “de los nuestros”, es decir, de las cadenas afines, destinadas a mostrar sus virtudes y defenderlos de “ellos”, los malos, los que delinquen, corrompen y quieren llevar a la ruína al país (o la patria o la Marca España, o este aglomerado de idiosincarasias). Como el Alguien que me lo contaba creía lo que afirmaba el Experto me puse a indagar por mi cuenta, a ver si los periódicos y las televisiones estaban “polítizados”. Los periódicos debían estar polítizados, pero no se notaba, todos contaban la misma película, pero cada uno a su manera, con una pobreza informativa y gramatical que seguramente se debe a motivos sociolaborales o al cambio climático; se adivinaba según cada diario, que la polítización, que no estaba presente en las páginas, era, en realidad la posesión diabólica propiciada por el político que tiene un ascua en forma de fondos de reptiles para que alguien vaya arrimando sardinas informativas. En la radio no probé, sólo escucho música (es un defecto de formación cultural, una carencia posiblemernte de alguna vitamina). Y en la televisión me di cuenta de una cosa, que el Experto no tiene ni puta idea; los políticos aparecen escasos segundos, con mejor presencia los amigos de cada cadena y con ráfagas fugaces y desafinadas los enemigos; todos parecen grabados con el teléfono de un adolescente y volcados en un yutube informativo. Lo que si aparecen y en cantidad son comidas; gente cocinando, gente comiendo, gente bebiendo, en cualquier programa, en documentales exóticos, en documentales folklóricos de la tierra enxebre, en concursos de cocineros (ahora conocidos como chefs, aunque ninguno sea jefe de nada), en demostraciones culinarias, en consejos sobre lo que comer y lo que no comer. En las televisiones no hay Política, hay Comida. Lo que era política o juego político se transformó en un simple juego de roles, estrategias o de simple parchís, un proceso entretenido para ganar, simplemente. El resto es puro embrollo más acorde con los programas de comida que con el proceso de políticos en democracia, una palabra que ya nadie pronuncia; simplemente se limitan a pedirle al que manda que se marche (una moda inaugurada hace años por un presidente español) o a buscar pandillas políticas con las que echar al titular.
La política era un arte que se cocinada a fuego lento y con ingredientes adecuados, simples y de la tierra; las nuevas modas que lo transforman todo meten nuevos elementos y nuevas formas de cocinar, de la misma manera que se introducen hierbas y hierbajos como novedades para pardillos (kinoa, gengibre, tallos de soja y muchos más ingredientes del sector forraje) en política se exhiben como necesarias un montón de nuevas plantas que aseguran ser saludables, pero que, como siempre, solo son hierbajos. Se tiende ahora a la comida rápida, la fast-food; de repente alguien pide una moción de censura hamburguesa, con todos los ingredientes de apoyo, lechuga, queso, tomate, y salsas independientes; y la presidencia del Congreso, en lugar de dejar reposar el asunto, lanza un “¡Oído, cocina, marchando una completa para el viernes!”. Y ya tenemos un juego en marcha, rápido y con arreglos de urgencia, una comida polìtica que, como toda la comida rápida, nos gusta en el momento, pero a la larga nos va a producir  ardor de estómago.
La democracia tiene estas cosas, diría el Experto, pero no. Ahí si que conviene que cada uno defina lo que entiende por Democracia, porque corremos el riesgo de estar hablando de comidas distintas. El hecho de que en los tiempos que vuelan no se hable de democracia ni de política y se esté más por la labor de hacer platos combinados con leyes preparadas al gusto del chef, nunca de los comensales, que somos los que pagamos la cuenta, quiere decir algo. De hecho, la democracia es un concepto que casa mal con los últimos acontecimientos que a lo largo de estas semanas venimos recordando. Por ejemplo, la italiana, una democracia innecesaria, simple como la pasta (agua y harina), que se resume en lo siguiente: ustedes votan, y de lo que salga, los que ganan proponen al presidente de la República (al que nadie eligió) un candidato, alguien que pasaba por allí, pero que no gustó al presidente, así que el presidente propone otro que le gusta más, pero al final acepta al primero pero con variaciones. Para explicarlo en términos gastronómicos, es como si usted va a un restaurante y pide lenguado menier, viene el camarero y le dice que no, que mejor le van a dar un par de huevos con patatas fritas, usted dice que no le apetece y el camarero le dice que entonces le abren una lata de fabada.
Todo da igual, porque todo está ya cocinado y envasado al vacio político. Una vez que a la ciudadanía le interesa más la comida que la política, el Dinero, el Capital, que en el fondo son los que manejan el negocio de restaurantes-gobernantes, tiene la capacidad para imponer las modas sobre lo que hay que comer y lo que se tiene que pagar. Las grandes corporaciones que trabajan por fuera de los marcos políticos, ajenos a cualquier democracia son los que nos van a manejar a través de los que se autoproclaman políticos, al Dinero le basta simplemente con “tener de mano” a los que gobiernan (ya me entienden, el dinero tiene de mano para engrasar la máquina de hacer políticos y recoger los beneficios incontables, resultado de las grandes inversiones públicas para beneficios privados) El dinero del Dinero está cada vez en manos de menos para perjuicio de los más. Después de la sentencia de la Gürtel (y otras que fueron y vendrán) se habla de condenas, de años de cárcel, de como se les reducirán penas, de como, a fin de cuentas y mirándolo bien, no salen tan mal librados. Pero, ¿y el dinero defraudado, robado, blanqueado, desaparecido de las arcas públicas? ¿quién lo devuelve? No lo esperen, todo lo que se come tiene un proceso y un final, sirve para engordar al que lo comió, el resto es puro excremento.
Post scriptum.- Mientras escribo esto contemplo en la televisión un nuevo programa gastronómico en el que mandan de vuelta a la cocina el plato Rajoy, porque los clientes quieren unn plato combinado; no se conoce el nuevo menú, pero se sabe quienes pediremos la cuenta.

viernes, 25 de mayo de 2018

Va cayendo gente

J.A.Xesteira
Había una frase en el “Martín Fierro”, un clásico seguramente olvidado, que gustaba mucho a mi difunto amigo Contreras; era aquella que decía: “Vaca..yendo gente al baile” y que daba pie a una pelea a golpes de facón en la fiesta gaucha. Me venía la frase ante la fiesta tragicómica, surreal y esperpéntica en que se ha convertido la sociedad española y sus eventos consuetudinarios, retransmitidos y apaciguados por la televisión nacional (especialista en noticias falsas que tiene que rectificar) y por alguna cadena medio discordante, y comentada por las variantes periodísticas, que opinan hasta la tergiversación de las hazañas de los politicos presentes o pasados. La vida del país se ha convertido en una serie de televisión a la moda: cada capítulo trae una sorpresa muchas veces prevista, para dar una vuelta más y estirar la temporada; una tragicomedia llena de personajes increibles, nunca pensados hace unos años, cuando nunca creimos que el futuro y la democracia iban a ser así.
Va cayendo gente al baile judicial. Le acaba de tocar el turno a Zaplana, un personaje de fiesta de moros y cristianos levantina (por su aspecto le tocaba ir en los moros) al que todos veíamos venir, sólo había que esperar a que lo llamaran, porque su nombre ya andaba en listas de otras operaciones; con él hay otros investigados, como Juan Cotino (hombre piadoso, relacionado con el lío del viaje del papa Benedicto) y a partir de ahora se tocará una nueva pieza de baile judicial, que se prolongará en el tiempo; mucho tiempo, porque ahora mismo los jueces y fiscales piden en huelga mejoras salariales, algo nunca visto en este país, en el que los jueces eran un peso específico, una elite; ahora han tenido que bajar a la tierra de los simples mortales a pedir mejoras salariales como si fueran pensionistas o contratados precarios. Pero la ampliación de la Valencia Conection, un tema en serie al que quedan más temporadas que a los zombies, aporta una evidencia: cada vez quedan menos implicados para llegar a Aznar. En el caso hipotético de que resultara afectado el único presidente español que participó en una guerra internacional, formando parte del triunvirato de las Azores, no hay problema para la derecha española (la auténtica, rechace imitaciones y falsificaciones chinas) porque Aznar tendría sucesor natural, y no es, precisamente del PP, cada vez más en problemas. Todo está previsto, mientras la gente va cayendo al baile, la visión de Josemaría (el político, no el santo) es certera: hay que reciclarlo todo para que todo quede igual: Rivera es nuestro hombre. Es lo mismo pero en otro envase a estrenar, con la patria todavía reutilizable y con música de Marta Sánchez. En este país parece que siempre ha sido así: la izquierda, con el uso, acaba por biodegradarse y convertirse en pequeños grumos no contaminantes; la derecha se reutiliza, se adapta unas veces diciendo que es el centro y otras que es la patria. Los de Ciudadanos ya se han apresurado a decir que la detención de Zaplana corresponde a una etapa negra que hay que superar, sólo les falta añadir: “Y aquí estamos nosotros, para abrir ficha a los emigrantes del partido popular”.
Mientras pasan cosas espesas la polémica se mueve entre una calle al almirante Cervera (el hombre que mandó toda una escuadra como blanco de tiro de feria de los yanquis en Santiago de Cuba) y el chalet de Iglesias y su mujer, un asunto doméstico y personal. Y como remate siempre nos queda Catalunya-Cataluña, nuestra zona italiana, con parte del gobierno exiliada en Europa y parte en la cárcel, en espera. El problema catalán ha conseguido poner de acuerdo –de momento, que en estos días los grandes apretones de manos tienen la obsolescencia programada en corto– a Rajoy y Sánchez (Pedro, no Marta), a Sánchez y Rivera (Albert, no Kiko) y a Sánchez y Rivera (los tales), lo que no se sabe es en qué se han puesto de acuerdo, porque el 155 no puede ser eterno. Pueden seguir sin gobierno, como Italia (ya lo dije el otro día). Por cierto, los italianos siempre marcando tendencias; si en España los políticos en activo presentaban currículos falsos, en Italia lo hacen antes de ser nombrados, mayor velocidad, imposible. Acaban de nombrar primer ministro a un tal Conte y ya sale el New York Times diciendo que “ese tipo nunca estudió en la Universidad de Nueva York”. Da igual. Lo mismo que se está investigando la carrera de Derecho de Pablo Casado, que aprobaba de súbito (y eso sin tener un padre magistrado de Audiencia, como otros) el italiano pudo haber pasado por la university y no se dieron cuenta. Está científicamente demostrado que los mejores licenciados son los que pasaron más tiempo en el bar que en las aulas.
Son gente que va cayendo al baile, como los que pueden caer en las próximas semanas, mientras todos esperan que llegue el verano que siempre relaja, y mientras se aprueban los presupuestos del Estado con la ayuda de la amistad del PNV; no se inquieten, los presupuestos del Estado da lo mismo que se aprueben o no; muchas partidas aprobadas nunca fueron utilizadas (dinero público que nunca se gastó en programas sociales, preferentemente) y muchos otros dineros no contabilizados, que sí se gastaron por la falsa (pongamos que hablamos de Defensa). En tiempos de Aznar, cuando los que caen al baile todavía eran sonrisas de triunfo, se hablaba del milagro económico como norma de vida española; ahora podemos hablar solamente de milagro como explicación a la vida en este país de moros y cristianos.
Epílogo.- Por causas técnico-periodísticas, este artículo tiene que ser escrito antes del fin de semana. Cuando lo terminé salió la noticia de la sentencia de la Gürtel; más gente que cae al baile, esta como una enorme gota fría que confirma dos cosas; una, todo lo antes dicho de que quedan muchos por caer, y otra, que la justicia es lenta como la tortuga de la fábula, pero a veces llega antes que la liebre de la corrupción que se esconde dentro de los partidos políticos.

viernes, 18 de mayo de 2018

Trivial Pursuit

J.A.Xesteira
Supongo que ya nadie debe jugar ahora al Trivial Pursuit (“búsquedas triviales” en inglés), el “trivial” que se jugaba mucho en las sobrecenas de hace algunos años, entre copas y pitillos de reuniones caseras nocturnas. Supongo que se fue con el alcohol (sólo queda el gintonic, porque tiene la excusa de ser digestivo) y el tabaco (¡vade retro!, a fumar afuera, aunque haga frío). Debo tener por algún lado el viejo trivial, en el que aparecían tarjetas con personajes de la tele que son historia antigua y noticias que ya son historias viejas. Hubo intentos de adaptarlo a los tiempos, y seguro que debe haber algun modelo para nintendo o pleisteixon, pero no creo que nadie juegue a un juego que, aunque trivial, requiere un mínimo bagaje de cultura y conocimientos; los juegos de ordenador son de otra pasta, con más muertos, más dragones y menos conocimientos de cultura general básica.
Pero el trivial está presente en las páginas de los periódicos, en las noticias, en lo que se sabe, lo que se cuenta y lo que se supone que hay detrás de lo que se sabe y lo que se cuenta, a fin de cuentas el periodismo se ha convertido en una trivialidad de crueldades desorbitadas. Por ejempo –es sólo un juego, nada más– si aplicamos el sistema de preguntas y gajos de colorines a la información diaria, pueden pasar cosas; hagan la prueba, cojan un periódico, echen los dados y jueguen.
“Cuarenta invitados a una comunión agreden a nueve guardias civiles en Algeciras”. Pregunta de Sociedad: ¿Se trata de una acción terrorista como la del juicio en Alsasua o simplemente una pelea de taberna? Otra, de Matemáticas: Si en una primera comunión hay cuarenta agresores antiguardias civiles, ¿cúantos habrá en un bautizo? ¿y en una boda? Y otra: si uno de los guardias “hizo uso de su arma reglamentaria”, que es el lenguaje oficial que los periodistas no se molestan en redactar para decir que uno disparó unos tiros, pregunta de Curiosidades y un añadido propio de mi ignorancia: ¿hay armas que no sean reglamentarias?
Ya ven, podemos reinventar el viejo juego con simples propuestas que, al mismo tiempo, sirven para reflexionar sobre las noticias que nos ocupan en la prensa diaria, en lugar de aceptarlas como dogmas consagrados.
Seguimos. Pregunta de Geografía: Si Israel ganó el festival de Eurovisão, ¿podemos decir que Israel es un país europeo? Por la misma razón podrían invitar a los vecinos de Israel al mismo festival, a los sirios, a los palestinos, libaneses, egipcios, jordanos; y ya puestos, a todos los que esperan el paso de la patera para dar el salto a Europa; simplemente se les pide que traigan una canción en la patera y que concursen.
Si, según el Centro de Investigaciones Sociológicas, el PP va a ser superado por Ciudadanos y el PSOE por Unidos Podemos (los líderes del PP y el PSOE ya se han reunido en Moncloa, vestidos ambos de jefe de planta, previsiblemente para hablar del tema, aunque para los Medios hablaron, como siempre, de Cataluña) aquí va la pregunta de Estadísticas o de Política:  ¿Cúanto tiempo pasará para que el bipartidismo se suceda a si mismo? y, además, pregunta de Literatura, ¿cual es la frase de Il Gatopardo que define este quítate-tú-pa-ponerme-yo? (la solución a pie de página)
Y sin salirnos de la Política, a la luz de la noticia de que Podemos pide que los senadores no gasten tanto en viajes (150 euros diarios de dieta al extranjero y 120 en la península), podemos preguntar: Dado que no se conoce actividad física ni mental de los llamados senadores, ¿sabe usted a que puede ir un miembro electo del Senado al extranjero? ¿se sabe de que alguno de esos viajes haya producido alguna actividad beneficiosa para el país? Y una pregunta añadida, de Física, variante del principio de Arquímedes: ¿Es cierto que un senador introducido en una comisión de su cámara experimenta un impulso hacia un aeropuerto que es directamente proporcional a la dieta diaria que percibe?
A estas alturas usted mismo puede buscar noticias con las que rellenar las cartulinas, sobre todo si usted está inscrito en la Larga Marcha de los Jubilados; todo antes que quedarse apampanado mirando al vacío. Invéntese un Trivial con sus amigos (es barato, no hay que pagar tasas por ello y ayuda a mantener la mente engrasada y en funcionamiento).
Encuentro esta noticia (podemos meterla en preguntas de Antropología): Hallan un ser humano en  Andalucía, se llama Luis, y no consta que exista en ningún registro oficial, no consta que haya nacido, que tenga personalidad jurídica ni existe para el Estado; es evidente que existe, porque come, respira y habla con acento andaluz; es el auténtico Homo Ninguno, o el Nowhere Man de los Beatles. Pueden plantear la pregunta a lo trivial o reflexionar sobre la existencia de un ser que no tiene cuenta en un banco, ni en Hacienda, ni en el archivo parroquial, un ser humano inclasificado, una rareza. Parece ser que hay más como él, que, de alguna manera son capaces de no morirse, de existir fuera del sistema, fuera del orden instituido. El propio sistema no sabe como manejarlo, aunque tenga que darle asilo y comida. Esta simple noticia, metida entre trivialidades de personajes que existen oficialmente en los telediarios, merecería una reflexión a fondo sobre la insoportable fragilidad del ser humano.
Abran un periódico y conviertan en juego lo que ya es trivial: el president de Catalunya y las apuestas sobre su duración; la unión contra natura de Rajoy y Sánchez para santificar el artículo 155 contra los impíos catalanes y la amenaza fantasma de los ciudadanos de Rivera; los títulos de universidades privadas y los aprobados express de políticos “afectos al régimen”; las empresas de fútbol que convencen de que un equipo de fútbol es la patria que hay que defender; la resignada rutina de la ciudadanía contemplando la degradación del sistema; la trivial corrupción obscena… Un juego, sólo un juego.
Nota del autor: La frase exacta de Il Gatopardo es: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".

viernes, 11 de mayo de 2018

E la nave va

J.A.Xesteira
Salgo un momento a dar una vuelta por el extranjero, patrocinada por el Imserso, a uno de esos países en los que están omnipresentes la santísima trinidad del consumo: los comercios cuatrimarcas de Amancio Ortega, el hombre que ingresa más millones al mes que la DGT con los radares recaudatorios; la cadena de cafés en los que pagas por parecer moderno bebiendo una purrela en un vaso de cartón, y las multinacionales de las hamburguesas (descubro que a uno de mis nietos le gustan por el juguete de plástico, se deja siempre la mitad de la comidita; al resto de los nietos, ni siquiera el juguete).  Y al regreso siempre es lo mismo, el pueblo, el país y el mundo siguen adelante. E la nave va.
Echando mano de la filosofía barata y un punto ampulosa podíamos decir que la bola del mundo no deja de rodar desde que la historia de la Historia comenzó a escribirse, mal y a gusto del ganador. Mientras viajo vivo prendido al wi-fi (que los españoles llamamos “güifi” y los extranjeros “guaifai”, y así no hay manera de entendernos) y sigo las noticias en la pantalla del iPad (que llamo “ipaz” y los otros llaman “aipad”) de manera adicta, porque siempre es el mismo bucle de desastres, crímenes, despropósitos, estupideces y alguna pequeña perla perdida entre la morralla, que nos hace pensar que nunca está todo perdido.
Deduzco de la actualidad que un país debe ser gobernado por las personas elegidas democráticamente para el bien de la sociedad; casi nunca sucede así, aunque lo intentemos entre todos. Pero también deduzco de los últimos acontecimientos que un país puede perfectamente prescindir de un gobierno estable, mantenerse en una especie de seno de Abrahán (o limbo de los justos, que decíamos en el catecismo) y no pasa nada. La nave va. Vean, por ver, los ejemplos de Cataluña, con un gobierno nómada y un parlamento en estado gaseoso, supuestamente gobernado desde Madrid por la aplicación del prospecto de instrucciones. O miren también el ejemplo de Italia, que no tiene gobierno, porque el periodo poselectoral es una minestrone de posibles candidatos, y el presidente, que es como un ser aparte, pide que se nombre un gobierno neutral, como si eso fuera posible, sería como una peña de ultras de fútbol sin equipo. Claro que Italia es un país experto en no tener gobierno y seguir navegando, bien además, y vendiendo la moto de que son  democráticos, guapos y ricos y que además son un país. Los partidos italianos son como el coro de  esclavos de Nabuco vestidos por Dolce y Gabanna. Los españoles, no, son como vendedores de productos innecesarios vestidos de cofrades. Pero la nave va, a pesar de ellos.
El ojo del Gran Hermano orwelliano hace tiempo que nos controla la vida, y somos piezas sin interés: nos vigilan cuando sacamos dinero del cajero, cuando paseamos por la calle, nuestro coche desde la cuneta de las multas, nuestros e-mails privados desde las empresas en las que trabajamos, nos manipulan con noticias falsas desde las televisiones, los periódicos y todo el infinito maremágnum de internet (Facebook comienza a desbrozar sus “fake news”, las mentiras interesadas que los partidos políticos ruedan como bolas a ver quien pica, y va a instalar un centro antimentiras en Barcelona, un sitio del que decían que las empresas huían como de la peste). La vida se ha convertido en una gran mentira subvencionada entre todos, como los profesores de Religión andaluces, que cobran sin tener clase que dar. Una cuestión paradójica esa de los profesores de Religión, que pagamos incluso los ateos, los elige un obispo y, en caso de despido, la indemnización corre a cuenta de los mismos que los pagamos. Mientras la nave va, el ojo que nunca duerme sabe quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, y, sobre todo, cuales son nuestras deudas con Hacienda, cuales son nuestros gustos y cuanto costamos al Estado. Con  todo eso, hacemos la declaración de la renta sin posibilidad de distraer ni un céntimo (si fuéramos personas importantes en la esfera política o económica, sí podríamos “distraer” legalmente algunos millones); abrimos los ordenadores y nos entran anuncios de todo lo que una vez consultamos o compramos por la Red; y el Estado, como le costamos mucho, en pensiones y medicamentos, pues sabe cuanto le gastamos en paracetamoles y nos mete un copago cada vez más apretado, asesorado por las verdaderas detentadoras del poder sanitario: las empresas farmaceuticas, dueñas absolutas de la vida y la muerte. Mientras, la nave navega.
Los que vivimos en la Marca España y sus Peculiaridades Regionales asistimos a una lucha política entre personajes de vodevil, gente que dice frases que serían graciosas si no fueran tragicómicas, partidos políticos que parecen gatos metidos en sacos, peleándose por un camarote de lujo en la nave; una justicia (entendida como maquinaria de aplicacion de las leyes, no como idea abstracta de lo moralmente justo) al ralentí, con sentencias demoradas, corruptos a la espera de que escampe, y jueces cuestionados. Un país con una información periodística que podríamos resumir en la vieja frase: “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (La Televisión del Estado más preocupada de Eurovisión que de una información veraz, ya cuestionada incluso por sus propios trabajadores) Pasa la vida, contemplada por el rey y su familia real, personajes que se ganan su sueldo como inauguradores de ferias de muestras, galas benéficas o entrega de premios (bueno, de vez en cuando, Felipe VI, cuya foto puede ser quemada según sentencia judicial, pronuncia un discurso en la tele que nadie escucha y que nadie lee en los periódicos que son los únicos que recogen el texto al dían siguiente.)
Así, metidos dentro de este cascarón trasatlántico, oxidado, lleno de averías, con un  servicio de comedor pésimo y mal repartido, con capitanes y segundos de a bordo incompetentes, con una tripulación inútil, con pasajeros mareados y atontados, sin radar ni bitácora, con la sala de máquinas apestando los océanos, el barco avanza sorteando icebergs como montañas, cada vez más cerca del hundimiento. Y, a pesar de todo, la nave va.

sábado, 5 de mayo de 2018

Por mayo, era por mayo

J.A.Xesteira
Como en el viejo romance, era por mayo de hace cincuenta años, pero no hacía “la calor” ni cantaba la calandria y respondía el ruiseñor. En Santiago, aquel mayo hacia un frío en forma de taladro, aquel frío de pensiones santiaguesas, con corrientes de aire que se filtraban por las ventanas sin masilla, y que el estudiantado combatía con aquellos clásicos batines color rata y el calor único de un flexo, en noches de estudio con mucho café (todavía no llegaban las anfetas, pero estaban al caer). Eran tiempos previos a los pisos de estudiantes, un boom reservado a los años 70, con otro estudiantado y otro horizonte. Aquel mayo de hace cincuenta años era gris, pobre y humedo hasta la médula; el consumo era escaso, las comidas del Cuatro Vientos y similares, los recorridos vinícolas por las viejas rúas, con aquellos vinos color pis de gato, tunas y serenatas, cines y cineclubs, en los que un paciente catedrático nos explicaba las virtudes de Jean Vigo ( “Zéro de conduite”) y se estrenaban maravillas de Godard (“A bout de souffle”, eterna) y Martín Patino (“Nueve cartas a Berta”). No existían los turistas ni los peregrinos mochileros; Santiago era una ciudad tranquila, bohemia, un punto rancia, con un arzobispo-cardenal con carisma y presencia, en la que la política estaba uniformada con trenkas y panas de izquierdas. El estudiantado era personal dado a la carallada y al estudio a trompicones en la recta final. Nadie preveía que en un futuro todo aquello se convertiría en un parque temático.
Todo era cutre y gris hasta que llegó aquel mayo de hace cincuenta años. Los primeros brotes verdes se plantaron en 1967, con un concierto frustrado de Raimon en el campo del campus. Digo frustrado aunque no es cosa exacta; la lluvia paró el concierto en la mitad, pero los objetivos ya estaban cumplidos: Raimon había actuado y los espectadores, que habíamos comprado el folleto de canciones traducidas por García Bodaño y Casares, habíamos gritado unas cuantas cosas a estrenar, como libertad y cualquier cosa indefinida; lo importante era el gesto, las sensaciones, las ganas de hacerlo, porque políticamente, digan lo que digan las crónicas, el estudiantado santiagués de hace cincuenta años estaba en vías de preparación. Había una pequeña elite que sabía de que iba la cosa y un montón de matriculados que teníamos ganas de la la cosa fuera a donde iba. Todos salimos a la calle, unos conscientes y otros a medias tintas, pero todos con el convencimiento de que había que estar allí. El motivo fue bastante surrealista, como suele ser el pasado, la protesta contra el decano de mi facultad por un asunto de dineros. Las reuniones y asambleas que se prohibían de vez en cuando se justificaban con títulos peregrinos en distintas facultades; podían empezar con una conferencia sobre poesía y acabar con pequeños debates de formación política para indocumentados. Todo se iba fraguando en un relativo secreto, con espías informadores por medio del estudiantado. 
En abril del 68 se presentaban los cantores que todo movimiento tiene que tener; los catalanes ya habían empezado antes, porque eran más modernos y estaban al lado de Francia, nosotros estábamos al lado de la frontera de Tui, sólo apta para el paso del café Sical. En el paraninfo de Medicina, atestado de personal, se presentaban Voces Ceibes, cuatro muchachos con tres acordes básicos de guitarra y las poesías de Celso Emilio Ferreiro; visto desde la distancia aquello era de una ingenuidad musical aplastante; pero servía para el propósito, porque lo importante no era lo que estaba en el escenario, musicalmente pobre, sino en la intención, el grito colectivo y la manifestación que se formaba al terminar. Y llegó mayo y el runrún inicial fue transformándose en grito de protesta y todos salimos a la calle, unos con una clara intencionalidad política y otros con lo puesto, con las ganas y poco más. Y allí nos esperaba la Policía, vestida de gris, al principio con largos abrigos y al poco con cascos y ropa de combate; y empezaron los gritos, carreras y una frase que nunca habíamos escuchado y que se haría habitual: “Disuélvanse o cargamos”. A los de ciencias lo de disolvernos nos sonaba como si nos fueran a meter en ácido corrosivo. Y cargaban y pegaban. Y se montó una pequeña parte de la historia de nuestra sociedad, con un aprendizaje sobre la marcha y sobre la carrera. De Francia nos llegaban noticias mucho más importantes, porque Francia era mucho más importante; del resto del país, también. Todo el estudiantado estaba en la calle para pedir cosas. El Gobierno recurría a viejas frases tópicas de los consabidos manejos del comunismo internacional contra algunas cosas sagradas que estaban dejando de ser sagradas. El mayo santiagués debió parecerse mucho al resto del mayo de todas las universidades españolas, pero no fue tan famoso como el francés, porque Francia era una república, aunque gobernada por De Gaulle, y tenía el Paris Match para hacerse las fotos, y nosotros teníamos una dictadura y el Marca. Y con todo, hace cincuenta años se consiguieron algunas cosas importantes, sobre todo una: empezar. A partir de ahí todo iba a cambiar.
Hoy, cincuenta años después, todo cambió, en parte por aquel golpe de salida, en parte porque el mundo está cambiando siempre. El mundo de ahora mismo es otra cosa, el estudiantado tiene calefacción y viajes low cost; Compostela es una capital burocrática y política; la tecnología digital abrió un campo impensable y, ahora mismo, impredecible; de aquellos que salimos a la calle aquel mayo, cada quien buscó su lugar al sol, algunos fueron quedando por el camino de la vida, unos se acostumbraron a sufrir con paciencia los embates de la insultante fortuna, otros seguimos enfrentándonos –más o menos, a nuestra manera– al mar de calamidades; algunos buscaron acomodo en puestos politicos que, seguramente, merecieron por sus esfuerzos; desaparecieron los cines, aparecieron los centros comerciales; el parque  automovilístico atascó las carreteras y, sobre todo, sobre todo, ya somos un país democrático, aunque si rascamos un poco esta democracia, aparece debajo un policía que nos grita: “¡Disuélvanse o cargamos!”