viernes, 24 de julio de 2015

Que o quienes somos


J.A.Xesteira
Hubo un tiempo, que parece lejano, en que llegado el verano, el paisanaje tomaba vacaciones. Todos. Todo se paraba, se ralentizaba, y cada uno, según sus posibles, se iba a la playa, a la aldea, o se quedaba en casa a la sombra. Los paises del sur de Europa quedaban quietos como lagartos, y los del norte bajaban a ver como era eso que les habían contado de que en el sur el sol se ponía más tarde, y la gente salía de noche a tomarse unas copas. Los políticos hacían el veraneo, Madrid se quedaba sin gente y todos cargaban las pilas. Todo esto lo digo por los más jóvenes, que posiblemente hayan vivido algo parecido en la parte de atrás de los coches de sus padres, sin sillas ni ataduras, ciscados entre bolsas y sacos de dormir. Como en la Biblia (Eclesiastés) había un tiempo para cada cosa, uno para el trabajo y otro para el veraneo. Eso ya es historia. Como no hay un tiempo para el trabajo, sino miles de microtiempos (con microsueldos) o un largo paro sin remedio, tampoco hay tiempo para las vacaciones. Ni los políticos, que echaban el cierre a su actividad en el Gobierno o en la oposición (menos el Senado, sociedad con ánimo de lucro a la que no se le conoce actividad importante), y se daban una tregua hasta setiembre. También su actividad se ha visto fragmentada y su veraneo se ha convertido en una prolongación sin corbata del curso político. Las obligaciones de la campaña catalana y las generales tienen a todos en el baile, salvo la excepción digna de aplauso del presidente Rajoy, que no renunció a su paseo por Armenteira en plan coronel Tapioca. El resto está en la lucha contínua de las declaraciones a favor o en contra del frente catalán o de la Europa de la Merkel y sus bancos. La prensa también sufre este cambio de actitudes; en el viejo estándar los periodistas se tomaban las vacaciones y las redacciones las ocupaban los periodistas en prácticas (ahora mal llamados becarios, dado que no cobran  ninguna beca). Y todo quedaba bajo mínimos hasta el otoño. Pero esta actividad de movimiento perpétuo, de imparable campaña, ha trastocado el ritmo de la vida, y no diría yo que la culpa de la ola de calor y esta sequía con vientos del Sahara no se deba en parte a que no hay descanso político de verano.
Aquí se cuecen varias cosas con vistas a setiembre y posteriores eventos. La primera son las elecciones catalanas, que quieren convertir en un plebiscito sobre si los catalanes quieren ser independientes o no. Claro que el voto es para otra cosa, pero en el fondo es un “ya-me-entiendes”, tú me votas y eso quiere decir que quieres ser independiente de los españoles. Y para eso montan una candidatura a lo masterchef, mezclando cosas que nunca pensamos que podrían combinar. La segunda es el panorama europeo, que, después de Grecia (por cierto, acaba de desaparecer de todos los periódicos, de la noche a la mañana, ¿la habrán embargado?) ya no es el mismo. La tercera cosa importante es la de las elecciones generales, que, de momento están en el punto de ver quien dice la frase más histórica (hasta ahora, ninguno, todo se reduce a acusar a los otros de ser unos mangantes, mientras que nosotros tenemos la vara mágica de la madrina de la cenicienta y la honradez por escudo).
Pero en todo este proceso, agravado por la inestabilidad social de la pérdida de la rutina vital de las vacaciones, está algo más importante. El objeto final de lo que se cuece es la falta de identidad de los pueblos y las gentes del Viejo Mundo. No tenemos claro quienes somos, y a veces incluso no tenemos claro lo que somos. Los catalanes quieren preguntarse si quieren ser catalanes (considerando, según sus esquemas, que ser catalán es equivalente a ser separatista), los europeos nunca estuvimos muy seguros de que significa ser europeo, y, en este momento, incluso creo que no nos gusta lo que es ser europeo. Tampoco lo tenemos muy claro de cara a las elecciones generales. Sí sabemos que somos galegos, pero eso, en los anuncios y las fiestas con churrasco y chupito de licor café; una vez pasado el momento folklórico, cuando hay que ponerse serios, no lo tenemos claro.
Si hicieramos ahora mismo un referendum sobre ser o no europeos, probablemente tendríamos más votos en contra de Europa de los que van tener los secesionistas catalanes. No nos gusta esta Europa ni sus dirigentes. Ni la Merkel ni el resto de tipos que se saludan en los parlamentos. Su actitud, su desprecio por las gentes y su evidente admiración por sus bancos, no nos gusta. Creíamos que Europa era otra cosa, y si antes podíamos hacer un esfuerzo por intentar ser europeos, ahora ya no nos apetece pertenecer al club de “esos tipos”. Me refiero a la Europa de “Ellos”, los que mandan y dicen cuanto tenemos que pagar para ser europeos. Mientras hacen que arreglan el problema griego, concediéndoles otro préstamos para pagar los intereses del préstamo anterior (con lo cual les meterán más intereses  que tendrán que pagar con otro préstamo) no arreglan ni les interesa arreglar el problema de los seres humanos. Los expulsados de las guerras provocadas por el primer mundo en el tercer mundo. Es un problema de humanidad que cargan sobre Grecia, que acoge en sus islas a los que no se ahogan en el mar, mientras el resto de Europa se lava las manos. El reflejo de toda esta adoración por el dinero europeo y la falta de humanidad ante las personas que somos Europa queda patente en la contestación de Merkel a la niña palestina : “Algunos tendrán que volver a su país”. La diplomacia en Merkel es desprecio.
Entre esos tipos y yo hay algo personal. Hay una Europa de “Ellos” y otra de los que tenemos que mantenerlos y pagar a sus bancos. No tenemos claro quienes somos. Lo único que está claro es que no hay vacaciones.

sábado, 18 de julio de 2015

Mejor la semana que viene

J.A.Xesteira
Es inevitable que al escribir sobre lo que pasa por ahí, el tema de Grecia y sus posibles consecuencias salte al cuello, como el gran bicho. Pero no. No se puede hablar de Grecia hasta que ruede la bola y pase lo que tenga que pasar (que muchas veces no es lo que debe pasar). A pesar de la verborrea incesante de los grandes expertos televisivos y radiofónicos sobre el tema, y a pesar de los ríos de tinta escritos en los periódicos y de la tinta invisible de las redes virtuales de comunicación, hablar de Grecia ahora mismo es hablar de nada. Porque puede pasar de todo. Con un pacto a lo “¡trágala, perro!” impuesto por un organismo sin cobertura oficial como es el Consejo de Europa y sus bancos tangenciales, Tsipras se enfrenta a una incógnita sobre el futuro. Europa también, y por mucho que nos digan lo que hay que hacer y lo que va a pasar, nadie da un duro (moneda anterior al euro, que tuvo en su cara a Franco y a los Reyes, en este orden) o un dracma (moneda anterior al mismo euro, pero en  Grecia, tenía en su cara a Homero y a Alejandro el Grande –las comparaciones son  odiosas–) por el futuro. Ni siquiera los gobernantes de Europa, que han defendido a ultranza la gran estafa promovida por el sistema capitalista y los fondos de inversión que poco a poco van privatizando un continente. Por tanto, ya digo, lo que vaya a pasar no lo saben ni ellos, y, en consecuencia, hablar de ello es inútil.
Lo decían Tip y Coll hace años, cuando había otro humor y otros humoristas en este país: “La semana que viene hablaremos del Gobierno”. Y a la semana siguiente, igual. El humor era surrealista y anarcoide, que decían que así era el humor español. Seguramente hemos cambiado, porque ahora el humor ni es surrealista (salvo alguna excepción esporádica) ni anarcoide. Del Gobierno, de cualquier gobierno, siempre es mejor hablar la semana que viene, pero los grandes expertos no son de ese humor, y además les pagan para hablar esta semana y no la que viene. Y precisamente en estos momentos, tanto el Gobierno en activo como los gobiernos del próximo futuro, que se ofrecen ya para ser padres de la Patria, están en campaña electoral, todavía en fase de “fashion”: como reconvertir a un político al uso, con su traje y su corbata, en un político guay (o cool, según moderneces). En eso están. Y para empezar han degollado a los inocentes que pasaban de los cincuenta, y han puesto en su sitio la generación Torrebruno (todos los que veían al inefable animador infantil mientras comían el bocata nocilla). El mismo PP, en un arrebato de “aggiornamento”, se presentó con un nuevo logotipo que recuerda la cara del niño de las patatas Matutano, y con un elenco de jóvenes sin corbata, en mangas de camisa y sonrisa de ortodoncista caro. Pero, ay, se les notaba que aquella camisa había llevado corbata y chaqueta. Hay cosas que trascienden y calan en la sociedad hasta extremos inpensables. Uno de mis nietos –les juro por la bolita del Niño Jesús que el detalle es verídico de toda verdad– se acercó a un empleado del Corte Inglés, trajeado a la usanza de la empresa, posiblemente un jefe de planta, y le preguntó: “Oye, ¿tu eres presidente?” El pasmo del empleado lo dejó mudo; más cuando el niño añadió: “Es que vistes como los presidentes” El imaginario social es así. Y da lo mismo que intenten cambiar, porque, al final el hábito hace al monje.
Por eso no hablaré de Grecia ni del Gobierno hasta la semana que viene, como aquellos dos genios. Hablaré de lo que habla la gente por la calle, aunque sean lugares comunes y sobados. La gente habla del calor, que nos aplana desde hace tiempo, pero lo hace con datos; nadie dice “¡Que calor!” sino “A las dos de la tarde hacía 35 grados en tal sitio; es este viento del Sahara que nos reseca; sin embargo, a las cinco, en la playa entró una niebla del mar y cambió el viento al noroeste, y enfrió que no se podía estar. Así andamos todos, con trancazo, por culpa de los virus. Si lloviera un poco limpiaba el aire y, además le hace falta para las viñas, que este año me parece que vamos a tener poco albariño y malo”. Todo un tratado de meteorología, enfermedades contagiosas y vitivinicultura en un sólo tomo. También se puede hablar de fútbol y los traspasos de verano, pero mejor, no, porque hablar de fútbol es como hablar del gobierno pero con las pasiones desbordadas. O podíamos hablar de los gin-tónic, que es una cosa de mucho alcance y profundidad. Se mantiene la moda de saber de vinos, y descubrimos en cada amigo, sin sospecharlo, un nuevo experto en añadas, retrogustos y variedades; pero a esos mismos se añaden ahora los adoradores del gin-tónic. De eso se habla y se debate mucho. Siento decir que yo no soy bebedor de gin-tónic, porque nunca me gustó la tónica. Pero me interesa el asunto como teoría y porque muchos de mis amigos hablan de las maravillas de la combinación alcohólica de origen británico; saben las tónicas de moda y las ginebras de mejor paladar. Y los añadidos, porque, ahí si que la cosa toma su punto de debate. Los hay que sostienen que basta con los elementos básicos: gin, hielo y tónica, con un toque de limón, y los hay que le añaden hierbas y hierbajos. Hace unos días entré en una tienda especializada en alcoholes y pregunté por los productos que venden en tarritos, y que van desde los tres euros hasta los veinticinco, según el exotismo de la hierba o la semilla. Los precios de la ginebra y las tónicas también oscilaban hasta altos presupuestos. Ese si que es un tema para debatir por expertos, sobre todo en verano.
Como Tip y Coll, la semana que viene hablaré del Gobierno. Del Griego. Si para entonces existe.

viernes, 10 de julio de 2015

Un gobierno no es un país

J.A.Xesteira
El gran drama de los ciudadanos de cualquier país es que tengan que responder por el Gobierno que, supuestamente, les representa. Pongamos que hablo en democracia, porque en las dictaduras, da lo mismo, la ciudadanía  no tiene voz ni voto, ni responde por nada. El otro día, en un debate en el parlamento europeo, un representante de la derecha española decía que España ayudó a Grecia con no sé cuantos millones; otro político del Gobierno español decía que España hizo los deberes; un político más, éste europeo, decía que Europa no puede esperar más por Grecia, que en su momento no hicieron las reformas exigidas y ahora pasa lo que pasa; y, para terminar, la Dama de Palo, Angela Merkel, dice que Alemania no va a ser la salvadora de esos del sur que se pasan el día con la tripa al sol, en lugar de emigrar a los países del norte a trabajar para que los ciudadanos del norte puedan ponerse con la barriga al sol en el sur. En todos los casos, todos estos políticos, representantes legales y elegidos democráticamente por los ciudadanos que dicen representar, hablan de sus gobiernos y de las decisiones de sus gobiernos como si fueran el país que les da cabida y licencia cuatrienal para procurar el bienestar de los ciudadanos. Se les llena a todos los políticos la boca con conceptos como España (o Portugal o Lituania) o, ya como hipérbole con la palabra Patria. Pero, ¿podemos –o pueden– decir que es España el Gobierno actual del PP?, o ¿puede decir Hollande que sus decisiones son las decisiones de Francia, o la dama teutona asegurar que Alemania es la que se cabrea en los parlamentos? En un sentido metáfórico, sí, si entendemos que la democracia tiene esos detalles de euforia representativa, según la cual cualquier majadero (que los hay y los hubo, de cualquier ideología) se arroga la autoridad para extender sus decisiones pataqueras a la totalidad de la nación. Sucede lo mismo con la palabra Democracia, un concepto resbaloso y comodín, que sirve para todo y se puede aplicar en todos los casos. Conviene, siempre que se hable de ella, que cada cual defina lo que entiende por democracia. No valen las definiciones elementales de que es la decisión de la mayoría, o que es un estado de organización política de elección de los dirigentes, y otros etcéteras. Porque demócratas somos todos, incluidos los franquistas que pasaron de la democracia orgánica de un día a demócratas-de-toda-la-vida, al otro. Sucede que, como suprimieron la asignatura de Ética, o Educación para la Ciudadanía, donde se explicaba esa cuestión, y se dejó la de Religión, que no lo explica (las religiones son, por definición, no democráticas, porque todo el poder emana de arriba, el pueblo no tiene vela en ese entierro ni en esa misa) pues no nos enteramos de lo que es la democracia, y así podemos usar la palabra como nos da la gana. Bajo la idea difusa de la Democracia cabe igual Gran Bretaña que Israel, Italia, Irán, Uruguay o Guinea Conakry; y no son la misma cosa, aunque celebren elecciones de vez en cuando.
Los representantes políticos hacen leyes y, como se supone que los votos y los pactos con los que gobiernan les faculta para ello, puede legislar cualquier estupidez (los códigos legales con los que nos castigan están llenos de ellas) y decir que es en nombre de España que lo hacen, como lo hacen en nombre del país lo que se gasta en armamento o en ayudar a Grecia. Pero no; las decisiones son de los gobiernos, no del país, que, en el mejor de los casos, puede protestar por esas decisiones en la calle.
Pero ni siquiera esas decisiones son propias de un país, aunque se cite el nombre de España como parapeto de las decisiones de un gobierno. La realidad, cada vez más evidente, es que existe una relación supranacional de eso que llamamos Europa que actúa como la metrópolis con relación a las colonias que constituyen cada uno de los países. Para entendernos; Europa, un concepto de difícil digestión, gobernado por una representación del Capitalismo más duro llamada Troika (dos bancos y un organismo político-económico) dicta a los gobiernos de las colonias lo que tienen que hacer y como tienen que gastar el dinero que les prestan. Esto funciona muy bien si los gobiernos son afines a la Troika y sus manejos (gobiernos casi siempre calificados de liberales o socialdemócratas, que son palabras vacías). Una vez que el experimento fracasa (fracasaron todos los experimentos patrocinados por la Troika, incluida la pretendida recuperación española) la responsabilidad asumida por los gobiernos se traslada al pueblo, y se invoca al nonbre de la nación. Si la gestión del experimento capitalista de Europa se la colgaron como medalla los gobiernos respectivos, el fracaso de la gestión se asume por el país. De ahí que las quiebras económicas, resultado de los experimentos europeos en colaboración (a veces delictiva) de muchos gobiernos, se tralade a las sociedades, a los países. El mangoneo bancario de Europa funciona mejor siempre que los gobiernos estén en el mismo juego de la Troika; todos los bancos funcionan mejor con el delito que con el ahorro honrado; todos los bancos viven de la corrupción, el robo y el tráfico del dinero, al que no le preguntan de donde viene cuando se abren las cuentas. Con los gobiernos sucede igual; mejor con los que acepten los experimentos europeos, porque, cuando pueda reaccionar un país, ya el gobierno es otro, y el que tiene que pagar la deuda es el país entero. La teoría es que el gobierno representa al país; en la práctica, no, porque las decisiones las toman los gobernantes de turno, sumisos con la Europa bancaria, no el país. Y en las horas duras, basta con dictar leyes duras con las personas para que Europa siga haciendo experimentos. En Grecia, al menos, han tenido la decencia de preguntar a los ciudadanos que quieren, y dijeron que No. Puede que sea un comienzo. O no. Veremos.

viernes, 3 de julio de 2015

Otro fantasma recorre Europa

         J.A. Xesteira

Mientras Grecia está en lo que está, y después de este domingo estará en otra parte, todos los grandes pensadores del periodismo (sea esto lo que sea ahora mismo y que no es lo que debería ser) se han lanzado a pontificar sobre lo que ha hecho Tsipras y lo que debería hacer si se guiaran por esos mismos grandes estrategas de la opinión; en paralelo, los grandes estadistas de Europa han sentenciado no sólo lo que hizo mal Grecia, sino lo que les va a pasar por no pagar al FMI (en el viejo Chicago les partían las piernas con un bate de béisbol, pero la Troika es más sutil). En medio de este enorme lío, en el que los pensadores y los estadistas anuncian lo que se nos avecina, unos y otros esconden su ignorancia (los unos) y su pánico (los otros) y esperan que la cosa se aclare la semana que viene. Las anteriores experiencias nos muestran que la cosa no se soluciona con un referéndum, la cosa no ha hecho más que empezar, y el final es imprevisible, muy lejos de la ignorancia de los articulistas pomposos y del pánico oculto de los políticos en campaña. Lo único cierto es que Grecia no le paga al FMI, y que Europa no sabe que hacer.

Mientras pasan esas cosas, la faramalla del bosque informativo esconde otras cosas importantes, como la Ley Mordaza (llamada también de Seguridad Ciudadana) que entra en vigor para recordarnos viejos tiempos en los que los derechos de reunión, expresión o manifestación eran una peligrosa aventura entre los palos de la Policía y las multas administrativas. A partir de este miércoles entran en vigor novedades curiosas: si usted le cae mal a un antidisturbios, y con sólo la palabra de éste, le mete una multa sin la posibilidad de explicarse ante un juez. Eso es por su propia seguridad de ciudadano, crealo.

Bajo ese entramado de noticias que cubren las páginas de periódicos, en los que fotografían manifestantes amordazados (expuestos a una multa del copón) y jubilados griegos con cara de desesperación (sólo valen para los periódicos las fotos dramáticas, los jubilados griegos sentados en los cafés tomando una copa de ouzo y jugando al dominó no sirven, Grecia es una tragedia y punto), pasan otras noticias que se dejan escapar, no sé si con premeditación, como parte de un plan, o por simple estupidez. Me refiero a ese fantasma que recorre Europa y que no es el comunismo que decían Marx y Engels, aquel fantasma al que acosaban desde el Papa y el zar hasta “los radicales franceses y los polizóntes alemanes” (la cita es textual). Me refiero a otro nuevo fantasma: la sostenibilidad de la Seguridad Social, es decir, de las pensiones. 

Lo dijo el otro día el gobernador del Banco de España: las pensiones no aguantan con el actual sistema, a no ser que se pasen al ahorro privado. Para decirlo más claro, si usted cotiza a la Seguridad Social con el fin de cobrar pensión de jubilado, esta apañado; ahora bien, si usted, en vez de pagar a la Seguridad Social, lo mete en un fondo de pensiones, está salvado. Parece ser que el señor Linde, presidente del banco más público del país, está más por lo privado que por la empresa que le da de comer; sorprende, al mismo tiempo que con las recientes experiencias de fondos de inversión, gestión y pensión (además de otros) que el propio Banco de España calificaba de buenos, y resultaron ser una estafa de trileros, nos venga ahora con que nuestras pensiones no tienen futuro en el Estado pero sí lo tienen en un banco privado. No sorprende que un cargo como el del señor Linde, con ilustres antecesores que acabaron de mala manera, lance la idea de la sostenibilidad. Es una idea que anda por Europa, pegada a otros conceptos vecinos como austeridad, recortes, crisis… Usos deturpados del lenguaje de los que nos alertó hace días don Emilio Lledó –una persona que debería ser estudiada en las escuelas– sobre los políticos y el uso torticero del lenguaje político.

El fantasma aparece en todos los países, seguramente como parte de un plan destinado a preparar las mentes de la ciudadanía (por nuestra seguridad) para rebajar nuestras pensiones o desviarlas hacia un banco privado. Hace unos días, en Portugal, algún político sacó a relucir la “sustentabilidade” de las pensiones, y también allí surgió una voz con sentido común y gran cabreo, la del economista y ex ministro Alfredo Bruto da Costa, un hombre de la edad de Lledó (¿por qué siempre son los viejos, como Sampedro o Saramago, los que demuestran más vigor y cabeza a la hora de defender los derechos de las personas?). En un brillante artículo denuncia “a grosseria” de esa idea política. Es cierto que por razones diversas, de longevidad, tasa de nacimientos, paro y precariedad laboral, además de las políticas que sostienen todas estas debilidades, el dinero que entra en tesorería de la Seguridad Social es menor que el que sale para pagar pensiones. Pero, en la opinión de Bruto da Costa, que todos deberíamos suscribir, la Seguridad Social no es una cuestión de cuentas de aritmética y es más grave que un gobernante reduzca sus criterios de honradez a una cuestión de cuentas de sumar. El sistema de la Seguridad Social –lo explica mejor que yo el economista portugués en su artículo– implica un contrato bilateral entre el “beneficiario” y el sistema, es decir, un contrato entre dos partes, el Ciudadano y el Estado en el que ninguna tercera parte (la banca privada) tiene derecho a intervenir. La pensión está garantizada por el Estado y es de éste su responsabilidad, y, por tanto, un problema político y de política. 


El fantasma y su sábana volverá a aparecer en algúna otra parte, ahora con el gobernador Linde, más tarde con otro. Aunque siempre hay que estar atentos; como decía aquel personaje de la película “Las brujas de Zugarramurdi” de De la Iglesia: “No, si a mi los fantasmas no me dan miedo, los que me dan miedo son los hijos de puta”.

sábado, 27 de junio de 2015

El líder y la masa

J.A.Xesteira
Todos sabemos lo que es un líder y todos sabemos lo que es la masa. Hay quien se puede poner puntilloso y aclarar que el líder es un anglicismo que significa dirigente, el que va delante, el que conduce (pero no es lo mismo que el driver, que ese si es el que conduce, el chófer –en la Rumanía de Ceaucescu también se decía “conducator”, palabreja latina que denomina al conductor y al caudillo–)…, y podíamos seguir así con la palabra masa, desde los churros al increíble Hulk. Pero cuando en política hablamos del líder sabemos quien es: ese personaje generalmente de traje y corbata (menos en los mítines populosos) que pretende atraer a la masa de votantes ciudadanos hacia las urnas con la sana o insana intención (eso siempre está por ver) de llegar al poder, ya sea en una pedanía perdida de las rutas o en la mísmísima Moncloa. Hay líderes que nacen y líderes que quieren fabricar, aunque tengan que pactar con el Diablo. Hay personas que se definen o los definen como “animales políticos”, como para dar a entender que vienen de casa con el liderazgo de toda la vida; luego, casi siempre, se les rasca un poco la pintura y se le cae lo de “político” para quedar en simple “animal”. No hay regla escrita sobre el líder y la masa, aunque hay cantidad de ensayos al respecto y mucha literatura y cine sobre el líder y sus circunstancias. El líder es el figura, el nota, el baranda, el cid campeador; la masa es eso, masa, mogollón, montonazo, hinchada, manifa violenta (las manifas no violentas no son más que procesiones sin santos), personal espeso al que hay que convencer de cualquier forma de que el país va mejor si-me-votais-y-confiais-en-mí por cualquier método, ya sea por miedo o por sobredosis de televisión directa en vena (todo televidente sumergido en programas de concursos de canción o comidas, o realiti-shows experimenta un estado catatónico-lisérgico propio de zombis, en el cual puede votar lo que le pongan delante los líderes adiestrados para la tarea). Aunque ambos conceptos van juntos, el problema principal es que el líder necesita a la masa, pero la masa no necesita al líder; muchas veces actua por impulsos y estímulos, ante colores o sonidos, por ejemplo, que pueden ser manipulados desde algún castillo de los Cárpatos por algún malvado siniestro. Por ejemplo, a la masa le colocas los colores de su equipo de fútbol en la final de copa, o la pones delante del escenario de un festival de heavy metal o música electrónica durante tres días, y los resultados pueden ser inesperados; pueden quemar papeleras, tomar la Bastilla, estrellarse con el coche o bombardear el palacio de invierno. La masa es lo que tiene, que con  el fermento adecuado, crece y engorda (leveda, que decimos en gallego) y ya está lista para el horno.
Como están apareciendo nuevos líderes para la misma masa, les voy a contar una pequeña historia. En los viejos tiempos de la Transición solía aparecer por el periódico en el que trabajaba, uno de esos personajes amables y pintorescos que frecuentaban las redacciones. Era un hombre jóven que padecía un trastorno mental; un tipo jovial, agradable y feliz; venía de vez en cuando, saludaba educadamente, nos regalaba un par de poesías de su cosecha y se despedía porque decía que se iba a pescar pota y calamar en los caladeros del área de Boston. Una tarde los estudiantes organizaron una manifestación, autorizada, para reivindicar cualquier cosa y acabar con gritos de libertad y democracia. Allí estábamos un grupo de periodistas de los Medios para cubrir la información y después irnos a tomar unas cañas. Comienzan a marchar los estudiantes con sus pancartas y, de pronto, un joven barbado y alto, enarbolando una bandera gallega se pone delante de todos y comienza a gritar más que los demás y mejor. Su figura era espléndida, con su bandera, como si la clavara en la colina de Iwo-Jima. Era nuestro amigo, el poeta que se iba a pescar a Boston. La masa le siguió; no hacía falta explicarles que aquel era un líder, la estampa lo atestiguaba, y el cuadro era como una película de Eisenstein. Pura épica. Pero, ay, al cabo de un buen rato de desfile, alguien avisó que llevaban dadas cuatro vueltas a la misma manzana. En ese momento, todos los embriagados por la epopeya, despertaron y se quedaron confusos sin saber hacia donde ir. La manifestación acabó a trompicones. Recogieron sus pancartas, dieron por concluida la reivindicación y se dispersaron (o disolvieron, como decía la Policía) Sólo el líder continuaba feliz hacia otra parte, solo con su bandera.
Me lo recordaba el otro día el nuevo líder del socialismo español. Y me lo recordó una hora más tarde el líder de la nueva derecha(¿o es la vieja después de pasar por el chapista?) de Ciudadanos. Y me lo recordará el líder de Podemos en cuanto se ponga a hacer de líder, Y Rajoy, en cuanto dé el preparados-listos-ya. Ahí estarán, como Moiseses conduciendo al pueblo elegido por un desierto crítico y austero. Nos van a prometer el maná. Pero ¿hasta dónde son auténticos líderes y hasta dónde son producto prefabricado?. A la masa es tan fácil convencerla de que Sánchez y Rivera son los Kennedy (John y Bob antes de los tiros) como de que Pablo Iglesias es Pablo Iglesias (un ferrolano con gorra de visera y barba de antes de Franco) o que Rajoy es De Gaulle, de la misma manera que a la masa le convencen de que un líquido blancuzco que se saca de la soja es bueno, y que es mejor comer cosas sin lactosa, sin azúcar, sin glúten y sin nada, como si todos padeciéramos de todas las alergias.
Nos convencerán aunque después digamos que nosotros no somos de la masa. Y cuando hayamos dado cuatro vueltas a la manzana, nos daremos cuenta de que no vamos a ninguna parte. Y quedaremos ahí, en  ese momento, con cara de parvos.

sábado, 20 de junio de 2015

Tiempo variable

J.A.Xesteira
Ya está. Todas las convulsiones han tomado posesión de sus cargos y de sus pactos, y el paisaje después de la batalla es muy diferente. Los tiempos que están cambiando constantemente (según decía Dylan hace 50 años), han vuelto a virar el rumbo de las cosas. Los dos partidos conservadores, PP y PSOE, han tenido que pasar bajo horcas caudinas y tragarse su prepotencia para aceptar a los jóvenes del recambio. Si echamos la vista atrás constatamos una evidencia que nunca se recuerda: cuando aparecen nuevos brotes políticos, los viejos instalados en el poder los desprecian, porque ellos son el sanedrín que posee no solo el poder, sino también la sartén por el mango y la máquina de hacer dinero. Hace poco más de un año, los representantes de los grandes partidos hablaban de los recién venidos con la prosopopeya que da el tocar el mambo que sólo los reyes conocen. Han bastado unos meses para que cambie la música y la nueva ola haya barrido la playa de los viejos. Los paradigmas políticos del PP y el PSOE, intactos desde la Transición, han variado, ya no sirven y si se mantienen es porque han tenido que adaptarse a las exigencias de los tiempos; ya eran partidos de viejos que vivían de las rentas de haber hecho una cosa que se llamó Transición y que todavía no está claro que hubiera que hacerla así. Llegaron las mareas vivas de las elecciones municipales y al bajar dejaron la playa llena de basuras y a un montón de jóvenes despelotados tomando mando de la cosa. Ahora hay que digerirlo. Por una parte, los partidos grandes se están mirando al espejo y preguntándose qué hicieron mal; la serie B, UPyD e IU padecen la fragilidad de su estructura y se quiebran en pedazos (quizás sería momento de que el Partido Comunista se presentase como un revival sin disfraces, tendría muchos más votos, en Italia y Portugal los tienen) y los recién nacidos tratan de no parecerse a los viejos, aunque saben que al final acabarán por adquirir modos y maneras del catálogo del político considerado como especie protegida; seguramente, con los años se volverán como los derrotados de ahora, pero, de momento, están por estrenar.
El escenario se llena de nuevas modas y nuevos modos. Los gallegos nos apuntamos a las mareas vivas y surgen alcaldes que no quieren ir en las procesiones (para mí siempre fue un misterio cabreante ver como ateos judeomasónicos marxistas caminaban detrás del santo –o la Virgen de agosto– y delante de la banda de música: nunca los voté, por incoherentes); para empezar algunos dicen que no ofrendan ni se ponen de rodillas, que el antiguo reino de Galicia está bien en los libros, pero que vivimos en un nuevo mundo; Dios ya no nos coje confesados, y le damos al César lo que es del César y a Dios lo que le marquen en la casilla de Hacienda (esa parte del Evangelio siempre parece estar escrita en arameo para la Iglesia Católica). Aparecen alcaldes que van al despacho en bicicleta, alcaldes sin corbata, alcaldes más baratos, nuevas maneras de hablar, alejadas de los característicos clichés de político-delante-de-micrófono; aparecen monjas de clausura que se desclausuran para entrar en política, concejales que dimiten por hacer los mismos chistes malos que hacía Charlie Hebdo (con la diferencia de que todos éramos Charlie, incluidos los políticos más reaccionarios, que defendían con ello la libertad de expresión, pero en el caso del concejal de Madrid, sí se ha puesto un límite a la libertad de expresión; en el fondo solo eran chistes malos). Madrid y Barcelona las mandan dos mujeres que no saldrán en los suplementos de estilo y moda de los grandes periódicos (sólo aptos para gente “cool”, no para ordinarios como usted y yo) empeñadas en que sus ciudadanos no se queden en la calle y que sus ciudades sirvan para vivir,
En este momento es cuando el Gobierno y sus servidores más fieles dispara sus argumentos; el principal, que no se puede gobernar con pactos con promesas populistas. El argumento es falso, a la par que estupido. Todas las corrupciones, cochechos y prevaricaciones se dieron en gobiernos de mayoría absoluta, en los que nadie puede meter las narices; las promesas siempre son populistas y sólo sirven para adornar los discursos y para engolosinar a cuatro parvos que todavía creen en los pajaritos preñados de los discursos políticos.
Ahora se abre un nuevo panorama. Nos van a dar el verano con la campaña de las elecciones generales, que pueden ser en setiembre o en noviembre. Y si las previsiones se ajustan a lo escrito, cambiará el Gobierno. Y el que venga se encontrará con un espectáculo poco agradable. Por un lado, la deuda y la prima de riesgo nos dejará con el agua al cuello (por si no lo saben, la deuda nacional hay que pagarla, no son simples números que aparecen en los telediarios como si fueran los del cupón de la Once), y por otro lado, eso que llamamos Europa (y que convendría aclarar alguna vez) nos  meterá prisa, pasado el verano, para que “austericemos” más el páis, y para ello cuenta con la inestimable ayuda del Banco de España, que pide subida del IVA, reformas laborales para despedir más y más barato y recortes del gasto público. Se suma con ello a las pretensiones del FMI, que ya sabemos por donde van. La Europa que nos aprieta no ha superado la fase del Mercado Común Europeo; un organismo internacional puramente capitalista, gobernado por la Troika: FMI, BCE y la Comisión Europea (dos bancos y un gobierno) al que sólo le interesa la Economía y muy poco o nada los europeos. De aquí al final del verano pueden pasar otras muchas cosas; por ejemplo que descubramos que el país ha sido vendido a varios fondos buitre, que Grecia se sale del Mercado Común (y a lo mejor no pasa nada), que los jóvenes políticos, como siempre, no eran tan tontos, pero pueden llegar a serlo, y que la vida sigue igual aunque los tiempos estén cambiando (letra de Julio y Bob)

sábado, 13 de junio de 2015

La actualidad en fragmentos


J.A.Xesteira
Los lunes llega un camión con la actualidad y la vuelca. Después hay que escarbar en el montón de la basura informativa para encontrar algo de interés. Las noticias se me presentan como un viejo View-Master, un cacharrito que necesita explicación. Hace años, antes de la era digital, había unos aparatitos de plástico, como unos prismáticos pequeños con una palanquita en un lado. En una ranura superior se introducía una rueda de cartón rígido con diminutas diapositivas; se le daba a la palanca y aparecía en el visor una vista en tres dimensiones de, por ejemplo, el Kremlin, o las Montañas Rocosas, o el Taj Mahal, o una aventura de vaqueros estáticos. Hoy el View-Master es una antigualla (vintage le dicen) de coleccionista, cotizada a buenos precios en Internet; las estampas que se ven en sus fotogramas son de un mundo desaparecido. Pero la actualidad me viene así: le doy a la palanca y me aparece una noticia o algo parecido a una noticia, o lo que me ofrecen como noticia pero que no es más que propaganda política o económica, disfrazada de noticia.
Cuando lean esto que estoy escribiendo (esos quince lectores que todos tenemos como cuota) ya será día 13, San Antonio de Lisboa (aunque le dicen de Padua, pero no, era portugués) y los concellos y gobiernos autonómicos ya se habrán organizado entre pactos y opiniones para todos los gustos. Lo que pase de ahí en cuatro años está por ver, como siempre, y la campaña volverá a empezar para las generales. Aparecen nuevas personas en el mundo político, y, lo que es mejor, gente que no se viste de político (ya saben, ese imperdible look de jefe de planta de grandes almacenes, con traje oscuro y corbata a la moda de bazar turco) Pero todo eso quedará como un fotograma de nada en un golpe de palanquita, aunque ahora nos parezca el gran tema de debate (se debate cualquier tontería, y no me extrañaría que pronto apareciera un concurso de tertulianos aficionados; propongo que hagan las tertulias en islas desiertas y que se hagan la comida al mismo tiempo, con expulsiones y llantos).
Llega un amigo de un viaje por Grecia y me dice que allí están fatal, pero que se lo pasan como siempre; tabernas llenas, terrazas con gentes sonrientes, buen clima y ese sentido mediterráneo de la vida que los invita a cantar en los tiempos difíciles. “Se sabe que están mal, y ellos lo saben, pero no por ello dejan de vivir como siempre, da gusto con esa gente”, me cuenta. Le doy a la tecla del aparato y me aparece una vista terrible de la prensa española en la que Grecia es un país trágico en un teatro, sometido al designio de los dioses. Pero mi amigo es más de fiar que los periódicos. Sucede que los periodistas de ahora van poco por las tabernas griegas y van mucho por las ruedas de prensa. Y así no hay manera de enterarse.
Pero la tragedia si está en una isla griega. Kos, una pequeña isla a sólo cuatro kilómetros de Turquía, en la que estuve hace unos años (ya en la crisis, y también canté con amigos griegos a la puerta de sus casas, con música de buzukis) Allí a esa pequeña isla, en la que nació Hipócrates, el padre de la Medicina, llegan ahora miles de refugiados sirios con mucho miedo y ningún documento. Kos vive practicamente del turismo, pero las oleadas de refugiados en plena crisis ha generado un problema de difícil solución. A veces es difícil distinguir a los turistas de los refugiados; todos visten las mismas camisetas de fútbol, las mismas ray-bam falsas, las mismas zapatillas de marca reconocible (falsas también). Solo se les distingue en la diferencia que marcan las tarjetas, la de crédito y la de embarque, que generan un semblante relajado en la mirada del turista y una mirada de pánico hacia el futuro en el refugiado.
Pero basta con darle a la palanquita y me aparece en el visor una pandilla que lo soluciona todo. El G-7, reunido en el Tirol como una excursión de amiguitos. Hablaron estos días de cosas que no contarán a nadie, y cuando se van, el mundo queda un poco más pobre y un poco más complicado. Siempre ha sido así desde que los poderosos se juntan. Por supuesto no les interesa que a la isla de Kos sigan llegando los parias de la tierra, esos a los que los siete del Tirol expulsaron de sus casas donde les metieron dos guerras, la de matar y la de hacerlos más pobres. Los del G-7 se harán una foto y dirán que las cosas llevan camino de arreglarse, porque la economía va a resolverlo todo.
Pero le doy a la palanquita y me aparece una imagen diferente: la cuarta parte de los contratos que se hacen en España y de los que presumen los políticos, los sindicatos (poco) y los empresarios, durán una semana. Y le llaman contrato y figura como dato de puesto de trabajo. Pero pasamos la foto y comprobamos que no es más que un decorado tan inútil como una oficina de empleo. Las soluciones están lejos. No hay mercado laboral, aunque se firme un nuevo plan de empleo; sólo hay jornaleros en la plaza pidiendo un jornal a destajo. Los empresarios (mal llamados emprendedores –ver diccionario de la RAE–) al menos por la parte geográfica que conozco, son de cuatro tipos: empresarios de verdad (escasos), negociantes, tenderos y chamarileros. Su papel como creadores de puestos de trabajo es, cuando menos, dudoso; su papel como fundamento de una sociedad más culta y libre, nulo. Pero si le damos a la palanquita nos aparecen los hombres y mujeres del mañana, los alumnos de selectividad, que aprobarán unos exámenes que son tan estándar como el del carnet de conducir, pero que les abrirá las puertas para llegar a ser licenciados profesionales, científicos, humanistas, médicos, letrados… que un buen día emigrarán a otros países, porque la realidad española es como la del View-Master, un fotograma viejo e inexistente.