lunes, 25 de abril de 2011

Estamos comunicando

Diario de Pontevedra. 21/04/2011 - J.A.Xesteira
Un día sí y otro no, me llama por teléfono una señorita que se llama Sandra y tiene acento sudamericano; al principio le contestaba y dejaba que hablara hasta que me explicaba que me ofertaba no se que ventajas de Movistar, la empresa que gestiona todos los productos de Telefónica. Ahora, después de no sé cuanto tiempo de darme la lata, simplemente le cuelgo. Desconozco la manera de prohibir a Sandra que me llame en nombre de la Telefónica para venderme cosas que nunca compraré (y menos por teléfono), pero la facilidad que tiene de dar con mi número y mi teléfono contrasta con los inconvenientes con que se puede encontrar el usuario para que le reparen una avería, más si vive en medio de la Galicia rural. Si hacemos un poco de historia reciente, recordamos que no hace tanto tiempo, el teléfono era un artefacto de plástico (antes de baquelita) que se podía colgar en la pared o poner en la mesita del salón y que servía para llamar o que nos llamaran, con las eventuales demoras de conferencias, las operadoras que humanizaban nuestras llamadas y todos los cruces de seres ajenos que se metían en medio de la conversación. Aquel sistema creó un concepto nuevo para la palabra “comunicar” (ver diccionario de la Real Academia). Los tiempos cambiaron a velocidad impensable, y hoy, un teléfono fijo ya no es más que el apéndice del ADSL del ordenador, y la telefonía se mueve con nosotros, metida en el bolsillo para poder hablar por la calle, mandar mensajes y hacer un montón de cosas impensables cuando Sandra no había nacido. La telefonía móvil se renueva de forma acelerada hacia concepto que apenas podemos intuir y el negocio está en anticiparse y ofrecer más productos integrados en la antigua idea de que poseemos un medio de comunicación cada vez más pluriforme. Por eso Sandra y otras muchas Sandras en otras empresas de telefonía llaman para vender todas esas gangas comunicativas. Porque la Telefónica, que comenzó como un monopolio, controlado por el Estado (era uno de los organismos estratégicos en cualquier circunstancia de alerta máxima) pasó a ser, primero, empresa privada, y, después, perdió su categoría de servidor único de telefonía. Ahora, como cualquier empresa privada, tiene competencia, y en esa competencia se mueve bien, saca productos a la Bolsa (algunos fueron auténticos camelos, recordemos la salida de OPV de Telefonía Móviles, que creo unas expectativas enormes y fracasó nada más nacer) y compra y vende por esos mundos de dios. El año pasado repatrió 3.279 millones de los beneficios de Hispanoamérica, y los beneficios netos de la compañía fueron de 10.167 millones de euros, un 30 por ciento más que el año anterior. Con todo, las cuentas y las previsiones de gastos indican un descenso sobre las expectativas; ya se sabe que las empresas “pierden” cuando no ganan lo que esperaban, no como usted o yo, que tenemos una idea mucho más pataqueira de lo que significa “perder”. Pero como los caminos de las grandes empresas son materia confusa para los simples mortales, el presidente de la Telefónica (también conocida como Movistar), el señor César Alierta, acaba de presentar un plan para poner en la calle por diversos medios (un ERE, para entendernos) al 20 por ciento de la plantilla, es decir, 5.600 personas, al tiempo que “flexibiliza y externaliza” cometidos de la empresa y, por encima premia a los directivos con incentivos millonarios. Todo esto es un plan a tres años, con lo cual, la empresa suelta el lastre de obreros, que, en el mejor de los casos, pasarían a formar parte de pequeñas empresas que la propia Telefónica contrataría (eso es flexibilizar y externalizar) con lo cual, la empresa que dirige Alierta recogería beneficios y eliminaría quebraderos de cabeza (si las cosas vienen mal dadas, las pequeñas empresas externas se cierran y Telefónica contrataría a otras) Mientras, a los altos ejecutivos se les premiaría con participaciones millonarias en la empresa, un negocio redondo en manos de la élite empresarial, sin riesgo alguno de soportar cargas sociales. Pura aplicación de la neoeconomía liberal. El Gobierno, en boca de sus más altos representantes ya ha dicho que no le gusta ese panorama; si una de las primeras empresas de España es también una de las mayores productoras de parados (con cargo al erario público) estamos perdidos. Claro que ante este espectáculo el personal municipal y espeso (hacía tiempo que no sacaba esa expresión tan querida en el viejo periodismo; la frase es un verso de Rubén Darío) está con los ojos a cuadros. Si echamos mano de las hemerotecas de internet veremos que el actual presidente de Movistar (también conocida como Telefónica), el señor Alierta fue acusado de un delito de haberse enriquecido con información privilegiada cuando era presidente de Tabacalera. Gracias a su posición acumuló acciones de una empresa de Tabacalera que sabía que iban a subir, se embolsó 1, 86 millones de euros en la operación y la justicia, que es sospechosamente rápida para algunas cosas (véase el juicio a Garzón) es también sospechosamente lenta para otras, y en ese caso, la Audiencia de Madrid consideró probado que Alierta cometió un delito del que sacó el citado provecho económico, pero, ay, habían pasado cinco años en la investigación, y ese delito ya había prescrito. Cosas de la ley. Con todo eso metido en un saco, el personal no sabe a que estamos jugando, nos cabreamos y nos quedamos con cara de tontos y pensamos que algo falla en las reglas del juego, que el mundo anda al revés, que los pájaros le disparan a las escopetas y que unos tienen línea directa y para otros siempre está comunicando. En un estudio reciente sobre los trabajadores en el mundo se ha sacado la conclusión de que los españoles trabajamos más que los alemanes, el gran modelo, pero, en cambio, los alemanes producen mejor, tienen menos paro y mayor competitividad. Claro que el estudio no habla de los empresarios, porque seguramente la cosa variaría si los trabajadores alemanes tuvieran empresarios españoles y viceversa. Por eso no me sorprende que el personal se sorprenda, porque así es el Capitalismo, o ¿qué pensaban que era, Disneylandia?

jueves, 14 de abril de 2011

Estamos mal educados

Diario de Pontevedra. 13/04/2011 - J.A. Xesteira
dicen que Bruselas (Bélgica, en general) es un bonito país, con plazas que parecen de cuento y estilo de película antigua. Pero también dicen que no es lugar para vivir, con escaso sol, clima desapacible y con días que duran sólo hasta la hora del café. Es un país raro, sin gobierno desde hace mucho tiempo, porque no se ponen de acuerdo si quieren hablar holandés o francés, gobernados por un rey que no es capaz de gobernar ni a sus propios hijos y con una población que suele aparecer en la crónica de sucesos (apartado pederastas). Seguramente serán exageraciones del escribidor, pero un país gobernado por Balduino y Fabiola no garantiza precisamente una alegría eufórica. Balduino es el único rey del que se tiene noticia que dimitió durante un día para no sancionar una ley del aborto; su padre fue colaborador de Hitler y su tío-abuelo tenía una finca que se llamaba Congo Belga, en la que perpetró genocidios a su manera. Con estos elementos (climatológicos, sociales y monárquicos) no se puede hacer un país que vaya más allá de las postales. Por eso, los eurodiputados, escapan de allí cada vez que acaban su trabajo semanal en la empresa para la que fueron contratados, la Comunidad Europea, y donde, supuestamente nos hacen la vida más llevadera al resto de los ciudadanos comunitarios. Los eurodiputados españoles son trabajadores a tiempo parcial: llegan allí el lunes y se vienen el viernes, como si fueran alumnos de universidad. Se traen la ropa para lavar y mudar, y se llevan los “tapers” con comida consustancial a su origen. El trabajo que hacen allí es variado, y puede ir desde el escaqueo total hasta la intensidad de los informes a debate. Pero ellos, los largos fines de semana se van al aeropuerto y suben al avión que los devuelve al sol, a las cañas con los amiguetes y a la marcha nocturna. Nada que objetar, son emigrantes privilegiados, bien pagados, que no tienen sentimiento de trabajar en otro país, sino de ir a hacer unas horas a Bruselas, como el que va de representante de sujetadores o de farmacia por las provincias. Pero resulta que de repente alguien, con un poco de vergüenza torera, propone que los padres de la patria en el extranjero viajen como todo el mundo, en clase turista, que sale más barato, y así, al tiempo que se ahorra, se da ejemplo de austeridad en los malos tiempos. Y ahí se arma un tiberio importante: los padres de la patria quieren viajar como los ricos, estirar las piernas y entrar los primeros. El billete lo pagamos entre todos y entre todos los hemos elegido para que vayan a Bruselas. Seguramente usted (como yo) no se acuerda de a quien concedió el voto en las elecciones europeas, y tampoco recordará quienes fueron los agraciados por la provincia o por Galicia con el privilegio de sentarse en Bruselas y en la clase bussiness de los aviones del fin de semana, pero, a estas alturas ya nos están empezando a parecer unos personajes poco recomendables y, a lo peor, en las próximas elecciones europeas nos lo pensaremos dos veces antes de votar por los señoritos diputados. Es una cuestión de principios. Si todos somos iguales, todos debemos viajar con la misma incomodidad. A lo peor sucede lo contrario, que nos parezcan los europarlamentarios unos tíos/as formidables. En el país que padecemos y amamos, la opinión popular, que siempre es una opinión mal educada, admira a los listos, aplaude a los tipos que hacen ostentación de sus logros y conquistas, y lo demuestra muchas veces en las elecciones a cualquier cosa. El hecho de que los parlamentarios de Europa quieran viajar como directores de bancos, nos deja, cuando menos, indiferentes. Lo mismo que cuando vemos las listas de los partidos políticos llenas de personajes más que sospechosos de falta de honradez, cuando no con el tufo evidente de ser corruptos no oficiales. Dicen que en las listas de la próximas elecciones, las del 22-M, hay un centenar de imputados en procesos de corrupciones variadas. Pero la ciudadanía lo acepta indiferente, considera que son maniobras del partido de enfrente y, desgraciadamente, acabará por elegirlos. La realidad es que todos los imputados lo son por los jueces y la policía, que son gente que no está para elecciones municipales, sino para buscar delitos y castigar a los delincuentes. Es decir, que no es una cuestión de discusiones majaderas sobre políticas baratas sino de asuntos más serios, de moral y ética, de valores ciudadanos casi siempre olvidados y que ya no se esfuerzan por transmitirle a las nuevas generaciones, más educadas en la creencia de que hay que competir y ser ganador, aunque haya que aplastar la cabeza del prójimo. En el fondo no nos importa que en las listas electorales vayan tipos indecentes. Están bien vistos los triunfadores, los descarados, insolentes, cínicos, enriquecidos, poderosos, despreciativos..., los ganadores, en suma. Los que viajan en primera clase. No están de moda los honrados, los que viajan en turista. La Economía, el Dinero, ha relegado a un segundo término a la Política, que pasó a ser un apéndice debilitado y poco importante del Poder, detentado por el Capitalismo, que es la teoría triunfante sin la mínima oposición. Lo aceptamos todo con gran indiferencia, y hemos transmitido esa indiferencia a los jóvenes, que aceptan la situación actual como una jugada del destino. Busco alguna señal por algún lado que me devuelva a la creencia de que no todo está perdido. Y sólo me encuentro con las voces de dos ancianos, José Luis Sampedro (una vez más) y el francés Stèphane Hassel, que acaban de escribir dos libritos para cabrearse contra este estado de cosas, con la indignación que sólo gente con alma de joven airado puede tener. Y no me resisto a terminar este escrito sin poner sus palabras: “Convierten todo en mercancía hasta el punto de aceptar la corrupción, es decir, la compraventa de seres humanos como algo natural que se avala en las urnas. Educados en este ambiente y con la finalidad de ser competitivos, productivos e innovadores, es decir, de tratarnos unos a otros a empujones, es difícil mantener la dignidad si no es mediante la autoreeducación”.

jueves, 7 de abril de 2011

El ruedo ibérico

Diario de Ppontevedra. 07/04/2011 - J.A. Xesteira
Para los clásicos, el ruedo ibérico es Valle Inclán, que reflejó la política de su tiempo en un torbellino en el que la vida española giraba en torno a la Monarquía, los parlamentarios y el pueblo disparatado; para los viejos izquierdosos, Ruedo Ibérico fue la editorial de París donde nos podíamos enterar de que había otra vida más allá de los Pirineos que nos contaba lo que estaba pasando en la España franquista y que no podíamos saber nunca a través de los periódicos. Para todos, siempre es la plaza donde se lidian los toros de la política española, el espectáculo más primitivo donde se ventila la muerte y la vida para contemplación del pueblo. Ahora mismo, el ruedo ibérico está más cerca de la farsa valleinclanesca que de la progresía exiliada y esperanzada de París. Los protagonistas en el ruedo son los que descubrieron el movimiento perpetuo electoral, los grandes estadistas que están siempre en el poder y en la oposición, todos vestidos como jefes de planta de grandes almacenes. En las gradas, los espectadores, los 4,3 millones de parados que, de ser cierto que están parados, deberían estar organizando una revolución; a no ser porque aquí todos mienten, las estadísticas y los parados; o la sociedad española anda metida en economías sumergidas, o esto es un milagro. Y en esto Zapatero que anuncia que no se vuelve a presentar, y Rajoy que quiere venir por tercera vez (a la tercera va la vencida) y, alrededor, el esperpento. Los periódicos, esos organismos en vías de extinción, rebotan el anuncio dominical de que el presidente deja el puesto cuando acabe su mandato y no quiere repetir, cosa que debería ser normal si este fuera un país normal. No lo es. Inmediatamente Rajoy y sus valientes piden que se convoquen elecciones ya, que no hay que esperar. En el fondo, lo que les gusta de la política es ese constante trajín electoral, viajar de un lado a otro para actuar ante un público rendido, ante su club de fans. Son así y no hay manera de acostumbrarlos a que los plazos electorales son para cumplir, y una vez elegido el personal, lo que tienen que hacer es ponerse a trabajar para los que los votaron y los que no los votaron, y esperar a los cuatro años reglamentarios para volver a empezar. No nos acostumbramos al ruedo ibérico de la democracia, nos sale el desplante autoritario y anarcoide, con tornasoles fascistas, de vez en cuando. A menudo suele decirse que es que nos falta entrenamiento, que llevamos muchos años sin democracia y nos cuesta acostumbrarnos. Falso. En treinta y tantos años desde que murió Franco nos hemos adaptado al instante a muchas cosas: el euro, los teléfonos móviles, los ordenadores, a dejar de fumar por ley y a los viajes del Inserso. ¿Por qué no a ser demócratas normales, sin la etiqueta de “Democracia Ibérica”? Mientras tanto el ruedo se llena de personal, de despropósitos esperpénticos que adornan esta corte de los milagros donde se conspira en casa y se atiende, al mismo tiempo, al mundo global que nos contamina y nos toca de cerca. Se meten por medio nuevos y viejos personajes en viejas y nuevas situaciones. Aznar que es un gran actor de youtubes, donde triunfan sus monólogos en inglés, el borrachito que pide libertad de velocidad en la autopista, y ahora, el que llama gallego a Rajoy (no en sentido peyorativo, supongo, como en su día lo hizo Rosa Díez), seguramente porque nunca perdonó al PP gallego que no les cayera simpático (entre ellos le llamaban Charlotín). Alrededor, diversos picadores y monosabios de la corrida, gentes que se pelean enterrados hasta las rodillas, en actitud goyesca. Valencianos que componen una falla con cierto olor a corrupción, no hay más que ver sus fotos y sus sonrisas para entender que, sean condenados o no, no son trigo limpio, aunque se les presuponga la inocencia por derecho. Los andaluces que resucitan de nuevo las peonadas y los puestos de trabajo (en Andalucía los puestos de trabajo siempre estuvieron en manos de señoritos cortijeros, un empresariado que Bruselas tendría que reconocer y proteger por ley). Resucitan viejas películas en las que aparece ETA y los GAL, como un “remake” de viejo cine en blanco y negro, ahora en 3D y alta definición. Los jueces sientan a jueces en los banquillos de los acusados y mientras los imputados en asuntos de corrupción, entre tanto, inauguran diversas obras de pequeños faraones autonómicos: aquí, una ciudad cultural para envasar el vacío, allá un aeropuerto en el que no aterrizan aviones, en todas partes se inauguran entradas de edificios sin terminar, con una placa de bronce para que nadie se olvide de quien reinaba el día de la foto. (Somos el país con más placas de bronce inaugural por habitante de todo el mundo.) Todo vale, porque estamos en constante corrida electoral, y los toreros piden palmas y olés al público y que la banda toque España Cañí. Porque parece que las elecciones del mes que viene son legislativas, definitivas, y, a juzgar por las voces de los más altos políticos, apocalípticas. El “dejarme solo” del matador se convierte en “yo, o el diluvio, el tsunami”, del político en campaña. Piden el cambio climático, la renovación total del Ejecutivo, poner al PP y quitar al PSOE, como si estuviéramos ya en 2012 cuando, en realidad, el mes que viene solo se van a elegir a los alcaldes de pueblo, a los vecinos dirigentes, cada vez menos politizados. Los candidatos presumen de que son buenos gestores (la honradez se les supone, aunque no se garantice), pero no necesitamos gestores, necesitamos alcaldes políticos. En democracia elegimos políticos, los gestores se contratan, no se votan. Pero, en el ruedo ibérico, las funciones de los dirigentes locales se traspasan a empresas privadas, con lo cual llegará un momento en que ya no necesitemos al alcalde político ni al gestor. En un esperpento lleno de frases rimbombantes que se entrecomillan en los periódicos, necesitamos voces como la de aquel maravilloso alcalde que se subió un día al balcón y dijo aquello de: “Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación”. Eso, sólo necesitamos una explicación de lo que van a hacer los alcaldes, el resto es farsa y barullo.

jueves, 31 de marzo de 2011

Patrimonio nacional

Diario de Pontevedra. 30/03/2011 - J.A. Xesteira
Hace años me robaron el monedero en el metro de Madrid. De manera perfecta, profesional, el ladrón sacó mi monedero de un chaleco de aquellos de mil bolsillos sin que me diera cuenta. Adivinó donde estaba y se llevó cincuenta pesetas y un cupón de la Once (que por cierto, no fue premiado) La mala leche que me quedó no fue por la pérdida económica, sino por la impotencia de no haberme dado cuenta, la sensación de inutilidad y de insignificancia que nos queda cuando somos víctimas de un robo, por grande o pequeño que sea. La impunidad, la indefensión, la amargura de la víctima es lo más duro del robo, aunque sea de un monedero en el metro de Madrid. Hace unos años recordaba esta anécdota de delito menor cuando los vecinos de Sada reclamaban la devolución de las tierras que les habían sido robadas durante la guerra civil (en 1938) para regalárselas al “invicto caudillo” Franco como una donación del pueblo de Galicia hacia quien iba a ser generalísimo bajo palio episcopal durante muchos años. El supuesto regalo era, en realidad un robo legal a las gentes que tenían fincas alrededor del pazo de Meirás, comprado por una cantidad ridícula (según los herederos de sus propietarios de entonces) para regalo de las elites franquistas (estómagos agradecidísimos) al general que estaba a punto de ganar la guerra. La suma recaudada por “suscripción popular” fue de 9.000 pesetas de aquellos años, una fortuna que se reunió peseta a peseta de todos los vecinos, incluidos funcionarios municipales, so pena de ser sospechoso de republicanismo, rojo o izquierdoso (con lo que eso suponía en plena guerra) Es decir, que el regalo que colgó medallas de los próceres coruñeses (incluido el título nobiliario del conde de las Fuerzas Eléctricas del Noroeste Sociedad Anónima, despropósito heráldico donde los haya) se perpetró por el sistema de “o si o si”. Todo eso es material de hemerotecas, dato estadístico registrado en los periódicos de la época y en los libros consiguientes de la larga colección de rescatar, glosar, lamentar, describir, alabar, penar o fantasear la guerra más civil de España. Son datos sin más. Pero hace unos años, cuando los vecinos de Sada y Oleiros reclamaron devoluciones que nunca llegarán, y mientras se hablaba de que el pazo iba a ser abierto al público, me venía a la memoria la sensación del monedero robado: la impotencia, la tristeza, la indefensión, el ninguneo, la prepotencia de los poderosos, y la imposición a aquel “pueblo gallego”, que maldita la gracia que le hizo que le robaran sus fincas para que el Caudillo tuviera su palacio de verano, donde celebrar sus consejos de ministros antes de ir a pescar un cachalote en el Océano Atlántico. Las expropiaciones forzosas de fincas y casas, las amenazas más o menos veladas y los silencios impotentes son más dolorosas que el bien perdido en el expolio. El regalo fue nominativo, para Franco y su familia, que son, actualmente, los titulares de la propiedad. Con el tiempo se fueron añadiendo bienes depredados, “regalados” o trasladados forzosos al patrimonio. La señora de Franco tenía fama, dicen que merecida, de dejarse “regalar” aquellos objetos en los que ponía el ojo de hábil tasadora. Al respecto recuerdo una visita a una iglesia románica de la zona de Muxía, en la que su párroco me contó como una pila bautismal de indudable interés histórico-artístico, fue cargado una mañana en un camión del Ejército por soldados al mando de un sargento. ¿Destino?: Meirás y no volverás. No fue la primera vez que los ilustres próceres regalaron lo que no era suyo. Hay otro ejemplo, sin salir de Galicia, la Isla de Cortegada que el pueblo de Vilagarcía de Arousa “regaló” al rey Alfonso XIII y que después pasó a una empresa que se la compró a Don Juan de Borbón con la intención de construir una urbanización. Al ser declarada parque natural, la cosa acabó como el rosario de la aurora: la urbanizadora quiso una indemnización y la Xunta tuvo que pagar 1,8 millones de euros por la expropiación. Es decir, el “pueblo gallego” pagó dos veces por la finca, una cuando la regaló por suscripción popular y otra, cuando la expropió. En todos los casos, los que hacen el regalo en nombre del pueblo acaban recibiendo títulos, medallas, nombres de calles y, lo que es mejor, gozan del beneficio del negocio bien hecho, son próceres ilustres y bendecidos por el poder y sus regalías. Estos días vuelve a estar de moda el pazo de Meirás, abierto al público curioso. La sociedad ya ha engendrado un grupo específico que es el de “los que van a ver lo que está de moda”, ya sea el Guggenhein, un museo de pintura romántica, la casa de las ciencias de cualquier sitio, un parque temático o un pazo de Meirás; el interés está en la propia excursión y en fotografiarse delante o dentro del recinto, nunca en lo que encierra el propio recinto. Y allí estuvieron los curiosos, la prensa y los guías. Al parecer, lo que encontraron les decepcionó. No sé que pensaban encontrar, pero no había nada morboso, ni parafernalia imperial ni historia de España. Aquello era un lugar de paso, veraniego e incidental. No era un sitio estable donde se pudieran acumular esos detalles que conforman el paso del tiempo histórico. Lo que pudiera haber de valor probablemente fue puesto a buen recaudo. Meirás es un lugar vacío, sin historia. Como la memoria de este país, que se resiste a reaparecer y aclararnos el pasado. La historia de Meirás está en los libros y las hemerotecas, en la impotencia de los expoliados por los ilustres mandamases de la época, no en el cascarón vacío del pazo. Y esa memoria no dejarán que aflore, y al poco que cualquiera (léase Garzón) intente darle la vuelta a los crímenes que fueron, enseguida aparecen gritos de que el pasado hay que enterrarlo, que el tiempo ya lo ha solucionado. No es cierto. Como decía John Lennon, “El tiempo hiere todas las curaciones”.

jueves, 24 de marzo de 2011

Gente rara que hace cosas raras

23/03/2011 - J.A. Xesteira
Japón ya no es el mismo después del terremoto y el tsunami, dos palabras consustanciales con la isla del Sol Naciente, la primera, porque va unida a sus movediza estructura básica, la segunda, porque es palabra japonesa que han regalado al mundo. El destino de Japón parece ligado a los grandes desastres y, más concretamente, a los desastres que vienen de la energía nuclear. Con las bombas de Hiroshima y Nagasaki (un crimen de guerra contra la población civil que nunca llevó a EEUU a los tribunales, a diferencia de los procesos de Nurenberg) el imperio nipón entró en otro mundo, en otra dimensión, entró a la fuerza en el capitalismo obligatorio para todos los que perdieron la guerra aquella. Y lo hizo bien, aprendió de Occidente el asunto de la producción, y se colocó en los primeros puestos de los países productores. Y, cuando su economía andaba renqueante por uno de esos avatares de la vida, las fuerzas de la naturaleza se despiertan para recordar al mundo que todo el poder de los hombres puede acabar en un instante. Y vuelve de nuevo la amenaza atómica, de nuevo el miedo al uranio y al plutonio (el isótopo que nunca desaparece, el de la contaminación eterna). Y Japón, después de que contabilice los miles de muertos, todavía sin contar, entrará de nuevo en otra dimensión, como si acabara otra guerra que duró unos instantes. Lo vemos en la televisión y hay páginas sensacionales en Internet que nos muestran paisajes a vista de satélite antes y después del desastre; vemos en imágenes como la fuerza del mar arrastra aviones, barcos, coches, casas y (suponemos) miles de personas en ese caldo macabro, y vemos en directo como los japoneses andan de un lado para otro y se organizan de forma disciplinada, sin aspavientos, ordenadamente, casi sin lágrimas, para buscar a sus desaparecidos, llenar los bidones de agua o colocarse las mascarillas, como un ritual prefijado. Son gente rara que hace cosas raras. Parece que lo tienen ensayado, que, de la misma manera que tienen prevista una mochila para terremotos y aprenden unos protocolos para aguantar los temblores, lo mismo que sus edificios (no cayó ninguno de los grandes) están preparados para las grandes pérdidas, o para rajarse la barriga o para hacer el kamikaze. Puede que sea su concepto religioso, que aglutina lo mejor de Buda y el Tao, y les da esa solemnidad de espíritu que aflora en los momentos más dramáticos. Son raros, por lo menos visto desde aquí. Me gustaría saber que podría hacer con esta actualidad el fallecido maestro Akira Kurosawa, que desgrano en hermosas películas mucho de ese carácter japonés. Y me gustaría saber que puede hacer el maestro Hayao Mirazaki, él que ya nos pintó un tsunami y un desastre en su película “Ponyo en el acantilado”. La tierra de los árabes, dicho así en un sentido amplio, tampoco es la misma que hace unos meses. Las revueltas de Túnez y Egipto, que destronaron a los eternos dictadores pasaron a Libia, con las mismas intenciones, y amagaron con pasar a otros países (todos, sin excepción, están gobernados por elementos más o menos parecidos) Sin embargo, en Libia, dieron en hueso, El Gadaffi, ese personaje de carnaval gaditano o de moros y cristianos valencianos, es mucho más duro que los decadentes Ben Alí o Mubarak, y los rebeldes se lanzaron demasiado pronto a los kalashnikov sin calibrar el peligro. El resultado es que al final se arma una buena, con la intervención de EEUU, Gran Bretaña y Francia, al estilo de El Bueno, El Feo y El Malo, acompañada por la tropa secundaria habitual. Todo porque el hasta ayer amigo del alma El Gadaffi, ha dejado de ser amigo del alma y se convirtió en enemigo del cuerpo. Se le congelan los negocios y se le invade, para defender como siempre, a “la democracia y a la decisión popular”. Sin embargo, en la vecina Barhein, donde la decisión popular sale a la calle para pedir democracia (el rey es todopoderoso y la monarquía es hereditaria) es otro cantar; EEUU tiene allí una base y la invasión se hace al revés, para defender al tirano contra los revoltosos que andan por las calles desarmados. Son gente rara. Los tunecinos y egipcios, que han ganado un espacio para la democracia, irán, poco a poco perdiendo lo conseguido en las revueltas (todas las revoluciones que no se llevan hasta el final son revoluciones perdidas, miremos a Portugal o a Nicaragua) e incluso después de llegar al final, el tiempo acaba por oxidarlas y convertirlas en otra cosa. Los libios no llegarán a ver su revolución, simplemente pasarán de El Gadaffi a un protectorado occidental, que pondrá a un sucedáneo de títere (al estilo de Afganistán) para seguir disfrutando del petróleo. Los revoltosos libios, que no se sabe quienes son ni de que van, por lo que se ve en la televisión, se lo pasan divino disparando al aire, haciendo gasto y ruido, mucho follón pero poca cabeza. Gente rara haciendo cosas raras. Me gustaría ver una versión del mundo árabe joven realizado, por ejemplo por un externo, como el francés de origen hispano-argelino Tony Gatliff, pero estoy seguro que después de lo que será el mundo árabe dentro de un año, saldrán películas, realizadas por talentosos directores árabes de cine que nunca veremos ni podremos comprar en DVD, sólo aparecerán algunos en festivales como gente rara haciendo cosas raras. Y mientras tanto, los españoles. Sí que somos raros y sí que hacemos cosas raras. No hay más que asomarse a las televisiones, que oscilan entre subespecies humanas que se insultan o que aplauden a los que se insultan, hasta los políticos (raros dentro de lo raro) pasando por los grandes expertos que hablan de Japón y el mundo árabe (y, de paso de Zapatero y Rajoy) Y en la calle, millones de españoles, felices dentro de la crisis, que disfrutamos de la vida como budistas disparando al aire con un kalashnikov mientras esperamos por las elecciones de mayo como si fuera la liguilla de ascenso a tercera división. Somos raros, hacemos cosas raras. ¿Que haría ahora con este material espiritual el maestro Berlanga? A estas alturas sólo Alex de la Iglesia o Santiago Segura son capaces de retratarnos dentro de nuestra rareza.

jueves, 17 de marzo de 2011

Los bancos no son de fiar

Diario de Pontevedra. 16/03/2011 - J.A. Xesteira
Bertolt Brecht (es sabido) consideraba más delito fundar un banco que atracarlo, su frase puede leerse (como casi todo) en internet. Los bancos son un mal casi obligado, donde guardamos nuestros ahorros, muchos o pocos, y, a cambio, en teoría (es decir, en la letra grande, la práctica siempre se escribe en letra pequeña, que nunca leemos) nos dan unos beneficios imaginarios, que desaparecen al convertirse en tasas por mantenimiento, por transferencias, por cobro de recibos, o porque es miércoles. Los bancos (es sabido) son los únicos entes organizativos que siempre tienen beneficios, año tras año, mientras el mundo puede desplomarse a su alrededor. Incluso en el hipotético caso de que un banco se hunda, quiebre o lo absorba otro banco situado por encima en la escala de depredadores, el banco no se inmuta, porque los que pierden son esos miles de pequeños y medianos ahorradores que guardaban sus dineros dentro de un mostrador, al que tienen acceso a través de un empleado o empleada, generalmente muy amables (es lo único amable de los bancos, las personas que están detrás del mostrador y que generalmente esperan una prejubilación favorable a la vuelta de cualquier absorción bancaria o fusión de cajas). Los grandes financieros y empresarios que guardan sus fortunas en bancos, con trato preferente, suelen escapar de esa quema con antelación, no los pillan dentro nunca, porque, además, suelen trabajar con otros bancos distintos al que usted o yo podamos usar, situados en las quimbambas fiscales donde no llega ni la ley ni la justicia. En realidad cuando hablamos de dinero nos referimos sólo a una entelequia, porque sólo se trata de números en un papel, que se suma o se resta cada fin de mes y que se filtra hacia el mundo real en pequeñas cantidades que obtenemos a través de los cajeros automáticos. En las películas, los bancos son siempre el objetivo de un atraco, a tiro limpio en el Oeste Lejano o en la América de la Depresión, por métodos sofisticados, con especialistas que se pasan toda la película organizando el atraco, o, más recientemente, gracias a la informática y a un cerebro que sabe piratear cuentas corrientes de la misma manera que los espectadores pirateamos esas películas en nuestros e-mules. La historia de la Economía mundial, que tiene ya recientes grandes hitos, como el crack del 29 o la crisis del petróleo del 72, suma ahora la Crisis, ese concepto universal que recoge todo el proceso delictivo en el que parece que no hay delincuentes para un delito de lesa humanidad, y en cuyo origen están todos los bancos del mundo, sin excepción, aunque después todos se hayan convertido en víctimas a las que hay que indemnizar y, por encima, todos contabilizan sus balances anuales con ganancias. Es como si nos robaran en casa y por encima tuviéramos que indemnizar a los cacos. El poder de esas organizaciones es enorme, no hace falta convencer a nadie de ello, se sabe, se palpa, se huele. Sabemos que el Capital mueve la política, aunque no sepamos precisar en que medida, y que ese capital se almacena en los bancos (y sus empresas paralelas). Son las entidades peor valoradas en el inconsciente colectivo, porque sabemos que no son amigos nuestros, aunque no nos queda más remedio que pagar el recibo de la luz a través de nuestra cuenta. Incluso el (teóricamente) vigilante de la legalidad del proceso bancario, el Banco de España, no deja de ser eso, un banco más, igual que el Banco Europeo o el Fondo Monetario Internacional. Son fuerzas del mal en nuestra propia película vital. Hasta ahora aceptábamos resignados ese proceso bancario: yo ingreso mi nómina y de vez en cuando pago en el súper con mi tarjeta y saco unos billetes del cajero para tomarme unas cañas. Así es la vida y el sistema. Pero acaban de saltar algunas alarmas que nos dicen que el proceso puede cambiar, igual que los gobiernos árabes. Sabemos que los bancos no están para fiar (fiar, según la RAE: que una persona pagará lo que debe, obligándose, en caso de que no lo haga, a satisfacer por ello) Las hipotecas que tanto obligaron a miles de personas a vender su alma a la banca, ya no están al alcance de cualquiera. Ya no se fía. Pero, de rebote, tampoco nos fiamos de la banca y comenzamos a dar señales de que no queremos que negocien con nuestro dinero. Para muestra, dos botones bien diferentes. En Zaragoza, unas monjitas (nunca entendí porque a las monjas les ponen diminutivo y no decimos, por ejemplo, los curitas o los obispitos; debe ser la misma norma que habla de braguitas femeninas y no de calzoncillitos masculinos). Bien, decía que esas monjitas zaragozanas, de clausura, para más detalle, sufrieron el robo dentro de su convento (un rififí a la antigua usanza) de nada menos de un millón y pico de euros, que tenían dentro de un armario, se supone que para gastos corrientes, y no tener que salir de la clausura para ir al cajero automático de la esquina. Las hermanas aseguran que no se trata de dinero negro, y hay que creerlas, pero está claro que no se fían de los bancos, que prefieren tenerlo en su armario. Otro que no se fía es el coronel (o dictador, según los días) Gadafi, que está a punto de ganar la guerra a los revoltosos de su país, y dejar así con el culo al aire a todo Occidente, que ya lo enterró hace días. Gadafi, que como buen dictador guarda sus dineros en paraísos fiscales, en Suiza, Luxemburgo, Mónaco, incluso en bancos italianos de su propiedad, sabe que esos mismos países, que viven del dinero de sangre de los países pobres, se convertirán en defensores de la legalidad, la justicia y los derechos humanos cuando los dictadores son derribados, haciendo siempre gala del habitual cinismo bancario. Por lo tanto, Gadafi, como las monjas aragonesas, tiene metidos miles de millones de euros en contante y sonante, en sus bancos de Trípoli y en cajas fuertes en su casa. No se fía de los bancos, aunque sean los más grandes del mundo, sabe que siempre darán la espalda y se quedará con sus cuartos a las primeras de cambio. Al final siguen el ejemplo de Oubiña, con los dineros en el colchón y en la viga.

jueves, 10 de marzo de 2011

Un millón de amigos

Diario de Pontevedra 10/03/2011 - J.A. Xesteira
Roberto Carlos debería estar contento. Sus deseos pueden haberse cumplido desde aquella canción que todo el mundo tarareó alguna vez (si, usted también, no lo niegue) en la que decía que no quería cantar solito, que quería un coro de pajaritos y tener un millón de amigos. Los deseos un tanto infantiles, aunque pacifistas, del cantautor ya se pueden realizar. Las redes sociales ya hacen posible que cualquiera, sin ser famoso ni tener club de fans, tenga un millón de amigos en la página de Twitter o Facebook. Basta con preguntar; Fulano quiere que Mengano lo tenga como amigo, y, si a Mengano le conviene, lo “ajunta” como antiguamente se hacía en las pandillas sin mediación cibernética. Y así, tirando de la red, pescamos millones de amigos que se van pasando en bloque de unos a otros. La velocidad de aceptación es enorme, como todo lo que sucede en estos momentos, la inmediatez manda sobre todo, y los nuevos avances, que hace años costaban años introducir en las normas de convivencia social, hoy se implantan en cuestión de meses. Ayer mismo, en un bar, esas ágoras nunca bien reconocidas, donde se puede analizar todo lo que está pasando, pegué la oreja a la conversación que mantenían el camarero-propietario y un cliente-amigo; comenzaron hablando de las orquestas gallegas, un tema en el que eran auténticos expertos y de pronto pasaron a hablar de sus páginas en Facebook, porque uno de ellos tenía como amigo a un cantante-vocalista, que acababa de entrar, pero, de paso, había borrado de su lista de amistades digitales a un pelotón de conocidos. Por las redes ya circulamos todos, de alguna manera, por activa o por pasiva. Reaparecen fantasmas del pasado; aquel amigo de la mili que no volvimos a ver (a pesar de vivir tres pueblos más allá), el compañero de bachillerato que ganó oposiciones de funcionario en una Diputación a tres provincias de distancia, o el tipo ese con el que nos cruzamos por la calle pero que rara vez saludamos. Todos, en la red social, se hermanan, se abrazan, se hacen amigos, se enseñan las fotos de los hijos, de los nietos, se mandan besos, exponen muchas veces sus interioridades, entran en las casas a través de la pantalla del ordenador, preparan fiestas sorpresa para el cumpleaños de la amiga, se anima a que escuchen una canción, lean un libro, vean una película, disfruten de la vida, o acompañan en el sentimiento de la muerte amistosa. Todo esto afecta a la sociedad en su conjunto y a la manera de relacionarnos. A partir de ahora mismo las cosas son diferentes. Los famosos lo entendieron antes que nadie, porque la fama es siempre una realidad virtual, y da lo mismo vivir en la fama que en Twitter. Los que manejan a los famosos y sus finanzas, saben donde hay que ponerlos. Hace unos días, un actor americano cuyo único mérito actual es ser marido de Demi Moore, fue suplantado por un pirata en su página de Twitter, a la que es un adicto, y en la que cuelga fotos de su esposa Demi en bragas y planchando la ropa (las adicciones suelen acabar en desfases). La noticia que informaba de la vida de este tipo en Twitter (da la impresión que todo lo filtra por su página) señalaba que tenía 511.920 seguidores (le falta otro tanto para tener el millón de amigos). Pero todos están ahí, y los nuevos valores del cine y la canción ya existen mucho más en Internet que en la realidad; de un cantante no conocemos sus canciones (ya nadie puede tararear un éxito, tampoco hay éxitos) pero todo el mundo puede ver a Lady Gaga vestida de bistés. Estamos ya en otro mundo. Y en ese mundo hay otros dos lugares, además del mundo del espectáculo, que buscan tajada de la oportunidad. Van con retraso, porque no se lo esperaban. El mundo de los negocios y el mundo de la política (cada vez más amigos) se encuentran con el hecho irrebatible de que la juventud vive en esos mundos en donde ellos todavía no mandan. Las redes sociales ya son un arma cargada de presente. La juventud, que nació delante de los paraísos artificiales en pantalla plana, es capaz de salir a la calle y plantarle cara al sistema después de “ajuntar” a un millón de amigos “y así más fuerte poder cantar”, como decía Roberto Carlos, aunque lo que le cantan son las cuarenta a los viejos dictadores árabes o a los nuevos políticos en cualquier parte que se presenten. Los que mueven los dineros del mundo, los delincuentes conocidos como financieros, banqueros, expertos y tiburones de las bolsas, todavía no han exprimido bien el mundo de la amistad en la Red, pero lo harán un día de estos. De momento, sólo los suministradores de vehículos amistosos, los fabricantes de artilugios para ponernos en contacto, se están forrando; dentro de poco, cuando recibamos un mensaje en nuestro correo de “el presidente del Banco de Santander –por decir uno, pero podía ser el de Wall Street– quiere ser tu amigo”, la cosa variará; tendrán ese millón de amigos y ya se encargarán de cobrarles una tasa de amistad. Los políticos lo tienen más duro; son gentes sin cintura, se les ve tiesos dentro de sus trajes. En realidad, los políticos son como los ciclistas, existen en la tele, que es donde se les ve sudar, dar el tirón, avituallarse, bajar los puertos, viajar en pelotón o caerse; fuera de la tele se les ve pasar en unos segundos, como una mancha de colorines. Deberían andar como locos intentando buscar en las redes sociales a dos sectores básicos, que existen ahí: los abuelos y los nietos, que son los que hacen amistades en Internet, bien con los colegas del pasado bien con los del presente. Los abuelos son la nueva clase social que puede montar un Tiannanmen como les toquen las narices, porque, además vienen sabidos de atrás (por ejemplo, a la hora de diseñar colegios, deberían tener en cuenta el área de espera de abuelos, y no es coña). Los nietos son los que pueden poner en pie de guerra a una legión de jóvenes parados suficientemente preparados para un futuro que no acaba de llegar y que puede sacarlos a la plaza. Ellos tienen un millón de amigos, y los políticos, de momento, sólo tienen un coro de pajaritos.