domingo, 15 de diciembre de 2013

Es un país para viejos


Diario de Pontevedra. 14/12/2013 - J.A. Xesteira
Decidió ir al cine. Se fue hasta el centro comercial, se acercó a la taquilla y pidió a la muchacha: «Una entrada para viejos». La muchacha se sonrió y le vendió la entrada de precio reducido para Séniors, que es una manera fina de llamar a los viejos (también les llaman «tercera edad», «mayores» y otros eufemismos; a él le gustaba cortar por lo sano y llamar(se) viejos a los viejos). Comprobó en la cartelera que todo el cine era para viejos y para los nietos de los viejos: dibujos animados de navidades, una reunión en la cumbre de viejos de Hollywood en Las Vegas y el resto eran variaciones sobre juegos de consola llevados a la pantalla para pasto juvenil; los argumentos eran del tipo de «jubilado conoce a viuda» y «una abuela decide ir a vivir su vida por su cuenta, encuentra a un amor». De repente se dio cuenta de que el mundo se había vuelto viejo al mismo tiempo que él. Por la mañana pasó por delante de un banco; en la puerta protestaba un grupo de personas con camisetas que recordaban el robo de sus ahorros: todos eran viejos. Recordó dos canciones, la de Pablo Milanés («el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos...») y aquella de Paul McCartney, Yesterday, escrita por un muchacho de 18 años que se ponía en el pellejo de un viejo para analizar su ayer, cuando todo era imprevisible y parecía lejano un futuro que llegó demasiado pronto. Mientras tomaba un café antes del cine leyó en un periódico: «España se hace vieja. Cae la natalidad y la población envejece». Le vino a la memoria un tiempo viejo cuando los periódicos hablaban de una situación parecida y la reacción de un ministro franquista (más adelante transmutado en demócrata-de-toda-la-vida) que vino a decir que «había que follar más y tener más hijos»; el ministro no se daba cuenta de que no existe una relación causa-efecto entre el follar y tener hijos si los participantes no quieren; y así hicieron lo primero y evitaron lo segundo con los grandes avances de la farmacopea. Recordaba nuestro hombre aquellos tiempos del ministro y Paul McCartney, su juventud, como la época en que el Capitalismo descubrió a los jóvenes como los grandes protagonistas del consumo. Él mismo fue uno de los destinatarios de los bienes de la Sociedad de Consumo, recién inaugurada; música, ocio, diversión, cultura, artes, cine, bienes materiales..., todo estaba destinado a él como consumidor joven. Y ahora, paradojas de la vida, volvía a ser objetivo económico: sólo los jubilados pueden gastar; la juventud y la clase media acaban de descubrir que lo prometido sólo era deuda y nada más que deuda, ni bienestar ni derechos adquiridos. Ahora mismo la fuerza de cambio social de la economía eran los viejos y los niños (estos, grandes consumidores por vía interpuesta de padres, abuelos y amigos de un mundo de productos de consumo destinados a ellos) Los gobiernos lo saben y crean sus planes pensando más en los jubilados que en crear puestos de trabajo. Saben que son miles las familias que sobreviven gracias a la pensión del abuelo, y saben que los abuelos, producto de la época en que conquistaron sus derechos laborales y aseguraron sus pensiones, están sosteniendo a sus nietos en paro. Leía en el periódico que el comercio actúa pensando en los viejos; productos más fáciles de llevar, con letras más grandes y con los conocidos trucos: bueno para el colesterol, biosaludable, sin azúcares añadidos, con fibra para el tránsito y un largo etcétera de mentiras a medias. Pensó también que hay más viejos porque la medicina alarga la vida de las personas y eso genera riqueza en gasto farmacéutico y sanitario (que, no olvidemos, pagamos con dinero público, no con dinero de los gobernantes, como parecen hacer creer) Pensó, mirando hacia el vacío, que las empresas se dieron mucha prisa en jubilar y prejubilar a los mayores de la plantilla, y ahora tenían a una legión de jóvenes baratos contratados en precario, que no tenían experiencia decisoria en su desempeño (total, para lo que les va a durar el contrato ni se molestan en interesarse por la empresa) Veía en los anuncios del periódico que los bancos echaban sus redes entre esa tercera edad; en los anuncios aparecía gente de su quinta, con sonrisas juveniles, como si el banco fuera un concierto de los Rolling (por cierto, gente vieja haciendo viejo rock) Él era el objetivo de los grandes pescadores del dinero: Gobierno, comercio, banca... Pensando un poco más recordó cuando se hizo viejo; fue aquel día en que los presidentes de gobierno ya eran más jóvenes que él. Los papas, no, porque siempre los eligen caducados. Pensó también como la edad no tiene que ser la medida de las cosas. Le vinieron a la memoria viejos con capacidad suficiente para seguir creando una obra como hace cuarenta o cincuenta años: el mismo McCartney y el rolling Mick Jagger, dos vejestorios en el escenario, o Serrat o Dylan, por seguir en el mismo terreno, o los Monthy Phyton, que renacen de sus cenizas, o, yendo más lejos, Pete Seeger, con 94 años, todavía cantando contra el sistema, o, el máximo de los máximos, el portugués Manoel de Oliveira, que a sus 105 años está preparando otra película (la última fue del año pasado, y la palma de Cannes la ganó en 2008). Y el fallecido Mandela, que consiguió congregar en su entierro a la mayor colección de cantamañanas oficiales que parece que fueron a hacerse ver y retratarse con sonrisa de triunfadores. A veces –recordaba– escuchaba aquella frase de Churchill de «Quien de joven no es de izquierdas, no tiene corazón; quien de mayor no es de derechas, no tiene cabeza». Pensó que Çhurchill era como el ministro que no entendía lo de tener hijos, y que era gran admirador de británico. Los viejos que importan mantienen frescas sus ideas y jóvenes sus rebeldías. Y levantándose se fue al cine con su entrada de viejo sénior a ver la última de Woody Allen, otro viejo.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Variaciones sobre un tema de "paganinis"


Diario de Pontevedra. 07/12/2013 - J.A. Xesteira
Por sus obras los conoceréis. Parece ser el lema del Gobierno a la hora de legislar. Ya hay una ley Wert, otra Gallardón y ahora una ley Fernández (Ley Fdez. para abreviar) Todas traen polémica y levantan más polvareda de la necesaria en tiempos en que todo debería estar limpio y tranquilo. La ley que presentó el otro día el ministro Fernández Díaz es una ley de policía, aunque se llame Ley de Protección de Seguridad Ciudadana, y parece que su único fin está en multar a todos por todo; la relación de faltas y delitos por los que tendremos que pagar a poco que nos descuidemos –y que nos convertirá en «paganinis» de una ley que no nos protege de las leyes– es amplia y variada, a la vez que berlanguiana (este país cada vez se parece más a los grandes clásicos del cine español)
Después de leer lo que se nos avecina me acometen muchas dudas en torno a la Ley Fdez., y creo que muchas de ellas las tendrá que despejar el Tribunal Constitucional (o no, a estas alturas ya no se sabe quienes somos, de donde venimos nadie se acuerda y, lo que es peor, no sabemos a donde vamos ni para qué) La primera duda es la de fichar a los manifestantes sin permiso, a los cabreados contra la policía y a los que no desfilen dentro del orden establecido. Es una vuelta a los ficheros policiales y parece como si el certificado de penales y buena conducta estuviera a la vuelta de la esquina; volveremos a estar «fichados» («por teimoso inconformista téñente fichado os gardas», cantaba Celso Emilio Ferreiro en uno de sus poemas) y eso volverá a ser un signo de distinción; a la hora de buscar trabajo en el Inem saltará nuestra ficha de policía y volveremos a los viejos buenos tiempos, que eran buenos solo porque éramos jóvenes.
Otro tema que me inquieta por incógnito es el del capítulo de ofensas a España en general, y a las comunidades, entidades locales, la bandera, los himnos y demás iconos representativos de lo que llamamos España. Estamos hablando de ofensas a un concepto, lo cual mete a la ley dentro de la filosofía. ¿Qué se considera ofensas a España o las comunidades autónomas? ¿Por ejemplo, decir, abajo España o Galicia me la suda? ¿Se quebrantarán por ello los cimientos patrios? Y las entidades locales, ¿será delito decir mi alcalde es un chorizo? La ofensa a la bandera es otra cuestión, seguramente porque no siento ningún aprecio por ninguna bandera; ni me emocionan ni me causan irritación cualquiera de las que se agitan en las manifestaciones. Ofender a la bandera es otro concepto suficientemente abstracto como para poner multa. Si en una manifestación sacan una bandera republicana, ¿se «ofenderá» la amarilla y roja por ello?, ¿es ofensiva la bandera con el toro de Domecq? El apartado de las ofensas a los himnos tiene también su complicación. ¿Se puede multar igual la ofensa al himno nacional, que no tiene letra, que, por ejemplo, el himno gallego, que tiene una letra larguísima (que nadie se la sabe) y que además no se entiende el significado de la mitad de lo que se canta? La generación de mis hijos y posteriores (creo que la de mis nietos está en ello) aprendió una letra en el patio del colegio que cantaba el himno nacional con aquel «Franco, Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel...», y antes hubo versiones como aquella que cantábamos hace muchos más años de «Chinda, chinda, las cachas de Florinda, etcétera». ¿Será perseguible como ofensa al himno o lo tomaremos como lo que es, una coña infantil? En este apartado –menos mal– se ha separado el delito o falta de abuchear y silbar al himno nacional en los campos de fútbol, porque parece ser que eso está regulado en la ley del deporte. Está bien, porque el único sitio donde se entona –es un decir– el himno es en los partidos internacionales.
La Ley Fdez. sigue con una serie de apartados variopintos y sanciones graves, como deslumbrar a los pilotos de líneas aéreas con punteros de rayos láser, uso de uniformes policiales sin autorización (¡cuidado con el carnaval!), escalar edificios públicos como forma de protesta, la prostitución al lado de los colegios o en los arcenes de las carreteras (es una clara distinción entre el puterío silvestre y el puterío de granja, que no se contempla entre las actividades peligrosas para la sociedad). Todo quedará a criterio de instancias superiores, que decidirán sobre lo que es lícito o ilícito, que podrá cachear, identificar, prohibir el paso de personas en la calle, cerrar locales o incluso detener a ciudadanos «si es razonablemente necesario». Según ese criterio, esas instancias decisorias podrán multarle a usted si ofende a algún símbolo patrio y ello se considera «razonablemente necesario». El problema, además, estriba en que la instancia que razone sobre la necesidad de detenerle o meterle una multa de hasta 30.000 euros (el salario de tres años de un trabajador con suerte o el de un verano de un alto ejecutivo de banca) está en manos de un policía (iba a decir simple, pero a lo mejor se interpreta como ofensa a las fuerzas del orden). Bastará la palabra de un policía para que la Ley Fdez. le aplique la sanción correspondiente; será su palabra contra la suya, pero en ese caso vale más la del policía, porque es palabra uniformada, y la suya es una palabra callejera y civil. ¿Y si el policía miente o se equivoca? Ah, la ley lo tiene previsto; puede recurrir ante un juez, pero, eso si, pagando las tasas correspondientes que fueron aprobadas por la Ley Gallardón, con lo cual, sea como sea, usted va a pagar, que parece ser lo que se busca.
Después de todas estas reflexiones llegué a la conclusión de estamos todos tontos. Pero el ministro Fdez. es un hombre justo, piadoso y temeroso de Dios. Por tanto mi conclusión es que el tonto soy yo y alguno más como yo.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Vil metal


Diario de Pontevedra. 30/11/2013 - J.A. Xesteira
Todos los problemas de dinero tienen solución. Pero no hay solución si los que manejan el dinero no quieren resolver. Miren, sino, a la peculiar presidenta incombustible de Argentina; creó una crisis internacional al echar a Repsol de su petróleo y lo disfrazó de patriotismo; acto seguido, en lugar de nacionalizar sus recursos petrolíferos, los vendió a la estadounidense Chevron, con lo cual, en el viaje, algún dinero debió quedarse en manos patrióticas. Después de las llamadas a la defensa de la patria, argentinas y españolas, como el problema era solo de dineros y no de patrias, la cosa se resuelve en un pispás: Repsol (que no España y su marca registrada) cobrará unos 5.000 millones de dólares y todos contentos. El dinero no huele, como decía el emperador Vespasiano, que cobraba impuestos por las cacas de los romanos. Ni tiene alma ni está de parte de nadie; es como la copla: va de mano en mano y alguien se la queda, preferiblemente en una cuenta en un paraíso fiscal. Por tanto sirve igual para comprar un arma para matar que para comprar un antibiótico. Desde la moneda de los Evangelios que había que darle al César y no a Dios (no sé que parte de los Evangelios –Mateo 22, 21– no entendieron los cristianos y Hacienda) hasta la tarjeta de crédito hay un largo camino, pero está empedrado con las mismas piedras de siempre. Cada vez se ven menos monedas y menos billetes; nuestra cuenta corriente no es más que una lista de números en una pantalla de ordenador que nos permite comprar en el súper o en Wall Street, es lo mismo. Lo que valen son las intenciones. Leo el periódico, veo las noticias de la tele (cada vez menos) y parece que están hablando de sucesos distintos, de vidas, de muertes, y de políticos que hablan, de deportistas que alegran la tarde con un gol, de actores que recrean historias, de las cosas que pasan, pero en el fondo sólo están hablando de dinero. En una página suben las acciones eléctricas y en otra se nos dice que a 1,4 millones de hogares (multipliquen por familias) les cortaron la electricidad por no tener dinero para pagar el recibo de la luz. En una página se hace balance de las miles de viviendas que se construyeron a mayor gloria del negocio inmobiliario, y en la otra se nos cuenta cuantas familias fueron desahuciadas por impago. Podíamos continuar con los contrastes, pero estaríamos hablando de lo mismo, es el mismo dinero que va de unas manos a otras. Porque el dinero siempre no se crea ni se destruye, simplemente se deja ir de un lado a otro, porque no tiene tripas ni alma. Las personas, sí. Y a veces la venden a cambio de cualquier cosa. Robert Johnson dicen que la vendió al diablo en un cruce de caminos a cambio de un acorde perdido de blues. Otros son más prosaicos, la venden a cambio de un poco de poder político, o de confort y viajes a las Seychelles, o cambio de cualquier tontería. El ser humano está hecho de esas mierdecitas también. Y de vez en cuando esos seres humanos que pensaron que el dinero les daría una gloria a su medida, caen, precisamente por su vanidad y por el dinero. Hay historiografía suficiente como para avalarlo. Recordemos que Al Capone no fue encarcelado por asesinar o mandar asesinar a unos cuantos colegas que estorbaban, lo encarceló el departamento de Hacienda por fraude fiscal (todos sus negocios estaban en lo que hoy llamaríamos «ingeniería financiera») Al final cayó por el dinero, que era, a fin de cuentas, el objeto de su negocio y el objetivo final de sus delitos. Las leyes suelen adaptarse a los tiempos, y los que poseen el dinero lo saben; por eso apoyan y presionan para que las leyes avalen sus intenciones. Piensen en Eurovegas, uno de tantos proyectos políticos que tratan de vender con el argumento de que creará muchos puestos de trabajo (no sirve: muchos narcotraficantes conocidos utilizaron antes el argumento –cierto, por otra parte– de que daban de comer a muchas familias) Para crear ese emporio de juego y otras cosas el Gobierno español tendría que cambiar algunas leyes, facilitar que los premios no estén sujetos a tributación en España, y cambiar la Ley de Blanqueo de Capitales y Terrorismo para que, precisamente, se puedan blanquear dinero mediante las apuestas. Las Vegas, una ciudad artificial, fue creada por gánsters, con el único fin de blanquear dinero. Es posible que Eurovegas se construya. Se verá, solo hay que esperar. En este momento estamos en la etapa de las frases y las promesas. Estamos en el momento de vender la burra ciega. Pero no habrá que esperar mucho para ver que pasa. Hace unos días estuve en Madrid y al paso por las circunvalaciones se pueden ver edificios y esqueletos de edificios muertos que en su día fueron frases y promesas, como el Centro Nacional de Oncología o la ciudad de la Justicia, monumentos de hormigón a la estupidez que da el poder. Tumbas de millones de euros públicos que nunca recuperaremos. Acaban de condenar al que fuera «uno de los nuestros» en Valencia, a Fabra, el hombre de las gafas de malo que en su momento fue calificado por los más altos cargos de su partido como «político y ciudadano ejemplar» cuando era evidente que su actuación era perseguible de oficio. De momento lo castigan por fraude fiscal, que es cosa de dinero, y no por cohecho y tráfico de influencias, que es cosa de ética política. Fabra era el factótum valenciano, en su mano comía el poder y ponía y quitaba políticos levantinos; presidentes y demás se dejaban querer y fotografiar en los veranos de la bonanza; fue más allá de las frases y las promesas y dejó para la posteridad un aeropuerto que es el emblema del país, una tumba faraónica (una de tantas –recuerdan el Gaiás?–) en la que se ha enterrado mucho dinero público. Vil dinero en sus manos, que podría ennoblecerse solo con cambiar su destino.

domingo, 24 de noviembre de 2013

La "manifa" dentro de un orden


Diario de Pontevedra. 23/11/2013 - J.A. Xesteira
El Gobierno está a punto de sacar al mercado una nueva ley (ya hay más leyes que ciudadanos). Será una ley que sustituirá a la antigua Ley Corcuera (conocida como la de la patada a la puerta, ahora sustituida en la práctica por el ariete de hierro) y que responde al poco original título de Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana. En ella se van a recoger una serie de mandamientos de obligado cumplimiento en varios aspectos de la sociedad, entre los cuales está la pretensión de regular las protestas callejeras, las manifestaciones y la oposición a grito pelado por las aceras, de los ciudadanos más o menos cabreados con la vida. Como ese asunto no es nuevo y en otros tiempos ya se crearon leyes y disposiciones para que los ciudadanos se manifiesten en las calles dentro de un orden, hagamos un punto y aparte para recordar unas cuentas batallitas prehistóricas. Se hace el punto y aparte y la intención es refrescar la memoria a quienes la tengan en “stand by” e informar a los que por edad no sepan que en tiempos anteriores al guasap las cosas eran de otra manera. En el siglo pasado, según se salía de los años 60 para los 70, la calle era el único lugar donde se podía jugar a ser libre; los interesados en aquellos mayos del 68 encontrarán abundante literatura en internet. Las manifestaciones estaban prohibidas, las reuniones de más de dos personas eran consideradas un grupo peligroso, la Policía (o Guardia civil, que a veces intervenía –año 72, huelga general en Vigo–) se llamaba en los periódicos Fuerzas del Orden Público (en los periódicos estaba prohibido decir cosas como que la Policía cargó a porrazos contra los manifestantes o publicar alguna fotografía al respecto en el que las porras bajaban a plomo sobre las cabezas de los viandantes, se manifestasen o no). Todos tuvimos que aprender a hacer manifestaciones, los manifestantes y los policías. En ese año 72 que menciono atrás, la policía vestida de gris entró en tromba en unas dependencias oficiales donde se había refugiado unos obreros a protestar, y llevó palos hasta el bedel de las oficinas; sobre la entrada quedaron montones de zapatos de los que huían como podían: la moda era de zapato de suela sin cordones, y eso, para correr estaba contraindicado. Al día siguiente podías identificar claramente a los que pensaban montar una manifestación (ilegal, manifestarse era contrario a la ley) porque todos estrenaban zapatillas bien atadas, cómodas y aptas parta correr. Siguieron las manifestaciones, siguieron los porrazos, los gases lacrimógenos. Las fuerzas del orden público solían dar una sola orden a ese público: “¡Disuélvanse!” Una labor imposible a no ser que fueran rociados con ácido sulfúrico. A medida que el franquismo se esfumaba e iba apareciendo un simulacro de apertura, aparecían leyes para dejar que los ciudadanos se manifestasen, pero dentro del orden público que guardaba la policía, que ya no eran grises, sino del color de la madera. Las manifestaciones autorizadas había que hacerlas mediante solicitud ante los gobiernos civiles, en donde se argumentaba un motivo adecuado, aunque todos sabían que acabarían gritando ¡libertad!, ¡fuera represión policial! o cosas por el estilo. Los periodistas que teníamos que cubrir ese tipo de informaciones debíamos presentarnos ante el oficial que mandaba la tropa de uniforme y enseñar un carnet (un compañero llevó con el carnet en la cara, porque el oficial era más chulo que todos los periodistas juntos); incluso se habló de ponerle a los periodistas un distintivo de color, claramente identificable, porque resultaba que los periodistas íbamos vestidos igual que los manifestantes (a saber, de jersey y pantalón vaquero) y así no había manera de escapar de un palo mal dado. Las leyes ya eran orgánicas, las manifestaciones, poco a poco, se conducían por la senda del bien, eran pacíficas, con pancartas, con los policías cada vez más testimoniales, abriendo camino, y con los manifestantes en desfile de pancartas y banderas. El orden público se había ordenado. Incluso se manifestaba la gente de orden, la que nunca se había manifestado en el franquismo: obispos, señoras de la alta burguesía y todos aquellos que antes se quejaban de que los alborotos eran cosa de cuatro comunistas. La ley de la seguridad ciudadana llegó a su tope con el socialista Corcuera, un ministro peculiar que pasó a la pequeña historia por esa “ley de patada a la puerta”. Las manifestaciones dejaron de servir para gran cosa, se convirtieron en desfiles autorizados, y los altercados pasaron a ser exclusivos de los “violentos”, una especialidad juvenil de nueva aparición cuyo fin primordial era romper cristales y quemar contenedores (el pobre Cojo Manteca fue un icono en su tiempo). Se convirtieron en algo parecido a las procesiones. Acabamos el punto y aparte y pasamos al presente. El Gobierno que va a sacar esta nueva ley organizadora del orden público, no recuerda mucho, al parecer, como era todo lo relatado entre los dos puntos y aparte. Entre otras cosas, porque no tienen pinta de haber participado en ninguna “manifa” de verdad. Son más dado a los desfiles procesionales (sin distinción de siglas ni partidos, las corporaciones municipales son adictas a seguir a un santo en peana) Con esta ley se castigarán los “escraches” (un nuevo invento de los tiempos del guasap) y las manifestaciones delante del Congreso (no sea que los diputados salgan a correr para coger el avión a la playa y no lleguen a tiempo), los insultos a la policía (en general, sin especificar si llamarles mamón o gilipollas puede ser considerado materia delictiva o no) y además se podrá delimitar un perímetro urbano para cada manifestación (se mandarán todas al Quinto Pino, en buena lógica)... Se ve que no hay mucho que hacer y poco que recordar. Tratar de organizar el orden público solo funciona si las cosas van bien; cuando todo se tuerce no hay quien pare a la gente, autorizada o no. Es como tratar de organizar un encierro de san Fermín con una ley de procesiones de Semana Santa. Una estupidez para un despropósito. Nos vemos en la calle.

martes, 19 de noviembre de 2013

Las manos que nos tienen


Diario de Pontevedra. 15/11/2013 - J.A. Xesteira
En buena mano está el pandero, solía decir un viejo director de periódico cuando la situación estaba gobernada por algún insensato o un incompetente. El otro día oí decir a un «célebre» (un paisano de mi aldea llama así a los que destacan o tratan de destacar sin ningún mérito) que la situación estaba en buenas manos; no sé que situación ni que manos, porque pillé la sentencia en la radio del coche a voleo. Pero la frase del «célebre», puede que político, puede que economista-finaciero-bancario o experto de guardia, me recordó la frase del inicio y, al tiempo, me llevó a pensar (ahora sólo pienso como juego) cuales pueden ser las manos que sostienen la situación, las manos en las que está nuestro pandero vital y existencial. Se me ocurre que las primeras manos que sostienen a la sociedad de este país es el Gobierno, que es quien ostenta la facultad y el mando democráticos para organizar, al menos durante cuatro años, el rumbo del país con todos sus habitantes. Estamos en sus manos. Pero el rumbo y la situación son complicados, los habitantes padecemos la Crisis, que es la palabra-resumen, y la única solución visible de las manos que mecen a la sociedad (seguramente para que se duerma y no dé la lata) fueron, hasta ahora, las de los Recortes (otra palabra resumen) un concepto argumentado como el mal menor, lo necesario, lo imprescindible. Así el gobierno creó los Recortes como los crímenes de la calle Morgue (releamos a Poe) sólo para atemorizar al personal con una amenaza misteriosa; en realidad el gobierno recorta al estilo de la novela: un mono con una navaja barbera. Una cosa peligrosa que soluciona por la vía de rebanar el pescuezo social. Pero cuando se descubre que el mono tiene la navaja, el misterio queda al desnudo y se producen resbalones como los del «célebre»" ministro Wert, que rebanó de un navajazo las becas Erasmus (debe ser premonitorio, a fin de cuentas, Erasmus era una mente libre, enfrentado a católicos y protestantes y autor del Elogio de la Estupidez) y justificó su acción diciendo que Europa reduce las ayudas a España. En sus manos está nada menos que la Educación y la Cultura de este país, y el ministro Wert cuenta con el apoyo del presidente Rajoy, el resto de sus compañeros de pupitre no dicen nada. Pero si dice el comisario europeo de Educación, que dice que Wert se equivoca, que Europa aumentó los presupuestos y que lo que afirma el ministro es «basura» (literal).
Y en la basura están los madrileños. También están en manos de Ana Botella, alcaldesa, otra «célebre» que suele proporcionar material humorístico para internet, a su pesar. La alcaldesa se sacude el conflicto diciendo que es un asunto interno de una empresa y sus empleados. Alguien de su partido le debió decir que no, que es un asunto municipal, que los ciudadanos pagan tasas municipales de basura; y en la prensa inglesa abren páginas diciendo que Madrid es «un vertedero de basura». Pobre Madrid, no le llegaba con la caída vertiginosa en las preferencias turísticas, sino que por encima la inundan de porquería. Los catalanes sonríen, seguramente, con disimulo, porque su Barcelona es destino preferido y le pasan la manguera a Las Ramblas. Pero Los catalanes también están en buenas manos. Mas (el president, no el signo de sumar) lanza el farol de que tiene repóker independentista, pero no pone la apuesta encima del tapete, y mientras se va a rezar al Muro de las Lamentaciones de Israel, que es como es Santo de los Croques, una retórica turística, en el Parlament comparece Rato, que tuvo Bankia en sus manos, y es amenazado con una chancla. ¡Buñuel no lo hubiera hecho mejor! Se escandalizan y acusan al parlamentario radical de falta de respeto al antiguo ministro y presidente de varios organismos económicos sin control. Nadie le dijo a Rato que era una falta de respeto hacia la ciudadanía su actuación en bancos e instituciones en las que cobró grandes sumas de dinero público y ahorros de preferentistas. Seguimos estando en sus manos aunque el panorama se haya disfrazado de apariencia legal y los jueces sumen imputados y engorden sumarios como capones de navidad.
En manos de los jueces estamos (de alguna manera) cuando la sociedad depende de la actitud de ellos para meter en la cárcel o abrir juicio a unos cuantos «célebres» que pensaban que su puesto, su situación, su colocación en la escala social les garantizaba una impunidad para corromperse y perpetrar todo tipo de sinvergüencerías. Pero pasa el tiempo, y los asuntos siguen en manos de jueces que parecen no acabar nunca de ejercer la justicia o, como mal menor, de aplicar las leyes. El personal acaba por inquietarse cuando los sospechosos habituales siguen en la calle, en espera de juicio, y que sólo los subalternos (tropa de Marbella) van a la cárcel. Cuando los fiscales parecen defender en lugar de acusar. Y cuando se resuelve, al fin, el juicio del «Prestige», resulta que nadie tuvo culpa de nada, como si fuera un fenómeno natural, una inundación, un temporal.
Podíamos espera que la oposición oficial, que un día fue Gobierno y nos tuvo en sus manos, pudiera crear alguna esperanza, pero lo único que resultó de su feria de vanidades políticas es que, al parecer, los socialistas se había ido a alguna parte y que ahora vuelven (la cosa tiene un aire de mariachi, de volver y dar la media vuelta) Pero no se sabe a donde fueron; en tiempos se fueron del marxismo y se pusieron corbata para ir en las procesiones. Ahora se acuerda de que tienen que romper con la iglesia católica y que van a dar un giro a la izquierda, que son socialdemócratas y algunas generalidades más. Pero lo tienen difícil para hacer que sus antiguos votantes vuelvan con ellos. Durante sus gobiernos anduvieron por la vida como si acabaran de bajar del Sinaí con los decretos grabados en las losas. Ahora el pandero está en otras manos, no lo saben tocar y están a punto de romper el parche.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El tiempo se toma su tiempo


Diario de Pontevedra. 08/11/2013 - J.A. Xesteira
Viajo durante el lluvioso puente de difuntos (un concepto interesante sobre el tránsito del más allá hacia el más acá) a Portugal. El hotel-spa (otro concepto actual que reconvierte al huésped de dormir en el huésped-al-baño-de-maría) tiene pocos clientes portugueses y muchos clientes españoles, casi todos de la zona extremeña y sur, a pesar de estar cerca de Galicia. Desde la cafetería del hotel me hago la composición de la situación: la crisis retrae a los nativos y atrae a los vecinos que, pese a la crisis, continuamos en nuestra habitual inconsciencia. La televisión portuguesa, igual que la española, está repleta de partidos de fútbol. Salgo a pasear por las viejas calles de Braga y entro en una librería de viejo; dos hombres mayores (hace unos años diría dos viejos, ahora, no, porque a lo mejor son de mi edad) leen a la luz de lámparas de pie con la satisfacción de aquel que encontró su lugar ideal: vender los libros que adoran y que leen (o no venderlos, según). Saludo al «alfarrabista», que es la bella palabra que usa la lengua portuguesa para designar al que vende libros de ocasión y me comenta que la crisis también les afecta a ellos: «Antes venían aquí clientes de toda Galicia, de Coruña, de Pontevedra, de Redondela y de Vigo, pero ahora la cosa está mal, la crisis en Portugal es grande, y en España, aunque parece que menos, también. Pero hay que tener paciencia, atrás dos tempos vêm tempos e outros tempos hão-de vir». Hablaba con la convicción del que ha vivido peores tiempos y sabe que el tiempo es una variable eterna, inmutable, que avanza a su debido tiempo y que todo lo cambia a su paso, a veces cambia para bien y a veces para mal, pero todo cambia ante su fuerza. John Lennon decía: «El tiempo hiere todas las curaciones». Pero el tiempo corría distinto para el afarrabista y su amigo, leyendo los libros que difícilmente venderán en tiempos de crisis, que en la calle, donde se habían manifestado un día antes sus compatriotas por el anuncio de nuevos recortes del Gobierno a los ciudadanos. El lento discurrir del tiempo del hombre y sus libros viejos contrastaba con el acelerado pulso del centro comercial, el «shopping» al que se han vuelto tan aficionados los lusitanos. En el enorme emporio, familias enteras (estas sí nativas con algún turista entreverado) deambulaban de comercio en comercio, de bar en bar, de restaurante rápido en restaurante más rápido; el parking estaba a reventar y docenas de niños gritaban pidiéndolo todo. En toda la ciudad bajo la lluvia insistente, sólo había dos lugares llenos de multitudes: el «shopping» donde todo era prisa, y el cementerio, inmóvil y lleno de crisantemos y lamparillas. Todos los tiempos se confundían; la lengua española utiliza el mismo término para referirse al paso de las horas que al paso de los chubascos.
Así que sabemos que la crisis y sus efectos pasarán. Lo malo es que nosotros también pasamos. Un clásico fadista, Marceneiro cantaba que el tiempo no pasa, somos nosotros los que pasamos por el tiempo. Y por eso parece como si quisiéramos que el tiempo se acelere, para que el mal tiempo, la lluvia, la crisis, el frío y las rebajas de las viejas conquistas gracias a los amos del tiempo, los que controlan el precio de las cosas y cuales serán esas cosas que podremos comprar, pasen rápido. Vivimos aprisa. Haga una prueba y vea a su alrededor las muestras de que queremos apretar el tiempo. Si nos lavamos las manos en un wáter público y pretendemos secarlas en ese aparato de aire caliente, comprobaremos como nadie llega a secárselas de todo, no hay paciencia suficiente como para esperar a tener las manos totalmente secas, acabaremos secándolas con la culera del pantalón. Si usted está viendo un deuvedé se encontrará con que le da al mando de aceleración cuando la cosa está en una parte poco interesante, o si abre ese yutube que le manda un amigo, ¿quién tiene paciencia para esperar a que cargue entero antes de verlo? Vamos a tropezones, como si estuviéramos cargando la imagen porque nuestro ADSL tuviera poca potencia. Pero la situación va a su tiempo y ritmo y no acelera. No vale que pidamos el final del partido al árbitro para que no se nos compliquen más las cosas. Las cosas las tenemos bastante complicadas y se nos complicarán más cada día, los grandes controladores de la situación no tienen prisa, el tiempo corre a su favor, mientras que al resto, ese mismo tiempo nos estrangula; los detentadores del poder (y digo bien que lo detentan, porque desde el poder han inventado las fórmulas para apropiarse de su propio sistema de funcionamiento) saben que cualquier delito, por muy grave que sea, está sometido a las leyes del tiempo, y a veces ya ha prescrito (el tiempo para la prescripción es mucho más breve que el tiempo para pagar deudas infinitas) y a veces, cuando llega el juicio y después la sentencia, todo parece menguado, como si aquel escándalo de hace dos años, los grandes casos de corrupción que el tiempo hace caer en un casi olvido, se convirtiera en un pálido reflejo de lo que se esperaba de la justicia. Justicia que se quedó en simple ley aplicada y desvaída por el paso del tiempo.
En los sitios donde se pasa el tiempo, como en las salas de espera de los médicos (un lugar donde nunca veremos esperar a ninguno de esa-gente) se oyen las cosas más dispares; decía una mujer que el tiempo (climatológico) era una porquería: «Cae una lluvia húmeda». Y se quejaba un prejubilado de lo que estaba tardando el médico en atenderlo: «Por eso el rey no viene a la sanidad pública». Son dos razones de evidente peso. Al rey le da lo mismo que llueva porque a él lo opera un eminente de importación en clínica privada. No está para perder el tiempo. La crisis pasará, es cosa de esperar que pase el tiempo. Podemos acabar en un frenético «shopping» o en la quietud del cementerio. Pero eso, al tiempo no le importa.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El espía que surgió del cíber


Diario de Pontevedra. 02/11/2013 - J.A. Xesteira
Volvemos a la guerra fría, por lo menos en lo que a espías se refiere. Después de que estos días atrás se descubriera (gracias a los papeles secretos de Snowden y otros «enemigos») que los USA espían a todo el mundo, esta vez de forma literal, a través de Internet y sin discriminar a nadie, me siento importante; mis correos electrónicos, mis descargas de películas, mis búsquedas en la red, todo fue espiado por esas agencias americanas, que a veces es la CIA y a veces NSA; y eso me pone en el mismo lugar que el presidente Rajoy, que también fue espiado, aunque yo no utilizo el Twitter para nada y él ahí me lleva ventaja. Ahora sabemos por que la Red (que no hay que olvidar que fue un sistema que en origen creó el Pentágono para comunicarse sin intervención externa) se popularizó y se llevó a extremos insospechados: teníamos que estar todos conectados para que un Gran Hermano nos vigilase con su ojo-que-todo-lo-ve. Ignoro lo que puede interesarle a la NSA de lo que anda en comunicaciones por las redes, pero la paranoia estadounidense es un motivo muy poderoso para vivir con el miedo a lo que se desconoce. El asunto no es nuevo; hace meses que rueda por las páginas de los periódicos con datos, pelos y señales; el Gobierno español no se dio por aludido cuando la noticia saltó en un periódico alemán. En aquel entonces, el ministro español de Exteriores llamó al embajador americano para mostrarle su preocupación por lo que se comentaba por ahí, pero el embajador no estaba. Por aquellos días surgió el cabreo de la brasileña Dilma Rouseff, que le dio un corte de mangas a Obama y le pidió explicaciones de a ver porque tenían los yanquis que espiar su teléfono. Las relaciones se pusieron tensas y ahí siguen. El secretario de Estado americano dijo que EEUU seguiría haciendo lo necesario para preservar la seguridad del mundo. ¿Entienden? El tema adquirió un nuevo semblante cuando la alemana Merkel coge el mismo cabreo que la brasileña, y Francia le secunda, con lo que obligan a la Unión Europea a que pida explicaciones. Angela Merkel va más allá y dice que en su país el espionaje es un delito, los espías son delincuentes y al que pillen lo meten en la cárcel. En España y en el resto del mundo, también; un delito comparable al terrorismo, porque la función del espía es la de un soldado encubierto, un terrorista en el amplio sentido de la palabra. En situaciones de guerra es fusilado sin que se le aplique la Convención de Ginebra. El escándalo sube de grados cuando Obama se niega a recibir a la comisión de Europa y da muestras de que el asunto se la repampinfla totalmente. El eje Berlín-París o, lo que es lo mismo, el cabreo de Angela Merkel no acaba aquí y traerá consecuencias imprevisibles. ¿Y el cabreo de Rajoy? Pues es de aquella manera, usted ya sabe: que si somos amigos y aliados, que no es para tanto, que me cabreo con la boca pequeña. Incluso el ministro dice que a él «no le consta oficialmente», como si los espías pidiera permiso por escrito. Hay una queja formal, se convoca al embajador americano para que diga si es cierto lo que es cierto. Pero, ¿que nos va a contar que no se sepa? Todo lo que puede decir ya salió publicado en los periódicos. EEUU lleva espiando oficialmente en España desde que Aznar autorizó al gobierno de Bush a hacerlo. Precisamente el teléfono privado de Ángela Merkel fue «pinchado» desde Madrid. Para revolver el recontraespionaje, los americanos dicen que a ellos les trabajan los servicios secretos de España y Francia en plan subcontrata. Los americanos seguirán espiando todo lo que se les ocurra. Los cabreos no llegarán a desestabilizar el mundo. Pero, ¿cual es el balance de la situación? Por una parte está la percepción divisoria de buenos y malos. Los cinco países «buenos» (blancos, anglosajones y protestantes) EEUU, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, espían al resto de países «malos», y en ello queda un fondo de desconfianza novelesca y cinematográfica: los rusos siguen siendo tan malos como cuando eran sólo comunistas; los alemanes son los que perdieron la guerra, por nazis; los chinos vuelven a ser «el peligro –económico– amarillo»; el resto, son una tropa de gente morena mafiosa, folklórica y de escasa importancia, pero que enseguida se hacen amigos de los árabes. Con todo eso no es extraño que investiguen a todos los líderes mundiales, para ver que comen, que beben y como se lo montan en su vida privada. Mi intriga está en el presidente de España y los políticos de su pro y su contra. Lo que se pueda espiar en la clase política española aparece antes en la prensa; los «tuits» de los políticos, cuando no meten la pata hasta el Youtube son de nivel de niña de instituto. Al final lo único que queda es la actitud servil del Gobierno español, que se deja espiar por un aliado que, en realidad es el patrón, con derecho de abrir nuestro correo, de la misma manera que los empresarios están autorizados para ver el correo de sus empleados. John Le Carré ha quedado anticuado; su agente Smiley no tiene nada que hacer, pertenece a un mundo en el que los teléfonos tenían un cable unido a la pared y existía el factor humano. Los espías actuales son funcionarios que miran el mundo a través de una pantalla. James Bond puede tomarse los martinis que quiera, porque ya no sirve para nada; la licencia para matar la tiene un tipo sentado en un despacho, que le da a la tecla del «enter» y manda un avión sin tripulantes a bombardear, o se mete en el teléfono de Rajoy. Lo que encuentre allí está más en la onda de Nuestro Hombre en La Habana que en la de la serie Homeland. Lo que me gusta de todo esto es que me hace sentir como el Doctor No: un malo de Espectra.