J.A.Xesteira
Había una frase en el “Martín Fierro”, un clásico seguramente olvidado, que gustaba mucho a mi difunto amigo Contreras; era aquella que decía: “Vaca..yendo gente al baile” y que daba pie a una pelea a golpes de facón en la fiesta gaucha. Me venía la frase ante la fiesta tragicómica, surreal y esperpéntica en que se ha convertido la sociedad española y sus eventos consuetudinarios, retransmitidos y apaciguados por la televisión nacional (especialista en noticias falsas que tiene que rectificar) y por alguna cadena medio discordante, y comentada por las variantes periodísticas, que opinan hasta la tergiversación de las hazañas de los politicos presentes o pasados. La vida del país se ha convertido en una serie de televisión a la moda: cada capítulo trae una sorpresa muchas veces prevista, para dar una vuelta más y estirar la temporada; una tragicomedia llena de personajes increibles, nunca pensados hace unos años, cuando nunca creimos que el futuro y la democracia iban a ser así.
Va cayendo gente al baile judicial. Le acaba de tocar el turno a Zaplana, un personaje de fiesta de moros y cristianos levantina (por su aspecto le tocaba ir en los moros) al que todos veíamos venir, sólo había que esperar a que lo llamaran, porque su nombre ya andaba en listas de otras operaciones; con él hay otros investigados, como Juan Cotino (hombre piadoso, relacionado con el lío del viaje del papa Benedicto) y a partir de ahora se tocará una nueva pieza de baile judicial, que se prolongará en el tiempo; mucho tiempo, porque ahora mismo los jueces y fiscales piden en huelga mejoras salariales, algo nunca visto en este país, en el que los jueces eran un peso específico, una elite; ahora han tenido que bajar a la tierra de los simples mortales a pedir mejoras salariales como si fueran pensionistas o contratados precarios. Pero la ampliación de la Valencia Conection, un tema en serie al que quedan más temporadas que a los zombies, aporta una evidencia: cada vez quedan menos implicados para llegar a Aznar. En el caso hipotético de que resultara afectado el único presidente español que participó en una guerra internacional, formando parte del triunvirato de las Azores, no hay problema para la derecha española (la auténtica, rechace imitaciones y falsificaciones chinas) porque Aznar tendría sucesor natural, y no es, precisamente del PP, cada vez más en problemas. Todo está previsto, mientras la gente va cayendo al baile, la visión de Josemaría (el político, no el santo) es certera: hay que reciclarlo todo para que todo quede igual: Rivera es nuestro hombre. Es lo mismo pero en otro envase a estrenar, con la patria todavía reutilizable y con música de Marta Sánchez. En este país parece que siempre ha sido así: la izquierda, con el uso, acaba por biodegradarse y convertirse en pequeños grumos no contaminantes; la derecha se reutiliza, se adapta unas veces diciendo que es el centro y otras que es la patria. Los de Ciudadanos ya se han apresurado a decir que la detención de Zaplana corresponde a una etapa negra que hay que superar, sólo les falta añadir: “Y aquí estamos nosotros, para abrir ficha a los emigrantes del partido popular”.
Mientras pasan cosas espesas la polémica se mueve entre una calle al almirante Cervera (el hombre que mandó toda una escuadra como blanco de tiro de feria de los yanquis en Santiago de Cuba) y el chalet de Iglesias y su mujer, un asunto doméstico y personal. Y como remate siempre nos queda Catalunya-Cataluña, nuestra zona italiana, con parte del gobierno exiliada en Europa y parte en la cárcel, en espera. El problema catalán ha conseguido poner de acuerdo –de momento, que en estos días los grandes apretones de manos tienen la obsolescencia programada en corto– a Rajoy y Sánchez (Pedro, no Marta), a Sánchez y Rivera (Albert, no Kiko) y a Sánchez y Rivera (los tales), lo que no se sabe es en qué se han puesto de acuerdo, porque el 155 no puede ser eterno. Pueden seguir sin gobierno, como Italia (ya lo dije el otro día). Por cierto, los italianos siempre marcando tendencias; si en España los políticos en activo presentaban currículos falsos, en Italia lo hacen antes de ser nombrados, mayor velocidad, imposible. Acaban de nombrar primer ministro a un tal Conte y ya sale el New York Times diciendo que “ese tipo nunca estudió en la Universidad de Nueva York”. Da igual. Lo mismo que se está investigando la carrera de Derecho de Pablo Casado, que aprobaba de súbito (y eso sin tener un padre magistrado de Audiencia, como otros) el italiano pudo haber pasado por la university y no se dieron cuenta. Está científicamente demostrado que los mejores licenciados son los que pasaron más tiempo en el bar que en las aulas.
Son gente que va cayendo al baile, como los que pueden caer en las próximas semanas, mientras todos esperan que llegue el verano que siempre relaja, y mientras se aprueban los presupuestos del Estado con la ayuda de la amistad del PNV; no se inquieten, los presupuestos del Estado da lo mismo que se aprueben o no; muchas partidas aprobadas nunca fueron utilizadas (dinero público que nunca se gastó en programas sociales, preferentemente) y muchos otros dineros no contabilizados, que sí se gastaron por la falsa (pongamos que hablamos de Defensa). En tiempos de Aznar, cuando los que caen al baile todavía eran sonrisas de triunfo, se hablaba del milagro económico como norma de vida española; ahora podemos hablar solamente de milagro como explicación a la vida en este país de moros y cristianos.
Epílogo.- Por causas técnico-periodísticas, este artículo tiene que ser escrito antes del fin de semana. Cuando lo terminé salió la noticia de la sentencia de la Gürtel; más gente que cae al baile, esta como una enorme gota fría que confirma dos cosas; una, todo lo antes dicho de que quedan muchos por caer, y otra, que la justicia es lenta como la tortuga de la fábula, pero a veces llega antes que la liebre de la corrupción que se esconde dentro de los partidos políticos.
viernes, 25 de mayo de 2018
viernes, 18 de mayo de 2018
Trivial Pursuit
J.A.Xesteira
Supongo que ya nadie debe jugar ahora al Trivial Pursuit (“búsquedas triviales” en inglés), el “trivial” que se jugaba mucho en las sobrecenas de hace algunos años, entre copas y pitillos de reuniones caseras nocturnas. Supongo que se fue con el alcohol (sólo queda el gintonic, porque tiene la excusa de ser digestivo) y el tabaco (¡vade retro!, a fumar afuera, aunque haga frío). Debo tener por algún lado el viejo trivial, en el que aparecían tarjetas con personajes de la tele que son historia antigua y noticias que ya son historias viejas. Hubo intentos de adaptarlo a los tiempos, y seguro que debe haber algun modelo para nintendo o pleisteixon, pero no creo que nadie juegue a un juego que, aunque trivial, requiere un mínimo bagaje de cultura y conocimientos; los juegos de ordenador son de otra pasta, con más muertos, más dragones y menos conocimientos de cultura general básica.
Pero el trivial está presente en las páginas de los periódicos, en las noticias, en lo que se sabe, lo que se cuenta y lo que se supone que hay detrás de lo que se sabe y lo que se cuenta, a fin de cuentas el periodismo se ha convertido en una trivialidad de crueldades desorbitadas. Por ejempo –es sólo un juego, nada más– si aplicamos el sistema de preguntas y gajos de colorines a la información diaria, pueden pasar cosas; hagan la prueba, cojan un periódico, echen los dados y jueguen.
“Cuarenta invitados a una comunión agreden a nueve guardias civiles en Algeciras”. Pregunta de Sociedad: ¿Se trata de una acción terrorista como la del juicio en Alsasua o simplemente una pelea de taberna? Otra, de Matemáticas: Si en una primera comunión hay cuarenta agresores antiguardias civiles, ¿cúantos habrá en un bautizo? ¿y en una boda? Y otra: si uno de los guardias “hizo uso de su arma reglamentaria”, que es el lenguaje oficial que los periodistas no se molestan en redactar para decir que uno disparó unos tiros, pregunta de Curiosidades y un añadido propio de mi ignorancia: ¿hay armas que no sean reglamentarias?
Ya ven, podemos reinventar el viejo juego con simples propuestas que, al mismo tiempo, sirven para reflexionar sobre las noticias que nos ocupan en la prensa diaria, en lugar de aceptarlas como dogmas consagrados.
Seguimos. Pregunta de Geografía: Si Israel ganó el festival de Eurovisão, ¿podemos decir que Israel es un país europeo? Por la misma razón podrían invitar a los vecinos de Israel al mismo festival, a los sirios, a los palestinos, libaneses, egipcios, jordanos; y ya puestos, a todos los que esperan el paso de la patera para dar el salto a Europa; simplemente se les pide que traigan una canción en la patera y que concursen.
Si, según el Centro de Investigaciones Sociológicas, el PP va a ser superado por Ciudadanos y el PSOE por Unidos Podemos (los líderes del PP y el PSOE ya se han reunido en Moncloa, vestidos ambos de jefe de planta, previsiblemente para hablar del tema, aunque para los Medios hablaron, como siempre, de Cataluña) aquí va la pregunta de Estadísticas o de Política: ¿Cúanto tiempo pasará para que el bipartidismo se suceda a si mismo? y, además, pregunta de Literatura, ¿cual es la frase de Il Gatopardo que define este quítate-tú-pa-ponerme-yo? (la solución a pie de página)
Y sin salirnos de la Política, a la luz de la noticia de que Podemos pide que los senadores no gasten tanto en viajes (150 euros diarios de dieta al extranjero y 120 en la península), podemos preguntar: Dado que no se conoce actividad física ni mental de los llamados senadores, ¿sabe usted a que puede ir un miembro electo del Senado al extranjero? ¿se sabe de que alguno de esos viajes haya producido alguna actividad beneficiosa para el país? Y una pregunta añadida, de Física, variante del principio de Arquímedes: ¿Es cierto que un senador introducido en una comisión de su cámara experimenta un impulso hacia un aeropuerto que es directamente proporcional a la dieta diaria que percibe?
A estas alturas usted mismo puede buscar noticias con las que rellenar las cartulinas, sobre todo si usted está inscrito en la Larga Marcha de los Jubilados; todo antes que quedarse apampanado mirando al vacío. Invéntese un Trivial con sus amigos (es barato, no hay que pagar tasas por ello y ayuda a mantener la mente engrasada y en funcionamiento).
Encuentro esta noticia (podemos meterla en preguntas de Antropología): Hallan un ser humano en Andalucía, se llama Luis, y no consta que exista en ningún registro oficial, no consta que haya nacido, que tenga personalidad jurídica ni existe para el Estado; es evidente que existe, porque come, respira y habla con acento andaluz; es el auténtico Homo Ninguno, o el Nowhere Man de los Beatles. Pueden plantear la pregunta a lo trivial o reflexionar sobre la existencia de un ser que no tiene cuenta en un banco, ni en Hacienda, ni en el archivo parroquial, un ser humano inclasificado, una rareza. Parece ser que hay más como él, que, de alguna manera son capaces de no morirse, de existir fuera del sistema, fuera del orden instituido. El propio sistema no sabe como manejarlo, aunque tenga que darle asilo y comida. Esta simple noticia, metida entre trivialidades de personajes que existen oficialmente en los telediarios, merecería una reflexión a fondo sobre la insoportable fragilidad del ser humano.
Abran un periódico y conviertan en juego lo que ya es trivial: el president de Catalunya y las apuestas sobre su duración; la unión contra natura de Rajoy y Sánchez para santificar el artículo 155 contra los impíos catalanes y la amenaza fantasma de los ciudadanos de Rivera; los títulos de universidades privadas y los aprobados express de políticos “afectos al régimen”; las empresas de fútbol que convencen de que un equipo de fútbol es la patria que hay que defender; la resignada rutina de la ciudadanía contemplando la degradación del sistema; la trivial corrupción obscena… Un juego, sólo un juego.
Nota del autor: La frase exacta de Il Gatopardo es: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
Supongo que ya nadie debe jugar ahora al Trivial Pursuit (“búsquedas triviales” en inglés), el “trivial” que se jugaba mucho en las sobrecenas de hace algunos años, entre copas y pitillos de reuniones caseras nocturnas. Supongo que se fue con el alcohol (sólo queda el gintonic, porque tiene la excusa de ser digestivo) y el tabaco (¡vade retro!, a fumar afuera, aunque haga frío). Debo tener por algún lado el viejo trivial, en el que aparecían tarjetas con personajes de la tele que son historia antigua y noticias que ya son historias viejas. Hubo intentos de adaptarlo a los tiempos, y seguro que debe haber algun modelo para nintendo o pleisteixon, pero no creo que nadie juegue a un juego que, aunque trivial, requiere un mínimo bagaje de cultura y conocimientos; los juegos de ordenador son de otra pasta, con más muertos, más dragones y menos conocimientos de cultura general básica.
Pero el trivial está presente en las páginas de los periódicos, en las noticias, en lo que se sabe, lo que se cuenta y lo que se supone que hay detrás de lo que se sabe y lo que se cuenta, a fin de cuentas el periodismo se ha convertido en una trivialidad de crueldades desorbitadas. Por ejempo –es sólo un juego, nada más– si aplicamos el sistema de preguntas y gajos de colorines a la información diaria, pueden pasar cosas; hagan la prueba, cojan un periódico, echen los dados y jueguen.
“Cuarenta invitados a una comunión agreden a nueve guardias civiles en Algeciras”. Pregunta de Sociedad: ¿Se trata de una acción terrorista como la del juicio en Alsasua o simplemente una pelea de taberna? Otra, de Matemáticas: Si en una primera comunión hay cuarenta agresores antiguardias civiles, ¿cúantos habrá en un bautizo? ¿y en una boda? Y otra: si uno de los guardias “hizo uso de su arma reglamentaria”, que es el lenguaje oficial que los periodistas no se molestan en redactar para decir que uno disparó unos tiros, pregunta de Curiosidades y un añadido propio de mi ignorancia: ¿hay armas que no sean reglamentarias?
Ya ven, podemos reinventar el viejo juego con simples propuestas que, al mismo tiempo, sirven para reflexionar sobre las noticias que nos ocupan en la prensa diaria, en lugar de aceptarlas como dogmas consagrados.
Seguimos. Pregunta de Geografía: Si Israel ganó el festival de Eurovisão, ¿podemos decir que Israel es un país europeo? Por la misma razón podrían invitar a los vecinos de Israel al mismo festival, a los sirios, a los palestinos, libaneses, egipcios, jordanos; y ya puestos, a todos los que esperan el paso de la patera para dar el salto a Europa; simplemente se les pide que traigan una canción en la patera y que concursen.
Si, según el Centro de Investigaciones Sociológicas, el PP va a ser superado por Ciudadanos y el PSOE por Unidos Podemos (los líderes del PP y el PSOE ya se han reunido en Moncloa, vestidos ambos de jefe de planta, previsiblemente para hablar del tema, aunque para los Medios hablaron, como siempre, de Cataluña) aquí va la pregunta de Estadísticas o de Política: ¿Cúanto tiempo pasará para que el bipartidismo se suceda a si mismo? y, además, pregunta de Literatura, ¿cual es la frase de Il Gatopardo que define este quítate-tú-pa-ponerme-yo? (la solución a pie de página)
Y sin salirnos de la Política, a la luz de la noticia de que Podemos pide que los senadores no gasten tanto en viajes (150 euros diarios de dieta al extranjero y 120 en la península), podemos preguntar: Dado que no se conoce actividad física ni mental de los llamados senadores, ¿sabe usted a que puede ir un miembro electo del Senado al extranjero? ¿se sabe de que alguno de esos viajes haya producido alguna actividad beneficiosa para el país? Y una pregunta añadida, de Física, variante del principio de Arquímedes: ¿Es cierto que un senador introducido en una comisión de su cámara experimenta un impulso hacia un aeropuerto que es directamente proporcional a la dieta diaria que percibe?
A estas alturas usted mismo puede buscar noticias con las que rellenar las cartulinas, sobre todo si usted está inscrito en la Larga Marcha de los Jubilados; todo antes que quedarse apampanado mirando al vacío. Invéntese un Trivial con sus amigos (es barato, no hay que pagar tasas por ello y ayuda a mantener la mente engrasada y en funcionamiento).
Encuentro esta noticia (podemos meterla en preguntas de Antropología): Hallan un ser humano en Andalucía, se llama Luis, y no consta que exista en ningún registro oficial, no consta que haya nacido, que tenga personalidad jurídica ni existe para el Estado; es evidente que existe, porque come, respira y habla con acento andaluz; es el auténtico Homo Ninguno, o el Nowhere Man de los Beatles. Pueden plantear la pregunta a lo trivial o reflexionar sobre la existencia de un ser que no tiene cuenta en un banco, ni en Hacienda, ni en el archivo parroquial, un ser humano inclasificado, una rareza. Parece ser que hay más como él, que, de alguna manera son capaces de no morirse, de existir fuera del sistema, fuera del orden instituido. El propio sistema no sabe como manejarlo, aunque tenga que darle asilo y comida. Esta simple noticia, metida entre trivialidades de personajes que existen oficialmente en los telediarios, merecería una reflexión a fondo sobre la insoportable fragilidad del ser humano.
Abran un periódico y conviertan en juego lo que ya es trivial: el president de Catalunya y las apuestas sobre su duración; la unión contra natura de Rajoy y Sánchez para santificar el artículo 155 contra los impíos catalanes y la amenaza fantasma de los ciudadanos de Rivera; los títulos de universidades privadas y los aprobados express de políticos “afectos al régimen”; las empresas de fútbol que convencen de que un equipo de fútbol es la patria que hay que defender; la resignada rutina de la ciudadanía contemplando la degradación del sistema; la trivial corrupción obscena… Un juego, sólo un juego.
Nota del autor: La frase exacta de Il Gatopardo es: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
viernes, 11 de mayo de 2018
E la nave va
J.A.Xesteira
Salgo un momento a dar una vuelta por el extranjero, patrocinada por el Imserso, a uno de esos países en los que están omnipresentes la santísima trinidad del consumo: los comercios cuatrimarcas de Amancio Ortega, el hombre que ingresa más millones al mes que la DGT con los radares recaudatorios; la cadena de cafés en los que pagas por parecer moderno bebiendo una purrela en un vaso de cartón, y las multinacionales de las hamburguesas (descubro que a uno de mis nietos le gustan por el juguete de plástico, se deja siempre la mitad de la comidita; al resto de los nietos, ni siquiera el juguete). Y al regreso siempre es lo mismo, el pueblo, el país y el mundo siguen adelante. E la nave va.
Echando mano de la filosofía barata y un punto ampulosa podíamos decir que la bola del mundo no deja de rodar desde que la historia de la Historia comenzó a escribirse, mal y a gusto del ganador. Mientras viajo vivo prendido al wi-fi (que los españoles llamamos “güifi” y los extranjeros “guaifai”, y así no hay manera de entendernos) y sigo las noticias en la pantalla del iPad (que llamo “ipaz” y los otros llaman “aipad”) de manera adicta, porque siempre es el mismo bucle de desastres, crímenes, despropósitos, estupideces y alguna pequeña perla perdida entre la morralla, que nos hace pensar que nunca está todo perdido.
Deduzco de la actualidad que un país debe ser gobernado por las personas elegidas democráticamente para el bien de la sociedad; casi nunca sucede así, aunque lo intentemos entre todos. Pero también deduzco de los últimos acontecimientos que un país puede perfectamente prescindir de un gobierno estable, mantenerse en una especie de seno de Abrahán (o limbo de los justos, que decíamos en el catecismo) y no pasa nada. La nave va. Vean, por ver, los ejemplos de Cataluña, con un gobierno nómada y un parlamento en estado gaseoso, supuestamente gobernado desde Madrid por la aplicación del prospecto de instrucciones. O miren también el ejemplo de Italia, que no tiene gobierno, porque el periodo poselectoral es una minestrone de posibles candidatos, y el presidente, que es como un ser aparte, pide que se nombre un gobierno neutral, como si eso fuera posible, sería como una peña de ultras de fútbol sin equipo. Claro que Italia es un país experto en no tener gobierno y seguir navegando, bien además, y vendiendo la moto de que son democráticos, guapos y ricos y que además son un país. Los partidos italianos son como el coro de esclavos de Nabuco vestidos por Dolce y Gabanna. Los españoles, no, son como vendedores de productos innecesarios vestidos de cofrades. Pero la nave va, a pesar de ellos.
El ojo del Gran Hermano orwelliano hace tiempo que nos controla la vida, y somos piezas sin interés: nos vigilan cuando sacamos dinero del cajero, cuando paseamos por la calle, nuestro coche desde la cuneta de las multas, nuestros e-mails privados desde las empresas en las que trabajamos, nos manipulan con noticias falsas desde las televisiones, los periódicos y todo el infinito maremágnum de internet (Facebook comienza a desbrozar sus “fake news”, las mentiras interesadas que los partidos políticos ruedan como bolas a ver quien pica, y va a instalar un centro antimentiras en Barcelona, un sitio del que decían que las empresas huían como de la peste). La vida se ha convertido en una gran mentira subvencionada entre todos, como los profesores de Religión andaluces, que cobran sin tener clase que dar. Una cuestión paradójica esa de los profesores de Religión, que pagamos incluso los ateos, los elige un obispo y, en caso de despido, la indemnización corre a cuenta de los mismos que los pagamos. Mientras la nave va, el ojo que nunca duerme sabe quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, y, sobre todo, cuales son nuestras deudas con Hacienda, cuales son nuestros gustos y cuanto costamos al Estado. Con todo eso, hacemos la declaración de la renta sin posibilidad de distraer ni un céntimo (si fuéramos personas importantes en la esfera política o económica, sí podríamos “distraer” legalmente algunos millones); abrimos los ordenadores y nos entran anuncios de todo lo que una vez consultamos o compramos por la Red; y el Estado, como le costamos mucho, en pensiones y medicamentos, pues sabe cuanto le gastamos en paracetamoles y nos mete un copago cada vez más apretado, asesorado por las verdaderas detentadoras del poder sanitario: las empresas farmaceuticas, dueñas absolutas de la vida y la muerte. Mientras, la nave navega.
Los que vivimos en la Marca España y sus Peculiaridades Regionales asistimos a una lucha política entre personajes de vodevil, gente que dice frases que serían graciosas si no fueran tragicómicas, partidos políticos que parecen gatos metidos en sacos, peleándose por un camarote de lujo en la nave; una justicia (entendida como maquinaria de aplicacion de las leyes, no como idea abstracta de lo moralmente justo) al ralentí, con sentencias demoradas, corruptos a la espera de que escampe, y jueces cuestionados. Un país con una información periodística que podríamos resumir en la vieja frase: “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (La Televisión del Estado más preocupada de Eurovisión que de una información veraz, ya cuestionada incluso por sus propios trabajadores) Pasa la vida, contemplada por el rey y su familia real, personajes que se ganan su sueldo como inauguradores de ferias de muestras, galas benéficas o entrega de premios (bueno, de vez en cuando, Felipe VI, cuya foto puede ser quemada según sentencia judicial, pronuncia un discurso en la tele que nadie escucha y que nadie lee en los periódicos que son los únicos que recogen el texto al dían siguiente.)
Así, metidos dentro de este cascarón trasatlántico, oxidado, lleno de averías, con un servicio de comedor pésimo y mal repartido, con capitanes y segundos de a bordo incompetentes, con una tripulación inútil, con pasajeros mareados y atontados, sin radar ni bitácora, con la sala de máquinas apestando los océanos, el barco avanza sorteando icebergs como montañas, cada vez más cerca del hundimiento. Y, a pesar de todo, la nave va.
Salgo un momento a dar una vuelta por el extranjero, patrocinada por el Imserso, a uno de esos países en los que están omnipresentes la santísima trinidad del consumo: los comercios cuatrimarcas de Amancio Ortega, el hombre que ingresa más millones al mes que la DGT con los radares recaudatorios; la cadena de cafés en los que pagas por parecer moderno bebiendo una purrela en un vaso de cartón, y las multinacionales de las hamburguesas (descubro que a uno de mis nietos le gustan por el juguete de plástico, se deja siempre la mitad de la comidita; al resto de los nietos, ni siquiera el juguete). Y al regreso siempre es lo mismo, el pueblo, el país y el mundo siguen adelante. E la nave va.
Echando mano de la filosofía barata y un punto ampulosa podíamos decir que la bola del mundo no deja de rodar desde que la historia de la Historia comenzó a escribirse, mal y a gusto del ganador. Mientras viajo vivo prendido al wi-fi (que los españoles llamamos “güifi” y los extranjeros “guaifai”, y así no hay manera de entendernos) y sigo las noticias en la pantalla del iPad (que llamo “ipaz” y los otros llaman “aipad”) de manera adicta, porque siempre es el mismo bucle de desastres, crímenes, despropósitos, estupideces y alguna pequeña perla perdida entre la morralla, que nos hace pensar que nunca está todo perdido.
Deduzco de la actualidad que un país debe ser gobernado por las personas elegidas democráticamente para el bien de la sociedad; casi nunca sucede así, aunque lo intentemos entre todos. Pero también deduzco de los últimos acontecimientos que un país puede perfectamente prescindir de un gobierno estable, mantenerse en una especie de seno de Abrahán (o limbo de los justos, que decíamos en el catecismo) y no pasa nada. La nave va. Vean, por ver, los ejemplos de Cataluña, con un gobierno nómada y un parlamento en estado gaseoso, supuestamente gobernado desde Madrid por la aplicación del prospecto de instrucciones. O miren también el ejemplo de Italia, que no tiene gobierno, porque el periodo poselectoral es una minestrone de posibles candidatos, y el presidente, que es como un ser aparte, pide que se nombre un gobierno neutral, como si eso fuera posible, sería como una peña de ultras de fútbol sin equipo. Claro que Italia es un país experto en no tener gobierno y seguir navegando, bien además, y vendiendo la moto de que son democráticos, guapos y ricos y que además son un país. Los partidos italianos son como el coro de esclavos de Nabuco vestidos por Dolce y Gabanna. Los españoles, no, son como vendedores de productos innecesarios vestidos de cofrades. Pero la nave va, a pesar de ellos.
El ojo del Gran Hermano orwelliano hace tiempo que nos controla la vida, y somos piezas sin interés: nos vigilan cuando sacamos dinero del cajero, cuando paseamos por la calle, nuestro coche desde la cuneta de las multas, nuestros e-mails privados desde las empresas en las que trabajamos, nos manipulan con noticias falsas desde las televisiones, los periódicos y todo el infinito maremágnum de internet (Facebook comienza a desbrozar sus “fake news”, las mentiras interesadas que los partidos políticos ruedan como bolas a ver quien pica, y va a instalar un centro antimentiras en Barcelona, un sitio del que decían que las empresas huían como de la peste). La vida se ha convertido en una gran mentira subvencionada entre todos, como los profesores de Religión andaluces, que cobran sin tener clase que dar. Una cuestión paradójica esa de los profesores de Religión, que pagamos incluso los ateos, los elige un obispo y, en caso de despido, la indemnización corre a cuenta de los mismos que los pagamos. Mientras la nave va, el ojo que nunca duerme sabe quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, y, sobre todo, cuales son nuestras deudas con Hacienda, cuales son nuestros gustos y cuanto costamos al Estado. Con todo eso, hacemos la declaración de la renta sin posibilidad de distraer ni un céntimo (si fuéramos personas importantes en la esfera política o económica, sí podríamos “distraer” legalmente algunos millones); abrimos los ordenadores y nos entran anuncios de todo lo que una vez consultamos o compramos por la Red; y el Estado, como le costamos mucho, en pensiones y medicamentos, pues sabe cuanto le gastamos en paracetamoles y nos mete un copago cada vez más apretado, asesorado por las verdaderas detentadoras del poder sanitario: las empresas farmaceuticas, dueñas absolutas de la vida y la muerte. Mientras, la nave navega.
Los que vivimos en la Marca España y sus Peculiaridades Regionales asistimos a una lucha política entre personajes de vodevil, gente que dice frases que serían graciosas si no fueran tragicómicas, partidos políticos que parecen gatos metidos en sacos, peleándose por un camarote de lujo en la nave; una justicia (entendida como maquinaria de aplicacion de las leyes, no como idea abstracta de lo moralmente justo) al ralentí, con sentencias demoradas, corruptos a la espera de que escampe, y jueces cuestionados. Un país con una información periodística que podríamos resumir en la vieja frase: “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (La Televisión del Estado más preocupada de Eurovisión que de una información veraz, ya cuestionada incluso por sus propios trabajadores) Pasa la vida, contemplada por el rey y su familia real, personajes que se ganan su sueldo como inauguradores de ferias de muestras, galas benéficas o entrega de premios (bueno, de vez en cuando, Felipe VI, cuya foto puede ser quemada según sentencia judicial, pronuncia un discurso en la tele que nadie escucha y que nadie lee en los periódicos que son los únicos que recogen el texto al dían siguiente.)
Así, metidos dentro de este cascarón trasatlántico, oxidado, lleno de averías, con un servicio de comedor pésimo y mal repartido, con capitanes y segundos de a bordo incompetentes, con una tripulación inútil, con pasajeros mareados y atontados, sin radar ni bitácora, con la sala de máquinas apestando los océanos, el barco avanza sorteando icebergs como montañas, cada vez más cerca del hundimiento. Y, a pesar de todo, la nave va.
sábado, 5 de mayo de 2018
Por mayo, era por mayo
J.A.Xesteira
Como en el viejo romance, era por mayo de hace cincuenta años, pero no hacía “la calor” ni cantaba la calandria y respondía el ruiseñor. En Santiago, aquel mayo hacia un frío en forma de taladro, aquel frío de pensiones santiaguesas, con corrientes de aire que se filtraban por las ventanas sin masilla, y que el estudiantado combatía con aquellos clásicos batines color rata y el calor único de un flexo, en noches de estudio con mucho café (todavía no llegaban las anfetas, pero estaban al caer). Eran tiempos previos a los pisos de estudiantes, un boom reservado a los años 70, con otro estudiantado y otro horizonte. Aquel mayo de hace cincuenta años era gris, pobre y humedo hasta la médula; el consumo era escaso, las comidas del Cuatro Vientos y similares, los recorridos vinícolas por las viejas rúas, con aquellos vinos color pis de gato, tunas y serenatas, cines y cineclubs, en los que un paciente catedrático nos explicaba las virtudes de Jean Vigo ( “Zéro de conduite”) y se estrenaban maravillas de Godard (“A bout de souffle”, eterna) y Martín Patino (“Nueve cartas a Berta”). No existían los turistas ni los peregrinos mochileros; Santiago era una ciudad tranquila, bohemia, un punto rancia, con un arzobispo-cardenal con carisma y presencia, en la que la política estaba uniformada con trenkas y panas de izquierdas. El estudiantado era personal dado a la carallada y al estudio a trompicones en la recta final. Nadie preveía que en un futuro todo aquello se convertiría en un parque temático.
Todo era cutre y gris hasta que llegó aquel mayo de hace cincuenta años. Los primeros brotes verdes se plantaron en 1967, con un concierto frustrado de Raimon en el campo del campus. Digo frustrado aunque no es cosa exacta; la lluvia paró el concierto en la mitad, pero los objetivos ya estaban cumplidos: Raimon había actuado y los espectadores, que habíamos comprado el folleto de canciones traducidas por García Bodaño y Casares, habíamos gritado unas cuantas cosas a estrenar, como libertad y cualquier cosa indefinida; lo importante era el gesto, las sensaciones, las ganas de hacerlo, porque políticamente, digan lo que digan las crónicas, el estudiantado santiagués de hace cincuenta años estaba en vías de preparación. Había una pequeña elite que sabía de que iba la cosa y un montón de matriculados que teníamos ganas de la la cosa fuera a donde iba. Todos salimos a la calle, unos conscientes y otros a medias tintas, pero todos con el convencimiento de que había que estar allí. El motivo fue bastante surrealista, como suele ser el pasado, la protesta contra el decano de mi facultad por un asunto de dineros. Las reuniones y asambleas que se prohibían de vez en cuando se justificaban con títulos peregrinos en distintas facultades; podían empezar con una conferencia sobre poesía y acabar con pequeños debates de formación política para indocumentados. Todo se iba fraguando en un relativo secreto, con espías informadores por medio del estudiantado.
En abril del 68 se presentaban los cantores que todo movimiento tiene que tener; los catalanes ya habían empezado antes, porque eran más modernos y estaban al lado de Francia, nosotros estábamos al lado de la frontera de Tui, sólo apta para el paso del café Sical. En el paraninfo de Medicina, atestado de personal, se presentaban Voces Ceibes, cuatro muchachos con tres acordes básicos de guitarra y las poesías de Celso Emilio Ferreiro; visto desde la distancia aquello era de una ingenuidad musical aplastante; pero servía para el propósito, porque lo importante no era lo que estaba en el escenario, musicalmente pobre, sino en la intención, el grito colectivo y la manifestación que se formaba al terminar. Y llegó mayo y el runrún inicial fue transformándose en grito de protesta y todos salimos a la calle, unos con una clara intencionalidad política y otros con lo puesto, con las ganas y poco más. Y allí nos esperaba la Policía, vestida de gris, al principio con largos abrigos y al poco con cascos y ropa de combate; y empezaron los gritos, carreras y una frase que nunca habíamos escuchado y que se haría habitual: “Disuélvanse o cargamos”. A los de ciencias lo de disolvernos nos sonaba como si nos fueran a meter en ácido corrosivo. Y cargaban y pegaban. Y se montó una pequeña parte de la historia de nuestra sociedad, con un aprendizaje sobre la marcha y sobre la carrera. De Francia nos llegaban noticias mucho más importantes, porque Francia era mucho más importante; del resto del país, también. Todo el estudiantado estaba en la calle para pedir cosas. El Gobierno recurría a viejas frases tópicas de los consabidos manejos del comunismo internacional contra algunas cosas sagradas que estaban dejando de ser sagradas. El mayo santiagués debió parecerse mucho al resto del mayo de todas las universidades españolas, pero no fue tan famoso como el francés, porque Francia era una república, aunque gobernada por De Gaulle, y tenía el Paris Match para hacerse las fotos, y nosotros teníamos una dictadura y el Marca. Y con todo, hace cincuenta años se consiguieron algunas cosas importantes, sobre todo una: empezar. A partir de ahí todo iba a cambiar.
Hoy, cincuenta años después, todo cambió, en parte por aquel golpe de salida, en parte porque el mundo está cambiando siempre. El mundo de ahora mismo es otra cosa, el estudiantado tiene calefacción y viajes low cost; Compostela es una capital burocrática y política; la tecnología digital abrió un campo impensable y, ahora mismo, impredecible; de aquellos que salimos a la calle aquel mayo, cada quien buscó su lugar al sol, algunos fueron quedando por el camino de la vida, unos se acostumbraron a sufrir con paciencia los embates de la insultante fortuna, otros seguimos enfrentándonos –más o menos, a nuestra manera– al mar de calamidades; algunos buscaron acomodo en puestos politicos que, seguramente, merecieron por sus esfuerzos; desaparecieron los cines, aparecieron los centros comerciales; el parque automovilístico atascó las carreteras y, sobre todo, sobre todo, ya somos un país democrático, aunque si rascamos un poco esta democracia, aparece debajo un policía que nos grita: “¡Disuélvanse o cargamos!”
Como en el viejo romance, era por mayo de hace cincuenta años, pero no hacía “la calor” ni cantaba la calandria y respondía el ruiseñor. En Santiago, aquel mayo hacia un frío en forma de taladro, aquel frío de pensiones santiaguesas, con corrientes de aire que se filtraban por las ventanas sin masilla, y que el estudiantado combatía con aquellos clásicos batines color rata y el calor único de un flexo, en noches de estudio con mucho café (todavía no llegaban las anfetas, pero estaban al caer). Eran tiempos previos a los pisos de estudiantes, un boom reservado a los años 70, con otro estudiantado y otro horizonte. Aquel mayo de hace cincuenta años era gris, pobre y humedo hasta la médula; el consumo era escaso, las comidas del Cuatro Vientos y similares, los recorridos vinícolas por las viejas rúas, con aquellos vinos color pis de gato, tunas y serenatas, cines y cineclubs, en los que un paciente catedrático nos explicaba las virtudes de Jean Vigo ( “Zéro de conduite”) y se estrenaban maravillas de Godard (“A bout de souffle”, eterna) y Martín Patino (“Nueve cartas a Berta”). No existían los turistas ni los peregrinos mochileros; Santiago era una ciudad tranquila, bohemia, un punto rancia, con un arzobispo-cardenal con carisma y presencia, en la que la política estaba uniformada con trenkas y panas de izquierdas. El estudiantado era personal dado a la carallada y al estudio a trompicones en la recta final. Nadie preveía que en un futuro todo aquello se convertiría en un parque temático.
Todo era cutre y gris hasta que llegó aquel mayo de hace cincuenta años. Los primeros brotes verdes se plantaron en 1967, con un concierto frustrado de Raimon en el campo del campus. Digo frustrado aunque no es cosa exacta; la lluvia paró el concierto en la mitad, pero los objetivos ya estaban cumplidos: Raimon había actuado y los espectadores, que habíamos comprado el folleto de canciones traducidas por García Bodaño y Casares, habíamos gritado unas cuantas cosas a estrenar, como libertad y cualquier cosa indefinida; lo importante era el gesto, las sensaciones, las ganas de hacerlo, porque políticamente, digan lo que digan las crónicas, el estudiantado santiagués de hace cincuenta años estaba en vías de preparación. Había una pequeña elite que sabía de que iba la cosa y un montón de matriculados que teníamos ganas de la la cosa fuera a donde iba. Todos salimos a la calle, unos conscientes y otros a medias tintas, pero todos con el convencimiento de que había que estar allí. El motivo fue bastante surrealista, como suele ser el pasado, la protesta contra el decano de mi facultad por un asunto de dineros. Las reuniones y asambleas que se prohibían de vez en cuando se justificaban con títulos peregrinos en distintas facultades; podían empezar con una conferencia sobre poesía y acabar con pequeños debates de formación política para indocumentados. Todo se iba fraguando en un relativo secreto, con espías informadores por medio del estudiantado.
En abril del 68 se presentaban los cantores que todo movimiento tiene que tener; los catalanes ya habían empezado antes, porque eran más modernos y estaban al lado de Francia, nosotros estábamos al lado de la frontera de Tui, sólo apta para el paso del café Sical. En el paraninfo de Medicina, atestado de personal, se presentaban Voces Ceibes, cuatro muchachos con tres acordes básicos de guitarra y las poesías de Celso Emilio Ferreiro; visto desde la distancia aquello era de una ingenuidad musical aplastante; pero servía para el propósito, porque lo importante no era lo que estaba en el escenario, musicalmente pobre, sino en la intención, el grito colectivo y la manifestación que se formaba al terminar. Y llegó mayo y el runrún inicial fue transformándose en grito de protesta y todos salimos a la calle, unos con una clara intencionalidad política y otros con lo puesto, con las ganas y poco más. Y allí nos esperaba la Policía, vestida de gris, al principio con largos abrigos y al poco con cascos y ropa de combate; y empezaron los gritos, carreras y una frase que nunca habíamos escuchado y que se haría habitual: “Disuélvanse o cargamos”. A los de ciencias lo de disolvernos nos sonaba como si nos fueran a meter en ácido corrosivo. Y cargaban y pegaban. Y se montó una pequeña parte de la historia de nuestra sociedad, con un aprendizaje sobre la marcha y sobre la carrera. De Francia nos llegaban noticias mucho más importantes, porque Francia era mucho más importante; del resto del país, también. Todo el estudiantado estaba en la calle para pedir cosas. El Gobierno recurría a viejas frases tópicas de los consabidos manejos del comunismo internacional contra algunas cosas sagradas que estaban dejando de ser sagradas. El mayo santiagués debió parecerse mucho al resto del mayo de todas las universidades españolas, pero no fue tan famoso como el francés, porque Francia era una república, aunque gobernada por De Gaulle, y tenía el Paris Match para hacerse las fotos, y nosotros teníamos una dictadura y el Marca. Y con todo, hace cincuenta años se consiguieron algunas cosas importantes, sobre todo una: empezar. A partir de ahí todo iba a cambiar.
Hoy, cincuenta años después, todo cambió, en parte por aquel golpe de salida, en parte porque el mundo está cambiando siempre. El mundo de ahora mismo es otra cosa, el estudiantado tiene calefacción y viajes low cost; Compostela es una capital burocrática y política; la tecnología digital abrió un campo impensable y, ahora mismo, impredecible; de aquellos que salimos a la calle aquel mayo, cada quien buscó su lugar al sol, algunos fueron quedando por el camino de la vida, unos se acostumbraron a sufrir con paciencia los embates de la insultante fortuna, otros seguimos enfrentándonos –más o menos, a nuestra manera– al mar de calamidades; algunos buscaron acomodo en puestos politicos que, seguramente, merecieron por sus esfuerzos; desaparecieron los cines, aparecieron los centros comerciales; el parque automovilístico atascó las carreteras y, sobre todo, sobre todo, ya somos un país democrático, aunque si rascamos un poco esta democracia, aparece debajo un policía que nos grita: “¡Disuélvanse o cargamos!”
jueves, 26 de abril de 2018
Santos y fantasmas
J.A.Xesteira
El lunes pasado fue San Jorge, como todos los años, y así figura en la hoja de mi calendario y en las inevitables noticias sobre la fiesta del libro y la rosa de Cataluña. Estaba en eso cuando me acordé de que San Jorge no existe, al menos en el santoral católico, como no existen otros santos famosos, como San Cristóbal, Santa Úrsula, Santa Filomena, San Valentín, Santa Verónica o Santa Bárbara. No existieron o sólo fueron personajes de cuentos y leyendas que el Cristianismo, primero, y la Iglesia Católica después, mantuvieron en el santoral. Ninguno de estos santos se encuentra en el catálogo oficial desde 1969, cuando fueron descabalgados por el papa Pablo VI, aquel cardenal Montini que tanto cabreaba a Franco y que era tachado en la católica España de rojo y tonto, después que levantara su voz internacional contra la ejecución de Julián Grimau.
Jorge de Capadocia es una figura popular en muchas culturas, el caballero que lucha contra el dragón, como Sigfrido o las docenas de variantes. Cristóbal (literalmente el que transporta a Dios) es otra leyenda sin fundamento alguno. Úrsula se convirtió al cristianismo, según la leyenda, con ¡11.000 vírgenes! (léase la obra de Jardiel Poncela y la de Apollinaire, variaciones sobre la cuestión). Verónica es la que le pasa el paño por la cara de Cristo, una invención sin respaldo alguno que sirve para alguna procesión de virgen con trapo pintado; dio nombre a un pase torero. Bárbara es una leyenda de origen turco de una diosa de rayos y truenos; en la santería cubana es Shangó. ¿Qué decir de Valentín, el patrono de los regalos de enamorados. O de Filomena (en griego, “la bien amada”), el nombre de mi abuela, cuya desaparición del santoral dio idea a Leonardo Sciacia para un delicioso cuento sicialiano en el que los habitantes de Regalpetra se oponen a que “los del Vaticano” les quiten a la patrona Santa Filonema. Todos esos santos no existen en la guía oficial vaticana, pero se dejan estar como santos en el santoral católico. ¿Cómo se entiende eso? Fácil, hay cosas que no conviene menearlas, esa es la filosofía de la iglesia desde sus comienzos. Jorge es el patrono de Inglaterra y de Aragón; Cristóbal, el de los viajeros y camioneros; Valentín es como un Black Friday para el comercio, y Filomena era mi abuela, y punto. Contra eso no cabe discusión y aquí (quiero decir, en la Plaza de San Pedro) se santifica lo que haga falta, la cuestión es tener contento al cliente-creyente, que siempre tiene razón. Además están las personas que firman con esos nombres, que no van a cambiar porque sí. Cierto es que ahora cualquiera puede poner cualquier nombre, por extravagante que parezca. Y antes también, aunque pasara por el filtro del santoral católico, donde aparecen personajes con nombres que parecen insultos; porque, bien mirado, nos extrañamos de que un niño se llame algo asi como Yeremí o una niña se llame Raíz o cosas por el estilo; sin embargo no nos extrañamos de que alguien se llame Pilar, que es como llamarse columna o poste, o que se llame Inmaculada Concepción de María, que es como llamarse Fecundación sin Mancha (el concepto es el concepto, aunque sea inmaculado)
El Cristianismo en general y el Catolicismo en particular están llenos de adaptaciones falsas convenientes en su momento y dejadas ahí, entre el si y el no, para no menearlo, porque es más rentable, y no seré yo quien clame contra esas decisiones y pida la desaparición de las leyendas y los cuentos antiguos (¡Dios me libre!, diría, si creyese que algún dios me pudiera librar). La Iglesia Católica y, por extensión, todas las religiones, aceptan dentro de sus creencias historias difíciles de creer, cuando no imposibles; enormes mentiras a poco que tengamos una pizca de sentido común, que se tragan, bien por conveniencia, para que el mundo siga girando y el estado de las cosas se mantenga, o bien porque se creen de verdad, lo cual ya sería un asunto más complicado de llevar. Una leyenda surge en un determinado momento, se incorpora a una creencia, se deja estar, se santifica y se decreta que aquello es dogma, ley o decreto, y así sigue para siempre; recomponerlo es difícil. Todos los libros sagrados de las religiones (y muchos que no son religiosos pero también son sagrados) contienen historias inventadas que a lo largo del tiempo se convirtieron en una verdad sin discusión. Fábulas, historias populares, invenciones de literatos anónimos, cuentos…, todo es posible de usar para convencer al ser humano de cualquier cosa. Incluso mentiras interesadas, obligadas por ley y decreto, aplicadas a la fuerza en un momento determinado, con el paso del tiempo se convierten en verdad monolítica, una Verdad-de-toda-la-Vida. Todas las tradiciones nacen así, con un espabilado que monta una historia y ahí se queda.
En la historia comparada del Antes y el Ahora, las cosas no son distintas; pese a que nos creemos estar en la punta del avance de la civilización, arrastramos mentiras, dogmas, tradiciones, historias increibles y verdades incuestionables que son simples inventos, mentiras interesadas o falsedades obligatorias. No las cuestionamos y llegado un momento, incluso las tenemos como benéficas, como nuestro santo patrón, aunque nunca haya existido. A fin de cuentas, la fe consiste en eso, en inventarnos un clavo ardiendo al que agarrarnos, por necesidad o por estupidez. Todos los santos que existían en el Antes son los personajes santificados del Ahora, en los que depositamos nuestras esperanzas y nuestra fe: reyes y reinas de adorno, políticos sin ideario, deportistas millonarios, (los personajes de la Cultura, antes famosos, escritores, músicos, pintores, científicos, incluso los actores del cine, no cotizan en bolsa), los líderes que dirigen la vida hacia ninguna parte, metidos en partidos políticos entendidos como dogma de fe sin sustancia, mandamases de bancos , compañías y empresas transnacionales en la sombra; todos los santos profanos que forman el Poder aparecen en las procesiones televisivas, como si de verdad existieran. Pero son tan falsos como los del santoral, en realidad son sólo fantasmas que desaparecen cuando encendemos una luz sobre ellos.
El lunes pasado fue San Jorge, como todos los años, y así figura en la hoja de mi calendario y en las inevitables noticias sobre la fiesta del libro y la rosa de Cataluña. Estaba en eso cuando me acordé de que San Jorge no existe, al menos en el santoral católico, como no existen otros santos famosos, como San Cristóbal, Santa Úrsula, Santa Filomena, San Valentín, Santa Verónica o Santa Bárbara. No existieron o sólo fueron personajes de cuentos y leyendas que el Cristianismo, primero, y la Iglesia Católica después, mantuvieron en el santoral. Ninguno de estos santos se encuentra en el catálogo oficial desde 1969, cuando fueron descabalgados por el papa Pablo VI, aquel cardenal Montini que tanto cabreaba a Franco y que era tachado en la católica España de rojo y tonto, después que levantara su voz internacional contra la ejecución de Julián Grimau.
Jorge de Capadocia es una figura popular en muchas culturas, el caballero que lucha contra el dragón, como Sigfrido o las docenas de variantes. Cristóbal (literalmente el que transporta a Dios) es otra leyenda sin fundamento alguno. Úrsula se convirtió al cristianismo, según la leyenda, con ¡11.000 vírgenes! (léase la obra de Jardiel Poncela y la de Apollinaire, variaciones sobre la cuestión). Verónica es la que le pasa el paño por la cara de Cristo, una invención sin respaldo alguno que sirve para alguna procesión de virgen con trapo pintado; dio nombre a un pase torero. Bárbara es una leyenda de origen turco de una diosa de rayos y truenos; en la santería cubana es Shangó. ¿Qué decir de Valentín, el patrono de los regalos de enamorados. O de Filomena (en griego, “la bien amada”), el nombre de mi abuela, cuya desaparición del santoral dio idea a Leonardo Sciacia para un delicioso cuento sicialiano en el que los habitantes de Regalpetra se oponen a que “los del Vaticano” les quiten a la patrona Santa Filonema. Todos esos santos no existen en la guía oficial vaticana, pero se dejan estar como santos en el santoral católico. ¿Cómo se entiende eso? Fácil, hay cosas que no conviene menearlas, esa es la filosofía de la iglesia desde sus comienzos. Jorge es el patrono de Inglaterra y de Aragón; Cristóbal, el de los viajeros y camioneros; Valentín es como un Black Friday para el comercio, y Filomena era mi abuela, y punto. Contra eso no cabe discusión y aquí (quiero decir, en la Plaza de San Pedro) se santifica lo que haga falta, la cuestión es tener contento al cliente-creyente, que siempre tiene razón. Además están las personas que firman con esos nombres, que no van a cambiar porque sí. Cierto es que ahora cualquiera puede poner cualquier nombre, por extravagante que parezca. Y antes también, aunque pasara por el filtro del santoral católico, donde aparecen personajes con nombres que parecen insultos; porque, bien mirado, nos extrañamos de que un niño se llame algo asi como Yeremí o una niña se llame Raíz o cosas por el estilo; sin embargo no nos extrañamos de que alguien se llame Pilar, que es como llamarse columna o poste, o que se llame Inmaculada Concepción de María, que es como llamarse Fecundación sin Mancha (el concepto es el concepto, aunque sea inmaculado)
El Cristianismo en general y el Catolicismo en particular están llenos de adaptaciones falsas convenientes en su momento y dejadas ahí, entre el si y el no, para no menearlo, porque es más rentable, y no seré yo quien clame contra esas decisiones y pida la desaparición de las leyendas y los cuentos antiguos (¡Dios me libre!, diría, si creyese que algún dios me pudiera librar). La Iglesia Católica y, por extensión, todas las religiones, aceptan dentro de sus creencias historias difíciles de creer, cuando no imposibles; enormes mentiras a poco que tengamos una pizca de sentido común, que se tragan, bien por conveniencia, para que el mundo siga girando y el estado de las cosas se mantenga, o bien porque se creen de verdad, lo cual ya sería un asunto más complicado de llevar. Una leyenda surge en un determinado momento, se incorpora a una creencia, se deja estar, se santifica y se decreta que aquello es dogma, ley o decreto, y así sigue para siempre; recomponerlo es difícil. Todos los libros sagrados de las religiones (y muchos que no son religiosos pero también son sagrados) contienen historias inventadas que a lo largo del tiempo se convirtieron en una verdad sin discusión. Fábulas, historias populares, invenciones de literatos anónimos, cuentos…, todo es posible de usar para convencer al ser humano de cualquier cosa. Incluso mentiras interesadas, obligadas por ley y decreto, aplicadas a la fuerza en un momento determinado, con el paso del tiempo se convierten en verdad monolítica, una Verdad-de-toda-la-Vida. Todas las tradiciones nacen así, con un espabilado que monta una historia y ahí se queda.
En la historia comparada del Antes y el Ahora, las cosas no son distintas; pese a que nos creemos estar en la punta del avance de la civilización, arrastramos mentiras, dogmas, tradiciones, historias increibles y verdades incuestionables que son simples inventos, mentiras interesadas o falsedades obligatorias. No las cuestionamos y llegado un momento, incluso las tenemos como benéficas, como nuestro santo patrón, aunque nunca haya existido. A fin de cuentas, la fe consiste en eso, en inventarnos un clavo ardiendo al que agarrarnos, por necesidad o por estupidez. Todos los santos que existían en el Antes son los personajes santificados del Ahora, en los que depositamos nuestras esperanzas y nuestra fe: reyes y reinas de adorno, políticos sin ideario, deportistas millonarios, (los personajes de la Cultura, antes famosos, escritores, músicos, pintores, científicos, incluso los actores del cine, no cotizan en bolsa), los líderes que dirigen la vida hacia ninguna parte, metidos en partidos políticos entendidos como dogma de fe sin sustancia, mandamases de bancos , compañías y empresas transnacionales en la sombra; todos los santos profanos que forman el Poder aparecen en las procesiones televisivas, como si de verdad existieran. Pero son tan falsos como los del santoral, en realidad son sólo fantasmas que desaparecen cuando encendemos una luz sobre ellos.
viernes, 20 de abril de 2018
Los extranjeros somos de Extranja
J.A.Xesteira
Me en cuentro a un amigo (de verdad, no es un recurso tópico de escribidor que recurre al “amigo” imaginario para poner sus opiniones) sumergido en un enorme cabreo, que afirma que se va a vivir para Portugal, cansado de este-país-de-mierda. Le hago ver que este-país-de-mierda es el mío y el suyo, que no tenemos otro, y que, además, si es así como él dice, tanto él como yo tenemos nuestra parte de culpa de que así sea. Pero el cabreo, cabreo de bar, aclaro, lo tiene al borde del ataque de ira, seguramente porque es lunes y los lunes, ya se sabe, son días nefastos. Además está “lo de Cifuentes”, que aparece en la tele del bar diciendo que renuncia a su máster, que se lo dieron mal dado y que la culpa la tiene el rector, pero que no dimite. “Es como si yo voy por la carretera –aclara mi amigo– me para la Guardia Civil y me dice que el carnet de conducir es falso, y yo le digo que bueno, que renuncio a el, que me lo hizo un colega con un plastificador; y la Guardia civil me dice que, siendo así, no pasa nada, que siga; pero, ¿en que país vivimos?” Tengo que darle la razón en algunas cosas, a pesar del cabreo; estamos en un país de títulos y de currículos; no es que sirvan para nada, los méritos no se tienen en cuenta a la hora de conseguir trabajo, un puesto por concurso o un lugar al sol social; hace años, en la empresa en que trabajaba llegaron un montón de currículos para un puesto de trabajo, y una muchacha alegaba ¡que hablaba swahili! Por cosas del azar o las circunstancias, contrataron a la muchacha, que resultó muy competente pero, por supuesto, no hablaba swahili, simplemente lo metió porque sí, como se meten másters en los currículos de los políticos, por hacer unas gracias de nada. Los másters, aclaremos, son un invento legal para que unas empresas privadas, respaldadas por una ley creada a su medida, le saquen dinero a los incautos por obligación, que piensan que gastar esa pasta les va a dar más méritos y más conocimientos; gordo error, fueron inventados para colocar un filtro económico que garantice el ascenso de las elites a los grandes currículos con los que presumir; porque este es un país de presumidos, de gente que enseña títulos y alardea de estudios en lugares donde nunca se enseñó nada.
Pero mi amigo insiste en marcharse a Portugal, “al menos allí la vida es más tranquila, seguramente habrá delincuentes políticos como aquí, pero se toman la vida con más tranquilidad, y, además, es una república”. Esa es otra; mi amigo, se deduce, es republicano, y el mes de abril es difícil para los republicanos, por las fechas, 14 en España, 25 en Portugal, dos datas históricas, una perdida y otra empatada. Y no le hacen ninguna gracia las monarquías. Ahí se le sube el cabreo a la barra del bar: “Gente a las que nadie les pidió que se quedasen; y que se jubilan, siguen viviendo de eméritos como reyes y no tienen utilidad demostrada. Además, son como la Cifuentes; en un pispás pasaron por la universidad y tres academias militares y todavía les quedó tiempo para esquiar, ligarse a la más guapa y navegar. Este es el unico país del mundo con dos reyes en activo, aunque lo de activo sería mucho decir… Lo dicho, me voy a vivir aquí al lado, al menos allí seré un extranjero, pero menos extranjero que en este país. De verdad, machiño, cada vez que veo a los personajes que salen por la tele, políticos, deportistas, aficionados al fútbol, intelectuales y cultos.., bueno, de esos no, que hace años que la cultura desapareció de la tele; pues cada vez que aparecen todos estos, me siento que soy un extranjero, no me identifico con nada de lo que se supone que representa a mi país, todo con lo que llenan las televisiones, ese derroche de comidas, las fiestas y las banderas y los gritos patrióticos. ¿Qué tengo en común con ese patrioterismo de gestos gubernamentales, que se inventan delitos de odio, que era lo que me faltaba por ver?; delitos de odio a dios o al himno nacional, es decir, a unha hipótesis o a una música, o a un partido político, ¿cómo se puede odiar a una abstracción como la idea del dios, o a una música militar? Cada vez me siento más extranjero aquí, y me voy… ¡Jefe, ponnos otra ronda de lo mismo, y más manises!…”
Mientras nos sirven las cañas mi amigo se lanza por la economía y sus consecuencias. Por si no lo dije, mi amigo (de toda la vida) es un jubilado que mira hacia atrás con ira. “Fíjate, el Fondo Monetario Internacional, que es una organización de delincuentes, dice que España mejora en su economía, y lo dice con toda la cara, porque sabe que eso no le interesa a nadie más que a los políticos que salen en la tele diciendo que la tienen más grande que los otros, porque saben hacer las cosas bien. Siempre hablan de los números gordos, de los que sólo entienden los bancos, el ministro Montoro y cuatro listos más; de los números pequeños sabemos mucho más el camarero, la cajera del super y yo, y esos números no engañan. Y estoy cansado de aguantar tanta mentira y tanta estupidez; me voy, quiero ser un extranjero en un país donde traten bien a los extranjeros, porque me siento extranjero en mi propio país y, por encima me tratan de pena; mi pensión se encoge cada año ante la subida de todo, incluido el colesterol, mientras los grandes depredadores sociales cobran pensiones y sueldos millonarios sin rascarla. No tengo nada que ver con este paisanaje. Al final lo único en común es que todos nos saltamos los radares de tráfico, declaramos a Hacienda, unos más, otros defraudando legalmente, y todos soportamos la misma sequía y la misma lluvia. ¡Jefe, a ver que se debe aquí!”.
Me en cuentro a un amigo (de verdad, no es un recurso tópico de escribidor que recurre al “amigo” imaginario para poner sus opiniones) sumergido en un enorme cabreo, que afirma que se va a vivir para Portugal, cansado de este-país-de-mierda. Le hago ver que este-país-de-mierda es el mío y el suyo, que no tenemos otro, y que, además, si es así como él dice, tanto él como yo tenemos nuestra parte de culpa de que así sea. Pero el cabreo, cabreo de bar, aclaro, lo tiene al borde del ataque de ira, seguramente porque es lunes y los lunes, ya se sabe, son días nefastos. Además está “lo de Cifuentes”, que aparece en la tele del bar diciendo que renuncia a su máster, que se lo dieron mal dado y que la culpa la tiene el rector, pero que no dimite. “Es como si yo voy por la carretera –aclara mi amigo– me para la Guardia Civil y me dice que el carnet de conducir es falso, y yo le digo que bueno, que renuncio a el, que me lo hizo un colega con un plastificador; y la Guardia civil me dice que, siendo así, no pasa nada, que siga; pero, ¿en que país vivimos?” Tengo que darle la razón en algunas cosas, a pesar del cabreo; estamos en un país de títulos y de currículos; no es que sirvan para nada, los méritos no se tienen en cuenta a la hora de conseguir trabajo, un puesto por concurso o un lugar al sol social; hace años, en la empresa en que trabajaba llegaron un montón de currículos para un puesto de trabajo, y una muchacha alegaba ¡que hablaba swahili! Por cosas del azar o las circunstancias, contrataron a la muchacha, que resultó muy competente pero, por supuesto, no hablaba swahili, simplemente lo metió porque sí, como se meten másters en los currículos de los políticos, por hacer unas gracias de nada. Los másters, aclaremos, son un invento legal para que unas empresas privadas, respaldadas por una ley creada a su medida, le saquen dinero a los incautos por obligación, que piensan que gastar esa pasta les va a dar más méritos y más conocimientos; gordo error, fueron inventados para colocar un filtro económico que garantice el ascenso de las elites a los grandes currículos con los que presumir; porque este es un país de presumidos, de gente que enseña títulos y alardea de estudios en lugares donde nunca se enseñó nada.
Pero mi amigo insiste en marcharse a Portugal, “al menos allí la vida es más tranquila, seguramente habrá delincuentes políticos como aquí, pero se toman la vida con más tranquilidad, y, además, es una república”. Esa es otra; mi amigo, se deduce, es republicano, y el mes de abril es difícil para los republicanos, por las fechas, 14 en España, 25 en Portugal, dos datas históricas, una perdida y otra empatada. Y no le hacen ninguna gracia las monarquías. Ahí se le sube el cabreo a la barra del bar: “Gente a las que nadie les pidió que se quedasen; y que se jubilan, siguen viviendo de eméritos como reyes y no tienen utilidad demostrada. Además, son como la Cifuentes; en un pispás pasaron por la universidad y tres academias militares y todavía les quedó tiempo para esquiar, ligarse a la más guapa y navegar. Este es el unico país del mundo con dos reyes en activo, aunque lo de activo sería mucho decir… Lo dicho, me voy a vivir aquí al lado, al menos allí seré un extranjero, pero menos extranjero que en este país. De verdad, machiño, cada vez que veo a los personajes que salen por la tele, políticos, deportistas, aficionados al fútbol, intelectuales y cultos.., bueno, de esos no, que hace años que la cultura desapareció de la tele; pues cada vez que aparecen todos estos, me siento que soy un extranjero, no me identifico con nada de lo que se supone que representa a mi país, todo con lo que llenan las televisiones, ese derroche de comidas, las fiestas y las banderas y los gritos patrióticos. ¿Qué tengo en común con ese patrioterismo de gestos gubernamentales, que se inventan delitos de odio, que era lo que me faltaba por ver?; delitos de odio a dios o al himno nacional, es decir, a unha hipótesis o a una música, o a un partido político, ¿cómo se puede odiar a una abstracción como la idea del dios, o a una música militar? Cada vez me siento más extranjero aquí, y me voy… ¡Jefe, ponnos otra ronda de lo mismo, y más manises!…”
Mientras nos sirven las cañas mi amigo se lanza por la economía y sus consecuencias. Por si no lo dije, mi amigo (de toda la vida) es un jubilado que mira hacia atrás con ira. “Fíjate, el Fondo Monetario Internacional, que es una organización de delincuentes, dice que España mejora en su economía, y lo dice con toda la cara, porque sabe que eso no le interesa a nadie más que a los políticos que salen en la tele diciendo que la tienen más grande que los otros, porque saben hacer las cosas bien. Siempre hablan de los números gordos, de los que sólo entienden los bancos, el ministro Montoro y cuatro listos más; de los números pequeños sabemos mucho más el camarero, la cajera del super y yo, y esos números no engañan. Y estoy cansado de aguantar tanta mentira y tanta estupidez; me voy, quiero ser un extranjero en un país donde traten bien a los extranjeros, porque me siento extranjero en mi propio país y, por encima me tratan de pena; mi pensión se encoge cada año ante la subida de todo, incluido el colesterol, mientras los grandes depredadores sociales cobran pensiones y sueldos millonarios sin rascarla. No tengo nada que ver con este paisanaje. Al final lo único en común es que todos nos saltamos los radares de tráfico, declaramos a Hacienda, unos más, otros defraudando legalmente, y todos soportamos la misma sequía y la misma lluvia. ¡Jefe, a ver que se debe aquí!”.
viernes, 13 de abril de 2018
Gaudeamus igitur
J.A.Xesteira
El himno universal de todas las universidades, el Gaudeamus Igitur (Alegremonos, pues), un cántico en latín (sólo por eso ya merece la pena cantarlo) que alguna vez entonamos en algún acto solemne universitario, tiene pocos motivos para alegrarnos la vida. La universidad no es tampoco lo que queríamos que fuese en los viejos tiempos del Mayo-68 (cincuenta años el mes que viene); el “vivat academia, vivat profesores” ya no se ajusta a los buenos deseos (en el himno también se cantan vivas a las virgenes hermosas y a las mujeres trabajadoras). La Universidad española está en cuestión. El hecho puntual y casi anecdótico del falso máster de Cifuentes es la punta del iceberg que deriva por la sociedad española sin rumbo. Los males no son precisamente el hecho de que la Universidad Juan Carlos I (nombre poco afortunado para un personaje de escasas luces universitarias) haya dado un título falso a una política que sabía que era falso; el escándalo hispano-político rueda y rueda al estilo de este país, durante días; en otros países bastaría la aparición de evidencias de falsedades para que un político dimitiera por vergüenza torera; en España, no, se niega lo evidente y el partido que acoge en su seno a la política mendaz, lo entiende como un ataque de “los malos” contra una dignidad inexistente. Estos días, un actor de cine fue condenado a pena de cárcel por falsificar un título de patrón de barco; el actor aceptó la pena y pagó la multa. Pero en política no funciona la cosa igual; contra todas las pruebas de que la presidenta de Madrid (estamos hablando de la presidenta de Madrid, no de un titiritero, o un rapero o un actor) tiene un máster falso, ni la Justicia (veloz con la farándula) ni el Gobierno (defensor de los suyos) ni la propia Cifuentes (contumaz en negar lo evidente) hacen otra cosa más que mirar hacia el infinito y silbar por lo bajo. Es como si el ganador de la etapa del Tour diera positivo y continuara en la carrera.
El incidente Cifuentes, con todo el acompañamiento político y periodístico que día a día desbroza más y más datos de la ilegalidad que, paradójicamente, no encuentra un fiscal ni un juez que acuse a alguien de falsedad-en- documento-oficial con la intención evidente de obtener beneficios públicos, no es un mal en sí mismo, sino el síntoma de un mal. A buen seguro que a continuación seguirán apareciendo más casos como el de la presidenta; de hecho, y sin moverse del mismo partido político, ya surgen másters parecidos, dirigidos por el mismo personaje que manipuló (supuestamente, de momento) el de Cifuentes. El caso nos lleva a mayores profundidades, a considerar la Universidad española como un espacio natural protegido, en el que se gestionan parcelas de poder en lugar de gestionar la cultura y la ciencia de los futuros dirigentes de este país. Desde aquel Mayo-68, en el que los de la calle tomada pensábamos que aquella universidad era clasista, cerrada, elitista y un montón de cosas más, hasta esta universidad de ahora, han pasado muchas cosas y una democracia. El primer efecto fue considerar a la universidad como objeto de obra inaugurable y rentable políticamente; se esparcieron centros universitarios como si fueran pabellones deportivos; y nacieron las universidades “de partido”, cuyo ejemplo más evidente está en las madrileñas, primero la Carlos III, en tiempos socialistas y después la Juan Carlos I, en la era pepera de Gallardón, un tipo del que no se fiaba ni su padre (textualmente, hay declaraciones); en medio, se patrocinó y subvencionó a las universidades privadas (negocios casi siempre a la sombra del gasto público y el beneficio privado), y en cada comunidad se repartieron facultades con carreras surtidas. En paralelo se habilitaron leyes y decretos por los cuales se trazaban vericuetos por los que serpentear hacia el título con el que engordar el currículum para el puesto docente; las leyes se hacen, claro está, para beneficio de “los míos” (si mis amigos no pueden pasar por las leyes, se hacen otras leyes, como el viejo criterio marxista facción Groucho). De manera tangencial se fijan partidas en los presupuestos del Estado para la enseñanza universitaria, con mejores y más profesores y una investigación de lujo; en la realidad todo eso no es más de papel de mojado con pises políticos; el año pasado, de cada tres euros presupuestados para Investigación y Desarrollo, sólo se llegó a invertir uno.
¿Qué hemos conseguido con todo esto? Por una parte, fabricar en serie emigrantes de lujo, personas jóvenes bien preparadas que no encontrarán aquí la manera de rentabilizar la inversión que el Estado hizo en formarles, con sus másters, sus títulos y sus posgrados; tendrán que marchar a otros países, en los que se habla alemán o inglés, y en los que serán reconocidos, pero mal pagados. Otros sobreviven en su tierras como pueden, dando clases en colegios o institutos o buscándose la vida en precario, sin que sus máster les sirva para mucho. Porque, a la hora de entrar en el mercado laboral, pesan más los contactos ( o la pertenencia a un partido) que los currículum. El acceso a la docencia universitaria, que hace 50 años pensábamos que tenía que cambiar y ser un camino en el que prevalecieran los méritos personales y académicos, el trabajo y la investigación y el sentido común y la honestidad del sabio, se ha convertido en un acceso solo para “los míos” (cada quien ponga aquí a quien se le ocurra), donde pesa más el partido político, la amistad personal o la autofagia permanente de la clase funcionarial. Los tres grandes enemigos de la sociedad, que creíamos que la democracia iba a extirpar, el amiguismo, el enchufismo y el pesebrismo, se mantienen mucho más fortalecidos. En la universidad hay gente incompetente, deshonesta y que busca su lugar para poder medrar, pero son muchos más –al menos creo tener esa certeza– los competentes, los honestos y los buenos profesionales. Lo malo es que ser honesto y competente no es muy rentable en estos tiempos estupidos que nos toca vivir.
El himno universal de todas las universidades, el Gaudeamus Igitur (Alegremonos, pues), un cántico en latín (sólo por eso ya merece la pena cantarlo) que alguna vez entonamos en algún acto solemne universitario, tiene pocos motivos para alegrarnos la vida. La universidad no es tampoco lo que queríamos que fuese en los viejos tiempos del Mayo-68 (cincuenta años el mes que viene); el “vivat academia, vivat profesores” ya no se ajusta a los buenos deseos (en el himno también se cantan vivas a las virgenes hermosas y a las mujeres trabajadoras). La Universidad española está en cuestión. El hecho puntual y casi anecdótico del falso máster de Cifuentes es la punta del iceberg que deriva por la sociedad española sin rumbo. Los males no son precisamente el hecho de que la Universidad Juan Carlos I (nombre poco afortunado para un personaje de escasas luces universitarias) haya dado un título falso a una política que sabía que era falso; el escándalo hispano-político rueda y rueda al estilo de este país, durante días; en otros países bastaría la aparición de evidencias de falsedades para que un político dimitiera por vergüenza torera; en España, no, se niega lo evidente y el partido que acoge en su seno a la política mendaz, lo entiende como un ataque de “los malos” contra una dignidad inexistente. Estos días, un actor de cine fue condenado a pena de cárcel por falsificar un título de patrón de barco; el actor aceptó la pena y pagó la multa. Pero en política no funciona la cosa igual; contra todas las pruebas de que la presidenta de Madrid (estamos hablando de la presidenta de Madrid, no de un titiritero, o un rapero o un actor) tiene un máster falso, ni la Justicia (veloz con la farándula) ni el Gobierno (defensor de los suyos) ni la propia Cifuentes (contumaz en negar lo evidente) hacen otra cosa más que mirar hacia el infinito y silbar por lo bajo. Es como si el ganador de la etapa del Tour diera positivo y continuara en la carrera.
El incidente Cifuentes, con todo el acompañamiento político y periodístico que día a día desbroza más y más datos de la ilegalidad que, paradójicamente, no encuentra un fiscal ni un juez que acuse a alguien de falsedad-en- documento-oficial con la intención evidente de obtener beneficios públicos, no es un mal en sí mismo, sino el síntoma de un mal. A buen seguro que a continuación seguirán apareciendo más casos como el de la presidenta; de hecho, y sin moverse del mismo partido político, ya surgen másters parecidos, dirigidos por el mismo personaje que manipuló (supuestamente, de momento) el de Cifuentes. El caso nos lleva a mayores profundidades, a considerar la Universidad española como un espacio natural protegido, en el que se gestionan parcelas de poder en lugar de gestionar la cultura y la ciencia de los futuros dirigentes de este país. Desde aquel Mayo-68, en el que los de la calle tomada pensábamos que aquella universidad era clasista, cerrada, elitista y un montón de cosas más, hasta esta universidad de ahora, han pasado muchas cosas y una democracia. El primer efecto fue considerar a la universidad como objeto de obra inaugurable y rentable políticamente; se esparcieron centros universitarios como si fueran pabellones deportivos; y nacieron las universidades “de partido”, cuyo ejemplo más evidente está en las madrileñas, primero la Carlos III, en tiempos socialistas y después la Juan Carlos I, en la era pepera de Gallardón, un tipo del que no se fiaba ni su padre (textualmente, hay declaraciones); en medio, se patrocinó y subvencionó a las universidades privadas (negocios casi siempre a la sombra del gasto público y el beneficio privado), y en cada comunidad se repartieron facultades con carreras surtidas. En paralelo se habilitaron leyes y decretos por los cuales se trazaban vericuetos por los que serpentear hacia el título con el que engordar el currículum para el puesto docente; las leyes se hacen, claro está, para beneficio de “los míos” (si mis amigos no pueden pasar por las leyes, se hacen otras leyes, como el viejo criterio marxista facción Groucho). De manera tangencial se fijan partidas en los presupuestos del Estado para la enseñanza universitaria, con mejores y más profesores y una investigación de lujo; en la realidad todo eso no es más de papel de mojado con pises políticos; el año pasado, de cada tres euros presupuestados para Investigación y Desarrollo, sólo se llegó a invertir uno.
¿Qué hemos conseguido con todo esto? Por una parte, fabricar en serie emigrantes de lujo, personas jóvenes bien preparadas que no encontrarán aquí la manera de rentabilizar la inversión que el Estado hizo en formarles, con sus másters, sus títulos y sus posgrados; tendrán que marchar a otros países, en los que se habla alemán o inglés, y en los que serán reconocidos, pero mal pagados. Otros sobreviven en su tierras como pueden, dando clases en colegios o institutos o buscándose la vida en precario, sin que sus máster les sirva para mucho. Porque, a la hora de entrar en el mercado laboral, pesan más los contactos ( o la pertenencia a un partido) que los currículum. El acceso a la docencia universitaria, que hace 50 años pensábamos que tenía que cambiar y ser un camino en el que prevalecieran los méritos personales y académicos, el trabajo y la investigación y el sentido común y la honestidad del sabio, se ha convertido en un acceso solo para “los míos” (cada quien ponga aquí a quien se le ocurra), donde pesa más el partido político, la amistad personal o la autofagia permanente de la clase funcionarial. Los tres grandes enemigos de la sociedad, que creíamos que la democracia iba a extirpar, el amiguismo, el enchufismo y el pesebrismo, se mantienen mucho más fortalecidos. En la universidad hay gente incompetente, deshonesta y que busca su lugar para poder medrar, pero son muchos más –al menos creo tener esa certeza– los competentes, los honestos y los buenos profesionales. Lo malo es que ser honesto y competente no es muy rentable en estos tiempos estupidos que nos toca vivir.
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