JA.Xesteira
Eran –que ya no son– los dos entretenimientos generales básicos (EGBs) del pueblo español: el cine y el fútbol. El domingo estaba reservado a estas dos actividades tan queridas: recordamos aquella canción de “por qué por qué, los domingos por el fútbol me abandonas…” y recordamos las tardes de cine. Todo era en domingo por la tarde, los partidos se jugaban con luz natural después de comer, y se retransmitían por la radio, y el cine era cosa familiar o social, una congregación de fieles a los sueños en technicolor sobre una pantalla blanca. Los tiempos cambiaron las modas, que no lo fundamental; el Gran Negocio (uno de los incontables nombres del Maligno, también conocido como el Capital) decidió que el fútbol se jugara de noche, con luz eléctrica (como una contribución a la contaminación universal) porque así se podría ver en la televisión; y no sólo el domingo, sino cualquier día de la semana (todos los días de la semana y a todas horas podemos ver las omnipresentes televisiones retransmitiendo futbol); el Gran Negocio también decidió que el cine, mejor cualquier día, y mejor en nuestra casa, en nuestro sofá y en nuestra tele. Al final todo se reduce a eso: la tele y sus variaciones de pantalla plana, para tener al personal ocupado en un sólo juguete. Pero en el imaginario colectivo quedan el cine y el fútbol como los pilares de toda cultura mundial, la base sobre la que se sustentan Oriente y Occidente. Y los contumaces hechos noticiables, demuestran que la vida es cine y la patria un campeonato de fútbol. Dicen los que inventan frases para los calendarios que la naturaleza imita al arte, y no es cierto, la vida, sí, y más concretamente, la vida redactada a diario en la prensa, imita al cine. Un ejemplo.
Una película.- Suena una música vagamente siciliana de Nino Rota mientras salen los títulos de crédito, títulos de nobleza y crédito bancario ilimitado, opaco y disperso por paraisos fiscales. Los personajes son conocidos; una familia real (auténtica y real) con un rey emérito y un rey sucesor, y una mamma, unas hijas que se casan a ritmo de valses con jóvenes prometedores. El resto acaba de salir estos días en la prensa, con fortunas en Suiza, Marrakech y cuentas a nombre de testaferros; hay amantes (supuestas) rubias con casa en Mónaco y policías en la cárcel que tiran de la manta. Mario Puzo lo tendría fácil para escribir las tres partes coppolianas de la Famiglia Borbone. Uno de los maridos de las hijas se separó y el otro acabó en la cárcel por blanqueo de capitales, malversación y otras cosas; ya se sabe que los chavales hacen lo que ven en casa, pero lo hacen mal. Mientras, el Emérito sigue a lo suyo, hoy patroneo un barco, mañana hago de intermediario en el AVE a La Meca, y así vamos tirando. En las conclusiones que sacamos de esta primera parte de la saga hay varias cosas de difícil encaje. Primero, el convencimiento de que todos estos negocios eméritos se sabían o sospechaban por evidencias que estaban a la vista incluso de los más ingenuos, desde los tiempos en que el Emérito solo era el Príncipe de Franco, y sus amistades peligrosas con los árabes le hacían interlocutor válido. Segundo, que los sucesivos gobiernos y oposiciones de este país no movieron un dedo, lo cual nos lleva a otra sospecha, la existencia de una oferta que no podían rechazar, a la moda siciliana. Tercero, que los servicios de espionaje (no lo llamen inteligencia, que eso es otra cosa) conocían todo esto y lo sacan a relucir cuando ven que lo que se quema es su culo. Cuarto, la pregunta del tonto: ¿cuando se muera el Emérito, quien heredará el imperio escondido e ilegal?¿quien será el Michael Corleone, el hombre de respeto? Y quinta; que en esta película todos tenemos un papel de extra, nadie mueve un dedo para esclarecer un posible delito de corrupción y prevaricación al más alto nivel; y nadie hará nada, porque, reconozcámoslo, vivimos en un país en el que la corrupción viaja libremente, desde el pelotazo que acaba de saberse sobre las torres Foster y la posible prevaricación del Banco de España, hasta las corrupciones diarias de los pequeños políticos de pueblo. Somos una película de reestreno.
Un partido de fútbol.- Como estaba previsto, Francia ganó el Mundial de Rusia. Lo ganaron los inmigrantes, algunos nacidos y familiarizados con los potenciales terroristas de los “banlieues”. Esa es la diferencia; si marcas goles, eres un patriota francés, si pides un poco de respeto y dignidad no eres más que un posible terrorista islámico. Francia ganó el mundial, como era de esperar, y la grandeur francesa sacó del baúl de los recuerdos a De Gaulle y a Asterix para cantar la Marsellesa en los Campos Elíseos. Eso está bien, mejor fiestas que funerales. Y eso está bien, porque, mirado por el lado de la integración (interesada, claro) el mestizaje se impone (sólo el mestizaje nos salvará de ser razas puras). Pero más allá de los emigrantes, tenemos la utilización patriótica y política del fútbol, como única religión universal y ecuménica. En la final estaban en el palco Macron y Kolinda, los máximos dirigentes de los países que combatían en la hierba; él se encargó de que saliera esa foto en pose épica (se nota que estaba preparada la cosa) para hacer un canto de triunfo de la France; ella, vestida con los colores croatas, rubia y alegre sonreía al mundo como derrotada con honor. Dos populacheros. Macron no pasa el listón de los políticos jóvenes de derechas homologadas; Kolinda es más peligrosa, una ultraderechista racista y xenófoba (eso si, rubia y jacarandosa). El fútbol fue estos días el refugio de las patrias, patrocinado por el Gran Comercio Televisivo. Su poder alcanzó incluso a los dos botarates más poderosos del mundo, Trump y Putin, dos tipos con más peligro que un mono con navaja; de sus bravuconadas y sus conversaciones al-más-alto-nivel sólo han sacado una cosa clara: un balón de regalo, como en una mala tómbola.
viernes, 20 de julio de 2018
viernes, 13 de julio de 2018
Libros, verano y otras cosas
JA.Xesteira
En verano las noticias deben venir refrescadas con gaseosa. Salvo las rutinas –asesinatos domésticos, ciclistas arrollados por conductores borrachos, alijos de drogas, sentencias judiciales variadas y variables y ese etcétera diario de noticias– y la parte política de las primeras páginas de los diarios, el resto del verano en prensa debe ser optimista –niños tahilandeses rescatados, nuevos fichajes en cualquier equipo y ese otro etcétera que nos acompaña la cerveza con patatillas (palabra de uso muy reducido y local).
Las noticias rutinarias a las que me refería, ya dejan casi indiferentes de manera peligrosa a los lectores, cada vez más insensibilizados y absorbidos por la realidad virtual, de tal forma que ya no se distingue a las claras donde empieza la vida y donde las aplicaciones del sistema. En verano deberían estar descartadas esas noticias que nos cabrean, que nos ponen mal el estómago, ya de sí perjudicado por las comidas y bebidas de los furanchos, que son una alegría en la mesa y una tormenta del desierto en la cama. En el verano habría que prohibir las noticias graves, y congelarlas para el otoño. Como por ejemplo la aparición de la fortuna clandestina y opaca de Juan Carlos I el Campechano, en manos de su “amiga íntima” Corina (un eufemismo entrecomillado que ustedes pueden usar a su entender); un asunto que traerá cola, pero altera el buen discurrir de la playa y la terraza. O la pretensión de Trump de que paguemos el doble de lo que pagamos a la OTAN (una buena disculpa para mandar a hacer puñetas a esa organización armada, en la que entramos con Felipe González –no lo olvidemos– que sólo ha servido para invadir países que no le gustan a los USA) Esas noticias no son para el verano, que es más de fútbol mundial, sobre todo ahora que ni nos va ni nos viene, o el traspaso de Cristiano (antes de llegar ya ha cabreado a los obreros de la Fiat); o el rescate de los niños tahilandeses, que es una noticia positiva (no el rescate de los niños sirios o libios, que es una noticia negativa y que cabrea mucho al ultrafascismo español disfrazado de demócrata).
El verano debería ser otra cosa, pero leo dos noticias graves, más de lo que parece; una, que la Real Academia regala sus diccionarios porque nadie los compra; otra: que hasta un 40 por ciento de los 225 millones de libros editados en España se devuelve para reconvertirlos en pasta de papel, venderlos al peso para rebajas o meterlos en algún almacén a la espera de cualquiera de las dos alternativas. La cosa es más grave de lo que parece, considerando que vivimos en un país de escasa cultura lectora (precisamente ahora que se han puesto de moda los clubs de lectura), con una ciudadanía que considera que los libros son caros (el español medio en general y el gallego en particular pueden gastarse sus cuartos en comer, beber y presumir de lo que come y bebe, pero gastarse el dinero en libros es algo que no entra en el perfil del experto en vinos e ibéricos.)
Lo del diccionario de la RAE se veía venir: está disponible en línea de forma gratuita. De cualquier forma, nadie consulta los diccionarios, ni siquera los periodistas, y a la vista de lo que se publica ahora, es evidente que el diccionario ni está ni se le espera (un ejemplo de discordancia del otro día, en un diario de importancia nacional: “Trump acusa a Pfizer de aprovecharse con sus precios de los pobres”, que es algo así como el famoso ejemplo de “zapatos para niños verdes”)
Escribir un libro es fácil, si tenemos en cuenta de que cada año se publican unas 30.000 novedades editoriales; si consideramos que por cada libro editado debe haber una docena de libros que no se editarán, echen cuentas de la cantidad de libros que se escriben al año y coincidirán conmigo que escribir es fácil, publicar, ya no tanto. Los que solemos rebuscar en las tiendas de libros usados o descatalogados sabemos donde acaba la moda (un ejemplo la famosa trilogía de Stieg Larsson se amontona en los segunda mano junto con códigos Da Vinci y otras modas) El espacio que antes ocupaba la literatura lo ocupan ahora colecciones de libros sobre comer y beber sano, artístico y en modo chef-de-cuisine; o de falsas novelas históricas o falsas series negras. De todo eso no quedará casi nada, pasará la moda y nadie sabrá que hacer con las toneladas de papel impreso. Las pequeñas librerías en las que conversamos con los libreros que aman los libros, sobreviven vendiendo cuentos infantiles que suelen regalar los abuelos. Hubo un tiempo en el que los organismos oficiales se convertían en editores de banalidades de lujo que regalaban. Eran libros “políticos”; gobiernos, diputaciones empresas y ayuntamientos, editaron libros que se amontonan en sótanos y fayados esperando la humedad y los ratones. Muchos de aquellos libros regalados fueron vendidos al peso; otros, como un amigo mío, destina a su chimenea en invierno unos cuantos tomos editados por la oficialidad imperante; en su acción purificadora se pone de parte del detective Carvalho de Vázquez Montalbán, y contradice la tesis de Manolo Rivas de que los libros arden mal (según mi amigo, los libros oficiales arden de maravilla).
Se suponía que los libros cristalizados digitales iban a salvarnos del papel, pero parece ser que no. El papel resiste y los e-books no avanzan. Lo importante, sin embargo, no es el soporte; acaban de encontrar un resumen de la Odisea, escrita en una placa de arcilla (resiste más que muchos libros de moda).
Ayer entré en una librería, compré un libro y el librero me dice que la bolsa hay que pagarla para eliminar plásticos; como ya me hice un converso antiplástico, me llevo mi bolsa de tela. El año que viene las bolsas serán, seguramente, de papel; a lo mejor el año que viene compararemos libros que irán en una bolsa de papel reciclado de la pasta de papel fabricada con diccionarios de la RAE que nunca se vendieron.
En verano las noticias deben venir refrescadas con gaseosa. Salvo las rutinas –asesinatos domésticos, ciclistas arrollados por conductores borrachos, alijos de drogas, sentencias judiciales variadas y variables y ese etcétera diario de noticias– y la parte política de las primeras páginas de los diarios, el resto del verano en prensa debe ser optimista –niños tahilandeses rescatados, nuevos fichajes en cualquier equipo y ese otro etcétera que nos acompaña la cerveza con patatillas (palabra de uso muy reducido y local).
Las noticias rutinarias a las que me refería, ya dejan casi indiferentes de manera peligrosa a los lectores, cada vez más insensibilizados y absorbidos por la realidad virtual, de tal forma que ya no se distingue a las claras donde empieza la vida y donde las aplicaciones del sistema. En verano deberían estar descartadas esas noticias que nos cabrean, que nos ponen mal el estómago, ya de sí perjudicado por las comidas y bebidas de los furanchos, que son una alegría en la mesa y una tormenta del desierto en la cama. En el verano habría que prohibir las noticias graves, y congelarlas para el otoño. Como por ejemplo la aparición de la fortuna clandestina y opaca de Juan Carlos I el Campechano, en manos de su “amiga íntima” Corina (un eufemismo entrecomillado que ustedes pueden usar a su entender); un asunto que traerá cola, pero altera el buen discurrir de la playa y la terraza. O la pretensión de Trump de que paguemos el doble de lo que pagamos a la OTAN (una buena disculpa para mandar a hacer puñetas a esa organización armada, en la que entramos con Felipe González –no lo olvidemos– que sólo ha servido para invadir países que no le gustan a los USA) Esas noticias no son para el verano, que es más de fútbol mundial, sobre todo ahora que ni nos va ni nos viene, o el traspaso de Cristiano (antes de llegar ya ha cabreado a los obreros de la Fiat); o el rescate de los niños tahilandeses, que es una noticia positiva (no el rescate de los niños sirios o libios, que es una noticia negativa y que cabrea mucho al ultrafascismo español disfrazado de demócrata).
El verano debería ser otra cosa, pero leo dos noticias graves, más de lo que parece; una, que la Real Academia regala sus diccionarios porque nadie los compra; otra: que hasta un 40 por ciento de los 225 millones de libros editados en España se devuelve para reconvertirlos en pasta de papel, venderlos al peso para rebajas o meterlos en algún almacén a la espera de cualquiera de las dos alternativas. La cosa es más grave de lo que parece, considerando que vivimos en un país de escasa cultura lectora (precisamente ahora que se han puesto de moda los clubs de lectura), con una ciudadanía que considera que los libros son caros (el español medio en general y el gallego en particular pueden gastarse sus cuartos en comer, beber y presumir de lo que come y bebe, pero gastarse el dinero en libros es algo que no entra en el perfil del experto en vinos e ibéricos.)
Lo del diccionario de la RAE se veía venir: está disponible en línea de forma gratuita. De cualquier forma, nadie consulta los diccionarios, ni siquera los periodistas, y a la vista de lo que se publica ahora, es evidente que el diccionario ni está ni se le espera (un ejemplo de discordancia del otro día, en un diario de importancia nacional: “Trump acusa a Pfizer de aprovecharse con sus precios de los pobres”, que es algo así como el famoso ejemplo de “zapatos para niños verdes”)
Escribir un libro es fácil, si tenemos en cuenta de que cada año se publican unas 30.000 novedades editoriales; si consideramos que por cada libro editado debe haber una docena de libros que no se editarán, echen cuentas de la cantidad de libros que se escriben al año y coincidirán conmigo que escribir es fácil, publicar, ya no tanto. Los que solemos rebuscar en las tiendas de libros usados o descatalogados sabemos donde acaba la moda (un ejemplo la famosa trilogía de Stieg Larsson se amontona en los segunda mano junto con códigos Da Vinci y otras modas) El espacio que antes ocupaba la literatura lo ocupan ahora colecciones de libros sobre comer y beber sano, artístico y en modo chef-de-cuisine; o de falsas novelas históricas o falsas series negras. De todo eso no quedará casi nada, pasará la moda y nadie sabrá que hacer con las toneladas de papel impreso. Las pequeñas librerías en las que conversamos con los libreros que aman los libros, sobreviven vendiendo cuentos infantiles que suelen regalar los abuelos. Hubo un tiempo en el que los organismos oficiales se convertían en editores de banalidades de lujo que regalaban. Eran libros “políticos”; gobiernos, diputaciones empresas y ayuntamientos, editaron libros que se amontonan en sótanos y fayados esperando la humedad y los ratones. Muchos de aquellos libros regalados fueron vendidos al peso; otros, como un amigo mío, destina a su chimenea en invierno unos cuantos tomos editados por la oficialidad imperante; en su acción purificadora se pone de parte del detective Carvalho de Vázquez Montalbán, y contradice la tesis de Manolo Rivas de que los libros arden mal (según mi amigo, los libros oficiales arden de maravilla).
Se suponía que los libros cristalizados digitales iban a salvarnos del papel, pero parece ser que no. El papel resiste y los e-books no avanzan. Lo importante, sin embargo, no es el soporte; acaban de encontrar un resumen de la Odisea, escrita en una placa de arcilla (resiste más que muchos libros de moda).
Ayer entré en una librería, compré un libro y el librero me dice que la bolsa hay que pagarla para eliminar plásticos; como ya me hice un converso antiplástico, me llevo mi bolsa de tela. El año que viene las bolsas serán, seguramente, de papel; a lo mejor el año que viene compararemos libros que irán en una bolsa de papel reciclado de la pasta de papel fabricada con diccionarios de la RAE que nunca se vendieron.
viernes, 6 de julio de 2018
El fútbol es cosa de emigrantes
J.A.Xesteira
Me coincidió contemplar el hundimiento de la selección española de fútbol en una gasolinera portuguesa. Había varios “espanhois" viendo en la tele la misma tanda de penalties que mandaron a la Roja Nacional (un auténtico ensamble histórico futbolístico) para casa y, en honor a la verdad, no hicieron muchos aspavientos, después de un “boooohhh” de derrota, no se hicieron el harakiri ni hubo llanto al estilo Boabdil. Como es más que evidente que en el equipo de fútbol de España es donde se guardan las esencias de la patria y es el único motivo por el que salen las banderas a ondear, creo que fue buena cosa que nos eliminaran (y me incluyo, pese a mi falta de afinidad con el fútbol y sus circunstancias) en los octavos, porque así podemos dedicarnos a cosas más interesantes que a dar la vara con el triunfo y la gloria. Al día siguiente, en las televisiones hicieron ese ejercicio antiperiodistico que consiste en preguntar su opinión a la gente de la calle, que generalmente no tiene ni idea de lo que está opinando, pero opina, claro, porque tiene el mismo derecho a hacerlo que los opinadores oficiales y expertos, personajes mediáticos que saben de fútbol lo mismo que la gente que va a la compra o a tomar el sol al parque. Las opiniones de la gente de paso coincidían con las de los expertos en fútbol, gentes vociferantes que suelen hacer de un simple partido de fútbol un debate de obviedades. Las culpas fueron del entrenador (que no puso a Aspas o dejó a De Gea), de los jugadores (que cobran un pastón por no hacer nada) del presidente de la federación de fútbol (que cambió de entrenador sobre la marcha) y algunas opiniones más por el estilo. A nadie se le ocurre que se trata de un juego, en el que uno gana y otro pierde, y en ese proceso influyen muchas más cosas, incluida la suerte. Pero no es más que un juego, que se juega con los pies, se discute con las tripas y sólo usa la cabeza para calentarla con rollos patrióticos y defensa de la unidad patria. Año tras año, campeonato tras campeonato, mundial tras mundial, siempre es una historia repetida, contemplada en grupo en los bares, que terminan sucios de huesos de aceitunas, palillos y servilletas, con restos de patatillas y mala leche. No aprendemos nada, ni siquiera el ejemplo de los japoneses, a los que habría que dar una medalla simplemente por ser higiénicos y educados: su equipo dejó los vestuarios limpios como patena, y sus hinchas, sin bombos ni gritos tribales, dejaron las gradas recogidas de envoltorios.
Realmente, el fútbol que, por su popularidad podría ser un perfecto banco de educación para las generaciones venideras, sigue en su vieja historia de aplastar al enemigo y levantar nuestra bandera; y esa actitud engloba desde los ultras mas descerebrados hasta las más altas instancias (menos el rey, que es de palo). Nunca aprendemos ni de las victorias ni de las derrotas. En este preciso momento en el que los movimientos migratorios de pueblos enteros están alterando el equilibrio político del mundo, haciendo que reaparezcan los viejos fascismos patrios, nadie toma nota de la parte social de un juego tan simple como el futbol. Un análisis geosocial del mundial sería mucho más interesante que el mal juego de Cristiano y Messi. Por ejemplo, la composición de cada equipo y su posición en el espacio mundial. Descartando a los suramericanos, que son emisores de pobres hacia el primer mundo, a los africanos, que se esforzaron por ganarse un puesto de honor y ser contratados el año que viene en países ricos, y a los exóticos japoneses o coreanos, quedémonos con la Europa en juego (a Rusia le damos de comer aparte, no es más que un imperio que fue pasando de un zar de las monarquías homologadas a un zar avalado por el Soviet, a un zar respaldado por la Gran Mafia Rusa) tenemos el bloque de los paises del sol, los que recibimos a los huidos del hambre y la guerra de África que quieren ir a los paises fríos de Europa, donde no los quieren ni como mano de obra; para eso ya tienen a la segunda generación de los paises europeos que un dia emigramos hacia arriba, portugueses, españoles, turcos, italianos y griegos, justo los que en este mundial no pintamos nada, pese a la chulería eufórica del principio. Nos quedan los capitalistas que vinieron del frío, que son los que mandan en el mundial (Brasil a un lado) Pero si observamos sus jugadores nos encontramos con que la mayoría son inmigrantes de segunda generación. Bélgica, un país sin gracia, tiene una selección en la que predominan los africanos, musulmanes o ibéricos (portugueses o españoles), nacidos en Amberes o Flandes, pero, a fin de cuentas, extranjeros; o la hipócrita neutral Suiza, donde repiten el esquema africano-suramericano-musulmán; ¿y qué decir de la chauvinista Francia, donde sus enfants-de-la-patrie son de raza negra o hispano-portuguesa? Los inmigrantes son los que están salvando el fútbol de las patrias. Los hijos de los que un día huyeron de las hambres del sur son ahora los que ganan trofeos para que los europeos puedan presumir del fútbol. Recuerdo haber escrito en otro mundial sobre cosa parecida, con la diferencia de que entonces el problema de los refugiados no era tan alarmante; citaba a un hijo de inmigrantes que dio el triunfo a Francia y que, con el tiempo, ganó incluso copas para el Real Madrid; hablo de un bereber (gentes del desierto que se llaman a sí mismos “amazigh”, hombres libres) hijo de africanos, llamado Zinedin Zidane
A la hora de retomar el debate sobre los refugiados convendría recordar algunas cosas, entre ellas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y otra, que quizás alguno de estos niños que consigue sobrevivir al paso del Mediterráneo, donde mueren miles de ellos, podría ser el portero o el medio punta de nuestra selección de fútbol (o de Francia o Alemania) dentro de dos o tres mundiales de fútbol.
Me coincidió contemplar el hundimiento de la selección española de fútbol en una gasolinera portuguesa. Había varios “espanhois" viendo en la tele la misma tanda de penalties que mandaron a la Roja Nacional (un auténtico ensamble histórico futbolístico) para casa y, en honor a la verdad, no hicieron muchos aspavientos, después de un “boooohhh” de derrota, no se hicieron el harakiri ni hubo llanto al estilo Boabdil. Como es más que evidente que en el equipo de fútbol de España es donde se guardan las esencias de la patria y es el único motivo por el que salen las banderas a ondear, creo que fue buena cosa que nos eliminaran (y me incluyo, pese a mi falta de afinidad con el fútbol y sus circunstancias) en los octavos, porque así podemos dedicarnos a cosas más interesantes que a dar la vara con el triunfo y la gloria. Al día siguiente, en las televisiones hicieron ese ejercicio antiperiodistico que consiste en preguntar su opinión a la gente de la calle, que generalmente no tiene ni idea de lo que está opinando, pero opina, claro, porque tiene el mismo derecho a hacerlo que los opinadores oficiales y expertos, personajes mediáticos que saben de fútbol lo mismo que la gente que va a la compra o a tomar el sol al parque. Las opiniones de la gente de paso coincidían con las de los expertos en fútbol, gentes vociferantes que suelen hacer de un simple partido de fútbol un debate de obviedades. Las culpas fueron del entrenador (que no puso a Aspas o dejó a De Gea), de los jugadores (que cobran un pastón por no hacer nada) del presidente de la federación de fútbol (que cambió de entrenador sobre la marcha) y algunas opiniones más por el estilo. A nadie se le ocurre que se trata de un juego, en el que uno gana y otro pierde, y en ese proceso influyen muchas más cosas, incluida la suerte. Pero no es más que un juego, que se juega con los pies, se discute con las tripas y sólo usa la cabeza para calentarla con rollos patrióticos y defensa de la unidad patria. Año tras año, campeonato tras campeonato, mundial tras mundial, siempre es una historia repetida, contemplada en grupo en los bares, que terminan sucios de huesos de aceitunas, palillos y servilletas, con restos de patatillas y mala leche. No aprendemos nada, ni siquiera el ejemplo de los japoneses, a los que habría que dar una medalla simplemente por ser higiénicos y educados: su equipo dejó los vestuarios limpios como patena, y sus hinchas, sin bombos ni gritos tribales, dejaron las gradas recogidas de envoltorios.
Realmente, el fútbol que, por su popularidad podría ser un perfecto banco de educación para las generaciones venideras, sigue en su vieja historia de aplastar al enemigo y levantar nuestra bandera; y esa actitud engloba desde los ultras mas descerebrados hasta las más altas instancias (menos el rey, que es de palo). Nunca aprendemos ni de las victorias ni de las derrotas. En este preciso momento en el que los movimientos migratorios de pueblos enteros están alterando el equilibrio político del mundo, haciendo que reaparezcan los viejos fascismos patrios, nadie toma nota de la parte social de un juego tan simple como el futbol. Un análisis geosocial del mundial sería mucho más interesante que el mal juego de Cristiano y Messi. Por ejemplo, la composición de cada equipo y su posición en el espacio mundial. Descartando a los suramericanos, que son emisores de pobres hacia el primer mundo, a los africanos, que se esforzaron por ganarse un puesto de honor y ser contratados el año que viene en países ricos, y a los exóticos japoneses o coreanos, quedémonos con la Europa en juego (a Rusia le damos de comer aparte, no es más que un imperio que fue pasando de un zar de las monarquías homologadas a un zar avalado por el Soviet, a un zar respaldado por la Gran Mafia Rusa) tenemos el bloque de los paises del sol, los que recibimos a los huidos del hambre y la guerra de África que quieren ir a los paises fríos de Europa, donde no los quieren ni como mano de obra; para eso ya tienen a la segunda generación de los paises europeos que un dia emigramos hacia arriba, portugueses, españoles, turcos, italianos y griegos, justo los que en este mundial no pintamos nada, pese a la chulería eufórica del principio. Nos quedan los capitalistas que vinieron del frío, que son los que mandan en el mundial (Brasil a un lado) Pero si observamos sus jugadores nos encontramos con que la mayoría son inmigrantes de segunda generación. Bélgica, un país sin gracia, tiene una selección en la que predominan los africanos, musulmanes o ibéricos (portugueses o españoles), nacidos en Amberes o Flandes, pero, a fin de cuentas, extranjeros; o la hipócrita neutral Suiza, donde repiten el esquema africano-suramericano-musulmán; ¿y qué decir de la chauvinista Francia, donde sus enfants-de-la-patrie son de raza negra o hispano-portuguesa? Los inmigrantes son los que están salvando el fútbol de las patrias. Los hijos de los que un día huyeron de las hambres del sur son ahora los que ganan trofeos para que los europeos puedan presumir del fútbol. Recuerdo haber escrito en otro mundial sobre cosa parecida, con la diferencia de que entonces el problema de los refugiados no era tan alarmante; citaba a un hijo de inmigrantes que dio el triunfo a Francia y que, con el tiempo, ganó incluso copas para el Real Madrid; hablo de un bereber (gentes del desierto que se llaman a sí mismos “amazigh”, hombres libres) hijo de africanos, llamado Zinedin Zidane
A la hora de retomar el debate sobre los refugiados convendría recordar algunas cosas, entre ellas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y otra, que quizás alguno de estos niños que consigue sobrevivir al paso del Mediterráneo, donde mueren miles de ellos, podría ser el portero o el medio punta de nuestra selección de fútbol (o de Francia o Alemania) dentro de dos o tres mundiales de fútbol.
domingo, 1 de julio de 2018
Cuando los bancos
J.A.Xesteira
Hago (y propongo) un juego de memoria y ciencia ficción. La memoria: recordé el otro día, al ir a retirar dinero de un cajero, con el que mantengo (mantenemos) un diálogo mudo (elija idioma, ¿que quiere hacer?, ¿crédito o cuenta corriente?…, etc.) la primera vez que utilicé una tarjeta de plástico con la que me autorizaban a sacar el dinero de una máquina; me la dio un amigo de una caja de ahorros que me vendía el producto como una comodidad: podría sacar dinero de noche en medio de una juerga. Para los que estábamos acostumbrados a organizarnos con el dinero que retirábamos en el mostrador, con el DNI y nuestra cara conocida por los empleados, aquello parecía un paso en el vacío de la modernidad. Pensemos, y lo digo para los que se criaron en la era de las tarjetas, que en aquella antigüedad, yo era el Imponente, el que tenía mi dinero en una caja fuerte de un banco solvente y sólido, y las personas que estaban detrás del mostrador, todas conocidas, tenían traje y corbata. El caso fue que por la noche quise estrenar el avance imparable de la civilización, pero no me acordaba de la clave, y al tercer intento, la máquina tragó la tarjeta como si fuera un comecocos. Al día siguiente fui junto a mi amigo de la caja, que ya me recibió con sonrisas de mira-que-eres-desastretengo-tu-tarjeta; cogí la tarjeta, le pedí unas tijeras, la corté en tres cachos y se la devolví. Diálogo: “Eres un retrógrado”; “Ya, pero cuando todo sean tarjetas y cajeros, tu puesto de trabajo se va a ir al carajo”. Eso sucedió hace todo, y supongo que aquel amigo, al que le perdí la pista, hace años que estará prejubilado por un ere bancario.
Ahora vamos a la ciencia ficción, partiendo del presente.
Cuando los bancos no tengan empleados, los clientes seremos los que trabajemos para guardar nuestro dinero, y pagaremos por ello (ya lo hacemos), además de poner nuestros ordenadores y teléfonos a disposición de la entidad bancaria que nos hará un favor en dejarnos ser sus clientes, aunque nosotros pensemos lo contrario; nuestro dinero, nuestras líneas telefónicas, nuestros caros aparatos conectados a la Red y nuestro tiempo estarán a disposición de los bancos, y no nos darán ni las gracias por ello. No habrá horario, cualquier operación la haremos a cualquier hora y desde cualquier punto del planeta.
Cuando los bancos ya no tengan ningún empleado, el dinero no será más que un número en una pantalla. El papel y el metal sólo serán una historia encerrada en los museos, que visitaremos desde nuestra casa, en visita virtual. Probablemente (o seguramente) ya no habrá cajeros para hacer operaciones, porque no habrá dinero; y tampoco habrá tarjeta de crédito (será una rareza de coleccionistas); y las operaciones se efectuarán por un reconocimiento fisiológico, antropológico o una identificación intransferible, no sé, un ojo, la ceja, la oreja…Y a pesar de todo habrá robos de ese dinero metafísico que sólo cuenta en dígitos virtuales en pantalla. Claro, los ladrones no tendrán bancos para asaltar con una media por la cabeza y una recortada, pero seguro que seguirán robando nuestro dinero (quiero decir, robar en el sentido clásico del atracador, no como nos roban con frecuencia bancos y otras corporaciones nacionales e internacionales). A lo mejor, si alguien hace un robo hackeando las cuentas desde un ordenador de Vladivostok, igual tiene la humorada de poner un meme de un tipo con una media por la cara.
En ese tiempo impreciso cuando los bancos ya no tengan empleados (que puede ser mucho tiempo o a lo peor está ahí mismo, a la vuelta de la esquina) tampoco habrá cajeras (ni cajeros) en los super; haremos la compra y pagaremos con el sistema antes descrito. A lo peor es que ni siquiera existirán fisicamente los super, y haremos la compra por internet, y a lo peor ni siquera nos la mandarán a casa, nos dirán a dónde tenenos que ir a recogerla. Confiemos que en ese entonces la fruta, el fairy, el chopper, los yogures y el resto del carrito no sean virtuales.
Cuando los bancos ya no tengan empleados las gasolineras ya no tendrán personal; echaremos el combustible, pagaremos con nuestra pantallita multiusos y continuaremos viaje. Puede que ni siquiera necesitemos pagar y nuestro coche tenga un dispositivo conectado a una cuenta bancaria, en la que que automáticamente se cargue el suministro de biodiesel o lo que se lleve en ese momento. Puede también que ese dispositivo personalizado en nuestro vehículo sea el que pague en las autopistas (en ese tiempo todas las carreteras serán de pago) y además cargue las multas de tráfico que el mismo coche detectará, y ya no habrá guardias civiles en moto ni cobradores en el peaje ni harán falta radares, nuestro coche será guardia, radar y multador al tiempo; por supuesto que el organismo vigilante de la circulación será –siguiendo la tendencia actual– un organismo privado, con sede en las Quimbambas y cuenta en el paraíso fiscal habitual.
En ese hipotético apocalipsis virtual en el que todo funcione sin intervención humana, todos estaremos conectados por un aparato, una evolución del actual móvil (un nombre ya anacrónico) o un derivado (ya hay gente ahora mismo que se implanta un chip bajo la piel con sus datos personales, puede que esa estupidez de ahora sea obligación legal cuando los bancos no tengan empleados). Puede que surjan movimientos antisistema de los sin teléfonos, gente rara y desclasada sin futuro alguno.
Cuando los bancos (a lo mejor en ese instante sólo exista El Banco) lleguen a ese momento, puede que recordemos el día en que nos ofrecieron una tarjeta de plástico, para sacar dinero de un cajero en el que dormían indigentes entre cartones, que después tendría un chip y una clave, y más tarde una simple marca de contacto, y después se hicieron los pagos sin dinero, por paipal y similares. Puede que en ese momento nos hagamos la pregunta: ¿dónde se fueron todos los empleados del mundo y como nos ganaremos la vida?
Hago (y propongo) un juego de memoria y ciencia ficción. La memoria: recordé el otro día, al ir a retirar dinero de un cajero, con el que mantengo (mantenemos) un diálogo mudo (elija idioma, ¿que quiere hacer?, ¿crédito o cuenta corriente?…, etc.) la primera vez que utilicé una tarjeta de plástico con la que me autorizaban a sacar el dinero de una máquina; me la dio un amigo de una caja de ahorros que me vendía el producto como una comodidad: podría sacar dinero de noche en medio de una juerga. Para los que estábamos acostumbrados a organizarnos con el dinero que retirábamos en el mostrador, con el DNI y nuestra cara conocida por los empleados, aquello parecía un paso en el vacío de la modernidad. Pensemos, y lo digo para los que se criaron en la era de las tarjetas, que en aquella antigüedad, yo era el Imponente, el que tenía mi dinero en una caja fuerte de un banco solvente y sólido, y las personas que estaban detrás del mostrador, todas conocidas, tenían traje y corbata. El caso fue que por la noche quise estrenar el avance imparable de la civilización, pero no me acordaba de la clave, y al tercer intento, la máquina tragó la tarjeta como si fuera un comecocos. Al día siguiente fui junto a mi amigo de la caja, que ya me recibió con sonrisas de mira-que-eres-desastretengo-tu-tarjeta; cogí la tarjeta, le pedí unas tijeras, la corté en tres cachos y se la devolví. Diálogo: “Eres un retrógrado”; “Ya, pero cuando todo sean tarjetas y cajeros, tu puesto de trabajo se va a ir al carajo”. Eso sucedió hace todo, y supongo que aquel amigo, al que le perdí la pista, hace años que estará prejubilado por un ere bancario.
Ahora vamos a la ciencia ficción, partiendo del presente.
Cuando los bancos no tengan empleados, los clientes seremos los que trabajemos para guardar nuestro dinero, y pagaremos por ello (ya lo hacemos), además de poner nuestros ordenadores y teléfonos a disposición de la entidad bancaria que nos hará un favor en dejarnos ser sus clientes, aunque nosotros pensemos lo contrario; nuestro dinero, nuestras líneas telefónicas, nuestros caros aparatos conectados a la Red y nuestro tiempo estarán a disposición de los bancos, y no nos darán ni las gracias por ello. No habrá horario, cualquier operación la haremos a cualquier hora y desde cualquier punto del planeta.
Cuando los bancos ya no tengan ningún empleado, el dinero no será más que un número en una pantalla. El papel y el metal sólo serán una historia encerrada en los museos, que visitaremos desde nuestra casa, en visita virtual. Probablemente (o seguramente) ya no habrá cajeros para hacer operaciones, porque no habrá dinero; y tampoco habrá tarjeta de crédito (será una rareza de coleccionistas); y las operaciones se efectuarán por un reconocimiento fisiológico, antropológico o una identificación intransferible, no sé, un ojo, la ceja, la oreja…Y a pesar de todo habrá robos de ese dinero metafísico que sólo cuenta en dígitos virtuales en pantalla. Claro, los ladrones no tendrán bancos para asaltar con una media por la cabeza y una recortada, pero seguro que seguirán robando nuestro dinero (quiero decir, robar en el sentido clásico del atracador, no como nos roban con frecuencia bancos y otras corporaciones nacionales e internacionales). A lo mejor, si alguien hace un robo hackeando las cuentas desde un ordenador de Vladivostok, igual tiene la humorada de poner un meme de un tipo con una media por la cara.
En ese tiempo impreciso cuando los bancos ya no tengan empleados (que puede ser mucho tiempo o a lo peor está ahí mismo, a la vuelta de la esquina) tampoco habrá cajeras (ni cajeros) en los super; haremos la compra y pagaremos con el sistema antes descrito. A lo peor es que ni siquiera existirán fisicamente los super, y haremos la compra por internet, y a lo peor ni siquera nos la mandarán a casa, nos dirán a dónde tenenos que ir a recogerla. Confiemos que en ese entonces la fruta, el fairy, el chopper, los yogures y el resto del carrito no sean virtuales.
Cuando los bancos ya no tengan empleados las gasolineras ya no tendrán personal; echaremos el combustible, pagaremos con nuestra pantallita multiusos y continuaremos viaje. Puede que ni siquiera necesitemos pagar y nuestro coche tenga un dispositivo conectado a una cuenta bancaria, en la que que automáticamente se cargue el suministro de biodiesel o lo que se lleve en ese momento. Puede también que ese dispositivo personalizado en nuestro vehículo sea el que pague en las autopistas (en ese tiempo todas las carreteras serán de pago) y además cargue las multas de tráfico que el mismo coche detectará, y ya no habrá guardias civiles en moto ni cobradores en el peaje ni harán falta radares, nuestro coche será guardia, radar y multador al tiempo; por supuesto que el organismo vigilante de la circulación será –siguiendo la tendencia actual– un organismo privado, con sede en las Quimbambas y cuenta en el paraíso fiscal habitual.
En ese hipotético apocalipsis virtual en el que todo funcione sin intervención humana, todos estaremos conectados por un aparato, una evolución del actual móvil (un nombre ya anacrónico) o un derivado (ya hay gente ahora mismo que se implanta un chip bajo la piel con sus datos personales, puede que esa estupidez de ahora sea obligación legal cuando los bancos no tengan empleados). Puede que surjan movimientos antisistema de los sin teléfonos, gente rara y desclasada sin futuro alguno.
Cuando los bancos (a lo mejor en ese instante sólo exista El Banco) lleguen a ese momento, puede que recordemos el día en que nos ofrecieron una tarjeta de plástico, para sacar dinero de un cajero en el que dormían indigentes entre cartones, que después tendría un chip y una clave, y más tarde una simple marca de contacto, y después se hicieron los pagos sin dinero, por paipal y similares. Puede que en ese momento nos hagamos la pregunta: ¿dónde se fueron todos los empleados del mundo y como nos ganaremos la vida?
viernes, 15 de junio de 2018
Condenados y refugiados
J.A.Xesteira
Sigue cayendo gente que tenía que caer. Le toca el turno a los del caso Noos, con el cuñado del rey a punto de entrar en prisión. No soy de los que se regodean con la entrada en prision de los condenados, soy más de Concepción Arenal (“compadece al delincuente”) que de las gracias “políticas” del Twitter (una aplicación que no manejo). El encarcelamiento de Urdangarín era cosa esperada, restablece el estado de las cosas y condena (más o menos, según opiniones) a los que pasaron la raya legal para hacer negocios. No son los primeros ni serán los últimos. Así como hay un tiempo para cada cosa, decía el Eclesiastés, hubo un tiempo de investigación, un tiempo de juicio y un tiempo para la cárcel. Estamos en el tiempo de cosecha de delincuentes y siega de condenados. Al tiempo que la realeza niega haber conocido al reo y a su familia, por más que pertenezcan a la realeza, los poderes políticamente correctos tratan de desvincular cualquier posible contaminación de la corona con un presidiario. El intento es inútil y falso; Urdangarín cometió un delito por el que se le condena, no por ser campeón de balonmano, sino gracias a que era esposo de una infanta, yerno del rey y cuñado del siguente rey, no nos engañemos. No vale ahora decir que esos que salían en la foto oficial de las horas felices son unos desconocidos de las horas amargas. El hombre que entra en la cárcel (mis respetos para todos los encarcelados, una vez que lo son) es el cuñado del rey, esposo de una infanta de España (también condenada a una multa benevolente como beneficiaria del delito, aunque ella lo ignoraba todo) y yerno del rey emérito. No vale borrar a los condenados del album familiar ni del partido político (los condenados por delitos cometidos al amparo del PP por mucho que se les expulse del partido, fabricaron un delito dentro de la estructura y gracias a la estructura). Los negocios desde el poder democrático siempre levantan sospechas (casi siempre fundadas) y si se unen negocios y monarquía hereditaria, la cosa se pone en evidencia. Los espectadores (los ciudadanos no somos más que espectadores con un voto) vemos en los Medios de que va la cosa, y a poco que sepamos leer entre Medios, nos olemos muchas tostadas que al final nos dicen donde que quema la cosa. Urdangarín no es más que un pringado vanidoso que pensó que su posición le garantizaba unos negocios que nunca le llegarían fuera de su estatus real. A fin de cuentas el chaval tenía referencias en casa; su suegro antes rey y ahora emérito, siempre se manejó en negocios que su intendente real organizaba con los viejos amigos, las amistades peligrosas del mundo árabe. El trato de Juan Carlos con los sátrapas saudíes es antiguo y sus negocios y mediaciones no siempre parecieron legales (no olvidemos la guerra del Golfo y los grandes negocios de esa guerra, creada, visto desde ahora, para beneficio de los organizadores). El juez del caso Noos acaba de decir que Juan Carlos debería haberse sentado como imputado, si no fuera inviolable por ley.
La condena al campeón de balonmano llega pisando noticia de los refugiados (no son migrantes, como volo-voi-dicir, son huídos, escapados del horrror de guerras que monta Occidente, suministradora de armamento a dictadores y depredadores sin distinción de religiones) que Europa rechaza; al menos la Europa más fascistizada, que crece mes a mes (Hungría, Polonia, Austria, República Checa, ahora Italia, y es probable que aumente el censo de la fascistificación (¡toma palabra!) de la Unión Europea. ¿Y qué tienen en común las condenas del caso Noos y los refugiados a los que acogerá una España con el mínimo de decencia requerido? Nada, pero si queremos jugar a buscar conexiones, podemos encontrarlas. Para empezar, el caso Noos comenzó por una cuestión mallorquina-valenciana (que pagaron más de seis millones de euros a Noos), es decir, un caso mediterráneo, como el de los barcos rechazados por Italia; los barcos cargados de personas llegan a Valencia, a la misma Valencia que antes recibía a los barcos de la Ocean Race, más glamurosos y con más millones para repartir.
Al momento de saberse que el Gobierno español y el valenciano (éste, no el de la Ocean Race) acogerían a los refugiados pasaron dos cosas interesantes, muy propias de este país de maniqueos (seguimos peleándonos a garrotazos enterrados en mierda hasta las rodillas, como en el cuadro de Goya). Una, que todo el país se mostró solidario con el acogimiento, y otra, que todo el otro país se mostró indignado por acoger a los refugiados (el partido antes conocido como Gobierno y el partido de recambio de la derecha hablan de efecto llamada y que no hay que improvisar, pero con la boca pequeña). Nos olvidamos de que aquí todos descendemos de emigrantes, exiliados o refugiados, con más o menos antigüedad; nos olvidamos de cuando nosotros fuimos la mano de obra barata que levantó Alemania (el milagro alemán lo hicieron turcos, portugueses y españoles, mientras los teutones se jubilaban en Mallorca). A fin de cuentas, y esta es otra conexión real, Juan Carlos I nació en Roma, vivió en Portugal y llegó a España cuando un dictador le dejó entrar para estudiar y vivir del erario público hasta su jubilación. Un inmigrante, hijo de exiliado, si lo vemos con calma.
El problema, más allá de la euforia caritativa del acogimiento, un derecho que tienen los refugiados, recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que España suscribe e ignora constantemente, es de estructuras e hipocresías. Occidente sostiene situaciones de guerra en países africanos como salida al negocio armamentístico (España vendió el año pasado armas por valor de más de 4.000 millones de euros a países no democráticos como Arabia Saudí, que financia la guerra del Yemen, de donde salen miles de refugiados); la misma Europa firmó en su día un protocolo para acoger a miles de huídos de África, un protocolo que sólo sirvió para hacerse la foto, nada más. Refugiados y condenados solo son noticias que caducan en dos días.
Sigue cayendo gente que tenía que caer. Le toca el turno a los del caso Noos, con el cuñado del rey a punto de entrar en prisión. No soy de los que se regodean con la entrada en prision de los condenados, soy más de Concepción Arenal (“compadece al delincuente”) que de las gracias “políticas” del Twitter (una aplicación que no manejo). El encarcelamiento de Urdangarín era cosa esperada, restablece el estado de las cosas y condena (más o menos, según opiniones) a los que pasaron la raya legal para hacer negocios. No son los primeros ni serán los últimos. Así como hay un tiempo para cada cosa, decía el Eclesiastés, hubo un tiempo de investigación, un tiempo de juicio y un tiempo para la cárcel. Estamos en el tiempo de cosecha de delincuentes y siega de condenados. Al tiempo que la realeza niega haber conocido al reo y a su familia, por más que pertenezcan a la realeza, los poderes políticamente correctos tratan de desvincular cualquier posible contaminación de la corona con un presidiario. El intento es inútil y falso; Urdangarín cometió un delito por el que se le condena, no por ser campeón de balonmano, sino gracias a que era esposo de una infanta, yerno del rey y cuñado del siguente rey, no nos engañemos. No vale ahora decir que esos que salían en la foto oficial de las horas felices son unos desconocidos de las horas amargas. El hombre que entra en la cárcel (mis respetos para todos los encarcelados, una vez que lo son) es el cuñado del rey, esposo de una infanta de España (también condenada a una multa benevolente como beneficiaria del delito, aunque ella lo ignoraba todo) y yerno del rey emérito. No vale borrar a los condenados del album familiar ni del partido político (los condenados por delitos cometidos al amparo del PP por mucho que se les expulse del partido, fabricaron un delito dentro de la estructura y gracias a la estructura). Los negocios desde el poder democrático siempre levantan sospechas (casi siempre fundadas) y si se unen negocios y monarquía hereditaria, la cosa se pone en evidencia. Los espectadores (los ciudadanos no somos más que espectadores con un voto) vemos en los Medios de que va la cosa, y a poco que sepamos leer entre Medios, nos olemos muchas tostadas que al final nos dicen donde que quema la cosa. Urdangarín no es más que un pringado vanidoso que pensó que su posición le garantizaba unos negocios que nunca le llegarían fuera de su estatus real. A fin de cuentas el chaval tenía referencias en casa; su suegro antes rey y ahora emérito, siempre se manejó en negocios que su intendente real organizaba con los viejos amigos, las amistades peligrosas del mundo árabe. El trato de Juan Carlos con los sátrapas saudíes es antiguo y sus negocios y mediaciones no siempre parecieron legales (no olvidemos la guerra del Golfo y los grandes negocios de esa guerra, creada, visto desde ahora, para beneficio de los organizadores). El juez del caso Noos acaba de decir que Juan Carlos debería haberse sentado como imputado, si no fuera inviolable por ley.
La condena al campeón de balonmano llega pisando noticia de los refugiados (no son migrantes, como volo-voi-dicir, son huídos, escapados del horrror de guerras que monta Occidente, suministradora de armamento a dictadores y depredadores sin distinción de religiones) que Europa rechaza; al menos la Europa más fascistizada, que crece mes a mes (Hungría, Polonia, Austria, República Checa, ahora Italia, y es probable que aumente el censo de la fascistificación (¡toma palabra!) de la Unión Europea. ¿Y qué tienen en común las condenas del caso Noos y los refugiados a los que acogerá una España con el mínimo de decencia requerido? Nada, pero si queremos jugar a buscar conexiones, podemos encontrarlas. Para empezar, el caso Noos comenzó por una cuestión mallorquina-valenciana (que pagaron más de seis millones de euros a Noos), es decir, un caso mediterráneo, como el de los barcos rechazados por Italia; los barcos cargados de personas llegan a Valencia, a la misma Valencia que antes recibía a los barcos de la Ocean Race, más glamurosos y con más millones para repartir.
Al momento de saberse que el Gobierno español y el valenciano (éste, no el de la Ocean Race) acogerían a los refugiados pasaron dos cosas interesantes, muy propias de este país de maniqueos (seguimos peleándonos a garrotazos enterrados en mierda hasta las rodillas, como en el cuadro de Goya). Una, que todo el país se mostró solidario con el acogimiento, y otra, que todo el otro país se mostró indignado por acoger a los refugiados (el partido antes conocido como Gobierno y el partido de recambio de la derecha hablan de efecto llamada y que no hay que improvisar, pero con la boca pequeña). Nos olvidamos de que aquí todos descendemos de emigrantes, exiliados o refugiados, con más o menos antigüedad; nos olvidamos de cuando nosotros fuimos la mano de obra barata que levantó Alemania (el milagro alemán lo hicieron turcos, portugueses y españoles, mientras los teutones se jubilaban en Mallorca). A fin de cuentas, y esta es otra conexión real, Juan Carlos I nació en Roma, vivió en Portugal y llegó a España cuando un dictador le dejó entrar para estudiar y vivir del erario público hasta su jubilación. Un inmigrante, hijo de exiliado, si lo vemos con calma.
El problema, más allá de la euforia caritativa del acogimiento, un derecho que tienen los refugiados, recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que España suscribe e ignora constantemente, es de estructuras e hipocresías. Occidente sostiene situaciones de guerra en países africanos como salida al negocio armamentístico (España vendió el año pasado armas por valor de más de 4.000 millones de euros a países no democráticos como Arabia Saudí, que financia la guerra del Yemen, de donde salen miles de refugiados); la misma Europa firmó en su día un protocolo para acoger a miles de huídos de África, un protocolo que sólo sirvió para hacerse la foto, nada más. Refugiados y condenados solo son noticias que caducan en dos días.
viernes, 8 de junio de 2018
Panorama desde el puente
J.A.Xesteira
La perspectiva desde lo alto es la que permite ver el conjunto total, pero ralentiza los movimientos (por eso los dioses están en los cielos o en los montes) El panorama después de la gota fría política es, como no podía ser menos, incierto; una jugada imprevista, una confianza excesiva del Gobierno, un apoyo de fuerzas diversas a los atacantes, para ver que pasa, y un resultado que pilla a contrapié y en tiempo récord a los grandes expertos de Occidente, duchos en adivinar y vaticinar lo que nunca pasó. A partir de ese momento la confusión parece reinar en las grandes opiniones periodísticas, y cada cual atiende a su juego, pero las reglas de ese juego podrían variar y por eso todo se mueve en pura especulación, mientras las grandes voces sentenciadoras ya adivinan lo que va a pasar. La norma general es que, por un lado, una parte de expertos trata de minusvalorar al ganador, adivinándole problemas con sus apoyos y ninguneándole sus méritos, y por otra parte, otro grupo de expertos hace leña del Mariano caído y se apresura a enterrar (precipitadamente, supongo) a un PP con trasvase a Ciudadanos. La experiencia al respecto nos dice que los grandes expertos, que no adivinaron que el Gobierno caería por una moción de censura en la que nadie creía, pueden (y deben ) equivocarse con lo que puede pasar. Mejor esperar a que pase para acertar a toro pasado.
Desde el puente se ve mejor el panorama y eso permite no tirarse a adivinar y cagar la sentencia como tiradores de cartas de televisión (eso si, con habilidad y firma reconocidas en los grandes Medios). El panorama, en general es frío, impropio de estos meses en los que deberíamos estar en la playa, relajando la tensión política, y, sin embargo, estamos con anorak, resguardándonos de la que cae, tanto por la derecha como por la izquierda. El partido antes llamado Gobierno está, a lo que se ve, recomponiéndose en un box de urgencias, como es lógico. Pensemos que tanto el Gobierno como todos los ciudadanos estábamos instalados en una inercia rutinaria, salpicada de circunstancias anormales que se volvieron “normales”. Durante siete años (dos legislaturas) el aparato dominante se fue nutriendo de personas y personajes que controlaron todo, desde la cúpula gubernamental hasta los más recónditos rincones del Poder. Y, de pronto, sin que los mismos protagonistas se dieran cuenta, cambia el Gobierno entero y la pirámide se viene abajo. Ya han comenzado –supongo– las deserciones y las llamadas a la lucha (la parte más ultra del partido y la fundación Franco tocan corneta) mientras se disparan unos a otros (Margallo no se “ajunta” con Soraya; Aznar posa de superhéroe salvador, mientras Rajoy le dice que se vaya a salvar a otra parte, y desde Galicia se ofrece recambio presidencial en buen estado); es lo lógico en las horas malas.
El partido ganador no lo tiene fácil, porque en estos casos se pasa del “¡Oeeé, oeeé oé, oé!” al “¿Qué hay de lo mío?”. El actual presidente de España, el muerto que gozaba de buena salud, mientras construye un Gobierno con sus ministras, ministros y sus nuevos ministerios, tendrá que atender, primero a sus partidarios (de su partido, quiero decir, que entre ellos había muchos que no eran sus partidarios), también tiene que negociar con los votos prestados, y, además, devolver ilusiones para unas elecciones que están cerca. El panorama desde el puente se ve interesante, y mucho más en cuanto desaparezcan las nieblas tempraneras.
Los primeros pasos dados apuntan a cambios importantes. Sin entrar en especulaciones ni adivinaciones expertas, la actitud, aquello que en Zapatero se llamó “el talante”, es novedosa: fuera cristos y biblias. Aunque parezca poca cosa y moleste a muchos, no es un gesto gratuito, hay que saber donde se está y no apuntarse a una izquierda-que-puedan-votar-las-derechas, porque se corre el riesgo de que no te voten ni los tuyos. Hay una teoría amistosa de taberna que afirma que la izquierda comenzó a perder sus votos cuando empezó a ir en las procesiones, detras del cura y y el santo. O se es o no se es, pero no se puede ser indefinido; en política no hay comodines, hay palos, triunfos y malas cartas.
Pedro Sánchez (conocido como presidente Sánchez) presentó su selección nacional, con más mujeres que hombres y con personajes ajenos a la política rancia y rutinaria, muchas caras conocidas de otros sitios, lo cual ni es bueno ni es malo, simplemente es distinto. Sus méritos, sobre el currículo, están demostrados (salvo excepciones) y sus edades medias están de acuerdo con los tiempos. Pero una cosa es cambiar el personal y otra cosa es cambiar la empresa. Los retos están ahí, apuntados por los expertos: reformas educativa y sanitaria (base de toda democracia), reforma laboral que desreforme la reforma vigente; reforma del sistema judicial; reconstrucción del sistema financiero de las pensiones (abrir nuevas vías de financiación desde otros sectores gubernamentales); acometer en serio una política medioambiental; restaurar la Cultura perdida, única actividad que va a persistir cuando todo pase; restaurar los perdidos derechos de libertad de expresión e ideas; darle una patada en el culo a la Ley Mordaza…En fin, cuatro cositas de sentido común y justo que cualquiera tendría que afrontar.
Otra cosa es como lo hagan y como sean capaces de hacerlo. Quizás muchos izquierdistas de la vieja escuela piensen (y no seré yo quien les lleve la contraria) que, una vez que empiezas con cristos y biblias, continúes por ese camino, se reconsidere ese pacto con la Iglesia Católica (la multinacional con más privilegios económicos en este país) se recupere la ocasión perdida con Zapatero y se vuelva a buscar un electorado que perdieron en aquel proceso de “modernización” de aquella izquierda que acabó manipulada por los grandes trust. Quizás recuerden que el partido ahora en el poder fue fundado por un ferrolano pobre, hecho a sí mismo, marxista, laico y obrero anticapitalista. No se les pide tanto, pero si un detalle. Pase lo que pase, lo que si está garantizado es que no nos vamos a aburrir.
La perspectiva desde lo alto es la que permite ver el conjunto total, pero ralentiza los movimientos (por eso los dioses están en los cielos o en los montes) El panorama después de la gota fría política es, como no podía ser menos, incierto; una jugada imprevista, una confianza excesiva del Gobierno, un apoyo de fuerzas diversas a los atacantes, para ver que pasa, y un resultado que pilla a contrapié y en tiempo récord a los grandes expertos de Occidente, duchos en adivinar y vaticinar lo que nunca pasó. A partir de ese momento la confusión parece reinar en las grandes opiniones periodísticas, y cada cual atiende a su juego, pero las reglas de ese juego podrían variar y por eso todo se mueve en pura especulación, mientras las grandes voces sentenciadoras ya adivinan lo que va a pasar. La norma general es que, por un lado, una parte de expertos trata de minusvalorar al ganador, adivinándole problemas con sus apoyos y ninguneándole sus méritos, y por otra parte, otro grupo de expertos hace leña del Mariano caído y se apresura a enterrar (precipitadamente, supongo) a un PP con trasvase a Ciudadanos. La experiencia al respecto nos dice que los grandes expertos, que no adivinaron que el Gobierno caería por una moción de censura en la que nadie creía, pueden (y deben ) equivocarse con lo que puede pasar. Mejor esperar a que pase para acertar a toro pasado.
Desde el puente se ve mejor el panorama y eso permite no tirarse a adivinar y cagar la sentencia como tiradores de cartas de televisión (eso si, con habilidad y firma reconocidas en los grandes Medios). El panorama, en general es frío, impropio de estos meses en los que deberíamos estar en la playa, relajando la tensión política, y, sin embargo, estamos con anorak, resguardándonos de la que cae, tanto por la derecha como por la izquierda. El partido antes llamado Gobierno está, a lo que se ve, recomponiéndose en un box de urgencias, como es lógico. Pensemos que tanto el Gobierno como todos los ciudadanos estábamos instalados en una inercia rutinaria, salpicada de circunstancias anormales que se volvieron “normales”. Durante siete años (dos legislaturas) el aparato dominante se fue nutriendo de personas y personajes que controlaron todo, desde la cúpula gubernamental hasta los más recónditos rincones del Poder. Y, de pronto, sin que los mismos protagonistas se dieran cuenta, cambia el Gobierno entero y la pirámide se viene abajo. Ya han comenzado –supongo– las deserciones y las llamadas a la lucha (la parte más ultra del partido y la fundación Franco tocan corneta) mientras se disparan unos a otros (Margallo no se “ajunta” con Soraya; Aznar posa de superhéroe salvador, mientras Rajoy le dice que se vaya a salvar a otra parte, y desde Galicia se ofrece recambio presidencial en buen estado); es lo lógico en las horas malas.
El partido ganador no lo tiene fácil, porque en estos casos se pasa del “¡Oeeé, oeeé oé, oé!” al “¿Qué hay de lo mío?”. El actual presidente de España, el muerto que gozaba de buena salud, mientras construye un Gobierno con sus ministras, ministros y sus nuevos ministerios, tendrá que atender, primero a sus partidarios (de su partido, quiero decir, que entre ellos había muchos que no eran sus partidarios), también tiene que negociar con los votos prestados, y, además, devolver ilusiones para unas elecciones que están cerca. El panorama desde el puente se ve interesante, y mucho más en cuanto desaparezcan las nieblas tempraneras.
Los primeros pasos dados apuntan a cambios importantes. Sin entrar en especulaciones ni adivinaciones expertas, la actitud, aquello que en Zapatero se llamó “el talante”, es novedosa: fuera cristos y biblias. Aunque parezca poca cosa y moleste a muchos, no es un gesto gratuito, hay que saber donde se está y no apuntarse a una izquierda-que-puedan-votar-las-derechas, porque se corre el riesgo de que no te voten ni los tuyos. Hay una teoría amistosa de taberna que afirma que la izquierda comenzó a perder sus votos cuando empezó a ir en las procesiones, detras del cura y y el santo. O se es o no se es, pero no se puede ser indefinido; en política no hay comodines, hay palos, triunfos y malas cartas.
Pedro Sánchez (conocido como presidente Sánchez) presentó su selección nacional, con más mujeres que hombres y con personajes ajenos a la política rancia y rutinaria, muchas caras conocidas de otros sitios, lo cual ni es bueno ni es malo, simplemente es distinto. Sus méritos, sobre el currículo, están demostrados (salvo excepciones) y sus edades medias están de acuerdo con los tiempos. Pero una cosa es cambiar el personal y otra cosa es cambiar la empresa. Los retos están ahí, apuntados por los expertos: reformas educativa y sanitaria (base de toda democracia), reforma laboral que desreforme la reforma vigente; reforma del sistema judicial; reconstrucción del sistema financiero de las pensiones (abrir nuevas vías de financiación desde otros sectores gubernamentales); acometer en serio una política medioambiental; restaurar la Cultura perdida, única actividad que va a persistir cuando todo pase; restaurar los perdidos derechos de libertad de expresión e ideas; darle una patada en el culo a la Ley Mordaza…En fin, cuatro cositas de sentido común y justo que cualquiera tendría que afrontar.
Otra cosa es como lo hagan y como sean capaces de hacerlo. Quizás muchos izquierdistas de la vieja escuela piensen (y no seré yo quien les lleve la contraria) que, una vez que empiezas con cristos y biblias, continúes por ese camino, se reconsidere ese pacto con la Iglesia Católica (la multinacional con más privilegios económicos en este país) se recupere la ocasión perdida con Zapatero y se vuelva a buscar un electorado que perdieron en aquel proceso de “modernización” de aquella izquierda que acabó manipulada por los grandes trust. Quizás recuerden que el partido ahora en el poder fue fundado por un ferrolano pobre, hecho a sí mismo, marxista, laico y obrero anticapitalista. No se les pide tanto, pero si un detalle. Pase lo que pase, lo que si está garantizado es que no nos vamos a aburrir.
viernes, 1 de junio de 2018
Democracia, política y platos combinados
J.A.Xesteira
Alguien me dice que ha leído por ahí que algún experto en la materia afirmaba (categóricamente, supongo, porque los expertos lo hacen así) que uno de los problemas de la sociedad española es la excesiva politización y que eso se ve en los Medios, especialmente en las televisiones, que están repletas de políticos a todas horas, sobre todo de políticos “de los nuestros”, es decir, de las cadenas afines, destinadas a mostrar sus virtudes y defenderlos de “ellos”, los malos, los que delinquen, corrompen y quieren llevar a la ruína al país (o la patria o la Marca España, o este aglomerado de idiosincarasias). Como el Alguien que me lo contaba creía lo que afirmaba el Experto me puse a indagar por mi cuenta, a ver si los periódicos y las televisiones estaban “polítizados”. Los periódicos debían estar polítizados, pero no se notaba, todos contaban la misma película, pero cada uno a su manera, con una pobreza informativa y gramatical que seguramente se debe a motivos sociolaborales o al cambio climático; se adivinaba según cada diario, que la polítización, que no estaba presente en las páginas, era, en realidad la posesión diabólica propiciada por el político que tiene un ascua en forma de fondos de reptiles para que alguien vaya arrimando sardinas informativas. En la radio no probé, sólo escucho música (es un defecto de formación cultural, una carencia posiblemernte de alguna vitamina). Y en la televisión me di cuenta de una cosa, que el Experto no tiene ni puta idea; los políticos aparecen escasos segundos, con mejor presencia los amigos de cada cadena y con ráfagas fugaces y desafinadas los enemigos; todos parecen grabados con el teléfono de un adolescente y volcados en un yutube informativo. Lo que si aparecen y en cantidad son comidas; gente cocinando, gente comiendo, gente bebiendo, en cualquier programa, en documentales exóticos, en documentales folklóricos de la tierra enxebre, en concursos de cocineros (ahora conocidos como chefs, aunque ninguno sea jefe de nada), en demostraciones culinarias, en consejos sobre lo que comer y lo que no comer. En las televisiones no hay Política, hay Comida. Lo que era política o juego político se transformó en un simple juego de roles, estrategias o de simple parchís, un proceso entretenido para ganar, simplemente. El resto es puro embrollo más acorde con los programas de comida que con el proceso de políticos en democracia, una palabra que ya nadie pronuncia; simplemente se limitan a pedirle al que manda que se marche (una moda inaugurada hace años por un presidente español) o a buscar pandillas políticas con las que echar al titular.
La política era un arte que se cocinada a fuego lento y con ingredientes adecuados, simples y de la tierra; las nuevas modas que lo transforman todo meten nuevos elementos y nuevas formas de cocinar, de la misma manera que se introducen hierbas y hierbajos como novedades para pardillos (kinoa, gengibre, tallos de soja y muchos más ingredientes del sector forraje) en política se exhiben como necesarias un montón de nuevas plantas que aseguran ser saludables, pero que, como siempre, solo son hierbajos. Se tiende ahora a la comida rápida, la fast-food; de repente alguien pide una moción de censura hamburguesa, con todos los ingredientes de apoyo, lechuga, queso, tomate, y salsas independientes; y la presidencia del Congreso, en lugar de dejar reposar el asunto, lanza un “¡Oído, cocina, marchando una completa para el viernes!”. Y ya tenemos un juego en marcha, rápido y con arreglos de urgencia, una comida polìtica que, como toda la comida rápida, nos gusta en el momento, pero a la larga nos va a producir ardor de estómago.
La democracia tiene estas cosas, diría el Experto, pero no. Ahí si que conviene que cada uno defina lo que entiende por Democracia, porque corremos el riesgo de estar hablando de comidas distintas. El hecho de que en los tiempos que vuelan no se hable de democracia ni de política y se esté más por la labor de hacer platos combinados con leyes preparadas al gusto del chef, nunca de los comensales, que somos los que pagamos la cuenta, quiere decir algo. De hecho, la democracia es un concepto que casa mal con los últimos acontecimientos que a lo largo de estas semanas venimos recordando. Por ejemplo, la italiana, una democracia innecesaria, simple como la pasta (agua y harina), que se resume en lo siguiente: ustedes votan, y de lo que salga, los que ganan proponen al presidente de la República (al que nadie eligió) un candidato, alguien que pasaba por allí, pero que no gustó al presidente, así que el presidente propone otro que le gusta más, pero al final acepta al primero pero con variaciones. Para explicarlo en términos gastronómicos, es como si usted va a un restaurante y pide lenguado menier, viene el camarero y le dice que no, que mejor le van a dar un par de huevos con patatas fritas, usted dice que no le apetece y el camarero le dice que entonces le abren una lata de fabada.
Todo da igual, porque todo está ya cocinado y envasado al vacio político. Una vez que a la ciudadanía le interesa más la comida que la política, el Dinero, el Capital, que en el fondo son los que manejan el negocio de restaurantes-gobernantes, tiene la capacidad para imponer las modas sobre lo que hay que comer y lo que se tiene que pagar. Las grandes corporaciones que trabajan por fuera de los marcos políticos, ajenos a cualquier democracia son los que nos van a manejar a través de los que se autoproclaman políticos, al Dinero le basta simplemente con “tener de mano” a los que gobiernan (ya me entienden, el dinero tiene de mano para engrasar la máquina de hacer políticos y recoger los beneficios incontables, resultado de las grandes inversiones públicas para beneficios privados) El dinero del Dinero está cada vez en manos de menos para perjuicio de los más. Después de la sentencia de la Gürtel (y otras que fueron y vendrán) se habla de condenas, de años de cárcel, de como se les reducirán penas, de como, a fin de cuentas y mirándolo bien, no salen tan mal librados. Pero, ¿y el dinero defraudado, robado, blanqueado, desaparecido de las arcas públicas? ¿quién lo devuelve? No lo esperen, todo lo que se come tiene un proceso y un final, sirve para engordar al que lo comió, el resto es puro excremento.
Post scriptum.- Mientras escribo esto contemplo en la televisión un nuevo programa gastronómico en el que mandan de vuelta a la cocina el plato Rajoy, porque los clientes quieren unn plato combinado; no se conoce el nuevo menú, pero se sabe quienes pediremos la cuenta.
Alguien me dice que ha leído por ahí que algún experto en la materia afirmaba (categóricamente, supongo, porque los expertos lo hacen así) que uno de los problemas de la sociedad española es la excesiva politización y que eso se ve en los Medios, especialmente en las televisiones, que están repletas de políticos a todas horas, sobre todo de políticos “de los nuestros”, es decir, de las cadenas afines, destinadas a mostrar sus virtudes y defenderlos de “ellos”, los malos, los que delinquen, corrompen y quieren llevar a la ruína al país (o la patria o la Marca España, o este aglomerado de idiosincarasias). Como el Alguien que me lo contaba creía lo que afirmaba el Experto me puse a indagar por mi cuenta, a ver si los periódicos y las televisiones estaban “polítizados”. Los periódicos debían estar polítizados, pero no se notaba, todos contaban la misma película, pero cada uno a su manera, con una pobreza informativa y gramatical que seguramente se debe a motivos sociolaborales o al cambio climático; se adivinaba según cada diario, que la polítización, que no estaba presente en las páginas, era, en realidad la posesión diabólica propiciada por el político que tiene un ascua en forma de fondos de reptiles para que alguien vaya arrimando sardinas informativas. En la radio no probé, sólo escucho música (es un defecto de formación cultural, una carencia posiblemernte de alguna vitamina). Y en la televisión me di cuenta de una cosa, que el Experto no tiene ni puta idea; los políticos aparecen escasos segundos, con mejor presencia los amigos de cada cadena y con ráfagas fugaces y desafinadas los enemigos; todos parecen grabados con el teléfono de un adolescente y volcados en un yutube informativo. Lo que si aparecen y en cantidad son comidas; gente cocinando, gente comiendo, gente bebiendo, en cualquier programa, en documentales exóticos, en documentales folklóricos de la tierra enxebre, en concursos de cocineros (ahora conocidos como chefs, aunque ninguno sea jefe de nada), en demostraciones culinarias, en consejos sobre lo que comer y lo que no comer. En las televisiones no hay Política, hay Comida. Lo que era política o juego político se transformó en un simple juego de roles, estrategias o de simple parchís, un proceso entretenido para ganar, simplemente. El resto es puro embrollo más acorde con los programas de comida que con el proceso de políticos en democracia, una palabra que ya nadie pronuncia; simplemente se limitan a pedirle al que manda que se marche (una moda inaugurada hace años por un presidente español) o a buscar pandillas políticas con las que echar al titular.
La política era un arte que se cocinada a fuego lento y con ingredientes adecuados, simples y de la tierra; las nuevas modas que lo transforman todo meten nuevos elementos y nuevas formas de cocinar, de la misma manera que se introducen hierbas y hierbajos como novedades para pardillos (kinoa, gengibre, tallos de soja y muchos más ingredientes del sector forraje) en política se exhiben como necesarias un montón de nuevas plantas que aseguran ser saludables, pero que, como siempre, solo son hierbajos. Se tiende ahora a la comida rápida, la fast-food; de repente alguien pide una moción de censura hamburguesa, con todos los ingredientes de apoyo, lechuga, queso, tomate, y salsas independientes; y la presidencia del Congreso, en lugar de dejar reposar el asunto, lanza un “¡Oído, cocina, marchando una completa para el viernes!”. Y ya tenemos un juego en marcha, rápido y con arreglos de urgencia, una comida polìtica que, como toda la comida rápida, nos gusta en el momento, pero a la larga nos va a producir ardor de estómago.
La democracia tiene estas cosas, diría el Experto, pero no. Ahí si que conviene que cada uno defina lo que entiende por Democracia, porque corremos el riesgo de estar hablando de comidas distintas. El hecho de que en los tiempos que vuelan no se hable de democracia ni de política y se esté más por la labor de hacer platos combinados con leyes preparadas al gusto del chef, nunca de los comensales, que somos los que pagamos la cuenta, quiere decir algo. De hecho, la democracia es un concepto que casa mal con los últimos acontecimientos que a lo largo de estas semanas venimos recordando. Por ejemplo, la italiana, una democracia innecesaria, simple como la pasta (agua y harina), que se resume en lo siguiente: ustedes votan, y de lo que salga, los que ganan proponen al presidente de la República (al que nadie eligió) un candidato, alguien que pasaba por allí, pero que no gustó al presidente, así que el presidente propone otro que le gusta más, pero al final acepta al primero pero con variaciones. Para explicarlo en términos gastronómicos, es como si usted va a un restaurante y pide lenguado menier, viene el camarero y le dice que no, que mejor le van a dar un par de huevos con patatas fritas, usted dice que no le apetece y el camarero le dice que entonces le abren una lata de fabada.
Todo da igual, porque todo está ya cocinado y envasado al vacio político. Una vez que a la ciudadanía le interesa más la comida que la política, el Dinero, el Capital, que en el fondo son los que manejan el negocio de restaurantes-gobernantes, tiene la capacidad para imponer las modas sobre lo que hay que comer y lo que se tiene que pagar. Las grandes corporaciones que trabajan por fuera de los marcos políticos, ajenos a cualquier democracia son los que nos van a manejar a través de los que se autoproclaman políticos, al Dinero le basta simplemente con “tener de mano” a los que gobiernan (ya me entienden, el dinero tiene de mano para engrasar la máquina de hacer políticos y recoger los beneficios incontables, resultado de las grandes inversiones públicas para beneficios privados) El dinero del Dinero está cada vez en manos de menos para perjuicio de los más. Después de la sentencia de la Gürtel (y otras que fueron y vendrán) se habla de condenas, de años de cárcel, de como se les reducirán penas, de como, a fin de cuentas y mirándolo bien, no salen tan mal librados. Pero, ¿y el dinero defraudado, robado, blanqueado, desaparecido de las arcas públicas? ¿quién lo devuelve? No lo esperen, todo lo que se come tiene un proceso y un final, sirve para engordar al que lo comió, el resto es puro excremento.
Post scriptum.- Mientras escribo esto contemplo en la televisión un nuevo programa gastronómico en el que mandan de vuelta a la cocina el plato Rajoy, porque los clientes quieren unn plato combinado; no se conoce el nuevo menú, pero se sabe quienes pediremos la cuenta.
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