jueves, 15 de diciembre de 2011

El entorno y el socaire

Diario de Pontevedra. 15/12/2011 - J.A.Xesteira
Tuve que tomarme una aspirina efervescente (o un paracetamol, que está más de moda) después de leer ese merecumbé político económico de Europa, con Gran Bretaña fuera del euro y de las bondades del continente y ese nuevo estado de las cosas en la Unión Europea. No me enteré, y debe ser un defecto mío, que al pasar de los tres primeros párrafos de una información económica se produce un bloqueo mental que anula cualquier intento periodístico de explicación de lo que pasó entre Merkel, Sarkozy y Cameron, con Zapatero en plan de “¡Adiós con el corazón!”. Revisé varios periódicos, vi las televisiones (la radio, no) y seguí más liado que al principio. Ahora mismo sigo sin entender nada, y eso que ya leí las editoriales y los artículos de los grandes expertos. Y no sé si Gran Bretaña ya no es del equipo o es que no lo quieren poner. En realidad, mucha gente creía que Gran Bretaña no era de Europa, porque no tiene euros, conduce al revés, mide en cosas raras y va a su bola totalmente. Pero, por lo visto si que era de Europa, aunque de aquella manera. Tampoco ayudó mucho a mi estado mental la contemplación de las crisis económicas y el desmoronamiento de los imperios. Especialmente el Imperio Valenciano, en otro tiempo cuna de grandes fastos y construcciones para pasmo del futuro y hoy, en subasta, con los próceres en el banquillo de los corrompibles y las grandes edificaciones vacías y en subasta. Mientras el que fue presidente de los valencianos defiende su presunta honradez desde el banquillo, Valencia tiene que vender a precio de saldo aquellos grandes proyectos que construyó con la alegría del que gasta de lo que no es suyo; mantiene, eso sí, los acontecimientos que se pueden inaugurar cada año con un corte de cinta: un circuito de coches. El que sonrió hace tiempo mientras anunciaba ciudades para la investigación (hoy sus investigadores están en el paro) o pagó a Calatrava millones por una maqueta de plástico, tiene que dar cuenta del cohecho impropio de unos trajes, mientras que la opinión pública sabe que detrás de esos trajes debe haber más, aunque no se diga. Camps y los suyos mantienen su honorabilidad, y están en su derecho; la obligación de los fiscales es demostrar que no son honrados. El olfato ciudadano sabe que al amparo y socaire de los puestos de gran responsabilidad y gestión pública se cuelan delitos maquillados con arte y astucia. Sabe también que otras veces es el entorno del gran dirigente el que se beneficia del lugar que ocupa, y al socaire de los grandes nombres, el dinero público se va en regalos a los amigos que vienen a cobrar lo que muchas veces les prometieron. Cuando era un chaval escuché muchas veces la frase aquella de que “Franco es honrado, pero su camarilla...”. Con lo cual se glorificaba la honestidad del caudillo y se descargaban los males sobre los que componían su entorno. Los años demostraron que las cosas no eran tan cartesianas, que la honradez del dictador consistía en que él no robaba personalmente (¿para qué, todo era suyo?) mientras su familia y ese entorno indefinido que se difumina según se aleje del centro, era el que montaba negocios y se apropiaba de bienes que muchas veces se disfrazaban de “donación popular” por la fuerza (véase Pazo de Meirás). El entorno es el beneficiario de una situación que conquista el gran hombre, llámese dictador, presidente, arzobispo o “capo dei capi” siciliano; generalmente no tuvo más intervención en el logro del poder que estar allí, bien por familiaridad, amistad o por el vaivén de las cosas en movimiento. Es donde se cuece el caldo espeso y muchas veces el gran hombre (los grandes siempre son grandes hombres, a las mujeres, de momento, les dejan una cuota) no se entera, o hace que no se entera, de lo que se cuece en sus alrededores. Sólo un pequeño porcentaje de lo que se corrompe en sobornos, cohechos y prebendas sale a la luz, los pequeños trapicheos ni siquiera merecen investigación. En el entorno se pueden decir cosas como las que hicieron famoso esta pasada semana a Cayetano de Alba, en un programa de televisión. El jinete (esa debe ser su profesión, no se le conocen otros méritos) consiguió cabrear a los andaluces diciendo que la juventud andaluza es vaga y maleante, que se benefician del subsidio agrario y que no se mueven para el trabajo ni a empujones. Cayetano demostró además ser un tipo bastante inculto, al que hubiera gustado vivir en la Edad Media (se supone que en el palacio, porque los plebeyos hubieran preferido vivir mejor). En las redes sociales lo pusieron a parir, lógicamente, pero, en realidad, ¿qué esperaban? Es un descendiente de un tipo cuyos grandes méritos consistieron en ser el “killer” a sueldo de Carlos I y Felipe II, el general al que mandaban a “pacificar” Europa y que, por encima, salió triunfante. Si hubiera perdido frente a los holandeses o a los franceses, hubiera acabado en una horca y la duquesa de Alba no hubiera bailado sevillanas. Pero fue al revés, y el entorno actual de la Casa de Alba posee miles de hectáreas que eran las antiguas tierras feudales que el rey regaló a su general. Por esas tierras, convertidas en sociedades agrarias, la Comunidad Europea paga varios millones en concepto de ayudas al campo, con lo cual se mantiene el status quo de que se siga pagando al Duque de Alba con dinero de los protestantes. Una burla del destino. Así, Cayetano puede seguir trabajando de caballista y mantener a sus siervos. Los entornos son complicados, incluso los de la realeza. Vean sino a Urdangarín, el yerno guapo que está haciendo bueno a Marichalar. Al amparo y socaire del Rey las infantas y sus maridos encontraron trabajo de no trabajar y, por encima, montan empresas que apestan a cohecho. Puede que creyeran que los contratos se los daban por jugar bien al balonmano en lugar de por ser yerno del rey. Cosas más raras se vieron. Pero las cosas, al final se saben. Ya lo dijo el rey en su despedida al Gobierno socialista: “Vienen tiempos difíciles”

jueves, 8 de diciembre de 2011

Dos fechas señaladas

Diario de Pontevedra. 07/12/2011 - J.A. Xesteira
Suelen decir los europeos del norte que los españoles siempre estamos celebrando fiestas nacionales. No sé si es envidia de vacaciones, pero ante el puente de todos los diciembres que acaba hoy, se comprende que la cosa es como para envidiar; de otra cosa no, pero de fiestas podemos dar, exportar y soportar. Hay siempre detractores de las fiestas, incluso aquellos que las disfrutan. Creo que, para bien o para mal, mejor fiestas que funerales. En España se han celebrado y se celebran cosas de lo más variado, desde las fechas históricas y patrióticas hasta celebraciones religiosas, transformadas en descanso nacional por decreto ley, pasando por las locales de mayor o menor grado de estupidez tradicional (toros asesinados o cabras arrojadas al abismo en honor de San Apapucio) o las florecientes fiestas gastronómicas, en constante ebullición. Aquí siempre hubo una habilidad especial para condensar y disfrazar fiestas sin sentido; el 12 de octubre fue al mismo tiempo Día de la Raza, Día del Pilar (una virgen de dudosa existencia y aparición) y Fiesta Nacional sin más. En tiempos, el 1 de Mayo proletario, fue disfrazado católicamente como San José Obrero (cuando ya se sabe que San José era un pequeño empresario del ramo de la madera). Pero este puente es una maravilla, y en años como éste, que bien llevado nos regala casi diez días, se lleva la palma y nos prepara para las Navidades, que son fiestas sobre fiestas con pastores que van a Belén. Lo curioso es que estas fiestas son, si miramos con detenimiento, un despropósito. ¿Qué festejamos? Por un lado, el día en que Pío IX, Pío Nono, declaró el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Es decir, un trámite burocrático pontifical de incumbencia exclusivamente católica (el resto del Cristianismo ni siquiera acepta ese dogma), pero que está ahí desde hace tiempo y ese día no hay escuela ni trabajo. Hace años se enseñaba en la Escuela de Periodismo que nunca se debía titular como Fiesta de la Purísima, porque la “r” y la “t” están juntas, y un error puede ser fatal. Después se aprovechó el día para meterle el añadido del Día de la Madre y felicitar a las mamás con maravillas del aula de trabajos manuales, cuando la mamá sólo era un ser que habitaba en el hogar, casi siempre con la pata quebrada y sin más horizonte que “sus labores”; cuando la mamá salió al mercado de trabajo se trasladó su día a una tienda de un área comercial o grandes almacenes para otra fecha. La Iglesia Católica siempre tuvo la habilidad de colocar sus grandes eventos como si fuera una cosa que se pierde en el confín de los tiempos. El dogma de la Inmaculada data de 1854, hace relativamente poco (el de la Asunción de la Virgen es mucho más reciente, de 1950), pero parece como si la cosa fuera de siempre. Así que hoy celebramos una fiesta católica por ley, incluidos los ateos, islamistas, mormones o indiferentes (los chinos pueden seguir con el comercio abierto). Por otro lado, el martes pasado celebramos el día en que se aprobó otro trámite burocrático, la Constitución Española, ley de leyes y reglamento de uso interno para respaldo de la democracia. Aquel 6 de diciembre de 1978 se celebró un referéndum donde una mayoría ni aplastante ni precaria decidió que aquel texto que habían remendado entre unos cuantos padres de la patria a trancas y barrancas era nuestra Constitución. En su momento fue importante, porque era como nuestro carné de conducir. Hoy gran parte de ella es papel mojado (en realidad papel meado) y basta echarle un vistazo para comprobar que muchas de las cosas que allí se escribieron pertenecen al mundo de los buenos deseos, comenzando por el Artículo 14 y perdiéndose después en el resto de los textos que figuran muy bien en el papel pero que se traducen mal con la realidad, especialmente los artículos 35 (“Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo...) y 43 (“Se reconoce el derecho a la protección de la salud” y “Compete a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas..., etcétera) Podríamos seguir buscando derechos que son sólo deseos y que se pierden entre la jungla de leyes que complementan y enmarañan hasta la asfixia a los textos constitucionales. Como las dos fuerzas políticas preponderantes en este país no se atreven o no les interesa demasiado meterse a reformar unas cuantas cosas y a dotar de sentido común a la Constitución, las cosas están como están. Y así celebramos con gran regocijo por nuestra parte y evidentes desplazamientos vacacionales dos fiestas sin contenido. Una, católica, de un dogma que ni siquiera los católicos entienden muy bien (por otra parte ni se paran a pensarlo ni falta que les hace: la fe es más práctica y consume menos neuronas), y la otra patriótica-legislativa, sobre un dogma de consenso que tampoco entendemos muy bien, porque son palabras muy claras las que allí están escritas pero que, una vez que se convierten en hechos, se pierden, se transforman y se manipulan a gusto de unos poderes contra los que no podemos hacer nada (por las buenas y de momento). Como si la cosa fuera de despiste, aprovechando que la gente anda de turista y no lee los periódicos aparecen dos noticias: una habla de que la Seguridad Social está dando las boqueadas ante la cantidad de gente que pasa de ser cotizante a ser subsidiado; la otra habla de que 25.000 personas carecen de cobertura médica por haber agotado el paro. A estas alturas ya se trata de instalar el concepto perverso de que la Seguridad Social puede dar en quiebra y sólo se salvarán los que contraten con el sector privado. Nos olvidamos (se olvidan) de que la Seguridad Social, nuestra seguridad de la sociedad, no puede quebrar, porque es la esencia del Estado, no es algo distinto, y sólo si el Estado quiebra (o se convierte en una Sociedad Limitada) desaparece el amparo social. Pero mientras, seguimos disfrutando de fiestas extrañas: vírgenes inmaculadamente concebidas y constituciones que no pasan de buenas intenciones. Con optimismo.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El factor humano

Diario de Pontevedra. 30/11/2011 - J.A.Xesteira
Existe en el ser humano una tendencia a la cuantificación. Necesitamos contar, numerar y clasificar por cantidades para valorar la bondad o el mérito de las cosas. Eran trescientos espartanos contra muchos miles (perdonen que no aporte este dato, mi incapacidad por el número es evidente) de persas en las Termópilas, lo cual hace meritorio el sacrificio militar. La cantante Adele es la primera que vende un millón de discos en iTunes, mientras Lady Gaga vende un millón de copias en una semana en Amazon; y eso es un buen negocio de ventas y posiblemente algo más que se me escapa. Contamos los parados (sobre los cinco millones según el instituto que los cuenta); contamos los muertos en carretera o en el trabajo; contamos los votos ganados y perdidos; contamos las hipotecas, los goles, los millones de euros que vuelan, las deudas de los países, el número de los pobres que aumenta en el mundo, el de los hambrientos, el de armas, el de manifestantes en las plazas, el de despedidos en el penúltimo ERE, el de prejubilados de las empresas... Parece existir una necesidad de contar, de establecer el número exacto de las cosas como si nos fuera la vida en ello. Parece que eso nos tranquiliza o nos inquieta, según se maneje la cifra, y, al mismo tiempo, el que la maneja, justifica un estado de cosas, para bien o para mal, con el que mantiene una situación que no se explica solamente a través de las cantidades. Siempre queda relegado el dato más importante de la cifra: el factor humano, ese imponderable que en las novelas y en las películas siempre es la causa de que las cosas funcionen de otra manera distinta a la prevista. Es la cara detrás de la estadística, es el cuerpo detrás de la cifra de muertos, es la angustia detrás del índice de paro, es la vanidad y el cinismo detrás de la corrupción, es la mirada perdida detrás de las cuentas del hambre, es la inquietud detrás de la incógnita sobre el futuro que nos anuncian los números, en esta lotería que trata de averiguar lo que nos va a pasar dentro de nada. Hay caras, hay personas que corresponden a cada número, y cada una funciona individualmente, es una maquinaria personalizada que no puede clasificarse en la serie, como un coche, un libro o un fondo financiero, porque, cuando se altera el funcionamiento que regula la estadística, surgen los rostros y los carnés de identidad. Cuando se envían tropas a Afganistán, marcha un número, pero cuando muere un soldado, regresa un rostro, un ser humano. Es el funcionamiento del sistema que se apoya en el dato y se olvida de la persona. Comentaba un amigo en charla de sobremesa que en las recientes fusiones bancarias los administradores toman el dato, lo analizan y echan a la calle por distintos métodos al personal que estiman que está de más, pero que se olvidan de la importancia de las personas en los bancos. Y decía al respecto que él tiene su cuenta en un banco determinado no por el banco en sí, que le importa poco, sino porque la persona que le atiende detrás del mostrador es la que mejor lo trata, la que sonríe, con la que puede hablar de su economía privada con la confianza de que le va a beneficiar en todo lo posible. Y eso no está reconocido. Recordaba yo como hace tiempo –tanto que los cajeros automáticos acababan de aparecer y ya se anunciaban como la banca del futuro– el amigo del mostrador, con quien charlaba cada vez que iba por allí a sacar dinero, me dio una tarjeta y me informó como funcionaba. Mi primera experiencia de cajero fue nefasta; me había olvidado del número y la máquina me tragó el plástico; aquello me cabreó tanto que al día siguiente fui a recuperarla y, delante de mi amigo, la partí en trozos y se la regalé. Discutimos un poco, me llamó retrógrado y recuerdo que le dije: “Ya, pero seguir así y verás como desaparecéis los trabajadores de detrás del mostrador por culpa de los cajeros”. La cosa no fue exactamente como se lo vaticiné, pero ahora están desapareciendo las personas que nos atienden detrás de los mostradores, mientras los que las hacen desaparecer disfrutan de vergonzosas prebendas millonarias que, aún a riesgo de parecer demagógico, son de juzgado de guardia. La cifra y el tanto por ciento sirven para el dinero, porque desde hace mucho, el papel moneda ya se sustituye por un número en una pantalla que va y viene, que compra y vende sin que se vea el metal ni el papel. Pero no sirve para las personas, aunque se trate de conciliar cifras económicas con rostros humanos. Las cifras hacen saltar las alarmas en Europa, en el mundo, y el dato estadístico y el número rojo asusta a los que dirigen la política en el mundo, esos que se dicen a sí mismos gestores, y como no son capaces de admitir que su incompetencia es evidente, lo resuelven forma simple: reducimos el gasto público en asuntos sociales y regalamos dinero a los bancos para tapar los agujeros que ellos mismos provocaron con su incompetencia delincuente. El resultado es que las cifras que ellos manejan informan de que los bancos han tenido beneficios y las empresas no financieras, pérdidas. Y se quedan tan anchos. Se escudan en el dato y la estadística y se colocan la medalla de grandes gestores. Se olvidan de las personas, que no necesitan gestiones, sino políticas, en las que se atiendan las necesidades de personas y no cifras macroeconómicas que no sirven para nada. No entienden nada y se amparan en su lenguaje vacío de contenido y lleno de números. Anuncian tiempos más difíciles y duros; los recortes en inversiones sociales (que no son gastos) son evidentes, ya son estadística en carne propia, y la actualidad diaria nos sigue trayendo nuevos sinvergüenzas impunes en su corrupción y nuevas carencias ciudadanas que ya han conseguido instalar el miedo al futuro en nuestro propio cuerpo. Pero se olvidan del factor humano, que siempre es la sorpresa y la esperanza de que las cosas pueden cambiar. Porque no se puede contar cuanto cabreo hay per cápita.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Sin novedades de mención

Diario de Pontevedra. 23/11/2011 - J.A. Xesteira
No hay novedad, señora baronesa, decía aquella canción de cabaret de hace un siglo. No hay novedad, todo sale según el plan previsto en el folleto de instrucciones, y según iban contando los periódicos de antes del 20-N, a dictado de las agencias de encuestas, que son como las manipuladoras de las buenas intenciones del ciudadano medio, la célula original que compone eso que llamamos masa y que sirve para que un filósofo las ponga en rebelión, para que acudan a votar según el plan previsto o para gritarle al árbitro. No hay novedad. Ganó el PP y perdió el PSOE, era lo esperado, el resto es la guarnición, que se reparte según el gusto de la temporada: suben los comunistas difuminados, se esparcen los verdes y aparecen nuevos brotes vascos. No hay novedad, se esperaba. Los analistas, sin embargo, están a estas horas repartiendo doctrinas sobre lo que ha pasado y lo que va a pasar, y ahí si que no hay base para establecer opiniones. Lo pasado estaba previsto y por mucho análisis con la lija fina, no hay mucho que rascar; se comprende que los analistas tienen que ganarse su comparecencia en las tertulias y en foros televisivos, pero todo lo que se diga sobre las elecciones pasadas suena a hueco; y sobre el futuro, sobre todo el futuro de la economía con respecto al nuevo gobierno saben tanto como usted, yo o el nuevo Gobierno, es decir, nada. El futuro vendrá y nos encontrará como siempre, con los calzones a media pierna. La economía no va a depender, como siempre, de que cambie el Gobierno, sino de fuerzas ajenas, esa especie de lado oscuro que nos maneja a todos sin que podamos hacer más que poner en práctica unas medidas que nos manda la Unión Europea y de las que todos hablan pero nadie las ha visto, como la Virgen de Fátima. La resaca electoral es la normal, los que ganan se felicitan y los que pierden se conduelen. Los primeros tratan de poner calma aunque se les note la sonrisa a punto de reventar de gozo, y los segundos ponen cara de dignidad de perdedor y una sonrisa a punto de estallar en un “mecagoental”. Lo normal, lo esperado. Los seguidores de unos y de otros, son los que están, de momento, como después de un “derby” Madrid-Barça o Celta-Depor. Porque en esta ocasión más que nunca, estas elecciones fueron un encuentro de la máxima rivalidad entre los dos galácticos y unos cuantos más que solo buscan plazas para campeonatos de segunda o clasificarse en la Copa del Rey. Los medios de información, cada vez más informativos y menos formativos, se comportaron como si estuvieran ante ese encuentro de fútbol esperado, esa final en la que había un claro favorito, que ganó con un gol en propia puerta en el descuento. Los titulares del lunes eran más de periódico deportivo que de prensa seria; salvo raras excepciones (una de ellas, este periódico en el que leen) todos los titulares fueron del calibre de: “Histórico triunfo”, “El PP barre” o “España entrega el poder” (esta es la versión selección nacional). Era también lo esperado, porque toda la campaña venía precedida por ese tipo de información futbolera, en la que hablan los entrenadores, se da cuenta de las lesiones de abductores de los candidatos, se pide al publico que acuda a las gradas a animar a los equipos con su voto. Todo el proceso fue deportivo, con esas filmaciones de los entrenamientos facilitadas por los propios equipos, saludando a los hinchas que se quieren hacer fotos con las figuras. El periodismo deportivo, con todos los respetos, es al periodismo lo que la música militar es a la música. Y ese espíritu periodístico contagió a todos los medios de comunicación, que se prepararon para una gran final de liga entre los dos grandes rivales. Nuestra democracia se rige por las reglas de la UEFA o algo parecido, y las leyes benefician exclusivamente que los dos grandes, los más ricos, sean los que compitan en las mejores condiciones; como si un equipo jugara con botas a la medida, patrocinadas por Nike y los otros jugaran descalzos. Son las reglas del juego y no hay más que decir. O si, y a lo mejor cabría pedir que ya es hora de cambiar el reglamento y que todos seamos constitucionalmente iguales. Entre tanto, hay que prepararse para cuatro años de Gobierno del PP y sus circunstancias. Las amenazas exteriores y el poder de Rajoy para conjurar los males es cosa que esta por ver, por mucho que los grandes estrategas periodísticos especulen, por mucho que los partidos políticos exijan y por mucho que el propio Gobierno que se constituirá el mes que viene prometa que va a arreglar en un plis plas. Lo que va a venir lo sabremos cuando pase y anunciarlo ahora son ganas de hablar para la feria. Sólo hay dos datos que apuntan pistas. El primero es el consabido efecto en los mercados, y si hacemos caso a la Bolsa, Rajoy no pudo entrar con peor pie, en medio de una caída de bolsa con lesiones cráneo-encefálicas. Los analistas se echaron a desmenuzar el dato, unos por la cara A y otros por la cara B, según les viniera en gracia el PP. Pero no deja de ser lo apuntado antes: ganas de dar la lata periodística; la Bolsa hace tiempo que baila a su ritmo su propio vals. No necesita que el vocalista sea de derechas o de izquierdas (sea eso lo que sea) sube y baja según le convenga al detentador del poder maléfico que suponemos que está en una torre riendo bajo una capucha siniestra. Debe ser así, como en los cuentos. Los mercados van y vienen a despecho de los Gobiernos. Así que, por ese lado, no hay pista. El otro dato es el de monseñor Rouco, que se apresuró a ofrecer a Rajoy, además de las felicitaciones de rigor, apoyo espiritual, como para asegurar que este es su hijo muy amado en quien se complace. Nada que temer, como la Bolsa, no es más que un efecto tradicional de la Iglesia Católica, que funciona a impulsos catequistas. El porvenir no lo controla ningún Gobierno. De eso nos enteraremos por los periódicos deportivos. Porque, como le decía Sherlock Holmes a su amigo: “La prensa, Watson, es una institución valiosa, pero sólo si se sabe como aprovechar su existencia”.

jueves, 17 de noviembre de 2011

El lado bueno de la crisis

Diario de Pontevedra. 17/11/2011 - J.A. Xesteira
Los malos momentos, por muy malos que sean, tienen su lado bueno. Ese era el mensaje de las viejas películas de Walt Disney y de la Historia Universal. Por ejemplo, la Crisis, una entelequia que sirve para todo, para justificar una situación como la que estamos viviendo y que no conseguimos entender, aunque sabemos que tenemos que pagar por ella. Es la Crisis, decimos, y con ello todo queda justificado, aunque no explicado. Sabemos de ella por sus efectos, que los podemos leer en las noticias, aunque no los vemos en la calle; sabemos de ella por los parados, las hipotecas, los pisos sin vender y todas las cosas que se acumulan en las estadísticas. Sabemos, porque lo dicen los políticos en campaña, que son el origen de todos los males que esconde el partido contrario. Y los políticos no mienten. Hay una Crisis, es mala, muy mala, pero tiene sus cosas buenas. Una de ellas es que nos sienta en nuestra butaca, nos pone en nuestro sitio, nos rebaja, nos recuerda lo que somos, nos despoja de vanidades y nos devuelve al otro lado de la frontera que nunca debimos traspasar; nos pone delante del espejo que nos devuelve la realidad de este lado, y no el País de las Maravillas del otro lado del espejo. Una de las cosas buenas, hablando en un nivel global (adviertan la frase, que parece dicha por un político en campaña) es que se ha cargado a Berlusconi, un delincuente antiguo que sobrevivió por encima de la moral, la ética, la justicia, la ley, se inventó una impunidad total, y todavía le quedó tiempo para irse de putas con cargo al presupuesto estatal. Y, por encima, con total desfachatez y con publicidad manifiesta. Pues lo que no fueron capaces de hacer ni sus adversarios, ni los jueces, ni las leyes, lo hizo la Crisis, precisamente el mar revuelto en el que los pescadores como él pescaban al arrastre por popa. El Capitalismo, como Saturno, devora a sus hijos. Pueden, como hizo Berlusco, torear a las leyes inventándose un escudo legal de impunidad; pueden pasar por encima de la moral y la ética, porque son conceptos que no se usan ya a estas alturas, sustituidos por el cinismo y la desfachatez; pueden incluso olvidarse de Dios y hacer que no oyen al Papa de Roma; pero lo que no pueden es pelear contra la Bolsa de Milán, la prima de riesgo, el diferencial de la deuda y otros conceptos esotéricos que te ponen en la bancarrota en menos que se tarda en apretar la tecla del “Enviar”. El encantador Silvio, aquel antiguo vocalista de canción romántica de cruceros, ha salido por la puerta de los abucheos gracias a la Crisis. Los italianos ya no son sus amigos, y él lo sabe. Sus fotos de estos días muestran su rostro, que en otro tiempo era una sonrisa de cirujano, como una máscara que se deshace poco a poco, como un cuento de Poe. Ya aparecen arrugas y flacideces. Es la Crisis. Ahora resulta que nadie quería a Silvio, pero todos votaban a Berlusconi. Es la vida. La misma Italia que saludaba al Duce a la romana, lo colgaba de los pies después de fusilarlo. En política te tratan mejor los enemigos que los amigos, porque aquellos los ves venir, y a los tuyos los tienes detrás. En política, los amigos que encuentras al subir son los enemigos que te encontrarás al bajar. Como en Italia y en el resto del mundo, hay un recambio de líderes, de dirigentes, de mandamases, todo gracias a la Crisis. A unos les pegan un tiro en la cabeza, a otros los encarcelan y los juzgan por su tiranía, a otros, simplemente, los mandan a casa y los sustituyen por técnicos económicos y banqueros (lobos cuidando el rebaño, como Monti y Papadimos, los nuevos tecnócratas de Italia y Grecia, miembros de la Trilateral de Rockefeller) y a otros los recambian en las urnas. Todo eso lo hacen los malos tiempos para la lírica que soportamos ahora mismo. Y lo que nos queda por soportar, porque todo eso no hizo más que empezar. De aquí a unos cuantos meses las cosas se van a poner impredecibles, por mucho que las agencias de calificación digan lo que dicen (decían que Islandia era Hawai y se equivocaron, pero da lo mismo). Europa tendrá elecciones variadas de aquí a nada, y el mapa político cambiará, y los que vengan saben que, más allá de afirmar que poseen la poción mágica del druida para resolver la Crisis, en realidad van a tener que aplicar lo que dice el libro de instrucciones: recortar beneficios ciudadanos para pagar viejas vanidades y estupideces económicas. Los que van a votar te saludan y esperan que lo que venga les solucione lo suyo, como si fueran ajenos al estado de cosas que competen al Estado. Como en Italia, pretendemos vivir en una eterna vacación y, cuando vienen las cosas mal, echarle la culpa a otro. Pretendemos solucionarlo todo con unas elecciones en las que nadie es consciente de lo que vota. Nadie recuerda a quienes llevamos al Congreso en la anterior legislatura, y mucho menos al Senado. Ni siquiera se sabe que se vota al Senado, otra entelequia en decadencia. Da igual, las dos cámaras están llenas, salvo los contados diputados y senadores que trabajan a conciencia (su conciencia), de personajes perfectamente substituibles por un programa de ordenador dispuesto a votar y con efectos sonoros de abucheos y aplausos. Una vez más serán elegidos 266 senadores que no servirán para nada, mientras se espera una reforma del Senado (que de verdad lo haga fuerte y necesario, en medio de una federalización lógica) y una vez más quedará pendiente una reforma de las leyes electorales que funcionen como una democracia real y no como un clásico Madrid-Barça. La Crisis trae cambios, pero, en el fondo, nada cambiará. Todos somos culpables de todo, aunque las pague Berlusconi. En este estado de cosas nadie es tan inocente que pueda decir que no lo sabía; es una cuestión de matemática elemental: gastar más de lo que hay es imposible. Al menos, la Crisis servirá para recordarnos quienes somos, de donde venimos y a donde vamos a ir.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Esquilo es lo más actual

Diario de Pontevedra. J.A.Xesteira. 
A veces, sólo a veces, pero muchas veces, lo que leemos, lo que sucede y lo que va a suceder se conjunta como un rompecabezas. La tormenta griega que sacudió Europa estos días estaba en danza cuando encontré unas viejas revistas de los tiempos de la Transición española; la revista en cuestión se llamaba “Ozono” y pretendía ser un referente izquierdoso, progresista y culto (traten de trasladarse a aquellos tiempos los que lo hayan vivido) y en ella colaboraban nombres que hoy son famosos en el mundo de la cultura, el pensamiento y la política. En uno de los ejemplares hablaba de la Grecia después de la dictadura de los coroneles, y recogía la voz de los poetas y de los músicos que fueron importantes en el cambio helénico. Y una canción de Mikis Theodorakis, “Eres griego”, me devuelve a la actualidad y resume mejor que docenas de artículos de opinión de los opinantes de guardia. La canción dice: “Volverás a ser lo que en otro tiempo fuiste. Ha de ser así, pero te costará lágrimas. Tienes que llevar tu decadencia hasta sus últimas consecuencias; que todo, hasta la base en que se asienta la montaña, te sea arrancado”. Nada mejor que este trozo de poema para definir la situación. Y es que el momento es clásico: Papandreu es el héroe que suplica, reclama la voz del pueblo, lucha contra el coro que lo acusa de irresponsable y, finalmente, se inmola por el bien de Grecia. Pura tragedia de Esquilo. No desentonarían los personajes si se pusieran togas y máscaras y representaran en Epidauro una especie de trilogía que se llamase “La Europeiada”. A fin de cuentas, Esquilo, que es el inventor de la tragedia griega, fue primero un héroe en la batalla de Maratón contra los persas, en sus obras reivindicó la democracia como sistema y el poder del pueblo como método. Esquilo fue, además de poeta y dramaturgo, el primero que introdujo modificaciones básicas en el teatro, como el segundo y el tercer personaje, con lo que se inició el diálogo, y restó importancia al Coro, que amenazaba o imponía sus malos augurios al héroe. 
Lo que ha pasado estos días atrás es pura tragedia griega. El héroe Papandreu, perseguido por un Destino nefasto, es obligado por el Coro europeo (o el G-20, no está muy claro) a sacrificar a su pueblo, hundido por los persas económicos y por los dioses de la corrupción, que recuerdan siempre la herencia de los antepasados; el protagonista dice que si, pero antes quiere saber la opinión del pueblo, porque la democracia es eso y no lo que dicen los bancos; en ese momento, las Furias se desatan y persiguen al Orestes del Gobierno: ¡Cómo te atreves a convocar un referéndum contra la opinión del Coro, eres un pirómano, puedes hundir al euro, desestabilizar Europa y dejarnos con el culo al aire delante de Estados Unidos y los países emergentes, que van a ser nuestros clientes! Orestes-Papandreu acaba por inmolarse en el Areópago, se somete a una moción de confianza, que gana, dimite y deja paso a un gobierno de concentración o de conveniencia o de lo que sea, que sea más manso con el coro europeo y se busque la vida. No me negarán que esto no es clásico y trágico.
La única decisión sensata en este caos económico era la de pedir la opinión del pueblo, con todos los problemas y con todos los defectos que eso conlleva. Fue lo único que puso de los nervios a los grandes dirigentes mundiales que son los que nos han traído a este estado de cosas (sea el que sea, que no lo tenemos todavía muy claro). Europa y los G-20 prefieren seguir la técnica del despotismo ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, y mangonear una situación económica sólo controlada por los Mercados (sean estos lo que sean, que tampoco lo tenemos claro). La situación organizada por Alemania y Francia (o por Merkel y Sarkozy, da lo mismo) consistía en que los sistemas políticos que tendían hacia el Estado de Bienestar, del que siempre se habló pero nunca se alcanzó, tenían que meter dinero en los bancos, que fueron los que organizaron el desastre con la manipulación y los cambalaches de especulaciones fiscales y fondos de alto riesgo que, a la larga, sólo beneficiaban a los propios bancos; después nadie les pide cuentas a los bancos, pero se pide a todos los países en peligro que recorten todo lo que puedan, esto quiere decir, que supriman inversión en materia social y sólo inviertan en todo lo que pueda hacer subir a los mercados. Así las cosas, sólo hay que analizar una relación de causa y efecto: cuando Papandreu amenaza con un referéndum (es decir, lo propio, que los ciudadanos decidan con su cabeza) los mercados tiemblan y se hunden; cuando Papandreu renuncia al referéndum, los mercados respiran aliviados. La democracia está cautiva; los ciudadanos no pueden decidir, los mercados ya decidieron por ellos. Europa es una falacia, nunca llegó a ser más que un enorme mercado común europeo, nada más; el barniz de inversión social, cultural y demás añadidos, no fue más que una manera de hacer negocio con otras herramientas. 
Esquilo lo tendría muy fácil para escribir una nueva trilogía; sólo tendría que copiar las noticias de los periódicos, aunque con cuidado, porque si traslada las palabras de los grandes dirigentes correría el peligro de escribir una comedia de Aristófanes. La cosa sería de risa si no fuera una tragedia. El final griego, como todos saben, consistió en que el demócrata Papandreu, el hombre que quería saber lo que opinaba su pueblo, fue sustituido por un hombre de consenso, a la espera de elecciones. Cuando el Capitalismo entra por la puerta, la Democracia sale por la ventana. O se convierte en un juego muy simple, como el de preguntar a los ciudadanos a quién quiere más, si a Papá o a Mamá, como esa estúpida pregunta que hacen a veces a los niños y que los deja (a los niños) con cara perpleja. Si entráramos en sus cerebros veríamos que, en realidad, piensan: “Esta señora es tonta”. Eso es lo que nos preguntarán dentro de unos días.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Una cuestión de fe (ciega)

Diario de Pontevedra. 02/11/2011 - J.A. Xesteira
Sostiene Pereira (un amigo mío) que las campañas electorales son tan inevitables como pisar una cagada de perro en una ciudad, algo que evitamos mientras podemos, pero que siempre nos caba por tocar. Y lo peor es limpiársela de los zapatos, desde que las suelas tienen extrañas formas de sierra y tacos. El efecto es el mismo, un mal necesario que por muchas multas que amenacen y muchas bolsitas que lleven los ciudadanos de bien, siempre hay una incontrolada. No hay más que ver los patinazos pintados en las aceras y esas huellas de plastilina canina tras las que podemos adivinar las maldiciones blasfémicas del ciudadano-barra-a que tuvo el despiste de no mirar donde pisa (eso que siempre nos decían de pequeños: mira donde pisas). Con las campañas electorales sucede más o menos lo mismo (dispensando del símil de humor marrón), tenemos que andar con cuidado con lo que leemos (en los periódicos) o vemos (en la tele) o, simplemente andando por ahí sin ver donde pisamos; a la mínima, ¡zas!, un acto electoral en el que no se sabe si quieren convencernos de que votemos a un partido o, simplemente, representan el papel político para el que fueron llamados (desde las alturas –políticas–) y que representan con la misma convicción que el actor que sabe que una vez que baje del escenario puede irse a tomar unas cañas por ahí, que una cosa es el papel y otra cosa es el tipo que lo representa. Los espectadores, los potenciales votadores de los personajes que nos prometen un futuro feliz, los oímos como quien oye llover desde la cama un domingo de mañana de invierno. Las promesas del futuro feliz resbalan sobre nuestros tejados y se van por los canalones. Sabemos varias cosas, debido a nuestra corta pero intensa experiencia democrática. Que lo que se promete en el palco de la campaña sólo es la propaganda, el “Pasen y vean a la mujer barbuda y al hombre araña”; después de las elecciones la cosa es otro cantar. Sabemos que todo lo que se diga en las televisiones, con fondo del color del partido, ante esos dos micrófonos que lo mismo valen para el entrenador que para el político, no es más que una colección de buenos deseos, escritos por unos expertos en campañas, que cualquiera puede prometer, porque son sólo eso, buenos deseos modelo universal. Y porque nadie pide cuentas después de pasada la romería, seguramente porque nadie se acuerda de lo que venía en los programas. Son como los cereales de desayuno, que se hacen a gusto del consumidor, pero que todos son lo mismo, un poco de maíz tostado con (a veces) un poco de chocolate. ¿Cómo es el votante prototipo de nuestro partido? Se preguntan los expertos. Y una vez que lo sepan, o que sepan el espectro que pretenden abarcar, se hace el traje a medida: un poco de reparto de la riqueza, así, en abstracto y sin molestar a los ricos y, al tiempo, darle esperanzas a los pobres; un poco de justicia social, con promesas abstractas de sanidad y educación de calidad y por poco precio; un poco de contundencia con temas duros (derrotaremos al terrorismo, el aborto ya lo veremos, los inmigrantes entrarán por el aro...) con generalidades para todos; y, finalmente, encontrarán la vara mágica para solucionar el entendimiento entre patronos y obreros, o, lo que es lo mismo, entre el empresariado y los sindicatos. Como se puede ver, los programas confeccionados a medida pueden servir para todos, simplemente hay que colocar los matices en cada punto y adaptarlos a nuestro territorio natural de votantes. Da lo mismo, todo el mundo sabe que esos programas son como las instrucciones de las lavadoras, ni se leen ni se entienden ni están escritos para que sirvan para nada. Siempre supimos que las palabras de los políticos en campaña eran ese monótono fungar que hay que soportar aunque no esté escrito en la ley electoral. Nadie cree en ellos y, lo que es más evidente, nadie va a dar su voto a un partido porque se haya leído el programa (no creo que nadie se lea el programa ni cuando se lo meten en el buzón). A no ser que sea un convencido de antemano, que posea la fe necesaria para seguir al líder, diga lo que diga y a pesar de que nos parezca un tipo al que no votaríamos ni para presidente de la comunidad de vecinos. Si tenemos fe la cosa es otra cosa. Eso explicaría muchas otras cosas. Si se sigue a un partido con el convencimiento total de que “son los nuestros”, entonces sobra todo el resto, incluido el programa y las promesas de futuro feliz. Si nuestro voto es incondicional, como la afición a un equipo de fútbol, si confiamos en la palabra del político como si fueran los Evangelios, entonces todo está justificado. Y es admisible. Las personas necesitan tener esperanza en que las cosas mejoren, que nuestro equipo gane la liga y que san Benito nos cure las verrugas. ¿Por qué no? A nadie se molesta con votar según nuestro entender, y a poder equivocarnos con nuestro voto (es un derecho obvio), de la misma manera que a nadie se molesta en pagar misas de promesa a la Virgen del Corpiño. Otra cosa es si usted se pone filosófico y comienza a debatir sobre esto y aquello. No es la cuestión. Si la cosa fuera de debate y confrontación, de exposición de ideas, entonces estaríamos en el terreno de la Política, pero no, estamos en el terreno de la Fe, y votamos porque tenemos fe y queremos que ganen los nuestros. El resto son palabrería y ganas de hincharnos la cabeza. La política es algo más simple de lo que se ve, es cuestión de amar a los colores y de gritar en el terreno de juego. Por eso me parece inútil ese combate de los jefes que está programado en la televisión. No nos van a convencer. Ya estamos convencidos desde la noche de los tiempos, sabemos quienes son los nuestros y los vamos a votar. Es cuestión de fe. Porque si nos pusiéramos a pensar y a analizar con nuestra propia cabeza, a lo mejor nos volvíamos agnósticos, iconoclastas o, incluso, ateos.