viernes, 21 de septiembre de 2018

Los grandes inventos del tebeo

J.A.Xesteira

Antes de la era digital, mucho antes, quizás en la prehistoria de las plumas estilográficas, había unos tebeos que se llamaban TBO (de ahí les vino el nombre a todos los tebeos) en los que, entre personajes que pasaron a la historia de España, había una sección infantil que se llamaba “Los grandes inventos del TBO, por el profesor Franz de Copenhage”. Eran unos inventos humorísticos que no servían para nada y siempre ocupaban grandes maquinarias en obtener resultados mínimos. Aquello dio título a todos los inventos inútiles que consumen grandes energías y estructuras para obtener poca cosa. Pero eso pasaba en la era de antes del bolígrafo, porque en la era digital los que hacemos la Historia de España (la de verdad, la que hacemos cada día los ciudadanos contributivos y no los grandes generales de las guerras que nunca ganamos y de los reyes que siempre hemos soportado) contemplamos –y pagamos– grandes inventos del tebeo que siguen sin servir para nada, pero que, sin saberlo, sospechamos que están forrando a alguien (o “alguienes”) simplemente por el sistema de hacer una ley que obligue al uso del gran invento del tebeo.
Todos recordamos aquella gran película de Berlanga titulada “La Escopeta Nacional”.Nos contaba como un fabricante de porteros automáticos, interpretado por el gran Sazatornil, pagaba una cacería para poder hacerle una propuesta al ministro de Industria: declarar obligatorios por ley los porteros automáticos. El industrial se forraba, el ministro (y su partido) se forraban, y toda España estaría invadida por ley de porteros automáticos. En la película, la cosa era  cómica, pero en la realidad, pueden cambiar los porteros de Saza por otras muchas cosas de uso obligatorio que hace rica a una industria y, sospechamos, a todos los personajes afiliados al “que-hay-de-lo-mío”, y que hacen leyes a mayor beneficio del lado oscuro de la política, y en el que suponemos deben estar metidos muchos de los que usted y yo podemos suponer. Imaginemos, por ejemplo disparatado, que se aprueba una ley que obliga a todos los ciudadanos a usar un sombrero verde fosforito y nos venden el invento como que es una cosa buena para nuestra seguridad, porque así no nos da el sol en la cabeza y nos distinguen a lo lejos. Al momento sospechamos que aquí se forran los fabricantes de sombreros verdes y los que hacen las leyes.
Como una cosa lleva a la otra, ¿quien inventó los máster obligatorios, caros e inútiles? Probablemente los mismos que inventaron y se sacaron una ley obligando a ponernos un cinturón de seguridad en los coches, a usar bombillas de bajo consumo, a pasar los vehículos por las ITV, a llevar a los niños sentados en el coche en una silla “homologada”, y, ahora mismo, a renegar del diésel, un combustible que hasta ayer por la tarde era barato, beneficioso y útil, y que mañana por la mañana será altamente pernicioso por ley. Son grandes inventos amparados por leyes que hacen ricos a los fabricantes de los inventos y a los fabricantes de las leyes, más los poderes ocultos, que manejan unos hilos invisibles que suponemos que mueven a los muñecos.
El coche siempre fue objeto de leyes “para nuestra mayor seguridad”. Primero fueron los cinturones obligatorios y la vigilancia de radares y demás artefactos, después vinieron las sillas de los niños en la parte de atrás (cada niño “consume” tres sillas: la de sus papás y las dos de los abuelos, paterno y materno); los coches se iban llenando de inventos obligatorios por ley y multables por ley; el diésel era un combustible más barato. Todo era por nuestro confort y seguridad. Pero todo es una verdad, cuando menos, cuestionable; no hay menos muertos en las carreteras por el cinturón y por las sillas, y el diésel empezó a ser contaminante cuando los amos del petróleo derivaron sus ganancias hacia otros intereses. Las multas son las mismas. Ahora reinventan las ITV, unas oficinas controladores de cosas que perfectamente podrían hacer cualquier taller mecánico homologado, pero que, al centralizarlo por ley, pueden manejarse mejor (recordemos el asunto de Pujol hijo y las concesiones de ITV, el poder siempre inventa)
Nos vendieron el invento de las bombillas de bajo consumo, más sanas, baratas, duraban más y consumían menos. Después vinieron las halógenas con otros argumentos. Ahora estamos en las bombillas led, pero nuestro recibo de la luz crece sin parar. Y en el país del sol y el viento seguimos consumiendo energía fósil, carbón y petróleo y nuclear. Por ley.
Y ahora estalla el gran invento de los máster. Los que fuimos universitarios del Mayo del 68 lo teníamos claro: se acaba una carrera, se licencia uno y ya está. Pero un buen día aparece un fabricante de porteros automáticos y dice: ¿por qué no metemos por ley la obligación de que cada alumno realice un máster? Dicho y hecho. Amparadas por la ley aparecen al instante empresas de dudoso academicismo para vender unos títulos carísimos e inútiles a la medida. Y los estudiantes que antes acababan con un título universitario se creen la mentira de que necesitan además un máster para encontrar un empleo de mierda en el que el único requisito es aceptar un salario de mierda. Vendieron el burro ciego de que el posgrado en forma de máster era importante para especializarse y sustituyeron el antiguo CAP gratuito por un caro máster para presentarse a unas oposiciones iguales a las de toda la vida. El gran negocio de los máster, que las universidades privadas manejan con la impunidad semidelincuente del que tiene la ley agarrada por sus partes, se acaba de revelar como un dispensador de titulos a la carta, un chamarileo de asignaturas amparado por una ley hecha (a lo que se ve) para estafar al alumnao cada vez más atontado por los títulos y los curriculum. A no ser que seas político audaz; en ese caso se te conceden los máster que haga falta para embellecer tu perfil en las redes sociales. A fin de cuentas, ¿que es un politico actual? Un perfil en la red, nunca una imagen de frente.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Cosas que pasan y pasaban

J.A.Xesteira

Siempre suceden cosas que antes no pasaban. Y suceden otras que siempre pasan de la misma manera. Para los que contemplamos el espectáculo tragicómico, a veces esperpéntico y a veces circense, del mundo, desde la altura que nos da el tener líderes políticos de la generación de nuestros hijos, podemos hacer repaso. Hay cosas que antes no pasaban, como el hecho de tener dos reyes subvencionados sin rentabilidad conocida (con uno, caso de necesitarlo, ya era suficiente), la degradación del mundo natural por culpa de nuestra propia estupidez (se veía venir) o una serie de pequeñas pero importantes novedades de la vida: alquilar pisos en plan subasta, a la nómina más alta o al que presente contrato de trabajo más sólido (al final los pisos sólo podrán ser alquilados por turistas de paises ricos y por los ricos de países pobres, el resto podrá vivir en barracones o viviendas-nicho); preocuparse por los inmigrantes que nos vienen del sur y no preocuparnos por los emigrantes que enviamos al resto del mundo después de gastarnos en ellos mucho dinero para que vayan por la vida con un título de dóctor debajo del brazo; sobre todo hay una cosa que antes no pasaba, y es la apatía estúpida de conformarnos con lo que hay, la contemplación de una política de sinsentidos, amparada por trabajadores resignados y sindicatos pancistas. Mientras, suceden cosas, los dos partidos grandes juegan a ver quien es más guay; el PSOE, que un tiempo fue izquierda marxista, se mete en jardines imprevistos y le aparecen másters envenenados de la Juan Carlos I, la universidad que tiene un nombre adecuado para estos menesteres de ventas de honores y títulos, como la monarquía: en su nombre te pueden hacer duque o dóctor en políticas. El Gobierno va perdiendo personal por el camino, y el PP, que siente en la nuca el aliento del agente naranja de Rivera, adopta una línea estalinista: suprime de las fotos a los caídos en la purga, Santamaría y Cospedal son borradas de la escena para mayor gloria de Casado, un joven cuyo nivel no pasa del twitter. Y el resto puede contemplar como la extrema derecha es el fantasma que recorre Europa y crece para ocupar el vacío que dejó un día la izquierda progresista; y aquí la esperan de un día para otro para restaurar la momia del Valle de los Caídos (sería mejor dejarla allí, usar la Gran Cripta como desván y llevar, de paso, algunas antiguallas inservibles más: el Senado, sin ir más lejos).
Vuelven a pasar cosas que ya pasaban. Vuelven los reyes Felipe y Leticia a llevar sus niñas al cole (con lo cual les queda una aparición protocolaria menos, un trabajo menos, también) y vuelve algún periódico a recordar aquel 11-S de las torres gemelas, y vuelven todos los periódicos a olvidar aquel otro 11 de Setiembre (45 años hace) en que el presidente de Chile, Salvador Allende, fue asesinado, junto con miles de personas, en un golpe de estado organizado por Estados Unidos y los militares chilenos. Pasan cosas nuevas, como que de repente descubrimos que les vendíamos armas a Arabia Saudita para matar a los infelices que no pueden escapar en una patera. Y se monta otro follón, porque los árabes, que disfrutan de Marbella y llaman primo al rey emérito, encargan un paquete de fragatas con bombas contra civiles. Es una oferta que nadie puede rechazar, porque Navantia, una empresa pública, podía quedarse sin el encargo, los árabes son así: queremos bombas y barcos. Y los obreros de Cádiz dicen que ellos quieren trabajo (los obreros que fabricaron las bombas no dicen nada); incluso el alcalde de Cádiz, de Podemos, Kichi, se pone en plan “Armas o comida”, que es el mismo argumento que utilizan los narcotraficantes del Campo de Gibraltar, un fin que justifica cualquier medio. Al final, el Gobierno se viste de defensor del libre comercio y mantiene la venta de armas y barcos, total son para matar inmigantes en su origen y resolver un problema antes de que se produzca. Son cosas que antes no pasaban y el Ministerio de la Guerra nos recuerda que su utilidad es fabricar y vender material bélico.
Y en esto estamos cuando el rey Felipe cumple con otro de los trabajos fijos que tiene cada año: presidir la apertura del año judicial. Y bajo su seria mirada, jueces y fiscales arremeten contra el independentismo catalán mientras enarbolan la Constitución como si fuera inspirada por Jehová en el Sinaí y no por unos cuantos políticos de la Transición que tuvieron que tragarse varios sapos para que colase un texto. No es nada nuevo, es una de las cosas que pasa siempre la de recurrir a la Constitución y su poder curativo. En este acto togado, de personajes vestidos como viejos magos de la tribu, se dijo que la Constitución es la ley y la ley está por encima de todos. Y está bien dicho, pero no es cierto. Cuando se aprobó aquella Constitución se aprobaron unas reglas de juego que se sabia que no podían ser definitivas, se nos vendió con un mal necesario, y en realidad no era más que una lista de deseos. ¿Todos los españoles somos iguales? Si, pero como en la granja del libro de Orwell, unos son más iguales que otros, y el rey, además es inviolable y puede hacer lo que le de la gana. ¿Se garantiza la libertad de pensamieno y de expresión? Si, menos para, por ejemplo, los militares, que siguen fieles en su viejo discurso: les pagan para no pensar, y si alguien (pienso en mi amigo, el cabo Marcos, con expediente disciplinario por expresar opiniones) se le ocurre decir lo que piensa, no hay Constitución que lo ampare. ¿Tenemos derecho a una vivienda digna, a un puesto de trabajo, a un salario razonable…? Hombre, la cosa sería de risa si no fuera en serio. La Constitución fue una cosa que pasó hace años. Ya es hora de cambiarla, después de cuarenta años de uso, abuso y con la obsolescencia programada. Como una lavadora vieja. Pero nadie se atreve a hacerlo

viernes, 7 de septiembre de 2018

Las "P" y puntos suspensivos

J.A.Xesteira

La primera palabra que un niño español busca en el diccionario suele ser la palabra “puta” y el resultado siempre es el mismo: ver “ramera”; una vez visto “ramera” sabemos que es una mujer que hace negocio con su cuerpo, con lo cual todos los niños españoles nos quedábamos siempre como estábamos y ello demuestra que los diccionarios españoles no están hechos para niños (y si vemos y oímos lo que se lee y escucha por ahí, los diccionarios  son onjetos en desuso, elementos ajenos a los Medios y al ciudadano que cada vez escriben y hablan peor). En un viaje por Italia, uno de mis nietos, niño de primaria, me pidió un pequeño diccionario italiano-español para hablar con unas niñas con las que jugaba; la primera palabra que las niñas italianas quisieron ver era como se decía “puttana” en español, con lo que queda demostrado que en el principio del verbo es lo mismo en todo el mundo. Es una palabra variable, polivalente y útil, al tiempo que considerada de mala educación, sustituida por eufemismos surtidos –meretriz, ramera, chica de alterne, fulana, cortesana, mujer de vida fácil (?), y una colección de localismos que engrandecen el concepto– Lo mismo sirve para un insulto (con admiraciones) que para una alabanza (de puta madre) o un lamento (de puta pena) por no entrar en el terreno de los “hijos de…”.
Todo este preámbulo sobre la dichosa palabra (que se debe usar en su esencia, es más precisa y sonora) que puede parecer una ordinariez pero que conviene sacar a relucir, limpiarla, fijarla y darle el esplendor que le dio aquel famoso académico de Iria Flavia, viene a cuento por el último de los temas con los que se se hacen un lío en sus partes pudendas los partidos del espectro político: la posible legalización de la actividad de las prostitutas en la Marca España, el siguiente desmentido gubernamental (con dimisión incluida) y la reviravuelta de una extraña unión de la pureza política (¡bendita sea su pureza, y eternamente lo sea!) de los partidos más morales de la patria, PP y PSOE, que quieren nada menos que abolir la prostitución. Vano intento. La autodenominada izquierda múltiple se lo está pensando, y los Ciudadanos de Rivera están por la regulación. Todo eso son palabras e intenciones de cara a los titulares de primera página, porque en realidad, no saben que hacer con ese tema, lo desconocen (aprendieron sus cosas en estadísticas de máster y aplicaciones de internet) y hablan un poco de oídas.
El tema me lo encuentro cuando (¡oh, casualidad!) leo un estupendo libro-reportaje del periodista francés de principios del siglo pasado Robert Londres sobre la prostitución y trata de blancas (francesas) en Buenos Aires. La distancia en el tiempo da otro sentido a la cuestión de la prostitución organizada hace cien años en contraste con la actual, pero el fondo de la materia es el mismo y sobre eso hay mucho escrito y no vamos a entrar en ese debate, por otra parte largo, inútil y de difícil resolución. Pero si convendría entrar en la materia, aunque no de manera tan rimbombante como los politicos, procurando evitar los chistes fáciles en los que usted y yo estamos pensando, y hacer un recordatorio como simple nota histórica a los políticos que, de repente, se meten en un problema eterno con intenciones de solucionarlo. Como estos días la banda derecha de los partidos sacó a relucir la Transición como modelo de confraternización, y como ninguno de ellos (a excepción de Pedro Sánchez que era en aquel entonces un niño de guardería) había nacido cuando transitamos de Franco a la Democracia, convendría hacer memoria.
Los que trabajabamos en la prensa escrita y radiada del final del franquismo (la televisada era un binomio nacional) en aquellos tiempos pre-ordenadores, vivíamos en la noche, en la que solíamos juntarnos los oficios de las cuatro “P”: periodistas, putas, policías y panaderos. Para los de esta generación con mando en gobiernos, cabe recordar que en aquella coexistencia nocturna contaba con la frecuente visita de algún padre de la patria conocido (¡nada de nombres, por favor!) a un establecimiento de una conocida madame; los políticos (otra “p”) comenzaron a hacer acto de presencia en la Transición, porque antes no existían eran, simplemente, “del régimen”. Con la democracia, esos políticos también se juntaron en la noche en los bares de alterne, llamados “Pubs” (otra “p”) e incluso un conocido empresario de la noche rizó el rizo de pasar del abrigo azul cruzado y maletín de documentos de un partido con mando a regentar un local de fama en el que, para más rizo, tenía su sede una fundación que presidía de honor la hermana de un dictador. La vida de la Transición no fue modélica ni los políticos lo eran; podían estar de noche en juergas de puticlub, de mañana presidir una reunión para consolidar la democracia y por la tarde presidir una misa episcopal. De la misma manera, los políticos y todo el aparato legislativo, judicial y ejecutivo pasaron de ser franquistas a ser demócratas de toda la vida, el resto de las “p” quedamos como estábamos o peor; los periodistas pasamos a ser lo que ahora somos (sin comentarios), los polícias cambiaron el color del uniforme, los panaderos hacen ahora pan de autor, y las putas, que no se metían con nadie, son ahora objeto de debate políticamente correcto y defensor de su dignidad y sus derechos. En ese tema no caben frivolidades ni chistes, y mucho menos que los cuatro muchachos que mandan en España (en forma de gobierno y de oposición) de repente quieran abolir la prostitución; bastaría, por el momento, con que aplicasen las leyes penales sobre lo que es y no es delito. Sospecho que no será más que un tema pasajero que quedará en nada, como casi todo. Pero creo que debiera haber un poco más de respeto y abordar esa historia con seriedad, abriendo un debate no entre las fuerzas políticas, sino entre las fuerzas sociales, expertos, científicos y, sobre todo, escuchando la voz de las verdaderamente atrapadas en el tema: Ellas.

viernes, 31 de agosto de 2018

M. Hulot y el pito del sereno

J.A.Xesteira

Estamos a pocos días de que comience el otoño caliente. Antes se le llamaba así porque era cuando empezaban las reivindicaciones laborales, ahora se le llama así porque lo que impera es el clima, la parte de los informativos con mayor repercusión, el espacio noticiario más trascendental, con más expertos informando; el resto de la información no es más que un corta-pega, mal escrito y redactado (en la prensa escrita) y mal hablado y explicado (en la radiada o televisada) Lo que manda es el tiempo climático, con sus alertas rojas o azules, por tormentas, granizo o calores saharianos. Parece como si nunca antes hubiera hecho calor o frío y ahora fuera necesario contarlo con pelos y señales hasta la sensación térmica y las entrevistas a pie de calle. El otoño que viene puede ser caliente porque el planeta se está calentando, aunque por momentos descargue una granizada como pelotas de rugby sobre las fresas o los tomates de algún sitio y se produzcan riadas que se filman con teléfonos para que salgan en la tele. El cambio climático está ahi y la contaminación atmosférica, de las aguas y las tierras, también. Pero la tropa de personajes incompetentes que gobierna el mundo, de un extremo a otro (me refiero de un extremo político al otro) no parece hacer caso a la que se nos viene encima. Estamos en un momento demasiado peligroso para que los indocumentados ignorantes e incultos que gobiernan los destinos del mundo (aplaudidos por la tropa de indocumentados e ignorantes que les votamos como si fueran unos mesías parroquiales) lo ignora y, además, metidos en la soberbia del ignorante, lo desprecia. Los poderes detrás del Poder lo saben, y los lobbies (se llaman así para disfrazar su verdadero nombre: organizaciones económico-delincuentes) también. Unos y otros saben que su tiempo es corto y los que vienen detrás tendrán que apandar con lo que les toque, que no será nada agradable. Sabemos, lo vemos y lo padecemos: el plástico invade todo lo que era bello y sano (cobrar por la bolsita del super no es más que una coña) y las botellas y envases lo llenan todo, desde las tripas de los peces hasta el fondo marino; los glaciares y los casquetes polares se derriten y el desierto africano ya ha reservado terrenos cerca del Padornelo. Seguramente cualquier político dirá que esto que digo es catastrofista, y tiene razón, la que se avecina al mundo de nuestros nietos es una catástrofe, cocinada para mayor beneficio de las grandes multinacionales del petróleo y otras empresa contaminantes del aire, el agua y la tierra.
Pero los gobernantes son fáciles de convencer, porque viven en un mundo en el que sólo tienen que estar, nunca tienen que ser, que son conceptos diferentes. Por eso, de entre toda la maraña noticiera de estos días (a veces hay que leer la prensa con desbrozadora) la noticia de que el ministro de Ecología de Francia, Nicolas Hulot, haya dimitido sin avisar siquiera a su señorito, me parece una noticia importante, digna de destacar. Primero, porque tomó una decisión personal y no le avisó a su presidente de ello, lo cual debiera hacer pensar (si es capaz) a Macron, que no merece ni el detalle de avisarle. Y segundo, porque en un mundo en el que nadie dimite (en la misma página de la dimisión venía la noticia de que el PP desincrustaba de la Diputación del Congreso, donde llevaba 30 años a Celia Villalobos, parlamentaria más famosa por su mala educación que por haber prestado algún servicio al país) una dimisión de un ministro por sus convicciones y por vergüenza torera, siempre es digna de aplauso.
Además del gesto, Hulot ya me cae bien solo por su nombre. Monsieur Hulot era aquel personaje creado por el cineasta francés Jacques Tati, un hombre que vivió para el cine y creó bellas historias en las que hacía una crítica del mundo en que vivía porque no lo entendía, era un desclasado, un raro. (Recomendaría vivamente que alguna televisión repusiera un ciclo del cine de Tati y su personaje M.Hulot, pero creo que las televisiones están más ocupadas en sacarse las mierdecillas del ombligo que en hacer periodismo) Este otro M.Hulot nos acaba de lanzar un mensaje no sólo a los franceses sino a todo el mundo. Hulot ministro dimite, afirma textualmente, porque está desencantado por su incapacidad personal, pero sobre todo de la sociedad en su conjunto, para cambiar el modelo dominante liberal que está destruyendo el medio ambiente. En otras palabras, que una cosa es lo que anuncian pomposamente los políticos en sus grandes declaraciones y firmas de tratados de París, Río o cualquier otra cumbre, y otra cosa es la que hacen después para gloria y beneficio de ese “modelo liberal”, que no es otra cosa que el Capitalismo impuro y duro que controla el control. Es decir y añadir, que nos anuncian grandes proyectos para frenar los gases invernadero, salvar los océanos, frenar el desierto, reducir el uso de combustibles sólidos y derivados del petróleo, a sabiendas de que es una pura mentira dicha con la mayor impunidad. A Monsieur Hulot (y a la sociedad en su conjunto, como él bien señaló) nos toman por el pito del sereno. Y lo peor es que, con todas las señales a la vista, con el clima cada vez más jodido (perdón por la expresión, pero es la que le cuadra) seguimos confiando en los Macron del Mundo y dejamos que el señor Hulot sea un tipo raro. Seguramente será porque no prestamos atención al sentido común y nos perdemos en discutir estupideces políticas mientras el mundo y la sociedad se nos va deshaciendo entre los dedos; mientras nos vamos a la mierda (literalmente el mundo camina hacia ese destino) seguimos discutiendo de política y poniendo y quitando trapos amarillos, mientras la sanidad española, la mejor del mundo hasta ayer por la tarde, camina hacia la privatización más descarada, y la educación y la cultura han desaparecido sin combate. Nos toman por el pito del sereno. Y lo sabemos. Y lo merecemos.

viernes, 24 de agosto de 2018

Gente de allá para acá

JA.Xesteira
El turismo era un gran invento en los años 60, atribuido a Manuel Fraga y su equipo de inventores de la frase “España es diferente”, que con el tiempo pasó de ser eslogan publicitario a declaración de intenciones y sentencia social. Los turistas de aquellos años fraguianos levantaban la balanza de pagos, y se vendía como la mayor aportación económica al Estado (en el que Fraga era ministro y Franco dictador generalísimo, que es el superlativo del poder). España era tan diferente que vivía del turismo, dado que nuestra industria era escasa, nuestra aportación a la ciencia, nula, y nuestras exportaciones se reducían a los productos de huerta. Eso si, mandábamos mano de obra a la Europa creciente e industrial y, a cambio recibíamos turistas rubias y en bikini que, según el folklorismo espeso se morían por el macho ibérico, feo, católico y poco sentimental. El turismo fue creciendo y evolucionando, el tiempo pasó y seguimos presumiendo de cifras de visitantes y beneficios económicos. Y así hemos llegado a la España de ahora, que sigue siendo diferente, a la que llegan cada vez más turistas y a la vez, más huidos de los países en conflicto, a los que llamamos eufemisticamente inmigrantes, una vez que los españoles ahora sólo emigramos con un título de doctor debajo del brazo (la ciencia española sigue al mismo nivel de aquel gobierno en el que Fraga era ministro).
Los fenómenos más destacables del turismo de ahora son el peregrinaje a Compostela y la masificación, uno, producido por un fenómeno de contagio que merecería un estudio socio-psicológico, y el otro, producto de la facilidad de movimiento de personas en busca del ocio.
El camino a Compostela comienza en Declathon y acaba en el parque temático del Obradoiro. Es un gran negocio para las dos empresas que gestionan ropa de caminar y el apóstol, pero también para los negociantes a lo largo de caminos inventados para llegar a un lugar inventado por un espabilado arzobispo medieval, que abrió rutas al comercio de Europa y, sin pensarlo, trajo la cultura de Europa hasta este culo del mundo. El parque temático creado por Gelmírez (a imitación y en competencia con el de Roma) se basa en la fantasía del sepulcro milagroso de un palestino decapitado en el Siglo I y que aparece siglos después en Galicia. Sin comentarios, más que nada por no ofender a los que creen en muertos cuya antigüedad puede calcularse con un simple análisis y el sentido común.
Los peregrinos llegan a Compostela siguiendo el camino trazado, no en las estrellas, sino en una aplicación de su teléfono. Caminan por caminos de tierra y cruzan las carreteras en los sitios más peligrosos, siempre atentos a lo que les dice su brújula digital que les guía hacia un sitio donde le ponen un sello en un papel. Con eso se sienten realizados. Es un turismo uniformado en las tiendas del ramo; son gente de buen rollo, que se para a ver el paisaje desde un selfie y que ha dado lugar a la proliferación de albergues y menús del peregrino por todas partes. Por supuesto la inmensa mayoría no trae más fe en el Apóstol que la que pueda llevar a un niño a Disneyland.
El otro turismo, el masificado, se reparte por zonas de moda variable; en las islas y en la España del calor, donde lo inventaron Fraga y Alfredo Landa. Es un turismo de muy mal rollo, generalmente con tendencias a la borrachera, la paella y la colonización. La inmensa mayoría viene –lógico– de la Europa en la que es de noche a la hora de la siesta. Ingleses y alemanes son los abanderados de la causa, aunque últimamente se dan casos extraños entre los británicos: se caen de los balcones y protestan (como la inglesa de hace unos días) porque en España hay españoles.
Pero el turismo, ya no el de la diferente España sino el de todo el mundo, se ha convertido en un problema. Si antes era una gallina de huevos de oro, ahora la gallina está a punto de morir en su gallinero. La facilidad y los precios han movido a enormes muchedumbres hacia los lugares del sol y la fotografía fácil. Venecia, Oporto, Mallorca y todo lo que quiera añadir, no pueden con todos los turistas que les han caído, y que antes eran una bendición, pero ahora es un quebradero de cabeza. Porque el turista gasta su dinero en comer, beber y alojarse, pero además, “descome” y “desbebe”, y una ciudad con una red de saneamiento y depuración para, pongamos, un millón de personas, puede encontrasrse con el doble de población a consumir agua del grifo, un bien cada vez más escaso, y a colapsar los servicios municipales de una ciudad. El turismo trae dinero y basura, a partes iguales (el ser humano es el único animal capaz de producir basura hasta aniquilarse). Ciudades de escasa capacidad reciben a miles de extranjeros que ya producen más problemas que beneficios (viviendas a precios abusivos, masificacion de servicios y desaparición del pulpo) y convierten a la sociedad en servidores de hostelería. En breve asistiremos al colapso del turismo y se tendrán que dictar leyes restrictivas para los visitantes. El turismo de Fraga morirá de su propio éxito.
El otro factor de movimiento de seres humanos, la mal llamada inmigración, un hecho más frecuente a lo largo de la Historia de lo que parece, es la otra cara del movimiento de masas; a fin de cuenta es lo mismo, aunque los llamados inmigrantes tienen voluntad de permanencia. Pero, a la larga serán mucho más beneficiosos. Tengamos en cuenta de que nuestra población envejece sin medida, y tengamos en cuenta de que una vez fuimos emigrantes y construimos países (Alemania y Francia fue construída por los pobres del sur, por mucho que presuman teutones y galos); toda América se hizo con emigrantes (incluido el emigrante Trump y su emigrante esposa). A la larga serán ellos, los que recogemos en el mar, los que construyan este país, a poco que les dejen un sitio al sol.

viernes, 17 de agosto de 2018

Reflexioners charangueras

JA.Xesteira
Los caminos de la mente son impredecibles, como los atajos de los peregrinos que acaban a veces en corredoiras imprevistas. Pensamos en churrasco y acabamos en el existencialismo más profundo, por poner casos. La divagación: estaba yo paseando por la Pontevedra de siempre cuando aparece desde el fondo de las viejas calles una charanga (como en la canción aquella de Juan Pardo); en la plaza por donde pasaba había gente en una terraza y poca cosa más; la charanga, que se llamaba OT, se instaló en rueda sonora y comenzó a tocar pequeñas piezas, conocidas, nuevas y viejas, con un característico ritmo balcánico que invitaba a moverse al compás; al rato la plaza era un  hervidero de gente bailando y siguiendo el ritmo contagioso de los chavales charangueros; de repente, la plaza estaba viva al son de los metales y la percusión; había alegría y había algo que muchas veces dejamos a un lado cuando nos ponemos trascendentales: fiesta. No era la primera vez que me encontraba con una charanga en las calles y plazas de la villa; hace unos domingos tocaba una famosa charanga, la Taquicardia, en la que tengo varios amigos, músicos interesantes, famosos en Youtube por acompañar una procesión en Lugo a los sones (procesionales, eso si) del himno anarquista “¡A las barricadas!” y la música de la serie de televisión El Coche Fantástico. Me sentía a gusto viendo aquella fiesta improvisada y viva, y, de pronto (una cosa me lleva a la otra) me hice la reflexión del contraste con las fiesta del santo del pueblo y la aldea, convertidas en un espectáculo para apapahostiados contemplando un número entre el peor show televisivo (ejemplos enxebres los tenemos a mano) y un circo sin gracia. Y ahí me paré a pensar: ¿en que momento de nuestra historia la fiesta pasó de ser una fiesta, para convertirse en un espectáculo para pasmados?.
Hagamos una minihistoria. La fiesta o romería surge en torno a dos cosas: el santo patrono (o la virgen patrona) y la papatoria; la procesión y la comida; el fervor casi fetichista a una imagen y el fervor evidente a los derivados del cerdo y productos de la mar. Con esos ingredientges debió surgir en un primer momento la música de unos gaiteiros en tiempos en que la música era para bailar. La evolución debió pasar por ampliar la base de gaita-bombo-tamboril a murga y de ahí a charanga, para acabar, a principios y mediados del siglo pasado en una orquesta con metales que poco a poco iba creciendo. Cabría hacer una parada para significar la importancia de las orquestas gallegas del último medio siglo, un compendio de instrumentistas (veinte profesores, anunciaban) que se adelantaban a su tiempo con músicas tropicales que después descubrieron los catalanes y le llamaron salsa. Pero esa es otras historia sin memoria. La tecnología fue el motivo del cambio; desde los altavoces de lata atados a los postes y un par de micrófonos para el vocalista y su dúo, hasta las grandes mesas de mezclas y las toneladas de wattios de potencia, hubo un camino muy breve. Por ahí entraron los instrumentos eléctricos y las orquestas se redujeron, se hacía el mismo barullo bailable y eran menos a repartir. Las fiestas llamadas populares dejaron paso a unos espectáculos en el que se rivalizaba en ver quien tenía el trailer más grande; luz, nubes de humo y bailarines, música sospechosa de estar enlatada y un cachet que crecía en proporción a los camiones. El resto es crónica para el primero que haga una historia de las fiestas patronales, con el añadido del dinero negro con el que se pagaban fiestas, dinero recogido entre los de la parroquia por una comisión voluntariosa que no tenía ni capacidad de contrato ni nif ni era una asociación legalmente constituida. Las fiestas cambiaron como la vida y el esquema se mantiene en la misma estructura de hace casi un siglo. Los romeros y vecinos que se gastan su dinero en procesiones, bombas de palenque y orquestas grandiosas, ya no bailan, contemplan un espectáculo parecido al de las televisiones, con pantallas en la que tras el ritmo reguetón se proyectan anuncios publicitarios. Y allí, delante, como papanes en día de fiesta, estamos todos mirando como monicrecos inmóviles.
¿En qué momento nos convertimos de ser la fiesta a ser los que miran la fiesta? ¿Cuándo hemos pasado de bailar en libertad a estar atados a un espectáculo caro e inútil? No lo sé (allá expertos) pero posiblemente al mismo tiempo en que nos convencimos de que éramos modernos, demócratas, listos, que todos teníamos nuestros derechos que reclamar (no así las obligaciones   que siempre las escondimos, no fuera a ser que nos cobraran por ellas).
Posiblemente fue al mismo tiempo en que cambiamos las antiguas orquestas por las nuevas, sin pensar en que las nuevas, en lugar de traer bailes nuevos nos trajeron espectáculos contemplativos, shows para pasmones. Cuando pudimos ser libres, votar y elegir a los nuevos músicos, nos sentamos a contemplar a unos políticos nuevos que tocan una música pero no nos dejan bailarla, solo verla, mientras ellos se lucen en el escenario gigante, con luces de televisiónes variadas, cantando canciones que son la misma, disfrazada, y con toda la tecnología puntera para hacernos creer que todo es para nuestro bien. En ese momento en que aceptamos ser simplemente espectadores de la vida de este país es cuando la cagamos. Sólo somos mirones, papamoscas delante de nuestros representantes espectaculares, desde el rey (de España, no del mambo) hasta el último politiquillo que vive de la misma canción. Creimos que la democracia funcionaba sola y en lugar de participar de forma actriva nos dedicamos a contemplar como unos malos cantantes y unos músicos desafinados convertían la democracia en un show caro e inmpotente. Fue en ese momento en que nos convertimos a la fe, aceptamos el dogma democrático sin bailar; pero la fe y el dogma no son más que sistemas para pensar con la cabeza prestada. Tenemos que volver a la música de charangas, aunque toquen anarquismos en procesiones. Volver a bailar y dejarnos de ver el espectáculo como apampirolados.

viernes, 10 de agosto de 2018

26 años no es nada

JA.Xesteira
El tiempo vuela a velocidades poco agradables para los que estamos incluidos en los viajes del Imserso. La pasada semana pusieron en libertad, después de cumplir una condena de 31 años, al etarra Santi Potros. Como todos ustedes saben por los noticieros, había sido condenado a una cantidad enorme de años de prisión, pero el máximo que se cumple en este país es de treinta años. Consideraciones al margen sobre la figura del etarra, sus hechos delictivos, su condena y libertad, ya se han pronunciado sobradamente todos los que tenían que pronunciarse y ya se ha dicho todo lo que había que decir. No voy a entrar en el rebumbio de opiniones sobre la posibilidad de homenajes y lamentaciones de los familiares de muertos por ETA. Lo que me llamó la atención no es la figura del preso liberado ni las opiniones sobre el antiguo etarra, sino el hecho de que ya han pasado 31 años y parece que fue ayer, siempre parece que fue ayer. Justo estaba en esa idea cuando repasaba unos suplementos semanales de un periódico de 1992. Se me ocurrió limpiar el fayado y saqué las cajas en las que guardaba estos suplementos, porque en su momento me parecía interesantes para el futuro –en aquel tiempo no había wikipedia y siempre convenía tener a mano datos que después nunca se usaron–. Releo de manera transversal, esto es, por el aire, una a una las revistas de aquel año de fiestas internacionales en España: Quinto Centenario del Descubrimiento, Expo de Sevilla, con el muñeco Curro, y las Olimpiadas de Barcelona, con Coby y el príncipe Felipe abanderado de una monarquía en horas altas, con las infantas emocionadas y el futuro cuñado ganando medallas en balonmano. Parecían tiempos felices y a lo mejor lo eran, con un gobierno de Felipe González en la Moncloa y las crisis más allá de la puesta de sol.
Pero han pasado desde aquello 26 años, y aunque parece que todo fue ayer, estamos en otro mundo distinto y distante, otro mundo mejor o peor, según gustos. Se pueden hacer comparaciones odiosas, sólo por juego, porque las revistas reflejan el momento del estado de las cosas, y podemos demostrar con ellas en la mano que cualquier tiempo pasado fue nada más que un presente que vivir, y el presente de hoy era un futuro imprevisible en 1992. En aquellas páginas de colores aparecían muchos que hoy son difuntos más o menos recordables pero en aquel instante gozaban de fama, gloria y poder; aparecían otros como los importantes que iban a dar la campanada y que desparecieron al año siguiente; los artistas llamados a la gloria que nunca alcanzaron; los libros y escritores altamente recomendados en aquel momento que hoy son olvido total; películas, directores y actores que los críticos presentaban como lo más grande del momento y hoy no son ni memoria; discos, cantantes, músicos que iban a  ser la gran esperanza artistica y ya ni nos suenan ni sus nombres ni sus canciones. Así pasa la gloria del mundo.
¿Y nosotros, cómo éramos? Según las revistas vestíamos ropas holgadas, flojas amplias y cómodas, la antítesis de la moda actual, de escasa tela y apretada como si hubiera encogido la ropa con nosotros dentro. La tecnología digital ni se soñaba; las fotografías eran de carrete y papel, y se anunciaba como moderno el proyector de diapositivas; la musica venía en casetes (el cedé estaba al caer) y las películas en el gran invento de las cintas de vídeo en VHS; se anunciaban unos primitivos ordenadores que escribían textos en blanco y negro mientras se vendían las máquinas electrónicas como gran avance oficinístico. Los coches eran más pequeños (las plazas de los párking actuales estan hechas a su medida y ahora no caben los grándes volúmenes todoterreno que sólo circulan por las ciudades) y se anunciaban los coches familiares como soluciones viajeras; los niños podían viajar sentados en el asiento de atrás, sin sillitas ni nada; se fumaba en los coches y en todas partes, incluidos los hospitales. Los ciclistas del Tour y la Vuelta pedaleaban con una gorrita de tela o una cinta por la frente, nada de cascos ergonómicos. La vida, evidentemente era distinta y no pensábamos aquel año en lo que se nos venía encima.
En el apartado de entrevistas y alabanzas del famoseo aparecen personas que hoy están en paradero ignorado y otras que se mostraban en un espacio distinto del que les reservaba el futuro; así aparece una entrevista con la jueza Carmena en la que no pensaba que iba a ser alcaldesa, y una fotografía de Donald Trump con su pelo original, antes del pelo naranja, cuando sólo era un hortera millonario y no soñaba con ser un presidente millonario, hortera y peligroso.
Lo terrorífico de revolver en el pasado es que aparece el pasado olvidado. Personajes que en aquel momento eran los dirigentes de este país y que habíamos olvidado, están ahí, entrevistados en su elemento poderoso. Luis Roldán habla de la Guardia Civil que dirigía y nadie podía en aquel momento adivinar que pasaría 15 años en una cárcel (la misma ern la que acabó años después el cuñado del príncipe, que ganaba medallas de balonmano) por un montón de delitos monetarios (se recuperó millon y medio de euros, pero otros 10 millones siguen desaparecidos). En otra entrevista aparece Rafael Vera, entonces director de la Seguridad del Estado, que también acabó en la cárcel por el caso GAL. Y Narcis Serra, ministro por aquel entonces, que también acabó imputado más o menos, y Mariano Rubio… Eran los tiempos del socialismo rampante; después vino el Aznarismo imperante, tras el “¡Váyase, señor González!” y nos dejó otro reguero de desajustes judiciales, desde el ministro Rato (todavía en los banquillos) Miguel Ángel Rodríguez, condenado por injurias, y Esperanza Aguirre y sus financiaciones. Son pasado que fueron noticia por sus cargos y desde los que hablaban en los suplementos de colorines.
Lo preocupante de la moraleja es adivinar cuantos de los que ahora ocupan entrevistas de colorines por razones de su cargo, serán dentro de otros 26 años asunto judicial y penitenciario.