jueves, 28 de julio de 2011

Una cuestión de higiene mental

Diario de Pontevedra. 27/07/2011 - J. A. Xesteira
El poder que da acceder al instante a las noticias que se despliegan en el papel prensa virtual de mi ordenador es enorme e impensable para todos aquellos que estudiamos el periodismo con lápiz bicolor, para maquetar una página que se elaboraba a fuego lento, cambiando sobre la marcha dentro de la redacción, y que sólo llegaba al público del quiosco, muchas veces ya superada por el tiempo. Ahora, delante del “papel” de mi pantalla, el periódico va cambiando a cada instante, y las noticias se superponen y eliminan a las anteriores. Y todo se sucede a mogollón. Todo parece adquirir una gran importancia, porque lo instantáneo sorprende más que lo que ya fue digerido con calma. Todas las noticias salen en forma de oleada, y ya no se sabe cual es más importante. El pasado fin de semana, sin embargo, la matanza de Noruega empequeñeció a otras muchas noticias, las que, de no mediar las muertes escandinavas, serían importantes. La borrasca económica europea (y mundial) que no acaba de escampar; la vida política española, con sus personajes políticos que reclaman elecciones como una necesidad urgente que sólo sienten ellos –el resto de los mortales hispanos sólo pretendemos llegar a fin de mes sin que nos compliquen mucho la vida–; el hambre del Cuerno de África, que ya es un hambre repetida y siempre ignorada, que no le importa a nadie, por mucho que hipócritamente los líderes mundiales reclamen solidaridad; ni siquiera la pequeña política que bandea en Valencia y en las comunidades autónomas, que están más a la procesión del verano que a la defensa del estado de bienestar que nos prometen siempre; o las breves alegrías deportivas que suben a los podios. ¿Qué decir de esas pequeñas noticias que se meten de relleno para armonizar una página? Me encantan, porque, a veces son más interesantes que las tres páginas de PP contra Zapatero. Por ejemplo, la lucha de los investigadores contra el mosquito tigre de Sant Cugat del Vallés; una especie que, además de picar y dejar ronchas, puede transmitir el dengue o la fiebre amarilla; los científicos han programado una limpieza higiénica en tres fases: eliminar las aguas estancadas en platos, macetas y otros recipientes de jardines y patios para dificultar la puesta de huevos; utilizar insecticidas en estanques y charcas para erradicar las larvas; y, por último, extirpar la vegetación para dificultar la vida de los adultos. Esta noticia tan simple es todo un programa higiénico de múltiples aplicaciones, no sólo contra el mosquito tigre. Pero todas las noticias han quedado barridas por la matanza que, por lo visto, llevó a cabo un sólo noruego, que preparó una bomba compuesta por abonos químicos de libre venta en cualquier parte del mundo y, después, a tiro limpio contra muchachos que disfrutaban del verano y el aire libre. Nada más conocerse la noticia, sucedieron dos cosas que son de reacción instantánea: primero, se dieron a conocer pocos muertos, casi nada; segundo, se aplicó la sospecha instantánea de un atentado islámico. Son dos reacciones automáticas. Después se supo que era un sólo tipo, ultraderechista de ideología fundamentalista cristiana y xenófoba, una mezcla más explosiva que el fertilizante en forma de bomba. En ese punto se produce otra reacción inmediata: se trata de un loco aislado. Es curioso, cuando el asesino es cristiano y ultraderechista, es un chiflado aislado, cuando se trata de un árabe, es el Islam entero el que atenta. Nadie se para a analizar de que polvos vinieron estos lodos. Excepto algunos analistas con sentido común, que firman sus opiniones en la prensa del mundo, la idea general implantada es que se trata de un chiflado, como si fuera un alumno de instituto americano con problemas de adaptación. Pero detrás de todo esto está un caldo espeso de cultivo y animación que hace tiempo que se cuece en toda Europa y que de vez en cuando la derecha que gobierna los principales países utiliza para captar votos (todo se reduce a eso). Merkel, Sarkoszy, Berlusconi, Cameron, echan mano del peligro de la inmigración, aún a sabiendas de que sus países necesitan esa mano de obra; se habla de la locomotora alemana, pero no se dice de quienes la empujan, que no son precisamente alemanes, sino checos, portugueses, españoles, turcos y europeos del este. Los alemanes, que se quejan siempre de los vagos del sur de Europa, sólo esperan la jubilación para venir a hacer el vago en el sur de Europa. La derecha europea juega peligrosamente con el multiculturalismo y la inmigración, y lo señalan como males amenazantes; sus discursos están más dirigidos a la galería de sus votantes y descontentos, a los que les ofrece un enemigo contra el que conjurar sus males, males que, por otra parte, sólo son producto de las chapuzas políticas y de la avaricia económica de los dirigentes. En ese paisaje de extranjeros amenazantes, de inmigrantes que nos quitan el trabajo a los nativos, de los puros de sangre frente a esos de fuera que traen sus costumbres nocivas para nuestras tradiciones y nuestro estilo de vida, de todos los que creen en dioses que no se pueden comparar con el nuestro, con el que sacamos en procesión; en ese ambiente que los dirigentes de Europa se encargan de enrarecer es donde se crían esos especímenes que un día se convierten en salvadores de la Humanidad. El asesino noruego había escrito en su diario que luchaba contra la “colonización islámica de Europa, tolerada por los marxistas”. En una Europa en la que encontrar un marxista ya es un trabajo de investigación, las mentiras repetidas y bombardeadas sobre una masa cada vez más inculta, alimentada de propaganda y de dogmas incuestionables, se producen estos monstruos que no vienen ni siquiera del sueño de la razón. Más atentos al eje del mal que viene de afuera, nos olvidamos de que nuestra sociedad alimenta a los asesinos domésticos. El primer ministro noruego dice que lo que necesitan es más democracia. La democracia es un concepto abstracto, que no se puede medir ni, por tanto, pedir más o menos. O la hay o no la hay. Y en el último caso sólo cabe aplicar a las ideas xenófobas, fundamentalistas, nazis o de extrema derecha el método de extinción del mosquito tigre.

jueves, 21 de julio de 2011

Uniformes y vanidades

Diario de Pontevedra. 20/07/2011 - J.A. Xesteira
Aestas alturas del verano ya deberíamos andar con la barriga al sol, barnizados con la agradable preocupación tropical del dulce hacer nada, con el ánimo dispuesto a disfrutar de los tópicos veraniegos, las sardinas, las terrazas, las gafas de sol, el bronceador, las vacaciones (más restringidas, eso sí, que la economía no está para viajes exóticos), la canción de Georgie Dan (un mito) y todas esas cosas que nos cambian el espíritu. Por supuesto, a estas alturas ya deberíamos tener a los políticos y su mundo, ese que nos martiriza desde los medios de comunicación y que tenemos que soportar durante todo el año, en sus vacaciones, sin dar la vara. Pero, quizás por el nunca bien reconocido cambio climático, atravesamos un verano de mierda, con temperaturas de otoño retorcido y con sus consecuencias: las playas vacías (salvo los que se han impuesto la penitencia sanitaria de caminar porque es bueno) y los centros comerciales, llenos. Los veraneantes, esa especie migratoria proveniente del interior, anda como alma en pena, disfrutando de la comida y lo barata que es aquí (otro tópico veraniego). Esto no es verano ni cosa que se le parezca; los que saben del tiempo apuestan porque el verano vendrá en setiembre. Pero para entonces ya no nos importará, porque la vida y sus ciclos ya se reanudan: las escuelas, el regreso de todas las vacaciones, y, sobre todo, la vida política, que tendría que estar veraneando, igual que los osos se meten en su madriguera durante el invierno, más que nada para no molestar. A estas alturas del año los artículos periodísticos también tendrían que ser ligeros, cerveceros, frescos, en lugar de lo habitual en los periódicos, de crisis y grandes estrategias políticas. Y así estamos, con los políticos trabajando en Europa para que no se hunda el tinglado, y en España en una partida de pimpón, entre elecciones anticipadas o no elecciones anticipadas. Todo va a contrapié, y nada se ajusta al guión. Las minas políticas antipersona estallan por todas partes: un senador canario en un bar de Madrid, unas facturas de más en el territorio de Cospedal, un acto-mitin de cualquier padre de la patria en cualquier parte y, sobre todo, el juicio de la trama Gürtel y los trajes de Francisco Camps, un tema interesante desde el punto de vista psicosociológico. Aunque el asunto de fondo tenga más que ver con la política y la corrupción paralela que se vislumbra más allá de los trajes, en la forma revela dos condiciones de los seres humanos: una, la tendencia a la uniformidad y otra, la vanidad, que traiciona al más pinturero. Camps es vanidoso, se le nota en sus comparecencias y en sus fotos, se gusta y compone su atuendo de manera parecida a los modelos de pasarela. En ello no hay nada reprobable desde el punto de vista social o político, es un presumido, pues bueno, no pasa de ser un defecto menor. Pero quizás por ello admitió el soborno en forma de trajes, elegantes, caros, bien cortados, con solapas Napoli y plastrón de dos botones (esto lo aprendí de los periódicos, mi conocimiento sobre ropa es muy deficiente) y ahora se ve en el banquillo por su pecado de vanidad, junto con otros amigos también vanidosos. Pero en su caso hay otro componente, que es la necesidad de ir uniformado, de ir “vestido de político”. Si ustedes conocieron a algún político antes de salir en los medios que les dan fama (convengamos que cualquier padre de la patria es un concejal venido a más) recordarán que antes vestían más normalito, menos oficial; es cuando se accede a los parlamentos, cuando se llega a salir en las fotos de primera página cuando se transforman y se uniforman, y ese uniforme va por partidos, se organiza en torno a una idea, a un color de corbata, a lo que se lleva en cada momento. Los que hicimos la mili y tuvimos que llevar un uniforme sabemos lo que es ajustarse a las ordenanzas; en mi caso me tocó vestir el uniforme de Infantería de Marina, con el que parecía el Sargento Peppers y su Club de los Corazones Solitarios; tenía que llevar el pelo cortado de una cierta medida y el bigote ajustado al reglamento. Desconozco si la clase política tiene sus asesores de trajes y colores, pero el resultado suena como si los tuviera. Van de uniforme, que es un punto parecido a jefe de planta de grandes almacenes o de ejecutivo de gran empresa. Es lógico, dentro del uniforme te sientes arropado por los tuyos, eres “del cuerpo”, incluso puedes entenderte con los enemigos naturales, fuera del escenario parlamentario o del escenario mediático, porque ellos también visten tu mismo uniforme. Les es más difícil entenderse con, por ejemplo, los del 11-M, los del sector naval, los parados, porque visten distintos uniformes. Viene n a ser como los indios sioux, que van de colorines a su bola, y el Séptimo de Caballería, que van todos de azul y con corneta. A Francisco Camps le extraña que le juzguen por una cosa tan menor como aceptar unos uniformes, y se le nota, se le ve como preocupado más por el hecho de no entender que un político vanidoso tiene que vestir con la elegancia que se le supone y, además, con el respaldo de los votos populares. Porque cree que lo han votado por su aspecto físico (en realidad, aquí sólo se vota por el aspecto y por una cuarta dimensión impredecible). Por sus fotografías y sus intervenciones en televisión, es lo que se saca en conclusión. Es un hombre que entiende la democracia y la sastrería como un todo, como una de las bellas artes. Y eso no está tipificado como delito. Lo otro si, me refiero a lo del soborno (cohecho impropio), y por eso lo van a juzgar. No sé si lo condenarán o no, pero si lo condenan, se dará cuenta de que los votos son variables, como el verano, que ese gran respaldo electoral que esgrime como argumento, no sirve. Votaron a su elegancia, al modelo, y de la misma manera, pueden cambiar el voto. A fin de cuenta hay historia escrita sobre el cambio de chaqueta de un pueblo entero de la noche a la mañana. Una noche, Italia se acostó fascista, y a la mañana siguiente recibió al ejército americano como auténtica demócrata. Es un cambio de chaqueta, que es también una cuestión de sastres.

jueves, 14 de julio de 2011

Tenemos que reinventarnos

Diario de Pontevedra. 13/07/2011 - J. A. Xesteira
El futuro nos ha encontrado a todos con los pantalones a media caña y el culo al aire. De repente, todo lo que valía ya no vale, como podía adivinar cualquiera que no estuviera abducido por la descomunicación político-económico-religiosa-mediática. Lo sabíamos, porque era algo más que evidente, pero parecía como que nadie se enteraba, que todo el mundo disfrutaba de este país de maravillas, lleno de gatos risueños, liebres de marzo y, sobre todo, con muchos dineros fáciles que los sombrereros locos de la política gastaban y se metían al bolsillo ante la impasibilidad de los ciudadanos. De repente, todo se viene abajo, era un castillo de naipes, y la reina de corazones alemana pide que le corten la cabeza a todos, los emigrantes, los italianos, los españoles, los portugueses, los griegos; y los edecanes de la baraja se reúnen en Bruselas, que es la capital del País de las Maravillas, para celebrar una absurda fiesta de no cumpleaños que nunca se acaba y que nunca arregla nada. Mientras, el personal de a pie comprueba en carne propia lo que es la cola del paro, en unas oficinas de empleo que nunca emplean a nadie; ve como la hipoteca feliz que firmó con promesas de un piso maravilloso era una trampa de trileros (¿donde está la bolita?); ve como se esfuman todas las promesas de los políticos en campaña, mientras que los mismos políticos en el cargo se suben los sueldos. Y así hasta todo lo que se les ocurra, hasta la misma demagogia. Ahora, cuando se ven orejas de lobo por todas partes rodeando el corral, todos se echan las manos a la cabeza y todos piden reinventarlo todo. Un ejemplo: la SGAE, ese organismo que consiguió ser odiado por todos los ciudadanos, incluidos aquellos que ni siquiera saben para que sirve. De repente, bastó con que la guardia civil entrara a requisar y detener, para que todos se echaran encima de Teddy Bautista, el “boss” de los autores, precisamente el mismo que hacía unas horas habían elegido por abrumadora cantidad de votos. Y ahora todos claman contra él, piden democracia interna y cuentas claras. Bautista pasó de rockero setentero (lo vi con Los Canarios hace años en una sala de Vigo: su grupo era bueno, él era malo) a jefe de la tribu, y con gran olfato levantó una empresa que ganó dinero a paladas, por el sistema de extorsión legal, amparado por todos los gobiernos, de cobrar por todo lo que fuera música, incluida la marcha nupcial o esa televisión apagada que hay en muchos bares. Multitud de cantantes, autores y compositores de diversos pelajes chuparon de la canoa y pusieron la mano para cobrar del canon digital y otros impuestos gansteriles (legales, pero iguales a la protección de Chicago). Cualquiera que anduviera por el mundo con dos dedos de frente, sabía que eso era un negocio de paniaguados, los mismos que ahora, descubierto un poco del pastel, echan a Bautista y piden que impere la democracia. Quieren reinventar la SGAE, la misma que les amparaba y subsidiaba mientras componían musiquitas desde su piscina. También quieren reinventar la izquierda. Hace años que la gente de izquierdas de este país (si aquí también había gentes de izquierdas, que se dejaron la piel en otros tiempos para que hubiera una democracia –no este sucedáneo de democracia cero-cero con la que entretienen al personal–) fue cediendo pequeñas y grandes conquistas, fue adaptándose a un modelo de izquierda ganadora, encorbatada, trajeada, que por fin tenía la sartén por el mango, pero a costa de dejar por el camino primero el marxismo, después la lucha de clases, después dejó que reinara el capitalismo liberal más depredador del que se tienen noticias, después consintió que la Iglesia Católica disfrutara de todo su estatus económico y fuera subvencionada por todos, incluidos los ateos, y, por encima, los antiguos marxistas desfilaron en las procesiones como un reconocimiento de que todos somos iguales y no hay que tener miedo. Y la democracia que estaba por venir, no llegó nunca, y en su lugar se instaló un paripé político bipartidista. Y ahora que la autodenominada izquierda lo ve crudo, quiere reinventarse, y lo piden los mismos que disfrutaron de las vacaciones ganadoras. Desde hace años, treinta y tantos o más, se repetía la vieja frase: “¡No es esto, no es esto!”, pero como mientras tanto, con la marca registrada de “Izquierda” se ganaba, y el mundo era rico y consumista, no pasaba nada. La realidad nos recuerda los viejos conceptos desnudos: la izquierda es un estado de ánimo, la derecha un estado de cuentas. ¿Y qué decir del periodismo? También hablan de reinventarlo como una necesidad que acaban de descubrir ahora a través del escándalo de los periódicos británicos de Robert Murdoch. Se rasgan las vestiduras cuando hasta ahora le besaban en los labios. Murdoch ya era un hijoputa hace años, pero era el hijoputa amigo de Margaret Thatcher y de Tony Blair, y como las cosas iban bien, pues no pasaba nada. Ahora es un malo y sus periódicos, un nido de indeseables. El escándalo sólo deja al aire una evidencia, transportable al resto del mundo: el periodismo no es eso. Los medios de comunicación constituyen una sociedad clientelar en la que se amalgaman políticos, economistas y empresarios de la comunicación. El periodismo no es imprescindible y los periodistas, menos. Hay que reinventarlo ya dicen. Hay dos mundos, uno, el de fuera, el que ve lo que es obvio sin que nadie se lo explique, y otro, el de dentro, que mira hacia otro lado mientras silba y todo funciona, ganan dinero y disfrutan de la situación. Esos dos mundo suelen encontrarse, opuestos por el vértice, cuando las cosas van mal, entonces descubren que hay que reinventarlo todo, seguramente sólo para esperar que todo vuelva a estar como estaba. No recuerdan que sólo se puede reinventar lo que una vez fue inventado, y ese caso no se ha dado todavía en este país, en el que tenemos que empezar de cero, desde abajo y hacia arriba, podando lo que haga falta y desbrozando los viejos conceptos.

lunes, 11 de julio de 2011

La vida es una vuelta ciclista

Diario de Pontevedra. 06/07/2011 - J. A. Xesteira
La semana pasada comenzó mi deporte favorito, el Tour de Francia, un espectáculo que se puede ver a la hora de los documentales de la Dos, porque, en realidad, es un documental de vida salvaje o de la naturaleza. El ciclismo es adecuado para poderlo ver alternando con quebrantos de siesta, porque si la etapa es aburrida y en línea, como cuando el documental nos ofrece bancos de sardinas o la pereza de los leones del Serengheti, el habitante del sofá que soy yo puede echarse una pequeña siesta, justo hasta que llegue el sprint final, que es cuando la leona le echa la zarpa a la pata del ñu o de la gacela. El ciclismo es deporte largo, impredecible, sujeto a variaciones ajenas a la misma carrera: un viento de costado, un corte por una caída, la escapada en solitario, la pájara pinta, el tipo que se mete delante del escalador en el tramo final... Todo eso lo vemos con la precisión del zoólogo con la cámara en el landrover del parque nacional o la del buceador debajo justo de la manta raya. Me gusta el ciclismo, seguramente porque soy poco aficionado al deporte y no me conmueven colores de fútbol ni me entero muy bien de las vueltas de los pilotos de motos y coches, a los que confundo y los que no le puedo poner rostro. En el ciclismo vemos incluso la gota de sudor del tipo que se rompe los riñones encima de un sillín que le parte el culo. Claro que el ciclismo, sin la televisión, sin la cámara de esos tipos magníficos que van colgados de una moto para hacer esas tomas a tumba abierta en los descensos de los puertos, no sería nada. El ciclismo existe porque existe la televisión. Le sucede lo mismo que a los políticos, con la diferencia de que los ciclistas sudan y se ganan sus minutos de espectáculo por su propio esfuerzo, los políticos, simplemente porque pasaban por allí. Los políticos y los ciclistas no se pueden ver en directo; si usted vio alguna carrera ciclista sabe como es: media hora de espera y tres segundos para ver pasar un muro de colorines; si votó alguna vez, también sabe como es: tres segundos para echar una papeleta y cuatro años para ver pasar la serpiente multicolor. Son cosas que se ven mejor en televisión, porque la tele enfoca el detalle y, además, tiene un mando que puede cambiar de imagen. Hubo un tiempo en el que sabíamos de la existencia de las cosas por lo que se escribía, después lo supimos por lo que se oía, y ahora solamente porque aparece en la pantalla. Las guerras fueron, primero, fotografiadas, y sabíamos del desembarco en Normandía por las fotos de Capa, y después supimos de Vietnam por las revistas a todo color y por las primeras televisiones; después asistimos a unas guerras en directo, pero ya no veíamos nada, sólo luces en la noche que nos decían que eran bombas voladoras. Y ahora ya no hay guerras que filmar, cuando existen todos los medios para hacerlo al instante. Hay guerras que no existen, aunque cada día mueran docenas de personas en África, hay guerras de las que sólo vemos a las fuerzas aliadas felicitadas por ministros o presidentes o metidas en ataúdes, nada más. Nos enseñan de la guerra lo que les parece bueno para la salud social; como si de la vuelta ciclista sólo nos enseñaran el coche de los directores de equipo y el podio con las guapas muchachas con ramos de flores. Hubo un tiempo en que, para ser alguien había que salir en el Larousse, como decía aquel personaje de la novela de Carpentier: “¿Figura usted en el Pequeño Larousse? ¿No?... Pues entonces está jodido”. Pero hoy, para existir, ya no vale con aparecer en un diccionario por orden alfabético, hay que tener presencia virtual, hay que estar en imagen en el mundo virtual, que es el más real que existe ahora. Nunca hemos visto a Contador en persona, ni a Armstrong, ni a Zapatero, ni a Paris Hilton (bueno, seguramente habrá gente que si los han visto y hablado, pero no hay necesidad de ello para saber que existen) pero los hemos visto hablar, sudar, pedalear, reír o ponerse serios, y los hemos visto delante de nuestro sofá. ¿Qué mayor evidencia que esa? Los seres que pueblan las televisiones ya han dado otro paso más allá de la enciclopedia, aparecen ya en las redes sociales, desde donde se dirigen al mundo entero para dejar su mensaje y su imagen. Por el momento (la velocidad de cambio en el mundo digital es enorme) los que antes tenían que estar en el Larousse ahora tienen que estar en ese ciberespacio que se nos abre en la ventana del ordenador. Comenzó por MySpace, que era más un foro para que los grupos de hip-hop, de “indie” o pop más o menos moderno dejasen sus maquetas, filmadas con el móvil y grabadas con un programa elemental de ordenador, era su salto a la fama y, si tenían suerte, alguien podía verles y los fichaba para llevarlos a la fama que siempre tarda en llegar. Después llegó, arrasando con todo, Facebook, que es como una reunión de antiguos alumnos a nivel universal, en donde la privacidad es un tema poco valorado. Y, por encima Twitter, que es donde los intelectuales dejan sus pequeñas paridas pseudo cultas, y donde los políticos dejan sus mensajes para salvar al mundo o al municipio. Ahí mismo acaba de dejar el Papa un mensaje “urbi et orbe”, pero de verdad; lástima que lo que escribió fuera una tontería com o aquel que pinta la puerta del wáter del colegio con una frase producto del aburrimiento. Ya sólo existimos en la imagen virtual, en el sonido surround, en los ordenadores y las tabletas, en la pantalla de los teléfonos, cada vez menos teléfonos y cada vez más artefactos polivalentes. La realidad es lo virtual, e, incluso, la irrealidad de los juegos de ordenador, que sabemos que son muñecos, tienen tal poder real que llegará un momento en que los jugadores no distingan si lo que matan es la imagen de la pantalla o un ciudadano que pasaba por ahí y se convirtió en daño colateral. A fin de cuentas, la vida ya no es más que una carrera ciclista que sale en las pantallas mientras echamos la siesta de verano.

jueves, 30 de junio de 2011

Señal de identidad

Diario de Pontevedra. 30/06/2011 - J.A. Xesteira
Escuchaba el otro día a Giorgio Gaber, un cantante ya fallecido, creador, junto con el premio Nóbel Darío Fo y otros ilustres colegas de lo que llamaron “teatro-canción” (no busquen sus discos, se pillan en youtube o internet sus actuaciones, un prodigio de monólogo provocativo, anarcoide, político y musical de gran altura) Las críticas de Gaber a su sociedad italiana eran demoledoras, poéticas, tiernas y razonables, repartiendo leña tanto a la derecha como a la izquierda; de sus críticas, artísticas y teatrales no se escapaba ni Dios ni el Diablo. Quiero hacer hincapié en su enorme importancia, por ser prácticamente desconocido en España. Gaber era un artista necesario y sus largos parlamentos musicales hacían aflorar sonrisas y ponían un espejo delante de la sociedad. Una de sus canciones escenificadas (se puede ver en youtube) se titulaba “Io non mi sento italiano”, y en ella se dirigía a su Presidente para decirle que no se sentía italiano, no participaba de todas las circunstancias y cualidades que definen a un ciudadano para sentirse (en su caso) italiano o (en otros casos) de cualquier país, entendido como institución patria y oficialmente santificada por las señas de identidad, democráticas o no. Gaber desgrana todas las señales patrióticas, desde el himno nacional hasta los héroes históricos, y afirma que no le hacen conmoverse ni inmutarse; ni el fascismo ni Garibaldi, ni el fútbol ni la democracia. En realidad no se siente identificado con todo eso que cada día aparece en las televisiones y que son el certificado de identidad de un ciudadano, más allá de la simple pertenencia a un censo electoral, a un padrón municipal o una declaración de hacienda, que serían la santísima trinidad que nos controla. Gaber desmenuza todas esas “identidades” y afirma que a él no lo identifican, un poco en la línea anárquica que Brassens, que sería su padre músico-espiritual, afirmaba con aquella “Mala reputación” que lo llevaba a quedarse en la cama y no participar de la fiesta nacional. Giorgio Gaber, un tipo flaco, amigo de todos los grandes cantantes italianos de cualquier signo político, se lamentaba de que, a pesar de no sentirse italiano, no le quedaba más remedio que serlo, “por suerte o por desgracia”. Ese es un pequeño drama de los que sabemos que somos de un sitio pero no nos identificamos con esas señas de identidad que suelen aparecer en las grandes ocasiones, los himnos, las banderas, los colores, los triunfos deportivos, la nostalgia por pasados en los que creíamos haber sido algo que ya no somos. Discutía hace unos días sobre este tema con algunos amigos (y lo discutíamos en el viejo sentido de la palabra discutir, nada que ver con tertulianos políticos ni con verdulerías del corazón) y no llegamos a entendernos del todo. Planteaba esa carencia (o esa virtud, ¿quien sabe?) Yo tampoco me siento español ni gallego ante algunas de las llamadas “señas de identidad” y tradiciones variadas. Sé (sabemos algunos de los que participábamos en el debate) que somos gallegos por nacimiento, por la lengua común, por el tipo de alimentación, por paisaje y por la evidencia de estar aquí y “sabernos” de aquí. Pero eso de “sentirse” es más una necesidad de ponerle nombre a las cosas, de identificar una serie de actitudes y de elevar de rango y categoría “lo nuestro”, aunque muchas veces lo nuestro sea algo de muy dudosa idiosincrasia. Cuando la señales de identidad son rimbombantes, la cosa es solemnemente absurda: bandas de música, banderas, desfiles, caras serias y miradas al frente. Pero cuando la cosa entra en el terreno de la tradición, entonces ya es un desmadre muchas veces rayano en la estupidez. El adjetivo “tradicional” es un saco lleno de peligros, en el que cabe una supuesta música celta que repite unos esquemas de hace un par de siglos a lo mucho, hasta una serie de festejos “de toda la vida”, de no más de cincuenta años de invención. Cada vez que veo uno de esos actos folklórico-religiosos pretendidamente tradicionales, en los que se juntan fanatismos con alegrías mezcladas con alcohol, decididamente, no “me siento” de esa tradición. Desde la llegada de los calores comienzan a florecer las tradicionales idiosincrasias a lo largo de España. Desde el paseo de la Virgen del Rocío (un fanatismo catártico en torno a una figura del tamaño de una muñeca barbie), con su correspondiente mal fario de este año al romperse un varal de plata maciza del trono, hasta los tradicionales encierros de toros detrás de una tropa de mozos, pasando por las mil fiestas en torno a cualquier cosa comestible, todo es “tradicional”, dudosamente tradicional, pero como si fuera “de toda la vida”. La mayor parte de las tradiciones festivas son tradiciones tontas, cuando no peligrosas. La vieja tradición pagana del fuego de San Juan se convirtió en una noche de mil incendios, cada cual más grande. Ya no son hogueras de barrio, más o menos pequeñas, son verdaderos incendios romanos. La utilización de una playa como la de Riazor para llenarla de un rosario de incendios variados es un despropósito medioambiental, a la vez que una estupidez. Pero este año, además hubo muertos, y con ello la tradicional hoguera comienza a ser un despropósito peligroso. Los toros de cualquier pueblo del Padornelo para abajo, que siempre pillan a un par de majaderos más o menos borrachos, se mantienen por “tradicionales”. No así las corridas de toros, que son señal patria para muchos, pero que llevan camino de desaparecer, no tanto por las prohibiciones legales, sino por otras cuestiones; son espectáculos caros que no compensan económicamente. Además, no dejan torear a los niños, porque es un asunto peligroso. Pero si dejan a los niños, que no tienen carnet de conducir, manejar unas motos muy potentes con las que se parten poco a poco las clavículas hasta, de vez en cuando, matarse en la pista. Estos héroes motorizados dejan alto el pabellón español y hasta el rey Juan Carlos los felicita. Creo que debe ser un defecto particular, pero no me siento muy identificado con las proezas de los héroes de mi país ni con todas las tradiciones absurdas. Aunque, por suerte o por desgracia si sé de donde soy.

jueves, 23 de junio de 2011

Haciendo amigos de cara al verano

Diario de Pontevedra. 22/06/2011 - J. A. Xesteira
Siempre espero con espíritu juvenil la llegada del verano, en parte, porque soy más dado al Caribe que al Círculo Polar Ártico, y en parte, porque con la llegada de las vacaciones veraniegas vienen, entre otras grandes cosas, como las sardinas asadas, las romerías y el dulce hacer nada, el descanso de los personajes más pesados de las noticias, los políticos, los economistas y los expertos que analizan la economía y la política como si de verdad supieran de lo que están hablando. Me encanta el verano que comenzó anteayer por eso, porque nos quitan de en medio a una legión de plastas que son como caca de perro: inevitables, molestos y que siempre acabamos por llevar pegados en las suelas. Además, llegados a este punto, la situación universal del peculiar hormiguero humano, tiene tiempo para arreglarse un poco, aunque dado el estado de confusión actual, es cosa harto difícil. Los personajes cambian el uniforme de trabajo por el de veraneo, el aspecto circunspecto de político o de gran ejecutivo de las finanzas, por las bermudas o el atuendo nocturno de la camisita con el jersey anudado, que convierte a todos en veraneantes finos. Es que el atuendo es básico, es la identificación del clan, los colores patrios, la camiseta de la peña. Por ejemplo, está esa foto de Fidel Castro visitando a Hugo Chávez en el lecho del dolor postoperatorio; ambos están en chándal, como jubilados caminando hacia el sintrón y haciendo la ruta de adelgazamiento. Fidel luce una sudadera azul con raya blanca, que ya es su señal identificativa, como en tiempos lo fue el verde oliva del uniforme; Chávez se cubre con una de colorines boliviaranos, como si fuera un atleta venezolano en juegos panamericanos. Están cómodos, son países molestos, no se sabe si porque llevan chándal o porque no van por los caminos capitalistas que manda la escuela de Chicago. Los comandantes del chándal saben que molestan, tanto por sus políticas como por su aspecto, igual que lo hizo Evo Morales cuando se presentó ante el rey de España con aquella chompa típica de Bolivia. Se puede ir de jeque árabe o de sultán al estilo Hollywood (caso afgano) porque lo exótico se acepta, pero ir de jubilado del naval, es un pecado. Por eso los grandes capitalistas, barandas de la política y empresariado variopinto suelen ir vestidos de lo mismo, de jefe de planta, con una escasa variación de corbatas y trajes, clónicos e intercambiables, que no diferencia a un ministro europeo de uno americano (asiáticos y africanos se distinguen del nudo de la corbata para arriba). Aunque hay variaciones distintivas. Don Emilio Botín, al que nunca veremos en chándal, se presenta con la corbata de su banco (roja, sin connotación política alguna) y el añadido de unos tirantes del mismo color. Botín, el único banquero del mundo que luce un apellido que lo identifica, es un tipo que cae bien, que es capaz de aportar optimismo al cotarro económico y decir que la cosa siempre tiene arreglo, que no hay que ser tan pesimista (la cosa, sea lo que sea, siempre se arregla desde que el mundo es mundo, lo malo es que la reparación siempre la pagan los mismos). Pero Botín acaba de tener su hora baja, y tampoco se libra de la sombra de la investigación de sus cuentas en Suiza y la sospecha de evasión de capitales. Nada serio, estas cosas de dinero siempre se arreglan, no hay problema. Todavía no se ha visto que haya ido a la cárcel ningún defraudador, ningún delincuente especulativo. Las bandas de gánsters ya no disparan desde coches en marcha, se limitan a respaldar estafas. Las tres agencias de calificación, que hacen temblar gobiernos simplemente con decir que les parece que no son solventes, están siendo investigadas por algo que salta a la vista de cualquier analfabeto: recomendaban los paquetes de acciones-riesgo de los bancos como si fueran cosas muy solventes, cuando se sabía que eran trucos y trampas de trileros. Las tres grandes agencias están arreglando el problema mediante dinero, porque en su país, EEUU, puedes eludir la ley si llegas a un trato y pagas a las víctimas. Lo malo es que esas organizaciones no tienen personajes y no sabemos de que van vestidos, ni si fuman puros y tienen sombreros de fieltro. Como al final nadie va a ir a la cárcel, pues nos quedamos sin uniformes de preso para ellos. El verano y el final del curso parlamentario ya ofrece a los primeros políticos que se preparan para la playa. Rubalcaba ya se quitó la corbata para anunciar que los licenciados que opten a las oposiciones para profesor de instituto, FP o colegio, tendrán que pasar (si aprueban) un MIR de un año de prácticas (no se dice si van a pagar o trabajarán gratis) y después les harán un examen para ver si se enteraron de lo que es dar clase. Rubalcaba, que ya está en campaña electoral, va haciendo amigos de cara al verano. El personal triunfante del PP, con la sonrisa vencedora en el rostro, también hace amigos en sus territorios “liberados” de la horda sociata que los tenía prisioneros: lo recorta todo, para ahorrar, organismos, defensores del pueblo, urgencias médicas, subvenciones sociales para sectores marginados, excepto para la iglesia católica y sus privilegios. Debe ser porque los curas tienen otro uniforme que todavía impone un respeto, o porque les gustan las procesiones con todos las figuras de santos en fila. No sé. Pero incluso a la católica iglesia le salen sus propios 15-M, en forma de motín de la parroquia de Piñor, en Ourense, todo porque el cura ganó su plaza de concejal en una lista que no era la del presidente de la Diputación, que es la única aceptada por el obispo de la diócesis. El tema es propio de una película de Berlanga o, ya difunto el maestro, de José Luis Cuerda (ver filmografía) que está al lado en su bodega de ribeiro ourensano. No sería de escandalizarse una película de absurdo surrealismo, a fin de cuentas, Ourense es la provincia más afgana de Galicia, que es lo mismo que decir de España.

jueves, 16 de junio de 2011

Cuando el ratón es un arma

Diario de Pontevedra. 16/06/2011 - J. A. Xesteira
La guerra es cara, pero se sostiene si hay negocio al fondo. Importa poco la vida de las personas y los derechos humanos, las libertades, las dignidades y la defensa de la democracia (sea ésta lo que sea). Las guerras se organizan para dar salida a los excedentes de armas, para ocupar zonas que producen petróleo o cosas por el estilo y, posteriormente, administrar un terreno, una población consumidora y un gobierno que va a hacer lo que dice el conquistador de turno. Las guerras son un negocio para el invasor y, en menor medida, para los países amigos que actúan de comparsa necesaria para legitimar una invasión. El que diga lo contrario miente y sabe (sabemos) que miente. Los ejemplos están a la vista, las invasiones desde Vietnam hasta hoy en día, y las guerras que acaban en nada después de que las grandes corporaciones que manejan el dinero del mundo ya se den por satisfechas. Pero ahora mismo han resuelto el problema de los gastos en ejércitos transportados, con la maquinaria bélica adecuada y todo ese montaje enorme que sale por un ojo de la cara del ciudadano común, al que no consulta nadie para decidir si se invade Irak o si se bombardea Libia y no Siria. Ya hay otros sistemas y todos están en la Red. Se está organizando una guerra desde un ordenador como el mío que sale tirado de precio y que es capaz de echar a un tirano que no nos sirve para poner a un tirano que sí nos va a servir dentro de nada. Los ataques ya no son contra objetivos físicos, con aviones bombarderos que siempre matan a los daños colaterales. Los EEUU están preparando una red de internet furtivo para países dictatoriales; la cosa es simple: introducir una red de espionaje en forma de ordenadores y teléfonos móviles, que ya tienen la suficiente sofisticación como para meterlos en un país y, desde ahí, mandar información al exterior y recibir consignas. El plan, que cuenta con el aplauso de Hillary Clinton –la misma secretaria de estado que se cabreó cuando Wikileaks hizo lo mismo, pero con respecto a los EEUU– está ya en marcha, y se aplicará en los países dictatoriales que son sus enemigos, como Siria, Libia o Irán; no lo harán en los países dictatoriales amigos, como Arabia Saudí, Bahrein o Kuwait. Es barato, desestabiliza y, en el caso de que capturen al espía con el teléfono móvil, sólo se ha perdido un aparatito que vale un dólar. La guerra va por otros caminos y funciona con ratones que disparan desde zonas wi-fi. Y en España ya estamos en alerta. La Policía detuvo días atrás a tres miembros de Anonymous, la organización sin órganos que luce la máscara de un cómic clásico y se mete en donde no la llaman, que es donde tienen que meterse. Acusan a los tres detenidos de un delito de “interrupción informática”, una novedad que todavía no han asimilado los jueces, y también les acusan de “intenciones” de publicar datos sensibles e información reservada (adivinar las intenciones ya es anticiparse a un delito: usted parece que tiene intención de robar, así que lo detengo). No se específica la sensibilidad de los datos ni la reserva informativa. Los policías que presentaron a la prensa el brillante servicio dijeron que habían desmantelado la cúpula, una tirada de la moto un tanto vanidosa por parte de los mandos del orden público. En realidad sólo eran plataformas particulares para que la Red se active a través de ellos, como a través de miles de otros aparatos. Sólo hay que leer en Internet en que consiste Anonymous. Pero, lo más peculiar del caso es que varios organismos internacionales se sienten atacados por tipos anónimos que desde sus casas rebotan datos que andan por ahí, que debieran ser públicos, pero que no lo son, porque todos los organismos internacionales, desde la Iglesia Católica hasta el Fondo Monetario, tienen sus vergüenzas que tapar y sus cacas que esconder. La misma OTAN, que nació como oposición al Pacto de Varsovia, se lamenta de que está de capa caída, que los europeos no quieren gastar sus euros en sostener un ejército muy caro, y se queja de ataques en la Red. El Fondo Monetario Internacional, el FMI, también se siente atacado (de hecho lo fue) por cibernautas desalmados que actúan desde la sala de estar o desde un café, territorios de combate habituales. El FMI es un objetivo militar de esta guerra internauta; en realidad es un contraataque, porque el FMI, realmente, es un organismo supranacional que hace la guerra y la financia, por otros medios, pero con idénticos resultados que las tropas convencionales. El sistema del FMI es barato y se activa desde unos ordenadores de sus oficinas; consiste en rescatar a los países en apuros que el propio FMI, con sus maniobras especulativas, puso en esos apuros. Con estas operaciones, no sólo presta dineros para que los países apurados se recuperen sino que de esta manera acaban por controlar el poder político, que no tiene más remedio que hacer lo que dice el FMI. Los organismos de este tipo actúan en realidad como “enmierdadores”: primero provocan la crisis económica, y después dictan las normas para chantajear a los gobiernos y obligarles a aceptar su dinero, modificar su política (a favor de los organismos) y controlar a los países. Todo eso sin disparar un sólo tiro. Entidades de calificación de riesgos financieros cobran de las entidades que tienen que calificar, Lo acaban de denunciar organismos oficiales. Más claro no puede ser: impuesto de mafia. Ya no vale ir vestido de uniforme a defender a la patria, porque, en realidad, desde que la patria cotiza en bolsa, no hay mucho que defender. Pero si va a resultar interesante ver esta guerra de ordenadores que es capaz de bloquear la página de la Policía o de llamar a las armas a una multitud de “tuiteros” enmascarados; lo mismo atacan a la Reserva Federal que a una empresa de videojuegos. Nos esperan tiempos complicados y cada vez echo más en falta mi vieja Hispano Olivetti. El mundo se ha quedado pequeño y complicado.