viernes, 20 de octubre de 2017

La mano en el fuego

J.A.Xesteira

 Desde hace años, poco más o menos por estas fechas y por los mismos motivos que expondré a seguir, escribo siempre la misma historia sobre los mismos incendios forestales en mi país. Escribía el año pasado (y me parece recordar que otros años también, como si fuera un ritrornelo sin fin, un bucle del día de la marmota) que me convertí en un conocedor de incendios forestales el día en que vine a trabajar para un periódico de Galicia; era un agosto de 1975 y ese verano los incendios abundaban; no es que fueran nuevos, siempre ha habido incendios ocasionales en el rural, incendios que se solucionaban entre los vecinos y la Guardia Civil (no existían entonces bomberos ni medios en los pueblos), que podía parar una fiesta en el torreiro y mandar a la mocedad a apagar incendios (fui a uno en una fiesta de san no se qué; en cuanto lo apagamos, regresamos a la verbena y la comisión de fiestas invitó a cervezas) Pero aquel 1975 los incendios se convirtieron en otra cosa, no eran fortuitos, y apareció la intencionalidad. Desde aquel agosto, que me lo pasé de monte en monte junto con el fotógrafo Cameselle (un buen compañero, fallecido hace unos años) los incendios se repitieron cada verano, con sustanciales modificaciones y con el perfeccionamiento de los incendiarios en su método. Porque todos los incendios, salvo un pequeño porcentaje en el que caben el despiste en la quema de rastrojos, la colilla y el churrasco incontrolado, todos son intencionados. Eso lo sabíamos en aquel verano de 1975 y en todos los años que siguieron. Eso lo sabe cualquier paisano que tenga una fouzaña como herramienta natural en su cuarto de cachivaches. Eso lo supimos siempre. Lo que nunca pude saber con certeza, aunque me explicaron muchas versiones, unas más creíbles que otras, fueron las razones para prenderle fuego a un toxal. Los expertos, caso de que los haya (existen técnicos oficiales que trazan un perfil del incendiario) pueden explicarnos como es el tipo del mechero, pero no se explica el motivo, que muchos dicen, con bastante fundamento, que es económico.
Vivo en medio de un bosque y sé de lo que estoy hablando. Las condiciones forestales cambiaron  radicalmente cuando empezó a reducirse la vida rural y ser sustituida por una sociedad semirrural o, dicho de otro modo, que vive en el rural pero con hábitos ciudadanos. La sustitución de la leña por el butano o el gasóleo, la reducción drástica de la cabaña, la sustitución del abono orgánico por el más cómodo abono químico y unos largos puntos suspensivos que cualquiera medianamente conocedor puede rellenar, convirtieron los montes en una bomba rellena de pinos y eucaliptus, con la broza sin recoger y sin que nadie se tome el trabajo de limpiar. El evidente cambio climático, que a los políticos responsables les parece una coña de cuatro hipis ecologistas, es, cada vez más, un agravante; la sequía no aparece porque si, y los cambios en el clima deberían preocupar a los dirigentes más de lo que les preocupa, o, por lo menos, preguntar a uno de ciencias de cómo es esa cosa del clima. Y todo eso se juntó estos días negros para convertir los incendios de todos los años en otra cosa: esta vez hubo muertos. Y, claro, de pronto, aparecen los personajes delante de los micrófofonos y descubren al mundo la gran verdad: los incendios son provocados. Acaban de enterarse. Los expertos mediáticos hablan en televisión, los políticos se recalientan y hablan incluso de terrorismo. Ya no son incendios de colilla o churrasco, no, son hechos a propósito. Y acaban de enterarse. Y vienen de Madrid a contarlo, hacerse la foto y guardar un minuto de silencio, que es el protocolo político para solucionar cosas. Menos mal que aquí no hubo guerra de banderas.
Han tenido que pasar más de cuarenta años y cuatro muertos para que los gobernantes se enteren de que los incendios en Galicia (aquí ya son parte de la rutina folklórica veraniega, como el pulpo o los peregrinos) son provocados. Y una vez más los políticos-ante-micrófonos (una variante natural de la especie, caracterizada por la imposibilidad de estar callado o decir “no sé, no tengo idea”) prometen contundencia y que la justicia no dejará impunes esos delitos. Palabras, vanas y viejas palabras, que decía Hamlet. Bueno, no todas, porque el presidente del Gobierno aprovechó para dejar a Soraya contra los catalanes y decir su obviedad: “Esto no se produce por casualidad; ha sido provocado”. (Puede que se refiriera a la situación de Cataluña) Con su frase y calificando el incendio de Pazos de Borbén de “mayúsculo” queda dicho todo.
La lluvia vino a salvarnos. Primero ayudó en los incendios y a los que trabajaron contra ellos (se les distingue en las fotos: son los que no llevan corbata). Después a los dirigentes, que ya se pueden relajar y decir frases: la policía sigue pistas, se está investigando o cosas por el estilo. Llegará el invierno y todo pasará, pero no nos olvidemos, hay muertos. Tenemos a Portugal al lado que tiene lo suyo (aunque allí dimiten) y puede que se arme el suficiente barullo internacional como para que se reconsideren muchas cosas. Entre ellas las políticas forestales, dado que las actuales no funcionan desde hace más de 40 aos.
Seguramente detendrán a un par de tipos a los que no se les podrá probar gran cosa; es difícil, a no ser que se les pille en flagrante hoguera. Pero siempre hay que buscar los motivos de origen, y mucho me temo que aquí los motivos son de mucho dinero. Simplemente habrá que buscar y ver a quien puede beneficiar más estos incendios. Ya se empieza a hablar de tramas de subvenciones y otras mafias. Siempre hay que buscar quien se enriquece con el mal ajeno, con el monte quemado, con las desgracias sociales, con la gestión de las miserias. Hay mucho dinero a su alrededor. Si tiran de la mecha aparecerán cuentas bancarias. El año que viene, si no hay novedad, seguiré hablando del mismo tema.

lunes, 16 de octubre de 2017

Merecemos otra cosa

J.A.Xesteira
Lo reconozco. A mí eso de las banderas me produce la misma reacción que el gluten a un celíaco. Debe ser un defecto, y si hubiera que buscar antecedentes psicoanalíticos, probablemerntre me viene por haber jurado bandera en la mili con fiebre alta y un brazo hinchado por culpa de la vacuna militar (que, eso si, me curó de todo, incluido el ardor guerrero). Sea cual sea el motivo de mi alergia, cuando veo confrontaciones entre banderas, como el de las esteladas y las rojigualdas (que son los mismos colores en distinta tela) me parece que va a haber un partido de fútbol. De hecho siempre aparecen para una confrontación, con las inclusiones de banderas republicanas, anarquistas, franquistas o incluso carlistas. Si lo tomamos como un juego deportivo o una especie de palio de Siena, la cosa no tiene mayor importancia. Pero en este asunto catalán, todo parece indicar que los agitadores de Madrid y Barcelona quieren jugar a ver quien la tiene más grande. Me refiero a la manifestación. Por muy históricos que se pongan los abanderados, las banderas no tienen épica alguna (la catalana es la de los reyes de Aragón y la española viene de un concurso organizado por Carlos III para buscar una enseña que se distinguiera en el mar, porque la blanca de los borbones no sólo no se distinguía en los barcos sino que parecía que se estaban rindiendo). Y en esta competición de ver quien junta mas banderas en la calle, después de la manifestación pro Cataluña, vino la manifestación pro España. Todas son enormes, porque a la gente le gustan las procesiones (que son una manifestación sin cargas policiales) y así miles de españoles se fueron el domingo pasado a Barcelona, en una operación de “carreto” que recordaba viejas adhesiones inquebrantables de Plaza de Oriente para hacer bulto.
Y por el medio las grandes empresas radicadas en Cataluña se evaden, que es lo suyo. Aquí se descubre que no estaban allí por amor, sino por el dinero, como buenas empresas, incluidos los bancos más catalanes del mundo, La Caixa y Sabadell. No es más que un truco, se llevan las sedes (seguramente, ni eso, las llevan sobre el papel, pero las oficinas siguen donde estaban, que es más barato) y dejan el resto, las tiendas, las oficinas bancarias y todo lo que sirve para sacar dinero. Un truco, una ilusión. Vean la bolsa, igual un día baja por culpa –dicen– del independentismo, que al otro día sube –dicen– porque las empresas llevan su nombre a otro registro mercantil. ¿Magia? Los informativos televisados dicen que es porque los mercados son sensibles a la incertidumbre, una estupidez como otra cualquiera, no es más que una frase hecha por alguien para gastar en informativos. Los mercados hacen lo que dicen los mercaderes, no lo que dicen los gobernantes. Los mercaderes, una suprainteligencia gobernante, pueden decir que los bancos están formidables, antes de que tengamos que gastar lo que no tenemos en sanear a esos mismos bancos. A los mercaderes les da lo mismo guerra que paz, en todo eso sacan beneficios.
Todo es un pesado lío que no entienden ni los que están en la cumbre del problema. Los periódicos sacan cifras, estadísticas, resultados de encuestas, todo con un tufo partidario de los partidos sediciosos o de los partidos centralistas. El lenguaje sube de tono sin que los políticos a medio cocer, que gustan de verse en sus estrados de colorines y subirse a la red, sean capaces de controlar su lengua (¿por qué no se callan?, diría el Emérito Campechano) y para redondear la gran empanada el president Puigdemont se inventa una independencia en “stand by” (un juego evangélico: “ahora me veis, después no me veis y más tarde me volvereis a ver), y todos juegan a ganar en este juego en el que nadie gana: unos pierden más que otros.
Al final, los que perdemos seremos los de siempre, los que no nos gastamos un duro en banderas. Seguramente porque vemos el mundo desde abajo, al ras de suelo, mientras los españoles y los catalanes se gritan muy alto animando a sus equipos. Pero la vida no nos la arregla ninguno de estos. Le estamos dando demasiada importancia a cosas que no la tienen, y en esta merienda de negros caníbales, nosotros estaremos dentro de la olla. El independentismo y el contraindependentismo son como la final de copa o el Tour de Francia: sólo existen en televisión y lo ven los espectadores de grada o de cuneta, con sus banderas, gritando en un carnaval absurdo y a ratos obsceno. Los demás sólo queremos que la vida se arregle, que las listas de espera de los hospitales públicos se acorten (no por el sistema de desviar a los enfermos a hospitalies privados, en una hábil jugada de reducir empleos en la sanidad púbica para que la lista se alarge hacia lo privado); sólo queremos que acabe la pertinaz sequía, seguramente producida y agravada por las malas prácticas políticas ambientales; queremos que la investigación se haga en nuestro país y no exportemos mano de obra altamente cualificada (ahora andan incluso intentando rescatar a estudiantes de las unviersidades catalanas, las únicas de España con calificación de excelencia internacional, para que regresen a Galicia, ¿para qué?); queremos todos vivir mejor, y que los contratos sean legales y no una trampa laboral en la que se contrata (y cotiza) por unas horas, cuando la realidad es que esas horas se doblan sin sueldo (cosa que saben sindicatos y Ministerio de Trabajo); queremos que este país no sea un país de camareros para turistas que visitan parques temáticos compostelanos; y que los camareros sean felices (y bien pagados) Queremos (o deberíamos querer) menos banderas y mejor reparto de la tarta en un país que cada vez tiene más millonarios y, en consecuencia, aumenta mucho más el número de pobres (pocos prósperos, muchos descontentos) Queremos que la democracia no sea como el chiste infantil (“Que queres, ¿tuto o muete?” “Susto”… “Uhhh”…”Hay, que susto”…”Habé elegido muete”)…, que la democracia no sea una elección entre dos maneras estúpidas de ver la vida.

viernes, 6 de octubre de 2017

Después del huracán

J.A.Xesteira
Es norma histórica que después de un desastre natural las cosas nunca vuelven a ser lo mismo. No hace falta remontarse al Diluvio o a Pompeya. Tomemos el Katrina como paradigma de todos los desastres contemporáneos. Después de que el huracán asolase Nueva Orleans aparecieron los políticos en televisión para dar explicaciones y prometer que todo se iba a reconstruir,. Mentían. Nada de lo prometido llegó a buen fin. De aquel desastre quedó mucho cabreo en el sur profundo, un millón de emigrados y una serie magnífica de televisión: “Frame”. Lo sucedido en la próspera Nueva Orleans es lo mismo que sucede en otras latitudes y otros desastres parecidos. Recordemos Haití y su terremoto de 2010; el mundo entero se volcó en televisadas operaciones de auxilio; se abrieron cuentas en todos los bancos, que se embolsaron millones por las tasas de depósito; el dinero nunca llegó, murieron los que murieron y los que quedaron vivos siguieron igual de pobres que antes. Un país rico, un país pobre; el resultado es el mismo. Sin salir de Europa; aquel famoso terremoto italiano de L’Aquila (2009) que vio a Berlusconi prometer la reconstrucción. A día de hoy todavía hay centenares de personas sin casa y el pueblo es una escombrera. Aquí al lado ardió un pueblo portugués, Pedrógão Grande, y aún están esperando que alguien les diga que va a pasar con sus casas. Nada es lo mismo después del desastre.
Vale de ejemplos y vayamos a otro desastre. El desastre natural de Cataluña. Era natural que ocurriera el desastre, porque las fuerzas políticas enfrentadas generaron un sistema tormentoso, caracterizado por una circulación cerrada (sin diálogo o entendimiento) alrededor de un centro de baja presión y que produjo fuertes vientos (políticos y legales, escasamente democráticos y altamente cerriles) y abundante lluvia (de palos). Pasó el día, pasó la romería, pero ya nada será igual ni en la Catalunya trionfant ni en la Marca España. Con el cadáver del referéndum todavía caliente, el problema no ha hecho más que empezar y a la hora de hacer recuento de víctimas y bienes perdidos en la tormenta nadie mueve un dedo y los (i)responsables, que tenían todos los datos meteorológicos de lo que se avecinaba prefieren seguir culpando al contrario de lo sucedido e insistir en el palabrerío hueco del estado de derecho, la ley, la constitución, el derecho a la autodeterminación y algunas coplas más que sólo sirven para tertulias de televisión, pero no arreglan lo que los vientos y las aguas arrasaron.
La primera víctima del 1-O fue el periodismo, el periodismo escrito, digo (del hablado o televisado, me estoy quitando, por higiene) He visto como el nivel periodístico descendía a la altura del Reporter Tribulete (ver enciclopedias del cómic español): muchos periódicos, escaso periodismo. Los grandes rotativos, que en su día fueron ejemplo de fuerza informativa contra los poderes constituidos, se han visto reducidos a panfleto defensor de Buenos contra Malos; no hubo matices, cada periódico se constituyó en arma ofensivo-defensiva de los Nuestros. Se invocó la Ley y se invocó la Patria (ultimo refugio de los canallas, según el intelectual inglés Samuel Johnson; último, no, primero, según el escritor americano Ambrose Bierce) y se desinformó totalmente a los posibles lectores. Curiosamente fueron los periódicos pequeños (como éste en el que me dejan escribir) los que mantuvieron el tono ya perdido en las grandes cabeceras del país, que un día fueron pero ya no son.
Cuando calmaron las aguas aparecieron chapoteando entre el fango, ya inútiles e inservibles, los políticos. Puro material de desguace. La polícia no pudo salvar nada del desastre, más bien contribuyó a aumentar el desconcierto y el desorden público. Son unos mandados y quien los manda, manda mal. La imagen que queda de ellos no es muy edificante, la de una tropa obediente a la orden de pegar a la población. Sabemos que no es exacta, que su cometido es otro, pero lo que queda es la imagen y la imagen es esa.
Entre los bienes más preciados que han quedado inservibles por la riada está la libertad; la libertad de expresión, legalmente autorizada “para-los-que-piensan-como-yo”; la libertad de reunión, sólo “para-los-que-lleven-mi-bandera”. Al final, unos y otros han impuesto la libertad obligatoria.
Como en todos los desastres, la fuerza natural pone al descubierto los defectos estructurales. El primero, la verdad, que no era más que un decorado. Las dos fuerzas de derechas han mentido para poder manipular a las masas, cosa relativamente fácil, porque han jugado con los sentimientos, en un país en el que no se reflexiona, se opina con las tripas. Han conseguido convertir a los que estaban en tierra de nadie, en partidarios radicales. Las masas son fáciles de manipular y cuando se aplica el sistema del fútbol a la política puede pasar cualquier cosa.
Los políticos han quedado –todos– invalidados para dar respuesta a los verdaderos problemas del país, han gastado la oportunidad que tenían de trabajar con sentido común por el bien de todos, de los catalanes y del resto de la ciudadanía. Las fuerzas vivas de cualquier nivel han mostrado su incapacidad y su inutilidad ante una situación crítica. Se pedía un poco de cordura y un poco de templanza, pero no saben que es eso. El presidente Rajoy enmudece y deja que sea Soraya la que hable. Al final habló el rey con un discurso a destiempo. Sus asesores-escribas no estuvieron finos; los remedios hay que ponerlos como prevención, no cuando la enfermedad ya es crítica. Felipe VI salió a radicalizar más el desastre, pero alguien debería decirle que él no es figura defendible, que es un rey puesto por un referéndum y que un rey necesita del pueblo para ser rey, pero el pueblo no necesita un rey para ser pueblo. Hablar a los postres no ayuda a la digestión de una comida pesada.
Pasarán años antes de que se pueda reconstruir todo lo que se ha llevado por delante el huracán. Solo los chinos han ganado en esta debacle vendiendo banderas. (¿Qué pensarán los chinos, con lo raros que son?)

viernes, 29 de septiembre de 2017

Ceremonia de la confusión

J.A.Xesteira
Cuando escribo estas mil palabras el asunto catalán está por ver; cuando se publiquen todo es un adivinar que pasará mañana, por mucho que las fuerzas traten de mantener una postura sin enmendarla; el caso es que los acontecimientos se enconan (no valen chistes fáciles con el gallego) y nadie puede predecir como acabará el choque de las dos fuerzas de derechas que han conseguido algo impensable hace unos meses: que los gubernamentales españoles produjeran tanto independentismo (empujaron directamente a los indecisos, los indiferentes y los que eran claramente contrarios al gobierno catalán, que no lo hacía precisamente bien, en medio de recortes y carencias) y que, por el contrario, los secesionistas catalanes provocaran tanta deserción de sus filas (primero fue Raimon, icono y emblema del catalanismo histórico y cantautor de izquierdas, ahora fue Serrat, abanderado de la lengua catalana contra Eurovisión y Fraga Iribarne en aquel Lalalá de1968). Las posturas están enconadas, infectadas; la olla a presión se recalienta y la válvula de escape está atascada y se plantea una consulta popular difusa, difícil de realizar y que se abre con amenazas de fiscales justicieros y una especie de séptimo de caballería que no sabe a ciencia cierta que hacer, si romper urnas o romper cabezas. Para hacer un poco más atractivo este show de esperpentos animados (incluído el barco de los policías, más propio de las parodias de Atrápalo como Puedas) el presidente del Gobierno se va a visitar a Trump mientras deja a Soraya la Segunda que se las entienda con la tropa parlamentaria (por cierto, Soraya organiza sus frases mejor que Mariano). No se sabe que le dio a Rajoy para huir a encontrarse con Trump, un tipo al que rehuyen incluso los de su partido, un auténtico veneno para la taquillla (cuando sugiere el nombramiento de un alto cargo, hay desbandadas, lleva más despidos y dimisiones en su gabinete que tuiters). No hacía ninguna falta la reunión con Donald Trump, ni se esperaba nada especial; fue una especie de hola-don-pepito-hola-don-josé, en donde el presidente americano cumplió con el protocolo, pero se le notaba que no sabía de que iba la cosa (me apuesto a que ni sabía con que presidente estaba hablando). Por supuesto que Rajoy encontró el apoyo total de Trump a su causa, pero hay apoyos que matan, y más si la frase de Donald es del estilo “marianesco”: “Creo que nadie sabe si ellos van a tener un voto, creo que el presidente les dirá que no van a tener un voto, pero creo que la gente se va a oponer mucho a eso”. Y ya está, con eso y, aprovechando el problema catalán pidió una sanción para Venezuela, que queda al lado. El que recomendó el viaje al presidente de la Marca España no tenía su día, evidentemente.
El problema es mucho más caótico. Nadie sabe cual es la situación real de Cataluña y del Gobierno con relación a Cataluña. Todo se mueve en una nebulosa de leyes, fiscales, policías, jueces, mossos y ciudadanía que no saben exactamente que pasa, que va a pasar mañana y, lo que es peor, que hacer. Los políticos, de todos los colores y pelajes, no contribuyen a aclarar nada. Unos y otros esgrimen unos argumentos de grandes retóricas y terquedades viejas. ¡La ley es la ley! Es el único argumento claro, pero, a partir de esa perogrullada, todo está por aclarar. ¿Qué ley?, ¿qué tenemos que hacer?¿pueden meter en la cárcel al presidente de un país así por las buenas?¿es sedicion, es derecho a la libre expresión democrática? ¿van a cargar los antidisturbios?¿los mossos resolverán su dilema?… Todo es una confusión que alimentan los políticos en general, mostrando su evidente empanada mental en la que navegan por sus propios pecados.
 Lo que era el choque de dos partidos de derechas, cabezones y confusos, que tapan con sus enfrentamientos otros problemas más importantes, se convirtió, por obra de ese encono en un mónstruo incontrolable. Los jueces no saben qué mandar y los fiscales dan órdenes, y las fuerzas del orden público no saben como ordenar ni el público sabe lo que se puede y no se puede hacer. El campo de batalla es terreno abonado para los extremismos, y ya tenemos instalada a la ultraderecha, que viene crecida de Europa y crecerá más aún. Ese es otro de los problemas que estamos dejando de lado: ¿qué hemos hecho para merecer esto? “Esto” es toda la tropa de políticos que invaden esta segunda década del dosmilenio, y que tenemos que soportar y financiar. ¿Dónde empezamos a creer que vivíamos en Disneilandia y que nuestros dirigentes –de derechas o de izquierdas– eran gente responsable? Seguramente en el momento en que nos creimos que las fronteras entre derechas e izquierdas ya no existían y que las luchas de clases eran cosa de novelas rusas y que la Sociedad de Consumo era, en realidad la Sociedad de Bienestar, y que el Comunismo había muerto y que el Capitalismo era una oenegé que nos llevaría a la felicidad con piso y coche.
El problema catalán es nuestro problema, un problema social, no político ni geográfico, sino total. Son ya demasiadas fuerzas metidas en esa pelea, y mañana veremos muchas cosas; no va a haber una votación, al menos en regla, ni habrá resultados, ni esos resultados servirán para nada; no habrá vencedores ni vencidos, sino una confusa situación llena de retórica, ruido y furia sin sentido alguno. Lo que habrá mañana no será una libre decisión democrática sino un testimonio, una confrontación, un pulso entre cenutrios, una metahipótesis, un Real Madrid-Barça político con el Constitucional como árbitro y los fiscales como jueces de línea. Mientras las políticas se desmoronan en Europa –un mercado común nada más– y los movimientos totalitarios pescan en ese río revuelto, aquí estamos experimentando en el laboratorio de Cataluña cosas que todavía no se venden por internet.
Lo que pase mañana será materia de estudio futuro, pero lo que pase mañana no será nada importante. Lo importante es lo que pase el lunes y todos los días que vengan detrás.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Estamos a ver dragones

J.A.Xesteira
Todo poder necesita un enemigo de la misma manera que todo rey tiene su dragón. El caso es meter miedo y, sobre todo, distraer la atención ciudadana de las cosas que realmente importan y que nos hacen la vida más llevadera. Mientras estamos pendientes del dragón no nos fijamos en el resto del reino; incluso el dragón puede no existir, es suficiente con que exista el miedo al dragón; nadie lo vio, pero, gracias al miedo a que aparezca volando y echando fuego, el rey puede estar seguro como defensor del pueblo ante los dragones. Es un viejo invento que los americanos (de USA) llevan poniendo en práctica desde hace tiempo, de forma premeditada o, simplemente, porque les sale. No es patrimonio exclusivo suyo, el miedo al dragón existe desde que existe el miedo. Este miedo de ahora, con el rey Trump asustando a los suyos con la amenaza coreana es el viejo tema tantas veces explotado en el cine; durante la guerra fría, el miedo era al comunismo (un miedo que entre los estadounidenses persiste incrustado en su neurona política) y a los rusos (¡que vienen los rusos!), pero también fue el miedo a la bomba atómica, la que, paradójicamente ellos hicieron explotar en el único asesinato en masa civil experimental de toda la Historia; también tuvieron el peligro amarillo, que empezaba en Fumanchú y terminó en Mao Tse Tung (lo escribíamos así antes de que lo escribieran como Mao Zedong). El caso es tener un enemigo y ahora su enemigo es el rechoncho coreano. Las amenazas no llegan a ninguna parte, a menos que se les vaya de las manos, pero su único fin es hacer que vuelen los dragones: mientras los ciudadanos miran al cielo por si aparecen, no ven lo que pasa abajo, en la tierra.
El sistema, ya dije, es viejo y se pone en marcha a veces sin proponérselo. Basta con que un lagarto anuncie que se va a convertir en dragón para que el poder le dé alas y avise del peligro. Al Gobierno de la Marca España le acaba de suceder; le ha crecido un dragón en Cataluña que era sólamente un lagarto arnal. Rebobinemos. Un día, al partido en el poder en la Autonomía Catalana, un partido de derechas, no nos olvidemos, se le ocurre que quiere hacer un referéndum para ver de ser independientes. Independientes economícamente, no pensemos otra cosa, aunque lo disfracen de patriotismo catalán y lo adornen con senyeras y cantos de Els Segadors. En realidad lo que prentenden es administrarse por su cuenta, cobrar impuestos y gobernar sus dineros, haciendo bueno el tópico del catalán comerciante. No es nada descabellado, el País Vasco y Navarra tienen su cuenta aparte sin que pase nada raro en el resto de la Marca Hispania. Pero ahí tropiezan con el Gobierno de la Nación, revestido de pontifical, que invoca a los más sagrados libros de la Constitución y a los chamanes constitucionales que poseen el poder de conjurar los peligros. Y declaran a los catalanes como peligrosos dragones separatistas. Y la cosa se lía, como todos sabemos, y se crea un peligro latente donde sólo había un amago de federalismo consultivo y un poco de chulería. Y el Gobierno hace que crezca el dragón, y lo que podía arreglarse con una consulta popular que no tendría más efectos ni repercusiones separatistas, se transforma en un maldito embrollo (expresión que tomo de una película italiana y que suelo utilizar mucho en estos tiempos)
Así estamos. El lagarto catalán del Parque Güell se ha tranformado en Fafner, el gran dragón de los nibelungos, y Rajoy no da la talla de Sigfrido. El asunto se les va a todos de las manos; el partido de derechas catalán tropieza con el partido de derechas marquispánico, con los consabidos efectos colaterales de dejar a los republicanos e izquierdosos catalanes a culo pajarero y consigue el efecto contrario: cabrear a los indecisos contra la Constitución. La canción del verano del lagarto se transforma en ópera wagneriana con grandes movimiento de masas: los fiscales, siempre pasivos a la espera de que les digan lo que hay que hacer, se saltan a los jueces y se visten de teleserie americana para citar directamente a los alcaldes de pueblo que se apuntaron al referéndum; los políticos catalanes amenazan con abandonar Madrid y su parlamento y retirarse detras de la muralla catalana; las izquierdas intentan replegarse (¡agrupémonos todos en la lucha final!); el PSOE tiene el barco en las piedras y ve como sube la marea, y, por encima, hay mucha, mucha policía, registrando, deteniendo, requisando y convirtiendo el proceso político en un proceso judicial y desdibujando las fronteras de la libertad política. Ya ven; de una historia que se podría arreglar hablando en un sofá hemos pasado a un duelo de titanes, entre acusaciones de demagogia y populismo (calificativos que siempre se aplican a “los otros”) y se huye de la palabra Democracia, que es como un polvorón: los políticos se llenan la boca con ella, pero les cuesta tragarla, y cuando hablan (porque no paran de hablar, es lo suyo) escupen las migajas al pueblo que escucha desconcertado a la espera de que aparezca el dragón prometido.
No aparecerá, en realidad es una cortina de humo que esconde un asunto de dinero, como siempre. Los catalanes quieren su dinero para gastárselo en sus cosas. El Gobierno les contesta con lo que saben, cortándole el grifo de los cuartos y fiscalizando hasta las calderillas para que no se lo gasten en consultas populares. Y así, mientras esperamos a los dragones, nos olvidamos de que otros dineros nos están convirtiendo en pobres, la brecha de la desigualdad crece: hay unos miles más de ricos y, como consecuencia, unos millones más de pobres; los salarios y las pensiones crecen menos que la bombona de butano y todos estamos a ver dragones.
La batalla épica catalana se ha convertido en un thiller que contarían mejor los catalanes Vázquez Montalbán (¡que gran columna haría!) o Silver Kane (también llamado González Ledesma) o Víctor Mora. Y todo esto, a comienzos del otoño. Y el invierno “is coming”.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Las leyes y las promesas

J.A.Xesteira
Como últimamente me da por revolver papeles viejos siempre me encuentro con historias que ya eran olvido y que vienen a recordarme que lo pasado no está tan pasado y que lo presente no es más que el lodo que originaron aquellos polvos. Me encuentro así con una historia vieja; un chaval que escribía en un periódico, un joven de “aquellos tiempos”, al que conocía como colega mío, publicó un reportaje en un periódico sobre la vida alegre de una ciudad (a estas alturas aquel reportaje ni siquiera sería materia de blog) y un juez abre causa por algún  motivo que ahora se me escapa (estamos hablando de tiempos en los que Franco acababa de ser fiambre y a los periodistas nos podían dar un palo por cualquier ley, incluso por la de caza y pesca) y condena a aquel chaval a inhabilitación para su profesión (la de escribir en la prensa) por unos cuantos años. Como  ven no doy datos ni pistas, solo los hechos contumaces, que decía Lenín. El chaval era un ingenuo que creía en la libertad de expresión, de opinión y…, libertad, en general. El juez era un hombre de largo recorrido, había sentenciado con leyes de Franco, de pos Franco, de predemocracia y de democracia; un hombre de todos los tiempos y todas las leyes. A estas alturas no sé que habrá sido de aquel colega ni del juez; la vida los habrá llevado a alguna parte. Pero encontrarme con la noticia olvidada me lleva a otros terrenos. Las leyes que se legislan, imponen y santifican como artículo de fe y dogma, no son más que transiciones emanadas circunstancialmente del poder. En otras palabras, el que manda pone la ley y sus principios, y cuando no le conviene, cambia ley y principios y pone otra cosa y no pasa nada, siempre habrá gente que juzgue y condene con lo que haya a mano. La condena de mi colega, que tuvo que buscarse la vida en otros territorios, era tan legal como injusta. Hace tiempo que discuto esta cuestion con amigos y copas por medio, y siempre llegó al mismo silogismo: hubo un tiempo en que matar era legal (desde el Estado, se entiende, con su pena de muerte y todo) y ahora no es legal. Injusto lo es siempre (al menos para los que creemos que la vida no es propiedad de ningun Estado y mucho menos de los que detentan u ostentan ese poder en un Gobierno).
La ley es un acuerdo asumido sin discusión. Hay unas normas que no se pueden traspasar en todos los lugares y en todas las culturas. Desde las famosas leyes que bajó Moisés del Sinaí hasta las miles de leyes, grandes o pequeñas, con que nos gobiernan. Estos días que se habla de la Ley (cuando es así va con mayúscula, para acojonar) y del Imperio de la Ley (que parece el título de una película de gánsters) sobre todo con el empacho catalán, que nadie es capaz de digerir (los políticos hablan de la ley y su cumplimiento, pero nadie dice qué ley ni cómo ni por qué; al pueblo llano y poco soberano le importa poco que los catalanes voten o dejen de votar) y ese maldito embrollo en que andan metidos. Se invoca a la gran ley, a la Constitución, a la que llaman la Carta Magna sin saber por qué, y la colocan por encima de todos como si fueran las de Charlton Heston al bajar del Sinaí. El Gobierno pasa la patata caliente al Constitucional, que se constituye como si fuera un consejo de ancianos de la tribu que sentencia con un ¡Jau!, como Toro Sentado. Pero todo eso no resuelve nada, los catalanes tiran para un lado y el Gobierno tira para otro, pero el problema no se resolverá con ninguna ley ni con ninguna actitud política, por mucho que los expertos se rasguen un poco las vestiduras. Es un viejo problema que viene de muy atrás y caminará hacia adelante hasta un referéndum. La historia así lo enseña, y los escoceses, los quebequeses y los flamencos, llevan un lío parecido con varios referendos celebrados. Y no han arreglado su lío.
El problema legal es que hay demasiada ley. Y hay una ley grande, la Constitución que no es más que un recital de promesas y buenos deseos, y eso es bueno, porque la ciudadanía se basa en eso: promesas y buenos deseos, que son el alimento de las esperanzas, porque un pueblo sin esperanzas de vivir bien y ser felices, no va a ninguna parte, o, en lo peor, acaba en una patera y, en el mejor de los casos, en un campo de concentración. La Constitución está ahí y de vez en cuando se esgrime como arma total, pero su contenido no baja del Sinaí, no es más que letra de uso relativo. Sí, nos dicen que tenemos derechos, como el de libertad de expresión o el derecho a una vivienda digna y adecuada, o cosas por el estilo, pero la realidad no es constitucional. A veces no es ni legal y no somos capaces de hacer que se cumplan determinadas leyes.
Porque, además de las leyes grandes, de la Gran Ley Constitucional (además de otras grandes leyes universales que España suscribe pero que no pasa de una simple fotografía de líderes) hay otras leyes más pequeñas, que nos tocan directamente en nuestras partes pudendas, y que nos cabrean al tiempo que nos dejan en la más absoluta impotencia. Mientras a los políticos se les llena la boca hablando de la ley y el estado de derecho (en estos casos se deja a un lado la democracia, que no juega por lesión) las leyes caminan indiferentes y miran para otro lado en casos que sí nos importan mucho más que la cuestión catalana. Me refiero a la indiferencia legal con que el Banco de España nos dice que aquello del rescate a los bancos con nuestro dinero, que no nos iba a costar un céntimo, ahora si, nos dicen que nos va a costar 40.000 millones de euros. Todo de forma legal.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Máquinas de matar y grandes negocios

J.A.Xesteira
Uno de los varios defectos que aparecen al leer los periódicos en una pantalla es que se cuelan cosas “a mayores”, una especie de tributo no solicitado que –se supone– es con lo que pagan los Medios a los  becarios, periodistas y currinches que componen la prensa digital. Así, según las aficiones del lector aparecen anuncios de hoteles en Copacabana o libros en oferta, lo mismo le sale un anuncio de seguros de coche como el estreno de los últimos efectos especiales de Hollywood. El otro día se me colaron al tiempo, en uno de los periódicos-pantalla que mojo en el café del desayuno, dos noticias relacionadas. La primera era un anuncio de la oenegé Oxfam que mostraba una pistola de fabricación española y hacía alusión a que era la aportación española a la guerra del Yemen; el anuncio era impactante y claro, nos recordaba que hay una guerra en el Yemen, de la que nadie habla, pero que, como todas las guerras, deja montones de muertos que no querían morir (me explico, los muertos civiles no quieren la guerra ni sus consecuencias, los militares son otra cosa, quieren matar o morir, es lo que llevan en su contrato); la industria de armas española, sobre la que hablaré una docena de párrafos adelante, vende armas a las guerras, como es lógico, y no distingue entre uno y otro bando (a veces se pueden vender a los dos bandos). El anuncio publicitario es, al tiempo, noticia informativa: nos olvidamos de que existe una guerra en Yemen, un país –me dicen- hermoso, que vivía en paz, y nos recuerda que existe esa guerra y que España, la Marca España, vende armas para matar a yemeníes, a través de acuerdos opacos con Arabia Saudí, y que Oxfam no da abasto a curar y dar de comer a la gente que no quería morir.
La otra noticia no es un anuncio, más parece una película de guerra-ficción; la ministra francesa de Defensa acaba de presentar un avión no tripulado, un dron, para entendernos, que Francia compró a Estados Unidos porque “Los drones armados permitirán combinar de forma permanente la vigilancia y la resistencia con la discreción y la capacidad de golpear en el momento más oportuno” según palabras de la ministra gala. Como todos saben, el drón es un avión manejado desde tierra como un juego de nintendo, para descargar sobre los objetivos prefijados unas cuantas bombas de potencial variado. Los militares afirman que consiguen los objetivos previstos, pero los periodistas nos muestran los resultados: personas corrientes, niños, mujeres y vecinos en general, muertos o heridos, llenando las urgencias de Médicos sin Fronteras. Pero la ministra francesa nos tranquiliza: “No es un robot asesino”. Menos mal. Es una máquina voladora manejada a distancia para descargar bombas sobre objetivos fijados y con los consabidos daños colaterales, pero eso no quiere decir que sea un robot asesino.
A veces no sé si soy más tonto de lo que creo o que la estupidez viene de paquete en la fabricación de políticos con mando en plaza. La ministra gala nos dice que una máquina para matar no es un robot asesino, y se queda tan chula. Vamos a ver, si compran una máquina de matar y después dicen que no es una máquina de matar, ¿para que la compran? Es como si compraran una desbrozadora para adornar la pared del salón, o un televisor de plasma para picar cebollas. Cada cosa es para lo que es, y las armas son para matar, y el que fabrica armas sabe que son para matar y no para hacer películas de vaqueros. Pero existe una mala conciencia, hipócrita y mendaz que disfraza las intenciones comerciales y negociantes de la industria del armamento y sus necesarios conmilitones y políticos de apoyo; la realidad es que hacen dinero de la muerte de los demás, como la hacen las funerarias y los tanatorios (estos de forma pasiva y sanitaria y aquellos de forma activa y cruel)
Si observamos las fotos de los soldados armados en las guerras que permiten ver los informativos podemos saber de donde vienen las armas. Desde el kalashnikov ruso hasta el M16 americano, sabemos quienes las fabrican. No sabemos quienes las venden ni donde se pagan y se cobran, aunque entendemos que hay suficientes cuentas opacas en el mundo que dan beneficio a todos los bancos sin excepción (incluído el Banco de Dios del Vaticano) Parece como si el negocio de las armas fuera una entelequia, no se correspondiera con la industria de cada país, industria que, por razón de su ser, está controlada por los gobiernos por dos motivos: para que se sepan lo que hacen y para cobrarlo. Las armas están más presentes en el mundo de lo que ni podemos imaginar, incluso en España, país desarmado por ley, circulan más armas de las necesarias. En la retransmisión de un informativo sobre el huracán de Texas, un socorrista contaba que en el rescate de personas, los hombres se llevaban las armas y las mujeres los documentos. Los que vivimos aquellos tiempos del pacifismo, con el símbolo de la paz bien visible (todavía lo tengo en alguna vieja chaqueta), pedíamos desarmes y negábamos la OTAN (hasta que Felipe González nos convenció de que no era un robot asesino) sentimos –creo- una impotente derrota ante el gran negocio del siglo. La industria del armamento española facturó el año pasado por valor de 10.700 millones de euros. Pero no fabricaron armas sino material de defensa, que es como el truco del robot de la ministra francesa, un eufemismo. Hace años, durante la mili, tuve un subfusil a mi cargo, un Cetme; años después, en un viaje profesional al Sahara, me dejaron sostener un kalashnikov. Son dos armas manejables, fáciles de usar, no hace falta saber leer, no tienen instrucciones, en cinco minutos se aprende. Es el gran éxito del producto, una máquina para matar y hacer negocios. El de las armas, con el de la droga, son los negocios que más dinero mueven en el mundo. La droga es ilegal y perseguida. Las armas sólo son material de defensa.