sábado, 24 de noviembre de 2012

Una triste coña


Diario de Pontevedra. 23/11/2012 - J.A. Xesteira
Una de las pocas cosas positivas que tiene esta crisis, en su vuelta de tuerca a la incautación de las viviendas de honrados ciudadanos, que previamente fueron aconsejados y estafados (todas las promesas que se saben que no se pueden cumplir y se hacen con beneficio para la parte que las hace son una estafa) por una amplia variedad de entidades bancarias cuyos poco honrados directivos se pasaron la ética por el arco de triunfo, es que ha servido para que los periodistas aprendiéramos a escribir bien la palabra desahucio. No es coña; “desahucio”, junto con otras, como Beethoven, era de esas palabras que, antes de la invención del teclado y el corrector automático, siempre se atravesaban; por eso existían en los periódicos unos señores llamados correctores de pruebas. En el colegio, cuando teníamos faltas de ortografía (en los tiempos en que no tenerlas era importante) nos hacían escribirlas cien veces. Ese ha sido el sistema actual para que todos los periodistas pongan la hache del desahucio en su sitio: han tenido que escribir la palabra todos los días cien veces, y así nunca se olvida. El Gobierno, no, no la escribe y por eso unos días pone la hache al lado de los bancos y otro día pone a los desahuciados en la calle. La oposición socialista, en estado evanescente, tampoco sabe que hacer con la hache y se reúne con el Gobierno y no se entienden, porque son de la época en la que existían correctores de pruebas y ahora que no los tienen, escriben mal, con tuiters y esemeses acompañados de fotografías en las que se ve a las leguas sus faltas de ortografía social. La cosa sería de coña si no fuera tan triste. Como lo que está de moda (indignada) es la expulsión de los habitantes de las casas, el Gobierno saca una ley de la manga para remendar esta situación. Una ley de coña, claro, como corresponde a los tiempos que corren. Según esa ley si se cumplen una serie de requisitos de indigencia, consistentes básicamente en ser una familia como dios y Rouco Varela mandan (absténganse madres solteras y ni se les ocurra a gais de cualquier estilo), es decir, papá, mamá, dos niños/as (o la parejita) y la tarjeta del paro, tienen dos años para seguir viviendo. Eso no quiere decir que tienen el problema solucionado, ni que le van a perdonar los intereses que siguen acumulando sobre los impagos imposibles. Simplemente, que los dejan en la posición de “stand by”, por si en esos dos años contratan al cabeza de familia como presidente de una petroquímica o le tocan los euromillones. Ante esta triste coña, los suicidios de estafados desesperados continúan. Para mayor escarnio, y como una pirueta de circo político el mismo Gobierno de la ley anterior se saca otra para conceder la residencia en España a cualquier inmigrante que compre un piso de 160.000 euros por lo menos (absténganse gentes de pateras, del Sahara de abajo, sudacas pobres y demás; bienvenidos rusos más o menos mafiosos y chinos comerciantes). Así la cosa está mejor: si eres extranjero rico, puedes ser residente en un piso; si eres español pobre puedes residir en la calle. Y eso que los jueces, gentes que habitualmente mantienen su postura de aplicar las leyes vigentes de forma más o menos justa, opinan, por vez primera y en grupo: los ciudadanos están desprotegidos. Lo que quiere decir: cambien las leyes, porque no sirven y no queremos aplicarlas. Por cosas como estas, el portavoz del partido en el Gobierno llama al juez pijo ácrata, indecente e impresentable. Y no pasa nada. Otra cosa es cuando el apostrofado es el ministro Wert. En ese caso, el fiscal actúa de oficio y denuncia al grupo de personas que le llamó unas cuantas cosas en una de sus apariciones ministeriales. En ese caso, sí es un delito insultar a un ministro, aunque en ocasiones no se trate de un insulto, sino de una evidencia. El español, en grupo o en masa, está acostumbrado a insultar o a jalear; es costumbre tradicional llamarle hijoputa a cualquier árbitro de fútbol o llamarle guapa a la Macarena. El llamarle al ministro Wert cualquier cosa del modelo árbitro no debiera ser considerado insulto, sino una coña de la idiosincrasia. De cualquier forma, con la multa que piden para los insultadores (60 a 90 euros) creo que más de uno se va a apuntar a llamarle cosas a los ministros, sale barato. Porque estamos de coña, y eso también hay que considerarlo. Por estar de coña no se distingue entre gasto e inversión, se mete todo en el mismo saco y el resultado es que, llamen como le llamen, se recorta siempre de lo mismo, por abajo, por la parte más débil, los dependientes, los disminuidos psíquicos, físicos, los que tenemos que ir al ambulatorio y pagar recetas y ese largo etcétera que usted podrá rellenar según su criterio. Para compensar y seguir la coña, se crea el Banco Malo (se espera que aparezcan en breve el Bueno y el Feo) con sueldos millonarios para sus directivos. Y al tiempo se prohibe pagar en efectivo más de 2.000 euros (ya quisieran los casi seis millones de parados poder meter la mano en el bolsillo y sacar 2.000 euros para pagar) Y es que estamos en un país de coña triste. Los artistas de la pista central no hablan ni saben que hacer, después de un año de gobierno echándole la culpa a los anteriores; los anteriores, buscándose a sí mismos y tratando de averiguar donde se perdieron. Y el rey de España, que siempre parece estar de coña, anuncia que la cadera, que es el fundamento de su estatura real, está averiada por la izquierda, y la derecha se resiente. Como el resto de los españoles. Así que se va a operar, como siempre, en una clínica privada, que no van a convertir en geriátrico ni en otra cosa. Entre tanto, para seguir con la coña española, la extrema derecha se aprovecha y, a imitación de los fascistas griegos, crea una especie de auxilio social para españoles indigentes. Elemental.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Un cuento y pico


Diario de Pontevedra. 16/11/2012 - J.A. Xesteira
Hay que reencontrar siempre a los clásicos porque, si no lo hacemos, son los clásicos los que nos reencuentran a nosotros. Los clásicos lo son por algo, no porque lo apoye una campaña de márketing. Sobreviven en el tiempo y en el espacio, y por ello sabemos más de la guerra de Troya gracias a un poeta ciego que de la guerra de Afganistán, con todo el poder mediático de las nuevas tecnologías. El otro día me agarró un clásico y me dio una lección sobre la crisis y la situación actual por la que pasamos (espero que estemos pasando) en España en particular y en el mundo en general. Lo encontré en una librería de segunda mano, una edición del Segundo Libro de la Selva con ilustraciones preciosas. Entre las historias del niño-lobo, una titulada «Como llegó el miedo». Kypling, el autor, utilizaba sus escritos con afán moralista, a veces de forma controvertida, pero con un fin parecido a las parábolas. El cuento en cuestión decía que el agua había desaparecido de la selva, todo se secaba y la situación llegó al extremo en que el elefante Hathi decretó la Gran Tregua, durante la cual, y mientras el agua fuera escasa y todos tuvieran que beber en la misma charca, ningún animal cazaría a otro; los comedores de carne no matarían a los comedores de hierba, y la pantera Bagheera bebería al lado de los ciervos. La ley dice: no se caza, no se mata Los animales se reunieron para establecer el pacto y esperar a que regresaran las lluvias y volviera el agua. Todos estaban reunidos, hablando de la mejor manera de soportar aquella gran crisis de la selva, la que les había metido en el cuerpo un miedo mucho más grande del que cada animal arrastra sobre sí mismo a lo largo de su vida, cuando apareció el tigre cojo, Shere Khan, quien acababa de matar a un hombre «por placer y no por necesidad», afirmó. Tenía derecho a hacerlo en virtud de una vieja leyenda, pero, sentenció el sabio elefante Hathi, «sólo a un tigre cojo se le hubiera ocurrido alardear sobre su derecho en una época en que padecemos juntos». Los animales, unidos, volvieron la espalda al tigre, que es el único animal de la selva que no puede mirar fijamente a los ojos. El cuento es oportuno porque estamos viviendo en nuestra selva particular una época de miedo; el agua de la felicidad prometida, de alegres préstamos hipotecarios que los bancos, que aseguraban que eran ricos, ofrecían como lluvia de mayo. Nuestra selva se secó y sólo queda la pequeña charca del Estado en la que tenemos que beber todos. Y hay señales de que se está en camino de firmar una Gran Tregua, porque de lo contrario la sociedad de la jungla desaparecerá. Hemos visto protestar en la calle contra los dictados del Gobierno a colectivos insólitos; jueces, abogados y personal de Justicia salieron a mostrar su desacuerdo; jueces que dan la cara en las televisiones y afirman que la ley que ellos tienen que aplicar no es justa, y que no están dispuestos a ser los cómplices de unos desahucios injustos; los médicos de todos los rangos salieron junto con todo el personal de bata blanca a la calle para oponerse a las pretensiones de privatización de la sanidad pública; los policías se niegan a ser ejecutores de sentencias que echan de sus casas a personas indefensas; los alcaldes presionan a los bancos para que paren los desalojos. Los distintos sectores de la sociedad que padece esta gran sequía, está época del Miedo, salen a la calle, se manifiestan en los foros, aparecen en nuestras pantallas de ordenador para revolvernos las tripas del alma y cabrearnos. El miércoles salieron a la calle todos, los comedores de carne junto con los comedores de hierba. Un pacto, una tregua. Mientras, los jefes de la jungla se reúnen para buscar una solución en tanto no viene el agua. Sólo el tigre cojo, el Capital de la selva, ejerce su derecho a partirnos el cuello, la ley lo ampara para poner en la calle al que no pague, para dejar sin atención a los más débiles, a los dependientes, a los que no se valen por si solos. Sólo la muerte enseña el verdadero rostro de la situación; la mujer que se arroja por la ventana mientras suben por las escaleras los agentes del desahucio; la mujer discapacitada que muere de inanición porque su madre se muere a su lado, son las muestras de que el Miedo se extiende, y hay que pararlo. Aunque esté dentro de la ley. Los días del Miedo nos han traído problemas de los que aprender y contra los que debemos rebelarnos. Seguramente no aprenderemos y, cuando pase todo, cuando vuelvan las lluvias (siempre vuelven, antes o después) ya nos habremos olvidado de cuando fuimos pobres, de cuando tuvimos miedo. Pero para entonces ya se habrán perdido varias generaciones de artistas, de científicos, de aquellas grandes promesas que podrían haber hecho el mundo un poco mejor de lo que estaba. El presente no aprende nunca del pasado. En el crack de 1929 los banqueros de Nueva York se tiraban por las ventanas; en este crack de 2012 los banqueros tiran por las ventanas a las pobres gentes que fueron estafadas por los mismos banqueros. La Selva entera mira hacia arriba y no ve ni una nube que pueda dejarnos el agua necesaria para la vida. Los políticos, que dicen trabajar para nuestro bien , (en realidad trabajan para verse en el espejo de la tele: a un político le quitas su vanidad y se queda en nada) aseguran que el Sistema no soporta el gasto, y en lugar de derribar el sistema, suprimen el gasto. Si el Estado no es capaz de mantener lo público y prefiere regalárselo al sector privado, entonces no necesitamos ese Estado. Si el Derecho no ampara a los que hemos ganado el derecho a ser iguales, felices y vivir con justicia, entonces hay que cambiar el Derecho. Así estamos ante la charca, esperando. Sólo el tigre cojo sigue matando por placer.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Sensaciones borrascosas


Diario de Pontevedra. 10/11/2012 - J.A. Xesteira
Negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver... Cantaban en el himno anarquista que en su versión original se llamaba La Varsoviana. Y las nubes se oscurecen cada vez más y la sensación real de las gentes telespectadoras-contribuyentes-ciudadanas-pensionistas es que la cosa se está poniendo cada vez más negra, como (y me perdonarán que acuda a tantas canciones) cantaba Chico Buarque: “unos días llueve y otros días hace sol, la gente habla de fútbol pero la cosa está negra”. Es una sensación generalizada, abonada con telediarios y titulares de prensa, que no ayudan a entender los porqués de tanto nubarrón; más aún, la confusión periodística alcanza extremos entre paranormales y surrealistas. Lo importante, el resultado final de las sensaciones que percibimos pero que no alcanzamos a comprender, porque no hemos hecho nada para merecer esto, es que las previsiones del tiempo social son nefastas, no se ven anticiclones de bonanza por ninguna isobara, y la frase más repetida es “la que está cayendo”. Y cae cada día en cada nuevo titular que remacha un clavo más en el acojonamiento general. El lunes, que es un día que todos odiamos, especialmente por la mañana, mientras los americanos se enfrentaban a ese laberinto electoral que ellos llaman democracia (no lo es, no pasa de un siniestro juego de capitales y fuerzas económicas) los españoles, incluidos los supuestamente separatistas, nos frotábamos las legañas con la ya vieja noticia de que el paro seguía subiendo: en octubre, un 2,7 por ciento más de apuntados a las oficinas de registro de paro (que no de empleo) mientras el número de afiliados a la seguridad social caía en 73.000 personas. Nubarrones de lunes. Como el que nos cuenta que, según un observatorio de demoscopia los españoles hemos bajado en el escalafón de las clases sociales, se nos ha degradado un peldaño o más en la escala de valores; la mitad de los transeúntes de este país admite que bajó de clase media a clase media-baja. No es mucho decir, porque no hay muchos datos para medir clases, no hay un “clasómetro” como para medir la presión arterial en una farmacia (se sugiere la investigación en ese sentido, con una inversión en I+D para patentar una máquina de medir clases sociales; se podría colocar en las oficinas del Inem, con lo cual tendrían un valor añadido a los que supuestamente tienen). Pero lo importante no es el dato en si, sino que ese dato es una percepción de los ciudadanos, que se sienten de clase inferior; es como si aquel “spanish way of life” que arrancó en los años 70 del pasado siglo en Torremolinos, y que nos llevaba de triunfal crédito y victoriosa hipoteca hasta la derrota final, nos diera ahora con la sensación en las narices: somos clase media baja, y nunca debimos cruzar el Mississippi de la clase media alta, donde imperan las vacaciones y los puentes con crucero a precio de ganga. Nunca debimos olvidar de donde venimos, que somos masa obrera, despedible y reciclable en un Ere. El que anunció un día que ya no había lucha de clases, mentía como un bellaco y, además, lo sabía. Era un truco de espejos, en los que nos veíamos con el móvil en la oreja agitando en el meñique las llaves del Audi y pidiendo al mismo tiempo un reserva de Rioja con jamón ibérico. Los hechos, decía Vladimiro Ilich, son tercos como mulas y la realidad se impone, o, al menos, la intuimos en medio de la tormenta del lunes de otoño. Los entrevistados de la encuesta creen, en inmensa mayoría, que existe una gran desigualdad social y económica; y eso ya no es sensación, es evidente, y siempre lo ha sido, aunque lo pintaran de colorines. Por lo tanto nos encontramos de nuevo la vieja lucha de clases, aunque por el momento es una lucha pacífica, dialéctica y de esperanza de tiempos mejores. Que vendrán, seguro, porque nunca llueve que no escampe. Mientras tanto, hay que poner paraguas, calzar katiuskas y vestir chubasqueros, o ropa de aguas marineras. No es tiempo de andar a cuerpo empapándonos. Somos clase baja, de acuerdo, pero también tenemos nuestro corazoncito. Y no debemos cabrearnos por no poder alternar, porque el mundo da sorpresas y hay que estar preparado para todo y asumirlo. Hace años un amigo periodista descubrió que, según los datos que manejaba el antiguo Instituto Nacional de Estadística, toda la redacción del periódico, de acuerdo con los parámetros económicos estructurales y de renta per cápita, estábamos en la franja de “marginados y gitanos”. Nuestra clase, en ese caso, era bastante acertada (hay que recordar que los periodistas, en su versión de autónomos, estábamos inmersos en un epígrafe fiscal curioso, en el que figuraban payasos, malabaristas, titiriteros variados, serenos, toreros y personas de actividades diversas y difícil clasificación, lo cual también era muy ajustado, somos todo eso y algo más) Llegados a este punto hay que asumir la tormenta y pensar que después del lunes caminamos hacia el sábado irreversiblemente. Las oscuras percepciones y las sensaciones grises no son más que un estado de ánimo inducido por el miedo que pretenden meternos en el cuerpo desde todos los frentes políticos, con el evidente fin de que “aceptemos con resignación los golpes y dardos de la insultante fortuna” en lugar de “enfrentarnos a un mar de calamidades, hacerles frente y acabar con ellas”; el ser-o-no-ser de Hamlet. Nosotros decidimos y ahí no vale resignación de clase media baja, lo sabemos los que pertenecimos a la clase “marginal-gitana” del periodismo. La tormenta está ahí, y sabemos una cosa: el huracán lo soportan mejor las clases miserables de Haití, Jamaica y Cuba, que el primer mundo de Nueva York con todo su poderío. Y sabemos otra cosa, que la Varsoviana comenzaba con las nubes oscuras que nos impiden ver, pero continuaba con el llamamiento a las barricadas. La vida es lo bastante breve como para que tengamos que andar con la sensación del lunes toda la semana. Agarremos al sábado por el cuello, porque nos pertenece.

sábado, 3 de noviembre de 2012

En presencia del Rey


Diario de Pontevedra. 02/11/2012 - J.A. Xesteira
Cuenta Charles Darwin en su libro de viajes alrededor del mundo que en Tahití los nativos deben ir desnudos de cintura para arriba en presencia del rey. En cada latitud se observan unos protocolos diferentes ante la realeza. En los tiempos en que se usaba sombrero había que descubrirse ante el monarca (sólo estaban exentos los marinos que habían doblado el Cabo de Hornos, que además podían usar arete en la oreja y mear a barlovento). Las normas varían con los tiempos y los reyes se adaptan a las circunstancias; a veces salen en carroza dorada por las calles de Londres y a veces salen delante de un elefante muerto. Son cosas reales de la realeza. El rey de los españoles es un personaje atípico, como todo en este país. Sabe posar con empaque de moneda ante un desfile y sabe vestirse de marinero de yate para la ocasión. No es como los reyes que quedan por Europa, un poco apretados dentro de sus papeles, él está definido como «campechano» sin que se sepa muy bien por qué. Un amigo mío dice que es por haber estudiado en la Escuela Naval de Marín, donde el Dúo Dinámico cantaba aquello de «Guardiamarina es, que duda hay, un tipo alegre, campechano y sin igual...». Será por eso. En presencia del rey se puede estar de forma oficial, según el protocolo, disfrazado de lo que toque o en restringidos momentos de relajación. A los primeros corresponden los actos oficiales, aperturas de años judiciales o de parlamentos; a los segundos, las reuniones informales con periodistas. Son dos mundos distintos en los que don Juan Carlos se porta de manera diametralmente opuesta. Se cuentan anécdotas de su vida privada suficientes como para un diccionario de leyendas reales. Muchas son eso, leyendas, pero sí persiste en él el espíritu de su abuelo, el trece de los Alfonsos, famoso por su vida de pendoneo matritense. Juan Carlos I es un rey atípico; instaurado en el trono por un dictador, mediante una extraña ley aprobada en un referéndum más que dudoso, cuenta, sin embargo, con la aceptación de la inmensa mayoría que aceptó su figura como pivote para la Transición; se consolidó después con su papel en aquella comedia siniestra llamada 23-F y se instaló en su papel de representante bien acogido en el extranjero. Pero, como todas las cosas, eso funciona bien cuando el país es feliz y rico; cuando las cosas están de capa caída empiezan a aparecer las banderas republicanas y los gritos antimonárquicos. La masa funciona así, un día hacen fiesta por la coronación y otro día hacen fiesta por la decapitación. Un día celebran que el rey le diga a Hugo Chaves «¡Por que no te callas!» (una gachupinada colonialista) y otro día le dicen la misma frase al rey (una falta de educación social). El rey es viajero, el que más de toda Europa (solo superado por el Papa anterior) y aprovecha para representar al comercio español y a esa estupidez llamada «marca España». Cuando sale actúa como rey y como presidente de empresarios. Lo hacía cuando era príncipe en el banquillo (mi primer artículo en un periódico hablaba sobre una foto en la que el príncipe de España se sentaba con los jeques árabes durante la crisis del petróleo que acabó con los famosos petrodólares) Durante el último viaje oficial habló en los dos terrenos que pisa; en el oficial leyó los folios habituales y levantó la copa por una próspera colaboración entre los comerciantes de los dos países; con los periodistas salieron las frases de que «en España dan ganas de llorar» y de que tenemos que salir adelante como Tarzán, «con el cuchillo en la boca». En la distancia corta, como en el anuncio, se la juega, y la caga. Porque no es persona que se calle y lo mismo le echa un rapapolvo a Rajoy que llama por teléfono a Fernando Alonso para animarlo en la carrera. Si hay una persona o personas que le escriben los folios oficiales, en los tiempos libres no tiene a nadie que le frene ni le asesore. Y así se escriben los titulares. El problema es mayor, porque ahora cada ciudadano puede poner su opinión al instante en todos los ordenadores, teléfonos e iPod del mundo y nada más decir la frase real, surgen millones de frases virtuales que le piden que se calle como mínimo. El rey acaba de entrar en un terreno peligroso en el que ser campechano no sirve. Tiene una página web y eso es como tener un perro de pedigrí reconocido; es agradable, juega con los niños, se pueden enseñar a las visitas, pero hay que darle de comer todos los días y llevarlo al veterinario para que le quite las garrapatas. Y a la mínima nos la juega. Don Juan Carlos acaba de dar otro paso, y ha opinado en su página, que no es lo mismo que opinar en la seriedad del banquete oficial, ni en el discurso de buen rollo de Navidad ni en el jijí-jajá de los periodistas relajados. La web es traicionera y todo lo que digas será usado en tu contra, porque es pasto de millones de opiniones instantáneas. Y se ha estrenado, nada menos que con una opinión sobre el independentismo catalán, con una especie de artículo editorial en el que pide unidad, concordia, buenas maneras y democracia. Se supone que detrás del escrito hay un equipo redactor, y que además cuenta con el visto bueno del Gobierno. Pero con ello se abre la veda para que el rey de las Españas sea cuestionado y se abra una caja de pandora imprevista. Mientras, en Asturias, el príncipe Felipe se enrocaba en lo que llaman un perfil bajo. Pedía un poco de optimismo y esperanzas y aplaudía a la filósofa Martha C. Nussbaum cuando decía que «la gente no lucha por la renta nacional, lucha por una vida con sentido para ellos mismos». El príncipe sabe que el futuro ya no es lo que era y que los que protestan en la calle ya han amortizado a su padre, un tipo alegre, campechano y sin igual.

sábado, 27 de octubre de 2012

Cosas que todos sabíamos


Diario de Pontevedra. 26/10/2012 - J.A. Xesteira
A estas horas, las pasadas elecciones autonómicas ya son sólo materia para que los grandes debatidores de los Medios expliquen los cómos y los porqués del asunto; lo mismo deben estar haciendo los parados y jubilados en las esquinas de las plazas o en las barras de los bares. Las conclusiones son similares, los debates por ahí se andan; la única diferencia es que los grandes estrategas televisivos cobran por su presencia y sus sentencias fundamentales, y los parados y jubilados pagan por las cañas y los manises. Los resultados serán tema de análisis en secreto por cada partido, desde el conocido «¿que-he-hecho-yo-para-merecer-esto?» hasta el «tenemos-cuatro-años-por-delante-para-cagarla». Pero la vida sigue igual, o parecida. Y pasaremos del Halloween (antes Todos-los-Santos) hasta el puente de la Constitución para llegar a la Navidad. Mientras tanto, los grandes estrategas seguirán explicando por un tiempo (breve) las elecciones y el nuevo paisaje parlamentario gallego, y pasarán a otra cosa que merezca una explicación a debatir delante de las cámaras. No me encontrarán delante de ellos, en mi sofá de la tele; hace años que me quité de debates y tertulianos, lo mismo que me quité del pitillo. Un dato. Al día siguiente de las elecciones vascas y gallegas, la Bolsa siguió a su aire, lo que puede demostrar que la política no tiene nada que ver con la economía o que la economía está por encima de los movimientos políticos que no le van a hacer daño; tan fuerte e independiente es el negocio que no precisa de respaldo de los políticos. Hacen lo que les da la gana con las primas de riesgo, las calificaciones de las agencias y las compraventas de la vida de los ciudadanos. Con total impunidad, mande quien mande. Nadie les manda parar, aunque todo el mundo sabe que hay que detener el salvajismo del capital a su libre albedrío. Cuando toquemos fondo (dentro de nada) lo intentarán, pero para entonces ya será tan tarde como condenar a Lance Armstrong por haber hecho trampas en el Tour. Lo sabíamos hace tiempo: Lance Armstrong se drogaba. Hay cosas que son imposibles y sus triunfos eran una de esas cosas; cualquiera se olía que un deportista, por muy bueno que fuese no podía ganar siete veces seguidas la carrera más dura del mundo. Intuíamos que había algo más; y eso lo veíamos en el televisor del bar. Los organizadores y expertos de la organización, gente que sabe de eso mucho más que nosotros, a fin de cuentas simples espectadores, tenían que saberlo y tenían que haber investigado el trasfondo del asunto. Pero no, estaban encantados con los triunfos amañados del corredor americano, y lo sabían, o, por lo menos, tenían las mismas sospechas que tenía todo el mundo. Veíamos que no era un deportista, sino un ganador, no jugaba limpio, actuaba moviendo a su antojo al Tour de Francia, no se paraba cuando un corredor se partía los huesos en una curva, y exigía que se parase la carrera cuando él quedaba cortado por una caída de pelotón. Era un gran negocio para todos, para los organizadores del Tour, para las empresas patrocinadoras y para el propio Armstrong y su empresa personal, que acumulaban montañas de dinero gracias al juego sucio, a las drogas que convertían a un buen ciclista en un supermán. Ahora lo borran de la historia, lo declaran inexistente para el Tour, pero ya es tarde. No le pueden quitar lo bailado, no pueden borrar su imagen en las hemerotecas ni los millones de sus cuentas corrientes y sus negocios, por mucho dinero que tenga que devolver (si lo devuelve) la fama y los honores recibidos no pueden suprimirse a golpe de «replay». Ni siquiera ese vacío en el que quedan esos siete años en los que nadie ganó el Tour solucionan la chapuza que todos veíamos que era evidente, pero que los principales vigilantes prefirieron disimular y no investigar a fondo. Ahora es tarde. También dentro de unos años nos dirán, como gran novedad y cuando ya no tengan remedio, cosas que ya sabemos ahora, que las agencias de calificación financieras son un bluff por no decir organizaciones delictivas. Cosas que se suponen, que olemos, que no hace falta que nos las digan en los grandes debates de los tertulianos. Acaba de saberse (y lo dice nada menos que un informe del Banco Central Europeo) que las agencias de calificación dan buena nota a sus clientes, a aquellas entidades financieras que, a cambio, le pasan fuentes de negocio que las mismas agencias valoran como muy buenas (volvemos a recordar las calificaciones de Lehman Brothers) lo cual no extraña a nadie, pero ningún gobierno toma mano en ese asunto, que puede ser un escándalo como el de los chinos. Se hacen leyes para todo, incluso para llevar a un niño en el asiento de un coche, pero no se hacen leyes para controlar a las agencias de calificación, que no sólo han demostrado que se venden al mejor postor sino que además han sido cómplices necesarios en el origen de la crisis (recuerden a los bancos que las compañías declaraban como maravillosos y que después eran un globo de papel). No sólo no las investigan como a Armstrong en su momento, sino que se rinden a sus calificaciones como si fueran Dios en el Sinaí; las consultoras contratadas por el Gobierno para definir la calidad de los bancos españoles cobrarán 31 millones de euros por cuatro meses de trabajo. Nos dirán cosas que pueden ser verdad o no, pero que lo sabremos dentro de algún tiempo y, además, no servirán para nada. Hace unos años (¿recuerdan?) todos los bancos y cajas eran el cuerno de la abundancia. Pero los 31 millones ya no los devolverán aunque se equivoquen (o mientan). Cada cosa hay que hacerla en su momento. No hay efecto retroactivo. No se puede quitar lo bailado ni pedir el perdón papal a Galileo cuatro siglos después. Como el PSOE, que ahora se dan cuenta de algo que todo el mundo sabía: ser de izquierdas era otra cosa.

sábado, 20 de octubre de 2012

Dicen cosas en la prensa


Diario de Pontevedra. 20/10/2012 - J. A. Xesteira
Vienen las lluvias y me encuentran con una empanada de paracetamoles y la cabeza como una olla a presión en la que se cuecen las noticias más espesas que asoman la nariz por la pantalla. Lo que cae en la olla es esa comida común a todas las civilizaciones, que consiste en hervir agua y meterle dentro cualquier cosa: berzas, patatas, cerdo y el etcétera del cocido gallego; productos tropicales del ajiaco cubano o un misionero en el caldero de los zulúes del chiste. De la misma manera cae este periodismo sufridor que leo en medio de la nube de paracetamol, el periodismo del que Juan Luis Cebrián (gran jefe del periodismo de la Transición) anuncia su fin, toda vez que él ya no pertenece a ese mundo sino al otro, al que trata por todos los medios desde foros como el Grupo de Bilderberg (ver wikipedias) de eliminar el periodismo que un día existió, el que contaba otras cosas y de mejor manera. En medio de esta nebulosa leo cosas sin pies ni cabeza y compadezco a los periodistas que hayan tenido que asistir a eventos en los que se dicen las más grandes estupideces con la tranquilidad del que ha pronunciado una frase histórica. Por ejemplo, leo entre diferentes comillas, opiniones variadas sobre la huelga; el consejero de Castilla-La Mancha afirma que los estudiantes no tienen derecho a la huelga, y en otra página, el portavoz del PP en el Congreso asegura que en sus tiempos las huelgas las hacían los de Batasuna. Me entran dudas; ¿hice bien en Mayo del 68 saliendo a la calle a armarla –éramos ilegales, no teníamos derecho a la huelga, por supuesto, pero nos lo ganamos como se ganan esos derechos–? La duda me viene porque gracias a que el estudiantado salió a la calle hace cuarenta y tantos años junto con el obreraje, toda la tropa de demócratas de ahora mismo están donde están (incluido Cebrián). Leo en otro lado a José Bono, ex ministro, que está de acuerdo con la teoría del ministro Wert de “españolizar” a los niños catalanes (Manolo Escobar ya había inventado el verbo “españolear”, mucho más certero). Y en ese punto retomo en medio de la nube que aturde mi cabeza la vieja historia de la independencia catalana, un coco que unos y otros esgrimen como argumento falso, los unos de Mas, como recurso fácil al que se pueden apuntar todos los que quieran (cabe recordar que el partido de Mas es tan de derechas como el de Madrid, que es el que identifican como centralista) y los otros, los del Gobierno central, ayudados por los socialistas y el Grupo Planeta, diciendo que tendrán que pasar por encima de sus cadáveres, que España es una, menos grande y con libertades medio restringidas. Una tormenta que se produce a causa de las bajas presiones presupuestarias y la necesidad de ganar elecciones. En tiempos de bonanza financiera nadie se mueve por la independencia, con excepción del día en que conmemoran una batalla de hace tres siglos. Al final todo se resume en la misma visceralidad que enfrenta a los del Madrid con los del Barça, una cuestión de buenos y malos. Y en torno a estas grandes frases de la historia de España (las del ministro Wert son de editar en fascículos) y mientras el Hombre Misterioso de la Moncloa guarda silencio, suceden cosas que se me aparecen entre los analgésicos. Como una película de kung-fu desmantelan una red china de blanqueo de dinero en la que va de artista invitado el actor porno Nacho Vidal; ¿alguien puede imaginarse un guión tan perfecto? Todo el mundo sabe que los chinos son una fuerza incontrolable, que van a su bola, que no entienden los métodos occidentales de hacer dinero; lo metían en contenedores, en coches, a mogollón, cuando todo el mundo sabe que eso se hace por medio de entidades financieras legales, como las que usan las multinacionales, que dicen que ellos pagan los impuestos y la seguridad social en el País de Nunca Jamás, y nadie los investiga. Lo de los chinos y el porno es como para hacer una serie a la que se podría añadir la presencia alabada del millonario americano Adelson, que es recibido como un Mister Marshall que va a solucionar la vida al Madrid mesetario. Adelson cuenta con el apoyo del presidente de Madrid y del Silencioso de la Moncloa. Pero lo curioso es que hasta ahora el tal Adelson, un tipo que está siendo investigado en su país, no enseñó nada de lo que piensa hacer ni ha enseñando la pasta. Todo está, de momento, como mi cabeza, en medio de la niebla. Chinos, porno, casinos... El marco perfecto para nombrar ministro de Educación y Cultura a Chuck Norris. La cosa sería de risa si no fuera seria y preocupante. Mientras se dicen frases tontas sobre el estudiantado, los datos registran que España va a la cabeza de Europa en lo que se refiere a fracaso escolar (al tiempo que es el país que exporta a más licenciados y doctores que no encuentran trabajo en su tierra). Mientras se discuten las tripas de España, el número de gentes que caen bajo el índice de pobreza aumenta y los servicios sociales, que también fueron recortados, tienen que atender a cerca de diez millones de personas que carecen de lo básico. Menos mal que la población española desciende, y ya somos menos habitantes y menos problemas. Cada vez los ricos son más ricos y las ONG se buscan la vida como pueden. Todas estas cosas las van contando como pueden los periodistas, una especie en vías de extinción que siempre pelea por no extinguirse. Ignoro si Cebrián trata estos temas en las reuniones del selecto y opaco Grupo Bilderberg, pero los periodistas que va a despedir tratan de hacer que las gentes como nosotros nos enteremos. En medio de la empanada otoñal (voy a dejar el paracetamol y tomarme leche caliente con miel y whisky, que hace lo mismo y sabe mejor) me doy cuenta de que están juzgando el caso del “Prestige”, aquel enorme desbarajuste político-naval. Y mañana hay elecciones.

sábado, 13 de octubre de 2012

Campaña


Diario de Pontevedra. 12/10/2012 - J.A. Xesteira
Salgo a pasear el sábado para aprovechar los rayos de sol que van a escasear dentro de unas semanas. En mi pueblo no tengo la mala reputación de Brassens, y me paro en cada esquina con algún conocido que me comenta cualquier cosa; abuelos con nietos de guardería, jubilados que han dejado de fumar y se cuentan cosas de cuando fumaban y sus empresas los tenían en alta estima, jóvenes parados entre dos trabajos express, sus jóvenes esposas con cochecitos y toda la fauna que poblamos los pueblos y las ciudades de medio tonelaje. De pronto avanza entre la población un grupo que se hace notar; conozco a algunos, me dan la mano, tanto los que veo cada día como otros a los que no conozco, sonríen y me entregan un prospecto de colores. Y pasan. Son un grupo político que pide el voto para su candidato. Una ceremonia absurda, copiada de las películas americanas, en las que los candidatos, asesorados por sus jefes de estilo, se ponen o quitan la chaqueta, la corbata, se cambian la camisa, marcan la sonrisa y estrechan manos, al tiempo que entregan el folleto de instrucciones a la señora del pescado, al del quiosco, al jubilado, al abuelo, al joven, a la mujer del joven, y a mí. Aprendieron hace años esa rutina y la repiten cada campaña electoral de la misma manera, sin pensar si vale la pena y sin caer en la cuenta de que el conocido que ayer me saludó en la calle con un frío hola, resulta ridículo que hoy me estreche la mano como si me felicitara de antemano por votar a su candidato. Son unas modas repetitivas que alguien le vende a los partidos políticos como muy efectivas y de resultados probados. El contacto humano, le llaman, un contacto que desaparece en cuanto se consiga el escaño o el poder deseado, y que reaparece de forma esporádica y paternalista en fiestas gastronómicas, romerías variadas o actos del propio partido, en los que unas señoras llevadas en peregrinación le dicen al baranda de turno que es muy guapo, que siga así que lo está haciendo muy bien (aviso, este evento de las señoras no es exclusivo de ningún partido político, está en la idiosincrasia de un pueblo educado en los programas folklórico-pailanes de la televisión autóctona) Me siento en la terraza de un bar a reponerme del choque que supone caer en la cuenta de que ha comenzado la campaña electoral. Al cabo de un rato me llega una voz que supongo que proviene del tenderete que montaban cerca con panel de colores políticos y atril con micrófono, evidencia de que se iba a dar un mitin de presentación. La voz es casi monocorde, como de alumno al que sacan al estrado para que lea su trabajo. Realmente no convence, si ese es su objetivo. Los candidatos principales y los secundarios tienen eso que ahora llaman “perfil bajo”, en realidad, un nivel sociopolítico submarino, de escaso pegamento con el público al que pretenden convencer de que van a ser buenos administradores, honrados personajes públicos y solemnes incorruptos. Las comparaciones con los políticos de la transición son tópicamente odiosas. Veo en los noticiarios televisivos los rostros de los carteles, y su mensaje se reduce a una pelea con unas encuestas y a culpar al contrario del mal general. Sus argumentos parecen sacados del juego de la Señorita Pepis para políticos. Desde la terraza veo, porque es día de feria quincenal, a unos gitanos que venden bragas unos metros más allá del mitin. Su mensaje es mucho más, claro, su voz es rotunda, su capacidad de convencimiento, mayor, el producto, claro y evidente. Las compradoras se acercan, ven el género, lo miden, lo analizan y sonríen con las frases del hombre vestido todo de negro. Eso si que es un mitin (del inglés, que significa encuentro, contacto) ahí hay empatía entre lo que se desea y lo que se ofrece. El gitano no les dice a las compradoras que lo que vende el senegalés de al lado es malo, ni le distrae con retóricas inútiles. No entiendo como todavía no se han dado cuenta los políticos del potencial gitano para su causa, como ya se han dado cuenta los evangélicos, que los han convencido de que su religión es la buena. Hace años, en unas fiestas del Pilar en Zaragoza, un amigo periodista de aquellas tierras me llevo la noche del 11 de octubre a ver la Zaragoza de verdad; me metió por un callejón en el que se oía música de guitarras y cantes flamencos; era la sede del Partido Comunista. Un avispado marxista entendió el poder de los Montoya y los Heredia y los convenció de que el comunismo era la libertad de la que los gitanos sabían la tira. Votaron comunismo y doblaron los votos. Entramos y el espectáculo era inefable: bajo un enorme cuadro de Carlos Marx y la hoz y el martillo, guitarristas y cantaores montaban su fiesta, entre vinos y tacos de jamón. Se habían puesto de acuerdo: lo importante no era el candidato, sino la causa, y habían conseguido una fusión perfecta: marxismo-flamenquismo. Una variante del tema pude conocer años después, cuando una agrupación anarquista de Vigo consiguió meter en la Idea a familias gitanas. Lo importante es la oferta, el mensaje, el programa o la causa, algo que de esperanzas, que ilusione. Y después hay que buscar a un vendedor que, como el gitano, sea capaz de conectar con los posibles votantes, tenga palabras propias y condiciones para decirlas. Los personajes que vi el los informativos peleando contra las encuestas estaban descolocados, como monja en cabaret. Sus ideas –que no son propias– tropiezan a la hora de pronunciarlas y salen en forma confusa. Parece que media una gran distancia entre el cerebro y la lengua. Es evidente en casos desafortunados; cuando el político se quiere hacer el simpático hay que echarse a correr. El ejemplo del Castelao de las mujeres y las leyes es de manual de primaria: hay que hablar con la cabeza fría y los pies calientes. O callar, como el Mistery Man de la Moncloa. Menos mal que la campaña es corta.