viernes, 23 de junio de 2017

Los bancos entre dos frases

J.A.Xesteira
Una frase: “¿Que delito es el robo a un banco en comparación con fundar uno?”. B. Brecht; “La ópera de tres centavos”.
El Banco de España, que es el paradigma de los bancos, el banco nacional, de todos y para vigilar los cuartos de todos, acaba de decirnos que aquel préstamo a la fuerza que el Estado, por medio del Gobierno del PP, y por imperativo capital de la Comunidad Económica Europea (también conocida como Mercado Común y –una coña marinera – como Unión Europea) que los bancos recibieron para no quebrar, no se va a devolver. Recapitulemos. En 2012, el Gobierno (el mismo de ahora pero con algunas variaciones en la formación titular) prometió reiteradamente que aquello que se llamó el rescate del sistema financiero (en este punto habría que analizar quién tenía secuestrado al sistema financiero para que tuviéramos que pagar el rescate) no iba a costar un céntimo a los contribuyentes españoles. Hoy, cinco años después, sabemos, por boca del titular del Banco, remachado por el ministro Guindos (el hombre con cara de tener que dar las malas noticias del Gobierno) que sí nos va a costar, y sabemos además cuanto nos va a costar: unos 60.000 millones de euros de nada, aunque todavía están pendientes de vender un par de cositas en las rebajas, una Bankia y poca cosa más. Traducido por las cuentas de la vieja; aquella grandiosa operación que no nos iba a costar nada y que nos iba a dejar “nuestros” bancos niquelados, nos va a salir poco más o menos a 1.300 euros por habitante, a mí, a usted, a todos los niños de preescolar, al señor Guindos, a todos los parados, al señor Rajoy, al chapista, al socorrista de playa, a los carteristas de calle, a los obispos, a las enfermeras de guardia…, en fin, a tododiós (un aparte: esta palabra no figura en los diccionarios, y ya es hora de que alguien la meta, dado su uso habitual y práctico a la par que conciso y claro).
En su día se celebró aquel rescate y, hagamos memoria, con 76.000 millones de euros para sanear el sistema financiero, principalmente la Bankia resultante de fundir a Cajamadrid con Bancaja, en una operacion que todos saludaron con risas y con Rodrigo Rato (hoy conocido como Imputado Rato) y otros bancos entre los que se encontraban las cajas gallegas ya refundidas. El Gobierno, Europa (es decir, las sociedades que maniobran por detrás de los gobiernos para alterar el precio de las cosas y obtener pingües beneficios con la jugada) y la prensa en general (unas por ignoracia y otras por malicia) anunciaron la buena nueva, el rescate de la Crisis, porque nosotros no éramos como esos pringados de Grecia o Portugal. Pero la cosa no era así, y se sabía. La gran jugada consistía en inyectar el dinero público para salvar los negocios privados de unos presuntos delincuentes nacionales y extranjeros. Tanto el FMI (el organismo internacional que tiene más presidentes condenados que la Camorra napolitana) como el Banco Europeo, justificaron y avalaron la jugada porque así España se salvaba de la crisis, con ese dinero y con los recortes en gasto social y estado de bienestar, principalmente educación y sanidad. Desde el principio todos los que ya habíamos visto esta película sabíamos que al final matan a los protagonistas, que son los que pagan, y sale ganando el Lado Oscuro. Por supuesto que, cuando decíamos aquellas pequeñas cosas, nos tachaban de demagogos. Pero los hechos, como decía Vladimir Ilich (uno que ni está de moda: era marxista) son contumaces y siempre acaban por imponerse a las falsas palabras. (¿Por qué lo llaman democracia cuando quieren decir negocio?)
Con aquella mentira se consiguieron varias cosas: por una parte, concentrar pequeños bancos en uniones bancarias de cara a un futuro duopolio o cosa parecida (el último eslabon del Popular aún colea); por otra, levantarle la paletilla a tantos bancos que se habían metido en negocios desastrosos por la mala gestión de sus dirigentes y del Banco de España, que debiera ser el vigilante de la playa: burbuja inmobiliaria o inversiones en activos tóxicos o fondos buitre; de paso, salvar el el culo de la quema a los consejeros y presidentes de bancos que se fueron con indemnizaciones millonarias y pensiones de lujo; por otra, cumplir con la Madre Europa y el Padre Euro, que necesitan un control monetario con solvencia; finalmente, y como pecata minuta, se aprovechó para poner en la calle a unos miles de empleados de banca que estaban sobrando ante el empuje del pago por tarjeta y las operaciones por teléfono, que convierten el cliente en su propio empleado de forma gratuita (perdón, gratuita para el banco, pagando el cliente su teléfono y, seguramente, beneficiando al banco por llamada). Todos los bancos rescatados presentan hoy beneficios, sus presidentes y consejeros, salvo contadas excepciones, siguen cobrando sus sueldos o disfrutan de retiros dorados. Y ahora nos salen con que no van a pagar lo que deben. Y el Gobierno dice que si, que no se devuelve el dinero. Y no pasa nada, la vida continúa, los furanchos abren y cierran, las fiestas se llenan de sardinas y churrasco y la gente se va a la playa. Seguramente alguien volverá a decirme que esto es demagogia, por eso envolví este texto en las dos frases ajenas. Son dos demagogos conocidos. Y a mi me han mangado la pasta. Y sé quien fue.
Otra frase (1813): “Creo, sinceramente, con ustedes, que los establecimientos bancarios son más peligrosos que los ejércitos permanentes y que el principio de gastar dinero para ser pagado por la posteridad, bajo el nombre de la financiación, es sin embargo una estafa futura a gran escala. El sistema de la banca nosotros lo hemos reprobado por igual. Yo lo contemplo como un borrón en todas nuestras constituciones, que, si no se protegen, terminará en su destrucción, ya que ya están siendo golpeadas por los jugadores corruptos, y está arrasando en su progreso, la fortuna y la moral de nuestros ciudadanos”. Thomas Jefferson, tercer presidente de los EE UU, padre de la Constitución Americana.

viernes, 16 de junio de 2017

Érase un vez la democracia

J.A.Xesteira
Esta semana hubo una moción de censura contra el Gobierno, promovida por el partido Podemos. Ya, ya sé que lo saben, pero lo digo porque, consultado el aparato de medir la tensión democrática (se pone en el brazo del pueblo llano y soberano –eso es una frase, no teman–, se infla una pera y depués se miden los latidos de máxima y mínima) nos da que somos un pueblo hipodemocrático, aunque todos presumamos de demócratas de toda la vida. La gente –eso que rellena el concepto de pueblo, también conocido como ciudadanía– sabe que hubo una moción de censura, pero nadie se ha parado a ver el espectáculo entero. Y es comprensible, cada uno ya viene sabido de casa, y según nuestra intenciones políticas (iba a decir ideas, pero no, son un bien escaso las ideas) ya sabemos quien nos gustó y quien no, incluso antes de que hablaran en el Parlamento. Tengo que confesar que entre mis aficiones no está la de tragarme entero un debate parlamentario, de la misma manera que no aguanto un partido de fútbol o la final de Roland Garrós, es un defecto de nacimiento. Son espectáculos que me interesan en su resumen final: ganó el Madrid a la Juve o Nadal a Wawrinka. Y ya está. Con el debate de esta semana, me entero del resumen, y como aquí no gana nadie, pues me vale con lo que pasa.
En esa ceremonia parlamentaria, regida por un guión previsto, ya se sabía de antemano que Podemos no podría echar a Rajoy de la Moncloa por ese sistema; pero estaba en su derecho proponerlo por las razones que sean. Se podría escribir el guión de lo que iba a pasar y casi de lo que se iba a decir. Unos, los de Podemos, aprovecharían para decir todo lo que suelen hablar fuera del Parlamento, y otros, los del partido en el poder, se dedicarían a minusvalorar o despreciar (a veces por vía de portavoz chabacano) la actitud de censura de Podemos; ambos están en su derecho y en su papel. El resto intervendrían como invitados, unos, amigos del novio y otros, del otro novio –es un (anti) matrimonio del mismo sexo–. Ciudadanos se apuntaría el tanto de no ser de los acusados y poder desmarcarse para disparar a derecha e izquierda, y el PSOE acudió como el Comendador de Don Juan. Nada imprevisto. Los discursos se movieron entre el tópico y la menguada oratoria habitual: nuestros políticos son de bajo nivel oratorio, desarrollan sus argumentos dentro de esquemas previsibles, utilizan frases que parecen titulares de prensa (frases tópicas mal escritas) y cuando se salen del esquema, caen en el vacío, rebuscan palabras inusuales que se nota que las acaban de poner en el papel. La excepción sería el mismo presidente Rajoy (a quien el Señor no le concedió el don de la oratoria), del que estamos esperando esas frases para la antología Rajoyniana que alguien debe estar coleccionando para la feria del libro de dentro de unos años. Las intervenciones de Rajoy son dignas de estudio; parece como si en el normal fluir de su discurso, de repente el cerebro se le volviera de corcho y, en ese instante, apareciera una de esas frases en las que se lía inexorablemente. No es sólo que el nivel de los discursos parlamentarios sea bajo (pensemos que estamos hablando de los políticos que parlamentan con el dedo de escribir tuiters en el teléfono) sino que, conociendo el estilo de los finalistas, todo se reduce a un peloteo sin subir a la red, esperando que el rival falle.
Pero si el juego parlamentario era el previsto, el peligro de la rutina puede llevarnos a terrenos más pantanosos. El sistema político nacido después de la Transición ha degenerado en esto. Cuando se celebraron en este país elecciones democráticas todos esperábamos ilusionados que aquello fuera lo que colmara nuestros deseos. En aquellas elecciones me tocó ser presidente de un colegio y recuerdo el buen rollo de todos los partidos en aquella fiesta (por vez primera, un policía se presentó en la mesa electoral que yo presidía y se puso ¡a mis órdenes! para vigilar el buen desarrollo del acontecimiento: el mundo cambiaba) Pero pasaron los años y lo que pensábamos que iba a ser la democracia, se ha convertido en “esto”. ¿En qué?  No se sabe a ciencia cierta. Por una parte los partidos que son oposición al gobernante ejercen un derecho parlamentario y se apoyan en una realidad: el partido del Gobierno está perforado por docenas de corrupciones que abren vías de agua en el casco y pueden hacerlo naufragar. Por otra parte, el PP hace como que no se entera de los delitos que se amparan bajo el paraguas político que sostiene, y le echa la culpa a tipos que pasaban casualmente por ahí. La democracia ilusionante que percibíamos hace años se ha convertido en una rutina gaseosa, en la que flotan conceptos falsos que nadie se molesta en rebatir ni, en el caso de rebatirlos, modificaría en nada la rutina política.
Hay un proceso independentista en marcha; partidos (de derechas, no olvidemos) catalanes plantean una cuestión de independencia. El Gobierno sabe (o debiera saber) que estos procesos, a largo plazo, acaban en una consulta popular. No vale decir (como dijo la vicepresidenta Sáez de Santamaría) que ese proceso es contrario a la democracia; no es cierto, y lo saben, y saben que, a la larga, se hará un referéndum. Basta ver el mundo alrededor para ver que eso será así y será democrático. Todos los partidos políticos que componen el panorama democrático (un panorama crepuscular) se sienten cómodos en un estado en el que la palabra democracia no es más que un comodín a uso de cualquiera, un estado de cosas con reglas no escritas que consisten en votar cada cierto tiempo, como un  concurso televisivo para ver quien gana. Pero lo peor es que toda la ciudadanía asume que eso es la democracia. Todos parecen sentirse bien en ese estado y se limitan a no hacer olas, porque, según el viejo chiste, la mierda flota al nivel de nuestras bocas.

viernes, 9 de junio de 2017

Protocolo y silencio

J.A.Xesteira
Si hubiera un detector de actitudes, de reacciones ante lo que está sucediendo, de actuaciones de la parte dirigente de la sociedad, en la que podríamos meter a los políticos, los que en otro tiempo se llamaron fuerzas vivas, y a los detentadores del poder económico y social, el resultado podría resumirse en pocas palabras: ausencia de improvisación, falta de ideas ante una situación imprevista. La respuesta a las acciones anormales del habitual discurrir del mundo son rutinarias, previstas, escritas, que –seguramente por moda- se resumen en una frase: se aplica el protocolo. Escuchamos la palabra por todas partes, se aplica un protocolo para poner en marcha una ley, la vigilancia de un campo de fútbol en partido de riesgo, la intervención de bomberos en un accidente, cualquier movimiento político de los miembros del Gobierno… Un  protocolo. Como siempre, la palabra significa otra cosa (los ilustres políticos lo sabrían si consultaran más a menudo el diccionario de la RAE en las tabletas que les regalaron con el escaño parlamentario).
La aplicación de protocolos, que sí son correctos en los casos médicos, científicos o en todas las ramas técnicas que precisen de acciones previamente estudiadas, es norma ya generallizada en todo el mundo. Ocurre un suceso con víctimas, sea de la naturaleza que sea y al nivel que sea (desde la parroquia hasta la ONU) y se aplica un protocolo que, en realidad es una rutina formulista y burocrática. Si hay un país en el mundo en el que resulta más chocante, ese es España, un lugar donde nadie lee los manuales de instrucción ni los folletos explicativos de como funcionan los electrodomésticos o la herramienta de bricolage. Nadie sabe quien escribió la rutina protocolaria, pero ante cualquier acontecimiento anormal, un suceso trágico, un asesinato, un atentado o cualquier acto que inspire lástima y dolor a la ciudadanía, se aplica un protocolo inmediato, generalmente con el fin de aprovechar la vena dolitente y ponerse en plan pésame para una foto. Ya saben: un atentado en París o una mujer asesinada en su cocina y las fuerzas vivas salen a la puerta de su negocio y se ponen para una foto en un minuto de silencio, se dicen cuatro frases sobadas (“no podrán con nosotros” o “venceremos a esta lacra”) y la vida continúa sin más problemas que para los muertos.
Me dio el toque el pasado atentado en Londres, similar a otros atentados en otras capitales, en los que mueren unos turistas y unos residentes. Los políticos salieron al minuto de silencio para la foto, se pusieron las flores en el lugar habitual y se hicieron promesas de castigo y de persecución igual que siempre (los resultados serán los mismos) La fórmula la repitieron en otros países, que tienen, por lo visto, el mismo protocolo. Como están en campaña electoral, cada quien barrió para su terreno las condenas del atentado. La primera ministra en funciones británicas advirtió que ganarán la batalla al terrorismo, un argumento de pura fórmula que no dice nada, llevan diciéndolo hace años en todas partes del mundo, y la cosa no mejoró. Nadie va al fondo de la cuestión, a los orígenes. No hay nada espontáneo, todo está regulamentado. El terrorismo, en principio y entre otras cosas, es una cuestión semántica, aquel que es un terrorista para Occidente es un mártir heróico para muchos musulmanes; y viceversa, los ejércitos que bombardean zonas indeterminadas de Oriente Medio, destruyen un tanque islámico o un hospital, son para los musulmanes unos asesinos. Unos atacan Siria o Irak y otros atacan ciudades europeas. Mientras no se entienda eso y solo se busque la solucion protocolaria de hacer que se investiga (detienen a unos peligrosos yihadistas que dicen que iban a atentar, adivinación que suponen los policías) y enviar más bombarderos a los países islámicos que no pertenecen al selecto club de los emires, no se arreglará nada. Se sigue el protocolo: minuto de silencio, notas de pésame, flores y a otra cosa. La policía no detendrá a los terroristas potenciales, de hecho la policía solo triunfa en las series de televisión, en la vida real unas veces acierta y otras no resuelve nada. Los terroristas no son una secta de película rancia tipo Fumanchú, son la consecuencia de una situación armada a nivel mundial, en la que hay demasiados países implicados y muchas economías manchadas de sangre. No acabará mientras no se elimine la causa que lo genera, la guerra en los países de Oriente Medio, en la que hay más muertos que negocio. Los terrorista no siguen protocolos, improvisan.
La violencia doméstica, otro protocolo. Cada mujer muerta tiene un minuto de silencio para que hagan la foto de los alcaldes o del gobierno autonómico, una manifestación de vecinos de la víctima, y el ingreso en prisión (si no se suicidó) del presunto agresor. En el saco de la violencia de género se mete todo, sin entrar a analizar caso por caso; no es lo mismo el arrebato asesino de la-maté-porque-era-mía, que el premeditado que muchas veces queda sin solución, o la muerte con orden de alejamiento (un protocolo inútil, al alejado le importa muy poco que le ordenen alejarse si tiene la intención de asesinar) o la doble muerte a lo Stefan Sweig de la soledad un anciano desesperado y desesperanzado con su mujer convertida en vegetal año tras año. Todo lo meten en el mismo saco. Las cifras seguirán sumando, porque el minuto de silencio no arregla nada, las llamadas al 016 son muchas, las soluciones, protocolarias. En lugar de un pacto político tendría que haber ya estudios de sociólogos, psiquiatras y policías expertos en la materia que traten todos los aspectos del tema para prevenirlo. Porque una vez muerta la gente ya no vale el protocolo. Es un problema que necesita una regeneración de la sociedad en todos los estamentos y terrenos, trabajar para que la gente sea más justa, más digna y más culta. Y eso requiere ir al fondo de la cuestión, trabajar por una sociedad más feliz en la que el Yo no tenga más poder que el Tu y la rutina no gobierne.

viernes, 2 de junio de 2017

Tiempo de reajustes

J.A.Xesteira
Veo y leo la noticia de una batalla entre policías y gente joven en Santiago, por causa del desalojo de un edificio ocupado en el casco histórico; concretamente se trata de un edificio con blasón en el número 11 de la Algalia de Arriba. Depende quien dé la información tuerce hacia su propia subjetividad (por no llamarlo tendencia, partido o simplemente falta de profesionalidad) y unos hablan de “batalla campal en una casa okupa” y otros hablan de “carga policial contra los que se manifestaban por una casa cultural”. La (des)información es coja y tuerta; las pesquisas de los Medios llegan, como mucho a situar en ese número al coro Cantigas e Agarimos. Pero para algunos, entre los que me cuento, ese edificio fue mucho más. En el curso 67-68 vivíamos una tropa de estudiantes en el piso primero, en la vivienda de doña Mercedes, una excelente maestra de escuela (y persona encantadora) que tenía pensión para unos doce o catorce tipos repartidos entre las facultades de Derecho, Medicina y Químicas. Formábamos un colectivo incontrolable que conviviamos con los hijos de la casa. Mi habitación, compartida con tres compañeros, estaba en el balcón pegado al blasón. En el segundo piso había otra pensión en la que creo que habitaba en aquellos días el cantante Benedicto, que recién presentaba canciones en el Paraninfo de Medicina (en el que las Voces Ceibes se esforzaban por meter dentro de los tres acordes que conocían la poesía de Celso Emilio; los del público sudábamos como pollos de granja y pedíamos a gritos una libertad abstracta). En los bajos estaba Cantigas e Agarimos y la taberna El Cuco; arriba de todo estaba la Orquesta Compostela. Al lado estaba nuestra sede social, el Bar La Cepa. De todos aquellos que asistíamos –más o menos– a clase, cantabamos serenatas y procurabamos pasarlo bien, hay varios doctores, médicos, abogados, profesores de ciencias y otros que seguimos caminos diferentes. Los tiempos eran difíciles, pero, como diría Brecht, también en los tiempos difíciles se cantaba, y también en aquellos tiempos difíciles había batallas entre la policía (gris) y los estudiantes sesentayocheros. Muchos de aquellos que vivieron aquel Santiago, recordarán tiempos pasados al ver otros polícias golpear a otros jóvenes. Algunos de los que estudiábamos (y zascandileábamos) en aquellos días han fallecido (como doña Mercedes, que siempre me animaba, ya cuando volví a su pensión como trabajador periodista, a que escribiera todas aquellas aventuras de estudiantes) pero todo es un deja vú: las dignas autoridades del 67-68, desde el rector (magnífico) hasta el alcalde, pasando por el gobernador civil clamaban contra el estudiantado levantisco y rojo. Al ver las reacciones de los dignos dirigentes políticos de ahora, me pareció dar un salto atrás espacio-temporal. Se invoca la ley que hay que cumplir, se demoniza a los ocupantes por poseer un folleto en el que se dice como hay que actuar en caso de ser detenido, como si eso fuera ilegal o pecaminoso (lo que allí cuentan es la táctica utilizada por políticos corruptos, no declarar, buscar un abogado de confianza y negarlo todo) Y todo vuelve a repetirse; sólo hay que cambiar al dictador del Valle Caído por la democracia más llena de bobos que nunca pudimos imaginar. En aquella Algalia del 67-68 no se dormía: se conspiraba contra el universo. En la cocina de Doña Mercedes vimos una noche “El acorazado Potemkin” en super-8; echábamos serenadas nocturnas a cambio de un trago de cualquier cosa; llenamos la plaza de Cervantes de octavillas ilegales escritas a mano contra el referéndum del 66 de la Ley Orgánica del Estado (que los españoles votaron porque era el “Sí a la paz”) y pasaron otras muchas cosas: unas, gamberras, otras más conflictivas (un poco más abajo, en el Preguntoiro participé una vez en una quema de periódicos, en protesta contra el rotativo en el que unos años más tarde sería redactor, cosas de la vida). Han pasado cincuenta años más o menos y parece que nada ha cambiado en el fondo. De la forma hay gustos para todos: los policías pasaron del gris ratón al azul-hombre-de-Harrelson, las barbas pasaron de la barba Ché a la barba Curros Enríquez, los rojos que vestían de pana y trenka se convirtieron a la fe del Santo Cargo Público, creen que existen en las redes sociales, pero son difíciles de ver en la vida real… Y los políticos no acaban de entender en qué consiste la democracia (ver el barrío sésamo del Congreso de los Diputados y lo entenderán: en el debate sobre los presupuestos del Estado se rompen las sillas, el presidente del Gobierno no sabe que botón tiene que apretar –es de letras, a él, la técnica no le va–, y la presidenta advierte que aquello no es un circo y aclara: “con perdón del circo”).
Ahora que va a venir el verano (falta poco para el cuarenta de mayo) hay que hacer ajustes; los equipos de fútbol cambian a sus entrenadores, el Gobierno cambia fiscales. Los padres de la patria se dan prisa por aprobar las cuentas para gastos del año, como una rutina; la cosa consiste en buscar aliados y prometer obras públicas, creación de empleo y ninguna cultura. Reajustes que vienen en el folleto de cómo-actuar-cuando-hay-presupuestos, que se reparten entre los ocupas del Congreso (los del Senado son hologramas). Sólo les queda un tema para poderse ir de veraneo: los catalanes tercos. Si el Gobierno hiciera política comparativa, vería que ese ajuste es el mismo que afecta a otros países por las mismas separaciones. Siempre acaban haciendo el referéndum, y los catalanes lo harán algún día, solo hay que cambiar las leyes que hagan falta. Si se fijaran un poco, verían, además que esos referendos siempre lo pierden los independentistas.
Hace tiempo me dijeron que en las casa de la Algalia querían hacer un hotel; eso estaría bien en una ciudad que es parque temático. Si lo hicieran iría a dormir a mi cuarto de antes, y se me aparecerían los fantasmas del curso 67-68 para echar unas risas.

viernes, 26 de mayo de 2017

El cine en los tiempos del tuiter

J.A.Xesteira
Con el comienzo del festival de cine de Cannes hace unos días, se montó un nuevo follón, se abrió una nueva polémica entre cine en el cine o cine en el sofá. El festival de Cannes, este año presidido por Pedro Almodóvar, se instaló en la polémica clásica y anual, y que fue la aparición entre las películas competidoras de un film realizado expresamente para la plataforma televisiva de pago Netflix. Hasta ahora la condición para exhibir cine en Cannes era de pasar la película por cines franceses, pero la película de Netflix no será exhibida nunca en una sala convencional, sino en una sala de estar. Se produce así una paradoja que suena más a tormenta en un bidé que a una crisis del séptimo arte. El propio Almodóvar salió a pronunciarse sobre lo impropio de dar un premio a una película que no será nunca vista en un cine. Al punto salieron opiniones para todos los gustos; unos, puristas, defendieron la necesidad del recogimiento y el silencio de una sala a oscuras frente a la domesticidad del sofá; otros argumentaron que…, bueno, que no se podría ver en una sala convencional, pero muchas de las películas premiadas, minoritarias y exóticas, tampoco se han visto nunca en una sala comercial; otros adujeron que los nuevos medios están ahí y la cosa ya es imparable; y, al final, como era de esperar no hubo acuerdo en esa tormenta de ideas. La película se estrenó y Cannes apuntó el escándalo anual.
El tema, sin embargo, es de mayor importancia, a poco que revolvamos la polémica. Es cierto que los nuevos medios están ahí para quedarse; cómo serán en el futuro aún está por ver y caben todas las especulaciones, pero Netflix no es más que una empresa de entretenimiento que produce sus productos, más o menos artísticos (tiene poder suficiente como para contentar la cuenta corriente de cualquier ilustre autor-director incorruptible) y distribuirlos sin intermediarios, sin distribuidoras, sin salas, sin palomitas: de Hollywood a su plasma casero sin nada por medio (bueno, pagando, eso si). Algunos defensores han visto en esto un parapeto contra la piratería, cosa vana, porque si hay que piratear, se piratea. Hemos pasado de las descargas gratuitas a comprar un aparato chino que descodifica señales wi-fi y nos mete en casa cadenas enteras de pago sin mucho trabajo. Si una tropa de hackers es capaz de meterse en los más blindados archivos de las grandes corporaciones, ¿qué no será capaces para ponernos Frozen-2 en casa por la cara?. El tema no es cuestión artística; lo sería si el séptimo arte fuera cosa de una sóla persona en su casa con un pincel y un lienzo, pero hablamos de una industria. El cine, el gran tótem de nuestro siglo pasado, nuestra fuente educativa sentimental, se creó como negocio, floreció como negocio y vive como negocio; de las primeras barracas hasta las grandes salas, el sistema capitalista se dio cuenta de que aquello era no solo un poder educativo a precios populares, sino que, además, era rentable. Se edificaban grandes y lujosas salas, cada vez más grandes; la consigna era: un cine, por lo menos, en cada pueblo; las distribuidoras enviaban los sacos con rollos de celuloide a todas partes del mundo. Y eso generaba un enorme beneficio.
Pero cambiaron los tiempos, cambiaron la voluntades. El negocio ya es otro y nos llega por cable o por satélite, y podemos ver las películas en cada momento y en todo lugar. ¿Eso es mejor o peor? Quien sabe…, pero en Cannes se habló más de economía que de arte. Los gustos han cambiado y genios como Woody Allen han experimentado en la televisión una nueva forma de crear arte. Las plataformas digitales son las que mandan; los gobiernos de cada país tendrán que repensar su visión cultural (en el caso de España no, la cultura no es su fuerte) y las películas del futuro serán lo que sean.
Hay un aspecto en el caso que me preocupa más que la parte crematística de pagar en la sala o pagar en el sofa de casa, y me lo recordó el otro día que pasaban por una tele de noche “Enmanuelle”, aquel escándalo erótico, hoy una palida y cursi historieta con fotografía de calité. Recordaba –y no quiero entrar en el terreno de la nostalgia, sino de los contrastes históricos– el tiempo en que “Emmanuelle” estaba prohibida en España y los gallegos del sur podíamos ir al cine de los Bombeiros Voluntarios de Vilanova de Cerveira, en los tiempos de la frontera y el pasaporte; allí ponían “El último tango en París”, “El acorazado Potemkin” y otras joyas prohibidas. Era  surrealismo puro: un cine de bomberos convertido en el Perpignan para gallegos. Poco tiempo después vi “Emmanuelle” en Vigo, ya legal, con el prohibidor enterrado en su Valle. Había una larga cola que se extendía por la acera, y avanzaba lenta; en esto llega una tripulación de un barco, unos diez, con jerseys gruesos, botas de goma y gorras; acababan de dejar el barco atracado en puerto; el que parecía ser el capitán le dijo al más pequeño de todos: “Neno, ponte na cola e saca dez entradas”, y con la misma se fueron a tomar unas cervezas, dejando al Jim Hawkins al cargo de las entradas. Aquella “Emmanuelle” era una cuestión de grupo. Cuando el otro día la volvía a ver (no llegué al final) en la televisión, me dí cuenta de que el mayor cambio del cine en estos años no fue el económico, ni el tecnológico, ni siquera el artístico. El mayor y –me temo– más peligroso cambio fue el pasar de una actividad cultural que consumíamos de forma comunitaria, a una actividad cultural individual. Al sistema no le gusta que vayamos al cine en grupo, porque después podemos ir a tomar un café y hablar, y de la charla enseguida se llega a las opiniones, y es malo tener opiniones. Prefieren tenernos en casa, encerrados con nuestros juguete personal, con el que nos domestica debidamente y nos entretiene por un módico precio.

viernes, 19 de mayo de 2017

Un país de jajá-jijí

J.A.Xesteira
Nada más lejos de mi intención que moralizar desde un escrito en los periódicos; ni los escritos son moralizadores ni las moralejas son convenientes, ni la moral, entendida como compendio de buenas costumbres, tiene nada que ver con lo legislado (aunque a veces coincida). Tampoco hay que hacer mención a la ética, que es una reivindicación necesaria y libre de la virtud. En los escritos de los periódicos, pese a que los escritores nos pongamos a veces moralizantes o nos vistamos con la pomposidad del moralizante, no hay que buscar enseñanzas. Está-científicamente-demostrado (valga la frase) que cualquier cosa que se escriba en forma de artículo periodístico será entendida por el posible lector (calculo, también de forma “científica”, que a cada articulista lo leen quince personas, incluidos familiares) según le vaya el día y según sus entendederas particulares. Dicho todo esto, y recordando el tango que decía que en el Siglo XX, cambalache problemático y febril, los inmorales nos habían igualado, y ya quedamos igualados, tengo que costatar que la inmoralidad impune (y aquí cualquiera entiende a que inmoralidad me refiero) que circula libremente por todo el país y que alcanza desde las más altas cotas político-económicas hasta los últimos rastacueros que habitamos el Estado español, nos parece importar a todos un rábano. La extensa mancha de aceite inmoral y corrupto que se va extendiendo por el partido en el poder y que alcanza de refilón (y de momento) a otros partidos no en el poder, debería ser materia suficiente para dos cosas a modo de reacción: indignación y actuación inmediata y fulminante (cárcel incluida) contra los inmorales, con devolución de los bienes publicos robados y distraidos hacia otros destinos ocultos. Cada semana aparece una novedad poco nueva, una nueva imputación, otra investigación, un hilo más de la madeja que envuelve las finanzas del PP (y no sólo del PP), algo que se supone, a poco que se tenga sentido común: no se puede gastar tanto en tanto bombo y platillo con las cuotas y los dineros legales de cada partido; por lógica pedestre ese dinero tiene que venir de algún maná celestial y oculto entre los milagros de las empresas y sus beneficios. El país está en escalada constante de corrupciones que siguen un proceso clásico: se destapan en algun medio interesado en dar la noticia como un fuego de luces; le sigue un desmentido del partido (últimamente le toca al PP y a Convergencia) que pone la mano en el fuego por el supuesto delincuente; a continuación viene un rifirrrafe entre distintos bandos con el estribillo sabido: “Vosotros, más”; sigue, a veces alguna detención con posible encarcelamiento con fianza u otra variedad judicial… Y ahí se acaba todo. Mejor dicho, ahí se eterniza todo, con un par de cabezaturcos entre rejas, los partidos blindados ante los ataques y los jueces enfrentados a una montaña legal sin los medios necesarios para escalarla.
¿Y el resto de los indignados ciudadanos que suelen comentar estas cosas? ¿Cómo reaccionan? ¿Cómo se indignan? ¿Que armas electorales esgrimen contra los que cometieron los delitos? Nada, hacen chistes en Twitter, muy ingeniosos, muy elaborados; hacen montajes y memes en Youtube con mucha gracia; se ríen en este país multicolor como abejas mayas con su inocencia y su bondad. Somos un país gracioso, chistoso, nos divertimos con tomarle el pelo a los grandes personajes de la sociedad, como si les pintáramos bigotes y gafas. Somos un país de jajá-jijí. ¿Que el mercado laboral presenta un balance de millones de personas sin trabajo, millones de personas con un trabajo semiesclavo con salarios miserables y jornadas de muchas horas camufladas? Pues bueno, sacamos un chiste de becarios en la red y al rato se ríe toda España de los becarios que trabajan y no cobran. ¿Que esta pasada semana le tocó a Cifuentes ser la sospechosa habitual de cada semana en el PP? Pues se le saca en un tuit con un texto haciendo una gracia. ¿Que los bancos que un día se llevaron dinero público para tapar sus delitos ganan cada semestre  porcentajes que nunca le aplicarán a las pensiones? Pues se descarga el cabreo en la red  en forma de coña ácida, pero coña sin más. Y así sucesivamente hemos convertido la realidad dura de la sociedad, que avanza a trancas y barrancas (aunque la imagen que dan los Medios es que somos un país bollante y la envidia de Europa, falsedad facilmente comprobable en cuanto se sale de la frontera) en un chiste malo de hoja de calendario, que se ríe en el momento y se tira a la papelera.
Hubo un tiempo en que el humor nos salvaba de la úlcera de la dictadura; se hacían chistes de bar que corrían de boca en boca, como analgéscio contra una situación en la que no había lugar judicial ni más recurso de protesta  que callarse o llevar hostias. El humor, el chiste en los tiempos pre internet, era una válvula que nos mantenía en pie. Pero ahora mismo utilizar el chiste instantáneo y constante como sustituto del derecho a la protesta es inmoral (entiénda cada uno la palabra inmoral, como dije más atrás). Todo ese despliegue de habilidad e imaginación para hacer gracias en los teléfonos enmascara un problema mayor: la ausencia de razonamiednto crítico y la pérdida de la dignidad ciudadana. Los mismos políticos (o sus chistosos a sueldo de sus tuits) tienen más argumentos en la estupidez tuitera que en el cometido de sus funciones como políticos. Ya no trabajan (les pagamos para eso) en conseguir que todos vivamos mejor, simplemente se sientan en un sofá a teclear tuits muy graciosos con los que agradar a sus posibles votantes. No somos un país serio (se puede ser serio y gracioso a la vez, pero no triste) Mientras la sociedad contemple lo que está pasando como si fuera un programa de humor televisado mal anda la cosa. Un día nos daremos cuenta de que el programa terminó y lo que viene ya no tiene ninguna gracia. Nos lo dirán en un tuit, pero no tendremos risas que llevarnos a la boca.

viernes, 12 de mayo de 2017

Notas para matar al turismo

J.A.Xesteira
El turismo, un invento británico como tantos otros, fue el resultado de la tranformación del ser humano que iba a ver que había detrás de las montañas, empujado por una necesidad (emigración por falta de alimentos o desgracias naturales, cuando no espíritu de aventura pegado al comercio) en el ser humano que fue a ver que había detrás de la montaña por simple placer curioso (por supuesto, bien viajado y con todas las comodidades) Fue la diferencia entre las tres carabelas y la Wagon’s Lits Cook. Básicamente el turismo es paisaje y panorama, panorama vacío, soleado y sin gente: un cartel. El reclamo es ese cartel ausente de gentes en el que queremos estar, ya sea en un valle tirolés o en una playa tropical. El turismo se creó primero, la necesidad de viajar vino después, posiblemente junto con las guias (británicas también) que nos contaban las maravillas que había en cualquier parte y que los nativos de cualquier parte no entendían por qué venían desde tan lejos para ver aquellas piedras o aquellas playas. Pronto aprendieron los nativos que al lado de aquellas playas y aquellas piedras podían vender cervezas y tortilla (en la versión española, que se cambia por cerveza y pizza en la italiana y cerveza y musaka en la griega, y así en todas partes)
Fraga Iribarne, ministro de Franco en aquella ocasión, rama Información y Turismo, fue el inventor del turismo español, que es como decir el turismo del mundo. España era diferente y ese eslogan, junto con aquel de los 25 Años de Paz, le daban al país un aire distinto, en un momento en que los turistas eran veraneantes y, junto con el Seiscientos nacieron los alfredolandas y la especulación inmobiliaria. Este país presumía de turismo internacional y de cifras económicas, en unos años en los que para decir que éramos un país de pringados pobres, emigrantes a Europa y poca cosa más, nos autodefiníamos como “en-vías-de-desarrollo”. El turismo aumentaba cada año y venimos batiendo récords anuales desde que el pobre de Alfredo Landa intentaba hacérselo con Nadiuska (acababa con Lina Morgan o Gracita Morales). La actualidad es un puro récord, y el territorio está ocupado todo el año por extranjeros que tienen a su disposición un país barato y sin miedos terroristas.
La cosa cambió desde aquellos veraneantes hasta los turistas informáticos, pasando por los caminantes peregrinos rumbo hacia un parque temático inventado por la Iglesia Católica. Los viejos del Imserso ocupan la temporada baja de los hoteles y se autolesionan el colesterol y las transaminasas con los bufets libres (nunca tantos jubilados confundieron la libertad alimenticia con el libertinaje glotón). Los aviones de bajo coste traen y llevan a millones de habitantes de las tierras grises para disfrutar del sol español manoloescobalero. Los barcos cruceros transportan auténticos municipios de seres humanos, que viajan en forma de barrio del extrarradio para pararse unas horas en un puerto de atraque y decir que estuvieron en España; toda una aldea marina generando detritus y basuras que dejan en cada puerto de atraque. Cada vez son más abundantes los viajeros con casa a cuestas, caracoles de caravanas en las que reproducen su apartamento y los colocan en descampados adecuados en los que pueden vaciar su retrete quimico y hacerse una barbacoa con el vecino, en lo que en tiempos fue vida de cámping y ahora es mogollón de nómadas ma non troppo (mi siesta y mi tele que no me las quiten) La posibilidad de aventura se reduce a una diarrea o un robo de cartera; todo ha sido descubierto, y aquella hipótesis de viajar a la aventura ya no tiene cabida en un mundo controlado por internet en el que podemos ver en directo y desde el satélite cada palmo de la Tierra. Una vez eliminados los grandes espacios africanos por miedo a un terrorismo abstracto, ya no queda ningún lugar donde sentirnos personaje de Stevenson o de Salgari. Nuestro espacio vital como turistas es mínimo; llegamos a aquel pequeño pueblo de –supongamos– Portugal o Italia donde, cuando éramos mochileros aventureros, disfrutamos del paisaje y del paisanaje sin malear, y nos encontramos con una masa apretada de españoles, alemanes, italianos y los siempre impávidos japoneses; un amigo me decía que no se puede dar un paso en semana santa porque todo está lleno de turistas (no se daba cuenta de que él era uno de esos turistas que no dejaba dar un paso al vecino).
El turismo se va a morir un día de estos por su propio éxito. Igual que las ciudades tienen más coches que espacio para aparcar, el turismo ya no cabe, por mucho que digan que es una fuente de beneficios enorme, cosa que no se pone en duda. Ya no se sostiene y no parece que se alumbren señales de alarma, cuando debieran estar las luces rojas a todo meter. El turismo actual, con su ritmo y disponibilidad, ya no es sostenible. Millones de personas aumentan las poblaciones costeras, especialmente en los meses de verano, que aquí son muchos más que en el norte de Europa, y arrojan a unas depuradoras, diseñadas para una pequeña población censada, las defecaciones de millones de recién venidos en tiempo récord. No se sostiene. Se enmascara porque da trabajo temporero-semiesclavo a miles de trabajadores en paro.
Internet se ha convertido en la gran agencia de viajes donde se puede contratar en pantuflas un hotel o una casa con vistas al mar. La eclosión negociadora de los alquileres de viviendas ha generado un nuevo problema; un mercado en el que se mueven millones y que está a medio legislar; los precios se disparan, los propietarios ponen sus pisos en los portales de internet y surgen nuevas situaciones sociales; no hay vivienda para los residentes o los que se trasladen a una zona turística para ejercer de médicos o de funcionarios públicos: compensa más tener un piso vacío siete meses y alquilarlo el resto. Las islas y la costa española ya no tienen viviendas para los vecinos. El cartel turístico se llenó de gente, que come, ensucia y no deja sitio para vivir.