jueves, 17 de noviembre de 2011

El lado bueno de la crisis

Diario de Pontevedra. 17/11/2011 - J.A. Xesteira
Los malos momentos, por muy malos que sean, tienen su lado bueno. Ese era el mensaje de las viejas películas de Walt Disney y de la Historia Universal. Por ejemplo, la Crisis, una entelequia que sirve para todo, para justificar una situación como la que estamos viviendo y que no conseguimos entender, aunque sabemos que tenemos que pagar por ella. Es la Crisis, decimos, y con ello todo queda justificado, aunque no explicado. Sabemos de ella por sus efectos, que los podemos leer en las noticias, aunque no los vemos en la calle; sabemos de ella por los parados, las hipotecas, los pisos sin vender y todas las cosas que se acumulan en las estadísticas. Sabemos, porque lo dicen los políticos en campaña, que son el origen de todos los males que esconde el partido contrario. Y los políticos no mienten. Hay una Crisis, es mala, muy mala, pero tiene sus cosas buenas. Una de ellas es que nos sienta en nuestra butaca, nos pone en nuestro sitio, nos rebaja, nos recuerda lo que somos, nos despoja de vanidades y nos devuelve al otro lado de la frontera que nunca debimos traspasar; nos pone delante del espejo que nos devuelve la realidad de este lado, y no el País de las Maravillas del otro lado del espejo. Una de las cosas buenas, hablando en un nivel global (adviertan la frase, que parece dicha por un político en campaña) es que se ha cargado a Berlusconi, un delincuente antiguo que sobrevivió por encima de la moral, la ética, la justicia, la ley, se inventó una impunidad total, y todavía le quedó tiempo para irse de putas con cargo al presupuesto estatal. Y, por encima, con total desfachatez y con publicidad manifiesta. Pues lo que no fueron capaces de hacer ni sus adversarios, ni los jueces, ni las leyes, lo hizo la Crisis, precisamente el mar revuelto en el que los pescadores como él pescaban al arrastre por popa. El Capitalismo, como Saturno, devora a sus hijos. Pueden, como hizo Berlusco, torear a las leyes inventándose un escudo legal de impunidad; pueden pasar por encima de la moral y la ética, porque son conceptos que no se usan ya a estas alturas, sustituidos por el cinismo y la desfachatez; pueden incluso olvidarse de Dios y hacer que no oyen al Papa de Roma; pero lo que no pueden es pelear contra la Bolsa de Milán, la prima de riesgo, el diferencial de la deuda y otros conceptos esotéricos que te ponen en la bancarrota en menos que se tarda en apretar la tecla del “Enviar”. El encantador Silvio, aquel antiguo vocalista de canción romántica de cruceros, ha salido por la puerta de los abucheos gracias a la Crisis. Los italianos ya no son sus amigos, y él lo sabe. Sus fotos de estos días muestran su rostro, que en otro tiempo era una sonrisa de cirujano, como una máscara que se deshace poco a poco, como un cuento de Poe. Ya aparecen arrugas y flacideces. Es la Crisis. Ahora resulta que nadie quería a Silvio, pero todos votaban a Berlusconi. Es la vida. La misma Italia que saludaba al Duce a la romana, lo colgaba de los pies después de fusilarlo. En política te tratan mejor los enemigos que los amigos, porque aquellos los ves venir, y a los tuyos los tienes detrás. En política, los amigos que encuentras al subir son los enemigos que te encontrarás al bajar. Como en Italia y en el resto del mundo, hay un recambio de líderes, de dirigentes, de mandamases, todo gracias a la Crisis. A unos les pegan un tiro en la cabeza, a otros los encarcelan y los juzgan por su tiranía, a otros, simplemente, los mandan a casa y los sustituyen por técnicos económicos y banqueros (lobos cuidando el rebaño, como Monti y Papadimos, los nuevos tecnócratas de Italia y Grecia, miembros de la Trilateral de Rockefeller) y a otros los recambian en las urnas. Todo eso lo hacen los malos tiempos para la lírica que soportamos ahora mismo. Y lo que nos queda por soportar, porque todo eso no hizo más que empezar. De aquí a unos cuantos meses las cosas se van a poner impredecibles, por mucho que las agencias de calificación digan lo que dicen (decían que Islandia era Hawai y se equivocaron, pero da lo mismo). Europa tendrá elecciones variadas de aquí a nada, y el mapa político cambiará, y los que vengan saben que, más allá de afirmar que poseen la poción mágica del druida para resolver la Crisis, en realidad van a tener que aplicar lo que dice el libro de instrucciones: recortar beneficios ciudadanos para pagar viejas vanidades y estupideces económicas. Los que van a votar te saludan y esperan que lo que venga les solucione lo suyo, como si fueran ajenos al estado de cosas que competen al Estado. Como en Italia, pretendemos vivir en una eterna vacación y, cuando vienen las cosas mal, echarle la culpa a otro. Pretendemos solucionarlo todo con unas elecciones en las que nadie es consciente de lo que vota. Nadie recuerda a quienes llevamos al Congreso en la anterior legislatura, y mucho menos al Senado. Ni siquiera se sabe que se vota al Senado, otra entelequia en decadencia. Da igual, las dos cámaras están llenas, salvo los contados diputados y senadores que trabajan a conciencia (su conciencia), de personajes perfectamente substituibles por un programa de ordenador dispuesto a votar y con efectos sonoros de abucheos y aplausos. Una vez más serán elegidos 266 senadores que no servirán para nada, mientras se espera una reforma del Senado (que de verdad lo haga fuerte y necesario, en medio de una federalización lógica) y una vez más quedará pendiente una reforma de las leyes electorales que funcionen como una democracia real y no como un clásico Madrid-Barça. La Crisis trae cambios, pero, en el fondo, nada cambiará. Todos somos culpables de todo, aunque las pague Berlusconi. En este estado de cosas nadie es tan inocente que pueda decir que no lo sabía; es una cuestión de matemática elemental: gastar más de lo que hay es imposible. Al menos, la Crisis servirá para recordarnos quienes somos, de donde venimos y a donde vamos a ir.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Esquilo es lo más actual

Diario de Pontevedra. J.A.Xesteira. 
A veces, sólo a veces, pero muchas veces, lo que leemos, lo que sucede y lo que va a suceder se conjunta como un rompecabezas. La tormenta griega que sacudió Europa estos días estaba en danza cuando encontré unas viejas revistas de los tiempos de la Transición española; la revista en cuestión se llamaba “Ozono” y pretendía ser un referente izquierdoso, progresista y culto (traten de trasladarse a aquellos tiempos los que lo hayan vivido) y en ella colaboraban nombres que hoy son famosos en el mundo de la cultura, el pensamiento y la política. En uno de los ejemplares hablaba de la Grecia después de la dictadura de los coroneles, y recogía la voz de los poetas y de los músicos que fueron importantes en el cambio helénico. Y una canción de Mikis Theodorakis, “Eres griego”, me devuelve a la actualidad y resume mejor que docenas de artículos de opinión de los opinantes de guardia. La canción dice: “Volverás a ser lo que en otro tiempo fuiste. Ha de ser así, pero te costará lágrimas. Tienes que llevar tu decadencia hasta sus últimas consecuencias; que todo, hasta la base en que se asienta la montaña, te sea arrancado”. Nada mejor que este trozo de poema para definir la situación. Y es que el momento es clásico: Papandreu es el héroe que suplica, reclama la voz del pueblo, lucha contra el coro que lo acusa de irresponsable y, finalmente, se inmola por el bien de Grecia. Pura tragedia de Esquilo. No desentonarían los personajes si se pusieran togas y máscaras y representaran en Epidauro una especie de trilogía que se llamase “La Europeiada”. A fin de cuentas, Esquilo, que es el inventor de la tragedia griega, fue primero un héroe en la batalla de Maratón contra los persas, en sus obras reivindicó la democracia como sistema y el poder del pueblo como método. Esquilo fue, además de poeta y dramaturgo, el primero que introdujo modificaciones básicas en el teatro, como el segundo y el tercer personaje, con lo que se inició el diálogo, y restó importancia al Coro, que amenazaba o imponía sus malos augurios al héroe. 
Lo que ha pasado estos días atrás es pura tragedia griega. El héroe Papandreu, perseguido por un Destino nefasto, es obligado por el Coro europeo (o el G-20, no está muy claro) a sacrificar a su pueblo, hundido por los persas económicos y por los dioses de la corrupción, que recuerdan siempre la herencia de los antepasados; el protagonista dice que si, pero antes quiere saber la opinión del pueblo, porque la democracia es eso y no lo que dicen los bancos; en ese momento, las Furias se desatan y persiguen al Orestes del Gobierno: ¡Cómo te atreves a convocar un referéndum contra la opinión del Coro, eres un pirómano, puedes hundir al euro, desestabilizar Europa y dejarnos con el culo al aire delante de Estados Unidos y los países emergentes, que van a ser nuestros clientes! Orestes-Papandreu acaba por inmolarse en el Areópago, se somete a una moción de confianza, que gana, dimite y deja paso a un gobierno de concentración o de conveniencia o de lo que sea, que sea más manso con el coro europeo y se busque la vida. No me negarán que esto no es clásico y trágico.
La única decisión sensata en este caos económico era la de pedir la opinión del pueblo, con todos los problemas y con todos los defectos que eso conlleva. Fue lo único que puso de los nervios a los grandes dirigentes mundiales que son los que nos han traído a este estado de cosas (sea el que sea, que no lo tenemos todavía muy claro). Europa y los G-20 prefieren seguir la técnica del despotismo ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, y mangonear una situación económica sólo controlada por los Mercados (sean estos lo que sean, que tampoco lo tenemos claro). La situación organizada por Alemania y Francia (o por Merkel y Sarkozy, da lo mismo) consistía en que los sistemas políticos que tendían hacia el Estado de Bienestar, del que siempre se habló pero nunca se alcanzó, tenían que meter dinero en los bancos, que fueron los que organizaron el desastre con la manipulación y los cambalaches de especulaciones fiscales y fondos de alto riesgo que, a la larga, sólo beneficiaban a los propios bancos; después nadie les pide cuentas a los bancos, pero se pide a todos los países en peligro que recorten todo lo que puedan, esto quiere decir, que supriman inversión en materia social y sólo inviertan en todo lo que pueda hacer subir a los mercados. Así las cosas, sólo hay que analizar una relación de causa y efecto: cuando Papandreu amenaza con un referéndum (es decir, lo propio, que los ciudadanos decidan con su cabeza) los mercados tiemblan y se hunden; cuando Papandreu renuncia al referéndum, los mercados respiran aliviados. La democracia está cautiva; los ciudadanos no pueden decidir, los mercados ya decidieron por ellos. Europa es una falacia, nunca llegó a ser más que un enorme mercado común europeo, nada más; el barniz de inversión social, cultural y demás añadidos, no fue más que una manera de hacer negocio con otras herramientas. 
Esquilo lo tendría muy fácil para escribir una nueva trilogía; sólo tendría que copiar las noticias de los periódicos, aunque con cuidado, porque si traslada las palabras de los grandes dirigentes correría el peligro de escribir una comedia de Aristófanes. La cosa sería de risa si no fuera una tragedia. El final griego, como todos saben, consistió en que el demócrata Papandreu, el hombre que quería saber lo que opinaba su pueblo, fue sustituido por un hombre de consenso, a la espera de elecciones. Cuando el Capitalismo entra por la puerta, la Democracia sale por la ventana. O se convierte en un juego muy simple, como el de preguntar a los ciudadanos a quién quiere más, si a Papá o a Mamá, como esa estúpida pregunta que hacen a veces a los niños y que los deja (a los niños) con cara perpleja. Si entráramos en sus cerebros veríamos que, en realidad, piensan: “Esta señora es tonta”. Eso es lo que nos preguntarán dentro de unos días.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Una cuestión de fe (ciega)

Diario de Pontevedra. 02/11/2011 - J.A. Xesteira
Sostiene Pereira (un amigo mío) que las campañas electorales son tan inevitables como pisar una cagada de perro en una ciudad, algo que evitamos mientras podemos, pero que siempre nos caba por tocar. Y lo peor es limpiársela de los zapatos, desde que las suelas tienen extrañas formas de sierra y tacos. El efecto es el mismo, un mal necesario que por muchas multas que amenacen y muchas bolsitas que lleven los ciudadanos de bien, siempre hay una incontrolada. No hay más que ver los patinazos pintados en las aceras y esas huellas de plastilina canina tras las que podemos adivinar las maldiciones blasfémicas del ciudadano-barra-a que tuvo el despiste de no mirar donde pisa (eso que siempre nos decían de pequeños: mira donde pisas). Con las campañas electorales sucede más o menos lo mismo (dispensando del símil de humor marrón), tenemos que andar con cuidado con lo que leemos (en los periódicos) o vemos (en la tele) o, simplemente andando por ahí sin ver donde pisamos; a la mínima, ¡zas!, un acto electoral en el que no se sabe si quieren convencernos de que votemos a un partido o, simplemente, representan el papel político para el que fueron llamados (desde las alturas –políticas–) y que representan con la misma convicción que el actor que sabe que una vez que baje del escenario puede irse a tomar unas cañas por ahí, que una cosa es el papel y otra cosa es el tipo que lo representa. Los espectadores, los potenciales votadores de los personajes que nos prometen un futuro feliz, los oímos como quien oye llover desde la cama un domingo de mañana de invierno. Las promesas del futuro feliz resbalan sobre nuestros tejados y se van por los canalones. Sabemos varias cosas, debido a nuestra corta pero intensa experiencia democrática. Que lo que se promete en el palco de la campaña sólo es la propaganda, el “Pasen y vean a la mujer barbuda y al hombre araña”; después de las elecciones la cosa es otro cantar. Sabemos que todo lo que se diga en las televisiones, con fondo del color del partido, ante esos dos micrófonos que lo mismo valen para el entrenador que para el político, no es más que una colección de buenos deseos, escritos por unos expertos en campañas, que cualquiera puede prometer, porque son sólo eso, buenos deseos modelo universal. Y porque nadie pide cuentas después de pasada la romería, seguramente porque nadie se acuerda de lo que venía en los programas. Son como los cereales de desayuno, que se hacen a gusto del consumidor, pero que todos son lo mismo, un poco de maíz tostado con (a veces) un poco de chocolate. ¿Cómo es el votante prototipo de nuestro partido? Se preguntan los expertos. Y una vez que lo sepan, o que sepan el espectro que pretenden abarcar, se hace el traje a medida: un poco de reparto de la riqueza, así, en abstracto y sin molestar a los ricos y, al tiempo, darle esperanzas a los pobres; un poco de justicia social, con promesas abstractas de sanidad y educación de calidad y por poco precio; un poco de contundencia con temas duros (derrotaremos al terrorismo, el aborto ya lo veremos, los inmigrantes entrarán por el aro...) con generalidades para todos; y, finalmente, encontrarán la vara mágica para solucionar el entendimiento entre patronos y obreros, o, lo que es lo mismo, entre el empresariado y los sindicatos. Como se puede ver, los programas confeccionados a medida pueden servir para todos, simplemente hay que colocar los matices en cada punto y adaptarlos a nuestro territorio natural de votantes. Da lo mismo, todo el mundo sabe que esos programas son como las instrucciones de las lavadoras, ni se leen ni se entienden ni están escritos para que sirvan para nada. Siempre supimos que las palabras de los políticos en campaña eran ese monótono fungar que hay que soportar aunque no esté escrito en la ley electoral. Nadie cree en ellos y, lo que es más evidente, nadie va a dar su voto a un partido porque se haya leído el programa (no creo que nadie se lea el programa ni cuando se lo meten en el buzón). A no ser que sea un convencido de antemano, que posea la fe necesaria para seguir al líder, diga lo que diga y a pesar de que nos parezca un tipo al que no votaríamos ni para presidente de la comunidad de vecinos. Si tenemos fe la cosa es otra cosa. Eso explicaría muchas otras cosas. Si se sigue a un partido con el convencimiento total de que “son los nuestros”, entonces sobra todo el resto, incluido el programa y las promesas de futuro feliz. Si nuestro voto es incondicional, como la afición a un equipo de fútbol, si confiamos en la palabra del político como si fueran los Evangelios, entonces todo está justificado. Y es admisible. Las personas necesitan tener esperanza en que las cosas mejoren, que nuestro equipo gane la liga y que san Benito nos cure las verrugas. ¿Por qué no? A nadie se molesta con votar según nuestro entender, y a poder equivocarnos con nuestro voto (es un derecho obvio), de la misma manera que a nadie se molesta en pagar misas de promesa a la Virgen del Corpiño. Otra cosa es si usted se pone filosófico y comienza a debatir sobre esto y aquello. No es la cuestión. Si la cosa fuera de debate y confrontación, de exposición de ideas, entonces estaríamos en el terreno de la Política, pero no, estamos en el terreno de la Fe, y votamos porque tenemos fe y queremos que ganen los nuestros. El resto son palabrería y ganas de hincharnos la cabeza. La política es algo más simple de lo que se ve, es cuestión de amar a los colores y de gritar en el terreno de juego. Por eso me parece inútil ese combate de los jefes que está programado en la televisión. No nos van a convencer. Ya estamos convencidos desde la noche de los tiempos, sabemos quienes son los nuestros y los vamos a votar. Es cuestión de fe. Porque si nos pusiéramos a pensar y a analizar con nuestra propia cabeza, a lo mejor nos volvíamos agnósticos, iconoclastas o, incluso, ateos.

jueves, 27 de octubre de 2011

Viejas películas para imitar

Diario de Pontevedra. 27/10/2011 - J.A. Xesteira
No voy a hablar de ETA, entre otras cosas, porque nunca entendí lo que se llamó “el problema vasco”. Es algo que me superó siempre y sobre el que no tenía suficientes elementos de juicio para opinar. Siempre me pareció un “maldito embrollo”, como aquella película italiana. Y era, además un terreno muy difícil. Si nunca fue un tema objeto de mi opinión, mucho menos ahora que, parece, todo se acaba y florecen los pontífices del análisis definitivo, los grandes expertos de los Medios a aportar su punto de vista a la luz del comunicado final. No sé como podríamos vivir sin conocer la opinión de docenas de grandes estrategas de la opinión pública sobre el caso. Por eso no voy a hablar de ETA; una, porque nunca lo hice, y otra, porque ya no tengo sitio. La avalancha informativa del fin de la banda terrorista aplastó algunas noticias que bailaban hace días en los titulares de primera página de los periódicos (no en las portadas, los periódicos no tienen portada, aunque se empeñen en decirlo así en las televisiones). Y entre estas noticias había algunas importantes que quedaron borradas; incluso el linchamiento de Gadafi pasó a segundo término con el comunicado de ETA. Docenas de noticias que cada vez se parecen más a la ficción cinematográfica. La realidad imita al arte (el séptimo) de una manera asombrosa. Sobre todo a esas películas que ya les llamamos “thriller” como si supiéramos inglés y su significado. Son noticias sospechosas, en las que tratamos de adivinar qué se esconde detrás, en las que suponemos, con la experiencia que da haber visto mucho cine en el que los malos no siempre son lo que parecen y los buenos acaban por revelarse al final como unos conspiradores peligrosos. Son esas sospechas que nos acuden cuando leemos que aparece un manuscrito inédito de un escritor muerto, o las memorias inconclusas de aquel gran estadista, o ese cuadro de Goya que se atribuía a un discípulo suyo, o la enésima cinta de los Beatles que siempre aparece cerca de las navidades para salir al mercado. No nos lo creemos, pero lo dejamos andar. Las noticias que ETA barrió andaban muchas por ahí, por ese tono. Entre la faramalla cada vez peor escrita (es alarmante la de faltas de ortografía que ya aparecen en las primeras páginas de los principales periódicos, con frases mal construidas para que puedan caber en las cuatro columnas de entrada) leemos hace unos días que Irán (así, en general, el país) pretendía atentar contra el embajador de Arabia Saudí en Estados Unidos. Lo descubrieron los fenómenos del FBI y la CIA; y la prensa de todo el mundo lo da como palabra del señor. Irán (esta vez en boca de su máximo dirigente) dice que todo eso es un camelo, que era un montaje. Y los lectores de esta banda del mar, a los que nos importa poco que Irán quiera cargarse al embajador saudí en Washington (de verdad, no nos altera gran cosa) nos parece estar viendo una película de esas con árabes malos y conspiradores en la sombra intentando cargarse a un tipo con servilleta en la cabeza pero que, en última instancia, salva el protagonista, rodeado de policías con chalecos antibalas. La noticia coincide con problemas más importantes en EEUU, como el aumento del paro, el incumplimiento de las promesas de Obama, o la propia crisis financiera. En Italia, país que lleva 150 años intentando parecerse a una nación, hacen una manifestación pacífica los del 15-M y acaban por escacharrar a un Cristo y a la Virgen de Lourdes (eran de escayola), y a quemar unos cuantos coches y cajeros automáticos. Inmediatamente el gobierno (o lo que sea) de Berlusconi acusa al movimiento del 15-M de violentos y bárbaros. Y la policía italiana, que es una de las policías peores del mundo (si alguna vez viajan a Italia, fíjense en los policías; a simple vista ya me darán la razón). Otra sospecha y un recuerdo a películas cómicas de los añorados grandes del cine italiano, nunca bien imitados por los políticos, “dottores” y la curia vaticana en general. Pero la guerra de Libia, en la que, por si no lo saben, participa España, como miembro de la OTAN, se lleva la palma de las noticias sospechosas. Todo recuerda a una de aquellas películas de los años ochenta en las que las conspiraciones mundiales no las desbarataba el protagonista, sino que todo acababa con el triunfo de los malos (la CIA casi siempre). La evidente intervención bélico-comercial de Occidente para derrocar al que hasta hace un año era el amigo Gadafi (en el G-20 de Aquila le dieron besos todos, desde Zapatero hasta Berlusconi; unos años antes le regaló un caballo a Aznar y recibía al Rey en su jaima tuareg; y antes de antes fue el mismo Fraga quien viajó a Trípoli para buscar negocios gallegos) La película es clara: unos ciudadanos protestan, al día siguiente ya son insurgentes, están armados con material de primera que no saben utilizar (todas las imágenes muestran a tipos en chándal disparando metralletas al tuntún) y apoyados por bombardeos de la OTAN, con presencia destacada de Cameron y Sarkozy en territorio ocupado para mostrar su apoyo a los rebeldes y su rechazo al que hasta ayer era su amigo; el final ya lo vieron, fotografiado por teléfonos móviles (el periodismo de hoy en día se parece más a la gamberrada de instituto filmada en el móvil que a aquella vieja manera de hacer las cosas). Una película ya vista. Occidente se busca un nuevo dueño del petróleo con el que negociar y que ya, de entrada, tiene una deuda larga por el gasto militar. Lo malo es que en esta película no se sabe quien es el nuevo gerente, pero si sabemos como sigue la cosa. Como en Irak o Afganistán, sin solucionar nada y con el país convertido en una miseria de muerte y pobreza. Y por ahí andaremos también nosotros reconstruyendo, con tropas militares humanitarias. Ya digo; viejas películas que la realidad imita.

jueves, 20 de octubre de 2011

Y ahora, ¿que?

Diario de Pontevedra. 20/10/2011 - J.A. Xesteira
Pasó el 15-O, la fecha de la Gran Manifa, la protesta universal y globalizada. Vale, y ahora hay que preguntarse si hay vida después de ocupar la calle. Ya estuvieron en ella los nietos de Mayo del 68, muchos acompañando a sus padres, que quieren tener su momento para decir que no les gusta esto, entre otras cosas, porque ésto no es lo que hay ni quieren que haya. La juventud de instituto y recién casada sale a la calle para transformar una red social en un arma cargada de presente. En la calle nos vemos las caras y ahí no valen disculpas. No les gusta (no nos gusta, en general y en realidad) este cambalache político y financiero; no les gusta que les mangoneen el futuro con hipotecas avaladas por leyes legales pero injustas. Hay que cambiarlo todo, empezando por los de arriba. Posiblemente para acabar como el Mayo del 68 o los siguientes mayos: en una democracia capitalista y cínica, en la que los altos cargos se cuelgan medallas y se conceden retiros millonarios. No es esto, podemos seguir diciendo, y en la calle lo dijeron el domingo pasado. Lo hicieron pacíficamente, como suelen hacerse todas las cosas de buen rollo. Lo hicieron aclarando que no están contra el sistema democrático, sino contra la adulteración de ese sistema, la conversión del plebiscito popular en una elección a cara o cruz entre dos personajes cuyo mérito principal es haber escalado a lo más alto a través de su partido. Salieron a la calle los jóvenes y los viejos, estos tan llenos de nostalgia como de cabreo por su paro anticipado y por la impotencia de no ser una persona digna de ser contratada para un trabajo en el que invirtieron su experiencia y su saber. Ahí estuvieron todos de nuevo, miles y miles a lo largo y ancho del mundo, cada uno con sus peculiaridades nacionales y sus problemas específicos, pero todos con un denominador común: estamos hasta los mismísimos de sus estupideces, su cinismo, su desfachatez, sus corrupciones y su manera de llevar las cosas. Queremos que cambien, que hagan suyas las palabras con las que suelen llenarse la boca en los discursos mirando a la cámara. Vale. Ya está hecha la manifestación. Ya se siguen puntuales acciones de ocupación de inmuebles vacíos y acampadas en Wall Street. Y, a partir de ahora, ¿qué hacemos?. Porque el sistema está suficientemente preparado para absorber cualquier movimiento en su contra. Hace años lo comprobé con dos iconos de la Década Prodigiosa: los hippies y el Che Guevara. Los primeros acabaron como moda en las pasarelas de modistos y el segundo acabó como camiseta y cartel. El sistema come de todo y todo lo convierte en lo mismo (eso que está usted pensando y que es el resultado de cada comida). Los grandes dirigentes ya lo han asimilado o lo empiezan a asimilar. Barak Obama dice que los comprende, como si hubiera algo que comprender. En Bruselas, el Parlamento Europeo se hace eco del malestar de los indignados del mundo. Pero unos y otros se quedan ahí, en la comprensión y en el eco. Las bolsas, que dicen que son el barómetro de la sociedad mundial, ni se molestaron por las manifestaciones; les afecta más el embarazo de la mujer de Sarkozy o un rumor que suelte cualquier mandangas de los mercados financieros que millones de personas en todo el mundo protestando en la calle. Pero a partir de ahí no se espera que pase nada. La izquierda española tratará de pescar votos en las aguas jurisdiccionales de la protesta, mientras la derecha los ignorará olímpicamente, sobrados como van de votos posibles en las encuestas. Incluso el filósofo polaco, Zigmut Bauman (otro anciano; parece que en este movimiento sólo los ancianos tienen voces de altura) no cree que el movimiento vaya a dar en nada concreto, que es más de emociones que de pensamiento, pero que puede allanar el camino para otra etapa. Y ahí es donde hay que llegar, más allá de las pontificaciones filosóficas, por muy sabias y ancianas que sean. El movimiento, hasta ahora, se mueve en un vaivén mediático, en unas protestas asumibles por el sistema, pacíficas (salvo puntuales destrozos de menor importancia e, incluso, en el caso italiano, de dudosa autoría). El poder político, que es particular de cada país, puede capear perfectamente un temporal de protestas procesionales con pancartas callejeras en las que se pide un cambio; incluso puede aceptar (de palabra) que se va a cambiar, que toman nota de la voz de la calle, de la voz del pueblo. Después harán lo que les parezca, como siempre; esperarán a que escampe, que el temporal económico amaine (siempre se arreglan las cosas de dinero) y todo volverá a ser como antes, un mundo feliz. El poder económico, que es global y no depende para nada del voto popular, ni siquiera se inmutará. Total, un par de cristaleras y unos cajeros destrozados es pecata minuta en la vida de los dineros. Los bancos exigirán a los políticos lo que quieran, porque los tienen bien amarrados (¿recuerdan la frase de aquella película?: “Agarra a un hombre por los testículos y poseerás su alma”) Y con el tiempo, la emoción de la protesta se irá calmando. A no ser, claro, que pasemos a la fase siguiente. A la que aludía el filósofo, para la cual se allana el camino. Y ahí está la incógnita. Puede ser una fase más violenta, en la que las cosas ya no serán “comprendidas” por los dirigentes ni se “harán eco” de ellas en Bruselas. Pueden ir directamente al corazón del dragón, donde se puede comprender que el Capitalismo es aquel tigre de papel de antaño. Basta con que cualquier chaval con un ordenador en cualquier parte del mundo desbarate la informática de Wall Street o de cualquier centro financiero. O, sin ponernos tan trágicos, comiencen las campañas como alguna que ya deambula por internet en la que pide no votar al Senado. Sería de veras un gran ahorro y nos quitaríamos de encima a unas docenas de prescindibles. A mí ya me ha llegado algún e-mail apuntando a la abstención y otro más curioso anunciando que no votarán a ningún partido que vaya en las procesiones religiosas. Comienzan las ideas y podemos pasar a otra fase. El 15-M contra el 20-N.

jueves, 13 de octubre de 2011

Estamos que lo tiramos

Diario de Pontevedra. 12/10/2011 - J. A. Xesteira
Nos ha costado, pero al final conseguimos descontaminar Galicia de bancos y de grandes y expertos financieros. Nos salió por un pastón, pero es que aquí hacemos las cosas así, a lo grande y sin ver el lado derecho del menú. Espléndidos y rumbosos. ¿Hay que hacer un alpendre para guardar cuatro cosas culturales?, pues hacemos la Cidade da Cultura, sin reparar en gastos, sin preguntar por cuanto nos va a salir, sin ajustar; sólo al final preguntamos “¿cuanto se debe aquí?” y, si hace falta, pedimos otra ronda. No escarmentamos nunca y derrochamos en el farelo y ahorramos en la harina. Ya no hay bancos con la etiqueta de Galicia Calidade; hemos llegado a la limpieza total, el algodón del Banco de España no engaña, y Galicia se queda sin entidades bancarias para poder invertir en bloques de viviendas y en capital de riesgo evidente. ¿O no era así? A lo mejor no, y no debo alegrarme de haber quedado sin referencias bancarias autóctonas. Pero es que la cascada informativa que procesaba normalmente, se convierte ahora en un Iguazú informativo, y no me da tiempo a filtrar tanta noticia. A lo mejor es que es todo lo contrario y tendría que estar lamentando que las cajas de ahorros, en las que comencé de pequeño a ingresar los ahorros que guardaba en una hucha de metal que regalaba la propia caja, ya no sean gallegas, y que el Banco Pastor, de origen coruñés, haya sido abducido por el Banco Popular. Al principio, cuando leí la noticia, me alarmé y salí a la calle a ver si se habían llevado a las oficinas de mi pueblo y habían colocado en su lugar a otros como el Chase Manhattan Bank o el Banco de Escocia. Pero no, allí estaban, con las mismas colas y con los empleados de siempre, muchos amigos míos, esperando que la gracia divina descienda sobre ellos y los prejubile con indemnizaciones proporcionales a las que se llevaron los grandes cerebros del proceso. Así que supuse que había leído mal y volví a leer mejor. Estaban allí, en los papeles acusándose tirios y troyanos, es decir PP y PSOE de no haber hecho las cosas bien y de consentir que los jefes de la tribu se fueran con el riñón forrado mientras las cajas, reducidas a la nada financiera, tuviera que ser amparada por el dinero público. Es el momento de las conocidas frases: “Ya se veía venir”, o “Ya lo dije yo”, o “Ustedes lo sabían y no hicieron nada para evitarlo”, y otras por el estilo. Y si, se veía venir, lo dijeron y nadie hizo nada por evitarlo. Se reunían en consejo, se aprobaban indemnizaciones y todo se acordaba con arreglo a leyes que nunca debieron existir, en las que, para contentar al Capital (o al Mercado) había que rendirse a su poder total. Decía aquella campaña de Bill Clinton, un presidente americano de medio pelo, que “Es la Economía, estúpido”, y esa frase, nunca bien entendida ni digerida, pareció tomar cuerpo en las decisiones de todos los políticos, que, generalmente, no tienen mucha idea de economía y creen que todos los ciudadanos son estúpidos. O, por lo menos, parecen demostrarlo en sus actuaciones. Vale, nos hemos quedado sin señas de identidad bancaria. No sé en que consiste eso, lo de las señas de identidad. Nunca me sentí representado por ningún banco y siempre consideré que los bancos no tienen alma propia, compran las de los trabajadores que abren cuenta con su salario, jubilados que cobran a final de mes en ventanilla y el resto de los imponentes (brava palabra) que dejan sus dineros dentro del mostrador para poder sacarlo por la noche a través del cajero automático. Y las hipotecas, el gran truco de los trileros, que retan al incauto a descubrir donde está el euríbor, y nunca acierta y paga su mensualidad mientras pueda, y cuando no, como en las malas películas de gánsters, les mandan a un sicario legal a partirle las piernas de la vida y ponerlo de patitas en la calle. La cosa funciona así y por encima todo cae en tiempos revueltos de elecciones confusas, en las que el PP actúa ya como ganador “in péctore”, anunciando el regreso al futuro de viejos fantasmas, cadenas perpetuas, privatizaciones (con la boca pequeña) de sanidad y educación; y el PSOE se da cuenta de que era un partido de izquierdas, pero no se acuerda que significaba eso. Así pasa lo que pasa, nadie vigilaba al vigilante y nos la jugó. Los políticos sacan viejas disculpas: “No sabía nada y el que los trajo tampoco nos informó...” Y los grandes timoneles de las cajas, apostaron a ganador y colocado y acertaron, se llevaron sus indemnizaciones y dejaron el barco en las piedras. Seguramente hay que recordar otra vez aquella frase críptica de Franco a la muerte de Carrero Blanco: “No hay mal que por bien no venga”. Quedamos sin bancos gallegos como ya quedamos sin muchas empresas gallegas. ¡Es el Capitalismo, estúpido!. Pero podemos ver el lado bueno de la vida y silbar, como los crucificados de “La Vida de Brian”. Total, el dinero no tiene patria, ni huele mal, y, por suerte, las ciudades y los pueblos están llenas de oficinas bancarias que nos darán su dinero alegremente y nos regalarán un televisor de plasma o una colección de cuchillos de acero alemán. La vida continúa y no podemos lamentarnos de lo que pudo haber sido y no fue. Hemos gastado dineros públicos en cosas inútiles; construimos carísimos edificios variados para guardar el arte contemporáneo, y una vez construidos, resulta que hay más arte en cualquier graffiti de pared o en cualquier tienda de Norma Cómic que en todos los museos modernos, incluido el Guggenhein. Construimos aeropuertos sin aviones, estaciones sin pasajeros, trenes sin destino, autopistas sin circulación, cultura sin cultos, arte sin artistas. Mientras, las necesidades básicas y la cultura en general padecen una crisis distinta a la famosa de los bancos. En lugar de lamentar la galleguidad perdida, podíamos aprovechar y seguir limpiando algunas parcelas que se sostienen con dinero público, como la aportación a la Iglesia, el Senado, la OTAN, y algo más que usted debe acordarse mejor que yo. Se sostienen con dinero público y son perfectamente prescindibles. Malo será.

jueves, 6 de octubre de 2011

El mercado en tiempos del cólera

Diario de Pontevedra. 05/10/2011 - J. A. Xesteira
Aquel viejo chiste decía: “Un tipo entra en la droguería y dice: –¿Tiene algo bueno para los ratones? –Si, queso. –No, si yo lo que quiero es matarlos. –Entonces explíquese mejor”. Esa es la cuestión, que alguien no se explica bien y, por encima, no actúa como debiera y estamos engordando ratones entre todos. Veamos, por ejemplo, el cólera, una enfermedad que produce una bacteria que puede estar por cualquier agua contaminada o en cualquier alimento. Hay vacunas y métodos para combatirla, pero si actuamos como el de los ratones y le damos al enfermo agua sucia, la palma en un pis pas. Es la misma cuestión de gramática, hay que administrar algo “contra”, no “para”, porque una cosa es un chiste y otra una epidemia. Si vamos al médico a que nos mire la “analítica” (un palabrejo mal usado, como el de los ratones) y tenemos el colesterol por las nubes y la tensión que se nos sale por las orejas, y el médico nos recomienda tomar chorizo, beber licor café generosamente y comer todas las grasas que se nos ocurran, sentados doce horas delante del canal deportivo, sabemos como acabará la cosa. Todo este preámbulo filosófico de medio pelo se me ocurre como comparación pedestre con la situación económica, la Crisis, que ahora tiene el añadido de que son los Mercados los que regulan la situación, es decir, mandan sobre las economías de los países, hacen que los bancos se desplomen hacia el agujero sin fin y los ciudadanos salgan a la calle de dos maneras: con una patada en el culo, propinada por su empresario, o con una pancarta de cabreo para reclamar lo que les pertenece por Constitución y por derecho propio. Son los mercados, dicen, los que manejan los hilos del mundo. Sale en televisión un tipo al que nadie conocía, un trapichero de corbata de las bolsas de Londres, y dice que ojalá la crisis dure mucho, porque los mercados se forran con ello. Y en ese “Es lo que hay” se le echa la culpa a los mercados. Y no pasa nada. Los más grandes estrategas del poder mundial salen a las pantallas y admiten que los mercados (y las agencias de calificación, que son como los adivinadores televisivos que echan las cartas en un teléfono de pago) son los causantes de las crisis, de los déficit y las bancarrotas de empresas y países. Y, como en el caso de los ratones, en lugar de combatir esa bacteria, la alimentamos; sabemos que los mercados son los que están desgraciando un mundo que, reconozcámoslo, gastó lo que no tenía, puso los recursos públicos, económicos y políticos, en manos de dirigentes que nunca irán a la cárcel por sus estupideces y sus despilfarros; sabemos que los mercados manejan a su antojo, gracias a la globalización informática, los flujos de capitales en abstracto, en cuestión de segundos, basta con dar a una tecla del ordenador de un portátil para que las acciones se compren o se vendan al instante, y los efectos multiplicadores de compras y ventas, justificados a posteriori con absurdos como que Angela Merkel va a decir dentro de dos horas que a lo mejor Grecia igual no tiene lo que tiene que tener para que Europa mantenga a salvo el euro. Es decir, basta cualquier vaguedad para que el mercado haga y deshaga a su antojo. Y nos sorprendemos de que las cosas sucedan como están sucediendo. Estamos en el universo del Capitalismo, y se le puede cambiar el nombre y llamarle Mercado, pero, al final sabemos como acaba la película y no es precisamente una de Walt Disney, sino más bien apocalíptica y en 3-D. Todos los políticos del mundo le echan la culpa al cólera-mercado, pero después le dan queso para los ratones. Sabemos que los mercados manipulan, rozan la línea del delito (cuando no la sobrepasan, aunque no podamos demostrarlo) y provocan crisis con la complicidad de los líderes mundiales, que necesitan el Capital para existir, y con la alegría de los mercaderes, que no tienen otro objetivo que el de la bacteria del cólera: provocar fuertes diarreas y deshidratar al enfermo. Sabemos cual es el problema, y en lugar de combatirlo, le inyectamos miles de millones de euros para salvar algo que nunca entendemos, al menos los jubilados, parados del Inem y empleados en precario. Con la misma celeridad con que se adoptan decisiones para modificar la Constitución, intervenir entidades bancarias gobernadas por tenderos con traje de ejecutivo, regalar grandes sumas de dinero público para sostener un estado de cosas que nosotros mismos provocamos, hay que salir a combatir al Mercado, ya que, según explican, es el causante de todos los males. Hay que “bombardear” Wall Street por las mismas razones que se manda un avión de la CIA para matar a un tipo del que no sabíamos ni siquiera que existiera, y que dicen que era un terrorista, aunque no se sabe que haya matado a nadie; con la misma impunidad con que la OTAN bombardea Libia, en una guerra no declarada que huele a sospechosa intervención ilegal, hay que “bombardear” los Mercados, porque son, según se deduce, la epidemia que está diezmando al proletariado (bella y vieja palabra, en desuso) mundial. En lugar de todo esto, que no es más que un chiste de un tipo que entra en la droguería para pedir algo para el Mercado, se recurre a lo fácil, a recortar dineros públicos de todas las partes imprescindibles: educación, sanidad, servicios sociales... Aunque los políticos que nos dirigen lo nieguen. Y no saben que esos sectores son la única vacuna posible. Decía hace unos días el escritor marroquí Tahar Ben Jelloum (un inmigrante) que contra la corrupción hay que cambiar la mentalidad de las generaciones venideras y eso se consigue sólo con la educación, la enseñanza. Hay que educar a las nuevas generaciones en la creencia de que el dinero no es el bien supremo, como se ha venido educando hasta ahora mismo; de que por encima de todo el poder del dinero, del mercado, están los valores culturales, morales y de igualdad entre las personas. Hay que cambiar, urgentemente, desde la escuela, la idea de que lo mejor es el poder que sólo da el dinero. Antes de que el Mercado nos coma como queso para ratones en cólera.