viernes, 25 de diciembre de 2015

Que se monte el belén

J.A.Xesteira
Según el manual no escrito de los que opinamos en los periódicos, hoy tocaría acometer el análisis tropecientos mil sobre las elecciones pasadas y lo que tienen que hacer los líderes y los partidos a partir de ahora. Pero ya hay demasiada opinión, y, además, toda es ociosa. Como diría el autor de Alicia en el País de las Maravillas (muy adecuado a nuestro tiempo y espacio): “Si así fue, así pudo ser; si así fuera, así podría ser, pero como no es, no es. Eso es lógica”. Y punto. Las cosas serán como sean, una vez que, a la manera de Lorca, ya se acabó el alboroto (electoral) y ahora empieza el tiroteo (de pactos parlamentarios). Y porque además estamos en Navidad, que en otros tiempos los periódicos sólo traían paz y turrón, con aire de coros de venite adoremus, que descargaban las páginas de la metralla habitual y daban un descanso al lector. Las radios se hinchaban a “jingelbels” y las televisiones perdían siempre al pequeño de la familia en la plaza mayor de Madrid (creo que todavía habrá alguna cadena que recoja esos fantasmas de las navidades pasadas a la manera dickensiana) No va a ser así, porque no habrá día en que no se haga una nueva apuesta sobre quien mandará en España y como deben hacerse los pactos para que lo que cambie siga igual a la manera lampedusiana.
Y ya que vamos de citas literarias, Carroll, Lorca, Dickens y Lampedusa, echo mano del Libro para ocuparme de cosas serias, de montar un belén con su musgo y sus pastores. Cada Navidad sucede lo mismo, pero este año parece (o me lo parece) que la cosa sube unos cuantos puntos en la escala de rechazos. Me refiero a la Navidad en sí misma, con toda la trapallada consumista y bobalicona de la nieve, el acebo, los pastorcillos, los peces en el río, los regalos, las cenas, la burra y el buey, los reyes magos y todo eso que tanto detestan los eternos fungones (perdonen el galicismo, pero no encuentro traducción adecuada) que alegan que la fiesta es un rollo cristiano sobre las paganas Saturnales, falso y fomentado para el consumo y un largo etcétera que todos conocemos. Yo estoy a favor de la Navidad y toda su parafernalia tradicional. Aunque sea consumista y aunque sea un rollo cristiano.
Pongámonos en el extremo: supongamos que soy un ateo anticristiano y anticonsumo. Vale, pero ¿qué tiene que ver eso con las fiestas? Estoy a favor de las fiestas, vengan de donde vengan, y en contra de los eternos fungones que protestan contra la Navidad y el Halloween (ahí sacan la vena nacionalista: es una fiesta importada) Son mejores las fiestas que los funerales. Pero, además, lo que se celebra en Navidad, y que a todos, desde pequeños nos encantó, poco tiene que ver con la religión y con el consumo, y mucho con una historia literaria, recogida en cuatro versiones del mismo caso en los Evangelios (segunda parte del Libro) y que tiene todos los ingredientes para engancharnos a todos, niños (sobre todo) y mayores (que somos los cómplices de la infancia) La Navidad es un thriller, una historia de terror, un cuento mágico, una crónica periodística de política internacional, una película de suspense, un programa de gastronomía y un musical, entre otras muchas cosas que se me escapan. A lo largo de los siglos, lo que fue una escueta nota de comienzo en un par de evangelios, se convirtió en una buena historia para contar y disfrutar, más allá de las intenciones religiosas y doctrinales.
La crónica periodística nos habla de que en los territorios ocupados por Roma en Asia Anterior se llevó a cabo un censo de población ordenado por el gobernador de Siria, con lo cual se produjo un movimiento de ciudadanos hacia sus pueblos de origen para apuntarse como ciudadanos romanos y así poder disfrutar de los beneficios de su pasaporte. Los protagonistas de nuestra historia, José y María, fueron a Belén de Judá y allí les nació un niño al que llamaron Enmanuel. Según fuentes dignas de crédito fueron visitados por tres científicos astrónomos de la rama zoroástrica, provinientes de Irán e Irak. Por circunstancias poco claras, pero que tuvieron que ver con el rey Herodes, huyeron hacia Egipto, donde pidieron el estatuto de asilados y se convirtieron en refugiados, un hecho este del exodo de pueblos que se repite desde siempre hasta nuestros días.
El relato literario es más misterioso; el propio Belén que montamos con nuestras figuritas guardadas todo el año en su caja, envueltas en papel de periódico, se llama en muchas ocasiones el Misterio. Porque de eso se trata, de una representación misteriosa de un hecho mínimo de los Evangelios, adornado con el paso del tiempo; el propio origen del belén es el de montar un vídeojuego de barro y musgo. Para empezar, tenemos a una virgen que da a luz sin dejar de ser virgen, algo que sólo puede pasar en los libros de magia y espada; aparece entonces un siniestro rey Herodes que mata bebés, como si fuera de una serie de televisión con juegos de tronos; tres reyes magos traen oro, incienso y mirra, sustancias esotéricas. Y entonces entramos en la parte de ciencia ficción: una estrella señala un lugar, aparecen unos seres de otro mundo que los pastores llaman ángeles y les piden paz, como un mensaje de las estrellas: ultimátum a la Tierra. Los protagonistas del relato huyen a Egipto, un largo viaje del que no se tienen más noticias hasta que vuelven con el niño ya crecido (tema para otra temporada de serie)
Eso es lo que nos enganchaba de niños, ese misterio que se concretaba en los regalos que aparecían por arte de magia traídos por seres misteriosos que no caben en un mundo lógico; todo lo que puede fascinar a un niño está ahí: el miedo, el misterio, la magia, la maravilla. La fiesta de la Navidad es nuestro recordatorio de que la diversión puede estar en lo que desconocemos. El otro belén, el político, no tiene misterio, sólo figuritas de barro.

sábado, 19 de diciembre de 2015

La reflexión de la intuición instintiva

J.A.Xesteira
Le llaman al día de hoy, el descanso previo al día de la votación, la jornada de reflexión, nombre curioso y paradójico, seguramente importado, como las elecciones democráticas, para que haga una parada un pueblo que no se caracteriza precisamente por reflexionar y que, por lo general, actúa por intuición, cuando no por instinto. Poca reflexión puede hacer una ciudadanía que se mueve más porque sí que por habérselo pensado antes y sopesado las ventajas y los inconvenientes. Defecto o virtud, la ciudadanía con derecho a voto elige la papeleta según su real gana, según le dicten sus tripas, sin pensárselo mucho, simplemente obedece a una intuición que le dice quien “es de los suyos”, más allá de lo que pudiera derivarse de esa reflexión que se pide en el día de hoy a los ciudadanos demócratas (todos, según confiesan ofendidos de que se piense lo contrario) y conscientes del valor de su voto (algunos menos). El voto del español en general y del gallego en particular se salta la jornada de hoy, porque nuestra intuición nos dicta el voto, incluso aunque sepamos que nuestros elegidos perderán las elecciones. La intuición a veces se queda en un mero presentimiento, en un pálpito, y otras veces se va hasta lo puramente instintivo, como el voto de un koala o un guepardo. Reflexión, poca, y en este recanto geográfico, añadimos al estilo de votar Marca España el detalle galaico de votar como la vieja moribunda; ya saben, “Se morro na parroquia de arriba enterrádesme na de abaixo, e se morro na de abaixo, enterrádesme na de arriba”, “E iso?”, “Non, solo por joder”. Pues eso, muchos votos no son un apoyo a nuestras ideas, sino una piedra contra las contrarias. Nuestro sentido de la democracia es así, y podríamos saltarnos la jornada de reflexión tranquilamente, porque ya venimos sabidos de antes y no necesitamos darles vueltas a los meollos para saber lo que nos conviene.
Podríamos incluso saltarnos toda la campaña, que se salva unicamente por el espectáculo, el show de los partidos en danza. En teoría, las campañas electorales deberían servir para que cada partido expusiera sus idearios, aportara sus ideas, tratara de ilusionar a los electores haciéndoles pensar en lo que ofrecen (vana ilusión, si no hay reflexión menos habrá análisis de las ofertas) y conocieran de verdad lo que pretende cada grupo en su acceso al poder. Pero toda la campaña queda reducida, y cada vez más, a un campeonato de octavos de final, con los equipos saliendo a por todas. En lugar de ideas, ofertas, ilusiones, programas, lo que han ofrecido y ofrecen, en los periódicos, en la radio, en la tele y en las redes sociales, son cifras, números estadísticos, números económicos y números de parados con voto sin reflexión. Demasiado número en esta campaña. Ignoran que las grandes frases son las que quedan, y no las cifras estadísticas. Probablemente se deba a que el nivel político es bajo, con un presidente gastado por el tiempo y una generación nueva que estrena nuevas maneras, más agresivas (“Oh, baby, bay it’s a wild world!”), aprendidas seguramente en las universidades de ahora, más atentas a formar ejecutivos con cifras de beneficios que a madurar humanistas con promesas de felicidad y dignidad social. Toda la campaña que acaba en la reflexión de hoy quedó condensada en los debates televisivos y televisados. Un terrible embrollo, en el que se mezclaban en el zapping un cara a cara (nivel sálvame-de-luxe) con tu-cara-me-suena, el-club-de-la-comedia o cuéntame-lo-que-pasó, todo a la misma hora, en un todo revuelto de auténtico surrealismo español, irreflexivo  e instantáneo.
Si reflexionamos un poco, para festejar la jornada, aunque sea haciendo un pequeño esfuerzo, tenemos que reconocer que hay varias cosas que convendría remediar para siguientes eventos electorales, pero que no se van a areglar. La primera es el desconocimiento casi absoluto de los candidatos a los que daremos nuestro voto. Una vez recogida de mi buzón la propaganda con las papeletas, tengo que admitir que no conozco prácticamente a nadie de los que aparecen en las listas, lo cual convierte las elecciones en una cata a ciegas, con los resultados que habitualmente se dan en esos casos. Podríamos decir como justificación que las siglas de los partidos avalan a cada lista; pero, los partidos ya no son lo que eran, sus fronteras quedaron desdibujadas, las promesas electorales se duplican en las fuerzas que se supoen que son antagónicas, los viejos clichés de derecha e izquierda, como las etiquetas de comunismo, marxismo, democracia cristiana y el adecuado etcétera, ya no aparecen por ninguna parte. Ante eso, nuestra reflexión es inútil, y, al final votaremos con las tripas de la intuición. Si a eso le añadimos que aceptamos la democracia como la mejor forma de gobierno de todas las probadas, pero que, en el fondo sólo la aceptamos como un mal menor, y que, además, la técnica electoral basada en la ley D’Hont (un belga muy reflexivo) es un galimatías matemático que ni siquiera nos molestaremos nunca en tratar de entenderlo, deberemos concluir que tenemos razones suficientes para no reflexionar y aprovehcar el sábado para ir a la feria de Portugal, pasear si hace sol o tomarnos unas cañas. La reflexión es propia de personajes shakesperianos, nórdicos y metidos para adentro, la intuición es propia de personajes cervantinos, meridionales, que salen a la calle para no quedarse sólos con sus pensamientos.
Sea como sea, mañana iremos a votar o nos abstendremos, así, sin pararnos mucho a pensar, como cuando le decimos al quiosquero que nos haga una primitiva de máquina, porque estamos en manos del destino, por mucho que reflexionemos. Salga lo que salga, la vida continúa (no sigue igual, contra lo que diga Julio Iglesias) y después de las celebraciones victoriosas y las caras largas de las derrotas, al día siguiente empieza el invierno, al siguiente se juega la lotería de Navidad, después cenaremos la nochebuena y comeremos la navidad; y a lo mejor cantaremos el villancico más siniestro y reflexivo: nosotros nos iremos y no volveremos más. ¡Alegríaaaa!

sábado, 12 de diciembre de 2015

Virtuales pero no virtuosos

J.A.Xesteira
Un atardecer frente a un paseo martítimo de la costa portuguesa. La estampa es de película: olas de mar abierto, el sol que se pone (y de momento es gratis, pero ya se verá más adelante si no hay un recargo por puestas de sol), el frío de la tarde de invierno, y una pareja, un chico y una chica, de veintipocos años, que se besa a contraluz del poniente. Hasta ahí, todo de postal. El frío de la tarde aconseja a los muchachos acogerse al socaire del coche, aparcado de proa al mar (y precisamente a mi lado, que los veo resguardado en mi coche). Se meten dentro, se sientan, cosa vista mil veces…, y saca cada uno su utensilio telefónico-en-red y se ponen a manipularlo para conectarse con el mundo exterior, cada uno por su lado. Probablemente estén mandado a un amigo/a la autofoto de ellos dos en la puesta de sol. En ese preciso instante acaban de machacar varios viejos mitos amorosos, con besos, puestas de sol y abrazos en el interior del coche. Todo se reduce a manipular una pequeña pantalla, para lo cual, la Naturaleza nos dotó de un dedo que, dicen los antropólogos, es el que diferencia a los monos y los humanos del resto de las especies, el dedo pulgar; los antropólogos se equivocan, ese dedo estaba destinado a enviar whatsapps a la Humanidad entera, que estaba ansiosa por conocer el beso de la puesta de sol, convertido en un mensaje al mundo, o, lo que es lo mismo, la transformación de un íntimo pequeño detalle de dos novios en una noticia de alcance universal.
Algo se me debe estar escapando, porque no alcanzo a entender la velocidad acelerada en progresión geométrica en que se mueve el mundo que existe (a veces exclusivamente) dentro de la mal llamada realidad virtual (dos términos que se excluyen). Podríamos entender la excesiva adicción de la sociedad, especialmente la parte de la sociedad más joven, a los utensilios que ya no sabemos como definir, si teléfonos móviles, si tabletas, si pantallas.., pero que son, en realidad los espejos por los que nos asomamos a una vida que transcurre más dentro de esa pantalla que fuera. Uno ya no es nadie si no está incluido en la gran marea social de las redes que se tejen y cubren la tierra, para contarnos cosas, para vernos las caras, para que nuestras imágenes queden perdidas en un mundo etéreo, de donde bajarán en cualquier momento o se mezclarán con los millones de rostros perdidos en ese mismo universo.
No soy adivino ni me atrevo a pronosticar por donde va a caminar esta historia de la existencia dentro de una red cada vez más espesa. Ya hay teóricos que anuncian que la realidad de Orwel y su ojo-que-todo-lo-ve, ha llegado. Otros teóricos afirman que el propio sistema orwelliano se destruirá por acumulación: una vez que todo esté en el mundo virtual y ese mundo esté lleno de todos los datos del mundo y todos, organismos interesados, hackers, espías y contraespías, centrales de inteligencia de cada país y el propio mercado esté sobresaturado, el sistema se romperá por sí solo y se producirá un apagón digital que nos devolverá a un tiempo impreciso, sin  comunicación, con un enorme vacío en el que nos precipitaremos, después de haber perdido toda la información y la parálisis de todos los medios de comunicación nos deje en una nueva Edad de Piedra, o de Hierro, o de Plástico. En un caos no programado.
El futuro será lo que sea, pero el presente es un gran espectador atento a una pantalla en la que sucede todo lo bueno y lo malo, al instante y sin censuras conocidas. Tomemos el ejemplo del último famoso atentado, el de París, en todas su secuencias. La cámara del bar donde dispararon los yihadistas filmó todos los momentos, los disparos, el pánico y las personas huyendo, escondiéndose detrás del mostrador; lo pudimos ver unos días despues en todas las televisiones. Un vídeo casero, de teléfono en mano, filmó el momento en el que una muchacha yihadista se suicida con una bomba; vimos su cuerpo salir despedido por la explosión hacia la calle. Otra cámara orwelliana filmó al principal sospechoso de los atentados media hora antes entrando en una estación de metro. Unos días después, el Daesh envió a la Red un vídeo en el que amenazaba a la Casa Blanca. Todo anda de allá para acá en las redes, cruzándose con el último éxito de Adele, los chistes sobre Rajoy, la pornografía legal e ilegal, la información académica de los últimos avances científicos, la compra y venta de zapatillas o camisetas y todo el mundo que se sostiene sobre la nada más absoluta, en forma gaseosa sobre una red digital de circuitos in y off. Toda la bondad y toda la maldad coexisten en el mismo sistema, viajan juntos, las amenazas de muerte y las promesas de vida. La guerra se dirige y se retransmite por la Red y todo tiene que estar presente en imagen en nuestras pantallas. El efecto es estupefaciente; nadie se inquieta al ver a un muerto más en pantalla. Aquella vieja recomendación de los presentadores de telediario, “les advertimos que las imagenes que van a contemplar pueden herir su sensibilidad”. Ya no hay sensibilidades que herir, tenemos callo de ver tanta crueldad en directo. Los políticos, que se han metido dentro del sistema, obligados por las circunstancias, están a cada momento en imagen, ofreciéndonos un futuro mejor, pero su mensaje lo recibimos de la misma manera, insensibles a sus palabras. Saben que tienen que estar dentro del sistema virtual, pero, una vez allí, su comportamiento sigue el mismo estereotipo de siempre.
Toda la vida sucede en un iphone o en un móvil de penúltima generación y la guerra de Siria se confunde con la Guerra de las Galaxias (ahora llamada Star Wars). La Red crece como una enorme bola de nieve, y la sociedad lo está viendo en sus pantallas. Sólo los muertos son de verdad y los besos ya solo sirven para mandar por móvil.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Por quien votan las campañas

J.A.Xesteira
Aunque casi todo nos parece existir de toda la vida, basta mirar atrás unos pocos años para darnos cuenta de que todo es más nuevo de lo que parece. El debate electoral, por ejemplo. No existía antes de la televisión ni antes de que hubiera elecciones, lógicamente. Los historiadores han recordado estos días que fueron Nixon y Kennedy, en 1960 los primeros en enfrentarse en televisión a discutir; el debate lo ganó Kennedy porque era más guapo y porque Nixon iba sin afeitar y su barba cerrada daba mal en blanco y negro. La política, a fin de cuentas es un largo, caro y peligroso espectáculo de televisión. Y en la televisión ya sólo importan los debates, sean de verduleras venidas a más en programas del corazón, de clientes de bar discutiendo de fútbol en programas falsamente deportivos o pomposos tertulianos sentados alrededor de una mesa. Se ha establecido el debate como un rito: hay que llevar las ideas a la televisión y compararlas, a ver quien la tiene más grande. Y eso es lo que ha devenido en debate parlamentario, como el que se organizó el otro día con tres de los candidatos a presidir este país que soportamos, patrocinamos y subvencionamos. Es el primer debate que no se monta en televisión, sino en un periódico de papel y pantalla, y difundido por internet. Como ya saben, incluso si no lo siguieron como dicen que siguieron miles de personas, se presentaron tres candidatos, Rivera de Ciudadanos, Sánchez del PSOE e Iglesias de Podemos. Dejaron un atril vacío, porque el actual presidente y candidato por el PP decidió no presentarse a debatir, como todos ustedes deben saber también.
A renglón seguido surgieron las encuestas sobre quien ganó, quien estuvo más agresivo, qué pensaba la gente de que Rajoy no estuviera y todo eso que se supone que sirve para dar idea de las intenciones de los votantes. Al mismo renglón saltaron todos los comentaristas y articulistas de cabecera para analizar y debatir sobre el debate. Y un poco más abajo del renglón, todas las redes sociales se llenaron de frases, chistes y comentarios poniendo a parir a unos y alabando a otros, según les iba en las simpatías. Y yo, que no tengo red social que llevarme a la pantalla, ni suelo ver los debates, recurro a lo de siempre, cuatro fotos y el resumen escrito en la prensa, desbrozo las intenciones de cada periódico, que ya no ocultan sus afinidades electivas, y me hago mi propia conclusión, cativa y pobre, pero, a fin de cuentas, de mi propiedad y de mi derecho electoral a dar mi voto o no darlo. Y lo primero que me vino al teclado es que allí estaban tres de otra generación que no era la mía, que es algo que me viene ocurriendo desde que un día me di cuenta de que el presidente de los EEUU ya era más joven que yo. Y también me extrañó, como a todo el mundo, al margen de pasiones partidistas, la ausencia de Rajoy. Por supuesto que es muy libre de no ir y poner las disculpas que le parezcan, pero si analizamos en plan chambón las últimas actitudes del ahora presidente del Gobierno, parece como si no quisiera ganar las elecciones, como si estuviera en preconcurso de acreedores, que es esa situación en que se encuentran algunas empresas que creíamos de una potencia económica a prueba de bomba, y que, de repente, resulta que eran un centollo farol, sorprendiendo incluso a los propios trabajadores de la empresa. El presidente en funciones aparece en foros internacionales, en reuniones con líderes extranjeros, pero da la sensación de que es realmente un holograma, porque el de verdad, en cuerpo y alma, prefiere aparece en un programa de deportes lamentablemente dándole una colleja a su propio hijo (creo que en realidad es un padre cariñoso y que aquello no fue más que una broma paternal) o jugando al futbolín con Bertín Osborne (un ejercicio que dejó al descubierto la vulgaridad mostrenca de lo cotidiano, la otra cara de la luna política), mientras la vicepresidenta se apunta al estilo Dora la Exploradora, con su mochila y su mapa. Sus asesores sabrán lo que hacen, porque para eso cobran, y ellos son los doctores que nos sabrán responder, pero queda la impresión de que hay unas reglas de juego político, un protocolo, como se dice ahora, y Rajoy decidió saltárselo y marcharse a jugar al dominó con los jubilados del pueblo (mala imitación de Fraga y sus partidas en Vilalba o en Cuba, con Fidel). Y claro, cada cual tiene su estrategia, y a lo mejor le va bien, como dice el CIS, pero no se puede dejar un lugar vacío, porque la naturaleza siempre tiende a llenarlo con lo primero que encuentra, y allí había tres dispuestos a ello.
Y esos tres demostraron que asistieron a clase y son alumnos aplicados. Por supuesto, hablaron como políticos, que es un habla distinta, como la de los jueces, diferente de la que gastan cuando hablan contigo mientras toman una tapa de zorza y unos riojas. Las frases les salen de distinta manera, se llena de rimbombancia, aunque traten de ser cercanos al votante. En los tres se nota que hay un cambio, simplemente porque son como jóvenes metidos en una boda: uno vestía de novio, otro de invitado descorbatado ya en la euforia del baile, y el tercero, de camarero contratado por una ETT. Sus discursos estaban bien aprendidos, con lo cual nos auguran un futuro lleno de frases para las primeras páginas a cuatro columnas. Hablaron de economía y prometieron riquezas, hablaron de empleo, y prometieron arreglarlo, hablaron de asuntos internacionales y no prometieron nada, por si acaso; hablaron de algunas ocurrencias exóticas si llegan al poder. Pero, curiosamente –y la observación no es mía, sino de Jorge Drexler, un cantante, publicada en Twitter– no se mencionó una sóla vez la palabra cultura. Y, a lo mejor, porque son jóvenes, no saben, al igual que sus antecesores, que sólo la cultura permanece y genera riqueza, a corto, medio y largo plazo. Todo lo demás, es perecedero.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Hazañas bélicas

J.A.Xesteira
Hagamos un breve ejercicio de nostalgia histórica; más que nada, por cultura general. Después de la segunda guerra mundial, las guerras las aprendíamos en la gloriosa pantalla de cine y en los tebeos (ahora llamados cómic y en aquel entonces, para nosostros, chistes) de Hazañas Bélicas. Para el pueblo español, que había dejado atrás una guerra de la que nunca se hablaba, la guerra era John Wayne o Errol Flynn matando enemigos heroicamente en Francia o en Guadalcanal; eran películas tópicas que sabiamos como funcionaban: los americanos morían de uno en uno, besando las barras y estrellas, y los japoneses morían de cien en cien, al montón y sin personalizar. Las guerras las hacían los soldados y las mandaban unos generales muy buenos, que dibujaban en un mapa. Después llegó Vietnam y Coppola, y la cosa cambió. Las guerras las hacían unos sinvergüenzas del Pentágono, y en ellas morían destrozados unos chavales en una selva, con música de los Doors o los Credence; los enemigos eran del Vietcong y tenían cara. Había otras guerras que montaban los servicios secretos de Kissinger, el único genocida nunca juzgado, que mataban en silencio a los civiles de Suramérica. Y después vinieron más guerras, cada vez había menos soldados y más políticos hablando en las televisiones. Si la guerra civil española son fotos de Capa y su miliciano, la segunda guerra fueron fotos de Capa y documentales en blanco y negro; Vietnam fue la primera guerra televisada. Las siguientes guerras fueron un lío. Y llegamos al siglo de las fotos en directo, vemos los ataques y los muertos desde el teléfono móvil de cualquiera. Paradojicamente, las guerras de ahora no tienen soldados, sólo “asesores”. Con la misma paradoja, nos enteramos menos de lo que está pasando que cuando los corresponsales mandaban palomas mensajeras. La guerra, de la que ya no se hacen películas (pero sí complicadas series de televisión) es un tema político, del que sólo hablan políticos y que manejan los políticos en innumerables reuniones y cumbres mundiales. Conocemos los efectos, los muertos y los fugitivos, pero la guerra ya no tiene a un John Wayne resistiendo heróicamente en una colina. Solo señores con corbata que nos dicen quienes son los malos y que ellos los van a derrotar. Es un viejo tema, que hemos oído infinidad de veces. El resultado final, según la experiencia, es que los únicos derrotados son los muertos, civiles e inciviles, y los únicos que salen ganando son los políticos que hablan en la televisión y se ponen trascendentes cuando los muertos son cercanos, como los de París, y movilizan al mundo porque hay un terrorista perdido entre Francia y Bélgica.
Después de los atentados, Hollande, que iba de capa caída politicamente, sacó pecho, entonó la Marsellesa y gritó “aux armes, citoyens”. Y al momento se puso a reunirse con tododiós: con Putin, con Merkel, con Cameron, con el jefe de la UE, con Mateo Rienzi, con Rajoy (ay, no, con Rajoy, no), con el presidente chino… Y a todos les cuenta que hay que acabar con el terrorismo. Y todos le dicen que sí, que un día de estos quedan para tomar unas copas, y después se van y hacen lo que les da la gana. Putin dice que a El Assad no se le toca, y se cabrea porque los turcos le derriban un avión; Obama dice que hay que combatir juntos al ISIS, pero a los americanos les cae muy lejos la historia (como siempre); Cameron aprovecha la jugada para salir del bajón político; Merkel se ofrece para mandar tropas a Mali, que es menos follón que Siria. Y el que más y el que menos aprovecha la maldad de los yihadistas para aumentar el presupuesto de defensa; Cameron apunta un  gasto del 30 por ciento por encima de lo presupuestos; en España se piden millones para comprar drones, que nos hacen una falta como el turrón en Navidad; el resto de los países abre la tienda y hace negocio. Los yihadistas son malos, pero buenos clientes, tienen fusiles AK-47, los famosos kalashnikov, que fabrica su enemigo Putin, y fusiles M-16, que fabrica su enemigo Obama, y los de El Assad tienen aviones MIG, también de Putin. Es decir, que unos y otros hacen negocio. Porque de eso se trata, de vender las herramientas necesarias para que la guerra continúe y el dinero corra. Nadie sabe por donde circula ese dinero, pero los países de los emiratos y Arabia Saudí, tiranías medievales sostenidas por las llamadas democracias occidentales, tienen  algo que ver con las subvenciones a los grupos revoltosos. Y mientras rusos, franceses y americanos bombardean con sus aviones unos objetivos indefinidos, los yihadistas bombardean con jóvenes parados que iban al instituto en Francia o España (el papa acaba de decir que el terrorismo lo genera la pobreza, y si él lo dice, palabra de Dios, o de Alá, o de Yaveh, según)
Porque la guerra tiene ese lado bueno. El malo es el de los muertos, inevitables, porque están allí en lugar de estar en otro lado. Pero los políticos, que están en ese otro lado, salen reforzados, porque organizan funerales en colorines, cantan himnos y la patria emociona a la masa espesa, que deja caer una lagrima mientras suena “La vie en rose” cantada por Celine Dion. Cursi, si, pero patriótica. No hay más que ver a los líderes, serios, con la mano en el pecho. Por un lado unen a los ciudadanos contra el enemigo (no hay nada que una tanto como un enemigo) y por otro lado, levantan el país al reforzar la industria del armamento, también llamada de Defensa.
En España, como estamos en campaña electoral, todos los líderes que tendremos que votar dentro de unos días, cogen la guerra con papel de fumar. Nadie se compromete a nada, amagan un poco, prefieren salir en programas de televisión con Bertín Osborne o con Pablo Motos, en plan “somos de un cool que te cagas” O hablar de fútbol, como Rajoy, que sabe que las armas las carga el diablo y sabe como acaban las películas de Hazañas Bélicas. Se lo contó Aznar.

viernes, 20 de noviembre de 2015

La guerra confusa


J.A.Xesteira
Todo el mundo opina sobre el atentado de París, en contra de la recomendación precisa sobre estos casos: para opinar hay que tener la cabeza fría y los pies calientes. En este momento los muertos de París son la disculpa para una serie de espectáculos de gran diseño de luz y sonido, retransmitidos en directo por todos los medios de difusión conocidos, en los que hay mucha flor, muchos más “selfies” y poca reflexión. La sociedad virtual de esta segunda década de siglo es muy dada al funeral grandioso y a los signos externos con tendencia a “enflorecer” las calles y poner cosas en internet, acompañando a los políticos, que aprovechan cualquier muerte para colgarse una medalla de defensores de democracias y cantar un himno. Como ya hay demasiados políticos y demasiada sociedad opinando por todas partes, mejor dejarlo todo como está, hasta que se enfríen los cerebros y pase esta ola peligrosa de demonizar a los musulmanes. No hay funeral gratuito, todo tiene su rentabilidad, como se puede ver en las declaraciones de circunstancias y ese “París c’est moi” que recuerda a un viejo anuncio de perfume francés. A fin de cuentas, como decía el cínico Ambrose Bierce, un funeral es una reunión de personas que se congratulan de no ser el muerto. Los muertos son los que han pagado el pato de una situación de más profundo calado en el que nadie quiere entrar; pasarán pronto a ser unas palabras en un monumento en el que dejar flores, un recordatorio y poco más
Todo es confusión, en el marasmo de opiniones vertidas para darle importancia al asunto; cada acontecimiento mundial, sea de la gravedad que sea sólo se toma como motivo para colgar nuestra opinión, en el caso de las mentes opinantes, o colgarnos la medalla de defensores de la libertad, igualdad y fraternidad, en el caso de los políticos rampantes. Lo que acontece estos días sólo podrá ser analizado con calma cuando pase el tiempo necesario, o, a lo peor ni siquiera en ese momento. No hay más que echar la vista atrás y recordar otros dos grandes masacres, la del tren de Atocha y la de las Torres Gemelas de Nueva York. Todavía hay informaciones ocultas y escaso análisis de los dos hechos. Hay mucho ruído y pocas nueces en la matanza de París, y, cuando escribo esto, todavía quedan radicales libres que pueden seguir matando, mientras las policías se desparraman por Europa a la caza del terrorista suelto. Hay pánico ciudadano que se traduce en las suspensiones de los partidos de fútbol. En parte son las consecuencias buscadas por los terroristas, chafarles la fiesta a Occidente y recordarles que el miedo también puede ser material de exportación, como el petróleo o las armas.
Si conseguimos enfriar los ánimos por un momento y hacer un análisis elemental de lógica militar, podemos llegar a la aterradora conclusión de que todo esto debería estar previsto por los servicios de inteligencia (mala palabra para un organismo mundial que puede que tenga mucha inteligencia, sobre todo artificial y de tecnología punta, pero demuestran ser poco listos). Si los franceses bombardean los pueblos donde domina el ISIS (hay que aprender esa palabra, porque volverá a aparecer mucho más) como lo hacen desde el pasado mes de setiembre, hay que esperar que el ISIS bombardee Francia, en respuesta a una guerra que está en marcha. Como los yihadistas no tienen aviones para mandar contra ciudades francesas, utilizan a personas debidamente descerebradas para inmolarse y morir matando en donde más daño les haga al enemigo. Hay que hacer un inciso sobre la palabra “terrorista”, que es variable, según desde donde se mire. Si se trata de un agente de la CIA infiltrado para matar en territorio enemigo, se le llama soldado; si era un miembro de la Resistencia contra los nazis, se le llamaba patriota, pero vistos desde el otro lado le llaman terrorista. Y esa es la cuestión. Que no se trata de una acción puntual en lugar específico. La guerra ya no tiene territorio, el mundo es el campo de batalla, de la misma manera que la intimidad ya no existe y todo se controla a través de millones de ojos que lo meten en pantallas mundiales. No iba muy desencaminado el rey Abdalah de Jordania cuando dijo hace unos días que estamos en la Tercera Guerra Mundial. Nadie lo declara, pero esa tercera gran guerra hace años que colea por el mundo. Si la Primera Guerra tenía un territorio pequeño, incluso reducido a las trincheras de las afueras de París, que se podían visitar en los ataques a la bayoneta y luego volver a tomarse unas copas en el Moulin Rouge, la Segunda Guerra creció en territorio, peleó en el Pacífico, en las estepas rusas, se bombardeó Londres, se trasladó al desierto árabe y libio y se expandió por todo el mundo. Pero ahora, la guerra ya no tiene campo de batalla, no tiene espacio físico y, sobre todo, no tiene estrategias ni espacio de tiempo para ganar o perder. Es la guerra intangible, está, o puede estar, en todas partes y a cualquier hora, sin presencia de ejércitos ni cornetas. Y, como en todas las guerras, los que más mueren son los que no son de la guerra, como el personaje tan bien inventado por Gila; mueren los niños y sus padres mientras están en su casa en Siria, mueren los que huyen de la guerra ahogados en el Mediterraneo y mueren las personas corrientes que salen un fin de semana a tomar una copa en París, ajenos a los dramas que suceden a miles de kilómetros. Si lo analizamos con el cinísmo de la estrategia militar diríamos que todos ellos, los que mueren bombardeados en sus casas, los que se ahogan en el mar y los que mueren en la discoteca, son daños colaterales de una guerra mundial. Y me temo que la respuesta de los grandes potentes de las grandes potencias va a ser (es) una respuesta bélica del siglo pasado, cuando están en una guerra del Siglo XXI, sin banderas ni desfiles militares, sólo con cámaras de vigilancia y móviles.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Contrasentidos contra sentidos

J.A.Xesteira
Hay cosas que son un contrasentido, como monarquía parlamentaria (un concepto que viene de arriba abajo, incluso en ocasiones por la gracia de Dios, y otro concepto que va de abajo arriba, desde el pueblo al poder, tienen que chocar en alguna parte, un rey demócrata es como un gatoperro); democracia cristiana (el cristianismo, como cualquier religión, no es demócrata, manda quien quiere Dios, no quien quieren los adoradores del dios) y algunas otras de peor intención como la imposibilidad del pensamiento navarro, atribuido a la mala leche de Pío Baroja. Hay otras cosas que van contra el sentido común, esa percepción natural en las personas con dos dedos de frente, que es la medida estándar para cualificar a una persona con los atributos necesarios de lógica, ética y corrección de estilo (en gallego se le conoce también como “sentidiño”); son esas cosas que cualquiera ve en el forro de una noticia, según aparece en los Medios; es esa frase pronunciada por un notable –político, artista, futbolista o banquero– y que cualquiera puede ver que está mintiendo o que no sabe por donde se anda; son esas barbaridades que cualquiera puede ver a diario en las decisiones que nos afectan a todos y sabemos que nos van a hacer la puñeta. Hay otras cosas que son un contrasentido contra el común de los sentidos, que se hacen para una foto, un gesto, una propaganda vacía. Están conectadas con la falta de sentido común; son esos posados de inauguraciones de inutilidades, de promesas en tiempos de elecciones que sabemos que son mentira, tanto los que las dicen como los que las oimos (los primeros se benefician de las mentiras, los segundos las tendremos que pagar de nuestro bolsillo). Y hay, finalmente, otras cosas que son contrasentidos direccionales, que van contra el sentido lógico que llevan los acontecimientos, a contracorriente y a contrapelo.
En el primer grupo hay que situar los recientes acontecimientos del rey de España como garantía de la democracia constitucional contra el intento de instaurar una república catalana. Las fuerzas constitucionalistas se escudan en el imperio de la ley: nadie por encima de la ley. Y no recuerdan, porque la memoria es débil, que no hay nada más frágil que una ley. En política se aplica el marxismo de Groucho: “La ley es inamovible, y si no le gusta, la cambiamos por otra inamovible”. La Transición se hizo así: se cambiaron leyes fundamentales por otras leyes igual de fundamentales. Otros acontecimientos de este apartado, están en el Vaticano, donde el papa se pelea contra el dinero negro que circula por las alcantarillas de Dios. El dinero de la Iglesia es negro, no cotiza tributos ni se controla en un registro (para muestra, el caso de los millones de Compostela, que nadie sabía que faltaban, ¡tanto es lo que entra en negro que ni se sabe!)
En el segundo grupo, el de la falta de sentidiño, lo dejo al criterio del lector, aunque podríamos apuntar la cantidad de despropósitos en la gestión del dinero público que nos lleva a padecer una sanidad cada vez más cara, una seguridad social descapitalizada, una enseñanza en precario y un mundo cada vez más dependiente de poderes capitalistas sin ningún tipo de pudor ni ética; un mercado laboral en el que se emplea a destajo y salarios miseria (aunque luego en las estadísticas se mienta a cara lavada) y, en definitiva, ese mundo que nos cuentan a diario en los Medios los grandes dirigentes de la sociedad.
El tercero de los grupos es una farsa. El de las fotos de inauguraciones propagandísticas y de las frases en los foros de opinión. Hay, sin embargo, una foto preocupante de estos días atrás; la de los mandamases europeos recolocando inmigrantes de acogida en Europa; la pudieron ver en algún telediario. Se reunían en Grecia el primer ministro heleno y los de la Europa acogedora; se hicieron la foto para alegrarse de colocar a 30 inimigrantes en Luxemburgo y lo dieron como el comienzo de una  solución. Lo preocupante es que si los miles de refugiados los recolocan de treinta en treinta, pasarán los años y se pudrirán en campos de concentración a la espera del viaje. Y lo más inquietante; cuando los recolocados subían al avión con destino a Europa, una niña del grupo, de unos seis años, se dio la vuelta y fotografió a los políticos con un caro iPhone. Una sospecha: ¿de que nivel de asilados estamos hablando para mandar al país más rico del mundo? Cuando vemos que la Europa que festejó la caída del único muro que tenía acepta como natural que se levanten nuevos muros entre sus países, es que algo huele a mentira podrida en el viejo mundo.
Por último, en los acontecimientos que van a contramano de la corriente principal tenemos tres ejemplos; parlamentarios, de momento, pero con tendencia a prolongarse en el inmediato futuro, incierto y sin nada claro en el horizonte.
Primero, Portugal, que, por vez primera en cuarenta años, rompe con la tradición de que mande el más votado y echa abajo a la derecha, complicándole la papeleta al presidente de la República, que viene a ser como un rey (que nadie elige) pero sin corona. La izquierda portuguesa, que, como la española, no se “ajunta” facilmente, decide, de pronto, formar frente común contra Europa y la derecha. La izquierda de los portugueses quiere estar en el poder y ser la que tome las decisiones.
Segundo, Cataluña, que quiere ser independiente y no estar en España. La dificultad está en que para ello no “ajuntan” ni a izquierdas ni a derechas, y todo queda en un gran  embrollo, difícil de resolver, ni con las posturas de fuerza ni con la ley imperante.
El tercero, Gran Bretaña, que, como es tradicional, quiere ser de Europa pero no estar en Europa y para ello pone unas condiciones en plan chulo. Es más una cuestión semántica, en inglés, ser y estar se dice de la misma manera.
Todas esas cosas tendremos que soportarlas en el futuro más inmediato, algunas de resolverán o complicarán el mes que viene, otras, vaya usted a saber.