viernes, 19 de mayo de 2017

Un país de jajá-jijí

J.A.Xesteira
Nada más lejos de mi intención que moralizar desde un escrito en los periódicos; ni los escritos son moralizadores ni las moralejas son convenientes, ni la moral, entendida como compendio de buenas costumbres, tiene nada que ver con lo legislado (aunque a veces coincida). Tampoco hay que hacer mención a la ética, que es una reivindicación necesaria y libre de la virtud. En los escritos de los periódicos, pese a que los escritores nos pongamos a veces moralizantes o nos vistamos con la pomposidad del moralizante, no hay que buscar enseñanzas. Está-científicamente-demostrado (valga la frase) que cualquier cosa que se escriba en forma de artículo periodístico será entendida por el posible lector (calculo, también de forma “científica”, que a cada articulista lo leen quince personas, incluidos familiares) según le vaya el día y según sus entendederas particulares. Dicho todo esto, y recordando el tango que decía que en el Siglo XX, cambalache problemático y febril, los inmorales nos habían igualado, y ya quedamos igualados, tengo que costatar que la inmoralidad impune (y aquí cualquiera entiende a que inmoralidad me refiero) que circula libremente por todo el país y que alcanza desde las más altas cotas político-económicas hasta los últimos rastacueros que habitamos el Estado español, nos parece importar a todos un rábano. La extensa mancha de aceite inmoral y corrupto que se va extendiendo por el partido en el poder y que alcanza de refilón (y de momento) a otros partidos no en el poder, debería ser materia suficiente para dos cosas a modo de reacción: indignación y actuación inmediata y fulminante (cárcel incluida) contra los inmorales, con devolución de los bienes publicos robados y distraidos hacia otros destinos ocultos. Cada semana aparece una novedad poco nueva, una nueva imputación, otra investigación, un hilo más de la madeja que envuelve las finanzas del PP (y no sólo del PP), algo que se supone, a poco que se tenga sentido común: no se puede gastar tanto en tanto bombo y platillo con las cuotas y los dineros legales de cada partido; por lógica pedestre ese dinero tiene que venir de algún maná celestial y oculto entre los milagros de las empresas y sus beneficios. El país está en escalada constante de corrupciones que siguen un proceso clásico: se destapan en algun medio interesado en dar la noticia como un fuego de luces; le sigue un desmentido del partido (últimamente le toca al PP y a Convergencia) que pone la mano en el fuego por el supuesto delincuente; a continuación viene un rifirrrafe entre distintos bandos con el estribillo sabido: “Vosotros, más”; sigue, a veces alguna detención con posible encarcelamiento con fianza u otra variedad judicial… Y ahí se acaba todo. Mejor dicho, ahí se eterniza todo, con un par de cabezaturcos entre rejas, los partidos blindados ante los ataques y los jueces enfrentados a una montaña legal sin los medios necesarios para escalarla.
¿Y el resto de los indignados ciudadanos que suelen comentar estas cosas? ¿Cómo reaccionan? ¿Cómo se indignan? ¿Que armas electorales esgrimen contra los que cometieron los delitos? Nada, hacen chistes en Twitter, muy ingeniosos, muy elaborados; hacen montajes y memes en Youtube con mucha gracia; se ríen en este país multicolor como abejas mayas con su inocencia y su bondad. Somos un país gracioso, chistoso, nos divertimos con tomarle el pelo a los grandes personajes de la sociedad, como si les pintáramos bigotes y gafas. Somos un país de jajá-jijí. ¿Que el mercado laboral presenta un balance de millones de personas sin trabajo, millones de personas con un trabajo semiesclavo con salarios miserables y jornadas de muchas horas camufladas? Pues bueno, sacamos un chiste de becarios en la red y al rato se ríe toda España de los becarios que trabajan y no cobran. ¿Que esta pasada semana le tocó a Cifuentes ser la sospechosa habitual de cada semana en el PP? Pues se le saca en un tuit con un texto haciendo una gracia. ¿Que los bancos que un día se llevaron dinero público para tapar sus delitos ganan cada semestre  porcentajes que nunca le aplicarán a las pensiones? Pues se descarga el cabreo en la red  en forma de coña ácida, pero coña sin más. Y así sucesivamente hemos convertido la realidad dura de la sociedad, que avanza a trancas y barrancas (aunque la imagen que dan los Medios es que somos un país bollante y la envidia de Europa, falsedad facilmente comprobable en cuanto se sale de la frontera) en un chiste malo de hoja de calendario, que se ríe en el momento y se tira a la papelera.
Hubo un tiempo en que el humor nos salvaba de la úlcera de la dictadura; se hacían chistes de bar que corrían de boca en boca, como analgéscio contra una situación en la que no había lugar judicial ni más recurso de protesta  que callarse o llevar hostias. El humor, el chiste en los tiempos pre internet, era una válvula que nos mantenía en pie. Pero ahora mismo utilizar el chiste instantáneo y constante como sustituto del derecho a la protesta es inmoral (entiénda cada uno la palabra inmoral, como dije más atrás). Todo ese despliegue de habilidad e imaginación para hacer gracias en los teléfonos enmascara un problema mayor: la ausencia de razonamiednto crítico y la pérdida de la dignidad ciudadana. Los mismos políticos (o sus chistosos a sueldo de sus tuits) tienen más argumentos en la estupidez tuitera que en el cometido de sus funciones como políticos. Ya no trabajan (les pagamos para eso) en conseguir que todos vivamos mejor, simplemente se sientan en un sofá a teclear tuits muy graciosos con los que agradar a sus posibles votantes. No somos un país serio (se puede ser serio y gracioso a la vez, pero no triste) Mientras la sociedad contemple lo que está pasando como si fuera un programa de humor televisado mal anda la cosa. Un día nos daremos cuenta de que el programa terminó y lo que viene ya no tiene ninguna gracia. Nos lo dirán en un tuit, pero no tendremos risas que llevarnos a la boca.

viernes, 12 de mayo de 2017

Notas para matar al turismo

J.A.Xesteira
El turismo, un invento británico como tantos otros, fue el resultado de la tranformación del ser humano que iba a ver que había detrás de las montañas, empujado por una necesidad (emigración por falta de alimentos o desgracias naturales, cuando no espíritu de aventura pegado al comercio) en el ser humano que fue a ver que había detrás de la montaña por simple placer curioso (por supuesto, bien viajado y con todas las comodidades) Fue la diferencia entre las tres carabelas y la Wagon’s Lits Cook. Básicamente el turismo es paisaje y panorama, panorama vacío, soleado y sin gente: un cartel. El reclamo es ese cartel ausente de gentes en el que queremos estar, ya sea en un valle tirolés o en una playa tropical. El turismo se creó primero, la necesidad de viajar vino después, posiblemente junto con las guias (británicas también) que nos contaban las maravillas que había en cualquier parte y que los nativos de cualquier parte no entendían por qué venían desde tan lejos para ver aquellas piedras o aquellas playas. Pronto aprendieron los nativos que al lado de aquellas playas y aquellas piedras podían vender cervezas y tortilla (en la versión española, que se cambia por cerveza y pizza en la italiana y cerveza y musaka en la griega, y así en todas partes)
Fraga Iribarne, ministro de Franco en aquella ocasión, rama Información y Turismo, fue el inventor del turismo español, que es como decir el turismo del mundo. España era diferente y ese eslogan, junto con aquel de los 25 Años de Paz, le daban al país un aire distinto, en un momento en que los turistas eran veraneantes y, junto con el Seiscientos nacieron los alfredolandas y la especulación inmobiliaria. Este país presumía de turismo internacional y de cifras económicas, en unos años en los que para decir que éramos un país de pringados pobres, emigrantes a Europa y poca cosa más, nos autodefiníamos como “en-vías-de-desarrollo”. El turismo aumentaba cada año y venimos batiendo récords anuales desde que el pobre de Alfredo Landa intentaba hacérselo con Nadiuska (acababa con Lina Morgan o Gracita Morales). La actualidad es un puro récord, y el territorio está ocupado todo el año por extranjeros que tienen a su disposición un país barato y sin miedos terroristas.
La cosa cambió desde aquellos veraneantes hasta los turistas informáticos, pasando por los caminantes peregrinos rumbo hacia un parque temático inventado por la Iglesia Católica. Los viejos del Imserso ocupan la temporada baja de los hoteles y se autolesionan el colesterol y las transaminasas con los bufets libres (nunca tantos jubilados confundieron la libertad alimenticia con el libertinaje glotón). Los aviones de bajo coste traen y llevan a millones de habitantes de las tierras grises para disfrutar del sol español manoloescobalero. Los barcos cruceros transportan auténticos municipios de seres humanos, que viajan en forma de barrio del extrarradio para pararse unas horas en un puerto de atraque y decir que estuvieron en España; toda una aldea marina generando detritus y basuras que dejan en cada puerto de atraque. Cada vez son más abundantes los viajeros con casa a cuestas, caracoles de caravanas en las que reproducen su apartamento y los colocan en descampados adecuados en los que pueden vaciar su retrete quimico y hacerse una barbacoa con el vecino, en lo que en tiempos fue vida de cámping y ahora es mogollón de nómadas ma non troppo (mi siesta y mi tele que no me las quiten) La posibilidad de aventura se reduce a una diarrea o un robo de cartera; todo ha sido descubierto, y aquella hipótesis de viajar a la aventura ya no tiene cabida en un mundo controlado por internet en el que podemos ver en directo y desde el satélite cada palmo de la Tierra. Una vez eliminados los grandes espacios africanos por miedo a un terrorismo abstracto, ya no queda ningún lugar donde sentirnos personaje de Stevenson o de Salgari. Nuestro espacio vital como turistas es mínimo; llegamos a aquel pequeño pueblo de –supongamos– Portugal o Italia donde, cuando éramos mochileros aventureros, disfrutamos del paisaje y del paisanaje sin malear, y nos encontramos con una masa apretada de españoles, alemanes, italianos y los siempre impávidos japoneses; un amigo me decía que no se puede dar un paso en semana santa porque todo está lleno de turistas (no se daba cuenta de que él era uno de esos turistas que no dejaba dar un paso al vecino).
El turismo se va a morir un día de estos por su propio éxito. Igual que las ciudades tienen más coches que espacio para aparcar, el turismo ya no cabe, por mucho que digan que es una fuente de beneficios enorme, cosa que no se pone en duda. Ya no se sostiene y no parece que se alumbren señales de alarma, cuando debieran estar las luces rojas a todo meter. El turismo actual, con su ritmo y disponibilidad, ya no es sostenible. Millones de personas aumentan las poblaciones costeras, especialmente en los meses de verano, que aquí son muchos más que en el norte de Europa, y arrojan a unas depuradoras, diseñadas para una pequeña población censada, las defecaciones de millones de recién venidos en tiempo récord. No se sostiene. Se enmascara porque da trabajo temporero-semiesclavo a miles de trabajadores en paro.
Internet se ha convertido en la gran agencia de viajes donde se puede contratar en pantuflas un hotel o una casa con vistas al mar. La eclosión negociadora de los alquileres de viviendas ha generado un nuevo problema; un mercado en el que se mueven millones y que está a medio legislar; los precios se disparan, los propietarios ponen sus pisos en los portales de internet y surgen nuevas situaciones sociales; no hay vivienda para los residentes o los que se trasladen a una zona turística para ejercer de médicos o de funcionarios públicos: compensa más tener un piso vacío siete meses y alquilarlo el resto. Las islas y la costa española ya no tienen viviendas para los vecinos. El cartel turístico se llenó de gente, que come, ensucia y no deja sitio para vivir.

viernes, 5 de mayo de 2017

Entre pinches y becarios

J.A.Xesteira
A falta de escándalo mayor en la semana, apareció uno de menor cuantía aparente, pero de mayor importancia, a poco que nos pongamos a rascar en el tema. Me refiero a ese escándalo de los cocineros, llamados chefs, de la televisión que emplean a chavales sin salario. El escándalo mediático tuitero surgió con la noticia de que Jordi Cruz, uno de los poderosos humilladores de chavales que creen haber tocado la fama como cocineros en una televisión, emplea a becarios sin sueldo. El programa de Cruz, cuyo nombre no voy a publicitar, forma parte de ese tipo de entretenimientos televisivos consistentes en denigrar y humillar a unas personas previamente selecccionadas para su escarnio (en el caso de los niños cocineros concursantes, la Fiscalía debería asumir su defensa de oficio; en este país es un delito humillar en público a un niño) ya sea como cantantes, actores o cocineros. Jordi Cruz, uno de los seres supremos del concurso, apareció en los confidenciales de internet como un tipo que tiene un palacete de tres millones de euros, cobra 200 o 300 euros por comer en su restaurante de no sé cuantas estrellas Michelín y no le paga a los becarios (sobre la palabra becarios hablaremos más adelante) Al segundo saltan las redes para ponerlo a parir y para recordar doctrina jurídica sobre el empleo de becarios en este país. No voy a entrar en este tema puntual; no siento el menor interés en esta moda de los chefs, la gastronomía considerada como una de las bellas artes y los restaurantes en los que no hay comida de comer, sólo comida de hacerle foto y mandarla por whatsapp. Es una cuestión general que comienza con la semántica y un concepto, con el cambio del pinche de cocina o marmitón, el chaval que entraba a fregar platos y hacer las tareas más humildes –cobrando– y subía en la escala hasta donde pudiera, por el más sofísticado de becario, que puede significar cualquier cosa abstracta, pero que en ningún caso quiere decir que tenga una beca para vivir.
Llegados a este punto me van a permitir hacer un poco de historia sobre el tema echando mano de lo que mejor conozco, mi oficio de periodista, y retrocediendo unos cuarenta y tantos años atrás, cuando yo mismo era un periodista “en prácticas” en un país en el que los periodistas salían en hornadas anuales de unos ciento y pico. En el verano de 1971 conseguí una plaza de prácticas en el periódico de Prensa del Movimiento La Mañana de Lérida, y un salario de redactor en plantilla (sin descuentos) más el viaje desde mi casa hasta la ciudad catalana, y vuelta. Además de cobrar como un profesional de verdad, aprendí practicamente todo lo que no se puede aprender más que en una redacción, gracias a que trabajé como verdadero profesional y a que los veteranos me consideraban colega y me enseñaban todo lo que podían. Pasó el tiempo y me encontré como redactor de un periódico, enseñándole el oficio a la chavalada de prácticas; la rueda giraba y yo era el veterano y alguno de los nuevos era hijo de mis amigos; ahora les llamaban “becarios”, pero no recibían ninguna beca y el salario ya no era el mismo; cobraban según la inspiración de la empresa, según fueran hombres o mujeres, según les cayera mejor o peor al director, al gerente o a un amigo de sus amigos. Pero cobraban. Siguió la rueda rodando y aquellos veteranos pasamos a ser jefes, primero y jubilados después, los becarios pasaron a ser redactores, jefes y parados que se buscan la vida fuera de los periódicos, en esta trayectoria laboral tan conocida. Un día las empresas periodísticas inventaron una nueva vuelta de tuerca (tuerca de garrote vil) llamada “máster”. Ya no eran ni de prácticas ni becarios, estaban haciéndo un máster por el que pagaban una pasta por hacer lo de siempre, aprender el oficio (mal) asesorados por algún veterano; al final conseguían un pomposo e inútil título que, dada la dureza del papel, no sirve ni para el retrete. Un día, una buena mujer me contó que estaba muy contenta porque su hija, licenciada en ciencias informativas, estaba trabajando en una emisora de radio ¡pagando! Y ese día me di cuenta de que, partiendo de la nada habíamos alcanzado las más altas cotas de la ignominia.
Pero, claro, todo ese largo camino hacia el presente no es gratuito, se hizo con el beneplácito contemplativo y satisfactorio de los sucesivos gobiernos (centristas, socialistas y derechistas) de las diferentes patronales, de los sindicatos que esta misma semana salieron en procesión laica a reivindicar abstracciones sin fuerza (olvidando lo que de verdad se conmemora el Día del Trabajo: las muertes por defender derechos laborales ya perdidos); y con el consentimiento activo o pasivo de todos los habitantes de este país, que consentimos con nuestro voto o con nuestra actitud que los pinches de cocina trabajen por el bocadillo, aunque sea un bocadillo de tres estrellas. En ese aspecto todos somos Jordi Cruz, y no vale ponerlo a parir, porque todos somos responsables de esa situación.
A toda esa larga legión de becarios sin beca hay que añadir los obreros temporeros, esa expresión que un día englobaba a extranjeros marroquíes y senegaleses, y que hoy alcanza a tododiós: parados sin horizonte, que se acogen al verano para sacarse unas perras como camareros, sustitutos de apoyo vacacional, o se acogen a las navidades para relenar los picos de ventas de la sociedad de consumo. A estos también hay que añadir todos los contratados al amparo de leyes-basura, por tiempo limitado y por unas horas que después se convierten en el doble de manera ilegal. Ese es el panorama que se maquilla convenientemente para las cifras del paro, y eso lo sabe todo el mundo, no descubro nada nuevo. Por eso, a la hora de juzgar al cocinero contratante deberíamos pensar que todo el país es un restaurante de tres estrellas y que todos somos pinches sin sueldo. Y parece no importarnos más que para ponernos a parir por teléfono.

viernes, 28 de abril de 2017

Viejas mañas, nuevas corrupciones

J.A.Xesteira
Hace dos o tres semanas se produjo un  escándalo internacional cuando el presidente del Eurogrupo dijo aquella frase de que los países del sur se gastan el dinero en copas y mujeres. En realidad no fue exactamente un escándalo, porque en estos espacios de alta política todo queda en medio kilo de aspavientos. Las palabras del socialdemócrata holandés de apellido complicado no es más que la traducción de un viejo estereotipo que fija a los nórdicos como gentes cuadriculadas, severas, trabajadoras y legales, que no cruzan fuera de los pasos cebra y dan cuenta de todos los gastos con honradez calvinista, mientras que los del sur somos una tropa de cantamañanas, juerguistas, mujeriegos, trasnochadores, que pisamos siempre la raya continua y mentimos en la declaración de la renta con hipocresía católica. Ese viejo tópico hace años que está roto por causa del turismo; los nórdicos viajan al sur a beber lo que ni los del sur somos capaces, el luteranismo es tan hipócrita como el catolicismo y en las tierras del holandés pasan las mismas cosas que en sur, por mucha bicicleta blanca que le pongan a los canales y por mucha permisividad porrera de la que puedan presumir. En el sur de Europa se padecen los mismos males que en el norte.
En lo que respecta a España, ya me gustaría a mí que nuestros políticos se gastaran el dinero en champán y puticlubs, nos saldría más barato a todos. Pero viendo las presencias de estos políticos que soportamos y subvencionamos, no me parece que tengan aspecto de fandangueros derrochadores de fiesta en fiesta. Hagan una pequeña abstracción e imagínense a la clase política  que sale en los telediarios y pónganlos con la copa en la mano derrochando el dinero público en locales de dudosa reputación cantando “Suavecito” o la Macarena. No hay manera.
Pero, ya digo, me gustaría que eso fuera verdad, al menos nos saldría más barato. En realidad, nuestros políticos, en especial los que actualmente están en el gobierno (no digo que los demás estén libres de pecados, pero en este momento les toca al PP) se gastan dinero en grandes inversiones; de manera austera, muchos políticos están financiando con dinero público a los bancos paradisíacos europeos, suizos, luxemburgueses o de San Marino, antes de que viajen esos dineros al Caribe, a Panamá o a una pequeña isla que no produce nada más que dinero oculto, donde abren cuentas con el dinero que distraen (es la mejor palabra, porque el dinero se va mientras estamos distraidos viedndo un derbi de futbol o la procesión de semana santa) y se los llevan a cuentas corrientes con las que pueden vivir países como los que acojen a estos bancos, santificados por la Unión Europea y sus representantes.
Salimos a operación con nombre propio por semana; cada caso se ramifica como la corrupción de la hidra. Si esta semana toca al Canal de Isabel II la que viene puede tocar a otro organismo y a otros “currutos”. Cada semana van a la cárcel unos cuantos, se pagan unas fianzas y se mueve el portavocismo pidiendo comparecencias de Rajoy, dimisiones de fiscales más acá de cualquier sospecha, y el patio se agita por unos días con alguna dimisión de menor cuantía (pensemos que Esperanza Aguirre no es más que una concejala de una villa) Y ahora le toca turno por fraude a la delegada del Gobierno en Madrid. Y suma y sigue, mientras las especies protegidas en las áreas políticas están pensando en no abrir la boca para no aparecer en frases difíciles de explicar (“Ojalá que se acaben los líos”, que parece una canción mexicana; o “El que la hace, la paga”, que parece más una guaracha cubana) La masa votante parece que se altera, pero sigue pasmada en su estupidez social.
La ola de corrupción que parece invadir la clase política en general y la gobernante en particular semeja la plaga del picudo rojo, ese bello escarabajo que avanza desde el sur arrasando palmeras. Se ven sus efectos por todas partes. Las palmeras, como los políticos, están ahí, erguidas, todas chulitas con sus penachos y sus dátiles incomestibles. Y un buen día les entra una investigación con nombre, como el picudo rojo, y al día siguiente el penacho se desploma imputado, y hay que intervenir rápido; una brigada de expertos desmantela las palmas, se lleva cajas de documentación y se queda el tronco pelado; al día siguiente, los mismos expertos lo cortan siguiendo un protocolo y se lo llevan para eliminar la gusanera que el picudo puso dentro del tronco principal. El tronco se destruye, que es lo mismo que decir que dimite y desparece de los arrogantes jardines que presumían de palmera indiana, un exotismo vanidoso.
Pero, ¿qué pasa? ¿es que los políticos españoles son más corruptos que los europeos? No; si echamos la vista alrededor encontramos corruptos en todo el mundo, simplemente que cada país tiene su estilo propio (menos el Fondo Monetario Internacional, que tiene una mano especial para colocar en la dirección a un personal destinado a los juzgados). En España sucede que cuarenta años de democracia no han cambiado la esencia del concejal. Los más altos políticos de este país son concejales venidos a más, ediles que no superaron el preescolar político. Acostumbrados a los trapicheos de arte menor, con un porcentaje sobre obra pública y con las migajas que se van quedando por el camino desde Madrid o Bruselas hasta la pedanía, cuando suben en el escalafón cambian el traje y la corbata, pero persisten las mañas, ahora con grandes asesores y estrategas que dicen por donde van y de donde vienen los dineros. Y ahí se pierden. Sucede también que los partidos –y eso es algo elemental– necesitan grandes sumas de dinero para su existencia. Hay que pagar campañas, sedes con mobiliario a juego, y a todos los trabajadores del aparato que son acogidos en su seno, porque “son de los nuestros”. Un partido es una empresa que no produce nada pero necesita grandes inversiones para existir. Todo eso no lo dan las cuotas de afiliados. Lo dan otrros poderes que no regalan nada, simplemente invierten.

viernes, 21 de abril de 2017

Vidas virales

J.A.Xesteira
Es más que evidente el traslado de la realidad cotidiana al mundo intangible del metaespacio virtual, esa nube incolora donde los seres humanos hemos pasado a existir, donde se cuece la vida. Desde la antigua Grecia, las confrontaciones sociales y políticas se buscan su propio espacio; si en la antigüedad era el ágora, el senado o la plaza publica donde políticos y notables discutían el futuro de sus pueblos, ahora todo sucede en la red. Y ya se sabe que “todo o que ven na rede é peixe”. Desde la Revolución Francesa se habilitó un nuevo espacio para que el pueblo conociera lo que sus mandamases decidían en los parlamentos; fueron las gacetas que más tarde se hicieron periódicos de papel y después ondas de radio y más tarde imágenes televisadas. En ellos la vida se iba cociendo en ese espacio bien definido. Pero, ahora mismo ni el espacio está bien definido, ni legislado, ni se sabe bien lo que se cuece.
El mundo se hizo viral, que es palabra que sirve lo mismo para una gripe que para un anuncio o una frase en Twitter. Acabo de leer que una cantante llamada Rosalía, de la que los críticos hablan muy bien, acaba de tener en Youtube muchos miles de visitas de su canción y de su último disco. Confieso que desconocía a la muchacha y sus virtudes como cantante (que son muchas); pero lo que me llamó la atención es que una artista tenga que convertirse primero en fenómeno viral para después, si tiene suerte, hacer carrera. Es decir, hay que ser virtual para entrar en el mundo real. Los que tuvimos como ídolos a artistas a los que conocíamos solamente por un disco, una película, un libro o un cómic, encontramos vertiginoso este nuevo sistema. Ya no eres nadie si no te leen, te escuchan o te miran miles de personas, que pondrán debajo de tu escrito o tu imagen una frase alabándote o poniéndote a parir. Te vuelves viral en un instante y desapareces de las pantallas al día siguiente para caer en el olvido.
Tomemos como ejemplo el mundo de la música. Los Beatles nunca hubieran triunfado en estos tiempos, y, como ellos, muchos de los viejos héroes de hace 40 o 50 años que todavía llenan conciertos. Los comienzos de todos ellos fueron difíciles porque no había prácticamente nada, ni instrumentos ni forma de grabar un disco. El mundo se dio la vuelta y ahora sucede todo lo contrario, cualquiera puede tener una panoplia de instrumentos y grabar un disco en su retrete en HQ. Y a continuación puede colgarlo en alguna plataforma digital junto con otros miles de cualquieras y ser visto y oído por millones de usuarios; en cualquier caso la avalancha enorme de músicas a disposición del mundo es de tal magnitud que será difícil que algo de esa montaña trascienda y se convierta en el “Yesterday” de McCartney. Es como si a uno le gustara la fabada y le dieran una cuchara para comer un camión cisterna del contundente plato asturiano.
Lo alarmante es que, pese a que todo este terreno está lejos de ser experimentado a fondo (“testado” dicen ahora, palabra que en español significa hacer testamento y no lo otro) y no está ni regulado ni legislado, todas las personas notables de distintos pelajes se han tirado de cabeza al mundo viral. Se explican en Twitter y se hablan por Whatsapp, mientras alguien les maneja su página de Facebook y las mueve en los periódicos, para que se hagan eco de sus cosas. Están deseando que sus hazañas sean recibidas por millones de personas. Trump anuncia en un tuit que tiró la bomba y escondió la mano, porque es así de chulo; dos parlamentarias gallegas se ponen a discutir en un patio vecinal virtual; Pérez Reverte, académico de la lengua, se mete a escribir para la red y tendría que copiar cien veces (a mano) que “él” se escribe con tilde, si los académicos limpiaran, fijaran y dieran esplendor a los blogs. Los que quieren hacerse ver saben que tienen que ser virales, existir en el ciberespacio, donde nadie, de momento, puede lastimarlos; la justicia no sabe que hacer con los que interactúan en ese territorio, y unas veces multan a chistosos y otras veces, no. Si quieres ser famoso, conocido, publicitado o votable sabes que tienes que ser un virus, de la gripe de invierno, de la canción de usar y tirar, del producto que quieres vender o de cualquier elección primaria en curso.
Es un mundo fantasmal como los famosos zombis (¿o zombies, para ser más académicos?) que se hicieron famosos esta semana, que es todo el tiempo que la fama concede, gracias a una pregunta parlamentaria, contestada con extensión, documentación y bastante gracia por parte del Gobierno. (Inciso: ¿por qué el Gobierno no contesta así a todas las preguntas parlamentarias serias que se producen en el Parlamento? Es paradójico que conteste con rigor una pregunta formulada con el claro propósito de poner en evidencia lo que el Gobierno demuestra con su respuesta: le importa un carajo lo que se pregunte porque sigue la táctica vieja –del pasado aznarismo– de habla-cucurucho-que-no-te-escucho) El tema de los zombies es más serio de lo que parece. La Real Academia, que da dos acepciones del término no está al día; los zombies también son personajes de la religión del vudú caribeño, seres que salen de sus tumbas (de acuerdo con esta versión, ¿podríamos considerar zombi a Jesucristo?). Además, el tema no es baladí, en varios parlamentos europeos se planteó la misma pregunta, con respuestas parecidas. Aunque el parlamentario preguntó por los zombies para poner en evidencia la desgana en las respuestas del Gobierno, el tema es viral e importante: la política está llena de zombies que murieron en sus partidos pero resucitaron en consejos de administración al tercer día.
El mundo es viral y el apocalipsis puede venir por causa de los zombies. O porque Trump confunda el botón de “enter” del Twitter con el botón rojo de tiarle una bomba atómica a Corea del Norte.

domingo, 16 de abril de 2017

Lo que digo y lo que pienso

J.A.Xesteira
Pasaron cuarenta años desde la legalización  del Partido Comunista y parece que fue ayer. No es que crea que dos veces veinte años son dos veces nada, a la manera del tango, sino que parece que no nos hemos movido del sitio, como si estuviéramos de vuelta en aquella semana santa en que, para agravio de la derecha eterna de este país, Suárez legalizó a los comunistas, las bestias rojas del franquismo. Cuarenta años después, el Partido Comunista Español, a diferencia de sus hermanos de otros países vecinos, renunció a su marca registrada en elecciones, se reinventó como costalero procesional de un grupo de izquierdas, metido en Izquierda Unida y, por tanto, acabó como soporte de Unidos Podemos. Largo viaje para tan poca cosa.
Y el tiempo parece no haber pasado desde aquel sábado santo de 1977, sólo año y pico después de enterrado Franco bajo la gran losa. Pensamos que el mundo iba a ser más libre, más sano, más culto, más justo…, y nos encontramos con “esto”. Pensamos que éramos demócratas, europeos, sinfronteras, y nos estamos dando contra una involución disfrazada de “es-lo-que-hay” que nos demuestra que la democracia es sólamente una palabra de uso tópico, Europa es un mercado y las fronteras son mucho más difíciles de pasar de lo que pensábamos. Hace unos días, un amigo viajero del Imserso se encontró con que, además de las consabidas molestias de pasar los controles de aeropuerto (en vuelo nacional) se añadían ahora nuevas medidas, como pasar un papelito por su bolsa de mano por si fuera traficante al por mayor de sustancias psicotrópicas, y le ordenaban poner en bandeja distinta su tableta de leer novelas. Basta contemplar la televisión, en cualquiera de sus apariciones para constatar que no era esto lo que esperábamos de una televisión libre, culta y distinta de aquella que cerraba a medianoche hace años con un cura y una bandera con himno.
Desde la altura de este momento los cuarenta años pasados pueden contemplar un tiempo que vuelve al punto de partida. Y si lo pensamos, era de esperar, desde aquel 1977, en que pasamos a ser modernos pero con la ropa vieja; simplemente le dimos la vuelta a los trajes, y el que hasta tres años antes era político del franquismo pasó a ser demócrata de toda la vida, y así todo, militares, profesores, jueces, periodistas, banqueros, obreros, médicos, alcaldes, empresarios, obispos (no, obispos, no, siguieron igual que siempre, en su reino de otro mundo con cuenta corriente en este)… Y el mundo nos pareció distinto y nos pusimos chulitos porque pensábamos que ya éramos como el resto de Europa. Pero sólo habíamos cambiado de pelo, no de mañas. Y aquí estamos, de vuelta de todo, con un paro brutal, una clase política corrupta en su generalidad y con las libertades convertidas en calcomania de la realidad, en especial las libertades de expresión y de ideas. Europa tampoco resultó el Shangri La donde todo el mundo era feliz; bastó que las cosas se pusieran un poco duras para que volvieran también los viejos miedos y los viejos fascismos que estaban disimulados bajo un barniz de progresía abstracta.
Hay cosas que se prohiben ahora igual que en el franquismo, el postfranquismo y la pretransición. Prácticamente estamos en una involución. Nuestra memoria no histórica, personal a secas, si la refrescamos nos contaría como poco antes de la legalización del PCE, los delitos de opinión y expresión estaban a la orden del día. Lo sabemos especialmente quienes en aquel periodo histórico estabamos detrás de una máquina de escribir en alguna redacción de periódico; cualquier periodista podía ser acusado de cualquier cosa por cualquier ley (incluida la de caza y pesca); nos disparaban desde todas partes pero nos hicimos un  hueco y nos jugamos el tipo por esas dos simples cosas: libertad de expresión y libertad de opinión. Dos simples cosas que el Gobierno Español de antes y de ahora han firmado en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Esos derechos, como tantos otros, no son maná que cae del cielo; los derechos hay que pelearlos, ganarlos y, después, merecerlos. Creo que los que tuvimos que forzar las reglas del juego antes y después de la democracia, lo hicimos y lo merecemos (no diría yo tanto de todos los que después vinieron y se encontraron con que sus derechos ya estaban a su disposición, muchos de ellos, en todo el escalafón político y social, ni lo merecen)
Y aquí estamos, con una clase política que parece vestir calzoncillos de seda y que cualquier roce les escuece como ortiga. Las palabras se retuercen para que digan lo que no significan, las leyes (demasiadas leyes para tan lenta justicia) se escriben de manera ambigua, para que puedan usarse a gusto del poder de turno. Las libertades de expresión y opinión no son más que “fonemas onomásticos”, como decían Les Luthiers. Desde el año pasado han sido condenados 30 tuiteros, un montón de raperos e incluso han sentado en el banquillo a unos titiriteros de barrigaverde. Los fiscales progresistas (mal asunto cuando los fiscales se pueden dividir entre progresistas y “lo otro”) han dado la voz de alarma ante la desproporción entre el humor y el delito. Lo dicen a raiz de la querella contra el Gran Wyoming y Dani Mateo por decir que la cruz del Valle de los Caídos es una mierda; los jueces (unos jueces) han visto una ofensa religiosa en una opinión que puede ser compartida por millones de personas. Si la religión del hombre que entró el domingo pasado sobre un borrico en Jerusalén, arrojó del templo a los ladrones que habían hecho su guarida en él y fue torturado y ejecutado el jueves y el viernes santo, se ofende por la megalomanía de un general, deberían mirárselo.
Las dos libertades básicas de un pueblo libre están en problemas, y hacer uso de ellas ya es un riesgo. Podrán impedir que diga lo que pienso, pero no podrán impedir que piense lo que no digo. En esta vuelta atrás, un día de estos puede que declaren ilegal al Partido Comunista.

sábado, 8 de abril de 2017

Viviendo en el futuro

J.A.Xesteira
Llegó demasiado rápido el futuro. Incluso para los más jóvenes, los que no hace tanto celebraban la llegada del CD como un gran avance en la difusión musical, los incipientes ordenadores como la repera y las carreras universitarias como un carnet de acceso al mundo. Les llegó el futuro demasiado rápido, con los CD ya obsolteos, los ordenadores dirigiendo sus vidas desde el movil y las carreras universitarias como billete de doble vía: la emigración académica o la lista del paro. El futuro, para mi generación de jubilados con poco júbilo no era esto. Ni siquiera estaba en este tiempo. Metámonos en la máquina del tiempo enciclopédica. Siglo pasado, claro está. Allá por los años 50 –finales– y 60 –principios–, una canción cantada por el argentino Billy Cafaro, “Marcianita” (años después se convirtió en  canción de culto kistch, incluida una versión antológica de Caetano Veloso) contaba que el cantante esperaba que llegaran lo marcianos y ser feliz con una marcianita y esperaba que eso fuera en ¡el año 70!. Un futuro casi del día siguiente. George Orwell había dibujado muchos años antes otro futuro, un futuro apocalíptico y deprimente, con un control visual del ojo del Big Brother que todo lo ve. La profecía de Orwell era más apropiada y todavía hoy es objeto de análisis, de aciertos y desaciertos. Ese futuro orwelliano, desgraciadamente tan premonitorio, estaba situado en 1984. Si Cafaro quería casarse con una marcianita con un plazo de diez años de futuro, Orwell, sin embargo, ponía un plazo de 35 años para que sus profecías se cumplieran. El cantante establecía un deseo liviano de enamorarse de una chica, el escritor planteaba su distopía como el advenimiento incuestionable de una sociedad indeseada que, en muchos aspectos fue lo que nos llegó y en la que vivimos. El caso de las distopías es que se preconizan para un futuro real, en el mundo que vivimos, mientras que las utopías suceden en un pais multicolor de abeja Maya o de Thomas More. Las primeras son apocalipsis, las segundas ciencia ficción.
Años después, otra película de apocalipsis, “Cuando el destino nos alcance”, nos retrataba un futuro en el que la masa humana era demasiado grande para los recursos alimenticios y Charlton Heston, que ya había sido el último hombre vivo en Nueva York, descubría que el alimento del futuro era el canibalismo reciclado, las galletas verdes hechas con el excedente humano. La película, del año 73, estaba basada en una novela (“¡Hagan sitio!”) del año 66, y la desgracia universal tenía lugar en 2022, a la vuelta de cinco años.
Unos años antes, en 1968, Stanley Kubrick nos regalaba otro futuro, filmado en gran formato y convertido directamente en filme de culto. Cuando la vi de estreno en Madrid, en las mejores condiciones para verla, el impacto cinematográfico era tan grande como el desconcierto del espectador: un monolito, un “cerebro electrónico” –Hal 9000–, unos astronautas viajando hacia el infinito. Todavía hoy no ha sido superada ni técnica ni narrativamente aquella Odisea del Espacio. Kubrick situaba el monolito misterioso en el 2001. Hace unos días hablaba en un instituto de esa película “futurista” y resultó que todos los alumnos habían nacido después de la odisea kubrickiana. Es decir, el futuro ya era pasado, los “cerebros electrónicos” son un aparato diminuto comparado con HAL 9000, y los astronautas todavía no pasaron de la Luna en  sus aventuras espaciales.
Cuando tratamos de inventar la Historia que va a venir sabemos que todo lo que se nos ocurra es pura invención; si tratamos de avanzar las posibilidades futuras partiendo de los conocimiebntos del pasado y su posible trayectoria, nunca acertamos. La Historia avanza a golpes de revolución, con sangre y dolor, generalmente dirigida por personas peligrosas que invocan a la patria o al dios de turno. Los hitos revolucionarios, la Revolución Francesa o la Rusa, acabaron una en un imperio y otra en burocracia siniestra y policial. La única revolución popular española, la llamada Guerra de Independencia, echó a un rey francés –José I–, moderno y enciclopédico, pese a todo, por un rey también francés –Fernando VII– totalitario e imbecil. Las revoluciones actuales, Cuba o China están latentes, una convertida en realismo mágico caribeño y otra en el Big Bang del capitalismo teledirigido. Ya no hay sitio para más revoluciones y ni siquiera hay distopías futuristas interesantes. El gran poder de las comunicaciones y la infinita reproducción de los mensajes, ciertos o falsos, ha convertido a los inicios del Siglo XXI en un enorme mercado disfrazado de posibilidades políticas que no van a ninguna parte. El Capitalismo Corporativo Universal crea pequeños focos de tensión, ahora mismo en el mundo árabe, donde los señores totalitarios dominan a las masas empobrecidas y desesperadas que, como todo el mundo, sólo quieren vivir tranquilos, y en esa combinación de dios, capitalismo, emiratos fascistas e integristas, apoyados por potencias occidentales, nos instalamos en este futuro no previsto. Europa, que acaba de celebrar un mucho aniversario de su fundación, realmente no tiene nada que celebrar, a no ser que la duración y la supervivencia sean motivos para hacer fiestas. Europa, vista desde el pasado, no es lo que se pretendía, como aquellas películas de anticipación, que nunca acertaban con el futuro, ni siquiera tiene el humor de la “Marcianita” (que pedía el cantor que le daba lo mismo que fuera blanca o negra, espigada, pequeña gordita o delgada”), la Europa de ahora clasifica y discrimina a pobres y ricos, básicamente.
Podemos jugar ahora a adivinar el futuro de aquí a sólo diez años, jugar a distopías de salón y adivinar la que se nos va a venir encima. Seguro que no acertaremos y que lo único que ocurrirá es que el futuro nos pillará con estos pelos. Venga lo que venga, al menos que nos coja con la sonrisa del que busca el lado brillante de la vida, en este presente tan poco atractivo, con tanto chabacano dirigiendo los destinos de millones de personas. El futuro es impredecible, como cualquiera puede suponer. Lo único importante del futuro es que podamos estar en él.