viernes, 21 de abril de 2017

Vidas virales

J.A.Xesteira
Es más que evidente el traslado de la realidad cotidiana al mundo intangible del metaespacio virtual, esa nube incolora donde los seres humanos hemos pasado a existir, donde se cuece la vida. Desde la antigua Grecia, las confrontaciones sociales y políticas se buscan su propio espacio; si en la antigüedad era el ágora, el senado o la plaza publica donde políticos y notables discutían el futuro de sus pueblos, ahora todo sucede en la red. Y ya se sabe que “todo o que ven na rede é peixe”. Desde la Revolución Francesa se habilitó un nuevo espacio para que el pueblo conociera lo que sus mandamases decidían en los parlamentos; fueron las gacetas que más tarde se hicieron periódicos de papel y después ondas de radio y más tarde imágenes televisadas. En ellos la vida se iba cociendo en ese espacio bien definido. Pero, ahora mismo ni el espacio está bien definido, ni legislado, ni se sabe bien lo que se cuece.
El mundo se hizo viral, que es palabra que sirve lo mismo para una gripe que para un anuncio o una frase en Twitter. Acabo de leer que una cantante llamada Rosalía, de la que los críticos hablan muy bien, acaba de tener en Youtube muchos miles de visitas de su canción y de su último disco. Confieso que desconocía a la muchacha y sus virtudes como cantante (que son muchas); pero lo que me llamó la atención es que una artista tenga que convertirse primero en fenómeno viral para después, si tiene suerte, hacer carrera. Es decir, hay que ser virtual para entrar en el mundo real. Los que tuvimos como ídolos a artistas a los que conocíamos solamente por un disco, una película, un libro o un cómic, encontramos vertiginoso este nuevo sistema. Ya no eres nadie si no te leen, te escuchan o te miran miles de personas, que pondrán debajo de tu escrito o tu imagen una frase alabándote o poniéndote a parir. Te vuelves viral en un instante y desapareces de las pantallas al día siguiente para caer en el olvido.
Tomemos como ejemplo el mundo de la música. Los Beatles nunca hubieran triunfado en estos tiempos, y, como ellos, muchos de los viejos héroes de hace 40 o 50 años que todavía llenan conciertos. Los comienzos de todos ellos fueron difíciles porque no había prácticamente nada, ni instrumentos ni forma de grabar un disco. El mundo se dio la vuelta y ahora sucede todo lo contrario, cualquiera puede tener una panoplia de instrumentos y grabar un disco en su retrete en HQ. Y a continuación puede colgarlo en alguna plataforma digital junto con otros miles de cualquieras y ser visto y oído por millones de usuarios; en cualquier caso la avalancha enorme de músicas a disposición del mundo es de tal magnitud que será difícil que algo de esa montaña trascienda y se convierta en el “Yesterday” de McCartney. Es como si a uno le gustara la fabada y le dieran una cuchara para comer un camión cisterna del contundente plato asturiano.
Lo alarmante es que, pese a que todo este terreno está lejos de ser experimentado a fondo (“testado” dicen ahora, palabra que en español significa hacer testamento y no lo otro) y no está ni regulado ni legislado, todas las personas notables de distintos pelajes se han tirado de cabeza al mundo viral. Se explican en Twitter y se hablan por Whatsapp, mientras alguien les maneja su página de Facebook y las mueve en los periódicos, para que se hagan eco de sus cosas. Están deseando que sus hazañas sean recibidas por millones de personas. Trump anuncia en un tuit que tiró la bomba y escondió la mano, porque es así de chulo; dos parlamentarias gallegas se ponen a discutir en un patio vecinal virtual; Pérez Reverte, académico de la lengua, se mete a escribir para la red y tendría que copiar cien veces (a mano) que “él” se escribe con tilde, si los académicos limpiaran, fijaran y dieran esplendor a los blogs. Los que quieren hacerse ver saben que tienen que ser virales, existir en el ciberespacio, donde nadie, de momento, puede lastimarlos; la justicia no sabe que hacer con los que interactúan en ese territorio, y unas veces multan a chistosos y otras veces, no. Si quieres ser famoso, conocido, publicitado o votable sabes que tienes que ser un virus, de la gripe de invierno, de la canción de usar y tirar, del producto que quieres vender o de cualquier elección primaria en curso.
Es un mundo fantasmal como los famosos zombis (¿o zombies, para ser más académicos?) que se hicieron famosos esta semana, que es todo el tiempo que la fama concede, gracias a una pregunta parlamentaria, contestada con extensión, documentación y bastante gracia por parte del Gobierno. (Inciso: ¿por qué el Gobierno no contesta así a todas las preguntas parlamentarias serias que se producen en el Parlamento? Es paradójico que conteste con rigor una pregunta formulada con el claro propósito de poner en evidencia lo que el Gobierno demuestra con su respuesta: le importa un carajo lo que se pregunte porque sigue la táctica vieja –del pasado aznarismo– de habla-cucurucho-que-no-te-escucho) El tema de los zombies es más serio de lo que parece. La Real Academia, que da dos acepciones del término no está al día; los zombies también son personajes de la religión del vudú caribeño, seres que salen de sus tumbas (de acuerdo con esta versión, ¿podríamos considerar zombi a Jesucristo?). Además, el tema no es baladí, en varios parlamentos europeos se planteó la misma pregunta, con respuestas parecidas. Aunque el parlamentario preguntó por los zombies para poner en evidencia la desgana en las respuestas del Gobierno, el tema es viral e importante: la política está llena de zombies que murieron en sus partidos pero resucitaron en consejos de administración al tercer día.
El mundo es viral y el apocalipsis puede venir por causa de los zombies. O porque Trump confunda el botón de “enter” del Twitter con el botón rojo de tiarle una bomba atómica a Corea del Norte.

domingo, 16 de abril de 2017

Lo que digo y lo que pienso

J.A.Xesteira
Pasaron cuarenta años desde la legalización  del Partido Comunista y parece que fue ayer. No es que crea que dos veces veinte años son dos veces nada, a la manera del tango, sino que parece que no nos hemos movido del sitio, como si estuviéramos de vuelta en aquella semana santa en que, para agravio de la derecha eterna de este país, Suárez legalizó a los comunistas, las bestias rojas del franquismo. Cuarenta años después, el Partido Comunista Español, a diferencia de sus hermanos de otros países vecinos, renunció a su marca registrada en elecciones, se reinventó como costalero procesional de un grupo de izquierdas, metido en Izquierda Unida y, por tanto, acabó como soporte de Unidos Podemos. Largo viaje para tan poca cosa.
Y el tiempo parece no haber pasado desde aquel sábado santo de 1977, sólo año y pico después de enterrado Franco bajo la gran losa. Pensamos que el mundo iba a ser más libre, más sano, más culto, más justo…, y nos encontramos con “esto”. Pensamos que éramos demócratas, europeos, sinfronteras, y nos estamos dando contra una involución disfrazada de “es-lo-que-hay” que nos demuestra que la democracia es sólamente una palabra de uso tópico, Europa es un mercado y las fronteras son mucho más difíciles de pasar de lo que pensábamos. Hace unos días, un amigo viajero del Imserso se encontró con que, además de las consabidas molestias de pasar los controles de aeropuerto (en vuelo nacional) se añadían ahora nuevas medidas, como pasar un papelito por su bolsa de mano por si fuera traficante al por mayor de sustancias psicotrópicas, y le ordenaban poner en bandeja distinta su tableta de leer novelas. Basta contemplar la televisión, en cualquiera de sus apariciones para constatar que no era esto lo que esperábamos de una televisión libre, culta y distinta de aquella que cerraba a medianoche hace años con un cura y una bandera con himno.
Desde la altura de este momento los cuarenta años pasados pueden contemplar un tiempo que vuelve al punto de partida. Y si lo pensamos, era de esperar, desde aquel 1977, en que pasamos a ser modernos pero con la ropa vieja; simplemente le dimos la vuelta a los trajes, y el que hasta tres años antes era político del franquismo pasó a ser demócrata de toda la vida, y así todo, militares, profesores, jueces, periodistas, banqueros, obreros, médicos, alcaldes, empresarios, obispos (no, obispos, no, siguieron igual que siempre, en su reino de otro mundo con cuenta corriente en este)… Y el mundo nos pareció distinto y nos pusimos chulitos porque pensábamos que ya éramos como el resto de Europa. Pero sólo habíamos cambiado de pelo, no de mañas. Y aquí estamos, de vuelta de todo, con un paro brutal, una clase política corrupta en su generalidad y con las libertades convertidas en calcomania de la realidad, en especial las libertades de expresión y de ideas. Europa tampoco resultó el Shangri La donde todo el mundo era feliz; bastó que las cosas se pusieran un poco duras para que volvieran también los viejos miedos y los viejos fascismos que estaban disimulados bajo un barniz de progresía abstracta.
Hay cosas que se prohiben ahora igual que en el franquismo, el postfranquismo y la pretransición. Prácticamente estamos en una involución. Nuestra memoria no histórica, personal a secas, si la refrescamos nos contaría como poco antes de la legalización del PCE, los delitos de opinión y expresión estaban a la orden del día. Lo sabemos especialmente quienes en aquel periodo histórico estabamos detrás de una máquina de escribir en alguna redacción de periódico; cualquier periodista podía ser acusado de cualquier cosa por cualquier ley (incluida la de caza y pesca); nos disparaban desde todas partes pero nos hicimos un  hueco y nos jugamos el tipo por esas dos simples cosas: libertad de expresión y libertad de opinión. Dos simples cosas que el Gobierno Español de antes y de ahora han firmado en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Esos derechos, como tantos otros, no son maná que cae del cielo; los derechos hay que pelearlos, ganarlos y, después, merecerlos. Creo que los que tuvimos que forzar las reglas del juego antes y después de la democracia, lo hicimos y lo merecemos (no diría yo tanto de todos los que después vinieron y se encontraron con que sus derechos ya estaban a su disposición, muchos de ellos, en todo el escalafón político y social, ni lo merecen)
Y aquí estamos, con una clase política que parece vestir calzoncillos de seda y que cualquier roce les escuece como ortiga. Las palabras se retuercen para que digan lo que no significan, las leyes (demasiadas leyes para tan lenta justicia) se escriben de manera ambigua, para que puedan usarse a gusto del poder de turno. Las libertades de expresión y opinión no son más que “fonemas onomásticos”, como decían Les Luthiers. Desde el año pasado han sido condenados 30 tuiteros, un montón de raperos e incluso han sentado en el banquillo a unos titiriteros de barrigaverde. Los fiscales progresistas (mal asunto cuando los fiscales se pueden dividir entre progresistas y “lo otro”) han dado la voz de alarma ante la desproporción entre el humor y el delito. Lo dicen a raiz de la querella contra el Gran Wyoming y Dani Mateo por decir que la cruz del Valle de los Caídos es una mierda; los jueces (unos jueces) han visto una ofensa religiosa en una opinión que puede ser compartida por millones de personas. Si la religión del hombre que entró el domingo pasado sobre un borrico en Jerusalén, arrojó del templo a los ladrones que habían hecho su guarida en él y fue torturado y ejecutado el jueves y el viernes santo, se ofende por la megalomanía de un general, deberían mirárselo.
Las dos libertades básicas de un pueblo libre están en problemas, y hacer uso de ellas ya es un riesgo. Podrán impedir que diga lo que pienso, pero no podrán impedir que piense lo que no digo. En esta vuelta atrás, un día de estos puede que declaren ilegal al Partido Comunista.

sábado, 8 de abril de 2017

Viviendo en el futuro

J.A.Xesteira
Llegó demasiado rápido el futuro. Incluso para los más jóvenes, los que no hace tanto celebraban la llegada del CD como un gran avance en la difusión musical, los incipientes ordenadores como la repera y las carreras universitarias como un carnet de acceso al mundo. Les llegó el futuro demasiado rápido, con los CD ya obsolteos, los ordenadores dirigiendo sus vidas desde el movil y las carreras universitarias como billete de doble vía: la emigración académica o la lista del paro. El futuro, para mi generación de jubilados con poco júbilo no era esto. Ni siquiera estaba en este tiempo. Metámonos en la máquina del tiempo enciclopédica. Siglo pasado, claro está. Allá por los años 50 –finales– y 60 –principios–, una canción cantada por el argentino Billy Cafaro, “Marcianita” (años después se convirtió en  canción de culto kistch, incluida una versión antológica de Caetano Veloso) contaba que el cantante esperaba que llegaran lo marcianos y ser feliz con una marcianita y esperaba que eso fuera en ¡el año 70!. Un futuro casi del día siguiente. George Orwell había dibujado muchos años antes otro futuro, un futuro apocalíptico y deprimente, con un control visual del ojo del Big Brother que todo lo ve. La profecía de Orwell era más apropiada y todavía hoy es objeto de análisis, de aciertos y desaciertos. Ese futuro orwelliano, desgraciadamente tan premonitorio, estaba situado en 1984. Si Cafaro quería casarse con una marcianita con un plazo de diez años de futuro, Orwell, sin embargo, ponía un plazo de 35 años para que sus profecías se cumplieran. El cantante establecía un deseo liviano de enamorarse de una chica, el escritor planteaba su distopía como el advenimiento incuestionable de una sociedad indeseada que, en muchos aspectos fue lo que nos llegó y en la que vivimos. El caso de las distopías es que se preconizan para un futuro real, en el mundo que vivimos, mientras que las utopías suceden en un pais multicolor de abeja Maya o de Thomas More. Las primeras son apocalipsis, las segundas ciencia ficción.
Años después, otra película de apocalipsis, “Cuando el destino nos alcance”, nos retrataba un futuro en el que la masa humana era demasiado grande para los recursos alimenticios y Charlton Heston, que ya había sido el último hombre vivo en Nueva York, descubría que el alimento del futuro era el canibalismo reciclado, las galletas verdes hechas con el excedente humano. La película, del año 73, estaba basada en una novela (“¡Hagan sitio!”) del año 66, y la desgracia universal tenía lugar en 2022, a la vuelta de cinco años.
Unos años antes, en 1968, Stanley Kubrick nos regalaba otro futuro, filmado en gran formato y convertido directamente en filme de culto. Cuando la vi de estreno en Madrid, en las mejores condiciones para verla, el impacto cinematográfico era tan grande como el desconcierto del espectador: un monolito, un “cerebro electrónico” –Hal 9000–, unos astronautas viajando hacia el infinito. Todavía hoy no ha sido superada ni técnica ni narrativamente aquella Odisea del Espacio. Kubrick situaba el monolito misterioso en el 2001. Hace unos días hablaba en un instituto de esa película “futurista” y resultó que todos los alumnos habían nacido después de la odisea kubrickiana. Es decir, el futuro ya era pasado, los “cerebros electrónicos” son un aparato diminuto comparado con HAL 9000, y los astronautas todavía no pasaron de la Luna en  sus aventuras espaciales.
Cuando tratamos de inventar la Historia que va a venir sabemos que todo lo que se nos ocurra es pura invención; si tratamos de avanzar las posibilidades futuras partiendo de los conocimiebntos del pasado y su posible trayectoria, nunca acertamos. La Historia avanza a golpes de revolución, con sangre y dolor, generalmente dirigida por personas peligrosas que invocan a la patria o al dios de turno. Los hitos revolucionarios, la Revolución Francesa o la Rusa, acabaron una en un imperio y otra en burocracia siniestra y policial. La única revolución popular española, la llamada Guerra de Independencia, echó a un rey francés –José I–, moderno y enciclopédico, pese a todo, por un rey también francés –Fernando VII– totalitario e imbecil. Las revoluciones actuales, Cuba o China están latentes, una convertida en realismo mágico caribeño y otra en el Big Bang del capitalismo teledirigido. Ya no hay sitio para más revoluciones y ni siquiera hay distopías futuristas interesantes. El gran poder de las comunicaciones y la infinita reproducción de los mensajes, ciertos o falsos, ha convertido a los inicios del Siglo XXI en un enorme mercado disfrazado de posibilidades políticas que no van a ninguna parte. El Capitalismo Corporativo Universal crea pequeños focos de tensión, ahora mismo en el mundo árabe, donde los señores totalitarios dominan a las masas empobrecidas y desesperadas que, como todo el mundo, sólo quieren vivir tranquilos, y en esa combinación de dios, capitalismo, emiratos fascistas e integristas, apoyados por potencias occidentales, nos instalamos en este futuro no previsto. Europa, que acaba de celebrar un mucho aniversario de su fundación, realmente no tiene nada que celebrar, a no ser que la duración y la supervivencia sean motivos para hacer fiestas. Europa, vista desde el pasado, no es lo que se pretendía, como aquellas películas de anticipación, que nunca acertaban con el futuro, ni siquiera tiene el humor de la “Marcianita” (que pedía el cantor que le daba lo mismo que fuera blanca o negra, espigada, pequeña gordita o delgada”), la Europa de ahora clasifica y discrimina a pobres y ricos, básicamente.
Podemos jugar ahora a adivinar el futuro de aquí a sólo diez años, jugar a distopías de salón y adivinar la que se nos va a venir encima. Seguro que no acertaremos y que lo único que ocurrirá es que el futuro nos pillará con estos pelos. Venga lo que venga, al menos que nos coja con la sonrisa del que busca el lado brillante de la vida, en este presente tan poco atractivo, con tanto chabacano dirigiendo los destinos de millones de personas. El futuro es impredecible, como cualquiera puede suponer. Lo único importante del futuro es que podamos estar en él.

Imágenes y palabras

J.A.Xesteira
Alguien dijo en algún momento aquello de que una imagen vale más que mil palabras y la frase cuajó y se hizo popular sin que nadie se planteara unas mínima crítica. Las frases bien colocadas tienen esa particularidad, que nadie les lleva la contraria. Sucedió lo mismo cuando Dylan cantó aquello de que los tiempos estaban cambiando; se sacó del contexto de la canción y del momento en que la cantaba y ya sirvió de comodín para cualquier cosa: los tiempos siempre están cambiando y la frase sirve para justificar cualquier adaptación, cualquier mudanza. En realidad los tiempos no cambian, somos nosotros que cambiamos y los tiempos ven como nos convertimos en todo lo que no queríamos ser. Pero volvamos al principio, las imágenes y las palabras. La frase queda lucida pero no es cierta, hay imágenes que valen mil palabras y hay palabras que valen por mil imágenes. Depende si la imagen es de Robert Capa y la frase es de Óscar Wilde, o si la imagen es del primer teléfono a mano en el lugar de los hechos y las frases son las réplicas y contrarréplicas de tuiteros.
Imágenes.- Uno de los grandes saltos periodísticos hacia el vacío fue la pérdida y desaparición del fotógrafo de prensa, el informador de la cámara, el hombre que hacía que su imagen, la que él fotografiaba de manera profesional, valiera –a veces– más que las mil palabras que le poníamos alrededor los periodistas. Resultan caros tenerlos en nómina y sale más a cuenta hacer que el currito de turno que asista a una rueda de prensa haga, de paso, la foto con su teléfono; total, ni la imagen del “ruedaprensero” importa nada ni sus palabras valen gran cosa. Las imágenes, tan queridas por la gente que vive de poner su cara en valor cotizable, son consumibles, como el tóner de la copiadora; aparecen y desaparecen en pocas horas, las filmaciones y retratos hechos con el móvil no valen más que media docena de palabras mal escritas y peor contadas. Y sin  embargo circulan y se difunden por millones en las redes sociales. Imágenes que pueden servir lo mismo para atacar que para defender; son pasto de opinión masificada y casi siempre las entiende cada uno a su manera. Las fotos son peligrosas, porque captan el instante y no analizan ese mismo instante, se descontextualizan y ahí hay un vacío en el que caben todas las batallas de tuiteros. De pronto se descubre la violencia en el fútbol, con padres pegándose entre ellos, como si fuera una novedad; de pronto se descubre que la chavalada con copas sale de los pubs y se da de hostias. Siempre fue así la cosa, pero ahora se ofrece la imagen y todos nos asombramos de manera hipócrita. Da lo mismo, la polémica violencia dura un día y medio, porque ya debe haber otra imagen que no vale el gasto de dos palabras. Hay imágenes más caras, y no me refiero al retrato que le hicieron a Ruiz Gallardon como ex ministro (12.000 euros); hay imágenes que te pueden costar la vida, como la de la joven que filmó con su teléfono la distración al volante que la mató. Los políticos saben del valor de su imagen y que a ellos les vale más que mil palabras que pronuncian pero nadie se las cree.
Palabras.- Nunca tanto se escribió y nunca tanta palabra se dio a conocer al mundo. Y nunca se dijo tan poco con tanto gasto. Retomemos el ejemplo de los políticos como vara de medir. Cuidan su imagen y su gesto, que vale más que todas las palabras que pronuncian, no porque su imagen denote importancia, sino porque sus palabras son pobres, mal hilvanadas, huecas y con sonido de moneda de palo. En los debates parlamentarios, que esta semana fueron noticia por pequeños rifirrafes de salón, se usaron palabras como “decoro” o “populismo” que, si le preguntáramos a los que las pronuncian por su significado veríamos que les es desconocido, las usan por moda. Sus discursos podrían sustituirse perfectamente por una imagen, a elección según gustos. Todos somos responsables de lo que decimos en público, y unas palabras como las declaraciones de la directora del Instituto de la Mujer, inoportunas por su cargo, produjeron como efecto rebote la mudez en la ministra de Sanidad: la verborrea de una provoca el silencio de la otra.
En el terreno de la palabra escrita suceden cosas distintas. Ahí el que escribe queda preso de las palabras, y tiene que cuidar de que elige las teclas precisas para que el resultado sea el que el autor desea. La carta del Brexit que saca a Gran Bretaña de Europa no llega a las mil palabras (270, dicen) y este artículo que estoy escribiendo tiene alrededor de mil (según el contador del ordenata). No tienen sustitución por imagen y hay que ser cuidadoso para colocarlas en fila. Porque escribir es barato, sólo hay que darle a las teclas. Y mucho más barato es sacar palabras con destino a los titulares de prensa, porque ahí se puede decir cualquier cosa, prometer oros y moros. Es palabrerío gratis, como cuando los boxeadores alardeaban de que iban a machacar al rival (frases históricas como la del magnífico Cassius Clay: “Flotar como una mariposa, picar como una abeja. Tus manos no le pueden pegar a lo que tus ojos no ven”) Por ejemplo, el presidente puede salir en los titulares prometiendo 4.600 millones de euros para que Cataluña no sea Escocia. No cuesta nada y las promesas son baratas.
Hay palabras mucho más caras, que valen más que la imagen de la Gioconda. Por ejemplo las que pronunciaba Rodrigo Rato como conferenciante: hasta 65.000 euros por charla (una conferencia tipo podrían ser diez folios como mucho, a 300 palabras por folio, cada palabra de Rato salía a más de 20 euros palabra, un lujo). Más caras fueron las palabras escritas con humor por la tuitera Cassandra sobre Carrero Blanco; le han costado una dura condena. Cuando un país pierde el sentido del humor todos deberíamos hacérnoslo ver, algo va mal cuando un  chiste ya es delito.
J.A.Xesteira
Alguien dijo en algún momento aquello de que una imagen vale más que mil palabras y la frase cuajó y se hizo popular sin que nadie se planteara unas mínima crítica. Las frases bien colocadas tienen esa particularidad, que nadie les lleva la contraria. Sucedió lo mismo cuando Dylan cantó aquello de que los tiempos estaban cambiando; se sacó del contexto de la canción y del momento en que la cantaba y ya sirvió de comodín para cualquier cosa: los tiempos siempre están cambiando y la frase sirve para justificar cualquier adaptación, cualquier mudanza. En realidad los tiempos no cambian, somos nosotros que cambiamos y los tiempos ven como nos convertimos en todo lo que no queríamos ser. Pero volvamos al principio, las imágenes y las palabras. La frase queda lucida pero no es cierta, hay imágenes que valen mil palabras y hay palabras que valen por mil imágenes. Depende si la imagen es de Robert Capa y la frase es de Óscar Wilde, o si la imagen es del primer teléfono a mano en el lugar de los hechos y las frases son las réplicas y contrarréplicas de tuiteros. 
Imágenes.- Uno de los grandes saltos periodísticos hacia el vacío fue la pérdida y desaparición del fotógrafo de prensa, el informador de la cámara, el hombre que hacía que su imagen, la que él fotografiaba de manera profesional, valiera –a veces– más que las mil palabras que le poníamos alrededor los periodistas. Resultan caros tenerlos en nómina y sale más a cuenta hacer que el currito de turno que asista a una rueda de prensa haga, de paso, la foto con su teléfono; total, ni la imagen del “ruedaprensero” importa nada ni sus palabras valen gran cosa. Las imágenes, tan queridas por la gente que vive de poner su cara en valor cotizable, son consumibles, como el tóner de la copiadora; aparecen y desaparecen en pocas horas, las filmaciones y retratos hechos con el móvil no valen más que media docena de palabras mal escritas y peor contadas. Y sin  embargo circulan y se difunden por millones en las redes sociales. Imágenes que pueden servir lo mismo para atacar que para defender; son pasto de opinión masificada y casi siempre las entiende cada uno a su manera. Las fotos son peligrosas, porque captan el instante y no analizan ese mismo instante, se descontextualizan y ahí hay un vacío en el que caben todas las batallas de tuiteros. De pronto se descubre la violencia en el fútbol, con padres pegándose entre ellos, como si fuera una novedad; de pronto se descubre que la chavalada con copas sale de los pubs y se da de hostias. Siempre fue así la cosa, pero ahora se ofrece la imagen y todos nos asombramos de manera hipócrita. Da lo mismo, la polémica violencia dura un día y medio, porque ya debe haber otra imagen que no vale el gasto de dos palabras. Hay imágenes más caras, y no me refiero al retrato que le hicieron a Ruiz Gallardon como ex ministro (12.000 euros); hay imágenes que te pueden costar la vida, como la de la joven que filmó con su teléfono la distración al volante que la mató. Los políticos saben del valor de su imagen y que a ellos les vale más que mil palabras que pronuncian pero nadie se las cree.
Palabras.- Nunca tanto se escribió y nunca tanta palabra se dio a conocer al mundo. Y nunca se dijo tan poco con tanto gasto. Retomemos el ejemplo de los políticos como vara de medir. Cuidan su imagen y su gesto, que vale más que todas las palabras que pronuncian, no porque su imagen denote importancia, sino porque sus palabras son pobres, mal hilvanadas, huecas y con sonido de moneda de palo. En los debates parlamentarios, que esta semana fueron noticia por pequeños rifirrafes de salón, se usaron palabras como “decoro” o “populismo” que, si le preguntáramos a los que las pronuncian por su significado veríamos que les es desconocido, las usan por moda. Sus discursos podrían sustituirse perfectamente por una imagen, a elección según gustos. Todos somos responsables de lo que decimos en público, y unas palabras como las declaraciones de la directora del Instituto de la Mujer, inoportunas por su cargo, produjeron como efecto rebote la mudez en la ministra de Sanidad: la verborrea de una provoca el silencio de la otra.
En el terreno de la palabra escrita suceden cosas distintas. Ahí el que escribe queda preso de las palabras, y tiene que cuidar de que elige las teclas precisas para que el resultado sea el que el autor desea. La carta del Brexit que saca a Gran Bretaña de Europa no llega a las mil palabras (270, dicen) y este artículo que estoy escribiendo tiene alrededor de mil (según el contador del ordenata). No tienen sustitución por imagen y hay que ser cuidadoso para colocarlas en fila. Porque escribir es barato, sólo hay que darle a las teclas. Y mucho más barato es sacar palabras con destino a los titulares de prensa, porque ahí se puede decir cualquier cosa, prometer oros y moros. Es palabrerío gratis, como cuando los boxeadores alardeaban de que iban a machacar al rival (frases históricas como la del magnífico Cassius Clay: “Flotar como una mariposa, picar como una abeja. Tus manos no le pueden pegar a lo que tus ojos no ven”) Por ejemplo, el presidente puede salir en los titulares prometiendo 4.600 millones de euros para que Cataluña no sea Escocia. No cuesta nada y las promesas son baratas. 
Hay palabras mucho más caras, que valen más que la imagen de la Gioconda. Por ejemplo las que pronunciaba Rodrigo Rato como conferenciante: hasta 65.000 euros por charla (una conferencia tipo podrían ser diez folios como mucho, a 300 palabras por folio, cada palabra de Rato salía a más de 20 euros palabra, un lujo). Más caras fueron las palabras escritas con humor por la tuitera Cassandra sobre Carrero Blanco; le han costado una dura condena. Cuando un país pierde el sentido del humor todos deberíamos hacérnoslo ver, algo va mal cuando un  chiste ya es delito. 

viernes, 24 de marzo de 2017

Aventuras del FBI

J.A.Xesteira
En la historia de los cómics españoles (consultar viejos aficionados o estudiosos del tema) había en los años 50 (siglo XX) una colección de tebeos (nosotros les llamábamos chistes) titulada “Aventuras del FBI”, en la que un agente del Federal Bureau os Investigation, llamado Jack, en compañía de un gordo, Sam y un chaval del Bronx, Bill, se enfrentaban a los más diversos bandidos, gente que quería hacer el mal, en general, chinos perversos, gansters internacionales, malayos con cuchillos ondulados y militares de gobiernos abstractos empeñados en apoderarse del mundo. Nada fuera de lo normal, incluso para estos días de ciberespacio. El agente del FBI, magníficamente dibujado por Bermejo, solucionaba todos los problemas a tiro limpio. Era una extensión de las aventuras cinematográficas con las que nos obsequiaba Hollywood, en las que policías en blanco y negro, con traje y corbata y sombrero se enfrentaban al mal, pero aquí ya más concreto, en forma de comunistas o potencias orientales (fumanchús comunistas) en plena guerra fría. Los agentes del FBI lo solucionaban antes del The End y los perversos comunistas eran derrotados por el macarthismo y el espíritu americano.
En realidad, el FBI era una policía de ámbito nacional en una federación de estados, nada especial, a no ser por la reorganización impulsada por Edgar Hoover, su director y factótum, que convirtió a la policía federal en un poder dentro del poder, con tentáculos en todos los sectores de la sociedad, incluidos los propios presidentes del Gobierno; Hoover, personaje peligroso, se encargó de amarrar su puesto de forma vitalicia y manejar secretos y cloacas, incluida la persecución de presuntos comunistas y pacifistas. Consiguió crear la paranoia social como motivo para manejar su policía a su antojo (¿quien existió antes, la policía o la paranoia?). Pero a su muerte el FBI se adecuó a una guerra fría a punto de acabar en una crisis económica, a un mundo en el que los policías ya no eran los de sombrero y pistola en la sobaquera sino especialistas en psicología, informática y –cada vez más– relaciones internacionales. No confundir con la CIA, que es otra organización que se mueve más en la creación de conflictos internacionales a mayor gloria de ni se sabe qué.
Todo este rollo de preámbulo viene a cuento de la comparecencia del director del FBI en el Senado norteamericano para afirmar que Rusia, es decir, Putin, intervino en las elecciones presidenciales que ganó Trump, lo que no saben es cuanto ni como, pero que lo están investigando; además desmintió al inefable presidente al decir que ni Obama ni los servicios secretos británicos investigaron al candidato republicano. Lo que es lo mismo, que Trump se inventa historias y se calla cosas que pueden ser graves. El caso es que toda esta historia con el FBI por medio me hace rejuvenecer; me encantan estas películas de policías “investigativos”, que diría Cantinflas, y no la de los polis violentos de las series de la Fox. Este retorno de los agentes del FBI, esta vez en la era digital, con hackers que te la cuelan a la mínima, WikiLeaks desvelando secretos y Putin haciendo gimnasia e inyectándose hormonas es de lo más peliculero. Ya era hora de que la realidad imitara y superara a la ficción. Si hubiera que hacer una peli de James Bond, de las viejas, del espía con estilo y clase y con malos malosos, el escenario es el ideal; Trump da la figura del malo maloso, con su hija rubia detrás, en plan florero que tiene acceso hasta a los papeles clasificados de la Casa Blanca mientras se dedica a sus empresas y a su trabajo, de asesora de su padre y de “socialité”, que no sé lo que es pero está muy de moda y hay mucha rubia empleada de eso. Todos los elementos de la trama –por lo menos hasta ahora– poseen esa mezcla de aventura y humor, entre James Bond y los Hermanos Marxistas-Putinistas.
Y la cosa sería divertida si no fuera porque, en el fondo, de la comparecencia del director del FBI, que se atreve a llamar implicitamnete embustero a su presidente delante del Senado, se desprende que el mundo está sentado sobre un barril de pólvora. La paranoia habitual de que “ellos” nos van a atacar crece día a día. Si en los tebeos y las películas, los “ellos” eran comunistas en general, ahora son los musulmanes en general, y el círculo se amplia a cada momento, los inmigrantes en general, los europeos en general, el mundo conspira en general contra Trump. Y el FBI se encuentra en medio, intentando resolver un embrollo en el que los rusos sólo son una corporación extranjera. Seguir la trayectoria del presidente americano día a día es un novelón, en un mundo de fácil acceso, donde todos espían a todos, donde los aparatos más inofensivos son fuente de información para cualquier “efebeí”, donde los asesores y ministros del Gobierno más poderoso del mundo parecen sacados de los Simpson. Esperaremos a los siguientes capítulos.
En España, como éramos más de Roberto Alcázar y Pedrín (ver hemerotecas del cómic), polícias raciales, de aventuras en las que no tenían cabida las mujeres, sabemos que la policía también busca información en las nuevas tecnologías, incluso el rey Juan Carlos fue espiado durante su reinado. Pero por lo que se ve, sólo sirvió para sacar amoríos y comadreos. El anterior ministro del ramo, un tipo que sale en las redes sociales con su perrito, está llamado a explicarse en el Parlamento, pero aquí no pasa nunca nada.
El FBI, como todas las policias de “inteligencia” son los cultivadores de la paranoia mundial, el miedo y las manías persecutorias: nos atacan, nos invaden, nos asesinan esos…terroristas. Aumenta la actividad policíal y, al tiempo aumenta la paranoia. No saben ni quieren saber que la paranoia se trata como enfermedad, no como un delito. Lo que llamamos terrorismo, en el fondo, no es más que un juego cruel y siniestro: vosotros me atacais en mi casa, yo os ataco en la vuestra. Desgraciadamente no hay más, pero siempre conviene tener un enemigo para nuestra paranoia.

viernes, 17 de marzo de 2017

Vidas paralelas

J.A.Xesteira
Me pasa por leer los periódicos durante el desayuno, en la pantalla del iPad y en oblícuo. Vi la foto y pensé que era Laureano Oubiña saliendo de la cárcel para cumplir servicios sociales. No; era el rey Juan Carlos I, que acababa de ganar una regata con el Bribón y una tripulación ganadora (una tripulación así sólo se la ponían a Fernando VII, Borbón también, en forma de bolas de billar para hacer carambolas). La confusión matutina y la empanada mañanera me los mezclaron, porque el arousano aparecía en otra foto, pero no ganaba regatas en Sanxenxo. El extraficante es mucho más joven que el exrey (o, si quieren, rey emérito, pero mejor no, porque tendría que decir traficante emérito, y no es el caso), pero ya se sabe que llegados a la jubilación, los seres humanos tendemos al etalonaje, que es una palabra usada en el cine para igualar la intensidad de luz a lo largo de una escena rodada en diferentes momentos; la jubilación es como el mínimo común múltiplo que nos etalona y nos pone a todos la misma luz, el mismo uniforme –zapatillas deportivas, pantalón vaquero y chubasquero guateado– y nos confunde al rey con el famoso preso, hoy en tercer grado de condena.
Pero esta confusión inconsciente y sin mala intención por mi parte me trajo a la memoria, sin necesidad, viejas lecturas; las Vidas Paralelas de Plutarco, en las que el griego comparaba a los hombres famosos de Grecia y Roma, como por ejemplo Alejandro y César, y sacaba después conclusiones. Su objetivo era establecer el carácter moral de cada personaje y relatar anécdotas de los mismos que revelaran la naturaleza de cada persona. En realidad –y eso es lo ameno de la obra que hace que se pueda leer hoy en día– es que se trata de un juego porque el autor cree que en las pequeñas cosas está la personalidad de los grandes hombres antes que en las grandes gestas, las grandes batallas o sus poderes económicos o políticos.
Las noticias del desayuno no sirven para gran cosa, si acaso para cabrearnos; podemos decir que la actualidad comunicada por cualquier medio contribuye, por activa o por pasiva, al aumento de la mala leche natural en el español medio. Pero cuando aparece, aunque sea por confusión, la posibilidad de establecer un juego de vidas paralelas en la primera página, la cosa cambia. Podían ser las vidas paralelas de, por ejemplo, Donald Trump y el candidato fascista holandés, comenzando por sus extraños peinados y por la semejanza de ideas bajo el peinado (si, también estos seres tienen ideas, malas y peligrosas, pero ideas, al fin y al cabo). Podían ser las vidas opuestas por el vértice de Escocia y Cataluña, que quieren referendos y posiblemernte los tengan algún día. Podía ser la polémica por la misa de la TVE y la polémica por los informativos de TVE, ambos perfectamente intercambiables, porque son los mismos ritos con las mismas comuniones.
Pero podría ser un juego de vidas paralelas entre Oubiña y Juan Carlos, con todos los respetos que se suponen; como en Plutarco, no es más que un juego que nos distrae de las malas noticias. Los dos personajes, que gastan ahora media barba canosa, de abuelo, tuvieron desde siempre una intensa relación con el mar, incluso con el mismo mar y en las mismas rías; en unas, el guardiamarina Juan Carlos (“un chico alegre, campechano y siniguaaaal”, que cantaban el Dúo Dinámico desde la Escuela Naval de Marín) se hizo marino de guerra y, años más tarde, patroneaba bribones campeones; Oubiña, una ría más allá, contrabandeaba con el “rubio de batea” en una época en la que entraba más Wiston en Galicia del que salía de Carolina del Norte; todos fumábamos rubio a sabiendas de que era de contrabando. Más o menos por la transición democrática ambos cambiaron de estatus; uno pasó a ser rey de España y otro –de forma oficiosa– a ser rey del narcotráfico. Ambos residían en pazos y palacios.
Pero la suerte esquiva dio con el cambadés en la cárcel, mientras que el rey se consolidaba como defensor de la democracia en la famosa y nunca bien aclarada jornada del 23-F. De sus frases famosas quedará para la historia aquella del juicio de Oubiña de que “el dinero lo ghuardo en la vigha”, mientras que del rey Juan Carlos se recordará como hito aquella de “¿Por qué no te callas?”. En cuestiones políticas, Oubiña es republicano confeso mientras que Juan Carlos, por profesión, no. Aquí deberíamos abrir un paréntesis en el juego para que quien  quiera aporte comparaciones y diferencias.
Hay que recordar que esto es sólo un juego; que el preso en tercer grado es ahora un voluntario colaborador de una ONG de reinserción de toxicómanos; de su  vida anterior ya se ha escrito casi todo y ha pagado con su condena ante la ley (odiamos el delito, compadecemos al delincuente, como decía doña Concepción Arenal) y su vida futura es, como la de todos, un por venir. Estos días han aparecido variadas opiniones sobre el personaje, pero yo no soy su juez. El que era rey ya no lo es, y su actividad se reduce a representar a su hijo en actos oficiales; tiene un sueldo de 190.000 euros más dietas.
Pueden continuar ampliando el juego, no necesita mandos ni pantalla, basta con coger un periódico, buscar dos personajes y sacarle humor al asunto. Es una forma como otra cualquiera de resistir y luchar contra ese mar de calamidades hamletianas con que llenan los espacios informativos. Es buscar el lado brillante de la vida, como cantaban los crucificados de La Vida de Brian. Porque la vida, a veces, nos regala humor sin pedirlo. Ayer, cuando el técnico me arreglaba la lavadora, descubrió que la avería era una moneda de euro que taponaba el desagüe. La sacó, la limpió, mostró la efigie de don Juan Carlos y la cosa fue evidente: “Había un Borbón atravesado en el tubo”. Eso es puro humor. Porque siempre se hicieron chistes contra los poderosos, sin más intención que echar unas risas.

viernes, 10 de marzo de 2017

Un pequeño hueco para sorpresas

J.A.Xesteira
Cuando creía haberlo visto todo, siempre aparece algo que me da una sorpresa, nunca grata sorpresa, porque las sorpresas gratas escasean; aquel viejo refran de que está el hombre muriendo y está aprendiendo viene a confirmarse una vez más. Acabo de saber que el Consejo General del Poder Judicial el órgano de gobierno del Poder Judicial de España (Art. 122 de la Constitución Española), el que vela por la independencia de los jueces frente a los demás poderes del Estado (un concepto difícil de digerir, porque sus miembros son nombrados por el Congreso y por el Senado, que, lógicamente, nombrará a “los suyos”, y después, los nombrados se declaran independientes por ley, ¿nos entendemos?) borra los nombres de los condenados y encausados en la base de datos de la jurisprudencia de tribunales y juzgados que guarda en su centro de datos. Es decir, que una vez que una causa se juzga y se sentencia, el resultado se archiva en la base de datos (pública) del CGPJ, pero donde figuraba el nombre del delincuente, se lo cambian por un álias. Me acabo de enterar por una noticia que cuenta que la infanta Cristina Federica de Borbón y Grecia, la mujer que no sabía nada y que todo lo sabía su marido, pasa a llamarse en el CGPJ Doña Eva en unos casos y “la Eva”, en otros; su marido no pasa a ser Adán, que sería lo propio, sino Don Julio (no se indica que le puedan llamar “El Julio”). El resto de los imputados y condenados en lista de espera del Supremo también cambian sus nombres reales por otros supuestos. El Consejo General del Poder Judicial inventa así un verbo: anonimizar. Está bien, porque el lenguaje generalmente usado en los juzgados y escrito en sentencias y resoluciones, además de las leyes normales, es lengua de reviragancho para que no sea entendida por el personal corriente. En el capítulo de Bankia aparecen Rato y Blesa con los nombres de Constantino y Dimas (aquí hay coña, porque, según los Evangelios, Dimas era el buen ladrón, con lo cual se supone que, de la misma manera que hay poli bueno y poli malo, hay un mal ladrón en la cruz de al lado, que es la que le tocaría a Rato).
Se me escapa el motivo de camuflar a los encausados, condenados o no, con nombres distintos en los archivos judicialmente poderosos. Por el contrario, en el Tribunal Constitucional, el de la Unión Europea y el Europeo de Derechos Humanos, cada quien aguanta su nombre real, como sería lo lógico. Será cosa curiosa, ya que los archivos son de público acceso, poder ver como dentro de unos años, un estudioso, un doctorando en tesis o un historiador tenga que navegar por esos archivos adivinando quienes eran esos personajes, que cambian como un reparto de mala película: “Cristina de Borbón, en el papel de “La Eva”. También resulta un poco humillante que a la mujer le coloquen el “La”, un artículo despectivo y barriobajero, propio del lenguaje policiaco (a no ser que sea cantante de ópera, que sería La Callas o La Caballé, pero no es el caso) y a los hombres, no. A no ser que sea por exigencias del guión de la serie televisiva. Ya ven, siempre queda un  hueco para enterarse de novedades.
O dos huecos. Porque también me entero (como todos) que la CIA, esa organización gubernamental norteamericana dedicada a promover el terrorismo (el bueno, el de los agentes secretos americanos) en países pobres con recursos naturales para ricos, nos espía. No es nuevo, para eso está una organización de espías, pero lo nuevo, según WikiLeaks –organización a la que deberían nombrar de interés básico para la Humanidad– es que nos espía a través de nuestros teléfonos móviles, nuestros ordenadores y nuestras televisiones. Eso es ciencia ficción. Estoy escribiendo este artículo y al momento, gracias a un “hackeo” de la CIA, pueden saber lo que estoy escribiendo; llamo por el móvil para pedir una pizza y la CIA puede saber si quiero la Cuatro Estaciones o la Tropical; pongo la tele y la CIA, si quiere, sabe que pelí piratee (esto puede ser grave, porque pirateo algunas que me avisa que el FBI me puede detener por descargarme por la cara “Sonrisas y lágrimas”). Realmente no sé qué querrá espiarme la CIA, mi importancia estratégica en el devenir de los tiempos es nula; pero la posibilidad de que, si quiere, te controle todo lo que haces a través de tu televisor es de película de ciencia ficción. Que la CIA  nos espía no es nuevo, pero que lo haga a través de nuestros electrodomésticos, es fantástico. Claro que, como la naturaleza es sabia, la propia CIA, según WikiLeaks, la cagó, porque un “hacker” que pasaba por allí le entró en su sistema y se enteró de todo el tinglado de espionaje, de que usaban un arsenal de armas cibernéticas con las cuales se pasean por esas redes de dios para ver que pescan o para organizar cualquier acción terrorista en un país perdido en Oriente Medio; lo mismo escuchan tu conversación que le meten un troyano en la página del PP. Son así.
Siempre aparece algo que nos sorprende, porque el resto, la vida misma, es totalmente previsible. No nos causan sorpresa las revelaciones del Palau de que Ferrovial pagaba un 4 por ciento a Convergencia a través de cuentas líricas y facturas falsas. Como  no nos causa sorpresa la confirmación judicial de la Caja B del PP de Aguirre (¿con qué nombre pondrían a la concejala madrileña si llega a figurar en los archivos del Consejo del Poder Judicial?) Tampoco nos sorprenden todos los casos de corrupción, malversación, delincuencia institucional de algunos políticos (seamos justos, no todos son corruptos, hay que hacerlo constar, porque al paso que vamos parece que la corrupción es un estilo de vida consustancial con la clase dirigente) No nos sorprende nada de eso, y en ello está el peligro de acostumbrarnos a que eso, la falta de sorpresa, sea lo que hay, cuando todos esos juicios de ricos deberían ser tan excepcionales que nos deberían sorprender.