viernes, 11 de agosto de 2017

Hablando en series

J.A.Xesteira
Un desclasado, eso es lo que soy. Un proscrito de la banda de Guillermo Brown. Así es como me siento. Debo ser de los escasos ciudadanos de este país que no sigue una serie de televisión (me refiero a los que ven la televisión de forma activa, que tienen un mando de pago o de acceso vía telefónica, los que contratan “el paquete”, un preparado digital que mete la tele, el ordenador y el teléfono en un lote de pago que nunca nos tiene contentos) Hay otra parte de la ciudadanía que se limita a sentarse en el sofá y a lo que le echen, famosos discutiendo, graciosos agradeciendo, pailanismo cultural entreteniendo o informativos informando con la boca pequeña y el periodismo desaparecido en combate perdido.
Las series han pasado de ser el gran objeto del deseo televisado a tema de conversación, contraste de pareceres y alimento cinematográfico doméstico (una vez que hemos domesticado el cine ya no queda gran cosa por hacer) De la misma manera que “somos” de un equipo de fútbol o de un partido político (a veces los dos se confunden) “somos” de una serie y la confrontamos con la de nuestros amigos en forma amistosa pero siempre manteniendo nuestra postura. “Somos” de Juego de Tronos o de Walking Dead, The Wire o Homeland, por citar unas cuantas activas, igual que “somos” del Celta o del Depor, o del Madrid o el Barça, nunca de los dos a la vez que son opuestos por el vértice; igual que “somos” del PSOE o el PP (imposible ser de los dos a la vez, aunque casi se podría hacer esa pirueta que sería como seguir Perdidos y Los Soprano a un tiempo) No puedo comentar con mis amigos, que comparten o contrastan sus series preferidas en las tertulias; ni siquiera en familia, donde tengo seguidores de Game of Thrones (la ven con subtítulos) o del Ministerio del Tiempo (la única serie de alta gama e inteligencia rodada en España, donde abundan más los vecindarios patético-realistas) y ni siquiera por la parte infantil, donde tengo al nieterío dividido entre Yokai Watch y Pokemon (aunque todos son devotos incondicionales de las últimas grandes obras disneyanas). Como yo no soy de series, me tengo que quedar de espectador de las discusiones.
El mundo de las series ya tiene importancia suficiente como para tener su espacio periodístico, su parcela de presentación y crítica. Anuncian en los nuevos sistemas de cobro sutil, como HBO o Netflix que vamos a tener (en el caso de que cada quien contrate y pague o se busque la vida por los vericuetos tecnodelictivos chinos) series de narcotraficantes, que es lo que se lleva esta temporada, que se suman a los grandes clásicos ante reseñados. Las vidas poco ejemplares del Chapo Guzmán y la Reina del Sur junto con otras variaciones sobre el mismo género llegarán en capítulos donde –se supone– habrá cocaina y tiros para dar y tomar (es una expresión, en realidad no dan nada, todo se vende, ya sea cocaína o teleseries). Por supuesto continuarán otras historias seriadas de policías americanos variados (sabemos ya más del sistema policial americano y sus métodos pseudoforenses que de la Guardia Civil) que siempre ganan en la tele (la realidad es otra cosa) y de personajes misteriosos afectados del viejo síndrome de David Lynch, que hizo mucho mal con aquel Twin Peaks, que fue multiimitado por todas partres.
Las únicas series que pude seguir y que afortunadamente tuvieron un fin digno, me las pasó mi hijo, pirateadas directamente: True Detective, Treme y Black Sails; tres historias que se escapaban de la corriente habitual y que no tuvieron repercusión mediática. Y así me iba, que no podía hablar de ellas más que con algún friki de confianza. Guardo como oro en paño los capítulos de la que fue calificada como la obra maestra de las series, El Prisionero, una producción británica que cumplirá en octubre cincuenta años. En todo este tiempo y desde aquella televisión bífida de dos canales, las series de culto alternaron con las telenovelas, series también, pero de banda social diferente en las que se ponían imágenes a los dramas radiofónicos para eternizarnos en amores y tragedias de esclavas Isauras o damas sufridoras con hacienda propia.
Podríamos clasificar las generaciones por la serie televisiva que las identifica, remontándonos incluso al blanco y negro de Bonanza o ¿Es usted el asesino?; si usted las recuerda, amigo, es un jubilado nostálgico. Desde aquello la televisión se basó en mantener la atención de la audiencia con historias semanales que se prolongan todo el tiempo que haga falta. Debe haber una docena y pico de estudios sobre la correspondencia psico y sociológica entre las series de moda y la sociedad que las consume. Pero, básicamente y sin meternos en profundidades, todo se reduce a una moda de temporada, igual que los pantalones estrechos o anchos. El mundo fantástico que desarrollan, nos sorprende, nos engancha, nos mantiene en suspense y nos convierte en seguidores. Da lo mismo que el tema sea de muertos vivientes o de policías, tan irreales son unos como otros; tan fantásticos son los dragones medievales como los espías antiyihadistas, tanto sufren los peones venezolanos enamorados como las españolas de barrio; tan tonto es el sexo en Nueva York como en una comunidad de vecinos casposa; los superhéroes, los narcos y los mafiosos se confunden y mueren, matan y destrozan en un puro juego de ordenador con efectos digitalizados.
Porque la serie de la realidad es más aburrida, nos la pasan en la sobremesa todos los días en formato informativo, por el que desfilan zombies que hablan de política, policías con la cara pixelada que entran en la última imputación (a juzgar dentro de siete u ocho temporadas), el juego por los tronos del mundo deja detrás miles de muertos que no saben por qué mueren, un payaso diabólico ocupa el ala extremo derecha de la Casa Blanca, el Capitalismo salvaje sigue en pantalla después de todas las temporadas y no se le ve el fin. Y no hay mando que pueda cambiar esto, se quedó sin pilas.

viernes, 4 de agosto de 2017

Los "parvitos"

J.A.Xesteira
Llegado agosto siempre esperamos que los políticos se tomen vacaciones, a ver si por lo menos, en el mes del verano por excelencia, nos dejan tranquilos. Parece ser que no va a ser así. Por un lado puede que se imponga la moda de la presidenta de la Madrid, que anuncia que ella no se toma vacaciones, un gesto a la japonesa que a lo mejor marca tendencia, ignorando que lo que da sentido a la vida no es el trabajo sino el ocio. Por otro lado, las circunstancias independentistas catalanas, que en la retórica política en uso legal, con esa falta de claridad sentenciosa de los grandes líderes de la cosa, confunden con Venezuela, va a obligar a días extra de las vacaciones, dedicados a comparecer ante los medios.
La Administración de Justicia, que es un clásico del descanso agosteño, tampoco va a poder descansar mucho, entre los parones de su sistema informático (un sistema que va a la cola de la operatividad administrativa) y los casos por resolver, casi todos de dineros perdidos y largos recorridos judiciales, no le va a quedar mucho tiempo para tomar una mirinda en la playa.
Como no va a haber un descanso real, veraniego y clásico como en otros tiempos, cuando la vida se paralizaba en verano (“Summertime and the livin’ is easy…” cantaba la mamá negra de Porgy and Bess) podremos ver a esos dos sectores, el de la justicia y el de los políticos, últimamente confrontados en salas de audiencia, con trabajo extra con aire acondicionado.
Pero da lo mismo, es un trabajo inútil, porque la Justicia pregunta pero aquí nadie recuerda nada. Tanto políticos como futbolistas, que son los pilares de nuestra sociedad, saben nada de los miles de millones que van y vienen sin que Hacienda se percate de su paso por el mercado. Nadie sabe nada, ellos no estaban y el que trajo el encargo no les dijo nada.
Llegado a este renglón de lo escrito, me vienen a la memoria dos anécdotas del pasado, de la posguerra, que era cuando había anécdotas transmitidas de viva voz. Se refieren a un indigente, Manel, uno de aquellos personajes, pobres-de-pedir, un híbrido del tonto y el paria, que pertenecían al pueblo, como iconos de propiedad pública. Pues iba este Manel, en los tiempos en que las carreteras veían pasar un coche cada media hora por lo menos, paseando y fumando una colilla de puro que era su gran pasión, cuando se detuvo a su lado un coche; se baja la ventanilla y una persona le pregunta por dónde se va a Vigo; Manel le responde: “Mire, a mí no me pregunte, porque yo aquí soy el parvito” Así asumía su condición, su papel social y, al tiempo pasaba del preguntón, aunque sabía perfectamente por donde se iba a Vigo.
Me recordaba este detalle la tropa de personajes –ya no pobres pero si  populares– que desde hace una temporada tienen que comparecer en los juzgados, unos como imputados, otros como testigos o simplemente para declarar sobre sospechas. Todos son “parvitos”. Desde los del fútbol, Messi y Cristiano como paradigmas, que son unas brillantes inteligencias en el césped (el pasto, que decía Di Estéfano) pero que a la hora de manejar sus millones son ajenos al tema. “Eso lo llevan mis asesores”, parece ser la disculpa. Para ellos el dinero es sólo el material con el que construyen sus imágenes en facebook. En su favor tienen la opinión general de que son dos chavales de escasas luces, pero en su contra esta la evidencia de que el más tonto de los tontos sabe que Hacienda te lleva parte de lo que ganes, y que de tu dinero tienes que responder tú. Otra cosa será cuando Villar, que no es un chaval ignorante del asunto, diga en su momento que él tampoco sabía nada de nada.
La larga cola de políticos de todos los partidos que se sientan delante de un juez responden básicamente a la calificación de “parvitos”. Desde el presidente Rajoy, testigo que recuerda al personaje de Almodóvar (“¡Que más quisiera yo que mentir, pero las testigas lo tenemos prohibido!”, decía Chus Lampreave) y que se mantuvo en la posición del “parvito” superior (su declaración pasada por un control cardiológico necesitaría de urgencia un desfibrilador) hasta los cuatro jinetes de Aznar (Arenas, Rato, Acebes y Mayor Oreja) que lo ignoraron todo sobre la Gurtel, ellos, que siempre presumieron de ser grandes gestores; pasando por Esperanza Aguirre, una mujer al borde del ataque de amnesia, que sólo recuerda lo bien que gestionó Madrid y lo ranas que le salieron todos los que la rodeaban. O Urdangarín el olímpico que no sabe Derecho Administrativo. Aquí nadie sabe nada. Todos los partidos políticos se sostienen con grandes gastos de dinero; son cuentas elementales, de la vieja, y saben perfectamente que el dinero para gastar no proviene de las cuotas de sus afiliados (si es que hay algún afiliado que pague) pero a la hora de hacer esas cuentas de sumas y restas simples, hay un desdoblamiento estructural; por una parte está esa cúpula de dirigentes, los “parvitos”, que no se rebajan a llevar esas cuestiones de dinero, y por otra están una serie de administradores, que son los que andan pasando el cepillo de las limosnas. Es como si los “parvitos” superiores dijeran aquello de “¡Alla los chicos!”, que son los encargados de esas menudencias administrativas: los “parvitos” están llamados a más altos designios.
No conviene confundir a los “parvitos” con los gilipollas, porque estos siempre van de sobrados y al final la cagan por su vanidad, generalmente en twitter, donde se creen grandes escritores con mensaje; el Señor no les llamó por la senda del uso correcto de la lengua castellana y por la prudencia en la palabra.
Manel, en la otra anécdota que apuntaba, tuvo un día un desmayo en la calle, y los vecinos corrieron a ayudarlo; alguien pidió unas tablas o una carretilla para llevarlo al médico, pero el desmayado, en un alarde de lucidez dijo: “Nada de tablas, mejor llevarme en taxi”. Parvito si, pero con talante.

viernes, 28 de julio de 2017

Este perro mundo (Mondo Cane)

J.A.Xesteira
Hace tiempo que tenía esa sensación: cada vez había más perros en la calle, y no eran callejeros sin patria sino perros familiares, perros de regazo, traje y vida regalada. Cada vez había más personas hablando con pequeños cadelos como si fueran niños pequeños. Cada vez había más ciudadanos manteniendo limpia la ciudad por el sistema humillante de recoger la mierda que su perrito había cagado en la plaza pública (disculpen el vocabulario un punto escatológico, pero es lo que hacen unos y otros y esas son las palabras sin florituras, que corresponden a los hechos registrados a diario). Cada vez encontraba más comercios dedicados a alimentación y cuidado estético de los perros (el perro como consumidor comercial es algo totalmente nuevo en la sociedad del gasto compulsivo) y las clínicas veterinarias no dan abasto a atender tanto animalito. El pasado sábado, sentado en una plaza de Portugal, dedicado al viejo (y barato) entretenimiento (analítico) de ver pasar a la gente, me acabé de convencer; cinco hombres en la cincuentena de sus vidas, con pantalón corto, barba de barbero moderno y camisetas coloridas (lo cual, pensé, les incluía en algún grupo social que no puedo precisar) llevaban cada uno a dos perritos sujetos por sendas correas de diseño canino, de distintas razas, desde el terrier hasta el pequeño gozque indefinido, una pequeña jauría controlada por sus dueños, portadores todos de bolsitas excrementales. Pensé en ese momento que aquí está pasando algo y que el perro, considerado dentro de la sociedad como una parte de la misma significa ese algo. Seguramente ya hay estudios sobre esto, pero los desconozco y no se me da por rebuscar en internet a ver que opinan  los grandes estrategas de la cosa nostra.
Quiero aclarar que no estoy en contra de los perros; siempre fui de familia con perro, desde el primero de mi infancia, un pastor border escocés como los de las películas de ovejas inglesas, hasta varios pastores alemanes (mis favoritos) con un cocker (se llamaba Joe, claro) por medio y algún palleiro clásico. Tampoco tengo nada contra las personas que convierten a sus animales (no me gusta lo de mascota, que siempre me recuerda la cabra de la Legión) en objeto de sus cariños, a veces excesivos y a veces ridículos; cada cual tiene (tenemos) que asumir sus debilidades como mejor pueda. Simplemente me limito a observar y sacar algunas conclusiones, sentado en la plaza universal que es la vida, y ver lo que pasa por delante. Tratar de entender o, por lo menos, opinar en voz alta y que usted, improbable lector, añada o quite todo lo que se le ocurra. Todo eso, partiendo del hecho evidente de que aquí ha cambiado algo y eso es un síntoma. La desgraciada “vida de perro” que significaba en otro tiempo una vida pobre, dura y penosa, ha pasado a significar todo lo contrario en este tiempo. Las expresiones peyorativas aplicadas al perro (animal inmundo en algunas religiones y alimento de alta cocina en otras) ya no tienen sitio en la sociedad. El perro pasó de ser un bicho un grado más arriba en la categoría de los bichos dada su domesticidad, su evolución educacional (es el único animal que atiende a la voz de su amo, aunque salga por un gramófono) le hizo más cercano y útil al hombre: guardaba la finca, levantaba las perdices, defendía al amo, acompañaba al lado del fuego, recogía las ovejas…, en fin todo lo que su historia y literatura hicieron de Lassie y RinTinTin perros míticos. Pero ahora mismo se ha dado un paso más y hemos llegado al perro-ciudadano; tiene carnet de identidad grapado a la oreja, tiene derechos y obligaciones, con su correspondiente vigilancia sanitaria, cuenta con un sitio en la escala social y todo un comercio a su servicio como consumidor, por vía interpuesta de sus dueños, donde pueden vestirse, lavar y cortar el pelo (existen ya tiendas en las que se celebran “bodas” de perros, que se cruzan con jolgorio e invitados; créanlo, la vi en Andalucía).
La constatación estadística de todo lo que digo venía estos días en noticiarios: en la peninsula del Barbanza los perros censados superan en ocho mil a los niños en edad escolar; y en Vigo hay un perro por cada nueve habitantes, es decir, 33.000 perros legales; a estas cifras podemos añadir los perros sin registrar, y tendremos que la tendencia es a tener más perros y menos niños. Las explicaciones socio y psicológicas dicen que la estructrura familiar ha cambiado; el mercado laboral no da para tener niños, que son “caros” y no se pueden sostener con contratos precarios y sueldos miserentos. El niño es para toda la vida y el perro puede acabar en una perrera en cuanto no nos interese (la opción del abandono en la cuneta también existe, pero resulta cruel). Por tanto existe un cambio en la estructrura familiar reconocido y, como consecuencia, un retroceso poblacional. Si nos fijamos en Galicia y atendemos a los mensajes institucionales, sabemos que cada vez hay más viejos que duran mujcho y menos niños (se anuncian cierre de escuelas unitarias para el próximo curso). A cambio hay más perros, para suplir a los niños y para acompañar las soledades de los viejos. La conocida frase de “no tengo padre ni madre ni perrito que me ladre” con la que se definía popularmente la soledad, acaba de ser rectificada por la parte canina.
El “boom” acaba de empezar como quien dice, y con él llegan otros problemas, unos, de orden público, la policía tiene que vigilar que los canes tengan correa y, en casos, bozal, que sus dueños recojan sus cacas (los pises, de momento, no) y observar el control de las especies potencialmente peligrosas. De momento el perro es barato dentro de un orden, pero seguro que alguien tiene la idea de un impuesto por tenencia de perros (Hacienda nunca perdona) y que ya  no resulte tan barato. El mayor  problema es que los perros no cotizan a la Seguridad Social, y sin niños de ahora que el día de mañana sostengan las pensiones lo tenemos claro.

viernes, 21 de julio de 2017

Percepciones divergentes

J.A.Xesteira
¿En qué momento del tiempo presente se produjo la ruptura entre lo importante y lo accesorio? ¿En que parte de la película pasamos a adorar el envoltorio en lugar de apreciar el contenido? ¿Cuándo se produjo el distanciamiento enorme entre los mundos ricos y los mundos pobres por culpa de los ricos? ¿Cuándo fue más importante la imagen de la estupidez que las mil palabras con las que se puede definir la estupidez?
Cuando tengan que hablar de los comienzos del tercer milenio podrán llamarla (entre otras cosas) la Decada del Postureo, de la Apariencia, de la Bobada Peligrosa, de la Gilipollez Sumisa, del Conformismo Apático y de otras muchas manera similares que cualquiera puede rellenar en la imaginaria línea de puntos. La forma de percibir la vida se aleja cada vez más de aquel concepto del menos es más, de que la ética era siempre preferible a la estética y que el bien común no acepta triunfadores prepotentes. La desinformación actual, provocada por un lado por la elevación de la mentira a la categoría de noticia y por otro lado por la acumulación abrumadora de información masificada en la red, sin filtro ni aval de confianza, ha colocado a la sociedad de la opulencia (vamos a llamarla Occidental, para entendernos) en un terreno peligroso, donde la falta de análisis, de crítica o de pensamiento personal es la marca registrada. Y la sociedad restante, a la que no podemos llamar ni siquiera Oriental, la ha colocado el siglo y el Capital en el terreno de la desesperación y la huida o la muerte, a elegir. Ni siquiera en el mundo occidental estamos en condiciones de presumir de nada; vivimos convencidos de estar en el mejor de los mundos (en España estamos mucho más convencidos) pero basta con rascar un poco la pintura de nuestra sociedad para encontrar la verdadera piel de pringados disfrazados de modernos o postmoderons o de postpostmodernos. Aquel concepto de “mileurista” acuñado hacer diez años para definir una franja social se ha quedado vieja, los mil euros al mes (además de la dignidad y los derechos laborales) ya son un techo inalcanzable para gran parte de la población del mundo rico, que subsiste envuelto en una fantasía de gentes guapas que se han creído lo que les cuentan y se entretienen con juguetes de última generación y compras compulsivas en comercios franquicia de ropa fabricada en régimenes de esclavitud, destinada a usar y tirar. La realidad no es la que cuentan los dirigentes de la cosa; esas son cifras gordas según las cuales el país va tan bien como decía aquel presidente de aspecto ratonil. La realidad es más dura: si la tarta es la misma, y unos pocos poseen el 99 por ciento de la tarta el resto nos lo tenemos que repartir otros muchos que cada vez llegamos a fin de mes más cerca de la primera semana.
Y pese a todo, lucimos todos como guapos, cultos, simpáticos y expertos. Como triunfadores de serie de televisión. Creo que la cosa empezó por culpa de los suplementos dominicales. Al menos es lo que acabo de ver cuando me disponía a tirar viejos suplementos de periodicos que en su día eran el paradigma (cuando un periódico informaba, formaba y entretenía, los tres pies del periodismo, hoy cojo por partida triple). Los suplementos pasaron de un intento de hacer ciudadanos a un muestrario para gente “fashionable”. Comenzaron a ofrecer un mundo, al principio inasequible, que mostraba el camino para ser triunfadores, al menos de apariencia. Y de aquellas tonterias con marca hemos llegado a un mundo (la parte rica del mundo, en la que vivimos) en el que lo que importa es la imagen que proyectamos de nosotros mismos, un holograma ausente de persona.
En el momento en que descubrimos que nuestra meta era el lujo y sus accesorios, materiales y mentales, todo comenzó a darse la vuelta como un  calcetin (sucio pero de marca) la percepción de las cosas comenzó a divergir de las mismas cosas y comenzamos a darle más valor a nuestra imagen en el mundo que a nuestra propia persona.
Fue en ese momento impreciso que comenzamos a divergir; en el momento en que los suplementeos empezaron a hacer listas de las mejores ginebras para el gin tónic. Ya no basta con beber el agua de nuestro grifo sino que es preciso epatar al personal y beber agua de Nueva Zelanda, de un glaciar suizo o envasada en botella de Swarovski. Ya no se bebe vino por el placer de beberlo, es preciso ser analista, crítico y poeta para hacer la autopsia del vino: cada cliente bebedor es un enólogo sin título. La música ya no es para escuchar; los nuevos sistemas permiten acumular en un espacio reducido más música de la que somos capaces de escuchar en toda nuestra vida: la acumulación nos ensordece. Comer, un placer simple (pongamos el huevo con patatas fritas) se ha convertido en un cruce de química y biología estructural; la comida ya no es para comer, es para fotografiarla (a poder ser para enviarla a la red y demostrar que somos clientes distinguidos). El viaje, que servía para conocer a los demás, a sus países, sus climas, para llenarnos los sentidos con lo exótico (lo que nos es ajeno y nos produce admiración) ha pasado a ser un selfie ante el David de Miguel Ángel y dejar constancia de que estuvimos alli (a nadie le importa, porque cada uno, gracias a los viajes baratos, tiene su selfie diciendo que también estuvo allí, hay millones de selfies viajeros completamente inútiles) Acumulamos libros en nuestra tableta por centenares, pero seguimos leyendo poco y mal. El movimiento ante la imagen ya es instintivo: antes de socorrer a una persona en dificultades le hacemos una foto.
Hemos convertido a la sociedad en la bolsa de una tienda, tanto mejor cuanto más cara sea la marca escrita para que todos la vean. Una apariencia, un lujo falso, un fantasma consumista: debajo de la sabana de marca no hay nada. Vivimos dentro de una fantasía y recemos (los que recen) para que el despertar no sea trágico.

viernes, 14 de julio de 2017

Elogio cultural del Lejano Oeste

J.A.Xesteira
Si echamos una mirada a los artículos de opinión que rellenan los periódicos (es un género exclusivo de la prensa escrita; la radio suele meter homilías de pontifical y la televisión no pasa del nivel de un teatrillo de títeres tecnificado) podemos resumir que los temas son los mismos: política, lo mal que anda el mundo y crítica al importante de turno por la última frase entrecomillada del último titular de prensa. No hay más, se puede conocer al articulista por las filias o fobias hacia tal o cual partido o político. Desconozco si eso aburre a los posibles lectores (a cada articulista lo leen quince personas, creo que ya lo dije alguna vez y me repito) pero cada día las páginas de cualquier periódico tienen un lugar para ese pienso alimenticio del lector. El resto del diario suele ser un panorama repetitivo, repartido entre fútbol, estadísticas, muertos y tipos con corbata que dicen tonterías peligrosas. El mundo va bien por arriba (según las cuentas que hacen los gobiernos) y mal por abajo (según las cuentas de la cola del súper). Y en medio de todo esto, ¿dónde queda la cultura? Ni está ni se le espera.
Entre las esperanzas frustradas de aquel cambio de hace cuarenta años que ahora ilustres articulistas se apresurana a analizar en libros, figuraba la de lograr una sociedad más culta. Más culta de lo que era entonces, que era mucho más de lo que es ahora y que, además, había sido uno de los motores del cambio transicional. Hemos pasado de un tiempo con ganas de cultura a un tiempo con necesidad de sobrevivir simplemente. Un proceso posiblemente estudiado y estrategicamente aplicado fue creando la ilusión de bienestar sin cultura: los incultos eran los triunfadores. A todos los partidos políticos les convenía mejor una sociedad aculturizada que votara simplemente una marca registrada que les hacían coincidir con sus ganas de ser más ricos (Diccionario de la Real Academica: “Cultura.- Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”) No convenía que los votantes pensaran ni que fueran cultos y críticos, bastaba con que fueran “de los nuestros”, gente educada en un sofá delante de un televisor en el que la cultura  queda relegada al concurso de Saber y Ganar. El resultado es lo que vemos; me refiero a lo que vemos los que andamos al ras del suelo, y hablamos con la gente en la calle, no lo que pregonan desde los titulares noticieros todos los grandes padres de la patria.
En los esquemas político-económicos la cultura es un apartado secundario, como el envoltorio del paquete de regalo, que se rompe para abrir lo que realmente importa, el beneficio macroeconómico de las fuerzas dominantes. Basta con echar el ojo a cualquier medio de comunicación y veremos que el apartado cultural está relegado a la zona final, en un revoltillo de cosas en las que aparecen películas, cantantes de tercera división –nunca un escritor– o celébritis variados y variadas. (Segunda acepción del Diccionario de la RAE: “Cultura: Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etcétera”.) Con ello, la cultura pasa a un plano inferior porque se considera (erróneamente) que no es rentable, solo una necesidad secundaria para mantener entretenido al populacho. En los esquemas políticos-municipales, integrados por gentes que se autodenominan (erróneamente, tambien) como “buenos gestores”, lo cultural, salvo excepciones meritorias, es un sucedáneo de ferias y fiestas. Los cargos públicos no casan bien con la cultura; para muchos de ellos lo cultural es solo un evento inaugurable o presidible para salir en la foto.
¿Y los libros, los contenedores de la cultura por antonomasia? Si atendemos a las estadísticas, nunca se fabricaron más libros (digo bien “fabricaron”) como ahora; nunca se vendieron tantos (dicen) como ahora, en cualquier formato, papel o tableta. Y, sin embargo, nunca hubo una sociedad más inculta con tantos medios a su alcance. Proliferan los clubes de lectura, los de escritura literaria; se ven personas que entran en las librerías (escasas librerías per cápita, en contraste con  la cantidad de bares per cápita) y que compran libros. Se supone que eso debiera traducirse en una sociedad culta. Pero no. No se sabe que lee la gente corriente y para qué les sirve. Los índices de lectura son claros (verlos en internet para no perder el tiempo) La literatura es escasa; las estanterías se llenan de libros de autoayuda o de gastronomía y de narrativa de usar y tirar; sólo la literatura infantil y los cómic mantienen el pulso literario. El resto, salvo cuentagotas y reediciones de clásicos, es vacío.
Cavilaba sobre el cambio de hábitos y la ausencia de lectores cuando recordé al último lector de calle; un tipo que está a la puerta de su casa en un lugar donde suelo aparcar. Siempre tiene una novela de bolsillo en la mano, una de aquellas auténticas novelas de bolsillo, de vaqueros, autoría de Marcial Lafuente Estefanía o Keith Luger. Recordé tiempos muy pasados en los que yo mezclaba vaqueros con Verne, Stevenson o el mismísimo Kafka (auténtico) y deseé vivamente el regreso de aquella lectura, muy superior a la actual, porque eran auténticos aperitivos culturales en un mundo que quería ser culto. Aquellas novelas cambiadas en kioscos fueron el paso hacia otras de mayor nivel, pero construidas con la misma materia. En las librerías de segunda mano hay un apartado de novelas de vaqueros que, según me dicen, funciona como un reloj, en un intercambio de historias siempre repetidas pero nunca agotadas. Volví a leer una de ellas que guardo entre mis papelotes, “Hablan las pistolas” (1956), de ML Estefanía; una frase: “¡Es condición humana desear aquello que no se posee sin meditar en lo inconveniente!”. Murakami o Auster dicen cosas parecidas y los críticos los alaban.
El último mohicano que lee su novela a la puerta de su casa me reconcilia con el futuro de la cultura. Siempre es mejor amar aquel Lejano Oeste, lleno de literatura digestiva, que al Cercano Este, lleno de botarates incultos (aunque, según les gusta decir, “buenos gestores”)

sábado, 8 de julio de 2017

Unos que vienen, otros que vendrán


J.A.Xesteira
Por motivos vacacionales propiciados por el turismo de bajo coste tuve que ver la pasada semana los informativos de la televisión italiana. No hay nada mejor para conocer nuestro mundo que salirse de él y verlo desde la distancia, y compararlo y ver como somos desde fuera. Aquel viejo temor del viejo dictador que resumía en la frase: “Hay que viajar menos y leer más periódicos” es evidente. Los periódicos de ahora, aparentemente más libres que los del viejo dictador, informan igual de mal y de manera tangencial sobre lo que está pasando. Son informaciones de bajo coste, como el turismo. 
Coincidió mi andanza italiana con la cumbre de los jefes de planta europeos sobre la inmigración. Los telediarios italianos hablan mucho más que los españoles sobre cualquier cosa, y ese tema les era especialmente preocupante. Allí se veían a los mandamases escuchando al primer ministro italiano pedir a la desesperada que Europa tenga en cuenta la inmigración africana a través del Mediterráneo. El grito de socorro iba especialmente dirigido a Rajoy, al que las cámaras enfocaban y cuyo rostro tenía la expresión del que estaba pensando en la final de fútbol sub-21 que se jugaba ese día. Los demás andaban a lo suyo: Macron, encantado de haberse conocido y a punto de coronarse emperador (a los franceses, por mucho que su propaganda nos haya vendido la moto de las libertades, les gusta el Imperio y el Gobierno de Vichy); Angela Merkel preocupada por los matrimonios gay, y el resto ni siquiera salían en la foto. Italia avisaba de que la situación era insostenible y que estaban dispuestos a blindar sus puertos. El presidente francés, que va camino de convertirse en el rey sol de las gilipolleces (recordemos sus chistiños sobre inmigrantes de hace unos meses) salió con la brillante idea de que sólo dejarían entrar a los inmigrantes auténticos, a los que pudieran legalizar, no a los inmigrantes políticos. En este punto cabría preguntarse: ¿Cómo distinguirá Macron a un inmigrante auténtico del inmigrante falso? No lo dice y me temo que fue simplemente otro chiste francés presidencial. La diferencia entre un refugiado auténtico de uno falso (en la teoría de Macron, los huídos todos son iguales en miedo) es la misma que entre un demócrata auténtico y otro de toda-la-vida: ninguna, todos son iguales, como una excursión de chinos.
Si la situación italiana ya es insostenible y su petición de ayuda de Europa y, en especial, de los países mediterraneos, cae una y otra vez en saco roto, la cosa se va a complicar mucho más. Mientras al sur italiano siguen llegando oleadas de africanos (1.500 personas a principios de semana) el resto de los países firmantes y comprometidos con el problema silban y miran pasar el avión. España, que se había comprometido a dar asilo a 9.000 refugiados de Grecia e Italia, a día de hoy sólo acogió a unos 900, mientras que el ministro Zoido pide una reducción de las cuotas europeas de asilados. En realidad da lo mismo; todos los acuerdos firmados y sellados sobre acogida y realojamiento de los africanos es papel higiénico para los estados europeos, más atentos a los ajustes comerciales y financieros después del Brexit que a los problemas de refugiados sirios o sudaneses que cruzan el Mediterraneo y consiguen no ahogarse en el mar. A fin de cuentas no son más que números en un papel que se le pasa a Turquía para que los guarde en campos de concentración, o se repatrían en aviones con grandes escoltas de funcionarios.
En este coro de políticos de bajo nivel como los actuales, el problema de los que huyen de África es un problema básicamente sureño, que afecta a Italia, Grecia y España principalmente. Francia, pese a tener parte mediterránea, le interesa únicamente en su vertiente de posible peligro terrorista. Al resto se la trae más bien al pairo; Alemania se enquista en su status quo, y el resto de paises están en la Unión Europea por conveniencia (Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia siguen siendo los antiguos países satélites, antes de la URSS, ahora de la UE). Las voces internacionales inciden una y otra vez en lo mismo: reforzar militarmente las fronteras y forzar convenios con los países africanos del norte para que prohiban el paso. Inútil: contra el hambre y el miedo a unas guerras respaldadas por los países con intereses económicos en la zona (España vende gran parte de su armamento a los países africanos en danza) no podrán nunca impedir que las pobres gentes de África e incluso de la Asia empobrecida (Bangla Desh) busquen en la huida su futuro. La paradoja es que los que escapan de la muerte en África buscan refugio en el mundo que provoca precisamente esa situación en África. La Europa rica, la Europa aliada de las grandes potencias y al servicio de las grandes corporaciones, fue la que arrasó y sigue arrasando, en combinación con los grandes gendarmes  de USA y Rusia la franja del planeta que genera la huida.
Italia está preparándose para taponar la entrada de refugiados, mal llamados inmigrantes, mientras que en España no se sabe, como siempre. Pero hay otro flujo de inmigrantes que Italia espera y que España ni se ha planteado, como siempre. Es el retorno de los cerebros, como ellos dicen. En el diario La Reppublica (ese gran periódico con tamaño de periódico) se daba hace días la voz de alarma: la mayor parte de los italianos que residen en el Reino Unido están pensando en regresar después del Brexit. El periódico analiza todos los datos y da cuenta de números y porcentajes. Esperan que un 28 por ciento regrese a su país, lo cual supondrá un problema de reorganización laboral. En España sucederá más o menos lo mismo en cuanto las condiciones de trabajo británicas no compensen a nuestros emigrantes. Pero aquí ni se sabe ni se prevé nada. Como con los refugiados, los retornados se irán buscando la vida como puedan en un país en el que todos somos responsables de todo pero nadie se responsabiliza de nada.

sábado, 1 de julio de 2017

Verano y humo

J.A.Xesteira
No bien acaba de empezar el verano, aunque tengamos la sensación de que llevamos meses metidos en él, y vuelve el peligro latente y siniestro de los incendios forestales. La desgracia forestal de Portugal, con la enorme cantidad de muertos, vuelve a traer la cuestión a primera linea de discusión. Tarea inútil, llevamos años avisando, discutiendo, debatiendo el tema y no se previene ni soluciona. Otro año más el verano y el fuego me llevan al recuerdo de tiempos pasado, que no fueron  mejores, pero sí distintos. Cuando era niño no ardían los montes como ahora; eso, que puede ser una obviedad demostrable, puede ser el origen de la cuestión: aquellas chispas trajeron estos fuegos. El mundo era radicalmente distinto, había un mundo rural y un mundo urbano. Había campesinos y había obreros, y la frontera estaba bien definida y sus funciones, también. En el mundo rural, que es donde están los montes que arden, había ganado, vacas y ovejas que pastaban en los montes; los tojales se rapaban y se aprovechaba todo lo que tuvieran, bien como abono (el estrume o esquilmo) bien como combustible para las cocinas de hierro o lareiras. Las vacas fueron sustituidas por tractores y chimpines, el fuego de leña por el fuego de butano, y los montes quedaron abandonados a la mano de dios. La condición rústica del ciudadano cambió para convertirse en semiurbana, con casa en la aldea y trabajo en la ciudad o en un poligono industrial. Pero así como el antiguo rústico se convirtió en urbanícola, los montes quedaron donde estaban, regulados por unas leyes que dicen que controlan el funcionamiento forestal, pero que en la realidad, y a la vista de lo que se ve, no funcionan o no se aplican adecuadamente. Hay montes limpios al lado de verdaderos matogrosos resecos.
Hace, pongamos, cincuenta años, no había estos incendios. Casi puedo datar el comienzo de la ola veraniega de incendios allá por principios de los años 70 (siglo pasado); lo recuerdo perfectamente porque en mis comienzos como periodista gallego me tocó cubrir todo un verano de incendios, que recorría con mi compañero fotógrafo, de aldea en aldea y de chamusca en chamusca. El proceso fue a más, y ese aumento en número de incendios fue paralelo con la aparición de los aviones y las brigadas. La deriva de la vida rural a la urbana está en el origen del problema. Antes (antes de esos 50 años) cuando había un incendio en el monte los propios paisanos éramos capaces de apagarlo por nuestra cuenta, porque sus dimensiones eran reducidas. Ahora es preciso que actúe el ejército y se desplieguen todos los medios técnicos necesarios, por tierra, mar y aire.
Los montes arden porque alguien les prende fuego, y sé de lo que hablo; vivo en medio de un bosque y hace tiempo hice la prueba de la colilla tirada en medio de paja seca en el calor de agosto: no arde. Año tras año ando metido en apoyo vecinal de los incendios que se repiten sin que las leyes y la prevención lo puedan evitar.  Los expertos forestales dan sus consejos, explican sus métodos, pero el origen está en el cambio de la sociedad rural, que creó un vacío en el medio, antes tutelado y ahora abandonado por falta de rentabilidad; el abandono de un paisaje organizado por otro caótico
A los portugueses les atrapó el siniestro entre dos conceptos, el del rural  con montes ya urbanícolas (es decir, silvestres) y el urbano, con medios contraincendios todavia en fase de desarrollo. Y a nosotros nos puede pasar lo mismo otro año. Nunca se han estudiado las causa por las que un tipo prende fuego al bosque, además de la chaladura pirómana, excepción en el caso. Se disfraza de quema incontrolada de matorrales (falso, cualquier paisano sabe quemar su broza), de churrasco temerario o, como en el singular caso portugués, de una tormenta perfecta de calor y relámpagos. Los propios bomberos portugueses lo niegan y, con sentido común del que sabe en que está metido, apuntan a la mano del mechero. Lo otro son tecnicismos bobos para sorprender a periodistas y políticos sin idea de lo que es un incendio  forestal.
Todavía no estamos empezando y ya se prevé un largo y cálido verano de humo y todo sigue como siempre, sin un estudio previo de las causas y sin descubrir ni a uno solo de los incendiarios.
También cuando era niño ardían las casas en verano; eran casas de pueblo, generalmente viejas y con viejos materiales. Era frecuente en aquellos veranos que dicen que no eran tan cálidos como ahora (el cambio climático es más que evidente) el toque de las campanas a rebato y la aparición del vecindario con calderos a mano. En muchas ocasiones tuve que formar cadena de cubos de agua para sofocar un incendio y casi siempre los propios vecinos eran capaces de salvar lo que se pudiera y apagarlo a golpe de caldero en un tiempo en que los bomberos estaban en las ciudades y no en los pueblos. Era el tiempo en el que no existían las grandes torres a las que no se puede llegar con las escaleras profesionales. La especulación inmobiliaria levantó rascacielos en sitios donde las escaleras de los bomberos no alcanzaban más allá del piso diez.
El reciente incendio de Londres demostró que a estas alturas estamos perdidos como hace cincuenta años. Esa repetición de “El coloso en llamas” fue una ratonera, un crimen anunciado. Si en la película al rascacielos lo salvaban Paul Newman y Steve McQueen, aquí se trataba de un rascacielos para pobres construido con materiales pobres para mayor beneficio de los constructores; y los astros de Hollywood ya están muertos. El edificio de viviendas sociales que ardió en Londres (el mismo número de muertos que los portugueses de Pedrogrão Grande) era una trampa inflamable, pero nadie va a pagar por haberse forrado por su construcción ilegal. Los pobres, sean portugueses del campo o inmigrantes en pisos sociales de Londres, siempre están en la primera línea de los sucesos. El resto, mientras, guardan un minuto de licencio y discuten sobre el tema hasta que llegue el otoño.