viernes, 16 de febrero de 2018

Mensaje de Fátima

J.A.Xesteira
Recibo como cada año por estas fechas una carta de la ministra de Empleo y Seguridad Social, doña Fátima Báñez, en la que me comunica textualmente que “Gracias a la solidaridad y el esfuerzo de todos los españoles, hemos concluido 2017 avanzando en la senda de la recuparación y el crecimiento. Un periodo en el que se han creado más de 600.000 empleos, que constituyen una gran fortaleza para nuestro sistema público de pensiones”. Después de alucinar en colorines un instante, prosigo leyendo que el sistema de la Seguridad Social atiende a más pensionistas que nunca y hay que seguir trabajando en esa dirección, y, en el párrafo siguiente, me anuncia que mi pensión la suben este año un 0,25 por ciento (¡tachaaaaannn!). Llegado a este punto me quedo mirando al espacio, con la mirada perdida, atónito y perplejo; tardo en recuperarme; si fueran estos los viejos tiempos de vino y rosas me serviría un copazo de bourbon a la salud de Fátima y su mensaje, y, además, para reponerme del shock causado por la información. Después, poco a poco, regreso al presente, me sitúo en la realidad y recuerdo que hace tan sólo unos días el presidente Rajoy (jefe de Fátima) decía a los cuatro vientos de la rueda de prensa que “ahora que las cosas empiezan a ir bien” (coincide en eso con Fátima, pero no coincide con la inmensa mayoría de los pensionistas o los asalariados) hay que hacer un peto e ir ahorrando a largo plazo; es decir, hay que hacer planes de pensiones, porque, no es que la cosa vaya mal, que va muy bien, pero mejor hagan un plan de pensiones no vaya a ser el demonio que nos pase algo. Me recordaba aquello tan de nuestros antepasados que siempre estaban ahorrando “para una enfermedad”. De paso, don Mariano también sugiere que hay que ahorrar para la educación de los hijos, no vaya a ser que se privatice todo y no tengamos fondos para mandar a los niños a colegios concertados con la Iglesia Católica. En ese momento la inclinación por el remedio del bourbon era alta, a pesar de haberme convertido a la abstención alcohólica y a la mesura en grasas y derivados del cerdo.
Como no perdí la costumbre (a pesar de que me estoy quitando) de leer periódicos, abro el ordenador, que es donde están los Medios y me encuentro de nuevo con Fátima, que es como una aparición de la Señora a los pastorcitos que leemos el periódico en el desayuno. Y me dice que los pensionistas no han perdido poder adquisitivo desde el inicio de la crisis. Y me vuelve el deseo de sustituir el café por el bourbon. Las ministra lo dice con cara de creérselo; puede que sea una aparición dogmática, una cuestión de fe, que se resuelve en los círculos políticos, no en los finales de mes de las cajas de los supermercados. Las afirmaciones de Báñez está fuera de la ley de la gravedad del asunto, flotan en un país multicolor en el que los pactos, las leyes sociales y los mensajes de la ministra nos llevan a la felicidad.
Como los periódicos suelen disparar en direcciones contrarias y lo que en uno es blanco, en otro es rosa fucsia, y en lo que uno es piropo al poder, en otro es barricada contra el sistema, abro otro Medio para ver si he leído bien o Fátima estaba en Cova de Iría. Y aquí la sorpresa es mayor, porque aparece la ministra con el sexto aniversario de la reforma laboral. Y ahí se me presenta otra aparición, diría que milagrosa: surge uno de esos anuncios que se meten en cuanto se abre alguna página de periódico, ya saben, ofertas telefónicas, hoteles, coches…, y un gran anuncio sobre la foto de la ministra de…¡una empresa de inversiones!, con nombre inglés que anima al lector con la frase: “Evite quedarse sin dinero durante su jubilación” y le dice como invertir para que Fátima y Mariano, que lo llevan todo muy bien, acaben por meter todo el paquete en un plan de jubilación de algún banco de los que hemos rescatado y que nunca nos devolverán nuestro dinero. Así que la cosa es que todo va en el “pack”, que es como le llaman a un paquete los expertos que no saben hablar en su lengua. Ya no es mensaje subliminal sino directo, como si la empresa que anuncia en inversiones dijera: “No le hagan caso a esta de abajo, sigan mi consejo y búsquense un plan de pensiones”. Claro que, la “company of investiments” lo recomienda para aquellos que tengan unos 350.000 euros de más y los quieran meter en ese plan bancario; con lo que me suben de pensión o con lo que cobra la inmensa mayoría de los españoles, tener 350.000 euros de más sólo está a la altura de un político corrupto (¡Ay quien fuera político corrupto, con lo bien que viven!) Me precipito a por el bourbon y me doy cuenta de que hace años que no tengo nada de alcohol; me conformo con el café y las tostadas.
Como resulta que la reforma laboral del Gobierno ha aumentado la precariedad y ha hundido los salarios; como las empresas aumentan beneficios pero los salarios caen en picado (la tercera parte de los trabajadores por debajo del salario mínimo); como la educación se depaupera para beneficiar la educación privada; como la sanidad encoje sus nóminas para derivar enfermos hacia la sanidad privada (el negocio sanitario privado creció un 16 por ciento en cinco años –en gran parte por capital público–, mientras que el público bajó un 6 por ciento), y como los planes de pensiones no son más que un producto bancario como uno de aquellos “plazos fijos”, aunque con más peligro, y como la banca es el sector del país que más paro generó, con el mayor beneficio consolidado, he decidido hacer dos cosas: meter los pocos ahorros en la viga, como decía aquel sabio, y comprarme una botella de bourbon, aunque con la subida de Fátima no me va a dar ni para un Dyc.

viernes, 9 de febrero de 2018

Las explicaciones

J.A.Xesteira
–Hace un frío del copón.
–Si, el termómetro marca tres grados, pero la sensación térmica es de bajo cero; la humedad es alta, del ochenta o noventa por ciento; el viento es nor-noroeste, de, más o menos, fuerza dos o tres; y el sol apenas aparece con el nublado persistente que hay; y eso que aún  no llegó el frente que se espera para las cinco de la tarde, que traerá rachas atemporaladas y chubascos que será de aguanieve.
–Ya… Hace un frío del copón.
Hace años, antes de que existiesen hombres y mujeres del tiempo televisado, incluso antes de que el tiempo televisado fuera un mapa en blanco y negro en el que unos señores vestidos de gris pegaban soles que parecían huevos fritos, los habitantes de este planeta teniamos frío o calor. Ahora también, porque es la relación natural entre el cuerpo humano y el ambiente que lo rodea, con sus variaciones climáticas. La única diferencia está en la explicación. El ser humano de ahora mismo pasa frío o calor con información, es un frío científico, experto e instantáneo, que cualquiera puede enriquecer con sólo consultar el termómetro del coche o su teléfono; ahí nos dice de que tipo es el frío que nos hiela las orejas, pero no nos lo quita de encima. Simplemente nos lo explica, adorna la sobriedad, como una guarnición que compaña a la carne a la plancha.
Vivimos en tiempos de explicaciones. La influencia de la televisión en la manera de hablar y comportarse el personal es evidente. No hay que darle vueltas, hablamos y nos comportamos como reflejos televisivos. Y en la televisión informativa y entretenida (vamos a admitir, aunque sólo sea para entendernos, que exista esa televisión con esos calificativos) se lleva lo explicativo, la redundancia, la insistencia, la incidencia en un monotema (los catalanes y sus vaivenes o los sucesos policiales reiterados en pantalla), la magnificación de cualquier historia del momento. Los locutores repiten frases, como si no les escucháramos en la primera toma, seguramente a imitación de las televisiones americanas (ver reportajes americanos doblados en los que cada frase se repite por duplicado, seguramente porque las circunvoluciones cerebrales de los americanos nunca lo pescan a la primera). Así, sin salirnos de la ola de frío, el otro día, en una cadena televisiva, la locutora que explicaba que la nieve es una cosa terrible que nos acaba de pasar (parece ser que nunca nevaba en este país) conectó en directo con el alcalde de un pueblo de Cantabria cubierto de nieve, que explicó: “No estamos incomunicados, pero cuando pasan las quitanieves, al rato se vuelve a cubrir”; a lo que añadió la locutora: “Es decir, que después de haber trabajado las quitanieves la nieve vuelve a cubrir las carreteras”. Y así, durante más de media hora informativa, fueron desfilando enviados especiales que contaban algo tan obvio como que nevaba, y la locutora, repitiendo eso, que nevaba. Todo repetido, por duplicado, para que la explicación fuera total. De lo que nos enteramos es de eso: nevaba, algo que parece como un fenómeno insólito, algo desconocido.
Esa manera de explicación se reparte por toda conversación, por toda información, sin que tanta palabra aporte gran cosa al resultado final; se explican en coloquios de expertos televisados, en los periódicos, en los parlamentos políticos, pero, en realidad, toda esa información no encierra grandes ideas, muchas veces, ni siquiera encierra una simple idea.
Si hay un territorio en el que la gran explicación ha conseguido disfrazar el propósito principal, a imagen del pronóstico del tiempo, es el territorio de comer y beber, un espacio donde importa más lo que se dice que lo que se come o bebe.
–Este vino tinto está cojonudo.
–Si, es un rioja crianza clásica, con aromas a especias y madera de roble y frutas maduras, es equilibrado, elegante y en boca se comporta con clasicismo, buena acidez y cada botella vale cien euros.
–Ya…, el vino está cojonudo.
La explicación funciona para darnos a valer, para hacer entender al de enfrente, que pasa así de ser amigo que comparte un comentario, un vino o unos arenques (ya no me atrevo a meter explicaciones literario-gastronómicas sobre los arenques) a ser un enemigo a batir, un simple don nadie que tiene frío, bebe vino o come un arenque sin más explicaciones, sin aportar bagaje cultural al producto primario. En tiempos de la Gran Masa Informativa que llevamos en la mano, vía internet, los conceptos tienen que ser enormes, no nos vale el arbol, queremos la jungla entera para demostrar que somos Tarzán. Tenemos que ponerles nombre a todo; un temporal ya no es aquel temporal que cada año (una o dos veces) nos golpeaba a los que nacimos al lado del mar; los temporales de ahora tienen nombre propio (Ana y Bruno fueron los primeros) y se les llama ciclón o ciclogénesis explosiva, que es un temporal más culto. Y se presenta con alarmas de colores, con avisos de peligro, con advertencias tan obvias que parece que nos toman por tontos. Es necesario explicarlo para poder después magnificarlos. No importa el fenómeno y sus consecuencias sino su efecto mediático.
Como no importa la realidad de lo que está pasando (no me pregunte lo que está pasando, usted tiene que saberlo, porque le está pasando a usted), sino lo que dicen que está pasando, lo que explican los Medios y los políticos. No vale decir que hace frío económico sino enmascararlo con toneladas de palabrería para convencernos de que las consecuencias del clima del paro, los salarios indignos y la situación de pobreza laboral se deben a causas meteorológico-políticas inevitables; nos explican que la nevada de corrupción que nos deja aislados mientras los responsables se hacen los suecos es una consecuencia natural y que la culpa es nuestra por tener las cadenas en malas condiciones; nos dan información con estadísticas de que el producto interior es bruto e implacable, que los datos del paro suben (la sensación térmica del paro es la que nos enfría) y que el tiempo mejorará. Si usted está socialmente frío, no se preocupe, ya se irá calentando poco a poco.

viernes, 2 de febrero de 2018

La censura no tiene cura

J.A.Xesteira
…Y si la tiene, poco le dura.
Hay bastantes libros escritos sobre la censura en la Dictadura, algunos, incluso, bien interesantes y de referencia obligada. La censura en el cine, en la prensa, en la vida en general durante la dictadura la padecíamnos casi sin enterarnos, porque era una censura que nos dejaba la película, la canción, el libro y la noticia previamente podada de todo mal. Los que vivimos y fuimos capaces de hacernos con una cultura medianamente decente, todos los que buscamos ir más allá de las fronteras dibujadas por la censura franquista, incluso a riesgo de nuestra integridad física o laboral, convivíamos con aquel estado de vigilancia permanente. Si volvemos la vista atrás y recapitulamos, los que recibimos educación filtrada por el régimen que fue capaz de inventarse un término como Democracia Orgánica (que, por cierto, suscribieron y dirigieron muchos políticos que más tarde serían demócratas “desorgánicos”) no éramos conscientes de la existencia de esa censura vigilante. Ya no digo en los textos que estudiábamos, con aquella Historia de España cristiana y gloriosa, o los textos literarios, entre los que no aparecían autores non santos. Me refiero a la censura pequeña, cotidiana, desconocida. Para los que leíamos el Capitán Trueno encontrábamos normal que Trueno y Sigrid anduvieran por el mundo, acompañados de Crispín y Goliat en una extraña situacion de noviazgo virginal, sin boda ni relación física; desconocíamos que la censura organizaba esos extraños “menages” y que, incluso, ordenaba al sufrido dibujante borrar espadas agresivas. Había para eso, unos vigilantes de la playa de la moral que cortaban besos de cine y nos brindaban la película limpia de sexo. Porque, básicamente, la censura era sexual, la censura política era un coto cerrado a cualquier idea personal o social que simplemente pensara fuera del margen del Imperio. Pero mirando la cosa por el retrovisor, aquella censura cutre y casposa dejaba, sin embargo pasar cosas que ahora mismo serían objeto de denuncia por iniciativa popular o porque algún/a fiscal le diera por ahí. Ya no me quiero referir al hostiazo de Glenn Ford a Rita Hayworth en Gilda, que la censura autorizó directamente (lo grave de Gilda era que la Rita se quitaba un guante de forma erótica mientras cantaba “Put the blame on Mame”), sino a cosas más simples, como el que todo el mundo fumase sin problemas en la pantalla (mi médico fumaba en la consulta) cosa ahora muy mal vista y que me lleva a pensar que sin humo y tabaco no existiría una obra maestra como “M, el vampiro de Dusseldorf”; o el trato vejatorio de otra película mítica, “El hombre tranquilo”, donde a Maureen O’Hara la llevan entre su marido y su hermano como un trapo (incluso una mujer del pueblo le da a John Wayne una vara para que tenga a raya a su esposa). El cambio de tiempo cambia los pelajes y las modas, pero genera otras costumbres no menos incómodas, otras censuras. ¿Que pasaría si el Dúo Dinámico cantara ahora “Quince años tiene mi amor”, con “si le doy mi mano ella la acariciará (¡esa mano!) y si le doy un beso…, etcétera”? Probablemente, al instante serían acusados de abuso de menores y podrían acabar en la cárcel, porque los tiempos de ahora son muy perseguidores de los cantantes (en el sentido textual del término, los “cantantes” políticos pueden prevaricar y robar y, con un poco de suerte, salen de la cárcel por buena conducta, y a lo mejor ni siquiera son juzgados porque su delito ya caducó). Incluso una película muy celebrada como “Pretty Woman”, bien mirada ahora sería objeto de censura y denuncia, por exaltación de la prostitución. ¿Qué pasaría si ahora mismo Courbet presentara su obra “El origen del mundo”? Probablemente le saltarían a la chepa varios obispos, algún/a fiscal y media docena de periódicos a favor y en contra (mientras esto escribo acabo de leer que Facebook prohibió la reproducción de esa obra maestra, que pueden ver en el Quai D’Orsay de Paris; estuve una vez una hora delante del cuadro y las reacciones de los visitantes podrían llenar un documental). Los chistes de hace unas décadas serían cosa de juzgado de guardia de ahora.
Después de la censura dictatorial y cuadriculada, la censura espesa y surrealista, pasamos por una transición en la que triunfó el destape considerado como una de las bellas artes; de repente nos dimos cuenta de que existían mujeres desnudas en el cine (lo de los hombres fue otra historia, a fin de cuentas, el cine seguía siendo cosa de hombres). Valía el sexo, pero la violencia y los totalitarismos estaban mal vistos. La cosa duró poco, porque pronto nos hicimos modernos, europeos, pasamos a la primera división de los países ricos (antes de la crisis que nunca existió) y, sobre todo, pero muy sobre todo, nos hicimos políticamente correctos dentro de un sistema plenamente capitalista, con todos sus defectos y ninguna de sus posibles virtudes. Y ahí entró otra censura, distinta e indefinida. Ya no era un organismo oficial el que ponía límites, no hay límites, pero nadie puede salirse de esos no-límites. La censura franquista era sólida, concreta y de cemento bunkerizado; la de la transición era un tigre de papel; la de la posmodernidad o lo que sea esto que padecemos ahora, es gaseosa, regida y sustentada por lo que llaman el Imperio de la Ley, de las miles de leyes que desconocemos como nos imperializan, pero que nos pueden dar un estacazo sin que sepamos por qué.
Esa censura nebulosa se palpa en los Medios; si en el franquismo aprendimos a leer entre líneas, en el Actualismo presente las líneas no contienen nada más que corrección y dogmas de fe política al servicio de una hipótesis democrática. Se supone que impera la ley, pero, visto lo visto, no nos encaja la relación calidad-precio entre leyes y libertades. Existe ya una idea creciente de que hay una justicia para la élite politicamente correcta y otra para el vulgo políticamente incorrecto. Las leyes son abstracciones que justifican la existencia de una censura nebulosa. Una censura virtual con efectos reales.

viernes, 26 de enero de 2018

Palabras a la deriva

J.A.Xesteira
–Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más, ni menos.
–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quien es el que manda…, eso es todo. (Lewis Carroll. “Alicia a través del espejo”)

Efectivamente, el que manda, manda en las palabras, y estas dicen lo que quiere el que manda. El Poder siempre ha usado las palabras a su favor y según  los tiempos. A eso que llamamos el Pueblo, la Ciudadanía, la Masa o –según convenga– los Electores Libres o los Contribuyentes, no se les puede dar la palabra cruda, hay que cocinarla para no asustarlos. Las situaciones malas para los ciudadanos siempre venían disfrazadas de “coyunturas transitorias”, “recesiones ocasionales”, “deceleraciones de la economía” o cosas por el estilo, frases que nos despistaban de la realidad viva, que siempre tenía una “influencia negativa ocasional en la franja social de menor poder adquisitivo”, es decir, nos tocaba a pagar a los de abajo. La palabra, con su real significado, fue mutando a favor de la corrección política, y así, se llamó “hacer el amor” a eso que sabemos, “chicas de alterne” a la primera palabra que buscamos de niños en un diccionario; y ya puestos a cambiar, todo se refina; los cocineros pasaron a ser restauradores, como si arreglaran un mueble antiguo o un Van Gogh, y, más tarde, ya eran chefs; la actividad elemental de correr, fue footing, jogging o running, según los uniformes de Declathon; y en la moda del inglés, el entrenador pasó a ser el coach (para asesorar a ejecutivos de medio pelo) y el paquete ahora es un “pack”.
Los nombres comunes dejaron de ser comunes porque lo elemental asusta y no conviene asustar a la ciudadanía. Las empresas se adaptaron al disimulo semántico. Las eléctricas se disfrazaron de “energéticas”, que es una manera fina de cobrarnos tasas a su gusto mediante una arquitectura política que sólo entiende Montoro. Los bancos, aquellas oficinas con empleados, a las que llevábamos nuestros ahorros para que los guardaran, nos llamaban primero imponentes, lo cual era una distinción, después pasamos a ser impositores, más tarde, clientes a secas, el paso siguiente fue ser usuarios, y ahora mismo hemos quedado reducidos a una simple clave digital sin posibilidad de hablar con nadie ni quejarnos de todos los atracos legales que las organizaciones bancarias perpetran a diario con total impunidad.
Hace años, cuando mi trabajo estaba en la redacción de un periódico, solía decir a los alumnos en prácticas que no grabaran lo que decían los políticois, porque después acabarían escribiendo igual que hablan los concejales, es decir, mal. Pero, por supuesto, nunca me hicieron caso (no tenían por qué hacerlo) y acabaron escribiendo de aquella manera, llamándole analíticas a los análisis y alpacas a las pacas (de paja). Y eso se transmite al pueblo llano, que prefiere llamar marmitako a una caldeirada, fideúa a fideos guisados o beicon a la panceta. No hace mucho, en la sala de espera del médico, un lugar excepcional para el análisis social, dos pacientes impacientes mantenían un diálogo de protesta porque la cosa se demoraba; en un momento, uno de elleos dijo: “Esto se arreglaba si pusieran más facultativos”. Tomen nota, no dijo “más personal” o “más médicos”, sino más facultativos. Ahí me percaté de la enorme influencia de los telediarios en el cerebro normal del ciudadano medio. Y no hay vacuna ni prevención contra el lenguaje televisivo.
Las palabras van a la deriva y se visten en cada tiempo de ropa nueva sobre viejos conceptos. Sorprende cuando uno viaja a la América de habla hispana y se encuentra con palabras que desaparecieron hace décadas de  nuestra lengua. Las palabras de antes ya no sirven ahora mismo. Yo estudié en la escuela con un maestro, mis hijos lo hicieron con un profesor, mis nietos tienen un docente. Y la deriva de los nombres no es inocente. Los miles de africanos que cruzan el Mediterraneo ya no son refugiados ni huídos, son inmigrantes. Y los científicos españoles que antes eran hombres de ciencia ahora son simples emigrantes buscando curro en Europa. Aquellos chavales que hacían trabajo en prácticas unos párrafos más atrás, fueron más tarde meritorios, becarios y acabaron en alumnos de máster (la diferencia está entre cobrar un sueldo o pagar una matrícula).
Pero de todas las palabras a la deriva, las más variadas son las quen se refieren a las relaciones del trabajo. Desde el principio de la lucha de clases, desde la creacion de las Internacionales (socialistas, comunistas y anarquistas) se enfrentó a dos bloques claramente delimitados: obreros y patronos. Pero desde ese mismo momento comenzaron a camuflarse los conceptos y a derivar las palabras. Siempre me intrigó un detalle; el viejo himno proletario, la Internacional, pasó del francés al español con un rotundo “¡Arriba, parias de la Tierra!¡En pie, famélica legión!”, pero al instante debió parecerles muy agresivo y se cambió por un “¡Arriba los pobres del mundo!¡En pie, los esclavos sin pan!”. Y los partidos de izquierdas se fueron difuminando y cambiando la piel para adaptarse a los tiempos. Y las palabras que los definían, también. El patrono (representado en la patronal para negociar convenios), que antes era el amo o el dueño, se reconvirtió en un democrático empresario, que acabó en tiempos de crisis en un emprendedor, que es un empresario al que dicen que se las apañe por su cuenta. El obrero o proletario (de todo el mundo, ¡uniós!) fue en el franquismo un productor, sin matiz rojo, tras la transición ya fuimos sólo trabajadores, y en tiempos del Gran Paro sólo son ocupados, como un WC de taberna. Cambian los tiempos y las voluntades se enmascaran con el palabrerío a la deriva. El contrato de trabajo indefinido no es indefinido y aparecen conceptos como empleo precario, vulnerable, que sólo esconde un servilismo mal pagado y sin derecho a protestar. Si alguien quiere enfrentarse a este mar de calamidades, tendrá que empezar por cambiar las palabras y llamar a cada cosa por su nombre.

viernes, 19 de enero de 2018

Peligro: pensiones privadas

J.A.Xesteira
Cada mañana los Medios vuelcan toneladas de lo que llaman información, pero que, sin filtros periodísticos, más se parece a un camión de recogida de basuras, que vierte por sistema de volquete en la primera página o en los informativos televisados. De toda esa masa de detritus contaminantes el lector, atrofiado por tanto tiempo de rebuscar en el vertedero, ya no percibe más que sensaciones, se especializa igual que los basureros: cartonaje político, metal de chatarra económica, envases de vidrio cultural y alguna pieza afortunada para vender en rastros y mercados del chambo. Ya no se distingue lo esencial, lo importante de lo falso, lo tóxico, la cortina de humo y el disimulo. Cuando el camión vuelca su primera página en el basurero, todo es eso: basura, aunque en medio vaya el collar de perlas perdido.
Los lectores basureros que andamos rebuscando entre páginas la realidad que esconden las toneladas informativas, metidas en plásticos biodegradables, encontramos dos grandes descargas; ese juego de estrategias virtual que se llama Cataluña y sus avatares y esa película de delitos con nombre alemán (lo único extraño, el resto es puro italiano, con Génova por medio y mucho mediterráneo valenciano-corleonés. Dos grandes espectáculos que, en realidad, no dan mucho de sí, ni siquiera se esperan sorpresas, porque su evolución es muy previsible. El procés catalá no va más allá de una lucha de burgueses de derechas (también hay burgueses de izquierdas) por ocupar mando en plaza; lo del independentismo es una derivación digitalizada, un meme político. Para entenderlo hay que tener un cierto nivel informático y, pese a lo que pase esta semana, la lucha de burgueses se prolongará en el tiempo, porque, como decía Jacques Brel, “les bourgeois sont…” (verlo en Youtube). El tema de la trama corleonesa-valenciana es otra película en la que surgen sorpresas que no nos sorprenden; ahora parece como si los sansones acusados quisieran morir en el templo con todos los filisteos dentro, admiten el delito, dicen que todo venía del PP de Génova, que hacían una oferta que no podían rechazar, pero en el partido nadie se da por enterado; ni el consigliere, ni los capos de la famiglia saben nada de lo que se cocía en el ir y venir de dinero negro. Sólo falta una cabeza de caballo en una cama y la música de Nino Rota. Continuará, todavía estamos en la primera parte, en Little Genova.
Esos dos grandes basureros han logrado entretener a los lectores rebuscadores al tiempo que han puesto nerviosos a los políticos. De repente, las encuestas de los periodicos comenzaron a disparar al tuntún, y las encuestas secretas de los partidos deben decir cosas feas, porque todos se han puesto a prometer felicidades futuras (los, de momento, opositores), y a asegurar que todo marcha bien y que estamos en el buen camino (los, de momento, barandas en el poder) pero la realidad es que todos mienten y nadie está seguro de lo que dice. Los dos grandes partidos, convertidos en lo que son por los pecados de sus grandes líderes pasados (Felipe ni se habla con el secretario de su partido, y Aznar tampoco se habla con el presidente de su Gobierno, y los dos hablan con Rivera, que es como un personaje de Hombres G con su jersey amarillo)
Pero detrás de toda esta broza basurera hay una realidad que aparece disimulada: las pensiones. Pedro Sánchez, el socialista, promete refinanciar las pensiones del futuro; la ministra Báñez, una gran prometedora inane, también promete revisar el modelo de cálculo de pensiones, una cosa de bolero entre toda una vida cotizada o los mejores 25 años de nuestra vida. Y en eso estábamos cuando irrumpe la diputada Celia Villalobos para amenazar a pensionazo limpio. La presidenta de la Comisión del Pacto de Toledo (¿sabe alguien de alguna comisión que haya servido para algo?) lanza sentencias sin aval, diciendo que "hay ya un número importante de pensionistas que están más tiempo en pasivo, es decir cobrando la pensión, que en activo, trabajando”. No está claro a qué se refiere, si a que los pensionistas actuales somos de larga duración o que hay gente que se jubila joven (por ejemplo, militares, de los que se prevé que un total de 45.000 que se irán para casa pensionados a los 45 años) o a los senadores, que se jubilan sin haber realizado actividad conocida. También advierte que los que tengan ahora 45 años deben ahorrar porque no tendrán pensión, es decir, hagan un plan de pensiones en un banco (que suele ser un buen negocio para el banco y muy malo para el cliente) o, como sugiere la parlamentaria a la que pagaremos su pensión entre todos, hagamos la “mochila austriaca”, que es una variante del plan de pensiones. Villalobos viene a decirnos que hay que privatizar las pensiones, porque entre todos los políticos que soportamos, subvencionamos y padecemos, acabarán por arruinar el sistema. Nos quieren meter doblada otra privatización. Todo esto mientras se desconoce si alguna vez recobraremos el rescate de los bancos, si algún politico corrupto devolverá algo de lo gastado, y si el rescate de autopistas inútiles que acabamos de pagar a escote va a servir para algo. El peligro de los políticos acgtuales es que no entendieron nada del significado y la diferencia entre Estado y Gobierno, para ellos es todo una especie de pedanía en la que mandan por el imperio de la ley. Seguramente en algunos se debe esa falta de entendimiento a que su capacidad mental es similar a la del berberecho; en otros, porque los educaron así. Una vez más cabe recordar a los que padecemos a esta tropa, que las pensiones consisten en un plan de inversión que el trabajador hace en el erario público, que el Estado avala con su propia existencia, y que, a cambio, le garantiza una jubilación digna; no se trata, como cree Villalobos y alguno más una especie de prorrateo o de pago a escote. Con cerebros como la presidenta del Pacto de Toledo, más que ir hacia la mochila austríaca vamos hacia el paquete griego, un mísero desastre patrocinado por la troika europea.


viernes, 12 de enero de 2018

Mando a distancia

J.A.Xesteira
Uno de los implementos más útiles de finales del siglo pasado fue el mando a distancia del televisor. Si nos situamos en los tiempos del canal único, sólo necesitábamos un dedo para encender y apagar la España gris televisada y vivida. Vino el color, vino la pluridad de canales, que suponíamos que traerían mayor libertad (después comprobamos que era la misma porquería multiplicada) y vino el mando a distancia, para convertir al espectador impasible en un autómata capaz de cambiar compulsivamente de canales con la inútil esperanza de encontrar algo digerible (ya no esperamos que, además, sea culto, entretenido, informativo o ingenioso). El mando a distancia supuso un avance, y se multiplicó por aplicaciones a diversos electrodomésticos. Ya era posible encender la cocina, el vídeo, la música y otros chintófanos a distancia. La era digital acabó por multiplicar las aplicaciones, mediante teléfono u ordenador. Ahora es posible subir las persianas o encender el horno desde el teléfono, mientras estamos en un centro comercial comprando innecesariedades. Otra cosa es que subir la persiana a kilómetros de distancia sirva para algo.
La vida en la red, la vida digital, la existencia virtual, nos distancia más y más de las cosas, pero nos da la posibilidad de mandar, de ordenar. Desde los tiempos en que podíamos comprar un libro o un disco por carta, contra reembolso, hasta ahora mismo, que, desde nuestra pantalla compramos todo lo imaginable hay un abismo. Nacen cada día más empresas on-line, que nos mandan a casa una pizza, un contrabajo, la cesta del supermercado, el libro y el disco de antes (de papel y vinilo) o las zapatillas último modelo, en tiempo récord y con garantía de devolución. Nosotros mandamos, las redes llevan el recado y las empresas de mensajería nos traen el paquete, ya pagado con nuevos sistemas en los que no hay dinero físico; el viejo cash se muere y en su lugar aparecen opciones a distancia, que llevan números a una cuenta de Paypal o a un paraiso fiscal.
Decía el bolero que la distancia es el olvido, pero ahora la distancia no es más que un concepto virtual, desde la que damos órdenes que mueven dinero. Ese dinero ya no es la moneda y el billete que depositábamos en los mostradores de los bancos para que lo guardaran; ya no hay mostradores, no hay dinero y dentro de poco el banco no será mas que una página web (de hecho ya es) sin oficina ni empleados, nosotros seremos (somos) los empleados de los bancos y pagamos tasas por cuentras que manejamos a golpe de teclado y teléfono. Los trabajos y los trabajadores se retiran de las oficinas y se mandan a sus casas, donde pueden trabajar a distancia, en calzoncillos, si quieren. Las empresas se ahorran locales, mobiliario y herramientas. Cada vez existimos menos en presencia del amigo y más en la virtualidad de un whatsap o un tuit o un  foro de padres de alumnos. Los políticos hace tiempo que optaron por las comparecencias virtuales, con ruedas de prensa de pantalla de plasma, muestran sus grandes ideas (pequeñas tonterías) en twitter, y prestan su imagen a los noticiarios televisivos. Todo desde la distancia, en la que mandan.
Aparecen en este contexto dos hechos que avalan esta tendencia del mando a distancia. El primero es la posible presencia telemática de Puigdemont, desde Bruselas, y sus compañeros desde la cárcel, en la sesión de investidura del Parlament. Todavía está por desmadejar la maraña judicial que, previsiblemente será contraria a cualquier tesis que no pase por presentarse en el parlamento. Pero si en rigor aplicamos la virtualidad a cualquier proceso económico (una transferencia desde casa), judicial (inculpados que declaran por videoconferencia), o político (rueda de prensa de Rajoy en pantalla plana), podríamos aplicar el mismo sistema al Parlamento catalán, mediante una quedada o un foro de padres de la patria. En este largo proceso catalán (ya dije que la cosa iba para largo, y continua para largo) aparecen cada día novedades, presidents a la fuga, consellers a la cárcel, artículos constitucionales desempolvados para mandar en Cataluña desde la distancia de Madrid. Podriamos asistir la constitución de un president telemático, una especie de holograma de Obi Wan Kenobi para aconsejar a los jedis.
El otro hecho de mando a distancia se produjo en las pasadas fiestas, cuando centenares de incautos conductores quedaron atrapados en una autopista por el temporal de nieve que nadie predijo. El Gobierno le echa la culpa a Iberpistas, la empresa concesionaria, y ésta se la echa a los conductores, en un alarde de cinismo politico que despertará entre los afectados recuerdos poco educados a las madres de ministros y demás responsables. Es un tema repetido con varios detalles elementales: la autopista es un espacio privado, al que los conductoresd entran mediante pago, la empresa que cobra tiene la obligación de impedir el paso si no puede garantizar el servicio. Como si usted paga la entrada del cine y después no hay película. Por otra parte, el Estado, a través de la Dirección General de Trafico tiene la obligación de supervisar la correcta circulación por las autopistas privadas. Ni el Gobierno ni Iberpistas lo hicieron, y todas las disculpas no son más que mentiras evidentes (las grabaciones de los teléfonos de las victimas atrapadas no engañan: ni la DGT avisó, ni Iberpistas recomendó, ni la Guardia Civil de Tráfico fue capaz de hacer nada, y al final tuvo que ser la UME, esa parte de Ejército que sirve para algo más que para desfilar y que el propio PP denigró en su día.
Lo importante es que tanto el ministro Zoido y el director de la DGT estaban en Sevilla porque era día de Reyes y se jugaba el derbi Sevilla-Betis, y, con esa gracia (?) tan sevillana dijeron que trabajaron en el problema desde su casa, por internet. La oposición les echó en cara que no estuvieran en Madrid, pero es una tontería, en Madrid la hubieran cagado igual.
El mando a distancia se impone, los incompetentes lo son en directo y a distancia; los fantasmas son fantasmas en presencia física o en presencia telemática.

viernes, 5 de enero de 2018

La gripe tampoco es lo que era

J.A.Xesteira
Despedí 2017 con un gripazo y comencé 2018 con un gripón. Hasta aquí nada raro, la gripes son para el invierno igual que las bicicletas eran para el verano. Cada cual toma las uvas como puede y, además, como quiere. Hay gente que se viste de smoking para celebrar el fin de año, que es como vestirse de maitre de restaurante caro, pensando que en ello les va la elegancia; no es más que una apariencia, el relleno del traje siempre es menos elegante que el envoltorio, igual que la gripe en menos grave que la cara que nos deja. Centenares de personas, de creer las estadísticas informativas, despidieron el año igual que yo, agripados, unos en casa, moqueando en medio de la cena familiar, y otros rellenando las urgencias de los hospitales. En cualquier caso, la gripe de ahora ya no es lo que era, como el resto de casi todo. Se me ocurrió en uno de esos vértigos febriles con los que la cabeza da vueltas mientras tratas de sujetar las ideas. Y no me refiero a los tratamientos o a los avances médicos contra la gripe, un andazo indestructible (pasaran los siglos, se curarán las más graves enfermedades, pero la gripe, como el dinosaurio, siempre estará ahi), sino al ritual, a la pompa y circunstancia invernal que acompañaba aquellas gripes y que está ausente en estas.
Primero estaba la gripe escolar, la gripe de nuestra infancia, una gripe generalmente benigna, producida por andar a la lluvia y no abrigarnos como nuestras madres ordenaban. Eran gripe maravillosas; venía el médico de la familia, nos tomaba la fiebre (poníamos cara de mártir modelo Niño Tarsicio) y recomendaba unos días de cama, con un piramidón (el antepasado del apiretal infantil todo terreno de ahora mismo) y, no se sabe por qué, caldo y comida suave. El primer día lo pasábamos dormidos, pero al siguiente, aquello eran unas vacaciones de invierno: venían los amigos a jugar al parchís, leíamos tebeos y, sobre todo, pero muy sobre todo, no íbamos a la escuela, que era un paréntesis cálido y bien servido, sin maestros ni obligaciones (el que diga que les gustaba ir al cole miente como un bellaco pelotillero con efecto retroactivo) La gripe escolar era un descanso médico feliz.
Más tarde, superada la etapa juvenil, en la que la gripe era lo que menos nos interesaba, llegaron las gripes laborales. Eran gripes distintas, había que ir al centro de salud (el médico de la familia sólo venía a casa si estábamos en avanzado estado de depauperación) y pedir la baja. Generalmente nos juntábamos en la misma sala varios zombies gripales prestándonos virus poco usados y manteniendo conversaciones macabras sobre quien estaba más griposo y que si un primo se les había muerto por una gripe mal curada. El médico nos daba la baja, una medicación, reposo, y volver unos días después a por el alta. Aquí ya había variaciones y antibióticos. O bien se tomaba la medicacion o bien se optaba por un clásico inmortal: aspirina, leche caliente con coñá y camiseta de felpa. Una regla popular decía que una gripe con tratamiento se curaba en una semana, sin tratamiento, en siete días. Cada enfermo tiene sus rarezas y allá cada cual con su cuerpo y su alma.
Pero, de la misma manera que las enfermedades evolucionaron semanticamente y las muertes tienen diagnóstico detallado, tambien la gripe experimentó una evolución en su ataque, acoso y derribo. En los tiempos de mis gripes infantiles y juveniles, la gente se moría de cosas simples; mucha gente se moría “de repente”, que era un genérico, o de un cólico miserere, que sonaba como una mezcla de dolor y canto gregoriano, mientras que ahora mueren de infarto, de aneurisma de aorta, de ictus fulminante, que son marcas específicas; también se moría de cosas que ahora son enfermedades controladas, como la pulmonía, o la tisis, que, paradójicamente regresan de vez en cuando a repuntar, igual que las enfermedades erradicadas por aquellas vacunas que nos marcaban el brazo, y que rebrotan como pequeñas pestes, patrocinadas por la era de la estupidez, en la que los seres humanos somos listísimos y lo aprendemos todo en las redes sociales.
En la era de la gripe digital y del control saludable, la gripe es una campaña, un encuentro anual con una cepa de virus incógnito, que se trata como una invasión. Es la gripe mediática que acude cada año a la propagánda político-sanitaria, para recordarnos que hay que vacunarse. Nos lo recuerdan en los informativos, en los que suelen salir enfermeras vacunando jubilados/as con el añadido absurdo de las entrevistas a los vacunados: “Yo padecía todos los años, y desde que me vacuné, nada” Cosa sospechosa, porque me consta que hay otros tantos que no se vacunan y se mantienen en la vieja receta de la leche con coñá. Pero la propaganda es la propaganda, y esa señorita que nos dice en el informativo que el año pasado se registraron no sé cuantas muertes por gripe nos mete miedo con el virus para que acudamos raudos a pincharnos. La gripe ya no es ni un oasis de felicidad infantil ni un moqueo con coñá y parte de baja laboral, es un programa dentro de los presupuestos sanitarios anuales, además de una estadística y, un gran negocio para las farmacéuticas. Lo único que persiste es el trancazo febril y la levedad de ser humano metido en la cama.
Así estaba yo, chapoteando en mi sudor. Y cuando desperté, el presidente del Gobierno todavía estaba allí, en la pantalla, caminando a la lluvia, vestido de quechua, que es el uniforme de los jubilados caminantes, y que este año van a ganar un 0,25 más, una cantidad que ni da para compensar las subidas en cascada de carburantes y energía y las privatizaciones del bien público. Al principio creí que era una imagen de la fiebre, porque aquello caminaba de forma extraña. Después pensé que era una gripe antigua, que estaba viendo el NoDo en color y que al pasar Reyes tendría que volver a la escuela. Al final me dormí.