martes, 23 de abril de 2019

Punto y aparte

 J.A.Xesteira
A mis improbables y escasos lectores.
Semana a semana volcaba en este blog un artículo de opinión que previamente enviaba al Diario de Pontevedra para ser publicado el sábado. Así sucedió, sin fallar una semana, durante diecinueve años, que, como el tango, no es nada, pero fuera del tango son muchos artículos (calculen a 54 por año), mucha historia, muchos mangantes en forma de políticos (algunos, hay que aclarar, fueron personas decentes) muchos sucesos, y mucho tiempo pasado.
Ahora acabo de decidir parar el carro, dejar a un lado la opinión sobre “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” (tal es la definición canónica de la noticia) y pasar página. He agradecido personalmente a los amigos del Diario de Pontevedra las atenciones que han tenido a lo largo de estos años, me han dejado la puerta entreabierta por si se me ocurre cualquier cosa publicable… Y me he ido.
Todavía no sé como alimentar este blog, un animal tecnológico virtual que come de todo y a todas horas. Creo que pediré ayuda a mis hijos para que me maquillen el espacio de escritura y después pensaré qué meter dentro; seguramente más escritos a vuelapluma, dibujos, esbozos, ideas de bote pronto o cualquier otra cosa de fabricación propia.
Vivimos tiempos en los que hay demasiada gente opinando para tan poca opinión; todo gira en torno a dos posiciones: Nosotros y Ellos. El sentido común escasea y el avance del Capitalismo más feroz tapa cualquier intento de solución democrática. Solo queda un enorme espectáculo de marionetas teledirigidas. Como decía el escritor argentino Osvaldo Soriano, hay que saber abandonar el escenario antes de que el espectáculo se vuelva grotesco.
Por lo tanto, pongamos punto y aparte. Nos vemos.

sábado, 13 de abril de 2019

He visto el futuro

 J.A.Xesteira
Acabo de estar en Grecia y he visto el futuro. Creía que el viajero que iba a Grecia lo hacía para reencontrarse con el pasado, con el origen de la cultura, la democracia, el arte, la poesía dramática, el teatro, los dioses, los héroes, el rey Agamenón, el dios Apolo, Melina Mercouri, las mil versiones de Hércules, Zorba bailando sirtaki, los mármoles de la Acrópolis, las Termópilas de Leonidas (“Viajero, si vas a Esparta….), el mar de Ulises y de Kavafis (Viajero, cuando emprendas el viaje a Ítaca…) y todos los santuarios olímpicos, délficos o micénicos. Fui y no encontré la antigüedad en los paisajes griegos, campos con piedras tiradas en lo que fue el pasado de oro de la cultura, los juegos olímpicos, los hospitales de Esculapio y los oráculos antiguos; el resto está guardado en los museos, mármoles y bronces, cerámicas y pinturas. El pasado está dentro, fuera quedan los solares, los descampados del pasado, las ruinas ocupadas por árboles. En los museos guardan los griegos su pasado, seguramente para que no se lo roben los ingleses y alemanes y se lo lleven a sus museos, o se lo destruyan los fascistas italianos y los nazis alemanes porque sí, porque eran enemigos.
En la calle, sin embargo, encontré el futuro, nuestro futuro, quiero decir, que ya es el presente griego, un país tomado como experimento del capitalismo rampante. Conocí Atenas hace años, una ciudad bulliciosa, con turistas y gentes en las terrazas de los cafés, charlando, música de buzukis, mesas en las tabernas bajo los plátanos de las plazas y una vida parecida a la de los portugueses o españoles, a fin de cuentas todos comemos pulpo y sardinas. Me encuentro ahora con un país post-Troika, porst-crisis, post-mortem. El futuro. Nuestro próximo futuro. La mayor parte de las tiendas atenienses han cerrado, da igual lo que vendieran, han cerrado porque la gente ya no tiene dinero para comprar ni cosas básicas ni cosas superfluas, de sociedad de consumo han pasado a sociedad sierva del capitalismo feroz. La ciudad presenta la descarnadura de numerosos edificios que levantaron plantas sobre plantas en la época feliz y quedaron a medias, en el esqueleto arquitectónico de encofrados a la intemperie; los comercios echaron el cierre y ahora solo sirven para que peguen carteles de protesta, de anuncios de compraventas, de sex shop, de todo lo que pueda leer una ciudadania que camina sin rumbo. Grandes edificios que un día fueron oficinas lucen la dentadura mellada de ventanas con cristales rotos y la desaparición de los aparatos de aire acondicionado. Las calles centrales están llenas de turistas y de gente joven sin un plan determinado. Los precios son caros para el viajero medio que un día disfrutaba bebiendo un café frappé en Monastiraki viendo pasar a los griegos con su rosario komboloi en la mano. Cuando hablas con alguien te confiesa que su sueldo de funcionario se ha reducido a la mitad, que tiene que mantener a su padre al que le han quitado la pensión y que nadie llega a fin de mes. La depauperación (le siguen llamando crisis) se palpa. El que puede, emigra, los que se quedan se reúnen para manifestarse ante unos policías a los que se ve en la calle con escaso ánimo combativo (también su sueldo ha sido reducido), el salario mínimo es ya pasado, el presente es un drama económico y ese es el futuro, nuestro futuro. Casi todo el panorama viene pintado en una novela de Petros Márkaris (que llevo para leer en el viaje y ponerme en ambiente) y que comienza con el suicido de cuatro ancianas “para no ser una carga para el Estado”; Márkaris utiliza a su personaje, el comisario Jaritos para explicarme lo que estoy viendo: “La gente ha tirado la toalla y ha caído en el fatalismo; ¿se acuerda de aquella consigna electoral: Para un futuro mejor? Ahora le hemos dado la vuelta: Para un futuro aún peor” Los autobuses están llenos de gentes serias mirando en sus móviles si queda alguna esperanza; los vigilantes de los museos miran al infinito, aburridos e indiferentes (podría llevarme el Poseidón, si fuera más pequeño, y estoy seguro que no moverían un dedo). El país está vendido, el aeropuerto ateniense es alemán, los trenes son franceses.
El Capitalismo ha convertido un bello y alegre país en una tragedia griega. Salgo de Atenas hacia el Peloponeso y veo uno de los síntomas de la mano del capitalismo: la colza. La he visto en otros países; donde antes había praderas y cultivos tradicionales, ahora son grandes extensiones de un amarillo intenso. La colza, como la soja, requiere grandes extensiones, su utilización es como forraje y (¡ojo!) como biodiésel. Toda la colza está en poder de grandes compañías transnacionales controladas por firmas desconocidas; cuando hacen falta territorios los compran a particulares empobrecidos previamente gracias a una crisis artificial, se compran terrenos que antes daban patatas, algodón o maíz y se planta colza, una producción muy barata.
La Troika, la tríada financiera formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, tres organismos que tienen el siniestro honor de tener a varios de sus presidentes en la cárcel, actúa como el bombero incendiario: primero estrangula a un país,  impone la política financiera y realiza la supervisión y aplicación de los llamados programas de consolidación fiscal; a cambio el país que lo necesite recibirá financiación. Si no obedece no obtendrá financiación. El país financiado quedará intervenido, seguirá sus directrices y pierde su independencia política. En España se empiezan a oir voces de posible crisis; cuando vean grandes campos de colza, échense a temblar.
Regreso de mi viaje al futuro justo el día en que empieza la campaña electoral, una campaña que empezó hace casi un siglo. Los candidatos ofrecen un discurso confuso con la intención de ganar y gobernar, no hablan del futuro porque no lo conocen. Yo lo he visto, es como el futuro que describía Leonard Cohen, otro que amaba a Grecia y vivió largo tiempo en sus islas donde compuso bellas canciones: “He visto el futuro, hermano, es un crimen”.

jueves, 11 de abril de 2019

De lo legal a lo justo

J.A.Xesteira
¿Usted de quien era más amigo, de Robín de los Bosques o del rey Juan y sus secuaces, el sheriff de Nottingham y los normandos? Yo también, como usted siempre vuelvo por el proscrito contra el rey. ¿Y de quien es más amigo, de los indios o de los vaqueros? Reconozco que hace tiempo, como usted, era más del toque de corneta del Séptimo de Caballería que de Sitting Bull, pero con el tiempo y un poco más de cultura, me volví partidario de Caballo Loco y los sioux y no del asesino gilipollas del General Custer. Y en lo tocante a piratas, apuesto que todos estamos con el capitán Kid y no con los virreyes de Maracaibo (ni con Morgan, que era un pirata traidor, que se hizo corsario, un pirata-funcionario del Estado). Creo que lo tenemos claro, si hay que mostrar simpatías siempre volvemos por David y no por Goliat, el débil nos es más simpático, seguramente porque pertenecemos a la parte débil de la sociedad. Si nos dan a elegir entre Pat Garret y Billy the Kid, o entre Zapata y Porfirio Díaz, no lo dudamos, siempre elegimos al bandido romántico. Claro que nuestra cultura es básicamente cinematográfica; hemos aprendido más en el ritual de una sala a oscuras, en comunión gozosa con nuestros camaradas de gallinero, contemplando las hazañas de los grandes héroes, a espada, sable, flecha o pistola contra los villanos detentadores del poder, que en los libros de Historia de nuestro viejo bachillerato, que un día chapamos para aprobar raspado y al siguiente lo olvidamos (e hicimos bien, porque mentían como bellacos, con tanto cristianismo y tanto mártir y tanto rey piadoso y benévolo) Para nosotros siempre el bandido es el bueno, el romanticismo siempre está de su lado. Las películas, pese a todo, mentían, Robín Hood nunca existió, el rey Juan era igual de malo que cualquier otro rey por comparación, pero gobernó su país en ausencia de su hermano Ricardo Corazón de León, un tipo de poco fiar, que se gastó el tesoro real y gravó a sus siervos con impuestos de miseria para ir a combatir a las Cruzadas (que nunca ganó) mientras que Juan Sin Tierra tuvo el honor de ser el que instauró la Carta Magna (la auténtica, la única que tiene ese nombre). Los piratas eran una tropa más organizada de lo que cuentan en el cine, tenían sus códigos y se dedicaban al mismo comercio y rapiña que los reyes de Europa. Los indios no eran salvajes como nos pintan en la pantalla; tenían sus leyes, su cultura, y su organización (eran más avanzados en la conservación del medio ambiente que los civilizados de ahora mismo).
Y sin embargo, si lo analizamos con rigor, ellos son los fuera de la ley, los proscritos, los outsiders, los fuorileggi, los outlaws, los bandidos. ¿Por qué nos atraen tanto los que están fuera de las leyes y no los que dictan, aplican y hacen cumplir el imperio de la ley? Seguramente porque, en el fondo, no nos fiamos mucho de los que hacen, aplican y sancionan con el imperio de la ley. Porque, en el fondo, creeemos que los forajidos son ilegales, pero justos. El paradigma de Robin Hood, el bandolero que roba a los ricos para dárselo a los pobres, es una figura que cruza todos los tiempos y todas las civilizaciones, la del que se rebela contra la injusticia sostenida por las leyes. A fin de cuentas, las leyes las hacen cualquiera, la justicia viene hecha desde el fondo de los tiempos. En los pasados siglos aparecen los bandidos generosos contra el Poder, detentado en una serie de personajes que van desde el caudillo o presidente de un país hasta la banca que posee el capital, pasando por una serie de intermediarios organizados para explotar al campesinado o al incipiente proletariado. Así surgen bandoleros en Europa, cangaçeiros en Brasil, montoneros, guerrilleros, los clásicos outlaws del Far West y todas las variaciones posibles sobre el mismo esquema. Se trata de gente con un ideario mínimo: las leyes amparan la injusticia y por tanto debemos restaurar las cosas para que sean como deben ser. En tiempos pre-marxistas se trataba de una lucha de clases en la que los ricos dictaban las leyes y los pobres se organizaban fuera de ellas para reclamar lo que en justicia les pertenecía. Encontramos así la primera diferencia entre lo legal y lo justo.
Demos un salto. De aquellos bandidos románticos, desde Robín y sus arqueros hasta hoy han sucedido muchas cosas. Una, importante, que los antiguos bandidos acabaron por convertirse en guerrilleros, primero contra los colonizadores y después contra los que echaron a los colonizadores y que no eran muy diferentes de ellos. Desde Pancho Villa hasta Fidel Castro, pasando por Bolívar, Sandino, Garibaldi y todos los héroes más o menos románticos, todos fueron en algún momento declarados bandidos fuera de la ley. Y ahí es donde la cosa varía, porque ganaron sus guerras y por tanto tienen estatua de héroe, si las hubieran perdido hubieran quedado bandidos para siempre. Los movimientos revolucionarios americanos, los más conocidos, siempre comenzaron por un ilegal, un bandido (más tarde, un terrorista, que es una palabra que sólo pueden aplicar desde el poder, cuando se aplica hacia el poder le llaman intervención militar para restaurar la democracia (véase Chile 73 o Irak, Siria, largo etcétera). Che Guevara, el último héroe romántico, era un fuera de la ley, pero su figura trasciende incluso la Cuba castrista. Todas las independencias y revoluciones comenzaron fuera de la ley, desde la francesa hasta la de los Estados Unidos (con lenguaje actual diríamos que Washington fue un terrorista que se alzó contra la legalidad vigente de Inglaterra). Nuestra guerra de Independencia (una de las mayores estupideces de nuestra Historia (echamos a los franceses para poner a un rey injusto y felón) era una ilegalidad, pero el pueblo era quien ordenaba.
A estas alturas quizás usted esté esperando que hable de Cataluña, del procés y sus personajes variopintos. Pero no, simplemente quería hablar de Robín Hood, piratas, indios y vaqueros. Ilegales pero justos.

viernes, 29 de marzo de 2019

¿De qué se ríen?

 J.A.Xesteira
Mientras los ocurrentes políticos nos entretienen con sus campañas y nos cabrean con sus alardes de ver quien la tiene más grande (la vanidosa autoestima, me refiero), las cosas verdaderamente importantes pasan por la parte de atrás de las noticias; los Medios las publican, pero, ante el espectáculo obsceno de la política en efervescencia, todo lo demás se apaga. Entre las noticias falsas y las noticias interesadas, entre las confecciones de listas originales en las que entran novedades sorpresivas y salen grandes clásicos (todos con servicios prestados bien remunerados) lo que de verdad debiera interesarnos pasa desapercibido: vemos el dedo que señala (y nos lo meterán en un ojo para cegarnos) y no vemos la gran luna de la vida real del país. Todos sacan de la manga figuras en las listas para maravillar al votante: toreros, fascistas de primera línea, deportistas retirados, semicorruptos, novedades de última hora, desconocidos con pedigrí en otros mundos… Todo vale. Las financiaciones restringidas ponen de manifiesto que sin dinero no hay paraiso fiscal y que los bancos son los que tienen ahora la sartén de las elecciones por el mango. Todos prometen al mismo tiempo cosas que nunca llevarán a cabo cuando estén en el poder (cualquiera de ellos, según las estimaciones estadísticas puede ser nuestro próximo presidente del Gobierno) Derogaciones de leyes para-cuando-sea-presidente, bajada de impuestos para-cuando-gobernemos-nosotros, y otras maravillas para el país. Después están las redes, en las que todos meten apoyos falsos, cuentas de personas inexistentes y falsedades que nadie filtra.
El mundo no está mucho mejor. Mientras los ingleses se complican la vida con su ser-o-no-ser europeos, el presidente de México exige que España pida perdón por el genocidio indio, lo cual sería de aceptar si el presidente mexicano fuera un indio, pero en realidad es descendiente de conquistadores; el presidente de EEUU reconoce que los judíos son los dueños del Golán y Gaza sigue siendo un gueto, con lo cual Israel repite un viejo esquema en el que una vez fue víctima y ahora es verdugo. Y siguen las guerras árabes, en las que España –o las empresas beneficiadas– ganan una auténtica fortuna con la venta de armas. Y mientras tanto el mundo sigue girando envuelto y asfixiado por toneladas de plástico.
Todo ese espectáculo, puede que de forma inconsciente, oculta al país real, el país que tiene que hacer equilibrios para llegar a fin de mes, el país que vive de la pensión del abuelo y del risga, el país que aumenta la cola del paro, bajo el peso de un ERE considerado como un arma de destruccción masiva de empleo. Los políticos que sonríen permanentemente lo ignoran, son seres que, pese a su juventud, no van a comprar al super, no hacen cola en las urgencias hospitalarias, no se buscan la vida: ya la encontraron.
El problema más grave con que nos topamos ahora mismo y que aparece en todos los Medios, perdido entre los fuegos artificiales de la campaña electoral, es el del paro. Es una constante en todas las preocupaciones estadísticas, pero parece que nadie se da cuenta de ello, al menos los políticos de las sonrisa etrusca ni lo citan ni tienen nada que ofrecer en ese terreno. El sistema métrico liberal, el Capitalismo rampante que nos gobierna, lo tiene previsto: habrá miles de parados de aquí a nada, y los que trabajen lo harán de manera obediente a las leyes dirigidas por el Capital y santificadas por el Estado.
El cambio evidente de sistema empresarial-obrero, la tecnificación y todo ese rollo macabeo que suelen contarnos es una realidad; las empresas, que vivían de producir ahora vive de mover dineros (mejor si son públicos) de un fondo a otro. Las bases estructurales del trabajo cayeron hace tiempo, sin  que nadie moviera un dedo para impedirlo: las jornadas ya no son de ocho horas, ni siquiera de seis días a la semana (los domingos también son para trabajar), las horas extra son gratis y sin contabilizar para la seguridad social, los trabajadores en prácticas (o “becarios” sin beca) que los políticos mueven como propaganda, trabajan sin sueldo y dan gracias por ello. Los obreros del mundo (¡uníos de una puñetera vez!) han pasado a ser siervos de un nuevo feudalismo. Como alternativa, el estado de las cosas promociona la conversión del antiguo menestral, el hombre que vivía de su oficio, en un empresario, un autónomo, e incluso anima a que se junten en cooperativas; pura ficción, el 75 por ciento de las cooperativas no pasa de los dos años, y el 80 por ciento de los autónomos no supera el año de vida empresarial. Pura engañifa.
Otra altrernativa en la que el Estado invierte mucho dinero, el de los profesionales universitarios con formación suficiente como para triunfar. Una alternativa fracasada; la realidad es que no hay investigación, los profesionales liberales sobran, y las ramas sanitarias o docentes ven como su espacio se reduce cada vez más, con el avance del sector privado, que pagará profesionales al peso. Queda la alternativa de la emigración, son bien recibidos en países porque los españoles les salen gratis de formación. Al respecto, hace unos días un chiste de Davila ironizaba sobre el hecho (“O meu fillo está en cuarto de diáspora”) solo que no era un chiste sino un mensaje duro y triste.
Y ahora vendrá la banca, el gran reducto de la delincuencia legal. Se preparan 70.000 despidos y el cierre de inumerables oficinas. El sistema es de una simpleza asustante: no necesitamos oficinas ni empleados, los clientes trabajan para nosotros. Así, la banca se ahorra 70.000 salarios, que le endosa al Estado, que tendrá que pagar paros y ver como se reduce la aportación al fondo de la Seguridad Social. El lema es: no quiero pagarle a este, págale tú.
En un mercado de trabajo masacrado por la temporalidad y precariedad, con una crisis europea que se avecina, con la impunidad de las grandes corporaciones y concentración de la banca camino del oligopolio absoluto, nuestros candidatos al Gobierno sonríen abiertamente pero no hablan una palabra sobre el tema. ¿De qué se reirán?

viernes, 22 de marzo de 2019

Que paren, que me bajo

J.A.Xesteira
Me había prometido a mí mismo mismamente no tocar el tema de la campaña electoral (que todavía no empezó oficialmente) y me mordía los codos por no hacerlo. Pero es inútil, con el panorama político, una selva amazónica en la que hay que abrise paso a machetazos ante la cantidad de vegetación y lianas que nacen como por encanto en cuanto un político campañero abre la boca; no es posible quedar impávido en ninguna de las tres acepciones que da la Real Academia (Impávido: libre de pavor, sereno ante el peligro, impertérrito) Pensaba quedar impertérrito y al margen del asunto que nos trae la votación del cuarto domingo de abril, casi indiferente a la oferta que me llegará por correo y me asaltará desde todos los puntos (des)informativos; me decía que la he visto muchas veces y de muchos colores, he tenido que soportar profesionalmente a tirios, troyanos y nibelungos en campaña de promoción de padres de la patria, salvadores de España, defensores de la clase obrera, vendedores de unguentos mágicos, protectores del pueblo llano-y-soberano (una chorrada eufemística que antes se decía mucho y ahora no tanto), y simples paracaidistas que pasaban por allí, se apuntaron a un cursillo por correspondencia, se metieron en un partido y allí se quedaron chupando hasta la dorada jubilación. Los había soportado a todos y con todos tuve que hacer mi trabajo periodístico durante muchos años. Así que ahora, me dije, paso del asunto y que me quedo impertérrito. Pero llegó la segunda acepción, y como la cosa se ponía peligrosa, me apunté a quedarme sereno ante el peligro, como un sherif desamparado en una película en blanco y negro; pero el peligro es real y duro, y en vez de Gary Cooper uno se convierte en Garibaldi (viejo chiste de Les Luthier). Estaba libre de pavor, pero cada palabra que soltaba un político milenial (por su generación, no por su sueldo) me producía el mismo efecto que la escena de la ducha de Psicosis cuando la vi recién estrenada.
Asomarse a un medio informativo en la fase de noticias de la política es como asomarse a una fosa séptica: todo está lleno de detritus (por decirlo a lo fino); y los propios medios no ayudan mucho, decantados al sol que mas les calienta y con la gramática en horas bajas. Aparece uno que quiere dar armas a cada español de bien (?) “en defensa propia”, al estilo Trump; otro nombra como vigilante de las corrupciones a un tipo imputado por corrupto (su padrino-primera-parte); otro ficha al exjefe de Cocacola, un tipo a la derecha de Bolsonaro que vive en Portugal para pagar menos impuestos; las izquierdas no son capaces de organizar unas listas con la gente que tienen; y cada vez que alguien abre la boca es de echarse a temblar (por ejemplo Aznar, nuestro hombre en las Azores, que afirma que alguien quiere ganar la guerra civil después del golpe de estado del 36) Todo esto sucede en democracia, un concepto cada vez menos claro, una palabra sin contenido, que lo mismo sirve para elegir gobernantes que para esto. Mientras la tropa se enzarza en decir las mayores tonterías jamás vistas en campaña (han hecho bueno a Rajoy y sus frases) todo se reduce a un concurso de ataques de unos contra otros, una especie de “como-gane-os-vais-a-enterar” y nadie explica nada, nadie nos da a entender qué va a ser de este país, destinado a convertirse en un futuro no muy lejano en un territorio lleno de camareros y señoras de la limpieza (no da para más, la ciencia y la cultura brillan por su ausencia del discurso de esta tropa de indocumentados; la sanidad y la educación son temas a extinguir en el sector público, se espera su estreno en el privado para fechas inmediatas). El país, no la patria, que eso es un concepto abstracto, se va al carajo y mientras estos tipos se dedican a desafiarse en duelos de mosqueteros. Mientras los fondos finacieros (la moderna versión del delito legal) compra todo lo que se puede comprar en las patrias de estos tipos, aquí nadie se pregunta de dónde salen los dineros para financiar partidos que ayer ni existían ni tenían cuenta corriente y hoy manejan millones como los viejos narcos: a paladas.
Las reglas democráticas, que no figuran en ninguna Constitución (a fin de cuentas, la Constitución Española es un reglamento fabricado por unos cuantos políticos) marcan un territorio y unos jugadores, y se espera de ellos juego limpio y de nosotros, el publico, un voto pensado, estudiado y reflexionado. No va a poder ser. Ni los ciudadanos entendemos nada de lo que pasa ni hay manera de reflexionar o, simplemente, mostrar simpatía por algo. Dentro de un marco democrático y de las renovaciones de los dirigentes mediante sufragio, se suponía la existencia de unas ideologías; unas ideologías de marca registrada, un sistema de creencias politicas, sociales y económicas que previamente se habían estructurado y condensado en un partido; también estaban otras ideologías, sin marca, como sistema de creencias que no estaba elaborado conscientemente como “marca política”, sino que respondiera a las necesidades e intenciones de la ciudadanía. En lugar de eso, de unas mínimas ideologías, o, simplemente, una idea, lo único que vemos en esta precampaña es una lucha de todos contra todos y la única intención que parece surgir de esta pelea de gatos es que “se-va-a-hacer-lo-que-quiero-yo”
El problema es que vamos a participar en unas elecciones como si la democracia funcionara con un mínimo de seriedad, como si se respetaran las reglas, la disputa política argumentada, la libertad de expresión, la información periodística fiable y no manipulada, y, por encima de todo, un mínimo de sentido común que debiera existir en las cabezas de los jóvenes candidatos: a cada frase aumenta el olor a mentira.
Pensaba quedar impávido, después pensé en abstenerme; al final, la costumbre adictiva me llevará a votar por imperativo moral. Como se decía en aquel viejo siglo pasado: que paren la democracia, que me apeo aquí.

viernes, 15 de marzo de 2019

Redes sociales, asociales y antisociales

 J.A.Xesteira
Mi amigo, que no es un amigo invisible de esos que te regalan una porquería del chino, y al que por respeto llamaré Agrimensor K, una persona abstraída, es decir, fuera de la masa universal de la sociedad, se lamenta de ser raro, kafkiano, diría. Se considera un asocial (Dicc. de la RAE: adj. Que no se integra o vincula al cuerpo social).
Me cuenta y cuento:
– Veras…, tengo un móvil como cualquiera, pero sólo lo uso para llamar y que me llamen, no tengo ninguna aplicación ni mando esemeeses, y cuando recibo alguno, que seguramente será del banco o de la telefónica de turno para ofrecerme créditos o programas, los borro sin leerlos. No tengo guasaps ni ando en feisbuk ni meto fotos en instagram, que por otra parte no hago con mi teléfono, ni escucho música en estrimin, no pertenezco a un grupo de abuelos del cole ni de hinchas de fútbol… Y, claro, me siento en el café con cuatro amigos y yo soy el único que mira para el aire, mientras los otros están dándole al dedo con media sonrisa babeante; no sé lo que están viendo ni me interesa, pero al momento me enseñan un chiste, una foto de un gato o cualquier parvada; y tengo que hacer un gesto de que me gusta. En realidad me importa un carajo, y ya dejé de tomar el café con mis antiguos amigos porque no tengo ganas de quedar como un tonto mirando como los otros están hipnotizados por el espejito. Fíjate que ayer, en un bar tenía a mi disposición todos los periódicos de la barra; era el unico que leía en papel, todos los demás lo hacían en los teléfonos, aunque daba igual, el noventa por ciento de lo que se publicaba en el papel venía por vía del telefonillo, eran noticias filmadas por un cualquiera en su móvil o mensajes que los políticos lanzaban al espacio en cuentas de twitter… Todo está reducido a un mundo que llaman la red social pero yo no estoy dentro de ese mundo… ¡Coño, deja ese puto telefonillo y hazme caso!
Le pedí disculpas de todo corazón y le di la razón, admití que estamos volviéndonos tontos totales y que la cosa empieza a ser preocupante, según dicen los expertos en redes sociales (Dicc. de la RAE; red social: f. Plataforma digital de comunicación global que pone en contacto a gran número de usuarios), que avisan de que ya existen adicciones y  trastornos mentales derivados del abuso de las redes sociales, sin contar los problemas económicos de las adicciones a juegos onlain que no regula ningún gobierno y que ya genera más problemas que la cocaína. Lo dicen los expertos que, paradójicamente, lo difunden a través de las redes sociales, bien en formato televisión, bien en prensa digital.
Lo digital, lo que ocurre dentro de ese pequeño rectángulo de cristal, es lo que gestiona y controla ya nuestra existencia, tanto individual como colectiva. Ya no viajamos para ver, sino para que nuestros amigos nos vean que viajamos. Hace años escribí algo acerca de la fauna humana que hacía el turista en Egipto; nadie contemplaba Abu Simbel sino que se limitaban a pedir a alguien que les hiciera la foto (hablo de la era pretelefonillo, cuando los turistas llevaban cámara) o protestaban porque pasabas por delante cuando hacían la foto (¡señora, somos 1.256 personas haciendo las putas fotos, si me paro en cada una de ellas, estamos jodidos!, les contestaba educadamente). Aquel turistaje devino en este ciberturismo. Nadie se mueve sin haber contratado antes no solo el billete de avión en el móvil, sino que se elije el hotel en función de los puntos que tenga en tripadvaisor y no se va a ningún restaurante que no esté recomentado al menos por medio millón de recomendadores. Ya no hay rincones ni fotografías inéditos; hay barrios enteros que están a punto de colocar alambradas para evitar que las manadas de turistas cuelguen en el instagram a su calle; existe ya una lista de lugares declarados paisaje invadido por el turismo, entre los que son evidentes los millones de gilipollas que se hicieron la foto aguantando la torre de Pisa.
La ingenuidad con que se fuchica en red es enorme. La cantidad de mensajes falsos que la gente traga como artículo de fe crece sin que nadie le ponga coto. Las fuerzas políticas y económicas han manipulado la información que circula y llega a los usuarios, que creen que lo que les ha mandado su amigo es veraz. El ejemplo de Venezuela es evidente, llega a contaminar, incluso, a los grandes canales de información, que dejan pasar cualquier noticia filmada, sin filtro evidente ni comprobación periodística.
Dejo a mi amigo y voy al banco donde tengo mis escasos ahorros y donde pago para que me los tengan. Un  amable empleado me explica un proceso para controlar en mi teléfono como están mis cuentas y operar desde él. Al final de la explicación le digo: “Vale…, cuando todo el mundo trabaje para el banco desde el teléfono tu ya estarás en la cola del paro”. Esboza una sonrisa de desconcierto y no me dice nada. Hacienda ya ha dado otro paso para eliminar el papel y el bolígrafo en las declaraciones de renta. Los políticos se hacen un nudo en sus partes con sus internets; los Ciudadanos hacían trampa en las primarias, los candidatos en campaña viven al servicio del me-gusta-no-me-gusta digital. ¡Y existe la pretensión de que lleguemos a votar a través del telefonillo!
Hasta la iglesia católica prefiere las redes al púlpito. El pároco de Antequera metió este mensaje en guasap: “En nombre de Cristo, ruego a los ladrones devuelvan los copones con las hostias y se arrepientan de este delito sacro”. Al principio pensé que estaba relacionado con el regreso de La Polla Records, pero no, la iglesia se pone el día, como La Polla, que canta "El sistema está muerto (…) la tecnología nos ha derrotado” Entre el párroco y los punkies, ya me he vuelto antisocial (Dicc. de la RAE: 1. adj. Contrario al orden social.)

viernes, 8 de marzo de 2019

En cuaresma

J.A.Xesteira
Pasó el 8-M. Todos apoyaron a todas, todos se hicieron feministas por un día, todos vieron como todas salían a la calle a reivindicar lo mismo que se reivindicaba hace cuarenta y tantos años. Buenos, todas, no, sólo las de toda la vida, no todas las mujeres son feministas, aunque todas lo afirmen; si así fuera habría claras contradicciones entre lo que se supone que es el feminismo (y que tiene unas cuantos derechos muy simples que exigir) y lo que muchas políticas (mujeres políticas) afirman que es “su” feminismo, un eufemismo para no contradecir los principios básicos de varios partidos políticos, fundados todos, no lo olvidemos, por hombres con mando en plaza y pretensiones de llegar al Poder, un lugar donde nunca estuvo una mujer y sólo en los últimos tiempos encontramos mujeres en los círculos más altos (por ahora no habrá reina ni presidenta), un poco por parecer modernos, otro poco por el empuje de la mujer en la sociedad y otro poco por ganarse un voto necesario de la cesta de los votos marginales; en otro tiempo esa cesta estaba llena de los votos de mujeres, homosexuales –hoy LGTBI–, ancianos, inmigrantes y otras minorías menores; hoy esa cesta ya no es un lugar donde meter la mano, aquellas marginalidades son ahora una base de votos que no se pueden perder, y por eso el pasado 8-M hemos visto a los grandes líderes y pequeños lideritos hacerse feministas por un día: todos mienten, están en campaña y la del feminismo es una de las mentiras de la larga lista de todo lo que tendrán que mentir en estos dos meses de largo recorrido hacia las urnas; posiblemente el resto del año tendrán que contentar a otras cestas de votos, principalmente a la de las grandes financieras que son, en el fondo, las que cortan un bacalao antiguo. El 8-M pasó y las mujeres (y hombres) que lo reivindican saben que el resto del año tienen que seguir a pie de obra, porque después de las fiestas la gente se olvida. Pasó el día, pasó la romería. Un día para celebrar cualquier cosa y una cuaresma para padecer la realidad.
Con la Cuaresma también entró la borrasca y se llevó las alergias. Y llovió un poco para que no lo olvidemos. También pasó el Carnaval, la fiesta de los locos que antes era una cosa popular, prohibida durante el franquismo (la iglesia católica tenía el poder y la gloria de prohibir lo que le diera la gana, por algo tenía al dueño de toda España bajo un palio sonrosado de la luz crepuscular –disculpen el toque de bolero rancio–). El viejo carnaval se ha convertido en un desfile de espectáculo y carroza en las calles, un carnaval para contemplar en lugar del viejo carnaval para participar. El espectáculo ganó en pompa, pero perdió la vieja espontaneidad que se guarda en los pueblos y aldeas (aunque filtradas ya por la declaración de interés turístico). Los politicos también se apuntan al carnaval (y no vale el chiste fácil) y presumen de grandes desfiles, pero, que le quieren, echo de menos a las viejas mascaritas de rúa, los merdeiros que se tapaban con cuaquer ropa vieja para ser otra cosa distinta de la realidad diaria.
El miércoles de ceniza clausuró la locura alegre y trajo la seriedad aburrida. La cuaresma; cuarenta días de penitencia y reflexión sin comer carne ni caldo de carne hasta la semana santa. Claro que eso si usted es católico y estrictamente observante de su doctrina; en el caso contrario, la cuaresma no es más que una anotación sin importancia, y la semana santa unas vacaciones para acabar el invierno, que vienen muy bien a todos: dejémonos de tristezas, que no hemos venido a esta vida para sufrir. Pasaron los carnavales pero los políticos mantienen el ritmo frenético en unos pseudomítines concebidos para las televisiones y para colgar en red; el nivel de mendacidad es increible, aunque la gente votadora, paradójicamente, se lo cree. La cantidad de afirmaciones sin fundamento, claramente falsas que hacen circular, desde las televisiones encadenadas hasta los grupos de adictos al “feisbuk” o “guasaps”, aumenta cada día en proporciones mastodónticas. Y eso que todavía no estamos oficialmente en campaña. Parece como si el libertinaje carnavalero se trasladara a la cuaresma triste y convirtieran el tiempo de penitencia en una orgía de promesas electorales y de acusaciones insultantes a “esos”: los rivales.
Después de ver a los principales líderes acusar con una sonrisa juvenil de joven-promesa-con-mucho-futuro a los de enfrente (jovenes y promesas del mismo calibre) uno queda perplejo. ¿Merecíamos esto? ¿qué hicimos para ello? Si nos dedicáramos a la reflexión cuaresmal y volviéramos al catecismo del padre Astete, lo entenderíamos; fueron nuestros propios pecados políticos, sociales y económicos los que han creado a estos personajes, y por lo tanto, una semana antes de las jornada electoral, la semana de pasión y muerte, deberíamos marchar todos los votantes con un cirio en la mano haciendo examen de conciencia, contricción de corazón, propósito de la enmienda (a la totalidad) y cumplir después la penitencia, que nos va a durar cuatro años si no hay por medio una moción de censura, unos pactos más aliñados o unas elecciones anticipadas. Porque la democracia, que conocíamos como la elección de la minoría gobernante, se ha convertido en un tejemaneje de chamarileros.
Tenemos una dura cuaresma por delante en la que los ritos católicos y los ritos electorales se han perdido. La cuaresma es un carnaval moderno, donde los ciudadanos votantes, en lugar de participar de la fiesta de la democracia, vestidos de máscarita-me-conoces, nos dedicamos a ver pasar las carrozas de los lujosos politicos, vestidos con los mejores disfraces de demócrata-liberal-de-centro, todos un poco piratas, llegado el día de la mujer todos se visten de destrozona por un día, en la semana santa todos salen en procesión y el día de las elecciones todos sonreirán como aquel viejo anuncio del netol. Los ciudadanos, simplemente veremos la banda pasar cantando coplas de amor. Seguiremos como putas en cuaresma (ver diccionario de la RAE).