sábado, 23 de junio de 2012

De políticas y gestiones


Diario de Pontevedra. 23/06/2012 - J.A. Xesteira
Me explicaban hace tiempo la diferencia entre gestionar y hacer política. El experto que me lo explicaba (seguro que era en un bar, que es donde se pueden dar lecciones que todo el mundo puede entender) hacía hincapié en que aquella moda de que “queremos buenos gestores” era una trampa, que los políticos tienen que hacer política y no gestionar. Tenía razón, de aquellas “gestiones” nacen estos “recortes” y acabamos en estas “intervenciones”. Me explicaba mi experto que gestión es cuando un churrero echa cuentas: tanto dinero para comprar tanta harina, tanta sal, tanto aceite, tanto butano, más mano de obra, impuestos e IVA, me sale el churro a tanto. La política es cuando ese churrero piensa: si además salgo por la mañana temprano con una cesta de churros y los vendo de puerta en puerta para el desayuno, el negocio es seguro, y puedo dedicar el resto del día a otras actividades. En ambos casos hay una premisa esencial, seas gestor o político tienes que dominar el arte de hacer churros. Seguramente, llevado el ejemplo rupestre al nivel de la confrontación social actual, la base está en que nuestros churreros no saben hacer un churro, y se dedican a gestionar en abstracto, sin saber de donde a donde va el dinero ni si se gasta más en harina o en butano. Total, la churrería se sostiene con dinero que pagan los clientes por anticipado sin haber visto un churro. De toda esta charla magistral a pie de barra hay cosas que se me escapan. Y eso que nos las explican todos los días en los Medios. Los políticos, se sabe, decidieron hace tiempo que ellos tenían que ser buenos gestores, quizás para hacerle caso a Bill Clinton cuando pronunció aquella fatídica frase de “¡Es la Economía, imbécil!” Se lo creyeron. Pensaron que era la Economía la que dominaba el mundo y se plegaron a esa idea sin analizar las consecuencias. Porque la Política la puede manejar el político, pero la Economía, no, la manejan otras manos, generalmente sucias y muchas veces manchadas de sangre. Cuando se dieron cuenta ya estamos metidos en este fregado: los Mercados (digámoslo así para simplificar) dicen lo que hay que hacer, y los Gobiernos se limitan a seguir las instrucciones de uso. Las ideas no tienen cabida en esta situación. Como si fuera el prospecto de la pomada, los políticos gobernantes se limitan a “extender y frotar sobre la parte afectada; uso tópico”. Y así, por pretender ser buenos gestores, los políticos se dedicaron al gasto y no a las ideas; y así también, hemos llegado a tener uno de los países más paradójicos del mundo. Veamos si me explico: tenemos el hombre más rico de Europa (uno de los más ricos del mundo) que precisamente nos cae por la zona de Arteixo; un país de cuarenta y tantos millones de personas (incluidos bebés y jubilados) con 137.300 ciudadanos con más de un millón de dólares en el peto, es decir, ricos; y también el mayor número de parados de Europa comunitaria (Bosnia Herzegovina nos supera, claro); también tenemos la renta per cápita por debajo de la media europea y la prima de riesgo (nuestro diario cuponazo mercantil) más alta del continente; el mayor número de políticos por metro cuadrado de la Unión (salvo excepciones, todos están gestionando); los salarios españoles son un 20 por ciento inferiores a la media comunitaria y, por si fuera poco, los inmigrantes, que nos habían venido a levantar el ánimo de la Seguridad Social, se están marchando. Entre tanto, los políticos sólo gestionan, y en estas horas infaustas, a nivel churrero están buscando la manera de ahorrar: sustituir el butano por leña de cajas de frutería, y el aceite, de semilla de girasol, la harina, de la peor calidad, y el IVA y las tasas municipales, quedan al “che-debo”. El drama de la gestión acaba de aparecer con la bancarrota de los ayuntamientos. Durante años la gestión municipal fue solo eso: gestión. No conozco ni un sólo concello de Occidente que haya manifestado por boca de su alcalde y correspondiente corporación su intención de ser un municipio orientado a un fin, sea industrial, marítimo-pesquero, agrícola, ganadero o, mucho menos, cultural o de servicio y ocio. En general es un todo revuelto, nadie se planteó que tipo de sociedad querían organizar alrededor del consistorio. Todos, salvo contadas excepciones, fueron gestionando según venían los días, y los gastos; en tiempos de bonanza y créditos, se aplicaban según interesaba; todos hicieron de la gestión municipal una ensaladilla rusa para la cual se rompieron demasiados huevos que ahora tenemos que pagar todos. Gastos en obra pública y fastos y ceremonias que ahora hay que pagar con intereses. Y esta ausencia de política municipal, que no es más que el reflejo en clave local de la gran política estatal, se encuentra ahora en quiebra. Podríamos decirles: “¡No era la Economía, imbéciles!” Los ayuntamientos tienen que ser ahora rescatados para poder pagar los pufos; se debe todo, la banda de música de la fiesta del patrón y los suministros de la imprenta. Y comienzan a apretar el cinturón por donde siempre: se suprimen bibliotecas, se reducen inversiones culturales, se gasta menos en educación y sanidad, y en servicios sociales y seguridad municipal. Una vez más se ignora que lo único que queda del paso de las personas por este mundo traidor es la cultura, las obras públicas ya no son duraderas como un puente romano, caducan antes que el yogur, los grandes planes faraónicos, con placa de “Inaugurado por...”, nacen muertos. Seguramente dentro de un tiempo, puede que meses o puede que años, todo volverá a la normalidad y los problemas de dinero se solucionen. Por el camino nos habremos dejado una generación de jóvenes perdidos en su propia frustración, y asuntos importantes que harían una sociedad mejor, más culta, más limpia, más justa. Y los dirigentes de ese futuro volverán a gestionar en lugar de hacer política. No se dan cuenta de que a los políticos los elige el pueblo; los gestores se contratan a tiempo parcial.

sábado, 16 de junio de 2012

¿Qué hice yo para merecer esto?


16/06/2012 - J.A. Xesteira
esa es la pregunta que debe estar haciéndose en este momento cada uno de los habitantes del espacio España (territorio ocupado de la Unión Capitalista Europea, supranación de difuso presente e incierto futuro). Hacerse la pregunta es gratis, contestarla, no. Cuesta unos 100.000 millones de euros, para redondear, propinas incluidas. Es una cifra que por mucho que cada uno de los españoles nos esforcemos, no cabe en una cabeza normal y honrada. La historieta ya la saben: aparece De Guindos en la televisión el sábado (antes del partido España-Italia, la cosa no es gratuita, así se distrae la presencia agorera) y anuncia que ya somos rescatados, como si hasta ese momento estuviéramos secuestrados y pagaran por nuestra libertad. Y algo así debía ser, porque según el hombre que un día fue nuestro hombre en Lehman Brothers hasta que aquel banco quebró, gracias a expertos asesores como De Guindos, ya podíamos estar tranquilos; Europa nos salvó, como si fueran los hombres de Harrelson en una mala película; cierto es que en la pelea, los “geos” que nos rescatan nos dejan acribillados y moribundos, pero, eso sí, libres para devolver el dinero que ahora nos prestan. De Guindos, que es tipo de malas pulgas y cara de pocos amigos, no admitió preguntas incómodas, y aseguró que no aparecía el presidente del Gobierno a dar explicaciones porque el ministro es del Eurogrupo y el presidente, no. Al día siguiente, ya saben, apareció Rajoy II (lo de segundo es porque todos sus ministros van por delante de él en las explicaciones) y, con semblante optimista, aseguró unas cuantas cosas: no estamos rescatados, sino que se nos abre una línea de crédito para los bancos, por si les hace falta algo de dinero suelto para sus chanchullos; Europa no presionó a Rajoy, sino que fue Rajoy el que presionó a Europa; el Gobierno hace las cosas bien, y por eso Europa confía tanto en nosotros que nos da dinero para gastos varios; la operación fue un triunfo; y una vez explicado todo el proceso triunfante, Rajoy II el Optimista, se va a ver el partido de la selección de fútbol, porque un presidente siempre tiene que estar con el partido de la patria. Claro que todo este espectáculo de poli bueno-poli malo, o poli serio-poli alegre, o de Epi y Blas, no convencieron a ninguno de los españoles que nos hacíamos la pregunta del título. Expertos como somos en largos recorridos por promesas incumplidas, por fraudes justificados, por estafas impunes y otras engañifas por el estilo, sabíamos que la cosa no era así, y que la cara oculta de la luna es distinta y, por encima, es la real. Mi abuelo solía decir en estos casos que «todo son cabronerías». Y así fue. Las voces autorizadas de Europa, los que saben de que va la cosa, la prensa internacional, los políticos comunitarios, los expertos del monstruo de tres cabezas (UE, FMI y BCE) nos confirmaron al día siguiente lo que ya sabíamos: nadie da nada gratis, y a la hora de pagar ya sabemos a quien le toca el escote. Todos los que alguna vez hemos pedido un crédito (incluso esa optimista línea de crédito de la que presume el Presidente Feliz) sabemos que después hay que devolverlo todo con los intereses, tasas y demoras, firmas ante notario y demás pequeñeces con la que nos sangran. Calculen a ojo lo que puede salir el interés de los cien mil millones y háganse a la idea de que lo vamos a pagar todos. Porque, para eso, la crisis es de todos, aunque usted no haya hecho nada para crearla. El rescate es a España, un concepto en el que nos meten a todos, como si todos fuéramos culpables de la situación. Una inmensa mayoría de los ciudadanos se dedicó a ir de mañana a su trabajo, procurar que no le despidieran, buscarse la vida honradamente, trabajando y cotizando a la Seguridad Social, pagar a Hacienda, pagar la hipoteca de un piso que le ofrecieron como ganga, meter sus ahorros en una cuenta de una caja de ahorros en la que confiaba, porque, además, conocía a los empleados y le ofrecían esa confianza personal, y, si algo le sobraba, hacer gasto, consumir para que la economía subiera. Eso es lo que hizo la mayoría de ciudadanos que ahora se encuentran con una situación que no se merecen. La victoria pintada por Rajoy II, su sonrisa y su grito de «¡goool!» en Polonia se desinfla día a día. La Bolsa, que siempre usan como detector de momentos económicos, es un desastre. La banca española pasará a ser controlada por el eje del mal: UE, FMI y BCE. Los planes del Gobierno sobre los recortes y el déficit van a ser controlados por la troika. El Eurogrupo habla claramente de que se trata de un «rescate e intervención» (seguramente porque el Eurogrupo no va al fútbol). Por si fuera poco, los bancos están siendo denunciados uno a uno ante la Justicia Española, a ver si, de una vez se piden cuentas y aparece alguien que sea responsable de algo. Ni siquiera la chulería del presidente de presionar a Europa se sostuvo: Durão Barroso, que es un portugués insumergible que habla inglés, asegura que fue él el que llamó a Rajoy II el Presionador para obligarlo a pedir el rescate. Entre tanto, la situación parece un largo despropósito; la oposición política lo pone negro y pide que se expliquen las cosas; el Gobierno dice que no hay novedad, señora baronesa, y que no se explica nada, que todo está claro y victorioso. Sólo los catalanes de CiU se hacen los suecos. En este vendaval de acontecimientos, se cambia todo para que todo siga igual y ya sabemos que la vida no sigue igual. Las voces más sonoras y responsables no consiguen inyectar esperanzas ni optimismo. El presidente del Gobierno asegura que gracias a su política no acabamos como Grecia o Portugal, y lo dice como si la cosa ya se soluciona con el rescate. En realidad la cosa no hizo más que empezar. Nadie se da cuenta de que ya estamos en otra era, en otro mundo.

sábado, 9 de junio de 2012

Pan o toros


Diario de Pontevedra. 09/06/2012 - J.A. Xesteira
Un municipio de Cáceres acaba de decidir en un referéndum que los 15.000 euros que estaba presupuestado para festejos se gaste en corridas de toros. La alternativa era dedicarlos a crear puestos de trabajo (no muchos, dado el presupuesto, ni por mucho tiempo). Los vecinos de Guijo de Galisteo y las pedanías de Valrío y El Batán decidieron que, mejor, toros que empleo. Probablemente tengan razón por haber tomado la decisión de la fiesta; y probablemente también la tendrían de haber ganado la otra alternativa, que en eso de los referéndum ya se sabe que el pueblo acierta o se equivoca por su propio pie. Tampoco van a ser grandes carteles taurinos los que se paguen con 15.000 euros, y, además, darán empleo a unos cuantos eventuales. El referéndum suena un poco a surrealismo popular, a una especie de “–Betanceiros, qué queredes?”; “–Que suba o pan e baixe a caña”, y que Camilo José Cela, en “Del Miño al Bidasoa”, contaba que el político que hacía la pregunta contestaba: “–Cando chegue a Madrid falarei diso con premura”, “–Pois que viva Premura!”. La alternativa del momento está ahí desde siempre, pan y toros, aunque en esta ocasión hay que elegir. Si los cacereños votantes fuesen suizos o teutones, probablemente darían su voto a la productividad y el capital, pero los de Cáceres, que tienen más afinidades con África que con Europa, prefieren la juerga a la solidez económica, seguramente porque saben que vivimos tres días y dos están nublados. También hay que tener en cuenta el clima, no es lo mismo el verano de Cáceres que el de Fanckfurt, por poner un ejemplo, y seguramente por eso, los alemanes, en cuanto dejan de producir se vienen al Sur, a vivir esos tres días que no pueden disfrutar en sus productivas ciudades. Los cacereños han tomado una decisión, acertada o no, que eso nunca se sabe, que es un común denominador del resto de los españoles: estamos mal, lo dicen las televisiones, los políticos desde la televisiones, las cifras en la pantalla de la televisión y en las páginas de los periódicos, se comenta por todas partes, porque una vez instalada la opinión, nadie se atreve a llevarle la contraria y se acepta el “es lo que hay”, “con la que está cayendo” y “la cosa está jodida por la crisis”. Así, sin más. Pero, llegado el momento, nos vamos de juerga y furancho y disfrutamos de los tres días de vida en un alarde de inconsciencia existencial propia de las culturas educadas en creencias extravagantes, fanatismos disfrazados de ideologías y religiosidades dudosas. ¿Se imaginan que hagan un referéndum andaluz para, ya no digo suprimir si no sólo recortar la fiesta del Rocío (a fin de cuentas, la adoración multitudinaria de una figura del tamaño de una muñeca) por causa de la crisis? ¿O que en la fiesta del Carmen se sustituye la París de Noia por el gaiteiro de la esquina para dedicar el presupuesto a obras públicas? Podrá parecer un despropósito desde un análisis frío y analítico, pero la realidad es fácil de imaginar. En sentido contrario viene el presidente de Mercadona, que acaba de decir que los españoles tenemos que cambiar porque, si no, “nos van a intervenir”. La frase entrecomillada es uno de los nuevos conceptos que se ha instalado entre nosotros sin saber bien de que se trata. Ya nos han “recortado”, nos han “flexibilizado” y “regulado” el empleo, y nos hicieron unas cuantas tropelías más que no sabemos bien en que consisten, pero si sabemos el resultado final. Así que el señor Roig, que preside Mercadona, nos anuncia que nos van a intervenir si no cambiamos nuestro tren de vida y nos dedicamos a “trabajar más todos” (textual el entrecomillado). Como en el referéndum de Cáceres, el señor Roig tiene razón. Vale, tenemos que trabajar todos y producir más, en lugar de andar de juerga en juerga como parece que andamos. El problema es que muchos presidentes de empresas como el señor Roig prefieren un ERE en la mano que cien puestos de trabajo volando; y el problema es que podemos aumentar la productividad, pero no sabemos de qué. ¡Que más quisieran los millones de parados que trabajar más y producir mejor! El señor Roig, del ramo de los ultramarinos a gran escala, echa la culpa a todos, empresarios, políticos, sindicatos..., a todos los españoles. Y ahí si que no. Necesito que me explique si el mecánico, el electricista, el doctor en Químicas, el empleado de banco, el eventual del servicio de limpiezas, la asistenta doméstica, el jubilado, el periodista, el repartidor de pizzas, el abogado, el chapista, el maestro, el fresador-matricero y tantos otros tienen algo que ver en el devenir de la Gran Estafa. Sería necesario que dijera si todos los trabajadores de este país son culpables de “la que está cayendo”. Sería útil, además que explicara (el señor Roig, que parece saber mucho de productividad y hace unos días pidió que trabajásemos como chinos) qué hicimos mal los españoles vulgares para padecer la condena de esta situación. El tendero de la esquina y el fontanero de guardia no inventaron los activos tóxicos ni las preferentes, pero tendrán que pagarlas de su bolsillo. El quiosquero no pertenece a ningún consejo de administración de cajas de ahorros. Así que el señor Roig tiene razón, pero menos. Tenemos que cambiar, pero no todos los españoles, al menos, los españoles que no tenemos posibilidad de alterar las cosas ni de participar en las decisiones reales, aunque se nos venda el burro ciego de que en democracia el pueblo elige a sus representantes. La Gran Estafa se solucionará como todas las crisis, por su propio pie y el paso del tiempo. Sería más fácil si Europa (sea eso lo que sea) decidiera controlar a los auténticos estafadores de la situación, empezando por las agencias de calificación, que manipulan datos a mayor gloria de sus propios intereses. Y a continuación tomar el control de la especulación mundial, suprimir privilegios, controlar el gasto en personas publicas y, después, hablamos. Mientras tanto, y ya que estamos apañados, por lo menos que nos dejen la posibilidad de hundirnos a ritmo de pasodoble torero.

sábado, 2 de junio de 2012

Queremos otra película


Diario de Pontevedra. 02/06/2012 - J.A. Xesteira
Aveces encontramos un cierto paralelismo entre la realidad y el cine. Hace unos días, al volver a ver en la televisión «Las sandalias del pescador», una película que tuvo fama de taquillera en su momento, pero que era en el fondo un panfletillo flojo de buenas intenciones, ni siquiera sospechosa de izquierdismo o progresía de su época, me pareció que encajaba en el momento como hecha de encargo. En la película, el papa ruso Anthony Quinn se dirige en el discurso de investidura a la urbe y al orbe para decir que decide vender todas las joyas de la Iglesia, hacerse pobre y solucionar con ese inmenso caudal los problemas de hambre en el mundo. Bastante simple y elemental, que en la película funcionó en su momento. Pero cae, precisamente cuando las cuentas del Vaticano andan metidas en un caso de espías e intrigas con la banca vaticana de fondo, como limpiadora de caudales inconfesables, y con el episcopado español reacio a pagar al César lo que debiera ser del César, pero que también pasa a las arcas de Dios. El cine, en este caso, va por delante de los buenos deseos que debieran existir en el mundo real. Tengo un paquete de cine para ver o volver a ver, en italiano subtitulado, de la época en que las pantallas las llenaban aquellos Sordi, Gassman, Manfredi, Tognazzi, aquellas Cardinale, Loren, Sandrelli, y a todos los dirigían aquellos Scola, Risi, Germi o De Sica. Echo de menos aquel cine. Entre las del paquete estaba una titulada «Investigación de un ciudadano más allá de toda sospecha», en la que un alto cargo de la Policía comete un asesinato y deja pistas claras por todas partes; pero no lo condenan porque es algo inconcebible para los políticos que el más alto cargo sea un delincuente. El título (que no la trama) me llevó directamente al caso del juez Dívar. El juez supremo de España (presidente del consejo de jueces y del supremo tribunal) organizó, por causa de sus viajes de largo fin de semana a Marbella una pelea de gatos judiciales que ni era deseada ni esperada. Se produce un deterioro de la imagen de la Justicia del mismo nivel del cargo que representan las señorías: supremo. No vamos a entrar en juicios sobre si es legal o no el gasto y los fines de semana de ocio, eso es cosa de los propios jueces. Contemplados desde nuestra altura de simples contribuyentes, produce el pasmo natural al ver como están las altas cumbres del Poder Judicial: borrascosas. Pero lo que más pone los pelos de punta es la frase de disculpa del propio señor Dívar, de que lo gastado «era una miseria». Sin contar lo que se gastó en el desplazamiento inútil y ocioso de siete escoltas, más dietas y gasolinas de los dos coches que lo acompañan, lo gastado «a pelo» por el juez supremo es el equivalente al sueldo anual de, pongamos, un investigador actualmente en paro por causa de los recortes, o el de ese obrero de 50 años que acaba de ser despedido para siempre (las posibilidades de que encuentre trabajo son nulas, y tendrá que sobrevivir hasta donde pueda con la ayuda a parados mayores de difícil inserción). Pero tiene razón, es una miseria, tanto lo que cobra el investigador ilusionado con su doctorado debajo del brazo como el obrero desencantado de su vida a pie de obra. Una miseria que el capo de jueces se gastó en hotel y cenas. Alguien dirá que lo que acabo de decir es demagogia (que, según Ambrose Bierce es lo que dicen los rivales políticos) pero eso es mejor que se lo vayan a decir al investigador o al obrero, a ver que opinan. El cine, siempre el cine, que es nuestra base de datos del último siglo, nuestra educación general básica, tanto sentimental como social. Echo de menos aquel cine que tengo ahora en ese paquete y tanta analogía me trae al presente; aquellas comedias serían de reír ahora si la cosa no fuera tan seria (no tanto como el miedo oficial nos hace creer, pero más de lo que es necesario en este caso). Los políticos no suelen ir mucho al cine, se les nota; si hubieran visto «El día de la bestia» se acordarían de que el edifico donde residía el Mal era precisamente las torres de Bankia; el Maligno se la metió doblada. El cine que es acompañante de cada momento social, está en su peor momento, tanto económico como de ideas; los realizadores debieran ofrecernos un cine rompedor, denunciador, periodístico (que informara, educara y entretuviera). En su lugar encontramos fórmulas para sobrevivir por medio de productos de buen rollo, y los grandes nombres no consiguen superar la semana antes de morir en el formato blu-ray. Ahora sería inconcebible un tipo como Visconti, que era al tiempo comunista, conde, homosexual, escritor, dramaturgo y director de obras maestras sobre la decadencia de la nobleza siciliana. Su cine no podría hacerse ahora, porque no encontraría subvención. Estamos en la etapa del cine del mercado, como la economía mundial, y prevalece lo inmediato, la partida de videojuego, la inmediatez capitalista del beneficio instantáneo: las bolsas ganan y pierden al segundo y las películas lanzan a sus héroes a la misma velocidad que el flujo de capitales. Gracias al cine aprendimos que en el Crack del 29 americano, los banqueros se arrojaban por las ventanas, acosados por las pérdidas; gracias a los medios de comunicación actuales sabemos que los banqueros arrojan a patadas por las ventanas a los pobres que confiaron en sus promesas de beneficios y que ahora pagan por partida doble la estafa mundial: con sus cuentas corrientes y con el dinero público. En mi paquete de cine italiano no incluyo las películas que estarían más acordes con la España de ahora, los espagueti western con títulos tan significativos como «Por un puñado de dólares» o «La muerte tenía un precio». La situación necesita inteligentes directores de cine y de estado con el valor necesario para volver a dar a la sociedad aquel cine comprometido y con valores morales en alza, más allá del miedo que nos ofrecen como alternativa.

sábado, 19 de mayo de 2012

El séquito


Diario de Pontevedra. 19/05/2012 - J.A. Xesteira
Una vez pasó Franco por mi pueblo. Se anunció como un acontecimiento, se prepararon guirnaldas y se animó a toda la ciudadanía a que agitara banderitas y esperara el paso de la caravana generalísima. Al mismo tiempo, todos los sospechosos habituales tuvieron que pasar por el cuartelillo para control y gobernanza. Pasaron unos motoristas y detrás unos coches; como los americanos de Bienvenido Mister Marshall, aquello fue todo. Ni siquiera era una caravana. Franco no necesitaba gran despliegue de acompañantes de seguridad ni séquito; por donde fuera, la seguridad lo acompañaba en forma de guardias civiles taponando cada rincón de su paso, y todo el país era su séquito, no necesitaba llevar criados, todos eran sus criados. El acompañamiento del líder es cosa digna de estudio, porque cada uno se monta sus propias necesidades. Obviamente no es lo mismo el séquito del Papa que el de Berlusconi, las necesidades son distintas, las seguridades por ahí se andan. Con la democracia en España, se multiplicaron las cabezas visibles y, con ellas, las escoltas y guardaespaldas (eran tiempos etarras, en los que solían morir asesinados un militar y el chófer, que generalmente era un soldado que hacía la mili en Móstoles) y, además, se reprodujeron los séquitos en número considerable; porque cada mandamás tenía sus necesidades. Los había que tenían que estar perpetuamente conectados a un teletipo informativo (Internet vino más tarde) y los había que tenían que tener suministro de cosas variadas: pan de centeno, chicas de puticlub o informes económicos variados. Y para esos casos, el séquito era diferente. Los escoltas del pinganillo y los portadores de carteras y papeles eran el enjambre que envolvía al gran hombre; era como el paso de la vuelta ciclista, mucho barullo de caravana para un segundo del paso de la serpiente multicolor. Los grandes hombres de España se acostumbraron a moverse con pompa y ceremonia, y, sobre todo con rimbombancia. No importaba que el traslado fuera por un motivo minúsculo, lo importante era el séquito. Acostumbrado a estas cosas, me ocurría cuando salía al extranjero, que me sorprendía al pasar cerca del castillo de Praga al lado de un chalet en el que vivía el presidente de la república (aquel entonces Vaclav Havel) de forma que podía llamar al timbre y, a lo mejor me abría la puerta él en persona; como me sorprendía una vez en Viana do Castelo al acercarme a un grupo de gente hablando y riendo y ver en medio del grupo nada menos que al presidente Mario Soares. La costumbre general en nuestro democrático país era que como mínimo cualquier alcalde se trasladaba con chófer, secretario y, a lo mejor un par de asesores de cualquier cosa. Por la contra, el Rey, mucho antes de jugar a Jim de la Jungla con los elefantes, solía escapar de su séquito en una potente moto de su escudería personal; más de una vez sus escoltas acabaron la persecución empotrados contra un árbol, mientras el Rey tenía que llamar para que vinieran a remolcarlos: no podían seguirlo. Incluso llegó a haber un anuncio televisivo en el que un personaje muy parecido al rey despistaba a sus escoltas y se encontraba con una rubia sexy en una cabaña solitaria. La ficción copiaba a la realidad. El séquito es básico, es una muestra de poder y, además, un elemento asesor de primera. Nuestros gobernantes suelen viajar con dos tipos de séquito, el de Europa y el resto; para Europa salen del coche llevando la cartera a mano, con sólo la muchacha esa que sabe idiomas y le habla a la oreja lo que dicen los alemanes. Es una muestra de austeridad, lo que se lleva en países de tradición calvinista, austeros y cutres, que no conciben el acompañamiento como una de las bellas artes de la política y del poder. Para el resto del mundo el séquito llena un avión, entre asesores e invitados del más variado pelaje. El César de la Roma imperial incorporaba, además, a un tipo que le susurraba al oído para recordarle que era mortal, para que no se le pasara de rosca la vanidad. A veces el séquito te da más problemas que soluciones; miren si no al chófer que denunció al político andaluz al que acusó de cocainómano, o la cantidad de libros de memorias que escriben muchos guardaespaldas del tipo de «Yo fui escolta de Fulanito/a de Tal», con todos los trapos sucios del escoltado mostrados al público. En estos tiempos, en los que la vida del artista ya no peligra (ETA no mata, por lo visto) ya se podría reducir la parte de seguridad de los personajes, y en lugar de dos pinganillos armados, dejarlo en uno o ninguno; otra cosa es la asesoría, pero se podría solucionar regalándole a cada gran hombre o gran mujer un iPad y que se busque su información. En tiempo de austeridad es algo que sería muy bien visto por la ciudadanía. Aunque esta es una propuesta inútil, porque nuestros gobernantes, que tienen argumentos para todo, nos dirían que no, que gracias a mantener séquitos grandes se crean puestos de trabajo, con la falta que hacen. Se podrían buscar fórmula, por ejemplo, que viajen sólo los que quepan en el coche oficial, o que lo hagan en taxi, que es más barato que la berlina del ayuntamiento y fomenta la pequeña empresa. Cualquier cosa, pero hay que arreglar esto de los séquitos y las escoltas. Porque, a estas alturas, que un personaje como Eduardo Zaplana mantenga escolta oficial pagada por su antigua empresa (Generalitat Valenciá) es, cuando menos chocante. Pero más aún lo es que el presidente del Tribunal Supremo se montaba unos fines de semana de cinco días en Marbella con viaje hotel, dos coches oficiales y un séquito de entre cinco o siete personas. Al margen de quién pague todo eso, al margen de que sea o no delito lo que haya hecho, lo interesante es el séquito. Un símbolo del poder, aunque, en este caso, no del poder judicial, sino del poder divino, que es el que tiene el que vive como dios. No sé si en el lote de acompañantes iba el susurrador del César.

sábado, 12 de mayo de 2012

El tren de los deseos


Diario de Pontevedra. 11/05/2012 - J.A. Xesteira
Un amigo de mi padre se lamentaba de que lo que deseamos siempre funciona al revés. Como en la canción de Paolo Conte, «Azurro», el tren de los deseos va en sentido contrario de la realidad. Decía aquel hombre que «cuando somos niños tenemos un pelo abundante (por aquel entonces enseguida te mandaban al peluquero a pelarte, los Beatles llegaron más tarde) y queremos ser hombres y tener pelo en el pecho, en la barba, en la entrepierna y en los sobacos; más tarde nos hacemos hombre y cuando ya somos todo lo hombres que podemos ser, tenemos pelo en donde queríamos, pero, ¡ay!, en ese momento donde queremos tener pelo es en nuestra cabeza calva y el pelo de los sobacos, la barba, la entrepierna y el pecho nos importa poco». El ser humano funciona así nunca estamos contentos con lo que tenemos y queremos otras cosas. La realidad se encarga de demostrarnos que lo peor que puede pasarnos es que los dioses nos concedan todo lo que pedimos, incluso una primitiva millonaria o llegar a las mas altas cumbres del poder. Una vez allí, las cosas son de otra manera y ya se nos acaba el deseo de llegar, que es lo único que nos mantiene en funcionamiento. Las realidades son una perogrullada, una evidencia que no tiene escapatoria. Los deseos son variados y variables. Y las promesas entran en el mundo de los deseos, y las esperanzas nos mueven hacia ellos. Sólo cuando los deseos se cumplen, cuando las realidades dan fin a los deseos, las promesas y las esperanzas, es cuando caemos de la burra en el más estricto sentido de la frase. La realidad semanal siempre nos lleva a recordar el viaje en el tren de los deseos. Si el socialista francés ganó las elecciones lo hizo prometiendo, dando esperanzas y montando a los votantes en su tren. Lo mismo que había hecho unos años antes Sarkozy, que perdió porque su realidad era distinta de lo que había prometido y que los franceses esperaban. Dentro de unos años pasará lo mismo pero al revés. En toda Europa funcionan así las cosas (creo que ya lo dije el otro día): cuando pintan izquierdas, en España los triunfos son derechas y viceversa (ver anteriores gobiernos y amistades) y, paradójicamente, se entienden mejor entre opuestos (recordad a Felipe González con Kohl, a Aznar con Blair) que con afines (Rajoy, Merkel y Sarkozy). Seguramente la política de Hollande será un alivio para el Gobierno español, y dentro de unos meses puede que la canciller alemana cambie y todo se reequilibre sobre la base de otra realidad esperada. Como la reflexión del amigo de mi padre, nunca estaremos contentos y esperamos que las cosas cambien para bien. Pero las cosas que están pasando se nos atraviesan y nos estropean las esperanzas, incluso muchas de las realidades que habían sido deseos satisfechos. Es un problema de envejecimiento y decrepitud. Tomemos el ejemplo del banco de Rodrigo Rato, un tipo que lleva dos grandes fracasos, como director gerente del Fondo Monetario Internacional, y como director de Bankia hasta esta semana. No hay que hacer mucha memoria para recordar cuando la Caja Madrid pasó a ser Bankia, y se anunció que aquello era un poder económico sano. No llegó a cumplir Rato los dos años en el banco, la realidad lo echa sin que se cumplan los deseos. La realidad es, en este caso, un cúmulo de problemas ocultos por marchas triunfales, un agujero negro que se traga miles de millones como si fueran naves espaciales, unas servidumbres nacidas de la fusión de cajas como si fueran familias de la Cosa Nostra, en especial la parte valenciana de Bankia, con el beneplácito del Banco de España, que una vez más sirve para enmascarar desastres. Y así se coció dentro del partido del Gobierno una guerra interior (es de suponer que para el PP mencionar a Valencia es como ponerle una cruz a Drácula) que acabó, con el criterio más lógico de darle la patada a Rato. Ahora toca ponerle tiritas nacionales, con dinero público, al sistema bancario que está con las tripas de fuera. Tarea difícil. El problema es que cuando la Caja Madrid era joven y tenía una larga melena de ahorradores que sólo querían un plazo fijo modesto y seguro, la cosa funcionaba. Pero creció y empezó a sacar pelo de sobaco para fondos problemáticos, pelo en pecho para inversiones en ladrillos, pelo púbico para agregar la banca valenciana (son cosas que se hacen por decisión testicular) y a todo eso le colocó el pelo de la barbilla de Rodrigo Rato. Y en ese momento comenzó a caer el cabello de la cocorota y, al final, todos calvos (los ahorradores). Es una ley biológica que no tiene vuelta de hoja. Hubiéramos querido otras cosas para nuestra mayoría de edad y nuestro paso de niños a adultos (de niña a mujer es otra historia bien diferente, el mundo financiero es un mundo de hombres, como cantaba James Brown). Pero la realidad es que no hay pelo en el mundo de las necesidades básicas, la sanidad (con un sistema en precario y una investigación en el paro o en la emigración) la educación (con un horizonte indefinido y un presente a punto de privatizar), la cultura (no hay dinero para cine, para conciertos ni para nada –a lo mejor es bueno y los artistas se reconvierten en creadores, una vez que ya no pueden vivir del mecenazgo político–). Pero no echemos la culpa a los políticos; ellos forman parte de nuestros deseos; volcamos sobre sus promesas nuestras esperanzas y pensamos que nos van a solucionar la vida y hacerla más agradable. Si después no lo cumplen es porque se les cae el pelo y les crece en otras partes. Más aún, viendo la cantidad de centros de depilación que brotan por todas partes (a la par que compradores de oro, lo que da credibilidad a esa opinión de que el español está empeñando sus joyas para depilarse) nos quedamos calvos y, por encima, nos depilamos como anguilas. Sólo hay una cosa peor: que por encima le pongamos un peluquín a la realidad depilada.

sábado, 5 de mayo de 2012

Todo pasará


Diario de Pontevedra. 05/05/2012 - J.A. Xesteira
Hay un tipo en Europa que, a pesar de hablar en alemán, se le entiende mejor que a nuestros gobernantes, que hablan en una lengua entre rococó y churrigueresca. Tenemos que entrar en los periódicos como en las viejas películas de Tarzán, cortando a machete tanta maleza. Y entre las noticias de esta semana estaba ese alemán, el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, que dijo cosas tan claras que hasta yo las entendí sin necesidad de leer por la parte de atrás, ni en lectura de espejo, ni entre líneas, ni en el «tixa me-entendes» a que nos tienen acostumbrados nuestros perínclitos salvadores de las esencias patrias. El alemán presidente mostró sus temores de ruptura entre el norte y el sur de Europa, se opone a las recetas neoliberales y dogmáticas de la derecha dominante en la UE y, sobre todo, dijo algo que todos pensamos: «No me fío de las agencias de calificación de riesgo de EEUU». Es decir, dijo cosas que todos decimos, pero con la autoridad que da el ser alemán y presidente del Parlamento Europeo. A diferencia de este tipo, en la selva de las noticias, el resto es un puro grito de monos aulladores y de políticos que hablan como oráculos griegos (en griego, además) para que nadie se entere hasta que tenga el decreto ley encima. El ministro de Economía dice que él habla en términos «hacendísticos», a los obreros los pueden despedir con una «flexibilización de las condiciones para evitar el despido (precisamente)», la sanidad pública pasa a padecer gangrena privada atacada por el «copago progresivo de los medicamentos (para empezar)», y la subida de IRPF e Iva son simplemente un «recargo temporal de solidaridad (como una campaña benéfica de apoyo a damnificados)» y una subida de impuestos indirectos en términos hacendísticos”. De cualquier manera, todo lo que hablan puede ser –y es– utilizado en nuestra contra, todo contribuye a meter miedo (la base del ideario del general Mola en su golpe de estado cuando decía: «Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros»). Nosotros somos ahora eso, el enemigo, los que nos portamos mal, no nos sacrificamos, nos empeñamos en cobrar a fin de mes y, por encima conservar nuestro puesto de trabajo, nos empeñamos en no morirnos, con lo caro que salen los ancianos a la Sanidad, nos empeñamos en ponernos enfermos (algunos incluso crónicos) y comprar medicinas, y queremos estudiar en las maravillosas universidades de grandes edificios, y, por encima, protestamos, y salimos a la calle. Y, además, tenemos miedo. Poco a poco el miedo se va instalando en la sociedad, se nota en toda esa gente que aparece en los telediarios que dice que toda la familia está en el paro, en esos ancianos que ven como su dependencia los va a convertir en un objeto inanimado, en la tropa de jóvenes que ven que su futuro acaba a sus pies y que a lo mejor pueden emigrar como sus abuelos. Incluso en la fiesta de los maios de mi pueblo, los niños cantaban en las coplas de la crisis y de los políticos gobernantes. El lenguaje nos asusta, aunque lo traten de disfrazar. Los que tienen el poder siempre tienen el poder sobre la palabra, como decía Humpty Dumpty en el País de las Maravillas de Alicia, así que las palabras de los gobernantes dicen lo que los gobernantes quieren, pero después, en el mundo real, las palabras se convierten en hechos, y ahí estamos nosotros, asustados ante lo que se nos viene encima. Hay que sacar dinero de donde sea simplemente para que el país sea rico, aunque sus ciudadanos seamos más pobres. Esa es la base del Sistema Capitalista (aunque suene a viejo y usado, son conceptos que se entienden), y lo importante es sacar dinero de cualquier parte, pasar la gorra y abrir el peto de las ánimas. Poco a poco el sistema va traspasando lo que era de dominio público a las manos privadas (se anuncia que la Renfe se va a privatizar, lo cual nos muestra que no aprendieron de la privatización thatcheriana de los ferrocarriles británicos, que tuvieron que volver a recomprar) y las autovías gratis, como todo, van a dejar de ser gratis. Todo llueve sobre mojado. Y el Gobierno lo hace con la mejor de las intenciones, no lo dudo, porque lo contrario sería una perversidad que no veo en el consejo de ministros. Pero la primera obligación del Gobierno es quitar el miedo de la ciudadanía, y en eso no dan pie con bola; cada paso que dan, cada frase, cada eufemismo, asusta más que el anterior: los viernes que anuncia Rajoy meten miedo, como una película de terror («¡Sé lo que hicisteis el último verano y Freddy Krugger os lo hará pagar los viernes») El tiempo tampoco ayuda, y este invierno que nos cae cuando los escaparates ya están llenos de ropa de verano, nos deprime más. Siempre hay que pensar que nunca vivimos tan bien como ahora, aunque estemos pasando por la Crisis como si fuera una plaga bíblica; siempre hay que pensar que nuestros padres y abuelos vivieron tiempos de hambrunas feroces, que eran pobres de verdad, que morían de enfermedades que ahora se curan con un paracetamol, que sólo estudiaba una ínfima parte de los que tenían dinero, y, por encima, no tenían ni móvil ni iPad. Pese a todo, las crisis siempre se han solucionado por una serie de circunstancias en las que influimos todos, a pesar de los gobiernos y del miedo. Saldremos de esta como siempre salimos, y tenemos que reinventarnos nuestra esperanza. Volveremos a la realidad, a la vieja frontera de antes de la opulencia, y dejaremos de ser posmodernos para convertirnos en gente corriente. Europa va a cambiar uno de estos días, porque siempre que en España hay un gobierno de derechas, en Europa ganan las izquierdas, y viceversa (en Italia van por libre, manda cualquier cosa) Y, créanme, el verano llegará uno de estos días y veremos las cosas de otro color. Como siempre.