domingo, 28 de septiembre de 2014

La decadencia y las convulsiones

Diario de Pontevedra. 27/09/2014 - J.A. Xesteira
La caída de los imperios no ocurrió de la noche a la mañana. A pesar de que en los viejos libros escolaresde Historia la cosa ocurría en un par de líneas de texto, la realidad era mucho más compleja y duradera. De hecho hay cantidad de mamotretos llenos de investigación erudita sobre la caída del imperio romano y análisis exahustivos sobre el caso. En mi libro escolar había una ilustración en la que los vándalos entraban a caballo por el foro romano, y por eso siempre creí que un día los habitantes del Imperio se acostaron imperialistas, y al día siguiente entraron los bárbaros a uña de caballo y se acabó el imperio, por culpa de esa barbaridad. La decadencia de los imperios, el romano, el otomano, el de Alejandro, el napoleónico, fue lenta, tardaron años en caer. Eran otros tiempos, los procesos eran lentos y, sobre todo, no había ruedas de prensa ni redes sociales. Los imperios decaían (vuelvo al tema de la pasada semana) porque el sistema se agotaba, los reyes ya no podían explotar a su pueblo más de lo que lo habían explotado y aparecían los bárbaros, del norte (de Europa o de África), gente nueva que barría con el estado de las cosas. Sobre todo eso hay toneladas de libros con títulos tan sugerentes como La Decadencia de Occidente o El Otoño de la Edad Media, que podrían servir para titular una tienda de ultramarinos o una película de chico-conoce-chica-en-la-Toscana. La caída del poder, o la transformación, o la evolución de los tiempos, como quieran, es el eterno retorno, el ciclo que se cierra y se abre otro nuevo. La pasada semana hablaba de las señales que preceden a la caída del Imperio o, para hablar con más propiedad, el Sistema. Mientras los bárbaros del norte ya nos han invadido en forma de turismo, nuestro estatus se tambalea, y a las señales suceden las convulsiones propias de la caída. Cuando se produce un hundimiento y las cosas se precipitan, bien sea por un choque contra un iceberg o las elecciones del año que viene, no vale decir que las mujeres y los niños primero; se produce un sálvese quien pueda en el que se pisan cabezas, se dan patadas y se roban los chalecos salvavidas; los capitanes pueden quedarse en el puente de mando como el del Titanic o saltar a la zódiac como el del Costa Concordia. Pero el personal busca su sitio y quiere salvar su culo. Mientras, van cayendo ilustres que serán mañana cadáveres exquisitos. Gallardón, sin ir más lejos. No bien acaba de presentar su dimisión y ya las manadas de expertos analistas lo colocaron en sus microscopios con lentes deformantes para dar un dictamen. 
Es todo un personaje digno de estudio, y su puesta en escena de la rueda de prensa, modelo dimisión, es impecable. No es corriente el hecho de que un ministro dimita, y eso es como colgarse la medalla de la dignidad dimisionaria (con pensión añadida de ex ministro) pero en momentos de decadencia, las dimisiones no son tan dignas, son como la cicuta de Sócrates: me muero antes de que me maten. Y en directo (¡qué no daría por ver el discurso de Marco Antonio a la muerte de César en rueda de prensa en el telediario!) Gallardón se fue diciendo frases marxistas (de Groucho) como “fue una experiencia inolvidable” o “no he sido capaz de cumplir el encargo”, lo cual lo deja en el territorio del ¿que-habrá-querido-decir-entre-líneas? Porque el ex ministro de Justicia no es tonto, fue capaz de dar el pego progresista en la oposición y de virar a sotavento en el Gobierno. Su caída no es culpa suya, simplemente le tocó vivir en tiempos de decadencia, en un sistema que tiene fecha de caducidad, y que se puede tomar como los yogures de Cañete, pero te arriesgas a una diarrea. No es el ex ministro la primera víctima, porque las convulsiones en su partido ya se han llevado por delante a otros y otras, curiosamente las mujeres que pasaron por el poder madrileño, Botella y Aguirre, y las convulsiones internas continúan, porque el año que viene toca votar y, aunque no lo parezca, ya estamos en campaña. Ahora sólo le queda a los expertos hacer balance del ministro caído: el tipo que consiguió algo difícil, cabrear a todo el mundo de la justicia, abogados, jueces, fiscales, funcionarios; el hombre que, como alcalde de la capital, consiguió dejar el mayor pufo que recuerda la Historia; consiguió que las leyes sólo funcionen para los ricos, aplicando unas tasas judiciales al derecho a la justicia, y privatizó el registro civil. Y para rematar se va dejándole un agujero electoral a su partido por la zona de la derecha de la derecha. No se puede hacer más en menos tiempo. 
Las convulsiones que seguirán estos días son de ver. Por una parte, el presidente, mientras viaja a China, que es un país que le va muy bien a su estilo, guarda en un cajón (¿o una caja china?) la ley del aborto, deja que el revuelo pose, y abre comercio en el capitalismo comunista de Extremo Oriente. Por otra parte, el Rey Felipe VI (no me acostumbro, siempre me parece una marca de coñac) se deja barba de ecologista y defiende a la Madre Tierra en el despacho de Obama. Y mientras, aquí, el partido en el poder comienza a considerar a los nuevos del PSOE como rivales de peso, y a revolverse para ganar el puesto a codazos en la salida de la maratón electoral del año que viene. Y todos siguen teniendole miedo a Podemos, que ya avisa que no va a las municipales, pero que sí apoyará a las alternativas vecinales que se correspondan con sus intenciones, porque ellos no son un partido, sino una tendencia, una especie de budismo, que no es religión, sino filosofía. Y eso les mete miedo a los partidos tradicionales, que ven como el imperio decae y la gente podría apuntarse a la novedad de los bárbaros del norte.

domingo, 21 de septiembre de 2014

La decadencia

Diario de Pontevedra. 19/09/2014 - J.A. Xesteira
Estamos en decadencia, el espacio de tiempo en el que se pasa de un estado de bonanza (real o ficticia) a un estado depauperado, tras doblar el pico de la crisis. De aquellas euforias pasamos a estos pesimismos; de nadar en la abundancia pasamos a naufragar con el barco en las piedras; del esplendor en la hierba entramos en el cuerpo a tierra; de agruparnos todos en la sociedad de bienestar llegamos al sálvese quien pueda de esta tropa. Y así. No es la primera vez ni será la última; la historia de los pueblos es una montaña rusa en  la que vamos hacia arriba y hacia abajo, continuamente. Pasamos de las edades de oro a las edades de plomo, y, por el medio, unas cuantas generaciones sufren o disfrutan, confirmando aquella frase filosófica de que la vida es una tómbola (ton, ton, tómbola). Vivimos y sobrevivimos (según el reparto de papeles) en una época de decadencia, que todavía está empezando y que ya muestra los síntomas, las claves, las señales de que se acercan tiempos oscuros y duros, mucho más de lo que estamos ahora contemplando con total impasividad, como si lo que está pasando no fuera más que una realidad virtual, una filmación enviada por whatsapp, una imagen de un juego de ordenador. Las señales del apocalipsis de la decadencia están ahí, a la vista, sólo hay que abrir bien los ojos y entender lo que pasa; ver las cosas que se derrumban con el análisis de Iker Jiménez (no Casillas) y su esposa Carmen en el Cuarto Milenio. Simplemente con ver, leer y oír a los Medios, con ánimo investigador, encontraremos las señales de la decadencia, las marcas de que estamos en la cuesta abajo y nos esperan tiempos oscuros. No serán números de la Bestia ni grandes cataclismos (nos olvidamos de los tsunamis y demás catástrofes naturalmente producidas por el cambio climático en cuanto volvemos de vacaciones) Son cosas normales, reales, noticias que todas juntas, son un panorama que en manos de Iker Jiménez (no Casillas) pueden dar mucho juego.
Vean: de repente, en Madrid, la ciudad con más zona verde del mundo (después de Tokio) se empiezan a caer los árboles, un día, un olmo, otro, un pino, y ya han causado varias muertes; es un síntoma, los árboles se derrumban, y no porque les venga mal dado un temporal, no, así, sin más: que me caigo, que me caigo. Puede ser coincidencia, o no, pero anunciar la alcaldesa Botella que no va a presentarse a las elecciones municipales (quizás viendo lo que preven las encuestas) y caerse los árboles, es todo uno. Después de los anuncios grandiosos de Eurovegas y la candidatura para la olimpiada (por tercera vez) fracasados, la capital entra en decadencia, y los árboles se caen para acompañar la depauperación madrileña. Y se mueren los grandes hombres, Botín del Santander y Álvarez del Corte; y se espera que sigan decayendo otros ilustres a quienes el clamor popular no echará de menos. Serán sustituidos por otra generación familiar, a imagen y semejanza de la Monarquía, que se renueva dentro de la firma comercial Borbón e Hijos S.L. 
La señal más palpable está en el terreno deportivo, que es nuestra manera de entender la patria, enarbolando banderas en los estadios y aplastando incruentamente a un enemigo en guerras de pago y pantalón corto. Primero, la Roja Nacional de Fútbol, que abochornó al país en Brasil; ahora, el baloncesto, que se hundió en Sevilla, y hasta nos echan de la Copa Davis porque los tenistas son de pago y no van por la patria. Ni siquiera los individuales nos dan motivos: Nadal, Alonso y demás atletas y competidores ya no están de moda (la excepción es el chaval de la moto). El ciclismo no brilló en el Tour, que es la carrera de verdad, y hubo que llegar una Vuelta para andar por casa, con final en el Obradoiro, lo cual es decadente, porque se rompe la tradición del sprint por la Castellana. Sólo las mujeres tuvieron importancia en el deporte, ellas, a las que nunca hacen caso, ganaron campeonatos mundiales en natación, atletismo, bádminton, waterpolo, pero, por ser mujeres, fueron noticia durante hora y media, después la noticia fue la baja forma de un jugador porque no está motivado, o el error táctico del entrenador del Madrid. Pura decadencia del país, que asiste pasmado a noticias que no lo son, tragando ruedas de prensa de deportistas como si eso fuera de verdad el deporte. Hasta Iker Casillas (no Jiménez) está en decadencia, al menos según el público y los expertos deportivos. 
La gran señal es el desconcierto político. Pasamos de la necesidad de renovación de los políticos (siempre estarán ahí, como los pobres del Evangelio y siempre harán falta –no estos, precisamente–) a una situación de alarma. De repente el partido en el poder se embarulla en sus propias contradicciones (se hace en la picha un lío, para decirlo de forma menos educada) y el partido en la oposición, que venía decayendo desde hacía tiempo, intenta transformarse en algo que no tiene claro; podría llamarse PS (Partido Sálvame) después de que su líder cambie el mitin por la tele-basura. Y todos se aterrorizan con la aparición de un partido pequeño, todavía sin definición y sin haber demostrado nada, que les mete miedo en el cuerpo, simplemente porque sus líderes hablan como las personas normales. Y para rebozarlo todo, esa caldeirada llamada soberanismo, del que todos hablan, para defenderlo o atacarlo, sin saber de lo que están hablando y sin explicarnos de qué va la cosa. Con Escocia al fondo y su referéndum divisor (nada va a ser igual a partir de ahora), Cataluña sale a la calle, más como sentimiento que como una alternativa clara y programada. 
Lo peor de la decadencia es que por el camino un par de generaciones se han perdido para el bien de todos: científicos, pensadores, médicos, técnicos, investigadores, políticos, deportistas… Todos han tenido que adaptarse “a lo que hay” o marcharse fuera. Lo mejor es que cuando la cosa decaiga hasta el fondo, todo lo demás será ir hacia arriba. 

domingo, 14 de septiembre de 2014

Números estadísticos

Diario de Pontevedra. 13/09/2014 - J.A. Xesteira
Nunca me gustaron las cifras estadísticas ni los datos de las encuestas; esos porcentajes que pretenden reflejar la realidad suelen estar manipulados. No es que mientan, y que las cifras sean falsas –que pudiera ser– sino que, una vez expuestos y colocados en su sitio, las conclusiones suelen ser diversas. Seguramente debe ser un defecto aprendido de aquel profesor que tuve, de estadística y opinión pública, que no confiaba ni siquiera en los datos que su propia oficina elaboraba. Las cifras suelen ser frías y planas, las consecuencias de las cifras tienen mil caras. Por ejemplo, los datos mensuales del paro, que solemos ver publicados en los periódicos; según el triunfalismo del medio informativo el titular varía para decir que vamos bien o vamos mal. Tomemos los datos más recientes: el paro descendió en no sé cuentos miles. ¿Que quiere decir eso? ¿que esos miles de personas numeradas tienen un trabajo como se suele entender la palabra trabajo? ¿o que el cómputo general de los que están apuntados a las oficinas del INEM descendió simplemente? Si contrastamos con las cifras de afiliados a la Seguridad Social, vemos que hay menos cotizantes, de lo cual se deduce que gran parte de ese descenso lo ocupan los que emigraron, los que murieron, los emigrantes que se volvieron a su país, o los que no tienen dinero para cotizar, aunque trabajen como mano de obra recortada y rebajada. Sin embargo, la noticia y el número siguen siendo lo mismo: el paro baja. Los números son materia de malabaristas y prestimanos; los agarra un ministro y nos lo explica, pero solo vemos como bailan las cifras sin llegar a entender el truco; sólo tenemos una cosa clara, al final tenemos que pagar el espectáculo.
     Hay cifras objetivas, las que no necesitan explicación y que se exhiben sin posibilidad de ser interpretadas: el informe de la OCDE sobre Educación, que asegura que España es el país de Europa con más jóvenes que no estudian ni trabajan, los llamados “ninis”, que no estudian porque ya estudiaron y acabaron sus carreras, y no trabajan porque no les dan la oportunidad de hacerlo (al respecto cabe recordar que los trabajos los tienen que generar los empresarios, porque el sector público está repleto y el Gobierno –dicen– promueve una política de favorecer a la empresa para que cree empleo). Los jóvenes preparados que si tienen trabajo lo tienen en un sitio distinto del que, por titulación, tendrían que tener. Ni se crea empleo ni se espera crear, y las cifras lo dicen. Como dicen otras cifras, frías y neutras, que España está a la cola de Europa en camas de hospital por habitante, pese a la paradoja de ser el país con mayor esperanza de vida (vivimos de milagro). Como lo dicen las cifras del analfabetismo (presumíamos de haberlo erradicado, como la viruela, que vuelve, a pesar de las vacunas) que afirman que tenemos a 730.000 analfabetos (un 60 por ciento, mujeres) en un país que presume de moderno y pretende estar a la altura de los más chulos de Europa. Son las cifras del descrédito, las que conocen en Europa y dejan a la Marca España como una pegatina para un bombo de fútbol. 
     Pero hay otras cifras que nos colocan en cabeza del mundo. Por ejemplo, el de los ricos, que no solo no lloran, sino que manejan unas cosas misteriosas, llamadas Sicav, con las que sus dineros crecen de forma maravillosa (al contrario del nuestro, por el que pagamos al banco porguardarlo, por pagar el recibo del agua o por hacer una transferencia) Los ricos, no, y las cifras lo dicen. El patrimonio de las grandes fortunas creció un 9,5 por ciento en el primer semestre, gracias a esos mecanismos que usted y yo ni controlamos ni tenemos acceso a ellos (somos los “ninis” de la economía) Todos los ricos de este país, los de verdad, esas ocho fortunas famosas, tienen entre todos unos tres billones (con “be”) de euros, que es una cantidad que equivale al triple del producto interior bruto español. ¿Y como se hacen ricos los ricos? Pues no lo sé, la verdad, no es mi caso ni creo que lo sea nunca, pero el viejo adagio de que “Nadie se hace rico sin traspasar la línea de la ley alguna vez”, ya no vale; ahora es más fácil mover de sitio la línea de la ley, o hacer una ley a beneficio de los intereses particulares del Capitalismo, que saltarnos la ley con traje de mafioso. Los ricos sólo tienen una característica común con los pobres, que se mueren, como Botín (para el que hicieron una ley y que murió entre los inciensos del periodismo agradecido, casi santo súbito), pero ese es un escaso consuelo para los que están en la lista de los “ninis” españoles, los que les han recortado las camas o los que son analfabetos, aunque hayan firmado una hipoteca con letra pequeña incluida.
     Las cifras no mienten, los que las utilizan, seguramente. La OCDE, el organismo que vela por el desarrollo de los países, ha recomendado a Rajoy (entre otras cosas que reflejan la fragilidad de las escasas mejoras) que apriete un poco más a los parados, porque los salarios son poco flexibles (entiéndase, que se pueden bajar más) y los contratos indefinidos tienen una alta protección por despido (entiéndase, que se pueda despedir a precio de saldo). Menos mal que por otro lado la propia OCDE reconoce que el servicio público de empleo es un ente “pasivo”, que está “a-velas-vir” y que no crea el empleo que se esperaba dado su nombre y su función. Todas estas noticias del informe pueden verlas publicadas en los pasados diarios, cada una a su estilo, para unos es un triunfo, para otros un palo al Gobierno, pero da lo mismo, nadie lee más allá de los titulares, y ahí es donde se hacen los trucos de magia. Las cifras son claras, pero no hay que creer mucho en ellas, porque cuando nos las explican preferimos olvidarlas al día siguiente, para no llenarnos la cabeza de números.

domingo, 7 de septiembre de 2014

La pinta y el aspecto

Diario de Pontevedra. 06/09/2014 - J.A. Xesteira
Cuando vemos fotografías antiguas lo primero que nos choca es que todo el mundo parece más viejo de lo que en realidad era. Lo achacamos a la forma de vestir. Vemos padres y abuelos con ropas que ahora llamaríamos vintage pero en ellos eran de estreno dentro de sus posibilidades (la sociedad de consumo de lo innecesario aún tardaría en llegar, y la gente se arreglaba con lo puesto). El aspecto de cualquiera de nosotros, e incluso de nuestros hijos, en las fotos de colores de la era predigital, marca una pinta que les horroriza; no hace tantos años que los pantalones de campana tipo el-del-medio-de-los-Chichos o las hombreras y calentadores de la más rabiosa actualidad ochentera marcaban tendencia. Aquellas tribus urbanas se identificaban por la pinta y el aspecto. No era nada nuevo, y la vestimenta siempre sirvió para identificar al grupo, desde aquella consigna nacional-sindicalista: “Los rojos no usan sombrero” hasta la dejadez hippie (antes de ser absorbida por el sistema y convertirse en moda cara) siempre estuvo ahí: el envoltorio define al contenido. No hace falta extenderse en la materia para definir cosas que todo el mundo tiene delante, no les voy a explicar como viste un heavy, un punky, un ejecutivo de medio pelo, un pijo, un político (en campaña, en vacaciones o en actividad parlamentaria) o un repartidor de butano. Los uniformes igualan y despersonalizan al indivíduo para incorporarlos al grupo, un lugar placentero, en el que todos podemos ir agrupados a la lucha final. Pero el cambio de la vida, acelerado de manera exponencial, crea una dimensión nueva al envoltorio que nos define, mátiza nuestra pinta y fija nuestro aspecto. Un ejemplo. Hace unos años, la gente que quería estar sana, corría (en los años 50 sólo corrían los deportistas, en los 60 corríamos delante de la Policía, y en los 70 surgió la moda del “streaking”, que consistía en correr en pelotas en un acontecimiento público) Pues bien, esa gente que corría para estar más sana, hacía “footing”, y la moda alcanzaba a presidentes de Gobierno, que hacían “footing” con guardaespaldas o al mismo papa de Roma; depués, se hacía lo mismo, pero se le llamó “jogging”, y ahora mismo se llama “running”, pero el objetivo y la función es la misma. ¿Qué ha cambiado? Básicamente la pinta, el envoltorio. El “footing” se hacía con una camiseta vieja, un pantalón corto y zapatillas baratas, con calcetines bancos de algodon, se solía ir conectado al “walkman”, aquel artefacto de casettes, con cascos. El “jogging” ya requería un vestuario más adecuado, no valía cualquier ropa vieja que tuviéramos por casa; incluso había que llevar el chándal con las rayas, y las zapatillas eran las recomendadas por los marcas de prendas fabricadas en Asia por esclavos; el corredor llevaban un lector de CD portátil. Los del “running” ya son otra cosa, otro estado evolucionado; la ropa, estudiada por los departamentos de tecnología de las grandes marcas, suele ser de licra adaptada a cada cuerpo, el calzado está estudiado para cada necesidad, y la actividad puede estar entre Gómez Noya y un gordo con colesterol, pero la pinta es la misma; los auriculares van conectados a un lector de MP3, que se confunde con el programa que mide ritmo cardíaco, distancias, presión sanguínea y unas cuantas cosas más. El corredor es el mismo, y el sudor es parecido, pero si comparamos las pintas, veremos que el tiempo pasa y lo que marca la diferencia es la ropa. Una comparación entre un abuelo en blanco y negro, un papá en colores desvaídos y un joven fotografiado ahora mismo en la discoteca está en las marcas. Es imposible no vestir una marca a la vista; desde un mínimo cocodrilo en la tetilla hasta un enorme caballista de polo argentino que nos cabalga desde el pescuezo hasta la ingle. El envoltorio nos trasciende; no sólo la camisa y los zapatos nos definen, también el coche (por alguna parte debe haber un estudio sobre la psicología del coche y la necesidad de un envoltorio gigante, poderoso todoterreno para compensar nuestra pequeñez existencial). La clasificación está ahora mismo más clara, al menos en apariencia. Al primer golpe de vista catalogamos a las personas que cruzamos en la acera, por sus vestidos, por el cochecito del bebé, por las gafas de sol, por la gorra de visera… Pero sabemos que las apariencias –a veces– engañan. Nadie diría que ese montañero canadiense con barba cerrada es gay, o que esa niña con aspecto de pequeña barbie está doctorada en filosofía pura,o que ese tipo con coleta y vaqueros medio rotos es notario; porque nuestro esquema está formateado para entender otro envoltorio. Algo así debió suceder en Sevilla, ciudad muy adoradora de imágenes de santos, cuando descubrieron que una Santa Lucía venerada por la ONCE en su capilla, resultó que era un San Juan Evangelista. La talla tiene valor artístico, pero engaña con su aspecto. Es cierto que a San Juan Evangelista siempre se le representa con un aspecto femenino (en tiempos de nuestro estudiantado iconoclasta había un chiste al respecto, cuando Cristo decía: “Pedro, ¿tú me amas?” y el otro contestaba: “Señor, el gay es San Juan”) En el mundo de las adoraciones es corriente disfrazar santos para representar papeles (en mi pueblo, como no había Cristo resucitado, vestían a San Juan Bautista con una túnica, a fin de cuentas, eran primos) Y la fe se mantiene, porque lo que importa es el aspecto. Las más furibundas adoraciones a vírgenes, vistas sin pasión ni fe, no son más que arrebatos hacia una imagen que sólo tiene una cara y unas manos de porcelana, el resto es un armazón de palos; muchas de las imágenes sagradas con fiesta grande (incluso con grado de capitán general con mando en plaza), son pequeñas figuras sin valor artístico alguno. Pero lo importante es la pinta. A fin de cuentas vivimos en un mundo en el que solo vemos caras y manos y el resto es la pinta que nos ofrecen en televisión; por dentro son de palo.

domingo, 31 de agosto de 2014

El viaje instantáneo

Diario de Pontevedra. 29/08/2014 - J.A. Xesteira
El viejo dicho, atribuido a Franco de que hay que viajar menos y leer más periódicos (se suponía que cuando salías al exterior te enterabas de que lo que decían los periódicos españoles no coincidía con la realidad) ha quedado en eso, un dicho obsoleto, sobre todo, porque nadie lee periódicos, cualquiera viaja y el mundo ni es ancho ni ajeno, como titula-ba aquel novelista. Esta pasada semana que anduve en tierras donde no llovía y las cosas se pedían en otro idioma fui anotando los cambios del tiempo que, de año en año, aceleran la manera de ver y sentir las cosas, la forma primitiva de viajar, que consistía en contemplar y adquirir conocimientos, y algunos misterios más. El primer gran cambio (que quedará viejo el verano que viene) es el de la compra del billete de avión, la reserva del hotel o todos los requisitos necesarios para movernos hasta nuestro destino. El viajero se convierte, a causa de sus maquinillos conectados en red, en agencia de viajes, gestor de vuelos y reservista de hoteles, con su propia oficina, que lleva consigo en la pantalla que le acompaña ya a cual-quier parte. Sólo tiene que llegar al mostrador y “chequear” (palabra que estará en la RAE uno de estos días) lo que previamente imprimió en su casa, con lo cual se abre una tenden-cia a que desaparezcan poco a poco las agencias de viajes. Una vez instalado en su destino, el viajero comprobará algunas cosas misteriosas. Por ejemplo, que existe una red secreta mundial que rellena las tiendas para turistas con los mismos artefactos en todo el mundo, basta cambiar la gorra con el logotipo de Miami por el de Nápoles o Túnez, y en la camise-ta poner la ruina maya o la columna jónica. El resto es igual. Otro misterio insondable es el de los dibujantes en las plazas; en todas partes hay uno que hace caricaturas en un estilo que me atrevería a llamar neouniversal, en el que siempre hay una imagen de Stallone con sus ojos bovinos a medio caer. ¿Qué misterio se esconde detrás de ese estilo para que apa-rezca la misma caricatura en Paris que en Atenas? Cualquiera sabe. La fauna variopìnta del turista incidental es intercambiable; los vendedores locales conocen la nacionalidad del fo-rastero por algunos datos estudiados día a día (ese cuello del niki levantado sobre la nuca de los italianos; el color cigala de los británicos; la rotundidad pesada de los alemanes; las prendas Quechua de los españoles…); de España solo saben que existe el Real Madrid y el Barcelona, lo cual desdice un poco la rimbombancia con se se llenan los políticos la boca con la Marca España (no se encuentra un menú traducido al español en ninguna parte del mundo, e incluso en muchas partes de España).
Pero si hay algo que está cambiando cada hora es la fotografía. Desde que Thomas Cook inventó el turismo, cada viajero sintió la necesidad de llevarse la imagen de las ma-ravillas que iba descubriendo; gracias a ello y a la invención de las cámaras de fotos, tene-mos imágenes en blanco y negro de las ciudades antes de ser lo que son, y de sus monu-mentos antes de que los desgraciaran con un entorno de arquitectura dudosa. Esa necesidad de llevarnos los monumentos a casa se transformó más tarde en otra necesidad, la de lle-varnos los monumentos junto con nosotros mismos para recordar que bien lo pasamos. Después venían las sesiones de amigos en los que, de repente los atacábamos con las dia-positivas de las vacaciones; recuerden, se apagan las luces, se pone la pantalla y se colocan los carros con diapositivas en las que se nos ve felices en Florencia o en Cancún. Pero eso ya es prehistoria. La cámara digital eliminó los pases de fotos, y cada monumento (con no-sotros delante) se fotografiaba y cada viajero regresaba con mil quinientas fotos digitales que iban a parar a una carpeta de nuestro ordenador donde deben estar durmiento el sueño eterno) En un entorno de interés artístico o arqueológico se disparan miles de artefactos cada minuto; los turistas ya no se paran a contemplar el mosaico romano o el baptisterio paleocristiano, les basta con disparar el teléfono o la cámara con un teleobjetivo del tamaño de una alcantarilla y a otra cosa, que hace calor (siempre hace calor en las ruínas). Este año advertí un nuevo cambio que se veía venir; el “selfie”, esa estupidez de hacernos una foto a nosotros mismos junto a cualquier cosa (un  futbolista, un famoso, un cartel de un bar, la novia…) domina la tendencia fotográfica. Ya no se hace foto al monumento, nos la hace-mos a nosotros, pegados a la cara de la pareja, mientras que ese entorno patrimonio de la humanidad por el que nos movemos sirve de fondo difuso. Es como si quisiéramos dejar constancia de que estuvimos alli, y eso fuera, además, importante. Este año he visto una evolución: el “selfie” disparado por una cámara sujeta a una barra larga, como a un metro de nuestra nariz (incluso lo vi en el mar, dejajo del agua, con pequeñas cámaras sumergi-bles) y la variante de la novia posando en un estilo estudiado de revista. ¡Se acabaron las fotos en las que saliamos como palos, la pose impera!
Viajamos pero ya no aprendemos. Gracias al wi-fi podemos estar cenando en un res-taurante griego y, al momento, mandarle la foto a nuestros amigos para que se enteren (nos contestarán al instante) Incluso leemos los periódicos en nuestra tabletas. Ahora la actuali-dad cambia al instante, como las fotografías. Leemos que una tropa de absurdos se tira un cubo de agua fría por encima, y miles de imbéciles les secundan (incluído un avión contra incendios) y dicen que es por solidaridad (una palabra destrozada por miles de presuntuo-sos que ni se han molestado en consultar su significado) Gracias a nuestra tableta nos ente-ramos que murió Peret y Rouco Varela se fue de vacaciones forzosas (el Señor te lo dio el Señor te lo quitó) Por lo demás creo que no hemos aprendido mucho, ni viajando ni leyen-do periódicos.

viernes, 29 de agosto de 2014

El retrete como argumento

Diario de Pontevedra. 23/08/2014 - J.A. Xesteira
Existe una gran distancia entre el discurso de los políticos, o de los líderes de opinión y decisión, y lo que la ciudadanía normal entiende. A la hora de las promesas o de anunciar las decisiones que se van a tomar, los grandes hombres suelen enmascarar sus argumentos con palabrería técnica, datos difícilmente contrastables, una pizca de que todo va bien, y un rebozado de confianza en la promesa. Hablar claro es peligroso –lo saben todos– porque el gran hombre siempre queda preso de sus palabras y siempre hay alguien para recordarlo. Para evitar eso recurren a argumentos desviadores de la atención y a conceptos como demagogia y populismo. A. Bierce, en su “Diccionario del diablo” define al demagogo como “El enemigo político” y el populismo, que era una palabra en desuso que siempre se aplicaba al político pre-bélico-civil Lerroux, ha vuelto para designar a todo aquel político demagogo que habla claro. Todos los grandes palabreros, demagogos, honrados, populistas o con mando en plaza del Estado, huyen como de la peste de anunciar y mostrar datos concretos; cuando salen las cifras suelen marearlas para que entendamos los que nos dé la gana, según seamos amigos o enemigos del que las dice. Cuando un ministro habla de las cifras del paro, de los precios, de la deuda y de unas cuantas cosas más, con el optimismo que obligatoriamente tiene que mostrar, aparece el contraministro de la oposición y dice lo contrario con las mismas cifras, mostrando el pesimismo correspondiente a su estilo. Los que contemplan este juego se ponen a favor de uno u otro según sus simpatías, pero nadie entiende lo que quieren decir las cifras, el ministro o el contraministro. Todos huyen de las palabras claras, y la realidad de las cifras las saben los que sellan la cartilla del paro, echan gasolina en el coche, compran huevos en el super y el largo etcétera cotidiano. Dos de los grandes logros sociales fueron el pleno acceso de los ciudadanos a la sanidad y a la educación, y a duras penas se trata de mantenerlos como derecho fundamental. Cada recorte de esas dos columnas que sostienen el templo democrático necesita una explicación que a nadie convence. Se puede prometer lo bueno, pero lo malo hay que enmascararlo como una necesidad por-nuestro-bien. Hablar claro sale caro. Los argumentos tienen que ser como frases de brujo, respuestas de sibilas o esas partes evangélicas que no las entiende ni dios.
En medio de tanta frase hueca, tanta promesa increíble, tanta decisión disfrazada, guerras camufladas de ayudas, negocios de armas humanitarios, masacres vestidas de defensa propia y extrañas plagas de ébola que matan a miles de pobres, aparece un tipo que habla claro y directo. El primer ministro de la India (ahora llamada solo India por imitación de los anglosajones) acaba de prometer a su pueblo algo insólito: retretes. ¡Seiscientos millones de retretes! Eso es transparencia. No les prometió subir el producto interior bruto ni rebajar la deuda, ni crear seiscientos mil puestos de trabajo, no, simplemente retretes, que es como se llamaban los adminículos al uso en las estaciones de tren antes de que les llamaran servicios o WC. El retrete considerado como un arma cargada de futuro (digo cargada). Es difícil entender para los contribuyentes españoles el significado real y argumental del retrete indio. Entre otras cosas, porque España está a la cabeza de Europa en retretes per cápita; todo el que haya viajado a Inglaterra, con sus cuartos de baño enmoquetados, o a Francia, con edificios que todavía comparten excusado vecinal, lo entenderá. Somos un país de gran disfrute con esa sala privada, alicatada hasta el techo; nos duchamos más que la media de la Unión Europea (seguramente es una reacción psicológica de una posguerra de palangana y tina). Pero en la India no hay retretes y millones de personas tienen que salir al campo o a la calle a hacer sus necesidades básicas biológicas. Seguramente ahora mismo el primer ministro indio ha sido tachado de demagogo y populista, pero, si nos paramos a pensar, de todos los líderes del mundo que han hablado desde hace una semana es el único que ha dicho algo inteligible, el resto –incluido el caminante español– se ha limitado a decir, prometer y anunciar cosas que no se entienden pero que sabemos que son, precisamente por no entenderlas, mentira. Prometer un retrete es ira al quid de la cuestión. Gandhi independizó a la India con gestos parecidos: cada indio recoja un puñado de sal, cada indio comience a caminar. Cuidado, podemos estar ante una nueva revolución. El retrete es el espacio íntimo por excelencia; en él se manifiesta la individualidad, la personalidad de cada uno, el hombre-masa se convierte en indivíduo. En los antiguos retretes públicos es donde se escribían los grandes mensajes, donde el ser humano, recluido en sí mismo y en sus funciones más básicas, era capaz de escribir frases contra todos los poderes: abajo el clero, vivan los de Carballiño, muera el rey, en este lugar sagrado…etcétera. Ahora no se escribe en lo retretes públicos, prefieren mandar un washapp o decir en twitter que están en el váter de tal cafetería (el telefonillo sirve, entre otras cosas inútiles, para localizar a la gente). Por un momento detengámonos a pensar que estamos frente a un fenómeno inusual, generado en uno de los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) los que tienen mayor potencial de crecimiento, los que presentan las cuentas más espectaculares (juntos son la cuarta perte del PIB mundial y el 40 por ciento de los habitantes del planeta), pero que tienen el mayor número de habitantes por debajo del índice de miseria. La India tiene una bomba atómica, produce científicos en cantidad y sus industrias crecen a lo grande. Si yo fuera ministro de industria español o empresario del ramo ya estaría en la embajada india presentando muestrario de retretes (modelos desde el económico “Paria” hasta el confortable “Majarahá”), e invertiría fondos en investigación y desarrollo de la industria del inodoro. Porque, al final, se los venderán los chinos. Verán. 

domingo, 17 de agosto de 2014

¿Quién robo el verano?

Diario de Pontevedra. 15/08/2014 - J.A. Xesteira
Recojo la queja oída en una terraza: “Este año no tenemos verano; antes no era así”. Es cierto, como el verano está protegido por ley, que fija el día de entrada y de salida, si no se presenta en el puesto de trabajo, como este año, hay que abrir una investigación. No sé si está ya abierta, pero los Medios no dijeron nada, se limitan a decir si llovió más que hace treinta años o si los hosteleros se quejan. Pero tienen razón, esto no es verano ni farrapo de gaitas. Otra cosa es que alguien (una entidad superior y competente) haya robado el verano, lo que me parece más creíble. Cuando era joven y le preguntaba a mi abuelo (experto como marinero que era) por qué el tiempo andaba revuelto, él, instruído solo en su trabajo me respondía que “a culpa é das Atómicas”, con lo que generalizaba una opinión que después tomó forma científica: la influencia de la civilización en el clima, el deshielo de los polos, la capa de ozono, la contaminación global, el protocolo de Kyoto, los océanos considerados como basureros y todas esas cosas que ahora son un peligro real (pese a que los políticos de las potencias mundiales dicen lo contrario) Mi abuelo lo generalizaba en “las Atómicas”. Sea como sea, estamos a mediados de agosto y el verano de verdad no se presentó; sólo hubo presencias intermitentes de un día sol, otro lluvia, y cuatro días más de lluvia, y una mañana soleada con la tarde de llovizna. Y eso no es lo contratado. A este problema hay que añadir una novedad: la previsión del tiempo. Como decían en la terraza de más arriba, antes no era así. Uno salía a la calle y decía, hace calor o hace frío, o parece que va a llover. Eran sensaciones experimentales y con escasa ciencia. Pero ahora basta con que usted diga “¡Que hermosa mañana!” para que alguien a su lado le conteste: “Si, pero dan lluvia para las cinco y media”. Con precisión, con la expresión ya generalizada de que “dan lluvia”, como si fuera un regalo de alguien superior que tiene la facultad de dar o quitar las condiciones climáticas (esperemos que no sea cosa del Gobierno, porque, de serlo, en breve pasaremos de que nos “den lluvia” a que nos cobren por “dar lluvia”). La incorporación a nuestras vidas de los sistemas informáticos que la gente maneja a todas horas y en todo momento, hace que la vida sea un agobio. ¿De qué nos vale el sol que disfrutamos ahora mismo en la terraza del bar si sabemos que dentro de dos horas se va a nublar y después va a llover? Todos los dominados por el ojo que no duerme de la pequeña pantalla que marca sus vidas tienen un par de aplicaciones, por lo menos, sobre el clima, no le basta con Windguru, tienen además, el Meteo, el tiempo.com, Meteosat o cualquier otro. El caso es saber que nos va a pasar dentro de unas horas. La precisión es nuestra meta. Antes (también conocido como “el pasado”) usted tenía frío o calor, pero ahora no basta, si se le ocurre decir que hace calor, alguien (sacando el artefacto brillante y plano del bolsillo) le dirá que son 28 grados centígrados, pero que además la sensación térmica es mayor, de unos 30 grados. Esa información no hará ni que usted se sienta mejor ni que le alivie el calor, pero ahora tendrá calor con base científica. El verano de antes (del pasado) era diferente. Más imprevisto, menos científico, una hipótesis basada en la experiencia del lugar, según vinieran las nubes o los vientos. El de la terraza tenía razón, el pasado (también conocido como “en-mis-tiempos”) era mucho mejor el de antes, mucho más fijo, más estandarizado. No es que hiciera más calor, que aquí, en las rías siempre fuimos de llevar un jersey y una rebequita por las noches, que refresca, pero los veranos eran otra cosa. La única adivinación del futuro era a través de la información rural del Calendario Zaragozano (el Copérnico Español, editado por don Mariano Castillo y Ocsiero, juicio universal meteorológico, calendario con los pronósticos del tiempo, santoral completo y ferias y mercados de España), O Gaiteiro de Lugo (en galego por iniciativa de Filgueira Valverde) o el calendario de ZZ, en donde se daba información climática para todo el año. Otra cosa era que acertaran, pero era una manera de gobernar el tiempo al estilo actual: por decreto ley. Se decía en enero el tiempo que estaba previsto para noviembre, y aquello iba a misa; si después no se cumplía no era cosa de lo pactado, era una transgresión de la ley. El problema con el tiempo de ahora y el tiempo del pasado es que en español utilizamos la misma palabra para el tiempo que hace que para el tiempo que pasa; los ingleses distinguen con palabras diferentes ambos conceptos (no sé para qué, porque en Inglaterra el tiempo siempre es malo y les debería dar lo mismo “time” que “weather” Pero así, la cosa se convierte en un problema filosófico, existencial, a las preguntas de quienes somos y a donde vamos hay que añadir ¿y que tiempo va a hacer allí?. Pablo Milanés cantaba en su canción de hace tiempo que “El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”, y el caso es que mientras nos ponemos “más mayores” (si, ahora dicen así en lugar de ancianos o viejos, y de paso le dan una patada a la gramática) nos roban el verano. Y además impunemente, sin posibilidad de reclamar. Aunque, llegados a este punto, y por seguir con la norma habitual, a lo mejor algún juez justo le da por tirar de la manta y ordenar a la Policía que habrá una investigación (Operación Meteo). Sospechosos hay a miles: multinacionales de transgénicos y sojas, petroleras, industrias contaminantes de carbónico en la atmósfera, países productores de la basura del primer mundo, y otro largo etcétera. Seguro que algún imputado caería. Y seguro que tiene metido el verano en un banco del Caribe.