viernes, 17 de marzo de 2017

Vidas paralelas

J.A.Xesteira
Me pasa por leer los periódicos durante el desayuno, en la pantalla del iPad y en oblícuo. Vi la foto y pensé que era Laureano Oubiña saliendo de la cárcel para cumplir servicios sociales. No; era el rey Juan Carlos I, que acababa de ganar una regata con el Bribón y una tripulación ganadora (una tripulación así sólo se la ponían a Fernando VII, Borbón también, en forma de bolas de billar para hacer carambolas). La confusión matutina y la empanada mañanera me los mezclaron, porque el arousano aparecía en otra foto, pero no ganaba regatas en Sanxenxo. El extraficante es mucho más joven que el exrey (o, si quieren, rey emérito, pero mejor no, porque tendría que decir traficante emérito, y no es el caso), pero ya se sabe que llegados a la jubilación, los seres humanos tendemos al etalonaje, que es una palabra usada en el cine para igualar la intensidad de luz a lo largo de una escena rodada en diferentes momentos; la jubilación es como el mínimo común múltiplo que nos etalona y nos pone a todos la misma luz, el mismo uniforme –zapatillas deportivas, pantalón vaquero y chubasquero guateado– y nos confunde al rey con el famoso preso, hoy en tercer grado de condena.
Pero esta confusión inconsciente y sin mala intención por mi parte me trajo a la memoria, sin necesidad, viejas lecturas; las Vidas Paralelas de Plutarco, en las que el griego comparaba a los hombres famosos de Grecia y Roma, como por ejemplo Alejandro y César, y sacaba después conclusiones. Su objetivo era establecer el carácter moral de cada personaje y relatar anécdotas de los mismos que revelaran la naturaleza de cada persona. En realidad –y eso es lo ameno de la obra que hace que se pueda leer hoy en día– es que se trata de un juego porque el autor cree que en las pequeñas cosas está la personalidad de los grandes hombres antes que en las grandes gestas, las grandes batallas o sus poderes económicos o políticos.
Las noticias del desayuno no sirven para gran cosa, si acaso para cabrearnos; podemos decir que la actualidad comunicada por cualquier medio contribuye, por activa o por pasiva, al aumento de la mala leche natural en el español medio. Pero cuando aparece, aunque sea por confusión, la posibilidad de establecer un juego de vidas paralelas en la primera página, la cosa cambia. Podían ser las vidas paralelas de, por ejemplo, Donald Trump y el candidato fascista holandés, comenzando por sus extraños peinados y por la semejanza de ideas bajo el peinado (si, también estos seres tienen ideas, malas y peligrosas, pero ideas, al fin y al cabo). Podían ser las vidas opuestas por el vértice de Escocia y Cataluña, que quieren referendos y posiblemernte los tengan algún día. Podía ser la polémica por la misa de la TVE y la polémica por los informativos de TVE, ambos perfectamente intercambiables, porque son los mismos ritos con las mismas comuniones.
Pero podría ser un juego de vidas paralelas entre Oubiña y Juan Carlos, con todos los respetos que se suponen; como en Plutarco, no es más que un juego que nos distrae de las malas noticias. Los dos personajes, que gastan ahora media barba canosa, de abuelo, tuvieron desde siempre una intensa relación con el mar, incluso con el mismo mar y en las mismas rías; en unas, el guardiamarina Juan Carlos (“un chico alegre, campechano y siniguaaaal”, que cantaban el Dúo Dinámico desde la Escuela Naval de Marín) se hizo marino de guerra y, años más tarde, patroneaba bribones campeones; Oubiña, una ría más allá, contrabandeaba con el “rubio de batea” en una época en la que entraba más Wiston en Galicia del que salía de Carolina del Norte; todos fumábamos rubio a sabiendas de que era de contrabando. Más o menos por la transición democrática ambos cambiaron de estatus; uno pasó a ser rey de España y otro –de forma oficiosa– a ser rey del narcotráfico. Ambos residían en pazos y palacios.
Pero la suerte esquiva dio con el cambadés en la cárcel, mientras que el rey se consolidaba como defensor de la democracia en la famosa y nunca bien aclarada jornada del 23-F. De sus frases famosas quedará para la historia aquella del juicio de Oubiña de que “el dinero lo ghuardo en la vigha”, mientras que del rey Juan Carlos se recordará como hito aquella de “¿Por qué no te callas?”. En cuestiones políticas, Oubiña es republicano confeso mientras que Juan Carlos, por profesión, no. Aquí deberíamos abrir un paréntesis en el juego para que quien  quiera aporte comparaciones y diferencias.
Hay que recordar que esto es sólo un juego; que el preso en tercer grado es ahora un voluntario colaborador de una ONG de reinserción de toxicómanos; de su  vida anterior ya se ha escrito casi todo y ha pagado con su condena ante la ley (odiamos el delito, compadecemos al delincuente, como decía doña Concepción Arenal) y su vida futura es, como la de todos, un por venir. Estos días han aparecido variadas opiniones sobre el personaje, pero yo no soy su juez. El que era rey ya no lo es, y su actividad se reduce a representar a su hijo en actos oficiales; tiene un sueldo de 190.000 euros más dietas.
Pueden continuar ampliando el juego, no necesita mandos ni pantalla, basta con coger un periódico, buscar dos personajes y sacarle humor al asunto. Es una forma como otra cualquiera de resistir y luchar contra ese mar de calamidades hamletianas con que llenan los espacios informativos. Es buscar el lado brillante de la vida, como cantaban los crucificados de La Vida de Brian. Porque la vida, a veces, nos regala humor sin pedirlo. Ayer, cuando el técnico me arreglaba la lavadora, descubrió que la avería era una moneda de euro que taponaba el desagüe. La sacó, la limpió, mostró la efigie de don Juan Carlos y la cosa fue evidente: “Había un Borbón atravesado en el tubo”. Eso es puro humor. Porque siempre se hicieron chistes contra los poderosos, sin más intención que echar unas risas.

viernes, 10 de marzo de 2017

Un pequeño hueco para sorpresas

J.A.Xesteira
Cuando creía haberlo visto todo, siempre aparece algo que me da una sorpresa, nunca grata sorpresa, porque las sorpresas gratas escasean; aquel viejo refran de que está el hombre muriendo y está aprendiendo viene a confirmarse una vez más. Acabo de saber que el Consejo General del Poder Judicial el órgano de gobierno del Poder Judicial de España (Art. 122 de la Constitución Española), el que vela por la independencia de los jueces frente a los demás poderes del Estado (un concepto difícil de digerir, porque sus miembros son nombrados por el Congreso y por el Senado, que, lógicamente, nombrará a “los suyos”, y después, los nombrados se declaran independientes por ley, ¿nos entendemos?) borra los nombres de los condenados y encausados en la base de datos de la jurisprudencia de tribunales y juzgados que guarda en su centro de datos. Es decir, que una vez que una causa se juzga y se sentencia, el resultado se archiva en la base de datos (pública) del CGPJ, pero donde figuraba el nombre del delincuente, se lo cambian por un álias. Me acabo de enterar por una noticia que cuenta que la infanta Cristina Federica de Borbón y Grecia, la mujer que no sabía nada y que todo lo sabía su marido, pasa a llamarse en el CGPJ Doña Eva en unos casos y “la Eva”, en otros; su marido no pasa a ser Adán, que sería lo propio, sino Don Julio (no se indica que le puedan llamar “El Julio”). El resto de los imputados y condenados en lista de espera del Supremo también cambian sus nombres reales por otros supuestos. El Consejo General del Poder Judicial inventa así un verbo: anonimizar. Está bien, porque el lenguaje generalmente usado en los juzgados y escrito en sentencias y resoluciones, además de las leyes normales, es lengua de reviragancho para que no sea entendida por el personal corriente. En el capítulo de Bankia aparecen Rato y Blesa con los nombres de Constantino y Dimas (aquí hay coña, porque, según los Evangelios, Dimas era el buen ladrón, con lo cual se supone que, de la misma manera que hay poli bueno y poli malo, hay un mal ladrón en la cruz de al lado, que es la que le tocaría a Rato).
Se me escapa el motivo de camuflar a los encausados, condenados o no, con nombres distintos en los archivos judicialmente poderosos. Por el contrario, en el Tribunal Constitucional, el de la Unión Europea y el Europeo de Derechos Humanos, cada quien aguanta su nombre real, como sería lo lógico. Será cosa curiosa, ya que los archivos son de público acceso, poder ver como dentro de unos años, un estudioso, un doctorando en tesis o un historiador tenga que navegar por esos archivos adivinando quienes eran esos personajes, que cambian como un reparto de mala película: “Cristina de Borbón, en el papel de “La Eva”. También resulta un poco humillante que a la mujer le coloquen el “La”, un artículo despectivo y barriobajero, propio del lenguaje policiaco (a no ser que sea cantante de ópera, que sería La Callas o La Caballé, pero no es el caso) y a los hombres, no. A no ser que sea por exigencias del guión de la serie televisiva. Ya ven, siempre queda un  hueco para enterarse de novedades.
O dos huecos. Porque también me entero (como todos) que la CIA, esa organización gubernamental norteamericana dedicada a promover el terrorismo (el bueno, el de los agentes secretos americanos) en países pobres con recursos naturales para ricos, nos espía. No es nuevo, para eso está una organización de espías, pero lo nuevo, según WikiLeaks –organización a la que deberían nombrar de interés básico para la Humanidad– es que nos espía a través de nuestros teléfonos móviles, nuestros ordenadores y nuestras televisiones. Eso es ciencia ficción. Estoy escribiendo este artículo y al momento, gracias a un “hackeo” de la CIA, pueden saber lo que estoy escribiendo; llamo por el móvil para pedir una pizza y la CIA puede saber si quiero la Cuatro Estaciones o la Tropical; pongo la tele y la CIA, si quiere, sabe que pelí piratee (esto puede ser grave, porque pirateo algunas que me avisa que el FBI me puede detener por descargarme por la cara “Sonrisas y lágrimas”). Realmente no sé qué querrá espiarme la CIA, mi importancia estratégica en el devenir de los tiempos es nula; pero la posibilidad de que, si quiere, te controle todo lo que haces a través de tu televisor es de película de ciencia ficción. Que la CIA  nos espía no es nuevo, pero que lo haga a través de nuestros electrodomésticos, es fantástico. Claro que, como la naturaleza es sabia, la propia CIA, según WikiLeaks, la cagó, porque un “hacker” que pasaba por allí le entró en su sistema y se enteró de todo el tinglado de espionaje, de que usaban un arsenal de armas cibernéticas con las cuales se pasean por esas redes de dios para ver que pescan o para organizar cualquier acción terrorista en un país perdido en Oriente Medio; lo mismo escuchan tu conversación que le meten un troyano en la página del PP. Son así.
Siempre aparece algo que nos sorprende, porque el resto, la vida misma, es totalmente previsible. No nos causan sorpresa las revelaciones del Palau de que Ferrovial pagaba un 4 por ciento a Convergencia a través de cuentas líricas y facturas falsas. Como  no nos causa sorpresa la confirmación judicial de la Caja B del PP de Aguirre (¿con qué nombre pondrían a la concejala madrileña si llega a figurar en los archivos del Consejo del Poder Judicial?) Tampoco nos sorprenden todos los casos de corrupción, malversación, delincuencia institucional de algunos políticos (seamos justos, no todos son corruptos, hay que hacerlo constar, porque al paso que vamos parece que la corrupción es un estilo de vida consustancial con la clase dirigente) No nos sorprende nada de eso, y en ello está el peligro de acostumbrarnos a que eso, la falta de sorpresa, sea lo que hay, cuando todos esos juicios de ricos deberían ser tan excepcionales que nos deberían sorprender.






viernes, 3 de marzo de 2017

La lógica del energúmeno

J.A.Xesteira
El personaje Donald Trump se está convirtiendo en un fenómeno social digno de algún estudio. No es gratuita la constatación del efecto que causa su simple presencia en el mundo entre los niños más pequeños (que lo consideran como un epifenómeno de apariencia digital, en el mismo espacio en el que podrían estar los malvados de dibujos animados), los políticos instalados en la hipocresía (ofende aparentemente a todos, pero algunos lo aplauden y otros mantienen una cautela con la que se protegen las partes pudendas) e, incluso los pertenecientes a ese mundo selecto y guapo de los actores y actrices en alfombras rojas (en realidad son alfombras que venden los chinos por metro, son baratas y dan el pego). Trump atrae sobre su personaje (esa carcasa cubierta por una incomparable pelambrera estilo troll peinado a lo Elvis) críticas y aplausos, nunca indiferencias. Su imagen es única, como la del presidente coreano del norte; nadie en el mundo intentaría imitarles fuera del pasado martes de carnaval. Cada vez que Trump abre la boca para dar un titular revuelve el avispero internacional, cada vez que aparece en público se reutiliza su aparición para los chistes más variados; en sí mismo encarna un personaje que no necesita definición ni análisis (si acaso, el estudio al que me refería al principio, que tendría que ser social, no personal); es como el malo de las películas de Charlot: su imagen lo define.
Y, sin embargo, su utilidad viene como caída del cielo; su lógica de energúmeno, de poseído por una misión superior con patriotismos y fanatismos que no admiten opinión, sirven para que todo el mundo se fije en su espectáculo y no se fije en las cosas que nos afectan cada día y en nuestro propio vecindario. El espacio de información es divisible, pero siempre es del mismo tamaño, y si ocupamos con Trump mucho espacio, tenemos que reducir el de nuestras propias noticias, que pasan más desapercibidas. Cuando el presidente yanqui habla de construir un muro, el mundo entero salta ofendido: “¡Un muro para impedir que los pobres mexicanos emigren a los USA!” La pretensión fronteriza indigna directamente a México y, de rebote, al resto del mundo, que se pone del lado de los pobrecitos mexicanos. Pero con eso se tapan muchas cosas; en primer lugar la verdadera situación de México, un país rico y corrupto hasta la médula, peligroso y que empuja a sus habitantes a un éxodo no deseado hacia el país del norte. Y, de paso, el anuncio del muro y la indignación mundial oculta otros muros, unos físicos, fronterizos y policiales (Melilla, pongamos por caso, o la muralla israelí en Palestina) y otros más peligrosos, como el mar Mediterrráneo. Pero mientras el mundo se fija en Trump y su muro, no se da cuenta de que cada día se levantan muros invisibles dentro de su propio país, muros que nos rodean de manera personal (el muro del precio de la luz, que subió en un año un 25 por ciento y deja fuera de su entorno a cada vez más personas) y fronteras interiores que impiden el paso de los ciudadanos a disfrutar del bien común.
La otra cuestión patriótica de Trump que indigna al mundo es la de los inmigrantes y el terrorismo. Su ignorancia sobre el tema es igual a la de  millones de estadounidenses, que, de verdad, creen en la maldad de los emigrantes. La paranoia controladora llegó al extremo de retener al hijo del más grande boxeador norteamericano (y del mundo), Mohamed Alí, el hombre que no quiso combatir en Vietnam y se hizo musulmán, por el simple hecho de llamarse Alí. Y mientras esas anécdotas llenan las páginas de los medios informativos, impiden que se den noticia de los miles de refugiados que buscan un sitio donde detenerse a vivir, una vez que los mismos que les echaron a bombazo limpio de sus casas, les prometieran refugio en la vieja Europa. Trump es el payaso de las bofetadas y el resto de los dirigentes se ríen con risa floja, como diciendo: ahí me las den todas; mientras se entretienen cabreándose con el americano yo me voy zafando.
La última indignación viene por el aviso de que el empresario de la Casa Blanca va a aumentar el gasto militar en 54.000 millones de dólares, con el único fin de “volver a ganar guerras” (textual). Eso indica dos cosas, que quiere seguir organizando guerras en diferentes lugares del mundo y, además, las quiere ganar. El negocio que las compañías de armamento harán con esas guerras que va a patrocinar el energúmeno del momento, es cosa tangencial. Trump dice que quiere volver a la época de cuando era joven, que los USA no perdían una guerra. Su evidente ignorancia le impide recordar que cuando él era joven y el padre de Alí (el citado más arriba) rompía su cartilla militar diciendo que él no quería matar a nadie, EEUU ya no ganaba guerras (aunque aquella guerra de Vietnam supuso un gran negocio y le dio el Nóbel de la Paz al creador del moderno terrorismo, Henry Kissinguer, genocida impune). El presidente americano tiene su lógica, condenable y estremecedora, cierto, pero mientras se habla de sus pretensiones bélicas y sus planes para países lejanos el mundo exterior disimula. Como nuestra ministra de Defensa, mucho más presentable que Trump, pero que, de igual manera, sin tanto Twitter y tanto follón, va a aumentar nuestros gastos de Defensa (lo de Defensa es un eufemismo, hablamos de Guerra) en un 30 por ciento este año para pagar armamento que debemos desde los tiempos de Aznar, incrementados por el paso ministerial de Morenés. Si tenemos en cuenta que el ministerio de la Guerra camufla muchas de sus partidas presupuestarias en medio de otros ministerios (gran parte de ese presupuesto destinado a armamento se incluye en el apartado de Investigación) tenemos que, al final el aumento del gasto es incalculable. Nos escandalizamos de Trump, mientras nosotros pagamos por armas y guerras que nunca nos servirán para nada. Trump es el energúmeno necesario, para que otros pequeños energumenos/as se escondan a la sombra de sus despropósitos.

viernes, 24 de febrero de 2017

El espejo de la reina bruja


J.A.Xesteira
Me llaman para dar una charla en un instituto; tengo que hablar a chavales y chavalas de unos quince años más o menos sobre el cine, no sobre el Cine, sino sobre el cine, como era el cine cuando yo tenía su edad y vivía como ellos en un pueblo en el que ahora no hay cines, pero que hace años eran dos templos a los que acudíamos todos los días posibles con más fervor religioso que a la misa del domingo. El primer problema me asalta cuando tengo que pedirles un esfuerzo de imaginación para que comprendan el mundo de hace 50 o 60 años; la enorme diferencia que separa esas dos realidades; la ausencia de televisión, de coches (la diferencia en el número de coches, que hacía posible aparcar en cualquier sitio y la coexistencia pacífica no agresiva de coches y ciudadanos), de teléfonos, incluso de edificios y de pueblo, mucho más silvestre que el actual. Una de las grandes diferencias estaba en el sentido social de las cosas, y el cine era una de ellas: se iba al cine en grupo y se compartía incluso el precio de las entradas; un coche no era, como ahora, un receptáculo móvil individual, sino un medio de transporte colectivo. Así un largo etcétera que tengo que ir anotando para que se hagan, al menos una idea de ese mundo que para ellos debe ser como una novela de las tierras medias. Pero el rasgo más diferenciador me lo da un chaval que tropieza conmigo, absorto en la palma de su mano, donde descansa su móvil-modelo-lo-que-sea; veo salir del instituto a la chavalada que en tiempos era una explosión de libertad, y que ahora van, en su mayoría, como el chaval que chocó conmigo: leen el espejo en la palma de la mano. Esa es la clave: la mayor diferencia entre aquella antigua civilización de mi juventud y ésta está en la palma de la mano. Nuestro mundo, vacío de cosas, estaba en el ambiente, teníamos una visión de 360 grados en horizontal e infinita en lo vertical, mirábamos hacia todas partes a ver que pasaba y nos hablábamos unos a otros mirándonos a los ojos; los muchachos del instituto contemplaban el mundo a través del espejo de la reina bruja de Blancanieves, y el espejo les dice lo que pasa en el mundo, en todo el mundo, y sus relaciones de amistad se guían a través de una infinita red invisible, que les da conocimientos incontrolados, ilimitados y muchas veces sospechosos de manipulación, al tiempo que les da noticias de lo que está pasando o lo que se supone que está pasando (no hay verificación posible; la fe sustituye muchas veces a la inteligencia). El espejo de la reina bruja nos dice que somos los más guapos, que somos las más listas, y que nuestros amigos quedan para verse en un sitio y una hora, quizás para ver la palma de la mano todos juntos. 
Exagero, por supuesto, pero tengo que llevar el argumento hasta los extremos para hacer diferencias. Porque lo habitual en los comportamientos de los estudiantes es el mismo que de toda la sociedad. El mismo espejo de la mano (y su variante de espejo de mesa en casa) es el que le dice a los políticos quien la tiene más grande y permite la aparición de nuevos delitos en red, con las grandes virtudes. Porque el espejo, como el de la reina bruja, es neutro: no puede ocultar quien es la más bella, por mucho que se cabree la reina. El espejo tiene cuenta de lo que le echan, independientemente de quién se lo eche. Tengan en cuenta que los inventores del espejo en red fueron los técnicos de los servicios de Defensa americanos, es decir, gente con intenciones de guerra. La cotidianeidad de hoy en día es un arma de filo variable, pero ahí está y ya no podemos escapar a su influjo, para bien o para mal. Muchos nos resistimos a formar parte de redes sociales, pero somos los raros, los que únicamente usamos una pequeña parte del espejo. Poco a poco el poder mágico nos va absorbiendo, porque reside en manos de gentes con enormes beneficios. Un día nos dicen que podemos hacer operaciones bancarias por el espejo, con lo cual nosotros ponemos la herramienta, hacemos el trabajo y nos cobran por ello. Otro día vemos como el presidente americano habla desde su cuenta de Twitter y caemos en la cuenta de que los políticos ya no pueden vivir sin su espejo; nos imaginamos a cualquier ilustre mandamás de cualquier país diciendo: “¡Espejito, espejito, di la verdad si me quieres, quien ers más guapo, yo o la oposición!” Y el espejo no contesta hasta que la pregunta se hace viral, aparece en los periódicos y le contestan tres millones poniéndolo a parir y dos mil de los suyos alabándolo (siempre hay gente más para dar hostias que para dar incienso) 
Y esos mismos políticos que usan el espejo como los estudiantes no caen en la cuenta de que la Red va muy por delante de la realidad y de las leyes. Mientras alegremente escriben sus frasecitas que nunca pasarán a la Historia suceden cosas que no tienen ley o la tienen obsoleta. Un ejemplo: la posibilidad de arruinarse en internet jugando al póker o a las carreras de galgos de Miami. La ley que lo regula es de hace tres modelos de móvil (dos de ordenador de mesa) y los sistemas van a la velocidad de la nave de Han Solo. El número de ludópatas arruinados y enganchados a los solitarios juegos de apuestas crece de forma exponencial; Hacienda es capaz de cobrar impuestos sobre las ganacias de los jugadores pero no puede controlar a las empresas que se benefician del juego, que pagan escasos impuestos en paraísos fiscales (alguno, vecino, como Gibraltar).
El espejo refleja lo que ve, y nos ve a todos con cara de tontos. Y lo que venga será imprevisible, porque la pantalla es plana y para adivinar el futuro tiene que tener forma de bola..

viernes, 17 de febrero de 2017

Es duro ser político

J.A.Xesteira
Después de las rebajas de enero comienzan los congresos políticos de febrero, que se prolongarán toda la temporada. Se desconoce cual es realmente el trabajo de un político, porque se supone que trabaja para nuestro bienestar, para que seamos felices y comamos perdices (los vegetarianos pueden tomar otro menú). Pero, realmente, ¿cómo trabaja un político? ¿va a su empresa, ficha, se presenta a oposiciones, es contratado por recomendación de un amiguete, tiene horario laboral…? Sabemos que los políticos aparecen entrando en la factoría llamada Congreso de los Diputados, donde se reúnen unos con otros y entre los de su partido a los que llaman siempre “compañeros” y, de vez en cuando, celebran asambleas para debatir y votar cosas. De todo ello tenemos conocimiento por los medios de comunicación, que hace eso, comunicarnos sin informarnos. Pero suponemos que el trabajo de político debe ser algo más, porque con eso sólamente, no hace falta tener a tantos asalariados en tan poca producción. Las consecuencias de sus trabajos, principalmente de los trabajos del Gobierno de turno, nos damos cuenta cuando nos pasan la factura de lo que cuesta el bienestar.
A los políticos les van los mítines, los congresos, las primarias, que es un nuevo invento americano para jugar a demócratas de salón un fin de semana. Les gusta esa actuación –porque no es más que una actuación– como a un rumbero o un heavimetalero, les va el escenario, se visten adecuadamente, según la cosa sea con o sin corbata, de traje o de cazadora, según lo que se lleve. Creo que esa es su razón de ser, porque, fuera de ahí sólo parecen existir en Twitter, donde te puedes encontrar tipos como Trump o Cristiano Ronaldo. Pero, en contra de todas las opiniones, más o menos generales, de que los políticos no la rascan, hay que decir que su vida es dura, y precisamente esa mala fama de que ser politico es un chollo bien pagado es su etiqueta amarga con la que tienen que apechugar a lo largo de su corta carrera. Porque su carrera es corta, incluso en los casos de mayor longevidad política, no pasan de un par de legislatura, porque detrás tenen a sus propios compañeros, que serían capaces de venderlos por nada, rebanarles el cuello y auparse sobre sus cadáveres para escalar en la cuesta arriba del partido. Ser político es duro, y ser candidato, más. No basta con estar siempre a la defensiva, esperando el ataque del enemigo, ya sea del compañero de partido (que le cuenta al oído la última metedura de pata) o del enemigo, en forma de opositor en el hemiciclo (que suelen ser interpelaciones a voz en grito, para lucirse el preguntador y abochornar al preguntado: ¡a ver como sales de esta! es el lema); y por encima  tienen que salir a defenderse de los periodistas como si fueran un entrenador con partido perdido y a punto de descenso (aquí la cosa ya está más dividida, entre los periodistas amigos y los enemigos; se les notan dos cosas a todos los que preguntan: una, que la pregunta ya venía impuesta de la redacción –a favor o en contra–, y otra, que la respuesta le importa un bledo). Los politicos tenían que sufrir en el pasado que les pintaran bigotes y les pegaran chicles como mocos en los carteles; pero ahora tienen que sufrir sus apariciones en los más variados escenarios digitales del mundo entero; con el corta y pega (hay auténticos maestros del diseño) meten al rey, al presidente o al último pringado del partido en medio de cualquier película, serie de televisión o anuncio para mofa y escarnio del político. Estos días está de moda el inefable Donald Trump, un personaje que pide a gritos meterlo en un falso cortometraje, trucado. Ayer sorprendí a mis nietos a carcajadas sobre unos dibujos en Youtube; la gracia consistía en que a Trump le daban bofetadas desde Big Hero hasta la Pantera Rosa, pasando por Mario Bros, Spiderman y mil personajes más. Al parecer es el hombre a batir, y en la iconografía de dibus infantiles ya es el Malo por antonomasia. Díganme si no es duro ser político; porque lo que le ocurre a Trump le ocurre a cualquier político español, y que los hijos te vean en el ordernador haciendo el gilipolllas y que sus compañeros de clase les tomen el pelo: “¡A tu padre le dieron de hostias Bob Esponja y Calamardo, chupa!” Es duro.
Seguramente por eso se recompensan con sus congresos y sus primarias, que es donde brillan entre los suyos. El PP celebró su congreso de elecciones internas y, como era de esperar, eligieron a Mariano Rajoy como presidente. Mas que una elección fue una asunción; fue llevado en cuerpo y alma a la presidencia, mientras lenguas de fuego pentecostales descendían –no está confirmado– sobre las cabezas de los miembros de la ejecutiva, que –sin confirmación oficial– fueron imbuidos del don de lenguas en la intimidad y ciencia infusa sólo para debates televisivos. Podemos celebró su congreso en Vistalegre, una plaza de toros cubierta, de segunda categoría, dode había mano a mano entre Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, como una corrida al uso. Ganó Iglesias, pero todavía no se sabe qué. Como el partido es novedoso y contrario a la casta, tendrán que pasar días y sudores para arreglarse por dentro. Es lo malo de ser nuevos en la plaza, que tienen que ganarse a pulso lo que otros llevan años manejando en un “quítate-tu-pa-ponerme-yo”. Los Ciudadanos acabaron antes y no se complicaron la vida: Rivera es nuestro hombre y las Cortes de Cádiz nuestro referente. Faltan los socialistas por encontrarse a sí mismos y reinventarse (pistas: el que reniega de su historia y de sus orígenes para llegar al poder acabará convertido en su antítesis)
No se lo ponemos fácil a los políticos; su vida es dura. Y por encima, cada enemigo político (sea del partido que sean) le va a llamar populista, aunque no sepa muy bien qué significa, porque un político no tiene tiempo de consultar on line el diccionario de la Real Academia.

viernes, 10 de febrero de 2017

Energía eb la cola del súper

J.A.Xesteira
Hace unos días, cuando la pertinaz sequía de andar por casa nos abatía, escuché una conversación de cola de súper que me interesó sobremanera. Debo aclarar que soy gran aficionado a las conversaciones de cola de súper, porque me informan mucho más de la vida real del país que todos los expertos que debaten en radios y teles; debo añadir también que soy uno de esos que siempre elegimos la cola equivocada, la más lenta, aunque delante tengamos sólo a una señora, porque seguro que esa señora es de las que, desempaquetado todo en la cinta exclama: “¡Ay, nena, véteme pasando esto, que se me olvidó el fairy!”, y acto seguido se va a por el fairy y me deja en la consabida larga espera. Pero las conversaciones de los/las colistas no tienen desperdicio y son señales claras de la opinión pública. La frase a la que me refiero la decía una señora cuando esperábamos que lloviera: “¡Xa facía falta que chovera, porque co que me cobraron do recibo da luz, xa viña ben que chovera para que baixara!” La desinformación de la buena mujer, que culpaba a la lluvia del latigazo de las compañías electricas a los desinformados ciudadanos, hay que meterla en ese contexto en el que una tropa de políticos desinforman a los ciudadanos de la cola (del súper o del paro) con argumentos que ni ellos mismos entienden; saben que la luz sube porque las compañías la suben y eso está más allá de sus conocimientos; la desinformación de los gobernantes se suma a la desinformación, mala información o simplemente ocultación desinformativa de los medios de comunicación, que manejan a menudo conceptos que ni entienden ni les pagan para que los entiendan. Las compañías de energía pertenecen a ese mundo de corporaciones ante el que los políticos se muestran como simples agentes ejecutivos y ejecutores, seguramente porque saben que su futuro, una vez desalojados de sus puestos, para los que fueron elegidos por voto o a dedo, está en sus consejos de administración, simples senados con sueldo fijo y nula capacidad de decisión. Hablan de las puertas giratorias y aparentemente se escandalizan por ese trasvase de gracias por servicios prestados. Es sorprendente que un mismo político elegido a dedo sirva lo mismo para dirigir un cuerpo de seguridad del Estado que para decidir sobre una empresa de energía. En este país todo el mundo parece estar especializado en todo; sólo los verdaderamente especializados no encuentran trabajo más que en la emigración selectiva.
La fe desinformada de la buena mujer y del resto de la ciudadanía, debería ser aclarada, informada e instruída debidamente. Convendría explicarles que de toda la energía de que nos abastecemos y pagamos, la mitad se produce con petróleo, los combustibles fósiles cubrieron el 77 por ciento de la energía consumida, y la nuclear, el 12 por ciento; las energía renovables (eólica, solar y geotérmica) sólo cubrieron el 11 por ciento de la energía consumida. Es decir, en la tierra del viento, del agua y del sol, producimos la energía con uranio y petróleo, que tenemos que comprar por ahí adelante. Se le podía informar a la mujer de la cola, para que lo contara a sus vecinas (y de paso a alguno de los que nos gobiernan) que gracias a la reforma del ministro Soria (cuyo único valor político reconocido fue su enorme parecido con el presidente Aznar) se perdieron 4.654 puestos de trabajo en el sector eólico; las empresas constructoras de aerogeneradores trabajan exclusivamente para la exportación y, paradójicamente, han creado unos 100.000 puestos de trabajo en el extranjero, al tiempo que enviaron a trabajar a la emigración eólica a 2.000 españoles. Según los informes de expertos (informe Deloitte) la producción eólica española supuso en 2015 el ahorro de 150 millones de toneladas de CO2, que equivale a unos 657 millones de euros. La instalación eólica en España está frenada, pero en  Portugal acaban de instalar el primer aerogenerador marino en una plataforma frente a Viana do Castelo, ahí mismo, como quien dice, y lo hace un consorcio americano y Repsol, con capital europeo (ojo a Portugal, que viene pegando fuerte, ya han aprobado el decreto de abaratamiento de la energía para familias en carencia; Portugal, por si no lo saben, tiene un gobierno de comunistas y socialistas, y en poco tiempo está absorbiendo las empresas españolas, que prefieren tratar con los izquierdosos portugueses antes que con los demócratas sin homolgación concreta españoles)
A las buenas gentes que hacen cola para la caja del super o la urna de las votaciones, se nos podía informar que la energía hidroeléctrica, que inauguró Franco en el No-Do, y que aprovecha el agua de todos para beneficio de empresas particulares, tendrá que pasar a manos públicas a partir de este año, porque los permisos de explotación van a vencer en cadena, y el Gobierno no da señales de vida inteligente al respecto. También las siete plantas nucleares se irán agotando en un plazo de 12 años y no se sabe que exista proyecto razonable alguno. Quizás el ministro de Energía podría informar al país y, al mismo tiempo a sus compañeros de gabinete, de manera clara para que lo entiendan los gobernantes y los que estamos esperando para pagar la compra.
Pero de toda esta desinformación, supongo que interesada (no hay masa más manejable que la masa desinformada e inculta, que es como masa gramada con la que puedes hacer cualquier cosa, un referéndum o una empanada de bacalao con pasas) lo que más me pasma es la fe en lo que dicen los gobernantes, esa creencia de la mujer en que sube la luz porque no llueve, sólo porque lo dijo el presidente del Gobierno, un tipo evidentemente ignaro en la materia (es de letras, pocas); pero más me pasma aún (y me asusta) pensar que realmente el presidente y muchos de los políticos que nos gobiernan o se oponen a los que nos gobiernan, crean en esa afirmación de sequía y factura eléctrica. Y, por encima, me acabo de dar cuenta de que se me olvidó coger el fairy.

viernes, 3 de febrero de 2017

Todo programado (para peor)

J.A.Xesteira
Todo transcurre según lo previsto, quizás un poco acelerado, pero según el programa de mano que nos repartieron al comenzar el año. No hacía falta ser un gran adivino para saber que todas las maldades prometidas iban a ser  puestas en práctica; el actual sistema capitalista, en el que estamos todos inmersos, incluso los que dicen luchar contra el sistema –por cierto, usan las herramientas que el propio sistema les deja, entiéndase, los maquinillos y redes sociales de última generación, a precios de lujo– ya no tiene que ocultar sus intenciones y disfrazarse de lagarterana para dar otra vuelta de tuerca al garrote vil en el que nos tiene metido el pescuezo. Estaba previsto que todo subiera y los precios nos golpearan directamente en la entrepierna, pues previsto y hecho; no hubo que esperar ni a pasar la cuesta de enero; los precios subieron incluso en las rebajas, y las eléctricas, que fueron los corsarios con patente estatal subieron los precios mientras el Gobierno anunciaba lluvias (para compensar, el Grupo Eléctrico acogió en su seno al ex director de la Guardia Civil, sin mérito conocido al respecto, enviado por el Gobierno, que siempre premia a los que suyos, quizás como energía verde dentro del sistema energético) Queda mucho por subir, pero todo está previsto. Para demostrarlo, ya ha subido la inflación, con lo cual, el aumento de mi pensión, que me llegaba para un café cortado al mes ya sólo me llega para una piruleta. Comienza febrero y ya veremos que toca.
Estaba previsto, aunque los politólogos de guardia no lo apreciaran, porque acaban por mimetizarse con los mismos problemas que tratan de explicar, que los partidos políticos se liaran entre ellos. Es una deriva natural de los tiempos; unos, por estar en el poder, y otros, por querer estar en el poder, acaban perdiendo de vista el objetivo principal, si es que alguna vez lo tuvieron, que era el gobernar para todos y hacer que este país sea un poco mejor que era cuando llegaron al poder. Sé que es mucho pedir, que sus capacidades –según  demuestran los hechos, contumaces– no pasan del nivel de alcalde pedáneo y que  la inmensa mayoría de los políticos incrustados en sus partidos, andan en constante tribulación, preocupados por salir en los periódicos en la zona de bonanza y no en la de imputados. Los partidos se revuelven y cuando revuelves un partido suele salir a flote la caca oculta. Todos tienen sus problemas; se lían a combatir contra sus rivales políticos y acaban peleándose entre ellos, porque todos han olvidado un principio básico, aquel que decía el personaje Pogo en sus historietas: “Hemos encontrado al enemigo, somos nosotros”.  Desde el PP, que encarna a la perfección su presidente, mirando al tendido con indiferencia, mientras sus enanos pegan un estirón, hasta el más –por el momento– tranquilo, que sería el Ciudadanos de Rivera, actualmente en el papel de espectador, viendo las peleas del resto. Podemos aparenta un combate ideológico, un ajuste dentro de la adolescencia política. Y, por último, el PSOE, enfrentado a sí mismo y a sus pecados. Todos tienen sus casas patas arriba y así va el país, según lo previsto por esas fuerzas ocultas que hacen que todo sea más caro, los puestos de trabajo una porquería mal pagada (lo acaba de decir la patronal con palabras más técnicas) y los ciudadanos, apampanados entretenidos con Trump, que es el lobo feroz que tenemos para distraernos. El mismo Felipe González considera que Trump es más importante que la situación del PSOE, y él debe saberlo mejor que nadie.
Y, sin embargo, Trump ya estaba previsto. Sus pasos no son ninguna sorpresa. Firma leyes contra todo lo que se mueve, a saber, el capital invasor, el enemigo exterior, todo lo de fuera, y se atrinchera en su Fuerte Apache esperando que los salve la Asociación Nacional del Rifle a toque de corneta. Trump defiende a los auténticos, a los américanos con la mano en el pecho, y si para ello hay que echar fuera a la fiscal general y a lo que haga falta, se echa. El mes de enero lo cerró con dos firmas resonantes, el Muro y los Inmigrantes. Estaba previsto y no sé por que se escandalizan las bravas gentes. Lo del muro es un gran negocio; piensen en la construcción y vigilancia de miles de kilómetros de desierto; apuesto a que el presidente y alguna empresa “amiga” ya hicieron cálculos. Lo de los inmigrantes es otra historia que ya le explotó en sus narices. Pensemos por un momento que el anterior presidente americano tiene nombre árabe (Barak Hussein) y que Estados Unidos es un país de inmigrantes (Trump es de origen alemán) y el mismísimo fundador de Apple era sirio, según se encargaron de recordarle al presidente naranja. Pero da lo mismo, no sólo estaba previsto todo, sino que a gran parte de los estadounidenses, les gusta lo que hace, no nos engañemos; y a gran parte de los europeos –y españoles entre ellos– , también.
La xenofobia camuflada de autarquía está en el origen de la doctrina Monroe: “América, para los americanos”. Fíjense que llama América a lo que en realidad son los Estados Unidos de América del Norte. Trump ya es el centro de las preocupaciones mundiales; los líderes europeos se alarman, porque el comercio (Europa es un mercado común disfrazado) se va a resentir. Pero la xenofobia de Trump ya consigue imitadores; el argentino Macri, un italiano de origen, también se apunta a la moda (lo de Argentina es de estudio psicológico social: un país construido sobre la nada por emigrantes). Y, con más o menos adhesiones, líderes políticos en danzas electorales aplauden al presi Donald. Y a lo mejor, ganan y siguen el plan previsto. Incluso en España, el Gobierno actual, por boca de su ministro de Exteriores, no dice ni que sí ni que no. En unas declaraciones hechas en un desayuno informativo (nuestros políticos son más de mesa con mantel que de mesa de trabajo) ha dicho que “defenderá nuestros principios (no vale el chiste groucho-marxista) pero sin pegar gritos”. En silencio, como está previsto.